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Lo que no funcione, resolverlo

suunto_antes_y_despues

Hace varios años empecé a correr con reloj. No porque me interesara la hora ni el tiempo que le dedicaba a la actividad física, sino porque me interesaba la función extra del GPS. Poder medir distancia… eso sí que me gusta.

Con los años pasé de la marca Garmin (quizá la más conocida de todos los medidores por geolocalización) a Suunto. ¿La razón? Mientras que el anterior me duraba entre 6 y 8 horas de batería con el GPS activado, el segundo llega a 15, y con una modalidad donde la señal con el satélite se actualizaba a intervalos mucho más extendidos, podía durar hasta 50 horas. Garmin significó poder medir mis entrenamientos y mi tiempo del maratón. Suunto fue pasar a ultramaratones y poder usarlo, entre otras carreras, para los 246 km del Spartathlon (una anécdota para otra ocasión es cómo después de 35 hs 44 minutos, olvidé de apagarlo y después pude descargar el recorrido de toda la carrera, la llegada a la meta, mi ingreso a la carpa médica, mi traslado en silla de ruedas hasta un automóvil, el trayecto hasta el hotel, y mis saltos lastimosos hasta la cama, momento en que la batería del Suunto decidió morir).

Hay un tema cuando uno se habitúa a algo y es cuando ese elemento deja de funcionar. Algo que podríamos considerar una “falla” es mi memoria, y las veces en que salí a entrenar y dejé el reloj en casa. Es lo más parecido a la sensación de salir de tu casa desnudo, sin el agregado de que en cualquier momento la Policía te lleva preso. Como llevé adelante ese capricho de medir todo lo que corría cada mes, aquellas veces tuve que pedir que alguien me cantara el entrenamiento, o calcularlo con el Google Maps.

Pero todo lo material se degrada, y luego de tanto uso, un día la tira que sujeta la malla del reloj se partió. Probablemente tuvo que ver con que me metí al río en Zárate, y la mezcla de goma vieja con agua y un fuerte sol, fueron demasiado para el material. Se me ocurrió que no era tan grave, hasta que directamente la malla se cortó en otro punto del reloj (unas 2 horas más tarde).

Entonces, las opciones eran dos: dejar de usar el Suunto o seguir usándolo… como sea. Opté por la segunda opción e hice lo más cercano a “atarlo con alambre”: lo resolví usando precintos de seguridad. Tengo montones que una vez compré para usar en las carreras de montaña (son realmente muy útiles), y me sentí como Tony Stark cuando construyó su primer Iron Man adentro de una cueva: había logrado algo funcional y estéticamente espantoso.

Dicen que la mejor forma de acallar las burlas es burlarnos de nosotros mismos, así que me encargué de mostrarle a todo el mundo cómo había emparchado mi reloj y lo feo que se veía. Pero seguía midiendo distancias y velocidad.

Un mes después de estar así, el cargador empezó a desarmarse (este adminiculo sí que no lo mojé en el río). Resulta que el broche que engancha con el Suunto tiene unos piquitos de metal muy pequeñitos que hacen contacto y probablemente transfieran la electricidad hasta la batería. Bueno, uno de estos piquitos decidió salir disparado del cargador. Para darse una idea, deben ser la cuarta parte de un grano de arroz. Encontrarlo sobre la mesa significó que estoy muy bien de la vista. Pude cargar el reloj cuatro o cinco veces más, hasta que volvió a saltar y ahí sí, desapareció para siempre.

Sabiendo que aquella carga era la última hasta conseguir un cargador nuevo, quise hacerla durar todo lo posible, pero al igual que en el Spartathlon, volví a casa y me olvidé de apagar el GPS, por lo que se consumió la batería entera.

Nuevamente, dos opciones: arreglarlo o comprar un cargador nuevo. La primera era imposible sin conocimientos de electrónica (no tengo). La segunda abría otras dos posibilidades: comprarlo en el país o en el exterior. Los precios en MercadoLibre para un cable con un broche que engancha en el Suunto eran desorbitantes: unos $1800.

Resolví hacer lo que todos hacemos ante una encrucijada: lamentarme en las redes sociales. Resultó que mi prima estaba en Estados Unidos y que regresaba en 10 días. Compré el cargador original por eBay (28 dólares) y ya que estaba una malla nueva y genérica (12 dólares). Dos semanas más tarde era como tener un reloj nuevo (el Suunto Ambit Black 2 tiene un costo base de 280 dólares).

La satisfacción de haber resuelto algo que estaba roto es impresionante. Fue como pasar del Iron Man de la cueva al rojo y dorado que ya podía volar y no se congelaba en la estratósfera. Y decidí resucitar mi proyecto del Cuentakilómetros… arrancándolo de cero en Febrero.

Cosas a resolver en mi vida a continuación, empujado por este triunfo por sobre los objetos materiales:
• Cómo hacer capturas de pantalla con mi celular Samsung.
• Colocar apliques a todas las luces de la casa.
• Cambiar la lamparita que no funciona en la entrada del departamento.
• Arreglar la pérdida de agua del lavarropas.
• Estirar mi sueldo hasta fin de mes.

Semana 46: Día 320: Incorporando tecnología

movescount

Tengo dos incorporaciones al blog. Bueno, en realidad una exitosa y una fallida. Empecemos por la segunda.

Hace un tiempo, creo que el año pasado, escuché sobre una nueva red social llamada Lift. Si la memoria no me falla (probablemente así sea) es de los mismos creadores de Twitter, y es una red social orientada a la autosuperación. Eso solo sirvió para despertar mi interés, y pensé en lo genial que estaría aplicarlo para mis objetivos a corto y largo plazo. Pensé en la Espartatlón como el destino motivacional definitivo, y me quise anotar. Solo que… no estaba en marcha. Funcionaba una versión beta, para la cual había que suscribirse. Me anoté, dejé mis datos, y eso fue todo.

Meses después me llegó un mail de Lift, recordándome que el sistema estaba funcionando y que en su momento había demostrado interés. Como ya estaba abierto a todo el mundo, inmediatamente me abrí una cuenta y al día siguiente anoté lo que había corrido. Vi que había varios grupos de running, algunos de habla hispana, y otros realmente motivadores, como “comer verduras todos los días” o “correr mis primeros 10 km”. Pero mi enamoramiento terminó ahí mismo. Si bien es un proyecto muy interesante, depende 100% de uno. No encontré la forma de ingresar entrenamientos previos o fuera de fecha (quizá se podía y no me di cuenta). Además, el sistema cuenta los días consecutivos en que uno actualiza sus datos. Yo podía correr 100 km en una semana, pero si no ponía la distancia día a día, quedaba como que lo había hecho todo de golpe.

Hubo algo que me pareció fantástico, digno de mención, y fue que cuando me inscribí tuve que poner los motivos por los que quería usar Lift. Hablé sobre ese objetivo primordial que tengo, y al día siguiente me llegó un mail de un SER HUMANO (¡no de una máquina!) deseándome mucha suerte con la Espartatlón. Me conmovió ese gesto y me dio pena porque ya había decidido que no lo iba a usar.

Es probable que Lift sí sea un invento genial y que ayude a mucha gente. De hecho se lo recomendaría a cualquiera que tenga ganas de hacer un cambio en su vida y necesite un registro diario. Pero yo ya tengo el blog, con un cuentakilómetros (con sus falencias), así que solo me servía para agregarle un comrpomiso a mi gestión bloguera. Lo que realmente necesitaba era otra cosa.

Saltamos unas semanas en el tiempo y llegamos a la compra de mi bendito reloj Suunto. Me bajé el manual de la web y realmente no entendía nada. En principio logré descular cómo hacerlo funcionar en modo Ejercicio/Running, lo que me permitía usar el monitor cardíaco, el GPS, cronómetro,etc… lo testeé el sábado pasado y me frustré mucho porque tenía una opción activada llamada “Autolap”, establecida en un kilómetro. O sea que cada 1000 metros lanzaba un pitido, me marcaba que había hecho “una vuelta” (o “lap”) y el cronómetro y el cuentakilómetro volvía a cero. Algo muy confuso para mí, que prefería tener el total de todo.

Este manual recomendaba entrar a una web, www.movescount.com, para personalizar el reloj. Cuando me di cuenta de que era IMPOSIBLE desactivar el autolap, me rendí y me metí en esta página. Ahí descubrí que podía personalizar mis entrenamientos, eliminar los seteos que no me interesaban (natación, ski, etc), sacar el maldito autolap, y lo que es todavía mejor, armar un registro de mis actividades diarias. Entonces me armé mi perfil y después de personalizar todo el reloj (desde pasarlo a español hasta armar las pantallas con la información como yo quiero que se vea), descargué el entrenamiento del sábado. Y ahí estaba todo. Tiempos, velocidad, kilometraje, recorrido en un mapa de Google, altura ascendente y descendente, temperatura… ¡todo! Como si fuera poco, organizado por coloridos gráficos.

¿Se consiguen los Suunto en Argentina? ¡Porque quiero que me auspicien! Fue gracias a toda esta interfaz que decidí ponerme el monitor cardíaco y registrar el entrenamiento del gimnasio. Y así va creciendo toda la información y realmente me entusiasma suarle cosas todos los días. Incluso se arman grupos por interés, se pueden descargar programas de entrenamiento, y generar eventos. En el de los 90 km de Yaboty, que ya estaba armado, somos dos. Y la frutilla del postre, que ya comenté estos días, fue que le pude bajar el mapa de la ultra al reloj, para poder usarlo de guía durante la ultramaratón. Me puse, hecho medio a ojo, puntos intermedios, que son los puestos de control. Creo que este aparato es el sueño tecnológico hecho realidad, después de las patinetas voladoras que nos prometió Volver al Futuro II (seguimos esperando).

Decidí dejar el link de mi perfil en Movescount en la barra del costado, supongo que puede consultarlo cualquiera sin necesidad de tener una cuenta. Le encontré una limitación, sin embargo. Yo suelo contabilizar en mi cuentakilómetros lo que hago en cinta. Para entrar en calor siempre corro “2 km” con una inclinación de 1 grado… pero para el Suunto yo estoy haciendo musculación. No podía ajustarse exclusivamente a TODAS mis necesidades, así que seguiré metiéndole mano a la distancia recorrida…

Semana 40: Día 274: Mi próximo reloj

Lo vi de lejos hace poco, en la muñeca de una compañera de entrenamiento. Era poco discreto, parecía desproporcionado en esa chica. Pero era un reloj con GPS con un display enorme.

A simple vista, era poco atractivo. Parecía que uno se iría ladeando hacia el lado en que vestiría semejante mastodonte. ¿Cuál era el sentido de hacer un reloj TAN grande? ¿Qué podíamos obtener de esta monstruosidad?

Cincuenta horas seguidas de GPS. Lo voy a poner en números. 50. Fifty. Mi Garmin me duraba ocho horas con suerte. Y como nunca tengo suerte, eran cinco. Estaba perfecto para maratones, para las Adventure Race, pero cuando quería ir a una prueba más compleja como Patagonia Run o la Ultra Buenos Aires, me quedaba cortísimo. Cuando iba a entrenar fondos de más de 40 km me tenía que llevar dos relojes, uno prestado. En los 100 km de Marcos Paz usé tres.

Tener cincuenta horas continuas midiendo la distancia me permitiría hacer La Misión y saber en qué punto estoy. Podría entrenar fondos larguísimos sin estar a ciegas. ¡Podría hacer la Espartatlón y medirla desde Atenas hasta Esparta!

El tema, claro, es que ya tenía un reloj, y cambiarlo me parecía una picardía. Por suerte, lo acabo de perder. Tantos problemas me dio cuando el perro se comió el cable del cargador (terminé haciendo contacto entre los pedazos de cables para poder cargarlo, como hacen los ladrones de autos en las películas), pero igual lo conservaba. A veces se volvía loco, se apagaba solo, se congelaba… y no lo podía cambiar. Un día, después de correr unos 9 km, se desvaneció. No sé dónde está, revisé todas mis cosas, abajo de los muebles, y nada. Quizá los Garmin son tan avanzados que cuando dejan de funcionar del todo se evaporizan.

La cuestión es que ahora no me quedará otra que pasarme a este horroroso modelo de Suunto, tan poco discreto… pero tan útil.

Falta para mi cumpleaños, así que cuando regrese de Brasil, me lo tendré que comprar…

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