Archivo del sitio

Semana 48: Día 336: Mente sana, cuerpo sano

Hoy leí la siguiente máxima: “Una mente sana siempre se encuentra en un cuerpo sano. Correr no solamente purifica el cuerpo, llena de vitalidad los músculos y las articulaciones, sino que además, fomenta un estado mental abierto y dinámico. Quien lleva un estilo de vida sedentario frecuentemente padece todo tipo de molestias y fatigas, por lo tanto, no puede pensar en otra cosa. Los corredores, en cambio, encuentran en la perfección de su esfuerzo deportivo el camino recto a un cabal estado de salud, que se traduce en dicha y capacidad intelectual”.

No podría estar más de acuerdo. Los lectores que hacen uso del historial o que han leído Semana 52 desde el principio, saben que abandoné análisis unos días antes de empezar la rutina de entrenamiento. Hacía 10 años que me analizaba, y debo decir que me ayudó muchísimo a madurar. Uno de los descubrimientos más importantes fue cómo lo mental se manifestaba en lo físico. Y también cómo ponerle el cuerpo a los problemas generalmente los resolvía (contrariamente a sólo pensarlos y nada más).

Correr siempre me hizo sentir bien conmigo mismo. Y una autoestima “sana” cambia nuestra percepción de la vida, y nos permite, de alguna forma, tener la motivación para seguir entrenando. Cuando me planteé empezar con Semana 52 sabía que iba a dedicarle un año entero a entrenar y a ser más responsable con la alimentación. Probablemente hubiese sido interesante seguir haciendo terapia y analizar todos esos cambios. Pero me pareció un buen momento para dar un salto de fe, y confiar en que ese bienestar que sentía entrenando esporádicamente se iba a potenciar. Y por supuesto, así fue.

No quiero sonar como un ingenuo. Dedicarle más horas a la semana a entrenar no me solucionó todos los problemas. Sigo angustiándome, preocupándome por tonterías, obsesionándome con cuestiones físicas y todo eso. Pero empecé a tomarme las cosas más a la ligera, a ver las cosas desde otra óptica. El mundo va a otra velocidad ahora (o seré yo). Correr sigue siendo mi tiempo de paz mental, en el que todo toma su verdadera dimensión.

Afortunadamente algo de eso queda cuando no estoy entrenando (si no, debería estar corriendo todo el día). De hecho, cuando me siento en frente de la computadora a escribir el post del día, las cosas están más claras. Cuando desarrollamos la salud del cuerpo, en el proceso adquirimos experiencia. Así que entrenar nos vuelve, de algún modo, un poquito más sabios. Y todo lo que aprendemos, lo aplicamos nuevamente a desarrollar nuestro físico. Es lo que se llama un círculo virtuoso.

Semana 48: Día 335: Por qué tenemos grasa en el cuerpo

La grasa en el cuerpo es un componente fundamental que necesita estar presente por sus importantes funciones de reserva energética, aislamiento térmico, etc. En personas adultas, las mujeres tienen generalmente (y por naturaleza) más grasa que los hombres. En una deportista con peso normal y nivel de actividad física moderado puede poseer entre 17% y 23%, mientras que en un hombre de iguales características el porcentaje de grasa puede ser de entre 12% a 19%.

La cantidad y el lugar que ocupan las reservas adiposas son clave para determinar si alteran o no la salud. En el caso de la grasa acumulada en el abdomen, además de que socialmente “molesta”, es un indicador de riesgo para la salud, ya que es metabólicamente más peligrosa que la ubicada en las caderas. Los factores que dan origen a la grasa abdominal pueden ser muchos, como la mala alimentación, el sedentarismo, el estrés, el sistema endócrino y sus hormonas, los genes o alguna afección en particular.

La grasa es uno de los principales enemigos a la hora de conseguir una buena salud y una correcta forma física. Sin embargo, son totalmente necesarias y que el cuerpo las necesita, y más aún cuando practicamos deporte. Existen diferentes catalogaciones y tipos: las saturadas, las insaturadas y las poliinsaturadas. Las primeras son las que debemos evitar, pero el resto son necesarias para un correcto funcionamiento celular, una importante fuerte de energía junto al glucógeno, la forma más rápida que el cuerpo tiene de obtener la fuerza necesaria para hacer frente a la actividad.

Es importante que tengamos unos niveles adecuados de grasa para evitar que se consuman los tejidos musculares para obtener energía. Este es el principal problema a la hora de dejar de lado la grasa, y es que al practicar actividad física el organismo requiere mucha energía y la obtiene de las reservas que acumula. Si no existen, se pierde masa muscular. Al faltar la grasa, el organismo no tendrá de donde obtener combustible, ya que los tejidos no se consumen con tanta rapidez ni se transforman en energía de inmediato. Para solucionar esto es necesario que ingiramos grasas saludables en nuestra alimentación.

Las funciones básicas de la grasa son:

  • Producción de energía: la metabolización de 1 g de cualquier grasa produce  unas 9 kilocalorías de energía.
  • Forman el panículo adiposo que protege contra el frío (los nadadores de aguas heladas suelen tener un nivel de masa adiposa muy elevado).
  • Sujetan y protegen órganos como el corazón y los riñones.

Obviamente, como todo en la vida, la cuestión con la grasa es mantener un equilibrio. No podemos no tenerla, pero sí evitar consumirla en exceso o acumular demasiada cantidad en nuestro organismo.

Semana 48: Día 334: Dolor abdominal

El “flato” es tan habitual en mi vida que me sorprende haberme tomado 48 semanas para hablar de él.

Aunque tiene un nombre que suena a otra cosa (escucho algunas risitas por lo bajo) se trata de un dolor abdominal que se siente sobre un costado, durante una carrera. Me ha pasado toda mi vida, desde que era chiquito y correteaba en el patio de la escuela. Alguna vez me dijeron que era causado por el diafragma, y con esa explicación me conformé, aunque ni siquiera hoy sé bien qué es eso (pero, en breves instantes, lo wikipediaré para ustedes).

El diafragma es un músculo que cierra por arriba (donde es convexo) la cavidad torácica (en forma de bóveda) y limita por abajo (donde es cóncavo) la cavidad abdominal. Es característico de todos los mamíferos. Cuando se contrae, se aplana y se mueve hacia abajo, los músculos pectorales menores y los músculos intercostales presionan las costillas hacia fuera. La cavidad torácica se expande y el aire entra en los pulmones a través de la tráquea para llenar el vacío resultante. Cuando el diafragma se relaja, adopta su posición normal, convexo hacia arriba; entonces los pulmones se contraen y el aire se expele. Además, al contraerse ejerce presión sobre el abdomen, y de esta manera ayuda al tránsito gastrointestinal (las contracciones espasmódicas involuntarias del diafragma originan el hipo).

El flato es el dolor abdominal que surge al realizar ejercicio físico, y aunque no se sabe con certeza a qué se debe, se cree que es un aviso del bazo antes de inflamarse. Es tal nuestra ignorancia sobre este tema, que las molestias desaparecen con la edad, y no sabemos todavía por qué. Entre las posibles causas están:

  • Aporte insuficiente de sangre al diafragma, músculo principal de la respiración.
  • Sobrecarga en los ligamentos del diafragma, originada por movimientos arriba-abajo. Si hay alimentos en el estómago este empuje es mayor debido al mayor peso del estómago.
  • Rozamiento del estómago cuando está lleno con el peritoneo (membrana muy sensible que rodea a las vísceras) que provoca irritación y dolor.

Para evitar el flato se recomienda separar las comidas 2 horas antes de una sesión de ejercicio y evitar los alimentos con mucho azúcar, grasa y sal. También beber mucho pero en pequeños sorbos, y nunca bebidas con gas. En el caso de que ya duela, lo mejor es detenerse, flexionarse hacia delante y presionar, masajeando la zona dolorosa. Allan Lawrence, autor de “Autoentrenamiento para Corredores”, recomendaba algo que siempre me funcionó: respirar profundamente (largando todo el aire), manteniendo los labios rígidos, como si silbásemos (inténtenlo en sus casas).

El flato se conoce más técnicamente como “dolor abdominal pasajero relacionado con el ejercicio” (ETAP, por sus siglas en inglés). No sólo ocurre cuando corremos, también se puede producir al nadar o andar a caballo. Aunque no hay un consenso sobre qué cosas puntuales lo provocan, se sabe que es causado por varias tensiones sobre el diafragma, que resultan en una tensión en los ligamentos que lo conectan. Cuando corremos básicamente estamos saltando arriba y abajo mientras ingresa y sale aire. Resulta que la mayoría de las personas hace coincidir en forma natural el tiempo de la exhalación con el impacto en el suelo de uno de sus pies. Cuando tocamos el piso, nuestros órganos bajan mientras el diafragma sube. Esto provoca un poco de esfuerzo sobre los ligamentos que conectan los órganos al diafragma, como son el hígado y estómago. Con el tiempo, esto causa ese dolor y contribuye con espasmos.

Una sola vez esta molestia me obligó a detenerme. Fue muy frustrante, yo estaba intentando seguir al contingente “veloz” de los Puma Runners. Era mi época de inconstancia, había vuelto al entrenamiento después de meses de no hacer mucho, y apuré el paso todo lo que pude. El flato se sentía como un round con Mike Tyson, oreja mordida incluida. Estaba bien de piernas, y creía que de aire también, pero estaba corriendo por sobre mi capacidad. Volví a sentir este dolor, y siempre lo interpreté como una señal de estar corriendo demasiado rápido. Lo resuelvo respirando hondo, largando todo el aire, y no desesperándome.

Semana 48: Día 333: Corredores célebres: Usain Bolt

De todas las biografías que han aparecido en este blog, probablemente el nombre de Usain Bolt sea el que más les suene. Este jamaiquino de tan sólo 24 años mide 1,95 m, lo que podría explicar su gran zancada que lo ha hecho acreedor de varias medallas de oro.

Apodado “Lightning Bolt” (relámpago) acaba de ser noticia al ganar en la Diamond League de Estocolmo, haciendo 200 metros en 20,03 segundos. Este tiempo demencial, sin embargo, no es su mejor marca, que se ubica en los 19,19 segundos, y es un récord mundial. Su otro hito se encuentra en los 100 metros llanos, que los realizó en 9,58 segundos.

Usain St. Leo Bolt nació el 21 de agosto de 1986 en Sherwood Content, un pequeño pueblo de Trelawny, en Jamaica. Sus padres tenían un almacén, y se pasó su infancia jugando al cricket y al fútbol con su hermano. Los deportes eran su pasión. Ya en la primaria demostró su velocidad de sprinter, y a los 12 tenía el record de la escuela en 100 metros.

En la secundaria, su instructor de cricket notó su velocidad y, muy a su pesar, le sugirió que se pasara al equipo de atletismo. Pablo McNeil se convirtió en su entrenador, quien encontró como principales obstáculos la falta de compromiso de Usain al entrenamiento y su predisposición a hacer bromas. Aunque comenzó a hacer podio en las competencias que lo tenían como concursante, sólo alcanzaba la medalla de plata, sin poder explotar al máximo su potencial. Es que el jamaiquino no estaba tan interesado en el atletismo, y se la pasaba haciendo tonterías, como esconderse en lugar de participar de las pruebas clasificatorias.

Afortunadamente el resto veía claramente las capacidades de este muchacho, y obtuvo mucho apoyo del Primer Ministro jamaiquino. A los 15 ya había alcanzado su estatura actual. La presión sobre él comenzó a ser tanta que antes de una carrera se puso las zapatillas en el pie equivocado. Esta experiencia resultó reveladora, ya que aprendió a no dejar que los nervios previos a una carrera lo afecten.

A pesar de su juventud, Bolt comenzó a cosechar medallas y a romper récords. Su forma de no sucumbir ante la presión de su país natal (que lo tenía como un ídolo indiscutido) era tomarse las cosas no muy en serio. Visitaba restaurantes de comida rápida, jugaba al basket y salir de fiesta.

En 2004 cambió de entrenador, Fitz Coleman, y comenzó su carrera profesional. Participó de las olimpíadas de Atenas en el equipo de Jamaica, pero una lesión lo retrasó y logró tiempos muy decepcionantes.

Al año siguiente llegó finalmente el momento de cambio en su vida. Era hora de tomarse el entrenamiento realmente en serio. Glen Mills se convirtió en su nuevo entrenador, y aunque logró encaminar la desordenada vida de Usain, sus lesiones lo seguían reteniendo, y a los 18 años no lograba explotar a fondo sus capacidades. Su entrenador y su manager lo presionaban para hacer distancias más largas, como 400 metros, lo cual no lo estimulaba. Pero decidió ir de a poco y adquirir experiencia.

El tiempo pasaba, y Usain acumulaba podios. Su comportamiento había mejorado, por lo que su entrenador le permitió el capricho de competir en los 100 metros en el 23er  encuentro Vardinoyianno de Rethymno, Creta. Su tiempo, de 10,03 segundos, le valió una medalla de oro y un nuevo entusiasmo por este deporte. Las medallas de plata del Campeonato Mundial de Osaka 2007 también lo motivaron a seguir esforzándose.

Sus marcas comenzaron a mejorar, lo que logró la admiración de los corredores más experimentados. En los 100 metros de la Reebook Grand Prix, el 31 de mayo de 2008, logró romper el récord mundial, haciendo un tiempo de 9,72 segundos. Evidentemente, además de una mejora física, Usain tenía ahora una ventaja psicológica sobre los otros competidores. Con esto demostró que su falta de interés en las carreras de 400 metros estaban justificadas, y se concentró en las de 100 y 200.

El 16 de agosto de 2008, en las Olimpíadas de Pekín, logró un nuevo récord mundial en los 100 metros, con 9,69 segundos. Cuando estaba llegando a la meta, levantó sus brazos en señal de victoria, y hay quienes dicen que ese gesto le restó velocidad, y que su marca podría haber sido mejor. El 20 de agosto, en la misma competencia olímpica, obtuvo el récord mundial en 200 metros, con 19,30 segundos. En las subsiguientes carreras en las que se presentó, sus marcas siguieron mejorando. Indudablemente se había ganado su apodo de “El hombre más rápido del mundo”.

En una encuesta realizada hace unos años en Jamaica, Usain Bolt fue elegido como el ídolo máximo de Jamaica, muy por encima de la leyenda de Bob Marley. Con sus 24 años y toda una vida deportiva por delante, probablemente quede mucha historia por escribirse de un hombre que, evidentemente, nació para correr.

Semana 48: Día 332: Esa maldita ceniza

Las cenizas del volcán Puyehue, que hizo erupción el 4 de junio, viajaron miles de kilómetros, imperceptibles, movidas por corrientes de aire, hasta llegar a Buenos Aires y depositarse adentro de mi nariz. Sus efectos fueron demoledores.

Nosotros, que vivimos en promedio 75 años (con suerte y vida sana), no tenemos noción de los movimientos telúricos. Bueno, mi novia sí tiene noción, porque es geóloga, y sabe que las placas tectónicas se mueven 6 cm por año, y que un millón de años es “poco tiempo” (gracias a esta percepción temporal, me permito llegar 20 minutos tarde cuando voy a verla). Aquel frío día de junio salimos a andar en bici por la reserva ecológica, en Costanera Sur. De regreso tomamos unos mates, y me dormí una siestaza en el sillón. En la otra punta de nuestro país, se generaban 230 sismos por hora, con 12 eventos de una magnitud mayor a 4,0 grados en la escala de Richter. El volcán Puyehue, en la cordillera de los Andes chilena, a 2240 metros sobre el nivel del mar, hacía erupción.

Las cenizas alcanzaron los 10 mil metros, y comenzaron a cubrir el lado argentino. Entre sueños, tirado en el sillón, escuchaba cómo en Bariloche se había hecho de noche. ¿Estaba preocupado yo? EN ABSOLUTO. ¿Acaso Bariloche no estaba a miles de kilómetros? Dos días después, un avión de Lan Chile me llevaba a Lima, Perú, para comenzar mi aventura que me llevaría a mí y a un grupo de amigos hasta el Machu Picchu. De vez en cuando miraba los mails, y leía las noticias de la ceniza volcánica llegando a Buenos Aires. Pronto empezaron a cancelar vuelos. Nos preocupamos un poco (en la escala de 1 a 10, nos preocupamos un 3). Estábamos lejos, y pasándola bien.

Volví a Argentina y aunque me querían contar qué horrible había sido vivir bajo esa ceniza invisible que generaba problemas respiratorios, me era muy difícil imaginármelo. Parecía que todos se habían vuelto detectores de humo, levantando sus narices al viento y culpando al Puyehue de todos sus males respiratorios.

Y entonces, el clima intervino. Un viento del sur trajo lluvias, y de nuevo ceniza en el aire y cancelaciones de vuelos. Pero a diferencia de otras veces, yo estaba en Buenos Aires y no a miles de kilómetros. Repentinamente sentí un dolor de garganta y de pecho, más congestión. Uno suele incubar una gripe, pero esto fue de un momento al otro. Yo quería entrenar, estaba recuperándome de la costilla (que ya no duele más), pero me sentía tan hecho polvo como la ceniza que estaba respirando.

No soy alérgico, o creo no serlo, pero este evento climato-geológico me dejó nocaut. La inahalación de ceniza puede provocar el empeoramiento de enfermedades pulmonares, asma o silicosis por exposición prolongada al aire libre. También trastornos gastrointestinales por la ingestión de agua contaminada con fluor y metales pesados como arsénico o mercurio, o por la ingesta de alimentos contaminados. Por supuesto que la peor parte se la llevan quienes están más cerca del epicentro, pero lo frustrante es esa amenaza invisible. Sólo distinguimos lo que parece una niebla, pero puede causar daños oculares, como conjuntivitis y abrasiones en la córnea.

La ceniza microscópica puede ser peligrosa cuando se asienta sobre la tierra porque las partículas inhaladas, pueden alcanzar las regiones periféricas de los pulmones y causar problemas respiratorios. Aunque se dice que esta nube invisible no es tóxica, en una exposición prolongada irrita las vías respiratorias. ¿Cómo detener a la ceniza? Bueno, parece que es imposible. Pero uno se expone mucho más a la intemperie que si se queda adentro. No pudo ser mi caso, porque tenía que salir a trabajar, pero siento que lo peor ya pasó, y después de una semana sin entrenar (de cara a la Merrell de Pinamar, nada menos), me toca volver a intentarlo y ver qué tal están mis pulmones.

No veo todos estos percances como señales que me desalienten. Al contrario, falta tan solo un mes para que termine Semana 52, y todos estos problemas hacen que esta última etapa sea más… interesante.

Semana 48: Día 331: La Cajita Infeliz

No hacía falta ver Supersize Me para saber que la comida de McDonald’s era cualquier cosa menos sana. Deliciosa, puede ser. Muy salada, también. Calórica y llena de grasas, definitivamente. Un menú de este restaurante tiene todas las calorías que una persona necesita en un día entero. Dejando de lado mi cuestión vegetariana, es incomprensible que siendo un país tan conocido por su carne, hagamos interminables colas para comer una hamburguesa de dudosa procedencia.

Recientemente la empresa Arcos Dorados fue noticia porque declaró que planea reducir en un 20% las calorías de la Cajita Feliz. Por qué ahora sucumben ante la presión de padres y organizaciones que buscan una alimentación más sana, me es desconocido. Ahora el combo infantil va a contener 600 calorías y un 15% menos de sodio.

“Nuestra empresa se preocupa por estar a tono con las tendencias y las preferencias de la sociedad y, por ello, queremos estar seguros de ofrecer productos ricos y alineados con una vida sana y equlibrada. Asimismo, continuaremos apoyando iniciativas que estimulen la actividad física”, declaró, un poco tarde, Woods Staton, presidente de Arcos Dorados.

Entre los cambios habrá un tamaño más pequeño de papas fritas para los niños, con menos de 100 calorías, y reducirán el sodio en los panes, las McNuggets, el queso y los aderezos, además de bajar el azúcar del jugo de naranja en un 40% (las gaseosas siguen iguales). Ahora bien, ¿por qué se dan estos cambios ahora y no hace 10 o 20 años? Es cierto que la tendencia de una vida sana está cada vez más de moda, pero un inminente proyecto local para prohibir (directamente) a la Cajita Feliz puede haber acelerado esta tendencia.

Antes de ser vegetariano era adicto a McDonald’s. Quienes me conocían desde entonces no pueden creer que haya dejado de comer carne. Combinaba de forma creativa hamburguesas con patitas de pollo, agrandaba siempre mis menúes, y de vez en cuando me cruzaba a la vereda de enfrente y me comía un Whopper, pero en mi cerebro asociaba esta comida con la felicidad. No era problema terminar encerrado en el baño durante largas horas. ¿Y qué es lo que metía en mi cuerpo?

La activista en contra de la obesidad, Julia Harvey, conservó una hamburguesa y unas papas fritas de McDonald’s durante 4 años. ¿Se imaginan cómo quedó esa comida? A quienes les pregunto piensan que el pan quedó mohoso y verde, la carne podrida y las papas un mejunje repugnante. Es increíble ver el video (en inglés) donde explica qué es lo que ocurrió con este menú. Se los adelanto: absolutamente nada. Mientras que ni la mejor heladera mantiene la comida tanto tiempo, estos alimentos mantuvieron por 4 años el mismo aspecto y color. El pan se endureció por la deshidratación, pero seguía igual que siempre. En un momento se decidió a conservar de la misma forma unas papas fritas caseras, que en poco tiempo se volvieron grises. Las de McDonald’s, todo ese tiempo después, seguían doradas y saladas.

Esta comida, llena de conservantes, es la que metemos en nuestro cuerpo. Si el tiempo no les hizo mella, ¿cuánto podemos digerir? ¿Cuántos nutrientes nos aportan? Me preocupa el hecho de que la solución para hacer un menú infantil sano sea reducir la porción de papas fritas. ¿Acaso los niños son tontos? ¿No van a pedir que les compren un paquetito extra?

Por supuesto que McDonald’s no es una empresa maligna que busca seducir a los pobres tontos que no saben a dónde ir a comer. La responsabilidad de tener una alimentación sana nos cabe a nosotros. Si una empresa decide tentar a los chicos con un juguete de regalo no le cabe toda la culpa de que el 17% de los chicos de EEUU tengan sobrepeso. Son sus padres los que les inculcan “premios” como cenar comida rápida. Sabemos que los niños tienen poder de influencia de compra, pero en definitiva no tienen dinero propio como para ir a comprar lo que ellos quieran.

La responsabilidad de que hagamos vida sana no pasa por lo que un restaurante ofrezca o no. Pasa por cada uno. Que una empresa como McDonald’s ofrezca estos “cambios” para disfrazarlos como un intento por ofrecer comida sana me parece un poco engañoso. ¿Por qué no ofrecer las ensaladas y el agua por un precio mucho menor? ¿Qué tal si agregan a sus combos pastas, menúes vegetarianos, más variedad de frutas para los postres, papas al horno en lugar de fritas? Una iniciativa que tendríamos que imitar es la que le impusieron a McDonald’s en España. Para que la gente elija aderezos más sanos, se decidió que se regalen los que tienen menos calorías. Pero si pedís mayonesa, se cobra aparte. Una forma de concientizar a los consumidores para que coman mejor, lamentablemente, es tocarles el bolsillo.

Semana 48: Día 330: Cambiemos el exterior, mantengamos intacto el interior

Una escena bastante habitual. Vamos con Vicky viajando en el subte, hablando de bueyes perdidos. Me tira una frase que me deja pensando. Le digo “¿Sabés una cosa? Ese va a ser el tema del post de esta noche”. “Pará de robarme”, reclama ella, con total derecho. Justifico mi plagio con una frase del estilo “Sos mi musa inspiradora”, y la conversación queda ahí porque nos tenemos que bajar.

Por supuesto, me siento al teclado y mi mente está en blanco. “Amor, ¿de qué era que iba a escribir?”. “No sé… ¿algo sobre no buscar cambiar al otro?”. “¿Te parece? Pero no le veo mucha relación a eso con el blog. Bah, si pude hablar de Volver al Futuro…”. “Me parece que era eso”. Nos quedamos en silencio, en la cena, mirando el plato, intentando repasar nuestras conersaciones. Apuro mis salchichas de soja. “¿Segura que era lo de cambiar a los demás?”.

Pasan los minutos, se va el día, y escribo sobre otra cosa. Pero el tema queda rebotando adentro de mi cabeza. Y entonces algo hace click. No sé si era ese post genial que me había imaginado por unos segundos en el subte D (Catedral-Congreso de Tucumán). Probablemente iba a ser la entrada más emotiva y profunda de Semana 52, iba a ser retwitteada y compartida por padres a sus hijos en sus muros de facebook. Las abuelas hubiesen hecho copy paste en largos mails para mandar en cadena a nietos, sobrinos y ahijados, y probablemente The New Yorker hubiese levantado el texto, traducido (torpemente) al inglés, y todos se hubiesen maravillado con ese humilde corredor sudamericano.

Pero será en otra oportunidad. Forzar un tema, creyendo que es algo que el resto quiere leer (contrario a escribir sobre lo que uno quiere), está muy ligado a buscar la aceptación. Y eso es algo que, eventualmente, redunda en un estrepitoso fracaso.

No hay peor crítico que uno mismo. Por más que los demás nos subestimen y nos bajen el pulgar, cuando buscamos la aprobación de nuestros allegados, sólo estamos buscando la propia. Un señor llamado Bucay habló sobre las verdades de la vida para ser feliz, y decía que las personas son como son. Parece una tontería, pero es algo muy profundo. Tenemos que aceptarnos a nosotros mismos y al resto, y no buscar cambiar ni cambiarnos.

Sé que puede sonar irónico, justo en un blog que registra cambios físicos y habla de la autosuperación. Pero hay que mentenerse fiel a nuestra escencia. Cambiamos lo de afuera, y lo hacemos a través de nuestro temple, de nuestra fuerza de voluntad, de nuestras ganas de progresar. Eso nace de nuestro interior, si no, no se sostiene. Cuántos habrán cometido esa tontería de buscar ser más “lindos”, o más musculosos (me incluyo), creyendo que eso es lo que falta para enamorar a esa distante señorita. ¿Queremos gustarle a alguien por lo que ve en nuestro exterior, o deberíamos buscar que le guste nuestro interior? Me inclino por lo segundo.

Durante muchos años estuve disconforme con mi físico. Metía panza cuando me sacaba la remera, me daba vergüenza verme en las fotos veraniegas, y mucho de eso tenía que ver con que me veía en forma tan crítica, que creía que así me veían los demás. Probablemente a poca gente le importase que yo tuviese “flotadores”, pero era esa necesidad de aceptación la que me dominaba. Pero no empecé a correr por eso. De hecho entrené dos años antes de empezar Semana 52, cuando realmente mi cuerpo empezó a cambiar. La motivación fue otra. Y así conseguí cambios duraderos, y me sentí más orgulloso de los logros deportivos (velocidad, resistencia) que de los estéticos (de hecho hay una lista interminable de personas que me sigue diciendo “me gustabas más cuando eras gordito”).

Por eso me parece que hay que tener cuidado con nuestros motivos para entrenar. Por lo menos yo no conseguí mayor aceptación por hacerlo. Pero sé que lo hice (y lo seguiré haciendo) sin traicionar mis ideales. Así como no me preocupa tanto lo que los demás opinen del exterior, tampoco me interesa juzgar al otro por lo mismo. Valoro mucho más la sinceridad, la generosidad, el humor, y muchas otras cualidades que tienen que ver con la interioridad de cada uno. El que se esfuerza y no baja los brazos para cumplir sus objetivos merece mi mayor respeto, independientemente de los resultados que estén “a la vista”.

Y dejo para el final la situación más triste, que es cuando la gente intenta cambiar a los demás, con la intención amoldarlos a su propio gusto. Suele pasar con las parejas, pero también se da dentro de las familias o de los grupos de amigos. Que uno busque la aceptación y eso lo lleve a querer modificar actitudes y cuestiones físicas me parece una lástima (y lo sé porque lo hice varias veces, siempre con resultados nefastos). Pero cuando cuando nos aferramos a alguien con la intención de cambiarlo, me resulta una canallada. “Las personas son como son”, decía Bucay.  Cuando buscan modificarte, se personifica más que nunca el desprecio a tu interioridad. También supe estar en esta situación, abandonando análisis por una novia celosa de mi terapeuta, por ejemplo. Con el tiempo, estas cosas que uno hace forzado terminan generando resentimiento.

No hay que traicionarse a uno mismo por el otro. Uno es como es. Y al que no le guste… que busque por otro lado.

A %d blogueros les gusta esto: