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Semana 18: Día 121: Reconciliándome con el sol

Nunca fui muy amigo del sol. Quizá de chico sí, no me preocupaba mucho jugar a la intemperie, en especial en verano. De algún modo, el obse que nacía en mí adoraba sacarse la piel muerta que colgaba de los hombros (¿y quién no?). Pero como no me gustaba quemarme, me fastidiaba un poco.

Hace algunos años, a mi papá le encontraron melanomas, que es el nombre que se le da a los tumores pigmentados, una variedad del cáncer de piel. Es altamente invasivo por su capacidad de generar metástasis. Él tuvo que someterse al único tratamiento que se considera efectivo, que es la resección quirúrgica del tumor primario antes de que logre un grosor mayor de 1 mm. Así le fueron sacando pedacitos en la frente, la nariz y cerca del ojo.

Siendo que, como muchos seres humanos, considero que mis padres son inmortales, mi mundo se sacudió cuando comprendí que en realidad son tan frágiles como cualquiera. Esto me marcó profundamente, y a partir de ahí le escapé al sol. Tengo una piel muy parecida a la de mi padre, con lunares, puntitos y cositas que nunca sé del todo qué son. Me los controlé varias veces sin muchas novedades, pero desde esa vez me mantuve a la sombra en cada verano, o con protector solar factor 45. A partir de ahí mi piel estuvo siempre a un tono de la pavita.

Al empezar a correr en un grupo todos los fines de semana, eventualmente empecé a tostar mis brazos y mi cuello, pero me quedaba la marca blanquísima en el resto del torso. No me preocupaba porque me sacaba poco la remera. En mi camino de Semana 52 me crucé con The China Study, el libro que asegura que una dieta vegana es la mejor receta para ser parte del grupo demográfico con menos casos de cáncer en el mundo. De cualquier clase de cáncer. Nunca dejé de temerle a esta enfermedad, pero empecé a confiar en esta cuestión estadística y me dije “Bueno, no voy a llegar al punto de tirarme a tomar sol, pero ¿por qué seguir escapándole?”.

Un sábado reciente corrí sin remera durante el entrenamiento, y huelga decir que me quemé. Esa es la parte que sigue sin gustarme, la de tener que dormir colgado de una percha por el ardor de la quemazón. Pero con un sol dosificado se obtiene color y resistencia a los rayos abrasadores, así que seguí corriendo en cuero. Y empecé a disfrutarlo. Esa huella blanca con la forma de la remera que llevaba siempre en el torso desapareció, y ya no me imagino un entrenamiento de día sin sentir el viento en el pecho. Dejé de buscar la sombra para correr, y me metí en los terrenos más desolados, fantaseando que con eso adquiero resistencia ante los climas más adversos (hecho que se caerá el día en que me tenga que enfrentar a una competencia real).

Así que ahora tengo una suerte de tregua con nuestro sol. Intento disfrutarlo, y siento que cuando entra en contacto con mi piel, me llena de energía. Tengo un amigo que está convencido de que si yo creo que algo no me va a enfermar (y si lo creo con convicción), eso no me va a pasar. No lo sé. Varios doctores me confirmaron el dato de que los vegetarianos somos un grupo de muy bajo riesgo para cualquier tipo de cáncer, y es algo en lo que elijo creer. Mientras tanto deberé seguir controlándome los lunares y todas esas marquitas que tengo por la piel, sin que eso signifique que me siga escondiendo de la luz solar.

Semana 15: Día 99: Asándome en la Reserva Ecológica

“A ver, fijate que no salga la ramita. ¿Se ve el cartel? Pará, salí re encorvado, soy cero fotogénico. Ahí, mejor”.

Quizá poca gente se haya percatado de esa pareja que se estaba sacando una foto frente al cartel que indica las distancias de los distintos caminos de la reserva ecológica. Pero el que estaba realmente sin una pista de lo que pasaba era el mismo protagonista de esa fotografía (quien les escribe), que se había calcinado la nuca y los hombros. Pocos minutos después de esa instantánea comenzaría a sentir esa picazón que anticipa una piel calcinada.

Alguna vez dije, y lo repito, que no siempre compro el discurso que vengo. A pesar de que me da pánico el sol, las manchitas, los lunares y melanomas, corrí con Vicky por la Reserva Ecológica, sin nada de protector solar. En verano. Y ahora tengo la marca de la musculosa (con mi característico blanco “pavita”). Un amigo dijo que parecía un muñequito de una marca al que le agregaron la cabeza y los brazos de otro. Para consolarme, me gusta pensar que puedo dar el buen ejemplo de los beneficios del ejercicio y una dieta saludable, así como comprobar qué pasa cuando uno se descuida o hace las cosas mal. Sirva el flechazo que me pegué para ejemplificar que con unas gafas y una gorrita, no alcanza. Hay que protegerse del sol que está bravo.

Pero a pesar del solazo que hizo el día de hoy, la Reserva sigue siendo un lugar espectacular para entrenar. Los árboles y pastizales lo envuelven a uno, escondiendo el concreto y el asfalto que está a poquísimas cuadras de ahí. Casi me sentía en otro país: a un costado el río (que suena y luce como mar), al otro costado cuatro o cinco rascacielos de cristal que se levantan detrás del verde de la naturaleza.

Los diferentes circuitos de la Reserva otorgan distintos niveles de desafío para los corredores. Hay un tramo, bautizado como “El camino de la muerte” por Vicky, donde no hay casi sombra. Son 2 km prácticamente rectos, para mentalizarse en que la única alternativa para salir de ahí es seguir avanzando. Mientras entrenábamos con el sol en alto, por un suelo pedregoso, controlaba mi reloj para ver el ritmo. Íbamos un poco por debajo de los 6 minutos el kilómetro. Intentaba imaginar mantener esa velocidad por 10 horas y media, lo que necesito para hacer 100 kilómetros y calificar para la Espartatlón. Por algún motivo no me parecieron imposibles (sí, soñé que corría la demencial carrera de 246 km, y pensaba “¡Al final no es tan terrible!”).

Decidí participar de un desafío en San Martín de los Andes, que me serviría para calificar y que está dentro de la fecha límite del 31 de mayo. Para esta prueba tengo 99 días de preparación. Me tengo mucha fe. Veremos cómo se van dando las próximas semanas…

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