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Semana 52: Día 364: La Espartatlón 2013

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Ayer escribí un post, mientras se largaba la carrera de calle más soñada por mí: La Espartatlón. Hoy estoy escribiendo esta nueva entrada… ¡y la carrera todavía no termina! Acá no hay gente que para a descansar, se duerme una siesta… no, estos verdaderos guerreros del running no se detienen, o al menos dan todo de sí mismos para encontrar su límite o la gloria.

Comenzaron 323 corredores. Con unos 75 puestos de control en los 246 km del maravilloso recorrido, las informaciones se van conociendo cuando los atletas los van pasando. Lantik el holandés va a la cabeza, y al principio era seguido por Mike Norton… cien metros de diferencia, a veces se pasaban mutuamente. Pero en Corinto, a las 14 horas de carrera, por el puesto 26, Lantik iba cómodo y le había sacado un puesto de ventaja a Norton, quien comenzó a perder fuerzas por un dolor en la cadera. En el primer tercio de carrera abandonó el 18% de los corredores, que se enfrenta a temperaturas de 30º al sol y 10º en la noche. Oliveira, de Portugal, permanece segundo mientras escribo estas líneas, acercándose cada vez más a Lantik. La cabecera va por el puesto 57, y todavía queda mucho camino por recorrer.

Y, aunque usted no lo crea, este blog se termina hoy. Bueno, más o menos. Termina este tercer año, que fue el segundo intento en que quise correr esta fantástica carrera. La primera vez, en 2012, no pude porque no cumplí el requisito de correr 100 km en 10:30 hs (llegué a 70, vomité y pedí clemencia). Este año lo logré (lo hice en 10:14), pero cerraron las inscripciones porque no había cupos y la lista de espera llegaba a 194 corredores. Siendo que no arrancaron los 350 atletas del límite máximo de participantes, podría haber ido… pero necesito estas 52 semanas que quedan por delante para entrenar mucho.

He decidido que esta, la cuarta temporada de Semana 52, sea mi mejor momento. Física y mentalmente así lo siento. El desafío será mantenerlo y seguir mejorando durante 2014. Sé que lo voy a lograr, tengo la motivación y gente idonea que me asesora. Me gustaría estar ahora allá, sí, pero me siento sospechosamente conforme con cómo se fueron dando las cosas.

Mañana el contador vuelve a empezar. Ahí voy a resetear el cuentakilómetros y veremos con cuánto llego a septiembre de 2014. Ojalá que sea desde el otoño griego, bajo su sol radiante y caminando por esas calles llenas de historia. ¿Caminando? Debería decir corriendo…

Semana 52: Día 360: Se aproxima la Espartatlón

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La llaman Spartathlon. Yo la castellanicé como Espartatlón, y sinceramente no sé si quedaré como un bruto, pero sigue siendo mi sueño. Soy un niño que en enero está esperando con ansias el 24 de diciembre. Ya va a llegar… sigo soñando, pero tengo que esperar.

Supongo que, como cualquier carrera, esta es una que se gana con la cabeza, con motivación. Yo no me permito todavía imaginarme a mí cruzando la meta en Esparta. No puedo, significaría asumir que estoy inscripto, que pude pagar los costos, que entrené como para hacer más de 100 km, mi actual límite. La ansiedad me mataría más que ahora. Así que intento vivir el día a día, pensando en las próximas carreras, en los entrenamientos, en estar físicamente a la altura. A veces me comparten videos con testimonios de esta ultra y yo tomo el camino cobarde y no lo veo. Marco mails como no leídos y quedan en la bandeja de entrada por meses.

Le di “Like” a una página de la Espartatlón y últimamente comenzaron a subir pequeñas biografías de los participantes de este año, hombres y mujeres de todo el mundo que repiten la hazaña. Enumeraban la cantidad de veces que fueron finishers, y mientras a mí me toma tanto tiempo llegar hasta ahí, ellos ya llevan 3, 5, 9 participaciones, o más… Y por supuesto que me encantaría ser uno más entre ellos… “Martín Casanova, argentinean amateur athlete, has been blogging about Spartathlon for three years and now has the chance to run it for the first time”. Y mi foto, con lentes de sol, una musculosa, corriendo, tres cuartos perfil. Medio borrosa. Hasta ahí llega mi imaginación, y no quiero dejarla volar todavía.

La página de la Espartatlón, que se corre el próximo viernes, tiene hoy una entrada donde reflexiona sobre estos “corredores anónimos”. A pesar de que presentan solo una pequeña muestra, reconoce que hay muchos que no llegaron a presentar, héroes que podrían ser tu vecino, que entrenan bajo condiciones muy adversas: criando a una familia, trabajando duro para ganarse la vida, y así. Hay mucha gente que sueña con terminar esta carrera, que llegan desde muy lejos cada año para volverlo a intentar (yo podría integrar a este grupo). Y termina con un mensaje que me pone la piel de gallina: “Lo que sea que estés buscando en la Espartatlón 2013, ¡espero que lo encuentres!” (si me ponés 2014, me largo a llorar).

Supongo que muchos se habrán dado cuenta que las 52 semanas que contabiliza el título de cada post se resetean el día que se corre esta ultramaratón. Porque cada año, desde 2011, mi meta es estar ahí, corriéndola. Es un desafío INMENSO y lo sé, pero empecé con un sueño y en el camino por alcanzarlo, encontré otras cosas y me fui enriqueciendo. Es un más o menos una buena forma de vivir la vida: soñando con una meta que otros creerían imposible, pero sin perder de vista lo que se puede aprender en el trayecto. Retomé el gimnasio, algo que me hace muy bien; me hice vegano; organicé un prototipo de carrera; exploré mis límites y aprendí qué tengo que hacer y qué no en una ultra… Nada es en vano, y como bien me dijo un lector de este blog cuando no pude alcanzar los 100 km para preclasificar: los sueños no se cancelan, se posponen.

En cuatro días, 350 corredores de todo el mundo van a largar desde la Acrópolis y van a intentar llegar a pie a Esparta, 246 kilómetros en menos de 36 horas. Muchos llegarán, otros quedarán en el camino. Todos se verán transformados. Espero que de acá a 52 semanas esté escribiéndoles desde Atenas, concentrándome para hacer la carrera de mi vida. Cien mil mariposas revolotean en mi estómago mientras me imagino esa escena…

Semana 48: Día 331: Los 79 km de la ultra trail de Yaboty

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Ok, este es el último post que hago de Yaboty 2013, lo prometo. Pero tenía la imperiosa necesidad de escribirlo. Primero, para dejar de hablar de 90 km y reconocer que fueron 79. Es una diferencia que alguno puede considerar mínima, otros muy grande. Nunca las carreras son exactas. Desconozco el sistema de medición, sé que se hace a pie porque además hay que marcarlo con cintas y, en algunos casos, marcas refractantes. Pero a mí ni siquiera la Maratón de la Ciudad me dio 42,195 km.

¿Por qué volver, justo hoy? Bueno, es domingo, hay poco que decir (suele ser el día más complicado para este blog), y se dio una situación que para mí fue medio graciosa (o sea, me hace quedar medio como un gil). Con el correr de los días la organización de Yaboty empezó a subir fotos. En las primeras yo no aparecía. Era como si me hubiese tragado la tierra. Los cortes en mis manos y piernas, la tierra colorada de las zapatillas y el dolor de cuádriceps era lo único que tenía para confirmarme que no había soñado todo eso. Eran galerías de adelanto, el material completo iba a aparecer recién el jueves pasado.

Como soy narcicista, cada vez que aparecía una foto mía, la guardaba en la compu. No soy fotogénico, cada vez que me veo me encuentro con cara de tarado, pero a veces ignoro esa falsa modestia y uso esas imágenes para transportarme de nuevo a esa maravillosa experiencia. Entonces, en el día de hoy, llegué a un álbum que tenía el momento de mi llegada. Ahí estaba, con una gran sonrisa, hombros caídos, la medalla colgando de mi cuello. Y entonces veo algo que me sorprendió: el cronómetro oficial marcaba 9 horas y 5 minutos. Pero… cuando hice mi crónica puse que había tardado 9 horas y media.

Tengo un reloj con cronómetro, en el que al principio desconfié, que dice que tardé 9 horas y 5 minutos. En el excel de la clasificación dice que tardé eso y que estuve 2 horas por detrás del ganador, que llegó en 7 horas y moneditas. Entonces, ¿por qué insistí y le dije a todo el mundo que tardé 9 horas y media? Quizá porque tenía metido en la cabeza que 12 horas era un buen tiempo. Quizá porque soy un tipo muy distraído, y me fijo en los tiempos pero a la vez me preocupa más llegar entero que rápido. Quizá porque me senté apenas crucé la meta y no me levanté hasta 25 minutos después, y es por eso que esa hora fue la que se me grabó en el cerebro.

Sin embargo, hoy vi esa foto que no deja ningún lugar a dudas de cuánto tardé, y no puedo evitar ponerme contento. O sea, ¡tardé menos de lo que había calculado, y menos de lo que le dije después a todo el mundo! Igualmente me preocupa esta falta de atención. ¿Estaré necesitando más espirulina en mi dieta?

Semana 33: Día 230: Los 60 km de la Aurora del Palmar

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Hoy, después de mi insistencia, vuelvo a cederle el puesto de redacción del blog a Vanessa, quien reseñará una ultramaratón a la que no pude acudir por mis compromisos con la Feria del Libro y por mi (ya curada) lesión en el tibial. Fue una carrera a la que asistieron varios de mis compañeros de los Puma Runners (a los que también se los conoce como los LionX, tal como lo describe ella en su crónica), así que, desde la lejanía, sentí que acompañaba en cada tramo:

Dado que el blog de MartAn –quien cariñosamente siempre me deja lugar para invadirle el blog con pequeños relatos– es de running, me limitaré a describir brevemente las noches previas a la carrera, para luego pasar a describir mis primeros 60 km. De antemano me disculpo por cómo voy a escribir… lo culpo a Kerouac, y su narración, dado que distintas novelas suyas me han acompañado esta última semana en el tren.

La Previa
Salimos el jueves rumbo al norte. No sabíamos muy bien dónde íbamos a ir, sabíamos que el destino era llegar a la Aurora del Palmar para el sábado, que es cuando teníamos la reserva, pero el jueves no tenía destino todavía. En algún momento de la Panamericana, Germán (nuestro entrenador) sugiere la idea “¿y si vamos a Rosario?”. Enseguida Lean y yo (los otros 2 viajeros del auto del jueves) asentimos a esa idea. ¡¡Rosario!! ¡Qué buena idea había tenido! Pasamos todo el día en esa ciudad, y tras una cena en el tradicional Cairo, seguida por unos tragos en Rock & Feller’s (altamente recomendados), volvimos para el hotel a dormir.

Yo había sido responsable de activar el despertador (en una de las 234 vueltas que doy antes de dormir) para llegar al desayuno al día siguiente, y partir hacia Colón. Por supuesto sonó el despertador, y me levanté para apagarlo y dormir 5 minutos más… Eran las 11 menos 20 y teníamos que entregar la habitación en 20 minutos. Chau idea del desayuno, y de la ducha tranquila a la mañana. Aproveché a entrar a ducharme velozmente, y mientras los chicos terminaban de empacar hice el checkout, y volvimos a la ruta.
El camino más directo y menos repetitivo hacia Colón era por Victoria. Aprovechamos a cruzar el siempre majestuoso puente Rosario–Victoria, con sus vistas a la ciudad del Monumento a la Bandera, y descubrir nuevas ciudades. Obviamente, que con nuestros desvíos, turismo, escalas de comida, y escalas de baño mías (siempre frecuentes en los viajes); llegaron a Colón antes los chicos.

Nos encontramos con ellos en el Sótano de los Quesos, los chicos pidieron una gran gran picada con cerveza, y yo los acompañe en espíritu y cuerpo, mientras comía mi choclo con agua. Tras este festín, nos quedaba tiempo para recorrer la ciudad, realizar la tradicional escala por los fichines (en este caso con torneo de tejo y Daytona – creo que Germán gano el tejo, y el Daytona terminó en empate por una mala maniobra mía en los últimos 3 segundos de la carrera… ahora se cómo se sienten los jugadores de fútbol a los que les dan vuelta el partido sobre el final del partido). Ya mas tranquilos después de la maratónica sesión de fichines, jugamos un truco en la plaza, fuimos al boliche y llegamos, tras muchos desvíos, al reservado hotel para la carrera.

La Competencia
La Aurora del Palmar es un lugar sin desperdicio, aprovechamos el sábado para relajarnos, descansar en equipo, jugar un poco al truco (nuevamente), a pasar la pelota de rugby (algún día aprenderé como es que se pasa correctamente), tomar te, y dormir.

Eran las 4 de la mañana, el pelado nos contaba su odisea nocturna tras una noche de ronquidos de Marcelo en la habitación, por mi parte yo sometí a lean a una noche hablada (si… hablo mientras duermo). Habíamos cenado en el pueblo cerca de la aurora del palmar la noche anterior –en una parada de colectivo para ser más precisa, lo cual era el único restaurante a la vista– Marce me recordaría del sabor de los fideos en distintas instancias de la carrera, pero ese no es el objetivo del presente relato.

Para variar, y por más que la cabaña estaba a menos de 200 metros de la largada (!!!!), largamos tarde (la largada era a las 5:00 am, y largamos 5:03). A poco más de  300 metros de la largada, y con 60 km por delante (59,7 para ser exacta), nos hicieron cruzar el primer arroyo. El Pelado se tiró al arroyo delante del grupo de los que largamos tarde (+2 personas que habíamos alcanzado). El agua le llegaba a mitad del pecho. Nos gritaba a Marce y a mi “¡Vamos! ¡Vengan al agua! Que alguien cruce adelante mío…”. Nosotros mirábamos como gatos que no queríamos mojarnos con agua. Vimos que uno de los otros corredores (de ese grupito de 2) cruzo a menos de 3 metros de donde había entrado el pelado al agua, y que el agua solamente le llegaba a la cintura… sin pensar en el espíritu de equipo, y priorizando egoístamente nuestro instinto de mantenernos fuera del agua por un tiempito más, cruzamos por donde había cruzado ese otro corredor… por esos 3 metros de distancia, del punto desde donde se había tirado el pelado.
Antes de decir cómo fue la salida del arroyo, debo mencionar brevemente, que tras una larga decisión filosófica entre nuestros pies y nosotros, todos optamos por correr con las zapatillas livianas, por lo que salir del agua patinando por el barro fue poco glamoroso. Ahora si.. ya sin miedo al agua, empezamos a recorrer los 59,7 km que nos quedaban de carrera, a un poco más de las 5 de la mañana, con las zapatillas mojadas y el espíritu de aventura finalmente activado.

Los próximos 6 km fueron tranquilos, por calle interna del palmar, siguiendo huella de camionetas. Había ocasionalmente agua, arena, pastito, agua, arena, los famosos “hidrátense” del pelado, y los “chicos.. en serio, vayan a su ritmo, no se tienen que quedar al ritmo pedorro mío, despéguense cuando quieran” (debo mencionar en este momento que Marcelo, por más que podría haber terminado cómodamente en poco tiempo la carrera jamás jamás se separó más de 10m de mi lado en la carrera, por lo que le estaré eternamente agradecida).

Cruzamos un arroyo, seguimos corriendo por distintas superficies, arena, agua, pasto, etc etc… y el sol lentamente y tímidamente comenzaba a subir. Al pelado lo perdimos a los 8 km de la largada aproximadamente (poco después del arroyo), él debía mantener un ritmo alto para poder correr con su hijo 15 km, después de completar la carrera de 60 km, y yo mantenía un ritmo inferior al que debía mantener él.

Pasó el primer puesto de hidratación, lentamente comenzaban a circular autos por las calles, y nos acercamos al segundo puesto de hidratación (alrededor del km 32). Mi cabeza ya estaba en las charlas con Marcelo, y los paisaje – Si, la corredora de calle, que frecuentemente corre con su ipod, estaba corriendo en aventura, con zapatillas embarradas y enarenadas, sin usar el ipod –… Volviendo al relato de la carrera, llegamos al segundo puesto de hidratación. Acá nos reencontramos con el Pelado. Su rodilla tenia del lado de atrás una pelota del tamaño de una pequeña, y levemente deforme, pelota de golf. Tras consultarle si quería seguir o volver (obviamente el pelado iba a terminar la carrera), comenzamos los 8 km por las vías. La mayoría de este circuito era por piedras (como suele haber a los costados de los durmientes).  Decidimos caminar por este circuito a modo de no lesionarnos los tobillos (¡y una caminata ligera ayudaba a recuperarnos!).

Hubo un punto donde nos perdimos porque no entendimos bien la señalización. Bajamos de las vías a la izquierda, y a la derecha… miramos un buen rato, hasta que un señor de aproximadamente 70 años, que estaba tomando mate sobre un puente del tren, dijo que los otros corredores habían seguido derecho.
Ya con el camino nuevamente indicado, continuamos hacia nuestro destino: los 60 km.

Pasaron los kilómetros con vías, agua, barro, arena, puestos de hidratación, ¡y llegamos –finalmente– a la parte de las palmeras! ¡¡¡Qué lindo Paisaje!!! Estar corriendo entre las palmeras era surrealista. Ahora entendía porque es que Lucas Bylo había elegido ese circuito y ese  momento para llegar a las palmeras.
Tras un encuentro con una vaca que miraba al pela con muy mala cara (se ve que sabía que el pelado ya estaba pensando en comer una hamburguesa, o una milanesa), llegamos a los bosques.

Ya se le estaba pasando el efecto del diclofenac al Pelado, y se notó en el descenso de ritmo, y la complicación que tuvo el bosque. Esta parte fue muy dura para él ya que no podía doblar la rodilla. Con Marce sacábamos las ramas (alambres, y otras cosas) del camino, y buscábamos entre las ramas algo que sirva de bastón, para alivianarle un poco los 8km restantes al pelado. Cada vez que pasábamos una tranquera, o un alambrado veíamos en su rostro el aumento del dolor para poder pasar los obstáculos.
A los 2 km de la llegada nos despegamos del Pela. Él nos pidió que buscáramos a Germán (el Conejo – nuestro entrenador) para que lo ayude a cruzar el arroyo del final. A medida que nos acercábamos a la línea de llegada, y al arroyo, veíamos que nuestros amigos se acercaban a nosotros para recibirnos. Fue una llegada sumamente emotiva!. Cruzamos la línea, nos abrazamos con todos, y volvimos hacia el arroyo para recibirlo al Pelado, y volver a cruzar con él la llegada.

“I felt like lying down by the side of the trail and remembering it all” ― Jack Kerouac, The Dharma Bums
Fue una gran carrera, llena de emociones, donde los vínculos humanos pasaron a primer plano. Sin importar si hay 4, 8, 10, 21, 42, o más km en una carrera; cada vez más estoy notando que la motivación para llegar es ver la cara de mis amigos, esperando en la llegada, con una sonrisa y un abrazo. Cada uno de ellos me acompaño a su manera los 60 km… pensábamos en los consejos que nos darían Lorena y Dany si estuviesen ahí con nosotros; pensamos en Lean –y su familia– a lo largo de toda la carrera (por más que él no pudo correr los 60 km por motivos familiares, nos acompañó en cada uno de los kilómetros), pensábamos en nuestros amigos, con quienes habíamos compartido el partido de truco la noche anterior; y en todos los LionX (y ex–LionX) que nos enviaban mensajes de whatsapp desde Buenos Aires, para alentarnos en el camino, y ver cómo estábamos.

Como cereza sobre el helado, cuando fuimos a lavar las zapatillas estaba la entrega de premios, y me enteré de casualidad, cuando llamaron mi nombre, que había logrado podio entre las Damas.  Estoy eternamente agradecida a todos los que me ayudaron a esto, y en esta carrera en especial a mis amigos y compañeros de auto, y a Marce quien, como dije anteriormente, no se separó de mi lado en la carrera (por más que tuve mis muchas escalas técnicas).

¡¡¡¡Vamos por más!!!!

Semana 32: Día 218: Nuevos objetivos

Todos conocemos ese famoso dicho de que para escribir “Crisis” en ideograma chino hay que escribir también “Oportunidad”. Pero yo me juego que el 99% de los lectores de este blog no saben leer chino, que lo mismo daría si les dijese que no es en chino, sino en coreano o japonés, así que no metamos la pata y digamos que todas las crisis son un punto de partida.

Estuve estos días dándole vuelta a la noción de que no voy a poder participar este año de la Espartatlón. Por mucho que me pese y todo el esfuerzo que pusimos mi entrenador y yo, hay dos factores que influyen. Uno es que, al parecer, esta mítica competencia se volvió demasiado popular, y apenas conseguí el tiempo de 100 kilómetros en 10 horas y 14 minutos, la organización de la competencia cerró las inscripciones, ya que habían cubierto el cupo de 350 participantes y tenían una lista de espera de 190 personas. O sea, ni siquiera tuve la opción de esperar que 191 tipos se bajaran para lograr un lugar.

Esto, por más que parezca raro, me trajo cierto alivio. Cuando intenté correr los 100 km de la Ultra Buenos Aires en 2011 la pasé muy mal físicamente. Anímicamente estaba bárbaro, rodeado de mi familia y amigos (hasta vino nuestro perro Rulo), pero estaba fatigado, totalmente extenuado, y en mi cabeza no podía dejar de repetirme que si esto me estaba costando tanto, 246 km iban a ser imposibles. Fue el momento en que más lejos me sentí de este sueño. Como la mayoría sabe, abandoné en el kilómetro 77 con la frente en alto.

Este año volví a intentar, mejor preparado y con un resultado que hasta a mí me sorprendió… porque en el camino la sufrí bastante. Hasta llegué a sentir lo mismo, que si me costaba tanto esto, en unos meses no iba a poder correr 146 km más en Grecia. Pero llegué a la meta, no tuve necesidad de parar a descansar, más allá de que tuve momentos en donde sentí que iba a tener que abandonar (a partir del km 50, cuando empecé a orinar gotitas color Tang de naranja y me asusté un poco). Todo, absolutamente, es aprendizaje. Lo fue el intento fallido del año pasado, y lo fue el logro de este. También aprenderé de no haberme podido inscribir este año.

Como dije, no poder inscribirme en la Espartatlón 2013 fue un alivio. No me sentí triste, no dije “¡Tanto esfuerzo en vano!”. La marca de este año me sirve para 2014, así que puedo inscribirme el día en que lo habiliten (estaré pendiente). Además, puedo entrenar más relajado, e intentar ultramaratones intermedias, como una de 100 millas (160 km) o una de 200 km. Todo a su tiempo, ya que estoy recuperándome de la periostitis, lo que también me dificultaba correr una Espartatlón este año.

El tema es… ¿qué hacemos con el blog ahora? Y eso es lo que estuve pensando todos estos días. Al principio, Semana 52 era un proyecto de 364 días. Me envicié, quise pasar a correr la Espartatlón en el segundo año, y no pude. Ok, reintentemos al año siguiente. Pero claro, ahora sé que no voy a poder hacerlo, por lo que queda trunco el subtítulo del blog “La meta: entrenar para la mítica carrera de 246 km“. Queda claro que ese será mi objetivo, así me tome 8 mil semanas lograrlo. Intentaré no volverme loco con eso, pero sigo obsesionado con hacer “algo” al final del año.

Va a ser imposible encontrar una ultramaratón que caiga justo el día de la Espartatlón, pero no importa. Ahora estoy en la búsqueda de alguna carrera de más de 100 km, en cualquier parte del mundo. Lo ideal, para mí, sería algo de 100 millas. De momento no encontré nada, porque las pocas que hay son en fechas muy lejanas (ya para el próximo año) o son con intervalos, por ejemplo dividido obligatoriamente en 5 días. No va a ser fácil, pero ese será el objetivo intermedio. Porque lo necesito, tengo que seguir entrenando para poder estar 36 horas corriendo sin parar. Me siento bien encaminado, no me quita el sueño sentirme lejos (ni siquiera me lo quita estar congestionado y no poder entrenar el día de hoy, justo que salió el sol). Así que, querido lector, estoy en una etapa de decisiones, y si sabés de alguna ultramaratón que se corra entre septiembre y octubre, hacémelo saber. Puede ser el trampolín para cerrar mi sueño en el cuarto año de Semana 52.

Semana 25: Día 175: La Ultra Buenos Aires crece

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Si todavía no te decidiste si querés correr la Ultra Buenos Aires o no, quizá te interese saber que la organización decidió, gracias a la respuesta positiva del público, a entregar remeras oficiales de la carrera. Lo que en un momento era por el pancho (de soja) y la coca (light), va tomando cada vez más forma profesional. No pudimos lograr lo de la entrega de medallas (eso quedará para otra edición), pero al menos todos se van a llevar un recuerdo de esta experiencia.

Ya hay un mapa más definido, que comparto en este post. Además de la posibilidad de acampar en la estancia, los que como yo quieran descansar más cómodamente pueden hospedarse en una habitación con cama y reservarse un remís que los lleve a la largada. Los que nos animemos a los 100 kilómetros tenemos que estar para salir a las 6, bien temprano, pero necesitamos estar mucho antes para el desayuno de cortesía. Por eso le tenemos que ganar a la salida del sol y madrugar. Parafraseando al dicho, nos ganaremos la ayuda de Dios.

En cuanto al entrenamiento, ayer corrí 50 km y el domingo me tocan 70. Cuando me enteré de esto (y perdón por el lenguaje), se me llenó el culo de preguntas. ¿Cómo voy a hacer? ¿Qué hay de esos dolores relacionados con la fatiga? ¿A dónde me conviene ir? ¿Cómo me aseguro tener el agua suficiente? Y eso es lo primero que se me ocurre. Después está el tema de que el gps del reloj no me va a durar 7 horas (o lo que me tome hacer esta distancia), que no sé si me va a dar la cabeza para tanto, y un largo etcétera. Pero la verdad es que en el fondo quiero hacerlo porque es difícil. Y si fuese facil no creo que tuviese motivación para hacerlo.

Lo pongo de otra manera: me da miedo correr 70 km. Ya lo hice, el año pasado, para esta misma carrera, y fue agónico. Lo mismo en la Patagonia Run. Le temo a la sensación de frustración, a perder el control de mi cuerpo y de esta actividad que me gusta. Pero esto también me hace humilde. Me da un objetivo a cumplir. Me llena de orgullo hacerlo a pesar de todo.

El domingo voy a estar a 70% de cumplir la meta de hacer 100 kilómetros en 10 horas y media. Va a ser un indicador de qué tan lejos estoy de cumplir este sueño.

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Semana 19: Día 132: Correr o morir

Este año lo dediqué a mucha lectura de temática atlética. Fue casualidad, un poco influenciado por Vicky, pero empecé con “Nacidos para correr”, de Christopher McDougall, seguí con “La huella de los héroes”, de Arcadi Alibés y ahora estoy con “Correr o morir”, de Killian Journet. Y resultó ser una especie de viaje con un hilo que es el del superhombre.

¿Cómo?

“Nacidos para correr” es el pasaje del autor de ser un atleta amateur que vivía lesionado y a quien los médicos le recomendaban dejar de correr, a convertirse en ultramaratonista, nada menos que corriendo con los tarahumara. Este pueblo de México desvela a científicos y deportólogos, ya que son corredores por excelencia, incluso las mujeres y los ancianos, y no necesitan de zapatillas Nike con cámara de aire y chip pedómetro, ellos corren todo el tiempo, con sus sandalias hechas con un cordón y pedazos de rueda de auto. Al ponerlos a competir en ultramaratones, los que estaban más alejados de la civilización y mantenían sus costumbres alimenticias lograron resultados sorprendentes, mientras que los más “contaminados” por nuestra cultura eran deportistas comunes y corrientes. Tan extraordinariamente aislados y tímidos eran que en una carrera un tarahumara llegó primero a la línea de la meta, y cuando se encontró con la cinta no la atravesó corriendo, sino que se agachó para pasar por debajo.

En el libro McDougall se recupera de esas lesiones que nunca se terminan de curar y se cruza con Caballo Blanco, el mítico corredor ermitaño que dejó todo para irse al Cañón del Cobre a convivir con los tarahumara y aprender sus secretos. Caballo decide dejar de llevar corredores de este pueblo a otros países para que compitan, y organizar una carrera en el mismo terreno árido que les sirve de hogar. Consigue el apoyo de un puñado de atletas de elite (entre los que se encuentra Scott Jurek, ultramaratonista vegano), esa raza que a mí me sorprende más que los tarahumaras porque son capaces de alcoholizarse, vomitar las tripas, y correr una carrera al día siguiente.

Todo el libro está narrado desde la óptica de McDougall, un corredor “como nosotros”, que pone su máximo esfuerzo para llegar a la meta. No es de elite, de hecho está bastante lejos de serlo, y por eso es fácil identificarse con él.

Después pasé a “La huella de los héroes”, de Arcadi Alibés, un periodista catalán que se aficionó a los 42 km de la maratón y, al momento de escribir su libro, lleva más de 120. Un día se le ocurrió participar de todas las maratones en las ciudades que hayan sido olímpicas. Así es que su libro está dividido en capítulos, contando la historia de cada uno de los juegos olímpicos, anécdotas y muchos datos que me prometí robarle algún día para el blog. La segunda mitad de cada reseña histórica es su propia experiencia corriendo en esa ciudad en la actualidad. Y si bien entre sus experiencias hay maratones por debajo de las 3 horas (algo realmente espectacular), un día decidió dejar de lado la obsesión por vencer al reloj y empezó a disfrutar de cada competencia, promediando entre 3 horas y media y 5 horas por carrera. También nos encontramos con un corredor que sufre, que a veces las cosas no le salen como las había planifcado, y alguna vez hasta debe caminar o renunciar.

Y luego de tanta humildad y experiencia de dos redactores en la madurez de su vida, pasé a “Correr o morir”, un título bastante soberbio y extremo, si me preguntan. No deja de ser una obra fascinante, lo que pasa es que Kilian Jornet es un corredor de elite (uno muy joven, 23 años al momento de escribirlo), entonces tiene la obsesión por vencer a sus contrincantes a flor de piel. Se deja ver algo de placer por hacer deporte, y sigue siendo bastante apasionante leer cómo piensa alguien que vive casi exclusivamente para el deporte. Pero sí, suena medio alienígena para mí. La parte que más me gustó (no habiéndolo terminado) es cuando Kilian se fractura la pierna y en base a su tozudez se termina rehabilitando. Pero fue recién cuando demostró signos de humanidad que me pude identificar con él. El resto del libro es literalmente su título, “correr o morir”. Y creo que hay muchas más cosas antes de morir. Eso no significa que meterse en la carrera de un atleta de elite no se intrigante…

Semana 7: Día 45: A un mes de La Misión

Cada día me prometo actualizar el blog más temprano, lo más lejos posioble de la medianoche. Cada vez fracaso estrepitosamente. Pero sigo intentando.

Qué va a ser La Misión, qué vamos a sentir, cómo lo vamos a vivir… es un misterio par nosotros. Imaginamos que va a ser algo parecido a Patagonia Run, quizá un poquito a Yabotí. Son nuestros únicos referentes de ultramaratones. Pero no creo que estemos muy lejos de lo que realmente va a ser. Yo tardé 9 horas en hacer 45 km en la Cordillera, así que supongo que en Villa La Angostura será lo mismo. Vicky le puso unas 11 horas a 57 km, así que no es descabellado calcular que podemos hacer 50 km en 10 horas, o sea en un día.

Mientras planeamos e ideamos nuestra estrategia, entremanos con la mochila. Tratamos de que tenga un peso “real”, con las verdaderas cosas que vamos a llevar. Se siente como un ensayo más que un entrenamiento, y el estreno va a ser el 12 de diciembre. Hay nervios, le tememos al pánico escénico, pero seguramente vamos a pasarla muy bien. Eso no quita que suframos, nos agotemos y hagamos el eterno juramento de “quién me trajo acá, no hago esta carrera nunca más”.

La mochila me resultó más liviana de lo que me esperaba. Es cierto que no tengo “todo” lo que tendría que llevar, pero supongo que la cargué con el 95% del equipo obligatorio (más algo de comida). La de Vicky es un poco más chica (25 litros contra los 35 míos) y eso le preocupa un poco porque cree que no le va a entrar todo lo que está obligada a cargar. Lo iremos viendo, aparentemente haberse puesto una bolsa hidratadora le haya quitado espacio y agregado peso. Unas caramañolas colgadas con una tira cruzada puede ser una buena alternativa.

Los entrenamientos de ultramaratones son verdaderos ejercicios mentales. Más que correr, uno camina, y la cabeza trabaja sin parar. Las piernas también se esfuerzan el doble, y no tengo del todo claro por qué. Mis cuádriceps duelen más de lo habitual, y eso que hoy no hicimos ninguna cuesta, solo trote y caminata.

No sé si puedo ser capaz de enfatizar lo soñada que es esta carrera para mí. Cuando empecé en el grupo de los Puma Runners, hace unos cuatro años y medio, veía con esa admiración de lo inalcanzable el poder correr La Misión. Sabía que había distancias intermedias, y cuando empecé el blog de Semana 52, mi primera meta fue, en un año, llegar a correr la Half, que son 80 km. Esa era mi meta lejana. Nunca la cumplí oficialmente, aunque superé esa distancia en otras ultramaratones. Pero en ese entonces (agosto de 2010) no se me cruzaba por la cabeza hacer 160 km. Eso era algo titánico, imposible para mí. Y estar preparándome para hacerlo, con la total confianza de que tengo la experiencia y el entrenamiento necesario para llegar a la meta, me hace sentir una emoción muy especial.

Pocas veces en mi vida pude reconocer que llegué lejos. Tachen eso. Jamás, en toda mi vida, me encontré reconociendo que había llegado lejos. Solo con el running. Me siento confiado y feliz, gracias a todo lo que pude aprender en estos últimos años. La Misión hubiese sido una buena excusa para colgar los botines y dedicarme a otra cosa… pero se me metió en la cabeza la maldita Espartatlón… y ahora no quiero parar hasta los 246 km. Sin embargo, nunca hice 160 km, y si los puedo conquistar en 30 días, va a ser un antes y un después para mí…

Semana 48: Día 331: La verdadera historia de Micah True

Siempre quise leer el libro “Nacidos para correr” de Chris McDougall, sobre esta tribu que tenía unos secretos ancestrales sobre marchar a pie. Me lo prometieron en un par de ocasiones, pero nunca me hice con ese ejemplar. Hoy voy a compartir un par de textos sobre uno de los protagonistas de este texto, un ultramaratonista que dejó todo para irse a vivir con los nativos y aprender todo lo posible sobre el running: Micah True.

Michael Randall Hickman -su verdadero nombre- había nacido en 1954 en Boulder (Colorado). Hijo de un sargento de Artillería del Cuerpo de Marines, vivió durante su infancia en diversas bases del ejército norteamericano. En su época universitaria empezó a practicar boxeo para ganar algo de dinero con el que pagarse los estudios. No le fue mal en este deporte y acabó boxeando de manera profesional con cierto éxito, entre 1974 y 1982, con el nombre de Mike “True” Hickman. El apodo se lo puso en homenaje a su viejo perro… y ya quedaría con él para siempre. Y el posterior Micah estaría inspirado en el espíritu “valiente e intrépido” del profeta del Antiguo Testamento del mismo nombre.

Pero su verdadera pasión era correr. Una pasión que le había inculcado un curioso ermitaño de Maui, una de las islas de Hawaii, donde residió algún tiempo. Correr largo y correr sólo, por la montaña, por cualquier sendero o camino por el que se pudiera sentir libre. Durante 20 años, Micah True siguió el mismo ritual: cada verano trabajaba duro haciendo mudanzas en su Boulder natal para ganar el dinero suficiente con el que vivir el resto del año allí donde podía hacer lo que más le gustaba: en las remotas montañas de México, corriendo y disfrutando de la libertad, haciendo entrenamientos interminables que sumaban con frecuencia más de 280 kilómetros semanales. “Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue –reconocería a Chris McDougall en una de sus conversaciones-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero este es un terreno salvaje. Así que tuve que esperar un poco”.

Así, conoció a los indios tarahumaras (considerados los corredores más resistentes del mundo), por los que pronto sintió verdadera fascinación, y entre los que vivió adaptándose a sus costumbres. Los tarahumara son un pueblo muy tranquilo y humilde, pobladores de las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre, en el estado de Chihuahua (México), y poseedores de una resistencia descomunal que les permite correr cientos de kilómetros seguidos. Están genéticamente adaptados a las carreras de fondo, y para ellos es su estilo de vida. De ellos, True aprendió todo lo que necesitaba saber para terminar de forjar su talento para las largas distancias: su técnica de carrera, sus alimentos y bebidas llenos de energía… y su curioso calzado, ya que corren calzando tan sólo huaraches, unas finas sandalias de cuero que ellos mismos se fabrican de manera artesanal. Con ellas, superó las molestias que arrastraba desde hacía años en los tendones del tobillo, y nunca más se lesionaría.

Después de unos años en las barrancas conviviendo con los tarahumaras, “Caballo Blanco” (como le decían por su aspecto pálido y su larga cabellera blanca) se había hecho más fuerte, estaba más sano, y corría más rápido que nunca en su vida: “Todo mi enfoque hacia el hecho de correr ha cambiado desde que estoy aquí”, reconocería a McDougall. Pero, sobre todo, aprendió numerosas lecciones de vida para manejarse en un territorio tan hostil, tierra de sequías y cañones casi inaccesibles. En él, Micah True encontró su tierra prometida, y una hermosa forma de vivir que adquiría todo su sentido a través de la carrera de larga distancia, actividad con la que exploraba los límites de su resistencia: “Siempre estoy perdiéndome y teniendo que escalar, con una botella de agua entre los dientes y águilas volando por encima de mi cabeza. Es algo hermoso”.

Micah True es el personaje central del libro Born to Run (Nacidos para correr) de Christopher McDougall, escritor norteamericano que también se sintió fascinado por lo que eran capaces de hacer los tarahumaras. Colaborador de The New York Times, viajó hasta México para conocer a este pueblo. De lo que allí vio y vivió, y de sus charlas con True, salió todo un bombazo editorial que ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo, y que disparó la fama y notoriedad de Caballo Blanco, quien se convertiría en un icono entre los corredores de larga distancia por su activismo y capacidad de superación. Amaba correr, y transmitía esa pasión a todos.

El deporte era para True el medio a través del cual explorar los límites de su resistencia al agotamiento físico. No le bastaba con correr; había que correr más, quizá porque para él, como para los Tarahumara, era una pasión que trascendía a la carrera o a la mera anécdota de llegar a cualquier sitio antes que cualquier persona. “Si se me va a recordar por algo, me gustaría que fuera por mi autenticidad. No más. ¡Libre para correr!”, escribió en enero en su cuenta de Facebook.

Micah True se convirtió en un icono entre los corredores de larga distancia por su capacidad de superación y su activismo. Desprendía, dicen sus amigos, una pasión “infecciosa” por lo que hacía. Organizaba también la Cooper Canyon Ultra Maratón, 80 kilómetros a través de desfiladeros, caminos pedregosos y poblados indígenas con final en Urique (México), y una experiencia a medio camino entre la carrera, la pura aventura salvaje y el descubrimiento personal. True la describió así: “Mientras algunos están en guerra en muchas partes del norte de México y el mundo, nosotros nos reunimos en los más profundo del cañón para compartir con los nativos, comer, reír, bailar, correr y traer la paz”. Además de dinero para los primeros clasificados, en la carrera se reparten toneladas de alimento y semillas de maíz entre los nativos que completan el recorrido. La primera edición de esta prueba se celebró en 2003, y la última tuvo lugar el pasado 23 de marzo. Cuatro días más tarde, True encontraba su muerte, luego de correr una distancia “corta” para él, unos 19 km.

Nadie suponía que tenía un problema de salud. ¿Qué podía esperarse de alguien que corría 280 km semanales? Sus amigos creen que True, cuyo cuerpo fue encontrado con las piernas sumergidas en un arroyo, se paró a limpiarse las heridas en el agua tras una posible caída. Su novia, Maria Walton, aseguró que True padecía hipoglucemia, por lo que sin una alimentación adecuada “solía experimentar mareos o aturdimiento. Nada que pusiera su vida en peligro”. Walton también asegura que True comía de forma disciplinada y que solía tomarse un par de cervezas por la tarde, cuando ya no se encontraba corriendo. Sus amigos apuntaron que su único vicio confeso era el helado de vainilla y que estaba totalmente sano, por lo que su muerte fue una sorpresa total. “Era un tipo que podía perfectamente salir con una bolsa de maíz molido, una botella de agua y pasarse todo el día fuera de casa. El día antes de morir realizó una carrera de seis horas”, añadió Chris McDougall.

Uno de los corredores que encontró a Caballo dijo que éste parecía haber muerto en paz, como si hubiera parado para una siesta al fin de una larga y gloriosa carrera a través de los bosques, y no hubiera despertado más. Lo encontraron junto a un arroyo, sus piernas en el agua fría, y con la botella a su lado. True murió por un fallo cardiaco producido en pleno ejercicio físico por una miocardiopatía. Esta afección provocó que el ventrículo izquierdo de Micah True, que se encarga de impulsar la sangre oxigenada al resto del cuerpo, se volviera más grueso y dilatado de lo normal, lo que le produjo la muerte tras un esfuerzo. Asimismo, los análisis químicos realizados a la sangre del fallecido mostraba que en el momento del fallecimiento se encontraba ligeramente deshidratado y había consumido cafeína.

El equipo de rescate que lo buscó cuando desapareció estaba integrado por muchos amigos, algunos ultramaratonistas, que cubrieron una zona de mil metros cuadrados. Cuando lo vieron, dijeron que estaba en paz. Murió como vivió: corriendo.

Semana 33: Día 225: Planificando el milagro

Las últimas novedades de la semana son el contacto del Ministro Lafforgue, que trabaja en la embajada argentina en Grecia, que se comprometió a ocuparse de mi caso entre el lunes y el martes de esta semana. Además, Flavio, contacto de Cancillería y héroe personal, le planteó a los organizadores de la Espartatlón la posibilidad de realizar una carrera de 100 km fiscalizada por alguna organización deportiva. Los contactos están hechos, no los quemo en este post porque demostraron interés pero no está nada definido todavía.

Y esta idea totalmente poco ortodoxa (por no decir “demencial”) obtuvo un inesperado apoyo por parte de mucha gente. Mi hermano Santiago quiere correr 2 km conmigo. Mi hermano Matías se anima a un poquito más y me adelanta que puede ir a un ritmo máximo de 5:30 el kilómetro. Obviamente Vicky me acompaña, posiblemente en el último tramo, cuando mis fuerzas me obliguen a mantener un ritmo más tranquilo. Hoy, charlándolo con Marcelo, compañero de tantas carreras y de los Puma Runnners, me tiró la idea de organizar tres o cuatro postas en todo el circuito, para estar siempre acompañado y con alguien para usar de “liebre” y no bajar el ritmo. Tantas muestras de confianza y estímulo me dejan sin palabras.

Quiero agotar todas las vías diplomáticas, pero la idea de hacer mi propia ultramaratón me entusiasma muchísimo. Por cuestiones de optimización de tiempos decidí que no me convendría hacerlo en la “calle”. Frenar por los semáforos o el tráfico me retrasaría y es algo con lo que no tengo que contar. Si mantengo un ritmo promedio por abajo de los 6 minutos el kilómetro, llegar en menos de 10 horas y media va a ser pan comido. Hoy metí un fondo de 19,26 kilómetros en una hora y 35 minutos (debe ser un ritmo de 4:50, aproximadamente). Y eso que metí más de 4 km de cuestas. Obviamente que no lo podría sostener otros 81 kilómetros, pero todo lo que gane al principio, puedo especular por si mi rendimiento baja mucho al final.

Hacer 100 km en una pista de atletismo, de 400 metros, sería algo cercano al suicidio. O sea, no me mataría hacerlo, pero pienso en dar 250 vueltas y me quiero tirar por la ventana (vivo en un piso 15). Así que la alternativa es algún predio grande, y creo que dimos con él. Tiene 5 km, y todo lo que puede llegar a entorpecer el paso son unos pocos peatones (que sabrán entenderme). Faltan ultimar detalles, pero con alguien dándome agua una vez por vuelta, estoy más que bien. Sé que puedo hacerlo, y que sería algo motivador y divertido para mucha gente. Fantaseo con correr acompañado en algunos tramos por cuatro o cinco “loquitos” a los que nunca haya visto en mi vida, que quieran participar de algo que es muy trascendente para mí, y se me llenan las reservas de energía.

Ojalá pudiese haber organizado esto con tiempo. Si en febrero me hubiesen dicho que necesitaba hacer esto para inscribirme, lo hubiésemos armado de otra manera, a beneficio de alguna entidad benéfica. Ahora siento que es solo por mí y me da algo de culpa. Es como una gran movida egoísta. Pero la realidad es que no quiero que nadie me ayude más que para demostrarme que confía en mí. A los fiscales y quienes hagan falta que trabajen para organizar esto les quiero pagar de mi bolsillo, o como sea que pueda devolver tamaño favor. Esto es algo personal, y me da un poco menos de culpa si también le da sentido a otras personas, a quienes quieran correr con un desconocido, que se sientan parte de esta lucha para dejar contentos a los griegos. Pero la última palabra la tienen allá, en el comité organizativo de la Espartatlón.

Muchos ya me han propuesto otras carreras si es que no me permiten anotarme, o que siga preparándome para la edición de 2013. Pero ahora tengo la cabeza puesta en que me reconozcan lo que creo que merezco. Ya habrá tiempo para el después. Esta semana se define todo, y veremos si para los griegos esta ultramaratón individual tiene el mismo valor que para nosotros…

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