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Semana 46: Día 319: El mito de la caverna

Voy a volverme un poco metafísico. Solo por hoy, lo prometo.

Glaucón habla con Platón sobre el mundo físico y el mundo de las ideas. Ya voy a transcribir el mito completo (ya que, habiendo Platón fallecido hace 2359 años, su obra es de dominio público), pero quisiera adelantar que este concepto se aplica para todos, en nuestro día a día. En mi caso, mi mundo era así porque así lo veía. Me costaba pensar que había otro mundo, porque me quedaba viendo las sombras en mi propia caverna. Una vez que salí al exterior empecé a descubrir que había algo más allá, que existían cosas que me iban a hacer mejorar, física y espiritualmente.

Hoy me siento más sabio que ayer, y espero que menos que mañana. Descubrí que podía correr, que tenía todo lo que hacía falta para superarme, para desarrollar mi cuerpo y adquirir fuerza y velocidad. Mientras estuve encerrado en mi caverna, mi visión del mundo estaba muy limitada, y creía que aquello que es habitual en mí era algo inalcanzable, para unos pocos. Ahora me dedico a leer y a aprender, a través de libros, blogs y deportes. Las sombras ya se distinguen como tales, y descubrí que hay más de lo que la vista conoce.

Hay cosas que nos pueden contar, que incluso podemos leer en blogs como este. Pero nada reemplaza a la experiencia propia, a abrir los ojos, salir al mundo y ver las cosas tal cual son. Ya ni sé cómo lo hice o en qué momento exacto pasó, pero me alegro de haberme decidido, un día, a averiguar qué había más allá de la caverna en la que estaba encadenado.

El mito de la caverna

I – Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

– Ya lo veo-dijo.

– Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

– ¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!

– Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

– ¿Cómo–dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

– ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

– ¿Qué otra cosa van a ver?

– Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

– Forzosamente.

– ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

– No, ¡por Zeus!- dijo.

– Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

– Es enteramente forzoso-dijo.

– Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

– Mucho más-dijo.

II. -Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los que le muestra .?

– Así es -dijo.

– Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

– No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.

– Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.

– ¿Cómo no?

– Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que. él estaría en condiciones de mirar y contemplar.

– Necesariamente -dijo.

– Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.

– Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.

– ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

– Efectivamente.

– Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente “trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio” o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?

– Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.

– Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?

– Ciertamente -dijo.

– Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?.

– Claro que sí -dijo.

III. -Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del. sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la. región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

– También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.

Semana 4: Día 23: Con quién compararnos

Antes de Semana 52 (o sea, no hace mucho) vivía comparándome con los demás. No es algo poco común para una persona que tiene tres hermanos varones. Cuando uno crece con otros niños, es inevitable la competencia por la atención de los padres. Y esos pobres progenitores tienen que intentar ser justos, repartir su tiempo, y dar el ejemplo de que no hay favoritismos.

Supongo que cuando un infante sale de su casa y se encuentra con que la cartuchera del compañerito tiene a Voltron y la nuestra a Carlitos Balá, algo está fallando, y aprendemos a desear lo que no tenemos. Ese mal hábito se queda toda la vida. Mientras crecía apareció el interés por ser socialmente aceptado, entonces me comparaba con lo que creía que las chicas querían. Ya el corte de pelo o la ropa empezaban a cumplir una función. El tema es que a medida que uno crece y entra en las últimas instancias de la adolescencia, comer pan con mayonesa todos los días empieza a hacer estragos en nuestro físico.

A esta altura de mi vida me comparaba con las estrellas del momento, que a esta altura podrían haber sido los Backstreet Boys o algún grupo de jóvenes cantantes. Ellos tenían la cubetera en las abdominales, y recuerdo imaginar qué bueno sería tener ese físico. Pero ahí la comparación era injusta para mí, entonces me sentía disminuído. En un momento me harté de lamentarme, desempolvé unas pesas que andaban dando vuelta en mi casa, y me puse a ejercitar una hora por día. Ese fue el prototipo de Semana 52, hace unos 10 años. En pocos meses pasé de 82 kg a 65, combinando también salir a correr y comer más sano. Fue en esa época que di el salto al vegetarianismo.

Y esas pesas que había desempolvado no estaban en mi casa de casualidad, sino que eran de mi hermano Matías. Con mucha dedicación, empecé corriendo 3,5 km, y a cada semana estiraba la distancia, hasta que al cabo de unos meses llegué a 10 km. Los gemelos me quedaron hechos una piedra (pero no en un buen sentido) y me destrocé los talones y los dedos de los pies. Entendí que ese era el techo, correr eso o más equivalía a destrozarme. Pero Matías intentó darme consejos para no desanimarme. Había que hacer cambios de ritmo, acostumbrar a los músculos, desarrollar potencia de piernas. Todo eso me parecía demasiado complicado. Entonces me comentó que él solía correr unos 15 km.

Listo, ya está. Fue el fin de mis aspiraciones como corredor (al menos un tiempo). Si correr 10 km me había dejado bastante maltrecho, no podía imaginar alcanzar la distancia de mi hermano. Era imposible. Ni siquiera me podía imaginar cómo hacía él. Me volví a meter en la trampa de compararme con otra persona. En ese momento no tuve en cuenta que Matías alguna vez empezó de abajo, corriendo poca distancia, se entrenó y, alguna vez, tuvo que lidiar con músculos agarrotados y ampollas en los pies. Pero uno se queda con el resultado, y no tiene en cuenta que todos empezamos de abajo. Nadie nace con un físico perfecto, aunque tenga buena predisposición genética.

Gracias a Dios me olvidé de que vivía bajo la sombra de mi hermano, y empecé a andar mi propio camino. Me tomó varios años organizar mi vida como para dedicarle unos días por semana a asistir a un grupo de entrenamiento, y varios meses con ellos para llegar a la marca de los 10k (y superarla). Por suerte nuestro entrenador nos organizaba en forma diferenciada, y alentaba el progreso personal. Los viejos hábitos no mueren, y me seguía comparando con mis compañeros. No me interesaba ser mejor (tenía un mínimo de humildad), pero sí me aterraba ser el peor. No tenía problema en ser un mediocre, pero me preocupaba estar al final de la tabla. Es algo que, aunque no lo confiese abiertamente, me sigue preocupando. Lo achaco a crecer en una casa con cuatro varones.

Descubrí que admiraba a otros corredores del grupo, como lo hacía con mi hermano, y los ponía en un pedestal inalcanzable. Intentaba seguirlos, y más de una vez me quemé por eso (y la pasé un poco mal). Pero también desarrollé cierta terquedad, y aunque nunca fui constante, seguí volviendo e intentando.

Durante toda mi vida viví bajo la sombra de alguien, creyendo que había montones de cosas inalcanzables para mí. Recién cuando me propuse hacer este blog empecé a conquistar algunos miedos, como la bendita maratón. Por eso, en mis adentros, me causa gracia cuando alguien se siente en mi sombra, y me ve como algo inalcanzable. Yo, que cuando teníamos que correr vueltas a la manzana en Educación Física me dedicaba a caminar cuando lo tenía fuera de vista al profesor. Yo, que nunca pude hacer más de cuatro flexiones de brazos hasta hace un año. Pero nunca encontré las palabras para decir que todo es cuestión de dejar de compararse con otro, ponerle empeño y salir a encontrar nuestras propias limitaciones (como para tener un objetivo y buscar superarnos). Siempre me queda la sensación de que voy a quedar como un falso humilde. Pero esa es la verdad. Nunca fui feliz comparándome con los demás, siempre me faltaba algo. Y ahora que me comparo conmigo mismo, y busco repetir experiencias para averiguar si puedo mejorar mis marcas anteriores… ahora sí que soy feliz.

Así que el gran aprendizaje que saqué de mi corta vida atlética es eso. Compararte con un atleta de menor experiencia es soberbia. Compararte con un atleta de más experiencia es una tontería. Hay que compararse con uno mismo, e intentar superarse. Encontrar nuestro límite físico es un objetivo a vencer para el corto plazo.

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