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120 km en Patagonia Run 2015

Patagonia Run 2015

La carrera: Entre el viernes 10 y el sábado 11 de abril se corrió la sexta edición de Patagonia Run, una carrera muy profesional que va ganando adeptos cada año. Aunque el nombre alude a la palabra “correr” en inglés, se trata de trail running, que tiene más relación con subir y bajar montañas, en gran medida caminando.

La modalidad de separar las distancias en 10, 21, 42, 70, 100 y 120 km hizo que cualquiera que tuviese intenciones de probarse en la montaña, sin importar su nivel, pudiera hacerlo, y eso permitió reunir a más de 2600 corredores de todo el planeta. La novedad de este año fue el debut de los 120 km, que se corrieron entre las 21:30 del viernes y 22:30 del sábado, una prueba que, cuando se anunció en la charla técnica de Patagonia Run 2014, pensé que solo un loco podía querer hacer. Un año después, me encontraba entre esos locos, dispuesto a intentar esta dura prueba.

Siempre destaqué que la organización de Patagonia Run, a cargo de TMX y NQN eventos, era muy buena. Cabría aclarar que en San Martín de los Andes prácticamente se corre una carrera como esta cada fin de semana, seguramente por el atractivo de los paisajes, pero el atractivo particular de esta competencia es saber qué cosas no me van a fallar como corredor. La montaña te muele a palos, y uno se levanta para seguir avanzando y después recibe otra paliza más. Y otra y otra. Es importante, estando agotado, saber que los puestos están donde deberían, que habrá agua y comida, que gente capacitada va a velar por uno, y que no lo van a considerar un número más. Llegar a un puesto de asistencia y que alguien sea tan rápido como para buscarte en una planilla por tu número de corredor y empezar a llamarte por tu nombre de pila habla de una actitud diferente hacia el atleta. No me hacen sentir un cliente, y el aliento es constante.

El terreno para cualquiera de las distancias es muy variado, con poquísimo asfalto, muchos caminos de tierra, senderos y trepadas, algunas muy pronunciadas. El clima es un factor que hace que una carrera pueda cambiar completamente. Mientras que en años anteriores los corredores soportamos viento, temperaturas de menos de 10 grados bajo cero, barro y piedras con una patinosa capa de hielo, este año la ausencia de lluvias cambió muchísimo el panorama. Por ejemplo, el ascenso al Cerro Colorado, que en esta edición solo estaba en el circuito de 100 y 120 km, no fue tan extremo como otras veces. Al haber muy poco viento, la sensación térmica no bajó. Si bien hubo tramos a la madrugada con muchísimo frío y se sintió la helada de las primeras horas de sol (con el pasto escarchado), con un abrigo adecuado se hizo muy tolerable. La bajada de este cerro, que siempre es muy peligroso por el hielo sobre las rocas, fue muy estable y permitió resolverlo con mayor rapidez. Por otro lado, otro ascenso complicado, el del Cerro Quilanlahue (presente en las distancias de 70, 100 y 120 km), fue especialmente más agotador, por la gruesa capa de tierra que hacía más arduo cada paso.

Estos factores, que en algunos puntos favorecieron y en otros complicaron, hace que la planificación de la carrera nunca pueda ser precisa. Quizá quienes estén más experimentados en montaña puedan hacer una previsión, pero las ultramaratones tratan en muchos casos de improvisar y resolver en el momento. Por ejemplo, después de casi dos horas de ascenso al Quilanlahue, por culpa de no haber previsto tener la suficiente hidratación encima, estábamos agotados y muy desanimados. Una pera mordida al costado del camino, llena de tierra, se convirtió en el manjar más exquisito que me permitió reponer energía y alcanzar la cumbre. Hoy, sentado en mi silla frente a mi computadora, en mi cómodo hogar, podría parecer un espanto, pero en ese instante de carrera se convirtió en mi supervivencia.

Aunque la intención con Jorge, mi improvisado compañero durante casi toda la carrera, fue alcanzar la meta de día, conforme pasaban las horas se ajustó a “nos conformamos con llegar”. Es increíble cómo nos apoyamos mutuamente para terminar la Patagonia Run en 24 horas y media. Al principio yo lo alentaba y le presté uno de mis bastones, ya que él lo había dejado en las bolsas de corredor que entregaban en un puesto pasando la mitad de la carrera. Después me caí anímicamente y él me alentaba. Estuve considerando seriamente abandonar. Sabiendo que el ascenso al Quilanlahue iba a ser muy duro (ya llevábamos más de 90 km de carrera en 17:30 horas), quise optar por tomar un atajo de 3 km que me descalificaría de la carrera pero me permitiría completar el circuito. Jorge me convenció de que no valía la pena y con algo de vergüenza lo seguí. Su entereza y determinación, más la pera que levanté del piso, me permitieron vencer al áspero cerro. Y cuando los horarios de corte nos amenazaban con dejarnos afuera, de nuevo me tocó a mí alentarlo a apretar el paso y dejar de lado los dolores en todo el cuerpo, así como el agotamiento físico y mental. Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar a la meta y ya sabíamos que nada nos iba a impedir ese logro, nos dimos cuenta que sin la presencia del otro, ninguno de los dos hubiese completado los 124,4 km de la distancia oficial.

El siguiente análisis se va a basar en lo que experimentamos en la máxima distancia de esta edición, aunque es lógico suponer que se aplica a todas las categorías.

Lo bueno: Sin lugar a dudas, el máximo atractivo de Patagonia Run es su paisaje. San Martín de los Andes tiene lugares bellísimos que uno disfruta mucho más allá del agotamiento de la carrera. Lagos, montañas, una vegetación que vira entre los verdes y los marrones. A veces la escena se completa con el avistaje de aves, vacas, o el agradable sonido de un arroyo.

El otro punto a favor, que ya desarrollamos en la introducción, es la organización. Desde la inscripción hasta la llegada, pasando por la acreditación y el desarrollo de la carrera, todo es un reloj. Se nota que han ido haciendo ajustes a través de los años, y probablemente se sigan haciendo. La incorporación de bolsas de corredor para que uno pueda cambiarse de ropa o dejar comida y equipo extra fue un gran avance en su momento. Los cambios en los horarios de corte también, permitiendo que más gente pudiera llegar a la meta sin quedarse a mitad de camino (y todavía con energía para seguir). Los voluntarios en los puestos también lo hacen sentir a uno como que lo están cuidando, incluso los militares que hacen de banderilleros en el recorrido velan por nuestra seguridad.

Lo malo: Hay pocas cosas que hacen que esta carrera no alcance la puntuación perfecta, pero huelga decir que en lo personal me parece la más cercana a lograrlo. La hidratación es muy buena, y como ellos mismos aclaran, no alcanza para todo el recorrido y uno debe hacerse responsable de cargar bebida entre los puestos. Sin embargo, en el caso del agua que dan tiene bajo contenido de sodio, lo cual puede traer problemas para un ultramaratonista como es el caso de la hiponatremia. Podrían justificarse con que además siempre hay bebidas isotónicas. Yo no soy partidario del consumo de azúcar y siempre intento consumir cosas lo más sanas y naturales posibles. Sin embargo, empecé a notar que no me alcanzaba esa agua, que a pesar de estar tomando constantemente empezaba a hacer pis de un color oscuro, así que dejé de lado mis convicciones nutricionales y empecé a tomar Powerade. Si había comido una pera del suelo para subsistir, un poco de Jarabe de maíz de alta fructosa no podía ser más sacrificado. Los puestos no son aptos para vegetarianos, mucho menos para veganos. Estaría bueno que además de empanadas de jamón y queso hubiese pan, o fainá, o alguna opción para quienes no consumen proteína animal. De momento, con la incorporación de la bolsa de corredor, me pude arreglar en cada intento.

El kit de corredor, en esta edición, fue un poco pobre. La información que viene con la bolsa es excelente. La incorporación del chip descartable, que en otras carreras demostró ser un fracaso cuando se despegaba, aquí funcionó perfecto. La remera oficial tenía un diseño interesante y no estaba mal. Pero es inevitable comparar con otros años, cuando en el kit se incluía un obsequio como un pañuelo tipo buff, o guantes primera piel. Tiene que ver con la donación de los auspiciantes, por supuesto, pero para quienes venimos casi todos los años, nos quedamos esperando un poquito más.

El veredicto: Posiblemente para un atleta el terminar una carrera o no inclinaría la balanza hacia lo positivo o lo negativo. Patagonia Run, sobre todo en las distancias mayores, es una prueba durísima para el cuerpo, que hace que uno no pueda evitar el “¿Qué estoy haciendo acá?”. Cruzar la meta hace que todos los dolores, los agujeros en las zapatillas, las espinas clavadas en las manos y el estómago revuelto valgan la pena. El orgullo de enfrentar a la naturaleza y salir victorioso es indescriptible. Mencionamos cosas para mejorar porque Patagonia Run siempre tuvo un nivel alto y hasta ahora siguió mejorando. No dudo en que va a continuar creciendo. Y si se mantiene en este nivel, sin agua con sodio ni comida para veganos, va a seguir siendo la mejor ultramaratón de Sudamérica, que además tendrá poco para envidiarle a las del resto del mundo.

Puntaje:
Organización: 9/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 10/10
Hidratación: 9/10
Nivel de dificultad: Solo para temerarios. Pero existe una gran variedad de distancias que se ajusta al desarrollo deportivo de cada uno.

Puntaje final: 8,75

Semana 48: Día 334: Memorias de un ultramaratonista inexperto

Ayer comentaba, al pasar, sobre mi agotador paso por la Patagonia Run 2012. Estaba participando de los 100 km y fui con muy poca idea de lo que era realmente esa experiencia. No lo entendí en ese momento, pero me cambió mucho mi forma de ver los ultratrails. Después de esta carrera, en poco más de un mes, intenté correr los 100 km de la Ultra Buenos Aires en menos de 10 horas y media. No sé si fue muy pronto y me quemé, creo que ahí tampoco tenía mucha experiencia.

Pero fui con mucho optimismo, con una cámara para filmar y sacar fotos de los paisajes, y se convirtió en un registro de lo que pasaba por mi cabeza. Verlo hoy, un año y medio después, resultó muy revelador. Primero, porque menciono cosas sobre mi vida que han cambiado mucho. Pero por otro lado, hay un cambio de actitud entre el durante y el después de la carrera. Además, al estar pensando en voz alta, me prometo cosas que nunca cumpliré, como no volver a correrla. De hecho, a pesar de todas mis penurias, estoy esperando con ansias la edición 2013 para inscribirme… y volver a ir a sufrir.

Subí los videos así como los filmé, sin editarlos (porque no sé hacerlo). Pero creo que los más jugosos son los del medio.

Semana 48: Día 331: Los 79 km de la ultra trail de Yaboty

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Ok, este es el último post que hago de Yaboty 2013, lo prometo. Pero tenía la imperiosa necesidad de escribirlo. Primero, para dejar de hablar de 90 km y reconocer que fueron 79. Es una diferencia que alguno puede considerar mínima, otros muy grande. Nunca las carreras son exactas. Desconozco el sistema de medición, sé que se hace a pie porque además hay que marcarlo con cintas y, en algunos casos, marcas refractantes. Pero a mí ni siquiera la Maratón de la Ciudad me dio 42,195 km.

¿Por qué volver, justo hoy? Bueno, es domingo, hay poco que decir (suele ser el día más complicado para este blog), y se dio una situación que para mí fue medio graciosa (o sea, me hace quedar medio como un gil). Con el correr de los días la organización de Yaboty empezó a subir fotos. En las primeras yo no aparecía. Era como si me hubiese tragado la tierra. Los cortes en mis manos y piernas, la tierra colorada de las zapatillas y el dolor de cuádriceps era lo único que tenía para confirmarme que no había soñado todo eso. Eran galerías de adelanto, el material completo iba a aparecer recién el jueves pasado.

Como soy narcicista, cada vez que aparecía una foto mía, la guardaba en la compu. No soy fotogénico, cada vez que me veo me encuentro con cara de tarado, pero a veces ignoro esa falsa modestia y uso esas imágenes para transportarme de nuevo a esa maravillosa experiencia. Entonces, en el día de hoy, llegué a un álbum que tenía el momento de mi llegada. Ahí estaba, con una gran sonrisa, hombros caídos, la medalla colgando de mi cuello. Y entonces veo algo que me sorprendió: el cronómetro oficial marcaba 9 horas y 5 minutos. Pero… cuando hice mi crónica puse que había tardado 9 horas y media.

Tengo un reloj con cronómetro, en el que al principio desconfié, que dice que tardé 9 horas y 5 minutos. En el excel de la clasificación dice que tardé eso y que estuve 2 horas por detrás del ganador, que llegó en 7 horas y moneditas. Entonces, ¿por qué insistí y le dije a todo el mundo que tardé 9 horas y media? Quizá porque tenía metido en la cabeza que 12 horas era un buen tiempo. Quizá porque soy un tipo muy distraído, y me fijo en los tiempos pero a la vez me preocupa más llegar entero que rápido. Quizá porque me senté apenas crucé la meta y no me levanté hasta 25 minutos después, y es por eso que esa hora fue la que se me grabó en el cerebro.

Sin embargo, hoy vi esa foto que no deja ningún lugar a dudas de cuánto tardé, y no puedo evitar ponerme contento. O sea, ¡tardé menos de lo que había calculado, y menos de lo que le dije después a todo el mundo! Igualmente me preocupa esta falta de atención. ¿Estaré necesitando más espirulina en mi dieta?

Semana 47: Día 326: Yaboty en imágenes

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Por suerte la organización de Salvaje solo subió una pequeña selección de fotos de lo que fue Yaboty. Y digo “suerte” porque puedo subir las mías antes.

No son la gran cosa, realmente no se puede correr y ser fotógrafo a la vez. Mi foto favorita, por supuesto, es la de mis heridas de guerra. No me animé a ponerme en cueros para mostrar todos los raspones que tengo en las piernas y en la otra mano. Se completaría la escena si subiese una imagen mía caminando como un Playmobil en el día de hoy, pero no quiero pasarme de víctima. Sinceramente solo siento un poco agotados los cuádriceps. La ampolla de la planta del pie izquierdo desapareció, así como el entumecimiento de los gemelos. Los cortes en las palmas ya no me impiden aplaudir, como en la entrega de premios.

Me parece increíble haber estado al rayo del sol, en esa agonía de kilómetros y kilómetros, racionando el empalagoso Powerade porque no sabía cuánto faltaba para el próximo puesto de hidratación, transpirado, cansado y mojado, y ahora estoy sentado en mi silla, escuchando los truenos de fondo, con la panza llena después de haberme comido dos milanesas de soja con acelga y una ración de ensalada primavera con choclo. Aquella epopeya de Yaboty empieza a parecer lejana, pero estas fotos movidas y borrosas me transportan de nuevo a la aventura, que empezó a las 3 de la mañana, esperando para tomar el micro que nos iba a llevar a la largada, y culminó a las 14:45, cuando crucé la meta. Aunque, claro, hay quienes dirían que esta experiencia comenzó mucho antes, y que se queda tan grabada en la memoria que nunca va a terminar…

Semana 47: Día 325: Los 90 km de la ultra trail de Yaboty

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Como todas las reseñas, estas palabras nunca le harán justicia a la agotadora gesta que fue ir a correr a Yaboty, en la provincia de Misiones. Voy a intentar, sin éxito, transmitir cómo sucedieron las cosas. A todo agréguenle más ansiedad, más sufrimiento, y más emoción.

Mi principal miedo (viajar solo, sin conocer a nadie) se desvaneció apenas llegué a tomar el micro. Ahí estaban todos los corredores que iban a probar distintas distancias: algunos los 10 km, otros 21, unos tantos 42 y los dementes de 90. En seguida empezamos a hablar con Rodrigo, que esperaba al resto de su grupo de running. Eran trece, de Actitud Deportiva, e inmediatemente pegamos onda y me hicieron parte de su séquito. Me divertí mucho, y en las 16 horas arriba de ese micro (donde, por supuesto, no había ningún servicio vegano) la pasé muy bien y me sentí entre pares. Tengo que agradecer ENORMEMENTE la sugerencia de llevarme latas para asegurarme mi alimento, porque se convirtieron en mi salvación tanto en el trayecto de ida y vuelta como en el albergue donde dormimos.

Cuando pasamos los límites de la provincia de Buenos Aires, el viernes a la noche, dejé de tener 3G. En El Soberbio, donde llegamos el sábado al mediodía, no tenía modo de entrar a internet, y el albergue donde estábamos no tenía wifi. Yo creía que era algo general, pero resultó que era al único que le pasaba. Mis intentos de buscar un cyber fueron en vano. Era un pueblo chico, así que había pocas opciones. Tal o cual negocio, que cerraban al mediodía, y olvidate de que estuviésen abiertos el domingo de la carrera. Así que, como temía, habría silencio de blog durante dos días enteros.

En El Soberbio también conocí a lectores del blog. Jorge y Rodrigo, ambos buscando los 90 km, Germán (de casualidad, en un supermercado) y después de la llegada a Betina (que me encontró en un estado calamitoso, pero me alegró mucho su salido). Que se acercaran a hablarme fueron esos gestos que me hicieron sentir entre amigos. Y pensar que me daba pánico encarar este viaje en solitario…

El sábado hicimos la acreditación y le dediqué el resto de la tarde a armar mi ropa, mochila y todo lo que creía que iba a necesitar para la carrera. Conté muchísimas veces mis experiencias en Yaboty 2011, y cada vez que me preguntaban un estimado de tiempos decía lo mismo que publiqué en este blog: 12 horas como ideal, 14 por las dudas. El sueño del micro no había sido muy reparador, así que me fui a dormir temprano, a las 8 de la noche. Mientras todos estaban en la charla técnica, yo me entregué a los brazos de Morfeo y le di derecho hasta las 2 de la mañana. Me vestí, me hice un desayuno de campeones (arroz inflado, frutas escurridas y Ades natural) y con Jorge nos fuimos caminando a donde salían los micros. Era exactamente en el punto de la llegada, así que en el frío de la noche, con una densa neblina (gotitas de agua suspendidas en el aire) nos fuimos hasta unos pocos kilómetros de la entrada a la biósfera de Yaboty, desde donde largamos pasadas las 5 de la mañana. En un rapto de inteligencia de mi parte (tengo que admitirlo) dejé mi abrigo con los gendarmes, y me animé a arrancar en remera. Sabía que el clima iba a ser caluroso cuando el sol estuviese en alto, y suponía (acertadamente) que iba a entrar rápido en calor.

Nos pusimos bien adelante en el arco de largada, y salimos la par de Jorge, mientras intentaba dilucidar cómo se usaba el Suunto. Fue el primer fracaso de la carrera, ya que no pude hacer que navegue y funcione la modalidad de ejercicio al mismo tiempo. Teniendo que usar una u otra, preferí el GPS que me marcaba distancia recorrida, velicada actual y altimetría. Segundo error de la carrera: seleccioné la modalidad “Carrera de montaña”, que yo creía que ahorraba batería (hasta 50 horas), pero resultó que el rendimiento es igual que el de “Correr” (hasta 15 horas). Era un poquito de presión para llegar dentro de ese horario (si se me agotaba antes, me moría).

Jorge es un corredor veloz, y yo estaba tan cebado que en los primeros kilómetros, sobre la ruta, empezamos a pasar gente. Todavía estaban esas gotitas suspendidas en el aire, y esa noche oscura, iluminada por nuestras linternas y el auto que filmaba a los punteros, le daba a todo un aire muy onírico. En ese momento amé estar ahí (y nunca sentí frío). Cuando empezó la subida me quedé solo y me fui acercando a la punta. De pronto me quedé solo, con solo una lucecita adelante.

Un poco antes de llegar al cuarto kilómetro nos dieron la indicación de entrar al sendero que se adentraba en la selva. El puntero le dejó su abrigo a un fotógrafo, y lo alcancé. Me pareció que se lamentaba por pisar barro y le dije “¡Para eso vinimos!”. Pasé al frente, y durante uno o dos minutos… ¡fui el primero! Qué sensación rara. Mis expectativas previas eran llegar en 12 horas, y se suponía que el ganador iba a estar cerrando los 90 km en 8 horas. Pero ahí estaba yo, en la cabecera… se me cruzaron un montón de fantasías. ¿Y si lo mantenía? Pero eran solo eso, fantasías. El otro corredor me alcanzó y me preguntó mi nombre. Mientras empezaba a amanecer nos presentamos, él era Daniel, cordobés pero vivía en Buenos Aires, entranaba al grupo Fila. Nos fuimos dando aliento y charlando. Fue un momento muy agradable. Cruzamos el primer puesto de hidratación, y bromeaban que éramos los últimos. Cuando salimos nos gritaron “¡Vamos que son primero y segundo!”. Le contesté “¡No me presionen!”. Estuvimos a la par con daniel durante 20 kilómetros, muy cómodos, a unos 5:35 minutos el kilómetro de promedio. Mientras hablábamos de experiencias previas, me contó que había corrido este año en El Palmar, que no había visto las marcas y que se había desviado 1,5 km… a pesar de eso, volvió al circuito y ganó la ultra de 60 km. “¡Ah, eras vos!”, le dije… claro que había escuchado esa leyenda… Cabe aclarar que Daniel terminó ganando esa misma carrera que estábamos compartiendo, en el bestial tiempo de 7 horas y moneditas… pero me estoy adelantando demasiado.

Me di cuenta de que el ritmo que llevábamos era demasiado para mí a la tercera vez que me torcí el tobillo. El terreno era muy irregular, en partes estaba mojado o con mucho barro, y mientras estaba oscuro iba con más seguridad, subiendo las cuestas al trote… pero al ver lo que me rodeaba iba como más contenido, con miedo a caerme. No sé si me tropezaba por estar tensionado o por relajarme, pero le dije a Daniel “Profe, te veo en la meta”, y bajé el ritmo. “Yo voy tranquilo”, me contestó, pero su tranquilo era “súper rápido” para mí.

Esto era aproximadamente en el kilómetro 24. En el siguiente puesto me dijeron “ahí viene el segundo”, y de nuevo se me revolvía la panza. ¿Y si hacía podio? ¿Podría llegar a sentirlo alguna vez? Esas fantasías las tenemos todos, solo que no las decimos (ni las dejamos por escrito). Nunca me sentí capacitado para lograrlo, ni tampoco llegaba a Yaboty en mi mejor estado. Pero estaba emocionado, corriendo en soledad, y ocupaba la cabeza pensando en eso. Estuve en esa posición hasta el kilómetro 40, mirando siempre el reloj para asegurarme de que mi ritmo promedio estaba por debajos de los 6 minutos el kilómetro. Era rápido para una ultra maratón… quizá demasiado.

Estaba corriendo por la ruta y vi que detrás mío se acercaba alguien. Intenté apurar el paso para resguardar mi posición, pero era inútil. O sea, yo era un inútil, porque me metí en un cañaveral y me tropecé. Fui derecho al piso y me corté las palmas de las manos y las piernas con montones de espinas. Me levanté, intenté correr dos pasos y me volví a caer. Al costado había un precipicio, y el suelo era como una cama elástica de raíces, hojas y ramas. Al tercer tropezón me di cuenta que tenía que aflojar. Empecé a bajar con cautela, caminando, y un chico flaquito y alto me pasó como tiro. Lo vi perderse entre los árboles y no lo volví a ver hasta que esa noche se subió al podio a recibir el reconocimiento por su segundo puesto. “Bueno”, pensé, “puedo aspirar a un tercer puesto. Tampoco está mal”. Improvisé un bastón con una rama y fui bajando como podía.

A los pocos minutos vi a otro corredor acercándose por detrás. Las ultramaratones dan duros golpes al orgullo. En definitiva, bajan de a poco tus expectativas. Me di cuenta que lo del podio eran solo fantasías. “Si estoy entre los primeros 15 me conformo”, pensé. Agradecí que mis expectativas más bajas no sean llegar con vida o sin vomitar. Pero eso hacen estas pruebas tan duras, forzarte al límite hasta que solo queda lo que sos y lo que realmente podés dar.

En una subida interminable, entre tierra, piedras y ramas, me pasaron dos corredores más. A cada uno le di aliento y le indicaba en qué posición estaban. A partir de ahí, la mitad de la carrera, yo estaba destruido. Las subidas eran interminables. Mi estrategia de 2011, de tomar y comer en los ascensos y correr las bajadas, eran inaplicables, porque llegaba a la cima tan agitado que solo me restaba bajar caminando para recuperarme. El paisaje era impresionante, muy motivador, e intenté alimentarme y tomar todo el tiempo. Pero me faltaba energía o entrenamiento (o ambas cosas).

“Ahí viene el quinto”, me dijeron en un puesto. Yo les esquivaba al agua (que tenía bajo contenido de sodio) y me agerraba al Powerade como si fuese oro líquido. Ni me preocupé por las cosas que daban de comer, porque tenía una inagotable fuente de pretzels, frutas secas y geles (que tomaba cada 15 km). Cuando realmente abandoné mis aspiraciones por el podio, en cada puesto me relajaba y charlaba dos minutos con los gendarmes y los voluntarios. Eran todos muy amables, y me festejaban mis chistes (“Al que venga atrás mío, desvialo para aquel lado”). En el puesto 6 vi llegar a dos corredores y les dije “Si se apuran van a ser el quinto y el sexto de la general”. Estaba muy cansado, pero contento de estar ahí. Caminaba las subidas e intentaba trotar las bajadas. No tenía fuerza y en momentos eso me frustraba. Apliqué el 2×1 (dos minutos de trote, uno de caminata), y con eso ayudaba a distraer la cabeza y a avanzar más rápido que correr hasta el agotamiento.

Como dije al principio, hay escenas que mi descripción torpe no le va a hacer justicia. Corrí entre chacras, con cerditos que me entraban en una mano, perros, vacas, carretas… los chicos salían a saludarnos, a veces entonaban cánticos de aliento, y una nena me regaló una flor. El sol pegaba fuerte, y de vez en cuando sacaba una foto para inmortalizar ese recuerdo. Estaba perdido en ese embelezamiento del entorno cuando me di cuenta que no veía las marcas. ¡No sabía dónde seguía el camino! Me guié por mi instinto (que siempre me falla) y salí a la ruta. Casualmente era la misma por donde corrimos en 2011, con una pequeñita cascada donde cargamos agua en aquel entonces. Crucé un puente y unas señoras me sacaron una foto… para después decirme “Me parece que no es por acá”. Me señalaron hacia abajo, donde había un puente peatonal mucho más chico. ¿Cómo llegar hasta ahí? “Cruzá por acá”, me dijeron, pero me di cuenta que iba a cortar camino. Agradecí y volví sobre mis pasos, mascullando bronca por la distancia que iba a hacer de más. Entre los arbustos vi una marca, y me pareció que no tenía sentido buscar el punto exacto donde me había desviado. Quizá podía compensar cruzando por encima de ese alambrado, intentando no alterar a esa vaca… llegué hasta el puentecito, me dijeron “vamos que sos el quinto (en realidad era el séptimo) y seguí. Una pareja me preguntó si venía alguno cerca mío, y le respondí “Ojalá que no”.

Alternaba caminatas con trotes, y empecé a pasar a los últimos corredores de la categoría de 42 km. Los alentaba y les adelantaba cuánto faltaba para el próximo puesto de control, para que no se desanimasen. Pero aunque me hacía el entero cuando estaba en presencia de alguien, estaba muy agotado. En ese momento pensé en Vicky. Porque esa carrera (aunque con un recorrido muy diferente) la habíamos hecho en 2011, y en el día de ayer se suponía que íbamos a estar corriéndola juntos. Pero en el trayecto nos separamos, y en ese instante pensaba en todas las veces que la presioné para seguir y que ella decía que no podía más. Pedía caminar y yo la dejaba unos segundos, para después forzarla a trotar. Y subestimé cada vez que me pedía caminar. Como dije unos párrafos arriba, las ultramaratones bajan tus expectativas, pero también te vuelven más humilde. Yo me sentía en la misma posición que Vicky, porque me decía a mí mismo las mismas palabras que le decía a ella… y no era suficiente. No podía, no tenía fuerzas. Nada parecía funcionar.

Crucé arroyos, barro, tierra colorada, piedras… me tropecé con raíces, ramas… escalé al punto de que sentía el corazón salirse de mi pecho, y bajé a veces con muchísimo cuidado de no caerme, otras a la buena de Dios… fue una prueba durísima, que no anticipé para nada. Jorge, en los comentarios de una de las entradas del blog, me preguntó si era necesarios llevar bastones a Yaboty. Le juré que no, y mientras corría me acordaba de ese consejo. ¡Qué bien me hubiesen venido!

En el anteúltimo puesto me pasaron dos corredores, lo que me ubicaba en el noveno lugar de la general. Estar entre los primeros diez también me parecía una buena ubicación. Ellos estaban tan agotados como yo, así que intenté alcanzarlos y nos fuimos pasando, pero no pude mantener el ritmo y los dejé ir. Uno de los corredores de 42k me señaló al atleta que tenía adelante y me dijo “Dale que no puede más… ¡comételo crudo!”. Y entonces agregó algo que llamó la atención. “¡Vamos que ya metiste 80 km!”. Miré mi reloj y me indicaba 70. Pensé en qué equivocado que estaba, y seguí mi camino.

Llegué al último puesto de control, donde me llamaron por mi nombre. Era Gabriela, que en 2011 había salido tercera entre las mujeres, por detrás de Vicky (encima que soportó mis presiones, hizo podio). Nos sacamos una foto, tuve que contarle que me había separado hacía poco (fue un momento muy incómodo para ella), y por supuesto que me quedé esos dos minutos relajándome y charlando con los voluntarios. Mi reloj indicaba 74 km, así que le calculaba que la meta estaba a unos 13 más. Estaba cansado, pero iba por todo. Gaby dijo algo que en principio recibí como una buena noticia, y que después me heló la sangre. “¡Dale que te faltan nada más que 5 km!”. Le pregunté si estaba segura, y me lo recontra juró. ¡Eran muy buenas noticias! Le dije, sin pensar “¡Mi reloj anda mal o corté camino sin darme cuenta!”.

Como en una mala película de Hollywood, que intentan explicarle todo al espectador, escuchaba el eco de mi última frase… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… Mi reloj decía que llevaba corriendo más de 8 horas y media… si esperaban que el ganador llegase en 8 horas… ¿cómo podía ser que yo estuviese haciendo ese tiempo? Volví sobre mis pasos, y me acordé de cuando confundí el camino y volví sobre mis pasos para cruzar el puentecito peatonal… ¿podía ser que ahí me hubiese comido un tramo sin darme cuenta? Decidí seguir avanzando y preocuparme por eso después. Seguramente era un problema técnico, y no era la hora que mi reloj indicaba. Seguro se me había parado…

LLegué a la ruta y caminé un buen trecho. Quería correr, mentalmente me forzaba a hacerlo, pero me sentía como si me hubiese pasado ochenta y cinco trenes por encima. ¡No podía terminar esa ultramaratón caminando! Ese camino se me hizo familiar, porque era el mismo que tuvimos que hacer para terminar Yaboty 2011. Empecé a trotar despacito, sin mucha expectativa. Vi el cartel que indicaba “El Soberbio 1 km”. Me prometó mantener ese ritmo. Empezó a aparecer una zona urbana. De a poco con fábricas, vehículos, locales, casas… la gente estaba sentada con su silla en la vereda, mirándonos pasar. Los corredores de 21 y 42k que caminaban agotados me tenían que soportar pasarlos y alentarlos. “¡Dale que no falta nada!”. Pero la meta no aparecía… ¡se hacía eterna! No me di cuenta, pero empecé a acelerar. Vi locales y supermercados que se me hacían familiares… un gendarme me indicó para doblar y a 200 metros vi el arco de llegada. La gente aplaudía y me alentaba. Yo sonreía muy feliz, y pegué un pique espectacular. ¿De dónde diablos salía toda esa energía? Si yo antes no podía trotar más de dos minutos seguidos… y hablo de un paso suave. Acá estaba quemando llantas, abriendo la zancada y levantando las rodillas. Llegué a la meta, grité “¡ESPARTAAAA!”, que se convirtió en mi grito favorito de llegada, y cerré la carrera de una buena vez.

Pero… el cronómetro de la organización marcaba 9:30 horas. ¿Por qué era un pero? Porque la única explicación que tenía era que mi reloj andaba mal. Porque la distancia final que me indicaba eran 79 km, no 90. Si eran las 14:45 eso quería decir que el Suunto andaba bien y que yo había cortado camino. Me tiré a descansar en el puesto de agua, donde pegué muy buena onda con los muchachos. Me relajé, compartí anécdotas de esa misma carrera. Me sentí muy bien, pero a la vez estaba preocupado. Fui al albergue pensando en que tenía que devolver la medalla… no me la merecía. Había cortado camino, aunque sin querer, pero debía unos 6 u 8 km. ¿Qué podía hacer? ¿Qué hubiese hecho en el último puesto, volver sobre mis pasos 3 km? Me sentía un poco avergonzado, y todos me felicitaban cuando les contaba que había tardado 9 horas y media. ¡Les parecía un tiempazo! A mí me sonaba a poco… considerando que mi carrera estaba inconclusa.

Así estuve un buen rato, incluso después de bañarme y de tirarme en la cama un rato, hasta que empezaron a llegar el resto de los corredores, y para mi alivio a todos les dio 79 km. ¡Qué felicidad! Fue un alivio tan grande. Recién ahí, tirado en la cama del albergue, sentí que ese tiempo era mío, y que ese esfuerzo había valido la pena. Me sentía un poco dividido, porque Yaboty me costó muchísimo y caminé mucho más de lo que hubiese querido… pero no había cortado camino, había hecho lo mismo que el resto, y a todos nos había costado un montón. Ahí pude disfrutar de mi noveno puesto (séptimo de mi categoría).

Es curioso porque mis expectativas mínimas era hacerla en 12 horas, y aunque tardé mucho menos, mi primera impresión fue que me había ido muy mal. Pero los corredores somos así, nunca nos quedamos del todo conformes, siempre queremos ir por más. Las ultramaratones me enseñaron mucho de humildad, y aunque ahora estoy lleno de dolores en todo el cuerpo, estoy muy feliz de haber pasado por esto y de haber conocido a tanta gente que comparte esta pasión. Con cada carrera salgo enriquecido, y estos 90 km (o 79) de Yaboty, sin lugar a dudas, me ayudan a ser mejor persona.

Semana 46: Día 322: Camino a Yaboty

Bueno, fue solo un susto. Gendarmería se presentó en Retiro con 350 efectivos para asegurarse de que los micros iban a salir a horario, y que nadie iba a impedirlo. Aunque nosotros salimos con un charter desde Palermo, igual el paro me alarmaba, al igual que todos los que no se iban por un servicio privado sino que partían desde la terminal. Pero con el correr de las horas la patronal cedió, se comprometieron a pagar lo adeudado, y nada nos impide partir hacia Misiones.

Nunca pero nunca estuve mejor preparado para un viaje. Hice mi bolso… ¡ayer! Siempre lo armo diez minutos antes de salir. Y el fin de semana pasado fui a la feria a comprar cosas pensando exclusivamente en el largo trecho en el micro. También me equipé con cosas para la carrera, como geles, barritas, pretzels, frutas secas… todo lo que puedo llegar a necesitar. Tanta preparación me permitió seguir agregando cosas los días subsiguientes, como la compra de último momento del día de hoy, que fue Voltaren (crema) por si algo duele. No me termino de acostumbrar a este nuevo yo, que lava los platos después de usarlos y guarda la ropa doblada en los cajones. ¿Cuánto durará?

Realmente estoy muy ansioso, como nunca estuve. Será que es una carrera larga y extenuante, que la hago solo, que tengo desde zapatillas nuevas hasta reloj último modelo para medir distancias de ultra maratón. Tengo todo en su sitio, acomodado, y con tiempo de sobra. Como si fuera poco, me compré un teléfono nuevo, porque el otro andaba cada vez peor, tanto en funcionamiento como en rendimiento de la batería (mi teoría es que los programan para que a los dos años no anden más). Me cayó como promoción por mi empresa de telefonía, a la mitad de su valor, y será el dispositivo que quizás use para actualizar el blog. Veremos, porque no sé cómo son las cuestiones del roaming y todo eso. En el peor de los casos, esta será la última entrada hasta el lunes. Si llego a tener 3G, o si consigo Wifi en la selva, cuenten con actualización diaria. En realidad, está difícil, así que no cuenten con eso.

Tengo un revoloteo de mariposas en el estómago. ¿Cómo será la experiencia yendo solo, sin amigos ni familiares alentándome o asistiéndome? ¿Cuánto me va a tomar? ¿Cómo va a estar el clima? ¿Qué tal habrá sido mi previsión de bebida y alimento? ¿Voy a poder hacer funcionar (y entender) el navegador del reloj? Todas cosas que sabré el domingo. Por ahora voy con mi equipaje y mi provisión de comida para el micro (por si la pifian con mi menú). Siempre algo puede fallar, pero seguro que el día de hoy será mucho menos que de costumbre.

Si la tecnología está de nuestro lado, la sigo desde El Soberbio, en Misiones, donde nos prometieron un fin de semana de 25 grados de máxima. Hasta pronto.

Semana 46: Día 319: Comida de viaje

Con la suspensión de la Patagonia Run Spring y el traslado de la Misión a febrero, queda claro que Yaboty se va a convertir en la carrera más importante en lo que queda de mi año. Hubiese sido genial que ocurriese a fin de septiembre, pero me contento con cómo se dieron las cosas.

En este año de veganismo, todo se me complicó un poco. Ojo, estoy feliz con estos cambios, muy a gusto, pero me di cuenta que tengo que acostumbrarme a ciertas cosas que antes daba por sentado. Por ejemplo, le pedí a la organización que en el charter (subcontratado a Vía Bariloche) me den cena vegana. Me llegó el mail de confirmación diciendo “Que el pasajero no se preocupe, le damos cena vegetariana”. Claro que me preocupé, porque pensé en la cantidad de veces que en un micro me dieron fideos con queso (imposibles de quitar). Estoy con todo este tema de los alimentos integrales, pero soy flexible: si hay arroz blanco o pizza con masa de harina común, como sin problema. Creo que con lo que estoy reduciendo de comidas procesadas estoy más que bien.

Como no siempre me entienden con el tema de mi veganismo, no me queda otra que ser previsor. En todos los viajes me llevo frutas, galletas, agua, algún tupper… lo que sea para paliar el hambre. Y claro, la respuesta de la empresa de transporte me dejó intranquilo, así que decidí activar un plan B (además, muchas veces me pasó de avisar de mi comida especial y que se olviden… en la ruta no queda otra que joderse y aguantarse). El tema es que antaño me hubiese hecho sándwiches con queso o algo similar… ahora, ¿qué hacer que no tenga derivados de animales?

Pensé en galletas de arroz. Hay unas saborizadas (Mini arrocitas) que van como piña. Además, podría llevar una tableta de chocolate Águila negro (el de la etiqueta rosa), una botella de agua de 2 litros, algunas manzanas y bananas… y se me va acabando la imaginación. Me llevaría un tupper con algo preparado (cous cous, arroz integral), pero si la pegan con la cena, me daría pena que se desperdicie. Así que quiero llevarme cosas que puedan resistir varios días, quizás hasta el viaje de vuelta. Pero no quiero tener que tirar comida, me parece uno de los peores pecados que se pueden cometer.

Estoy corto de ideas, pero me parece que la cosa va a ir por ese lado. En El Soberbio parece que no hay tanta tarjeta de crédito y débito, así que nos recomendaron llevar efectivo para comprar en supermercados. Mi menú para el día previo a correr hubiese sido puro hidratos (polenta, por ejemplo), pero no sé si voy a tener dónde calentar agua. ¡Es todo un tema esto! Me gustaría saber que si me preparo algo el viernes a la tarde va a resistir hasta el sábado a la noche. Pero tengo mis dudas y poca experiencia cocinando con previsión. Los viajes me provocan ansiedad, y como cualquier ansioso, me calmaría corriendo. Como no puedo, porque voy a estar sentado 16 horas en un micro, voy a querer comer. Y quiero alimentarme bien.

Ya tengo mi comida de marcha, para cuando empiece la carrera, pero igual me parece que voy a necesitar un refuerzo de pasas de uva. Como voy a quemar muchas calorías, creo que voy a tomarme algunas licencias respecto al tema de azúcares y grasas y me voy a comer algunas barritas de cereal para el desayuno. Leche de soja y avena para el domingo a las 2:30 de la madrugada es pedir demasiado, ¿no?

Semana 46: Día 318: Yaboty es inminente…

Yaboty_ultra_2011

Sin dudas la Ultra Buenos Aires fue la carrera más importante que corrí este año. Yaboty será la segunda.

Hace unos días lloraba un poco por todo lo que rodea este viaje. Quisiera ser claro, no me asustan los 90 km. Los ansío muchísimo. Me cuesta esto de viajar solo y no compartirlo con nadie, pero me muero por estar allá en Misiones corriéndola. Los planetas se alinearon para que participe en este desafío, y me alegro de no haberme bajado con el sacudón que dio mi vida estos últimos meses.

No suelo preparame con tiempo. Como buen corredor, vivo a las corridas, pero esta vez pude organizarme e ir comprando cosas. Tengo la comida que voy a llevar al circuito, el equipo reglamentario, y hasta el apto médico. Mucho de lo que voy a llevar lo fui recolectando de ultra trails pasados, lo que confirma que con cada carrera uno adquiere experiencia, y hasta accesorios que van a servir para la siguiente aventura.

Lo que estoy viviendo con más entusiasmo es el reloj que me compré. El Suunto Ambit (así, con doble “u”) ya se convirtió en mi mejor amigo. Me costó entenderlo, y con el tema de setearlo me estaba complicando mucho, pero era porque no lo estaba sincronizando con la web (www.movescount.com), y ahí pude personalizarlo como yo quería. Lo mejor de todo, que me volvió completamente loco, fue que pude cargarle el recorrido de Yaboty… ¡Tengo un mapa en el reloj! También le asigné la ubicación de los Puestos de Control, así que en medio de la carrera, con una batería que me dura entre 15 y 50 horas, puedo ver cuánto me falta para cada uno de mis objetivos intermedios. ¡No veo la hora de probarlo en la ultra!

Vamos a comenzar desde El Soberbio, frente a las costas de Brasil, que casualmente es donde terminé en 2011. De ahí serán caminos por senderos, en medio de la selva, con nuestra propia determinación y una alimnentación e hidratación inteligente como motores para llegar hasta el final (ver mapa). La largada es a las 5 de la mañana de este domingo, aunque el micro que nos traslada a la salida parte a las 3. Nadie me va a impedir hacerme una súper siesta y levantarme a las 2 para desayunar. Después, con unos 8 grados de temperatura, saldremos a enfrentar la tierra colorada de Misiones, con el horario límite de llegada a las 22 hs. Quiero llegar de día, así que me voy a esforzar por hacer entre 12 y 14 horas (llegando a la meta a las 17 o 19 hs). A la noche nos espera una cena, supuestamente vegetariana, y 23:30 está saliendo el charter de regreso a Buenos Aires, como para llegar temprano y dormir todo el día (gracias a que es feriado).

Celebro la organización de Salvaje para este evento. MUY superior a cuando la corrí por primera vez (se nota que la experiencia les juega a favor). En aquel entonces no seríamos más de 40 corredores y para esta edición, sumando todas las distancias (10, 21, 42 y 90 km) hay unos 800.

¡Ya quiero estar ahí!

Semana 46: Día 316: Temiendo Yaboty

Miedo. Hay que abrazar el miedo. Empaparse de él, aprender a exorcizarlo. Quitarle poder.

Temo mucho por mi participación de los 90 km de Yaboty. No es que haya duda de que la corra. Eso está fuera de discusión. Pero no sé cómo me va a ir, tengo una gran incertidumbre, y no me refiero solo a la carrera.

Como ya comenté en posts anteriores, esta ultramaratón fue una de mis experiencias favoritas, hace dos años, cuando la corrí en equipo con Vicky y eran 100 km en el verano. Ahora es en el último mes del invierno, unos pocos kilómetros menos. Y el gran cambio desde que decidí correrla es que voy a ir solo. Pero solo en serio, no conozco a nadie de los que va a correrla. Voy a tomar un micro en el que voy a estar 16 horas rodeado de gente que no conozco, voy a dormir en un hostel compartiendo habitación con extraños y voy a participar de una charla técnica sin cuchichear por lo bajo con mis amigos. Me da un poco de pánico esa situación, porque como cualquier persona que vive conectada a internet 18 horas por día, soy una persona a la que le cuesta mucho socializar.

Pero estoy intentando revertir esa tendencia. Originalmente iba a participar de Yaboty y me iba a concentrar en eso. Es el motivo por el que no iba a ser de la partida en la Adventure Race Tandil. Entonces me separé, me pegó esa cuestión de querer reconectarme con mis compañeros de grupo, y decidí ir con ellos. Terminé haciendo una carrera de aventura dos semanas antes de un trail de aventura. Creo que es obvio que no voy a buscar hacer marca ni llegar al podio. Todo esto tuvo su precio, aunque me fue espectacularmente bien en Pinamar, terminé muy fatigado y no llego a Yaboty en las mejores condiciones físicas. Tengo un dolor en el costado de la rodilla derecha, que aparece cuando corro y desaparece apenas me detengo (fatiga, seguramente). Tampoco he hecho fondos largos últimamente, así que no sé qué esperar. Por eso tengo un poco de ansiedad por correrla, como si llegara a un examen sabiendo muy bien ciertos temas y con la única estrategia de guitarrear si me preguntan por los otros.

Quizá lo que más me pese sea esa cuestión de participar de una prueba tan dura sin ningún conocido con quien compartirlo. Seguramente conozca gente en el viaje, y ya tengo la promesa de conocer a Jorge, quien me escribió al blog hace poco y que también va a participar de los 90 km de Yaboty. Generalmente las carreras son oportunidades de conocer lugares nuevos, expandir los horizontes físicos y mentales, y afianzar relaciones. Nunca fui solo ni tampoco se me cruzó por la cabeza hacerlo. El running es una actividad bastante solitaria porque es difícil encontrar a una persona que tenga exactamente tu ritmo y con la que, además, tengas una charla amena. Sin embargo, en los Puma Runners, siempre nos las ingeniamos para hacer que cada carrera sea un viaje de egresados, en donde compartamos comidas, salidas y las “sobremesas” post carreras. Ahora me toca improvisar, arreglármela por las mías. Voy por la competencia, no por la vacación.

Como dije varias veces, el miedo me paralizó siempre, y ahora decidí convertirlo en un motor. Podría haber cancelado mi inscripción y pedir que me computen ese dinero a otra carrera… Pero, ¿para qué? ¿Para seguir consintiéndome en cada una de mis mañas? Creo que si te enfrentas a las cosas que te dan pánico, te podés llevar la grata sorpresa de que le empezaste a quitar poder…

Semana 45: Día 315: Flor de relos

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“Solo, solo unos pocos elegidos pertenecen en verdad al gran mundo… Solo unos pocos elegidos en el mundo lucen la hora exacta en su muñeca”.

“¿Te compraste un Suunto Ambit Silver? Te pasaste, macho”. (disculpas a Les Luthiers)

Había llegado al país hace unos días, pero solo pude echarle mano hoy. Fue amor a primera vista. Yo necesitaba un reloj con GPS que me durase para las ultramaratones (como, por ejemplo, la inminente Yaboty), y el reloj necesitaba posarse en una muñeca que hiciera quedar a su dueño como un alfeñique.

Aprovechando que mi amigo Matías viajaba a los Estados Unidos por trabajo, lo compré y se lo mandé a su hotel. Como es medio paranoico con el tema de la aduana, tiró el manual (que, según él, era una especie de guía telefónica) así que, como ven en la foto, tiene cualquier hora y fecha, ni idea de cómo cambiarlo. Igual lo estoy cargando para estrenarlo mañana. También hice una gran jugada con este viaje y compré un cable cargador para el Garmin Forerunner 405 que tenía, inutilizado por no poder cargarle la batería. Acá vendían ese mismo cable en Mercadolibre por $300 y en eBay lo conseguí por u$s 20 (conviértanlo a la cotización que les plazca, dólar real, blue, soja o tarjeta, pero es más barato que lo que te piden acá).

El Suunto es enorme, o estoy muy flaco porque en mi muñeca me recordó cuando era chico y jugaba a vestir los zapatos de mi papá. Pero el tamaño seguramente tenga que ver con su batería, que dura 15 horas en modalidad running y 50 en hiking (tiene que ver con el ping que envía al satélite, es algo muy técnico como para que nosotros los científicos de la NASA nos pongamos a explicar). Pero no solo eso, además de GPS y navegación, tiene brújula, barómetro, termómetro (para la temperatura ambiente, no sean tan fantasiosos) y monitor cardíaco. Solo para reloj, la batería dura 30 días. Además dice que es resistente al agua, a una profundidad de 100 metros, pero ni loco lo pruebo.

Estos días estuve corriendo con un Garmin Forerunner 305 prestado, que como todas las cosas viejas, grandotas y feas anda fantástico. Pero aunque estaba enamorado de mi reloj anterior y que este que me dieron también funcionaba de perillas, estoy experimentando grandes distancias, y la batería nunca me alcanzaba. En la Ultra Buenos Aires usé tres relojes distintos, en los trails de montaña como Patagonia Run o La Misión elegía en qué momento activar el GPS (generalmente al principio) para después meterme en una incógnita… todos sabemos que cuando preguntamos a los banderilleros cuánto falta para el próximo puesto de asistencia, te mienten descaradamente… Tienen buenas intenciones, quieren que no te desmoralices, pero cuando te dicen que llegás a la cima en 20 minutos y tardás 2 horas, realmente empezás a decir el clásico “qué hago acá”. En cambio, si de antemano sé que faltan 10 km y en el medio hay una montaña, me puedo preparar mentalmente para sufrir.

Vamos a ver cómo me va con este flor de relos. Con que llegue a usarlo en las 36 horas de la Spartathlon 2014 voy a ser más que feliz…

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