Archivo del sitio

Semana 8: Día 56: Flexiones de brazos

No creo que exista un ejercicio que odiase más a lo largo de mi vida que las flexiones de brazos.

Todos las sufrimos en el colegio. Era una obligación hacerlas para aprobar Educación Física (o Gimnasia, como realmente la llamábamos). No creo que hubiese un profesor en ninguna escuela que enseñara a hacerlas correctamente. Parecía que tenían la única finalidad de torturarnos.

Obviamente, todo esto visto desde la perspectiva del pibe al que elegían último cuando armaban los equipos de fútbol, y que prefería la tele y los cómics antes que el aire libre. Pero seguro éramos más los que sufríamos este ejercicio que los que lo disfrutaban.

Pasaron muchos años, e intenté volver a hacer flexiones (o lagartijas) más de una vez. El resultado era siempre el mismo: un dolor insoportable en los brazos que me llevaban a abandonar. Cuando empecé a entrenar con los Puma Runners, de tanto en tanto hacíamos flexiones como parte de los ejercicios de suelo. Ahí aprendí la técnica de rodilla al piso, que en la escuela no nos enseñaban. Distribuye el peso de otra manera, y hace las flexiones más fáciles. Pero era un golpe a mi orgullo masculino, porque sólo lo hacíamos de esa forma algunas chicas y yo. Machismo aparte, algunos compañeros optaban por mirar hacia otro lado, hacer que se estaban hidratando o elongando, y así se salteaban las tortuosas flexiones.

Este ejercicio, para hacerlo bien, requiere un cierto nivel físico, ya que es bastante duro. Sirve para fortalecer la musculatura extensora del pecho y los brazos, como son el pectoral, el deltoides anterior (músculo del hombro), y el tríceps. Hay formas de aumentar la dificultad (con un sólo brazo, levantando una pierna), que además hace que trabajen otros músculos.

Hacer mucho trabajo abdominal ayuda a hacer las flexiones en forma correcta, porque ayuda a mantener el tronco recto (comúnmente el estómago se cae para abajo). La tensión para mantener el cuerpo derecho es lo que lo hace particularmente más cansador. Los beneficios lo valen, porque además de fortalecer la parte superior del cuerpo, ayudan a mejorar la postura y nuestra resistencia. Pero cuestan. Bastante.

Cuando empecé Semana 52, parte de los ejercicios diarios que me pasó mi entrenador era hacer 500 abdominales, 60 espinales y 40 flexiones de brazos. Aunque los ejercicios me costaban, los terminaba… sin embargo, mis lagartijas eran una imagen muy triste. Empezaba con toda la energía, una serie de 10. ¡Perfecto! La segunda quemaba un poco más. Ok, las hicimos. La tercera me temblaban los brazos, y llegaba a completarla esperando unos segundos entre repetición y repetición, inhalando y exhalando… La última era tan lastimosa que me da pudor describirla. Es por eso que, debo confesar, empecé a hacer las flexiones con las rodillas en el piso, y a partir de la segunda semana ignoré este ejercicio por completo.

Pero mi objetivo en Semana 52 es progresar. Quería fortalecer brazos y pectorales, la parte menos desarrollada de mi cuerpo, así que en algún momento iba a tener que enfrentarme a la flexiones. Con el correr de las semanas, las abdominales se me empezaron a hacer más fáciles (no quiere decir que no sienta los músculos en llamas y termine como si me hubiese pasado un auto por encima). Así que me animé a volver a intentar las lagartijas. Tuvo mucho que ver el tema de haber fortalecido el estómago, además de los ejercicios con pesas para hombros, pecho y espalda, que tonificaron un poco los brazos. Las primeras tres series de este nuevo intento se me hicieron un poco más fáciles. No tuve que recurrir a poner las rodillas en el piso. Pero la última serie, sobre todo la repetición 8, 9 y 10, eran un temblor incontenible. Así y todo, me mentalicé en terminar lo mejor posible, y seguir.

No quisiera que crean que ahora me convertí en un experto en flexiones de brazos, y que puedo buscar en las Páginas Amarillas a mi profesor de Gimnasia para decirle “¡¿Ves?! ¡Ahí tenés!”. Pero ahora puedo decir que llegué a las 4 repeticiones de 10 lagartijas sin temblores. Las últimas siempre cuestan más que las primeras, pero se aplica la máxima (que tantas veces dije, e ignoré para este caso) que con perseverancia, todo se conquista.

Cuando un ejercicio nos sale tan lastimosamente, es obvio que el primer impulso va a ser abandonar. Es lo que hice yo incontables veces. Como no me salía, consideraba que eso no era para mi, y me dedicaba a otra cosa. Y recién después de una vida de escaparle a la dificultad, me doy cuenta de que es al revés. ¿Quién quiere entrenar haciendo algo que le sale? Va en contra del concepto de “entrenar”. Cuando practicamos un ejercicio lo hacemos para mejorar, para fortalecer. El camino tendría que ser ir siempre atrás de eso que nos cuesta.

Todavía me queda un largo camino para fortalecer la parte superior de mi cuerpo, y poder agregar repeticiones y dificultad a las flexiones. Pero va a ser cuestión de seguir, y ver cómo llego a la Semana 52.

Semana 8: Día 55: Corredores Célebres: Dean Karnazes

Si me preguntaran hoy en día qué me gustaría ser cuando sea grande, respondería “Dean Karnazes”.

Quienes están inmersos en el mundo del running, probablemente hayan escuchado mencionar su nombre. Se le conoce como EL ultramaratonista, un corredor considerado “El hombre más sano del mundo” por las publicaciones especializadas, y con una condición genética única, que lo ha hecho el objeto de estudios científicos. Pero más allá de la cuestión física, Karnazes es un gran motivador, y tiene muy en claro que las carreras no se corren con las piernas, sino con el corazón.

No hace mucho me enteré de la existencia de este super atleta. Yendo hacia el entreno con mi amigo Mak, me mencionó a este corredor de ultramaratones, y una proeza que suena increíble: durante 50 días corrió 50 maratones, una en cada uno de los 50 estados de EEUU. Obviamente nosotros, que vemos la meta de los 42 km como nuestra máxima proeza, nos maravillamos que haya alguien capaz de superar tan groseramente ese objetivo.

Este atleta de 48 años tiene un estado físico perfecto, pero ya corría en su infancia, desde el jardín hasta su casa, para evitarle a su madre la carga de llevarlo en auto. Al principio hacía un camino directo, pero después empezó a variar la ruta, para hacerlo más largo y llegar a terrenos desconocidos. A medida que crecía participó en varias competencias, y el día de su cumpleaños número 12 fue hasta lo de sus abuelos en bicicleta, a escondidas de sus padres, completando casi 65 km.

Durante la secundaria, su entrenador, Bernard Emil Weik II, fue su mentor en carreras de larga distancia. Sus consejos quedaron grabados a fuego en su cabeza. “Salí exigiéndote y terminá exigiéndote más”, le decía. Inspirado en este lema, corrió y ganó una carrera de kilómetro y medio. Weik le preguntó cómo se sentía. “Muy bien”, respondió Karnazes. “Entonces no te esforzaste lo suficiente. Se supone que tiene que dolerte un montón”. Este fue el último consejo que recibió de su entrenador, ya que su padres tuvieron que mudarse de ciudad.

En 1976 corrió su primer evento de resistencia, una carrera en una pista para juntar fondos para niños de escasos recursos. La idea era que por cada vuelta que daban los jóvenes, los sponsors donaban un dólar. Los compañeros de Karnazes corrieron entre 10 y 15 vueltas. Él lo hizo por casi seis horas, y completó 105 circuitos. Así y todo, no se entendía con su nuevo entrenador, y a los 15 años dejó de correr definitivamente.

Cuenta la leyenda que en su cumpleaños número 30 se sentía “miserable”. Tomándose unos tequilas, empezó a replantearse su vida. Tenía un monótono trabajo de oficina, había peleado con su esposa, y necesitaba motivación. Mientras sus amigos lo esperaban para la fiesta en un bar, decidió correr, después de una década y media de no hacerlo. Esa noche, con las zapatillas que usaba para cortar el pasto, hizo una milla por cada año cumplido, o sea 48 kilómetros. Cuando terminó, se sentía estupendo.“Quería ver si era posible hacerlo y cuál es el límite de la resistencia humana”, recuerda.

Sería una locura, para cualquier corredor, intentar imitarlo, porque Karnazes es único, al punto que rompe con muchas “reglas”, sobre todo las relacionadas con el descanso. Se acuesta a la medianoche, y a las 4 de la mañana se levanta para entrenar entre 30 y 40 kilómetros. No necesita más tiempo en la cama. “Dormir es de vagos”, dice, bromeando. La falta de sueño es una secuela de su vida al límite, y reconoce que es “algo peor que las ampollas”. Alguna vez se ha despertado mientras corría, en la noche, a la mitad del camino.

El ultramaratonista posee una condición genética única, que lo ayuda a que su nivel de ácido láctico se mantenga bajo por largos períodos de tiempo. Este parece ser uno de sus secretos. Pero él reconoce otros:

Cuando las cosas se ponen difíciles, tomar pequeños pasos. Partir en piezas más pequeñas las grandes metas, aparentemente imposibles, hace que resulten más manejables. Cuando se ejecuta una maratón, por ejemplo, en lugar de examinar el kilometraje en los marcadores y pensar en la distancia que nos queda por recorrer, que puede ser intimidante y abrumador en oportunidades, sólo hay que concentrarse en tratar de tomar la carrera paso a paso y no mirar adelante, nunca perder el foco. Aún cuando todavía hay muchos kilómetros por delante, no debemos pensar en eso. Vivir el momento, estar presentes, que el esfuerzo esté en poner un pie delante del otro con lo mejor de su capacidad.

Sus proezas podrían llenar varios posts. Cuando corrió las 50 maratones en 50 estados, no estaba seguro de si iba a llegar. “No sabíamos si iba a terminar en el hospital (…). Viajaron conmigo médicos que me hicieron pruebas constantemente y los resultados decían que me ponía más fuerte”. En otra oportunidad atravesó el Valle de la Muerte (California), en una competición que se prolongó día y noche. Durante la carrera se alcanzaron temperaturas superiores a los 50º y  llegó a sufrir alucinaciones. En contraposición, corrió una maratón en el Polo Sur (la que considera su experiencia más dura), con -40º, vistiendo sus zapatillas habituales. Y para maravilla (y humillación) de los otros corredores, completó él solo el ultramaratón El Relevo, 320 kilómetros que se suelen correr en grupos de postas de 12 personas.

Para Karnazes, correr es muy simple y liberador. “Ahí no importa si sos rico o pobre, cuando corrés sos libre y eso es igual para todos”.

Él tiene varios consejos para quienes recién empezamos en el running:

  • Una regla esencial: tus piernas sólo te pueden llevar hasta un punto determinado. Las grandes distancias se hacen principalmente con la cabeza… y con el corazón.
  • Me he rendido muchas veces, pero es mi cabeza lo que me hace continuar, tenés que conseguir dirigir tu mente.
  • Escuchá a todos y a ninguno. Escuchá a tu cuerpo; “si el estiramiento es bueno para vos, te hace sentir mejor, entonces estirá.
  • Ponete siempre una meta. Si comenzás a correr, la primera tiene que ser un 5k, después un 10k, 21k, 42k y 50k en tu primera ultramaratón.
  • 70% de tu capacidad está en tu cabeza. 15% entreno y 15% dieta.
  • Evitar siempre los mismos lugares de entrenamiento, variar terreno y visual, esto anima a seguir corriendo.
  • Una vez a la semana, salí sin reloj, sólo con celular y dinero. No te preocupes por el ritmo y la distancia recorrida, simplemente corré.
  • He pasado mucho tiempo entrenando en mountain bike, windsurf, escalada, y snowboard durante el invierno. Considerando que todas estas actividades involucran la fuerza muscular, me han ayudado a evitar lesiones y hacerme daño. Siempre voy a alentar a otros corredores a realizar entrenamientos transversales con diversas actividades al aire libre. Ayuda a prevenir el desgaste y mejoran todo alrededor de atleta.

A pesar del tiempo que le dedica a correr, lo que lo ha llevado a vivir más en un avión que en una casa, reconoce cuáles son las cosas más importantes en la vida: “Mi carrera favorita fue muy corta”, recuerda. “Cuando mi hija cumplió 10 años corrimos juntos 10 kilómetros y terminé con los ojos llenos de lágrimas”.

Semana 8: Día 54: Escapar de la rutina

El bloguero posando en el monumento a la bandera, con sus jeans nuevos

Último día en Rosario. Me acostumbré a correr por sus calles, y voy a extrañar trotar al costado del río, con el monumento a la bandera como escenario.

Hoy entrené 15 km, y me sentí mucho mejor que el viernes. No es que me haya convertido en un superhombre de la noche a la mañana (no me sugestionaron tanto los comics), sino que aprendí de mis grandes errores y esperé más tiempo entre el desayuno y el entreno, y corrí con una botella de agua y un turrón. Así me pude ir hidratándome, y aunque no corrí tan cómodo (por cargar peso en la mano), no fue tan grave como yo fantaseaba. Los 15 km se me hicieron mucho más cortos, al punto que casi terminando me pregunté si no había calculado mal la distancia.

Esto es sólo una prueba de que la hidratación durante entrenamientos largos hace una diferencia abismal.

Pero aunque estuve en una ciudad tan linda como Rosario, alejado de mi ámbito y mi trabajo, no me pude escapar del todo de la rutina. Correr me sirve como momentáneo escapismo: me concentro en la respiración, en la meta, en cuidar la pisada. Y me pasó algo que no me esperaba. En los tres días que entrené en esta ciudad, mientras avanzaba, sentía el ruido de mensajes de texto entrando en mi celular. De tanto en tanto, además, escuchaba el rigntone de llamada entrante, y una vez sonó la melodía de que batería baja.

Excepto que mientras yo corría, nunca llevaba el celular encima. Siempre se quedaba en el hostel.

Me llamó la atención la primera vez que me pasó, el viernes. Pero volvió a ocurrir el sábado. Y hoy por la mañana. Mientras corría, pensaba “¿Hay un pájaro que canta con mi rigntone?”, “¿Estoy imaginándome estas cosas porque me da culpa haber abandonado mis responsabilidades de diseñador freelance por cuatro días?”.

Todo esto me tomó por sorpresa, porque la estoy pasando bien. Entrenar me recarga las pilas, y justo en el momento de mayor tranquilidad mental, como un perro de Pavlov, escuchaba ese sonido que yo identificaba con las responsabilidades y los compromisos.

La vida no es siempre como la planeamos. Me escapé de la rutina físicamente, pero en algún lugar de mi cabeza todavía le guardan un lugar a los compromisos, para cuando vuelva.

Por suerte vivo de algo que me gusta, y disfruto más el diseño gráfico de lo que lo padezco. Pero eso no quita que mi próxima inversión sea un buen par de auriculares.

Semana 8: Día 53: El desafío de generar músculo

Quién lo hubiera dicho: generar músculo requiere inteligencia

Tercer y anteúltimo día en Rosario. La convención Crack Bang Boom por ahora estuvo tranquila, y se espera que para hoy y mañana haya muchos más asistentes. No conseguí todavía el dibujo de Batman por Jim Lee, y a medida que pasan las horas me veo con menos chances de hacerme con él.

Las convenciones de cómics, en mi adolescencia, me interesaban más porque podía comprar historietas, remeras o merchandising, y conocer artistas e invitados extranjeros. Hoy por hoy mi interés pasa más por presentar los libros que edito por Moebius Editora o +iNfO Editorial, y por juntarme con los autores que hoy son más amigos que ídolos inalcanzables.

Y como a mucha gente la veo sólo en este tipo de eventos, estos últimos días estuve escuchando todo el tiempo “Estás re flaco”, “Estás re chupado”, y hasta hubo un simpático que me preguntó si iba a participar de la remake de Philadelphia. Recién el miércoles voy a publicar las fotos del progreso del entrenamiento, y el 2 de noviembre veo a mi nutricionista para que me haga las mediciones antropométricas, pero ya puedo afirmar que en la última quincena mi cuerpo cambió a un paso agigantado. Y me preocupa.

Sé que me estoy alimentando bien. Si no, no podría correr lo que estoy corriendo. Pero desde que empecé con Semana 52 hasta hoy, tuve que hacerle un agujero nuevo al cinturón porque no me ajustaba, y empecé a avergonzarme de cómo me quedaban los pantalones (me sentía un payaso o un artista de hip hop). Aproveché la mañana del sábado, y después de entrenar 5 km (más abdominales, espinales y flexiones) fui a comprarme un jean nuevo. Los últimos años estuve usando un talle 42, así que me parecio lógico pedir un 40. Pero me seguían quedando grandes, así que terminé comprando un 38.

No pude esperar a que me mida mi nutricionista, así que fui a una farmacia a pesarme, y la aguja de la balanza se detuvo en 70,200 kg (un peso que hacía 10 años que no tenía). Obviamente no me doy cuenta de los cambios sólo por el peso y la ropa. Creo que desde la maratón del 10 de octubre empecé a notar más firmeza en los muslos y la “cubetera” que se empieza a asomar cuando trabo las abdominales. Quizá sea casual, quizá no, pero no sentí estos cambios gradualmente, sino poco después de correr los 42 km.

Y no es que me preocupe mi salud. Como decía más arriba, sigo comiendo mis seis comidas diarias, y tengo muchísima energía para correr (ayer hice 15 km en el entrenamiento, y no me agoté). Me preocupa más por una cuestión estética. Siento que logré mi objetivo de eliminar grasa, mucho más rápido de lo que me esperaba, pero quería que eso fuese acompañado por aumento de masa muscular… y ahí sí me siento todavía muy lejos.

Mi idea es, en noviembre, empezar a ir a un gimnasio, porque me siento muy limitado en mi casa. Sé que todo lo que hice sirvió, y que necesito subir la apuesta y hacer los ejercicios con mejores herramientas. No sé si estoy consumiendo pocas proteínas y que por eso me cuesta (y me va a costar) generar tejido muscular. También soy consciente de que el running quema músculo. Así que estoy en una etapa de hilar fino.

Noviembre va a ser entonces un mes de cambios. Probablemente tiempo de ajustar la dieta y de empezar el gimnasio. Pero hay algo que no va a cambiar, y es el compromiso de seguir progresando.

Semana 8: Día 52: Sumando experiencia

La costanera de Rosario es ideal para entrenar y hacer turismo

Hoy entrené por las calles rosarinas, y a fuerza de cometer algunas metidas de pata, aprendí algunas cosas.

Mi padre suele decir “Los errores no existen, todo es aprendizaje”. Y es una excelente filosofía: todo, aunque parezca que lo hicimos mal, nos suma en conocimiento.

Recordemos que estoy en Rosario por cuatro días, a causas de una convención de comics (todavía no enganché a Jim Lee para que me dibuje un Batman). Es por esto que el miércoles sólo dormí una hora, y el día de ayer estaba muy cansado. Aunque podía buscar el momento para hacer actividad física, lo mejor era descansar. Me guardé en el hostel y me acosté temprano.

Por la mañana me improvisé un desayuno que estuvo fuera de mi esquema. Siempre me preparo un vaso de yogur descremado con media taza de cuadritos de avena (además de mucha agua). Mi nutricionista hubiese preferido que variase el menú, pero siendo que antes de empezar con Semana 52 jamás desayunaba, mantener esa única variante era más que aceptable. La alternativa, siendo que comprar un sachet de yogur y guardarlo para los días posteriores era algo molesto, fue hacerme un mate cocido con mucha leche descremada (en polvo, ideal para viajar), una rodaja de pan de salvado y un turrón.

Miré un mapa de la ciudad de Rosario e intenté calcular el recorrido para hacer 15 km. Decidí ir hasta la costa del río y bordearlo, en un circuito de unos 4 km. La idea era repetirlo cuatro veces. No me di cuenta en ese momento, pero cuando salí cometí mi primer error: no esperé lo suficiente entre el desayuno y el entreno. Mientras corría me empezó a doler la panza. No era como para no poder seguir, pero era algo nuevo y un poco me preocupaba. El cambio del menú matutino no podía ser, no había comido nada fuera de las recomendaciones nutricionales. Entonces caí en que había esperado tan sólo media hora desde que desayuné hasta que salí a correr. Lo ideal es entre una y dos horas, y ahora entendí por qué.

El segundo error fue, por comodidad, entrenar sin llevarme hidratación. Esa molestia que tenía en el estómago, más una sensación de resequedad y cansancio, se intensificaron en los últimos kilómetros. Un gentil hombre estaba llenando unos baldes con una manguera, y le pedí si me daba un poco de agua. Tomar cinco sorbos me refrescaron y me levantaron. Estoy seguro que en una distancia corta no habría tenido problemas, pero subestimé los 15 km. Mi plan original era hidratarme de vuelta en el hostel, pero es necesario hacerlo durante el entrenamiento. El domingo voy a ingeniármelas para que no vuelva a pasar.

Ya bastante recuperado y endorfínicamente feliz, hice mi sesión de 500 abdominales, espinales y flexiones de brazos (que me cuestan mucho, pero cada vez menos).

De vuelta en el hostel todavía no había luz, lo que molestaba mucho a los dueños. Encima había perdido mi campera con la credencial del stand, lo que los alteraba un poco más. Pero algo que también aprendí y que no califica como error, es que un buen entrenamiento te levanta la mañana. Estaba relajado, no me preocupé, y todo se resolvió solo (la luz volvió, la campera la encontré).

Todo suma en el camino de alimentar la experiencia. Hay errores que se nos escapan, pero por lo menos para la próxima ya sabemos qué no queremos hacer.

Semana 8: Día 51: Entrenando en Rosario

En algún momento iba a pasar. Tengo que viajar, y por primera vez en dos meses hay que ingeniárselas para entrenar bastante lejos de casa.

La travesía tiene como motivo una convención de comics, organizada por el talentosísimo artista Eduardo Risso. Oriundo de Rosario, Santa Fe, se armó de buenos contactos para realizar Crack Boom Bang, uno de los eventos de historieta más importantes de la última década. Se destaca por la presencia de artistas internacionales de la talla de Jim Lee o Brian Azzarello, además de luminarias locales como Carlos Trillo, Solano López y Ariel Olivetti (entre muchos otros). Como comenté alguna vez, comparto con amigos un proyecto de librería/editorial, llamado Moebius Editora, y esta vez me tocó a mi dar la cara y atender el stand.

Así y todo, de lo que realmente vivo es del diseño gráfico freelance. Acabo de terminar (a los tumbos) las últimas piezas para el festival LesGaiCineMad, pero alejarme cuatro días* de los compromisos laborales no viene sin una gran cuota de stress. Estuve trabajando mucho estos últimos días, para no dejar cabos sueltos, y hoy eso me atrasó mucho para llegar al entrenamiento en Acassuso. Pero decidí ir igual, sin importarme si era por media hora. Afortunadamente  no me perdí de mucho, pude correr y hacer abdominales, lo que me levantó muchísimo el ánimo.

Mi gran incógnita con este viaje, y que sabía que en algún momento iba a pasar, es ¿cómo entreno fuera de casa? O sea, en mi departamento tengo pesas, y los días que no hago running suelo hacer ejercicios de pecho, hombro y espalda. Pero ya viajo con una tonelada de libros para Rosario, no me puedo llevar las pesas. Además soy bastante estructurado, sé que si le doy una vuelta al hipódromo son 5,4 km (aprox). ¿Cómo calculo, fuera de mi ámbito habitual, la distancia? ¿Cuento 10 cuadras por kilómetro?

Bueno, estas insignificantes dudas existenciales las iré resolviendo en estos días. Hoy jueves me va a ser imposible entrenar, porque salgo muy temprano y tengo que armar el stand, atenderlo, y dormir algo en algún momento (por los preparativos no creo que pueda dormir mucho). Después tengo que perseguir a Jim Lee por todo Rosario para que me dibuje un Batman que pueda enmarcar y colgar en alguna de mis paredes. Y a partir del viernes, levantarme temprano en el hostel y salir a correr por las calles santafesinas.

Si no tuviese el compromiso de Semana 52 probablemente me tomaría estos cuatro días de “descanso” (aunque lo que menos voy a hacer es reposo). Pero ya fui adquiriendo buenos hábitos estas 8 semanas (alimentarme sin saltear ninguna comida, descansar, hacer mucho ejercicio), así que ya es hora de no dejar de lado las cosas que me hacen bien, aunque esté lejos del hogar.

Objetivos ara los próximos días: buscar cómo seguir la dieta sin tener un horno para cocinar, encontrar el espacio (temporal y físico) para correr, y conseguir alguna computadora con internet para poder actualizar el blog. Todo esto me resulta mucho más interesante que la convención de comics. Eso y mi dibujito de Batman.

—-
* Sí, cuatro días, jueves, viernes, sábado y domingo. Los diseñadores freelance no tenemos fines de semana.

Semana 8: Día 50: El hambre y las ganas de comer

Hamburgo... Mmmm... Hamburguesa.

Últimamente me pasa algo raro, y es que me dan más ganas de comer durante los días en que hago menos ejercicio.

Es algo que tengo que consultar con mi nutricionista, pero me pareció oportuno investigar en internet. Según un estudio realizado por el departamento de Kinesiología de la Universidad de Massachusetts y de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Missouri, las personas que llevan una vida sedentaria no sólo queman menos calorías, sino que tienen más hambre que las que practican actividades moderadas como caminar. Los científicos llegaron a esta conclusión después de experimentar con seis personas jóvenes (dos mujeres y cuatro hombres), de buen estado físico. Durante días previos se les dio una dieta específica, hasta que comenzó la prueba. El primer día los mantuvo activos durante 12 horas, en las que se sentaban 10 minutos por hora, y consumieron una determinada cantidad de calorías. Entre las cosas que los científicos les pedían hacer estaba caminar, ordenar papeles y acomodar libros. En el segundo día se mantuvieron mucho más inactivos las 12 horas, y sólo se movían en silla de ruedas. Se les suministró las mismas calorías que la jornada anterior. En el tercer día se mantuvieron totalmente inactivos y consumieron calorías proporcionales.

El resultado del estudio arrojó que los voluntarios tenían más ganas de comer durante las situaciones de menor esfuerzo físico. La inactividad puede aumentar la percepción de hambre y disminuir la de saciedad. El ejercicio, aunque sea de baja intensidad como caminar, tiene un efecto reductor sobre el apetito.

El tema es justamente cuando confundimos hambre con apetito, o sea una necesidad fisiológica vital contra ganas de comer.

Aunque suene contradictorio, el ejercicio no aumenta la necesidad de llevar comida a la boca. Puede llegar a disminuirla, especialmente si se hace ejercicios de resistencia. Al elevar el nivel de endorfinas aumenta la sensación de bienestar, que evita las “ansias” por comer y ayuda a regular nuestra alimentación. Por eso es tan importante alimentarnos bien en carreras exigentes, antes de que haga ruido la panza.

Más allá de que la actividad física evite el ansia por comer, eso no quita que después no necesitemos reponer hidratos de carbono o líquido. En mi caso particular, después de una hora y media de entrenar, me suele dar hambre, lo que posiblemente sea un indicio de que estoy quemando más energía de la que consumo. Por lo pronto, siempre que voy a correr con los Puma Runners me llevo agua y una fruta. La hidratación es para antes, durante y después de ejercitar. Y para cerrar el entreno, me como una manzana (mucho más sano que tentarse con galletitas o snacks), y eso me ayuda a llegar a la cena o al almuerzo.

No es cierto que las dietas están hechas para pasar hambre. Pero me pasó algún día en el que no corrí que quise atacar a la heladera. Por eso es fácil hacer dieta cuando uno vive solo: al comprar tu propia comida, es difícil que almacenes galletitas, dulces o gaseosas; probablemente sólo compres frutas, verduras y bebidas light. Pero, ¿cómo diferenciamos el hambre de las ganas de comer? Muy fácil, aplicando el dicho de “cuando hay hambre no hay pan duro”. No existe el “hambre de algo rico”… eso está más cerca de un capricho que una necesidad fisiológica.

Lo ideal para quien se preocupa por su cuerpo (y para deportistas en general) es darle al cuerpo los nutrientes que necesita, hiratarse bien, y evitar el picoteo… Y no confundir, durante los días de menor actividad, el hambre con el antojo.

A %d blogueros les gusta esto: