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Una pesadilla recurrente

Una pesadilla recurrente

Estoy corriendo una carrera. Físicamente me siento excepcional. Ni un dolor, no hay ni siquiera ampollas. Tengo aire y mucho resto.

Pero falta mucho para la meta.

Es una carrera de aventura. Llevo calzas. Estoy muy preparado.

Entonces entro en la ciudad. Y me pierdo.

El reloj avanza. Doy vueltas, pido indicaciones. No veo más marcas, ni cintas, ni vallas. No sé a dónde ir, solo sé que cada vez hay menos tiempo.

No puedo recordar a qué hora empecé. Intento hacer memoria, pero no me viene a la mente. Sé que generalmente largamos a las 8 de la mañana, pero ya son las 9 y media de la noche. ¿Hasta qué hora me van a esperar?

A veces estoy corriendo el Spartathlon. Otras los 42 km de la Maratón. Siempre hay escaleras, edificios intrincados y gente que sigue con su vida. Meto mi carrera en medio de ellos. Me doy cuenta de que estoy perdido, de que no era por ahí, pero no sé volver sobre mis pasos.

Alguna vez pedí ayuda, y aunque encontré gente preocupada por mí, nadie se apuró. Todos se tomaron su tiempo mientras el reloj avanzaba implacable. Anoche volvía a la largada, donde estaban guardando las vallas y las banderas. Me decían que era el último, y quería salir rápido para empezar a pasarlos y ganar posiciones. Un policía se ofreció a llevarme hasta donde me había perdido. Miramos un mapa, pero no podía indicarle dónde había tomado ese giro equivocado. Fuimos a la casa del oficial a buscar su patrullero. Caminamos a paso tranquilo, mientras la desesperación por el cronómetro me estrujaba el corazón.

En estos sueños estoy entre la desesperación de estar afuera de mi ámbito y la impotencia de que me ignoren. Es demasiado pretender soñar con el recorrido completo, saliendo de la largada y llegando a la meta. El único consuelo que encuentro es que en medio de esa desesperación interna que vivo, me pongo a desear que todo esto sea un sueño. Y se cumple en el alivio del despertar.

Semana 34: Día 235: Una mala idea

Ok, se me ocurrió que era una buena idea llevarme la computadora a la habitación. No tengo una notebook, sino una iMac, que viene a ser un monitor bastante grande con su teclado y dos discos externos (si tienen algo bueno las Macs es que ya no tienen gabinete, además de que no hacen ruido ni tienen virus).

El día de ayer tuvo sus momentos frustrantes. Aunque se tomaron la molestia de ponerle carteles electrónicos a las estaciones de tren, no siempre respetan el supuesto horario de los próximos servicios. Cuando vi que la siguiente formación pasaba en 12 minutos y al segundo lo cambiaban a 28, sabía que había perdido la oportunidad de entrenar con mi grupo. Así que me volví a casa con un poco de frustración y corrí por el barrio con Vicky. Eso no estuvo mal, de hecho fue lo mejor del día.

Entonces me pareció muy inteligente llevarme una mesita junto a la cama y ponerme al día con el trabajo sin tener que aislarme del resto de la casa, como pasa habitualmente. De hecho estaba listo para actualizar el blog. Pero eso que pareció una buena idea terminó teniendo un efecto conocido. Así como uso la televisión como somnífero, el estar cómodamente entre mis almohadas y mirando el monitor de la computadora hizo que a los pocos minutos me faltaran las fuerzas. El brazo del mouse dejó de responder, los ojos empezaron a pesarme más y más, y el cerebro dejó de emitir órdenes para pasar a un estado de reposo conocido como “desmayo”.

Ya me di cuenta que la idea de llevarme la computadora a la habitación o comprarme una notebook para trabajar desde la cama no va a prosperar.

La incomodidad de estar sentado en una silla, al final, resultó ser algo positivo, porque me permite más horas de sueño frente a la computadora. Claro que quizá eso no es lo que estoy necesitando…

Semana 26: Día 182: Otro fondo de 50 km

Después de correr 70 km está la constante duda de qué impacto tuvo sobre el cuerpo. Si es cierta la máxima que dice que por cada kilómetro corrido el cuerpo necesita un día para recuperarse, entonces estamos al horno. No soy una persona conservadora en cuanto a lo atlético, si no tendría que estar muy preocupado.

En el día de ayer me tocó correr 50 km, y como tantas veces me cayó medio de sorpresa. Mi única preparación, después de tantas dietas pre-maratones, fue no consumir fibras el día previo. Intenté tomar toda el agua que pude, desayunar temprano, persignarme y salir.

Era jueves santo, un día semi-feriado, pero al ser el primero de un finde mega-largo (¡SEIS DÍAS!) había muy poca gente en la calle. Mi intención era salir lo más temprano posible, tipo 6 de la mañana, pero me acosté a las 2, culpa de tantos compromisos laborales asumidos. Temía que eso me influyese negativamente ante un fondo tan bestial, así que decidí dormir un poquito más y terminé saliendo de casa a las 7:45.

La última vez que corrí 50 km me fui de casa hasta el puerto de Tigre, ida y vuelta. Eso es 98,5% asfalto, y mis rodillas lo sintieron, en especial en los ligamentos externos. Cuando tocaron 70 km, para ser un poco más conservador que de costumbre, me fui para la Reserva Ecológica, buscando todo el pasto posible. Me funcionó, así que ayer decidí repetir la experiencia.

En el trayecto hay hormigón, asfalto, cemento, y muy poca tierra. Pero en cuanto me crucé con un cachito de pasto (en las plazas o junto a la bicisenda, por Retiro), me metí de cabeza (no literalmente). Llevaba mi mochila hidratadora nueva, tomando bebida y comiendo de vez en cuando unos pretzels. Me intrigaba el impacto que iba a tener en mis piernas el no haber descansado tanto. El reloj me marcaba un ritmo constante de 5:40 el kilómetro.

Me sentí bien todo el trayecto, y entré a la Reserva descansado y relajado. Entonces, sonó el teléfono. Dudé en atender: era por trabajo. Me detuve y atendí. Del otro lado había bronca, reclamos por trabajos atrasados. Intenté justificarme sin mucho éxito. “La semana que viene nos vamos a juntar a hablar, porque yo así no puedo seguir trabajando”, me dijeron del otro lado. Unas horas después, ya en casa y recién almorzado, me dirían “No quiero seguir trabajando con vos”, que a un empleado le significaría una indemnización, pero cero pesos a un trabajador freelance, más allá de que tuviese una relación laboral de seis años. Pero eso sería después. Ahora estaba en la Reserva, masticando frustración y bajándola con un poco de bronca. ¿Qué hacer, con 12 km encima, presión y mala onda? Correr.

A pesar del parate de varios minutos, volví al camino de tierra casi desierto. Pocos atletas se habían acercado al lugar. Quizá porque estaban de vacaciones, o quizá porque creían que estaba cerrado (hasta yo dudé). Seguí avanzando a buen ritmo, casi como intentando recuperar el tiempo perdido por esa llamada. Temí por mis piernas, e intenté bajar la velocidad. No quería hacer más rápido que 5:30, pero a veces me encontraba que estaba bajando demasiado el ritmo.

Un gel cada 10 km, mucha agua, y disfrutar del paseo. Las rodillas no dolieron, pero me preocupaban los gemelos. Sin embargo, nada pasó. Crucé el fantasmagórico umbral de los 30 km sin sentir el muro. El sol del jueves estaba alto, brillante y fuerte. Salí de la Reserva a los 37 km, para estar en 50 cerquita de casa. Me preocupaba volver al asfalto y que las piernas se resintiesen, pero milagrosamente nada pasó. Faltando 5 km para llegar a la meta mi ritmo empezó a hacerse más lento, con un tranco que por momentos se acomodaba en los 6:05. No me preocupé… ¡había dormido poco más de 4 horas! Llegué a casa cansado, pero entero y feliz. Cuando entré, Vicky me mandó a comprar pan. Me dio gracia, antes correr 30 km me dejaba en cama por varios días, y ahora estaba camino a la panadería, usándolo de regenerativo.

Creo que hay algo en el entrenamiento constante que me está ayudando. Hay mucha experiencia, que me juega a favor, y gracias a eso me hidrato y alimento correctamente. Pero pude hacer 50 km habiendo dormido poco (la noche anterior fue incluso peor) y encaré esta distancia habiendo hecho 70 km en la misma semana. Y ahí estaba, entero. De hecho ahora, mientras escribo estas líneas, me siento fantástico y con muchas ganas de volver a correr. Quizá uno llega a un punto en que el cuerpo empieza a recuperarse más rápido. O uno se insensibiliza y por dentro se está desmoronando en pedazos. Ojalá sea la primera opción.

Queda poquito más que una semana para Marcos Paz, la hora de la verdad. Ahora me voy a buscar un trabajo flexible en los Clasificados, permiso.

Semana 9: Día 57: Pesadilla en lo profundo de La Misión

Estoy en La Misión. ¡El día finalmente ha llegado! Tengo mi mochila, y una tonelada de entusiasmo. El día está fresco, lo cual justifica todo el abrigo que me traje. Arrancamos en medio de la ciudad, que está atiborrada de paseantes. El Centro de Villa La Angostura tiene un gran centro comercial, por donde pasamos caminando tranquilos, bajando escaleras. Me separo de Vicky, pero estamos conectados por nuestros teléfonos.

Es el mediodía, acabamos de salir, así que desconocemos el cansancio, el hambre, el frío. Está todo bien. O casi todo. Vengo codo a codo con el Sordo, compañero de los Puma Runners. Él es la voz de la experiencia, tiene varias Misiones en su haber, así que le hacemos caso en cada consejo. Le confieso que me acabo de dar cuenta de que no me compré el aislante para dormir encima. Es un elemento obligatorio, y nos pueden descalificar. Sé que Vicky tampoco tiene, así que no quiero dejar pasar que estamos en la ciudad para comprarlo.

Vamos hasta una casa de camping, y le pregunto a la vendedora por aislantes. Me trae dos rollos plateados y muy livianos. “Ciento ocho pesos cada uno”. No tengo ni idea de cuánto salen, así que ni me quejo. Le digo que me los llevo. Bien me podía decir que estaban mil dólares, que igual los iba a necesitar. Pago con débito, pero cuando saco la billetera las tarjetas (subtepass, Carrefour, Disco, Club de Beneficios de Peluquería Hernán) salen volando. Se forma fila atrás mío en la caja, pero no puedo encontrar el maldito plástico. Cada vez que creo que la encuentro, me doy cuenta de que no es. Me empiezo a desesperar. ¿Cómo puedo ser tan inepto? Finalmente aparece, hacemos la transacción, y me voy tranquilo con el Sordo.

Está nublado. Retomamos la marcha. Saco la lista de equipo reglamentario. Había que llevar agua con sal. Y yo no tengo. ¿Para qué? Evidentemente tiene que ver con el agua de deshielo que no tiene sodio. Y viene bien para si nos sentimos mal o si nos lastimamos. ¿De dónde voy a sacar agua con sal? Tampoco tengo el botiquín completo. Me faltan los guantes de látex, ibuprofeno, y un montón de cosas que no sé dónde comprar. ¿Cómo voy a encarar esa carrera con tantos faltantes? De hecho, ¿no faltaban varios días para la largada? ¿Qué pasó en el medio? ¿Cómo llegué hasta acá?

Me voy en 4×4, recorriendo montítulos de arena, sin ninguna dificultad. Pasamos por encima de piedras, lomas de pasto, nada nos detiene. Tan acelerados venimos que atropellamos un alambrado intentando frenar, y no queda otra que volver a tirarla abajo para retomar el camino. ¿Cómo llegué acá?

El perro me camina por encima de la cara. Quiere que lo saque a hacer pis. Me despierto de a poco, con la mitad de la conciencia en Villa La Angostura y la otra mitad acá, en Colegiales. Faltan 20 días para La Misión.

“Amor”, digo, “todavía no compramos los aislantes”...

Semana 40: Día 279: Un sueño maratonista

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Anoche volví a soñar que corría. Pero me desperté y no lo podía recordar. Mis primeros minutos de vigilia son de zombie, hasta que comienzo a recobrar consciencia. Más o menos para ese instante mi perro está encima mío para que lo saque a pasear (y por pasear me refiero a hace pis).
Íbamos caminando Oso Rulo y yo por la gélida Buenos Aires cuando se le ocurrió tironear de la cadena y echar a correr. Empecé a seguirle el ritmo y esa sensación se me hizo muy familiar. Recordé soñar algo así… ¿Pero qué?
De a poco, empezó a volver a mí. Yo corría una maratón. Era en una pista techada. Vicky estaba a mi lado y ambos teníamos un muy buen ritmo.
Así como uno no sueña que muere, mi que sufre, supongo que tampoco soñamos con la agonía de correr. Era una maratón y no había muro, ni dolor de piernas, ni calambres. Era solo correr, infinitamente.
Mientras sumábamos kilómetros, los otros  corredores empezaban a abandonar. La pista empezó a poblarse de caminantes. Con Vicky seguíamos avanzando, y los otros atletas empezaban a desmoronarse. Caían de rodillas y teníamos que esquivarlos.
Pero no era eso solo. La pista empezaba a achicarse. Lo que era un circuito de 400 metros ya se habían convertido en 50. Los corredores caían al piso y teníamos que saltarlos. Era molesto y empezaba a retrasarnos.
La pista era cada vez más pequeña, hasta que entraba en mi habitación en la que crecí. De pronto estaba solo, y la pista era una alfombrita de caucho de 2 metros a la que le daba vueltas como un poseso.
Como ya me patinaba en ese pedazo de goma que bailaba en el piso de alfombra, paré mi reloj y fui a hablar con mi entrenador. Era una carrera oficial, pero no tenía sentido seguir. Para colmo de males, cuando quise controlar cuantos kilómetros llevaba, no supe volver a hacerlo funcionar.
¿Qué significó todo eso? Claramente el miedo mío a no tener las ciudad bajo control. Correr me gusta, y edi estaba claramente reflejado. Tengo mucho respeto por Vicky, por eso corría a la par mía, y ninguno esperaba al otro.
También ser me jugaba algo del pasado, en esa casa en la que alguna vez empecé a correr.  La posta que se achicaba me suena a ese momento en el que todo se vuelve absurdo y hay que aceptar que lo mejor es parar.
Odiaría tener que enfrentarme a pistas que se encogen y que se transportan a mi pieza, pero eso de correr sin sentir nada de cansancio… Sí que es un sueño que me encantaría hacer realidad.

Semana 26: Día 181: Soñando con el mundo

Últimamente trabajo tanto (y con ello me refiero tanto a mi vocación de diseñador como la de deportista) y descanso tan poco, que me cuesta recordar los sueños. A veces son tonterías que las olvido rápidamente, otras son escapismos sorprendentes (como cuando soñé que era un astronauta con superpoderes en la luna), pero la gran mayoría de las mañanas me despierto y ni sé qué manifestaciones tuvo mi subconsciente.

Dicen que para no olvidar hay que contar rápidamente todo, porque no hace falta más que un día para que el sueño se desvanezca. Así que intentaré dejar por escrito esto que me pasó en el mundo de lo onírico, porque no sé si es que lo leí en algún lado o lo inventé, pero me pareció muy interesante.

Resulta que yo era el jefe de gabinete de la presidente. Sí, ella. Pero no nos cruzábamos más que hacia el final de la historia. Yo tendría unos 60 años, iba de traje, y estaba entrado en varios kilos. Era un hombre respetado, quizá algo temido por la prensa. Solía hablar poco, así que sorprendió a todos cuando, en una conferencia de prensa, anuncié que iba a responder 10 preguntas.

Los periodistas estaban asombrados, generalmente solo un par de privilegiados podían preguntar. Enseguida empezó el barullo, todos hablando a la vez, a los gritos, apuntando cámaras y grabadores a mi rostro (pero dejando un par de metros de distancia). Aclaré que primero yo iba a indicar a los 10 periodistas, y ahí podían preguntar. Para hacerlo justo, dije que iba a elegir a 5 mujeres y a 5 hombres (sospecho que esto último fue de puro capricho, quizá porque le había tomado el gusto al poder y a hacer las cosas como a mí se me antojaba).

Elegí a un periodista, una figura conocida. Luego a otro. Se iba acabando el tiempo, porque iba a llegar la presitente a dar su discurso y no iba a dar lugar a preguntas. Entonces me puse a hablar con una radio al aire. Quizá era Juan Pablo Varsky. Quería saber cómo solucionar los problemas de los argentinos. Entonces improvisé una explicación muy peculiar.

Le dije que imaginase que éramos dioses, y que podíamos crear un mundo a nuestra imagen y semejanza. Le pedí que imaginase tener a este planeta entre nuestras manos, con todos sus habitantes viviendo en él. Imaginaba sus cielos, sus ríos, sus continentes. Le pregunté si él querría a este mundo. “Claro”, respondió, un poco confundido porque no sabía a dónde quería llegar.

Entonces le propuse imaginar tener entre sus manos un mundo pero creado por otro, con todos sus habitantes. No sabemos de dónde vino, pero está ahí, con sus cielos, sus ríos, sus continentes. ¿Lo iba a querer de la misma forma que si lo hubiese creado? “Igual compro”, dijo. Claro, la fantasía de ser un dios y estar más allá del plano físico puede parecer tentador para cualquiera, pero ¿no era cierto que en el ejemplo anterior estaba más a gusto que en este? Me confesó que sí.

“Ese es el problema de los argentinos”, le retruqué. No sentimos que el mundo sea nuestro, creemos que las cosas las hizo otro, por lo tanto no nos sentimos partícipes. No nos damos cuenta de que a la realidad la construimos entre todos, en mayor o menor medida.

Corté con él, y di por terminada la conferencia de prensa, porque ya estaba llegando la presidente, quien agradeció el gesto. Prometí responder las preguntas pendientes en privado, si hacían su cita con mi oficina, y me fui a sentar en mi lugar.

Y me desperté, pensando en ese mundo entre mis dedos, y en que es realmente cierto que no solemos reconocer nuestro lugar y el impacto que tenemos sobre él.

Ahora, por qué soñé que era un político y de este gobierno, jamás lo sabré…

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