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Semana 5: Día 30: Somos exitistas

¡Desearía tener el físico de Alejandra García!

 

Finalizan hoy los Juegos Panamericanos 2011, celebrados en Guadalajara. Es la edición XVI, y 5996 atletas de 42 países se enfrentan en 361 eventos de 36 deportes. Los medios se encargan de transmitir los ganadores argentinos de medallas de oro, y se lamentan por las de plata conseguidas. ¿Es la gloria o la deshonra? Pareciera que no hay término medio.

Si nos remitimos a las anteriores ediciones, o a los Juegos Olímpicos, pasa lo mismo. O en el torneo Clausura o el Apertura. Solo importa ganar para la prensa. Podríamos abrir un paréntesis y preguntarnos si este exitismo es culpa de los medios, o si ellos únicamente se encargan de transmitir lo que a la gente le interesa. Supongo que es un poco y un poco.

Nunca voy a correr para ganar, aunque siempre quiera mejorar mis tiempos. Se juegan otras cosas en una carrera, a nivel personal. Probablemente solo le interese a mis amigos y familiares si bajé 45 minutos mi desempeño del año anterior, pero el pobre tipo que es un profesional y se desloma años entrenando, le hacemos sentir que una medalla de bronce es un fracaso. Nadie quiere salir segundo, de hecho, durante un mundial de fútbol, se hizo una encuesta y la mayoría prefería salir tercero.

A veces me siento un bicho raro. No creo ser el único al que no le interese el torneo apertura (por eso me va mal en el Gran DT), pero creo que el esfuerzo y la determinación es un triunfo en sí mismo. Lamentablemente, en muchas disciplinas nos obligan a demostrar que somos “mejores” que otros. Ojo, me emociona el mundial y todavía me acuerdo de 1986, cuando Argentina, de la mano del Diego, fue campeón del mundo. Sin embargo, no rompo en llanto si quedamos afuera. Creo que hay cosas más valiosas por las que angustiarse.

Me imagino que habrá gente que se preocupe por ser primeros, un poco presionado por la sociedad exitista en la que vivimos. A veces, un chiste de los Simpson, esconde mucha sabiduría. Homero le recomienda a Bart que no se esfuerce, porque “no importa qué tan bueno seas en algo, siempre habrá un millón de personas mejores que tú”. Lejos del consejo demotivador que le da este padre a su hijo, pensaría que justamente esto tiene que sacarnos presión. El deporte es auto-superación, y ahí se esconde el verdadero éxito.

Semana 4: Día 25: Historia del triunfo y el corredor

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Llegó a la hora señalada. Hacía años (¿décadas?) que intentaba mejorar sus tiempos. Entrenaba, hacía todas las dietas conocidas, experimentaba con técnicas de países exóticos. Pero nunca llegaba al podio, jamás alcanzaba las marcas que buscaba. Sería por eso que le obsesionaba llegar puntual a todas las citas.

Llegó a la hora señalada, sin embargo el hombre de negro ya estaba allí, escondido detrás del diario, una taza de café vacía en un costado y un cigarrillo encendido en su mano. Creía que una persona así estaría leyendo los avisos fúnebres, pero el hombre de negro leía con solemnidad la página de los chistes. Sin levantar la vista de las tiras diarias, le dijo:

– Llega tarde.

Tardó unos segundos en responder. No creía semejante agravio.

– No es cierto. Quedamos a las 6. Y a menos que todos los relojes estén atrasados…

– Me refiero a esto – respondió, levantando la vista del diario. – Mírese. Tiene ¿cuántos? ¿Cuarenta y cinco años? ¿Y recién ahora me llama? Llega tarde. Quedan pocas esperanzas para usted.

– Lo intenté todo. Y tanto intenté que me pulvericé las rodillas. Ya no puedo participar en una carrera sin terminar la semana siguiente en cama, con bolsas de hielo cubriéndome de la cintura para abajo. No quiero ser pesimista, pero me quedan pocos años corriendo.

El hombre de negro lo miró de arriba a abajo.

– Pocos meses, diría.

Normalmente se hubiese ofendido. Pero sabía que tenía razón.

– Ahora se viene una carrera importante. Los 25 km de Uspallata. Todos los días veraneaba la casa del lago, que era de mis abuelos. La recorría todos los días de enero. La conozco como la palma de mi mano. Si voy a ganar una carrera, tiene que ser esa.

El hombre de negro levantó su taza y le hizo un ademán al mozo.

– Usted entiende que nada es gratis en la vida. Usted busca ganar, y yo soy el hombre que lo puede ayudar.

– Sí, en realidad me expresé mal. No quiero ganar. O sea, no quiero ser el mejor. Por más que uno se esfuerce, siempre hay gente más capacitada. Fíjese en el Vasco Morales. La maratón en 2 horas y 18 minutos. Jamás podría vencerlo, menos trabajando de 8 a 18. O Roberto Palladini, el jardinero. Flaco, fibroso. Viene de una familia así, parece que tuviese huesos neumáticos. No pesa nada, no gasta casi energía.

– Estos parecerían ser sus adversarios a vencer, ¿no?

– Sí… pero como le decía, no me interesa ganar. O sea, ellos son mejores que yo. Lo sé, lo sabe cualquiera. Ellos saben que ganarán, y saben que yo, en el mejor de los casos, solo puedo aspirar a un tercer puesto. Yo estoy pensando en retirarme, nada me emociona ya. Lo único que me motiva es pensar en la sensación de gloria. Eso es lo que estoy buscando. Sentirme un triunfador. Empaparme un poco de la uforia del triunfo, dejar de admirar y vivir en la sombra de otros, y que una vez alguien me admire a mí.

– No se preocupe. Puede tener todo eso. Por el precio indicado.

– Sí. Esto es lo que más me importa. Ningún precio es demasiado.

– Entonces, ¿hacemos el contrato? ¿Lo leyó?

– Sí. Está todo bien. ¿Tengo que firmar con sangre?

– No sea asqueroso. Ponga sus iniciales y ya.

La carrera estaba a una semana de distancia. La desgracia parece haber caído en los favoritos de la Gran Carrera de Uspallata. Al Vasco Morales lo chocó un taxi mientras estaba estacionado en el semáforo de Rivadavia y Pichincha. No salió muy lastimado, pero quedó bastante golpeado, y aunque corrió igual la carrrera. Todavía en shock y con una ligera renguera, apenas pudo aspirar al puesto 68.

Palladini sufrió un robo en la jardinería. Un ladrón, de negro, entró, amenazó a los clientes, y se fue pegando un solo tiro, que dio en la pierna de Palladini. No se llevó un centavo, y la policía se quedó con la versién de que se había intentado de un asalto frustrado por los nervios del delincuente.

La mañana de la carrera seguían sin darlo como favorito. No le importó, ya que el día no comienza con los primeros rayos de sol, sino después de la hora del desayuno. Comió ligero, pero con mucgas calorías. Su mujer le había dejado en el respaldo de la silla la ropa recién planchada. Se vistió despacio, intentando reprimir la ansiedad.  Llegó temprano a la largada, era casi uno de los primeros. Odiaba su puntualidad en cualquier lugar que no fuese la llegada. Palladini llegó en silla de ruedas, vestido como si fuese a correr. Hizo un ademán de levantarse varias veces. Uno creería que quería participar igual de la competencia, hasta aprovechaba la pierna extendida para hacer que le elongaba.

A la manera del cine, el intentente dio comienzo a la carrera con un disparo al cielo. El Vasco quiso ser puntero, pero a los pocos metros comenzó a renguear y a agarrarse la pierna. Se alejó cabizbajo, y hubo quien dice que lo vio llorar.

Los primeros kilómetros eran los más fáciles. El terreno era bastante llano, con poco pasto pero sin demasiada sorpresas. Con Morales en el banco tod0 lo que tenía que hacer era resistir. La segunda etapa ya se complicaba más. Estaban los grandes estanques, donde uno tenía que mojarse los pies, y el resto de la carrera uno estaba cultivando ampollas. También había cuestas muy pronunciadas. Pero a pesar de las dificultades, venía a buen ritmo.

Nunca había hecho un tiempo tan formidable. Ahora le rendía el aire, las articulaciones no dolían como hacía una semana, y por primera vez sentía que los aplausos de la gente estaban dirrigidos a él.

Cruzó la meta cerrando una performance formidable. Un hombre canoso con la remera de la organización lo apartó y le dijo que no se alejase demasiado, que había hecho podio. Le dieron agua y le ofrecieron masajes en los mies. Se negó.

Una hora y media después de haber cruzado el arco de llegada, comenzó la ceremonia de premiación. Le dieron una medalla un poco más grande que la del resto de los corredores, además de un pequeño trofeo con un corredor en la punta. Lo invitaron a compartir unas palabras, pero no sabía qué decir. En realidad, no se animaba a decirlo.

No lo embargaba la emoción. No estaba en la gloria, extasiado por el triunfo del cuerpo y el espíritu. Quería sentir algo… la emoción de los campeones. Pero en su lugar se sentía… vacío. No había nada. ¿Esto era? ¿Esto es lo que el Vasco, Palladini, y tantos otros sentían? ¿Una gran y enorme… nada?

Le costaba pensar, así que no le dio más vueltas al asunto. Hubo mucha gente que jamás se enteró de que esa carrera existía, y por suerte poca gente la recordó. Nadie lo paraba por la calle para preguntarle cómo le había ido. No recibió muchas felicitaciones, y no fue más feliz. Lo angustiaba tanto no sentir absolutamente nada, que su triunfo fuese tan poco trascendente, que no volvió a correr nunca más.

A esta altura sería bastante redundante decirlo, pero en el fondo él lo sabía y creía que, admitiéndolo, las cosas iban a cambiar. Se cruzó varios meses después al Vasco. Todavía rengueaba. Lo paró en seco, haciá dos días que no dormía.

– No existe la gloria, ni alegría, ni nada para los que no tenemos alma. – dicen que le dijo. Probablemente sería la primera vez que escuchaba su voz. Se sentía como la de alguien que decía la verdad.

Unos años más tarde, en un bar diferente, en una tarde distinta, dos hombres, rivales de toda la vida y aliados en la desgracia, estaban sentados en un café con un hombre de negro. Ese hombre fumaba y leía los chistes en silencio. Del otro lado, asqueados por el humo, el Vasco y Palladini.

– Ya no podemos correr. Pasamos de la delantera a quedar, con suerte, entre los primeros veinte. Extrañamos esa sensación de triunfo. Queremos volver a triunfar.

El hombre de negro hizo una seña al mozo, que volvió con una jarra humeante de café. Le sirvió hasta el borde. El hombre de negro no le puso azúcar. Bebió un ruidoso sorbo y, sin levantar la vista del diario, contestó.

– Eso puede arreglarse. Por el precio indicado.

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