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Semana 27: Día 189: Cuando el músculo se hincha

Hay un bloguero al que le encanta correr y hablar de eso, pero que se la pasa quejándose del gimnasio (sí, soy yo). Sin embargo, hay algo muy agradable, y es ese momento en el que los músculos se inflan, y parece que uno, de un momento a otro, se ha vuelto más grandote. Es un engaño que dura poco tiempo, pero es la situación ideal para mirarse al espejo y soñar que ese físico será, eventualmente, el que tengamos en forma definitiva.

A todos los que hemos ido con regularidad al gimnasio nos termina pasando. Hacemos bíceps y de pronto el brazo se hincha, las venas resaltan, y uno está más duro. Se siente la diferencia al tacto, cuando flexionamos el músculo, y se ve la hinchazon a simple vista. ¿Por qué pasa esto? Luego del esfuerzo del ejercicio, la zona trabajada se llena de líquidos. El efecto desaparece, generalmente, a la media hora.

Al empezar las rutinas de pesas, el corazón aumenta su frecuencia cardíaca para enviar más sangre al músculo y la presión sanguínea se eleva. Al contraerse los músculos presionan a las arterias, y esta tensión extra hace que se expulse agua, que se sitúa alrededor de los compartimentos musculares. Esto también hace que las venas se acerquen a la piel. Este efecto cede al dejar de entrenar, por eso es recomendable hacer algo de ejercicio aeróbico o de estiramientos al finalizar, para reestablecer la normal circulación. Después de que la presión sanguínea vuelve a ser normal, los fluidos de alrededor del músculo regresan, y el tamaño muscular pareciera disminuir, pero en realidad está en su posición regular.

Debido a esta revolución en las arterias, se recomienda no aguantar la respiración durantes los ejercicios. Esta técnica se conoce como Maniobra de Valsalva, y la dominan los culturistas avnzados, ya que genera una presión arterial muy alta que podría ser perjudicial para la salud (niños, no intenten esto en sus casass).

La diferencia entre hinchazón y crecimiento radica en que uno es el efecto inmediato (y momentáneo) del entrenamiento, mientras que el otro es el verdadero objetivo de hacer pesas (y toma mucho más tiempo). Para llegar a esta meta hay que cuidar mucho la alimentación. Cuando entrenamos consumimos las reservas de glucógeno de nuestro organismo, y luego usamos las grasas, que aportan energía de forma más lenta. Para conseguir una buena reserva necesitamos consumir hidratos de carbono de gran calidad (por ejemplo cereales integrales), ya que se van liberando poco a poco al ser complejos y el cuerpo los usa de forma escalonada. También es importante la ingesta de proteínas, necesarias para que el músculo se recupere del ejercicio y pueda crecer. Se trata del principal alimento de las fibras, por lo que debemos aportar al organismo las dosis adecuadas después de una dura sesión de entrenamiento.

Cuando terminamos de ejercitar  (y vamos muy contento pasando frente al espejo, todo hinchados) tenemos que tener en cuenta que agotamos al músculo, y  tenemos que  nutrirlo de proteína lo más rápido posible. Hay quienes recomiendan complementos de proteínas (que no son naturales, pero tampoco ilegales ni tienen consecuencias dañinas), ya que se asimilan en 30 minutos. Además tenemos que recuperar los depósitos de glucógeno, y es por eso que apenas termino de entrenar me tomo una bebida energética con una cucharada de leche en polvo, más una chocolatada.

La hinchazón y la aparición de venas es un lindo efecto, pero para que el músculo crezca realmente hay que tener constancia, una alimentación con buenos aportes de proteínas, y descansar, que es cuando se regeneran los tejidos. Aumentar la masa muscular lleva tiempo, pero esta imagen que vemos frente al espejo es bastante motivadora. Así que no está mal usarla… sin creérsela.

Semana 27: Día 188: Leche líquida vs. Leche en polvo

Hace 188 días que incorporé lácteos en mi dieta. Antes les escapaba, no me gustaban mucho y asumía que era pura grasa. Pero un vegetariano que encima quiere ganar masa muscular necesita obtener proteína de alto valor biológico de varias fuentes, y la leche (y derivados) fue la mejor alternativa.

Al principio compraba un sachet de un litro y lo dejaba durmiendo en la heladera. Sólo le ponía un chorrito a las infusiones, y me di cuenta que duraba demasiado tiempo en la heladera. Para el desayuno ya consumía yogurt, así que mi romance con la leche empezó a decaer. No le encontraba sentido a comprarla para tener que tirarla a la semana. Entonces se me ocurrió la idea más obvia que podría haber tenido: ¡leche en polvo!

Resultó ser que la variante deshidratada (y descremada, por supuesto) resiste muchísimo más tiempo, y es más transportable (no requiere frío para su conservación). Siendo que muchas veces tenía que consumir mis colaciones fuera de casa, llevarme el paquete de leche en polvo (atado con una gomita) me resolvió cualquier inconveniente. Al poco tiempo, mi nutricionista me agregó una comida con muchas proteínas para después del gimnasio, como para potenciar el desarrollo muscular. Ahí empecé a tomar un powerade con una cucharada de leche en polvo. Pero siempre me quedó la duda de si era lo mismo que tomarla líquida. Después de investigar me sorprendió que diversos estudios demuestran que son prácticamente iguales.

El INTA (Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos) comprobó que ambas tienen el mismo valor nutritivo. Las ventajas de utilizar la leche fluida son que viene lista para consumir (con lo que se evitan errores en la dosificación), es más higiénica (no tiene que manipularse), y suele tener mejor sabor que la rehidratada (probablemente por la calidad del agua con la que la mezclamos). Pero es más cara, y una vez abierta hay que tomarla a los pocos días o se vence.

La leche en polvo fue producida por primera vez en 1802 por el doctor ruso Osip Krichevsky. Se expandió con facilidad en países en vías de desarrollo gracias a su bajo costo de transporte y almacenamiento: doce meses si se empaqueta en bolsas de 25 kg y seis meses en paquetes de más de 200 kg. Es ideal para quienes hacen supervivencia, o para quienes precisan alimentos no perecederos. Por cada kilogramo de producto disecado se llegan a obtener ocho litros en forma líquida, lista para consumir.

La leche en polvo se consigue mediante un proceso por el que se elimina toda el agua. Obviamente, el resultado requiere hidratarse para poder tomarse. Un paquete puede llegar a durar meses, algo que con la versión líquida no pasa, ya que suele durar siete días, y una vez abierto el envase comienza a perder propiedades y a dejar de ser tan nutritiva. La leche en polvo conserva todas sus propiedades y nutrientes (como el calcio y las proteínas) hasta que es mezclada con agua. Su aporte vitamínico es similar al que brinda en estado líquido: ambas contienen casi las mismas dosis de vitamina B, A y D. Aunque en los paquetes que compramos en almacenes y supermercados se nos indica el porcentaje de agua que hay que agregarle, hay quienes aumentan la dosis de producto para tener un mayor aporte nutricional que la misma cantidad de leche fluida.

De momento me sorprende la cantidad de lácteos que consumo y sigo bajando de peso. Ahora volví a aumentar las porciones en cada comida, con la esperanza de no perder músculo y hacer que crezca. En seis meses veremos si realmente funcionó.

Semana 27: Día 187: Un buen descanso

Todos alguna vez escuchamos que los deportistas necesitamos descansar. Diversos estudios han demostrado que los atletas de elite tienen mejores resultados en velocidad y resistencia si superan las 10 horas de sueño. Pero mientras podemos elegir qué hacemos durante la vigilia, dormir bien no siempre es algo sencillo.

Yo duermo seis horas. En raras ocasiones llego a siete. Alguno pensará que como hago veinte mil cosas durante el día, pongo el despertador temprano. Pero no es así. Me levanto entre las 6:30 y las 7 de la mañana. Quizá tenga un reloj biológico cuya alarma suena en ese momento. Casi no importa qué haya hecho la noche anterior, ese es el momento en que abro los ojos. Tampoco me cuesta dormir, cualquiera que me conozca sabe que después de medianoche el cerebro se me desenchufa y no me duermo, me desmayo. Toda la vida fui así, y me ha traído problemas de pareja (me he dormido en el cine, viendo a Dolina, en restaurantes y baños). Menos caminando o abajo del agua, creo que me venció el sueño en casi todas las situaciones de la vida.

Uno podría inferir que al hacer actividad física intensiva, uno dormiría más horas. Es probable que a algunas personas se les cure el insomnio con un poco de running o de gimnasio. No es mi caso. Es que, justamente, no tengo problemas para dormirme. Tampoco me despierto en medio de la noche porque zumba un mosquito cerca de mi oído. Simplemente el sistema operativo se apaga después de las 12, y se reinicia pasadas las 6:30 de la mañana. Me intriga si mi rendimiento mejoraría con 10 horas de sueño. No sabría cómo comprobarlo tampoco. Dicen que la última comida del día debe ser rica en proteínas de alto valor biológico, y si consumimos hidratos de carbono deberían tener poca o nada de azúcar. Así los músculos recuperan sus estructuras a base de los correctos aminoácidos y se recuperan los depósitos de energía. Quizá tenga que ver con esa recomendación tradicional de un vaso de leche tibia antes de ir a la cama para dormir mejor.

Otra recomendación es tener un colchón cómodo, para poder relajar a los músculos. También ayudaría una ducha caliente o de contraste (frío-calor). En la fase de descanso es cuando la musculatura crece y se regeneran los tejidos. Michael Breus, autor del libro (con un título exageradamente largo) llamado “Buenas Noches: El programa de 4 Semanas del Doctor Sueño para un mejor sueño y una mejor salud”, da los siguientes consejos:

  • Ambiente fresco: La temperatura ideal para dormir es entre 18 y 22°C. Esto siempre induce al cuerpo a dormir, es por eso que acostarse en una cama fresca luego de un baño caliente es tan relajante.
  • Considera posibles alergias: Revisa almohadas, sábanas, detergente y suavizante que usas, el lugar de la mascota, si hay polvo, el cubrecama, perfumes, y otros elementos que puedan afectar el ambiente del dormitorio. Todos éstos pueden causar congestión nasal que distorsiona el sueño.
  • Atención a la cafeína: Observa cómo responde tu cuerpo al café y regula su consumo para que no afecte tu sueño. Hay personas que pueden beber varias tazas de infusiones o gaseosas antes de dormir y no se ven afectados, mientras que a otros los estimula tan sólo una taza.
  • Haz un poco de ruido: Utiliza música de fondo o un CD que te tranquilice. Una alternativa más simple es sintonizar la radio. Ese sonido ambiente te ayudará a cubrir esos ruidos desagradables que pueden surgir. Los ventiladores pueden generar un zumbido constante que a veces hacen el sueño agradable.
  • Reduce tu ansiedad antes de ir a dormir: Voltea los relojes con luz para evitar que lo estés mirando. Evita comer tres horas antes de ir a dormir (acá no estoy tan de acuerdo con Michael, siendo que si tenemos las benditas 8 horas de sueño, estaríamos medio día sin alimentarnos…). Alcohol, tabaco y cafeína provocan ansiedad; evítalos.
  • Y se hizo la oscuridad: Cubre tus ventanas. Considera pantallas negras o cortinas gruesas, que también ayudan a reducir ruidos. No olvides usar clips para las cortinas para asegurar que se cierren los extremos y no entre un rayo de luz que te moleste.
  • Prepárate para dormir: Relájate antes de acostarte. El estrés no sólo afecta de día, también causa estragos en el sueño. Desarrolla algún tipo de ritual pre-sueño como leer, estiramientos, un baño caliente para romper la conexión del día estresado con la hora de dormir. No tomes más de 10 minutos.
  • Acomoda tu cabeza: Compra una nueva almohada. Si cada noche ya truena o la doblas a la mitad para que sea más confortable, definitivamente necesitas cambiarla. Si está sucia, manchada, rasgada o huele mal, también es necesario renovarla.
  • Crea tu ambiente: No consideres luz intensa en tu dormitorio. Mejor tenue cerca de la cama o agrega reguladores de voltaje a tus interruptores para crear un ambiente cálido unas horas antes de dormir.
  • Evalúa tu colchón: Prueba si sigue siendo cómodo. Si no lo has rotado (volteando la cabecera a los pies) en un año, hazlo ahora. Si tiene siete años, entonces es tiempo de comprar uno nuevo.

Después de seis meses de entrenamiento (y de toda una vida durmiendo así) no creo estar descansando “mal”, pero estar en contra de los estudios en deportistas no deja de preocuparme. Recordemos el belga que este año completó las 365 maratones en 365 días. Cada noche dormía 14 horas. Seguramente algo tuvo que ver con que pudiese realizar semejante hazaña, ¿no?

Semana 27: Día 186: Luchar contra la monotonía

“Mejor malo conocido que bueno por conocer” es una máxima que he defendido en el pasado. A veces conocer el camino puede jugar a tu favor. Pero otras no. La mente necesita estímulos, el desgaste físico puede ser contrarrestado por la motivación, y ocurre que en ciertas ocasiones la monotonía te tira para abajo.

Entrenamiento pre-Merrel Tandil. Hoy sábado, como todos los fines de semana en los que corremos con los Puma Runners, hicimos un día fuerte. Consistió en hacer una distancia moderada, unos 15 km, pero con 40 cuestas. Sí, leyó bien. Cuarenta. Recordemos, este ejercicio tiene como objetivo simular las subidas y bajadas de las sierras tandilenses, además de que permite fortalecer las piernas y aumentar su potencia. El tema era que teníamos que repartir 20 en una calle y el resto en otra. Me quejé. Claro, cómo no me iba a quejar. Refunfuñé. Pedí abritraje internacional. Llamé al ombudsman. Mis compañeros malinterpretaron mi reclamo, creían que no quería hacer todas esas cuestas. Pues no, lo que en realidad reclamaba era repartirlas en más calles.

Los entrenamientos pueden simular ciertas condiciones de una carrera, pero jamás las van a igualar. Por más que corramos en la arena si nos preparamos para Pinamar, o tomemos una subida para las sierras. La hora de la verdad se juega el día de la competencia, donde hay poco lugar para la monotonía. No conozco una carrera donde tengamos que correr por una calle, dar la vuelta, volver a cruzarla, y así varias veces. Como estamos grandes, me permitieron buscar caminos alternativos, siempre y cuando respete las 40 cuestas. Fue así como, para no abrirnos demasiado del circuito, agregamos una calle más. Que, dicho sea de paso, nos llevó por la puerta de la casa de Valeria Mazza y de Corach (no, no viven juntos, sólo son vecinos). Al final hicimos 13 cuestas en una, 14 en la siguiente, y 13 en la restante. La perspectiva de hacer un esfuerzo físico grande y dividirlo en tres etapas lo hacía más tolerable.

Recuerdo cuando empecé a entrenar con los Puma Runners, hace casi tres años. Corríamos en ese entonces por los lagos de Palermo, antes de que mudaran la zona roja de Plaza Holanda a este lugar (lo cual no me parece algo malo, el tema es que la cantidad de vehículos que circulaban por esa tranquila parte de la ciudad aumentó un 1000%). En un momento, el sub-grupo de Palermo tenía sólo tres corredores, lo que obligó a fusionarlo con el de Zona Norte, que resultaba ser mucho más concurrido. Esto explica por qué me voy tres veces por semana de Palermo a Acassuso para entrenar, pero me estoy yendo por las ramas. Cuando empecé a correr por los lagos, me pareció fantástico. Había pasado de correr por mi cuenta por  las calles de Paternal a hacerlo entre árboles, junto a cisnes, sobre tierra. Era una delicia. “Ya te vas a embolar”, vaticinó mi prima Vero. Y la verdad es que recorrer siempre el mismo camino (un circuito de sólo 2 km) puede llegar a volverse tedioso.

Por suerte en Acassuso existe la posibilidad de variar mucho el recorrido y los ejercicios. Además, tener constantemente nuevos objetivos (como esa inminente Merrel) aumenta el interés. Pero bancarse repetir una rutina, una y otra y otra vez es todo un tema. Hay que buscarle la vuelta para que la cabeza no se nos rebele. Creo que con mi compañero Marcelo, al agregar una tercera calle, conseguimos hacerlo un poquito más interesante. Siendo que en Tandil vamos a cruzar siempre una sierra nueva, no estuvo de más intentar variar el terreno.

El lunes toca descanso (realmente hoy quedamos todos muy agotados). El miércoles será el último entreno, bastante light, y el domingo nos esperan los 27 km de la Merrel de Tandil. Realmente tengo muchas ganas de correrla. Supongo que mi entusiasmo pasa porque estas carreras, con etapas, variantes y un terreno absolutamente distinto al de la ciudad, son cualquier cosa menos monótonas.

Semana 27: Día 185: El origen de la motivación

Me han acusado en el pasado de ser inspirador de algunas personas. Hay quienes leen este blog y sienten que les toca alguna fibra, se identifican de algún modo, y eso les da un impulso para aplicar en su vida.

Todas las veces que me han dicho esto yo bajé la cabeza, o hice algún otro ademán de humildad, y agradecí cortésmente. Pero llegó el momento de la verdad. Ni loco me hago cargo de semejante peso.

Tengo una teoría sobre la motivación que me gustaría compartir. Porque veo tantas publicidades sobre productos milagrosos en los que uno se retuerce, o que sirven para untarse, o que te electrifican y te hacen temblar los músculos. Y todos sabemos que esas personas esbeltas que lo usan en las publicidades no lo necesitaban (¿entrenaron gente durante meses para que veamos el resultado? ¿O hicieron un casting en una agencia de modelos publicitarios, la semana anterior?). Pero muchos nos sumamos a esa mentirita y nos imaginamos que eso que nos quieren vender podría funcionar. ¿Somos tan moldeables, que una publicidad falsa, repetitiva, que nos obliga a llamar ya, nos vende cualquier cosa? No. Lo que ahí ocurre es que ya existía una semilla que necesitaba germinar. La motivación es algo más bien interno, que busca aferrarse a algo que le dé sustento, seguridad. Nosotros somos nuestros principales motivadores. Sólo necesitamos un discurso que nos auto-convenza.

Voy a ponerme a mi de ejemplo. Este blog tiene múltiples influencias. Por un lado, el blog diario que inspiró la película Julie & Julia, en la que una cocinera amateur decidía cocinar una receta por día, tomado del libro de la chef televisiva Julia Child. También estaba el experimento de mi amigo Andrés Accorsi, titulado 365 comics por año, en el cual, desde el 1ro de enero al 31 de diciembre de 2010, reseñaba una historieta diaria. Eso respecto a bloguear y hacerlo cada día. Después tenemos la cuestión física, donde la inspiración vino de muchos compañeros míos de los Puma Runners, como también la de incontables casos de celebridades que, con un contrato bajo el brazo, pasaban a tener un físico formidable en cuestión de meses. Mi sensación era “claro, si a mi me pagaran para ir al gimnasio todos los días, seguro tendría una musculatura como esa” (mientras miraba a Tobey Maguire con envidia). Un día, empecé con Semana 52, y acá estoy.

¿Tengo que salir a agradecer a Julie Powell, Andrés Accorsi y Tobey Maguire? No creo, uno podrá inspirarse o motivarse con lo que hacen otras personas, pero eso no nos allana automáticamente el camino. Todo requiere esfuerzo, y nace de adentro. Por eso cuando me dicen que los motivo a correr o hacer deporte me da una vergüenza tremenda. Ser excusa de algo así es muy agradable, no lo niego, pero el mérito está en quien decide dejar de desear y ponerse a accionar. He intentado “obligar” a otras personas a hacer cosas, sin ningún éxito. Las decisiones son muy personales, y sólo cuando hacemos “click” es que podemos producir un cambio en nuestra vida. Uno puede mostrar un eventual desarrollo, un “qué pasaría si yo hago lo mismo”, pero con eso sólo no alcanza.

Soy una persona muy psicoanalizada (10 años, hasta que me di el alta, días antes de empezar Semana 52). Y hablábamos mucho con mi psicóloga del deseo en contraposición a la acción. Qué distintas eran las cosas cuando “quería” y cuando “hacía”. Obviamente la segunda daba muchas más satisfacciones, mientras que contentarse únicamente con desear me llevaba derechito a la frustración. Creo que todos quienes se sienten motivados leyendo un blog, sólo alimentan algo que ya está en su interior. El “quiero” ya estaba, sólo que toman fuerza para transformarlo en acción.

Semana 27: Día 184: Placeres post entrenamiento

Durante estos seis meses (más algunos días) hemos filosofado acerca de entrenar, sus pormenores, y otros temas periféricos. Hemos hablado de la preparación previa, de la importancia del descanso, y de una nutrición e hidratación responsable. Así y todo, no creo que le haya dedicado muchas líneas a lo que viene cuando el entrenamiento termina.

Ya sabemos que después de hacer actividad física llegamos a un punto motivacional muy alto. Las endorfinas nos acercan un poco a la felicidad y al sentimiento de realización máximo. Estamos transpirados, cansados, quizá un poquito doloridos, pero contentos. Mi marca registrada, cuando termino de correr, es comerme un turrón o una manzana verde. En ese momento, en que el cuerpo necesita alimento, nada me sabe más exquisito. Dicen que, dentro de la siguiente media hora de entrenar, necesitamos reponer hidratos de carbono. Lo mismo para el gimnasio, tenemos que ingerir proteína para favorecer el crecimiento muscular. En el caso del running, me cansé de jugar a la lotería con las manzanas rojas, que si son arenosa, si están secas… la variante verde ha demostrado ser más constante. Siempre jugosa.

Comer algo después de entrenar es importantísimo, y con el cansancio que acarreamos, se convierte además en algo muy placentero. Me cambio mi remera transpirada por una limpia, y mientras mastico mi manzana verde, es el momento en que tomo conciencia de que estuve un buen rato separado del maldito celular. Durante 22 horas al día estoy pendiente de él, y ha llegado a convertirse en un elemento demasiado imprescindible. Algunas veces, cuando termino el entrenamiento, veo alguna llamada perdida o mensaje de texto (generalmente empiezan con “Disculpame, sé que estás entrenando, pero…”). Por dos horas logré desprenderme de él. Es un buen momento para atender reclamos y resolver problemas, ya que uno está relajado, la cabeza está despejada, y las cosas dejan de sobredimensionarse para tomar su verdadera importancia.

Lo que más me da placer actualmente es una ducha caliente después del gimnasio. Reconozco que he despotricado contra esta institución recientemente. Pero cuando entro al vestuario, cansado y transpirado, me saco la ropa mojada y me pongo bajo la tibia lluvia… no se me ocurre algo más agradable que eso. Son 10 minutos de paz absoluta. Yo soy hombre, y como tal me diferencio de las mujeres en que me cuido menos: he llegado a lavarme la cabeza con jabón, tapo el olor a transpiración con desodorante, y puedo usar el mismo par de medias durante varios días. También soy defensor de esa mugrosa teoría que dice que bañarse todos los días no hace bien, ya que elimina una película grasosa de la piel que sirve de barrera contra bacterias y algunas enfermedades. Jamás lo comprobé, pero viví mucho tiempo defendiendo ese lema, contra novias que me acusaban de ser un roñoso. El gimnasio me ha devuelto el placer de una ducha, cosa que en mi hogar no he conseguido (el problema, quizás, radique en que en mi departamento hay dos temperaturas para bañarte, “helado” o “hirviendo”).

En Pinamar, las últimas veces que nos hospedamos para correr una Merrel, también hemos aprovechado una pileta climatizada para relajar los músculos post-carrera. Otro de los pequeños placeres de la vida. Y después de la maratón, mi amiga Lau me obsequió un masaje en los pies que me depositó en un maravilloso y profundo sueño.

Quizá uno esté física y mentalmente favorecido para disfrutar del relax luego de hacer actividad física intensa. Me imagino que muchos tendrán otros rituales, pero creo que esas cositas que hacemos después de entrenar y que nos dan felicidad, nos sirven como motivación. Más de una vez me he apurado a terminar una rutina de abdominales, sin quejarme, porque tenía mi verde manzana esperándome.

Semana 27: Día 183: Comer, el nuevo desafío

Hoy es, oficialmente, el primer día del segundo semestre de Semana 52. Dicho así suena confuso, ¿no? Pero creo que se entiende, estoy empezando la última mitad de este proyecto. Cada día que pasa es uno más cerca al objetivo.

Y hablando de eso, tengo una nueva meta, que es comer más, sobre todo hidratos y proteínas, para ganar más masa muscular. Suena fácil, ¿no? Bueno, está resultando más difícil de lo que imaginaba…

Algo que me gustó de esta nueva dieta es que casi no pasaba hambre. Seis comidas diarias es suficiente para estar constantemente alimentado. Esta nueva rutina me ayudó a bajar de peso muy rápido, ya que mi cuerpo no tenía la necesidad de almacenar grasas. Uno suele sufrir el “síndrome del camello” cuando hace un régimen. Generalmente nos regimos por el falso concepto de que para adelgazar tenemos que dejar de comer, y no es así. Podemos tener la convicción de perder grasa, pero nuestro cuerpo se va a rebelar y va a aumentar las reservas adiposas, “por las dudas”. Por eso todas esas dietas que recibimos en cadenas de mail terminan con un efecto rebote. En estos casos se aplica un axioma distinto al que solemos escuchar: todo lo que baja, tiende a subir.

Si ven las fotos del progreso, los cambios quincenales son más notorios al principio. Ahora me siento en una meseta, la de la delgadez. Probablemente si dejara de correr y me concentrara en el gimnasio, aumentaría mi masa muscular, porque el running de fondo puede llegar a quemar músculo. En los últimos tiempos empecé a sentir ansiedad más frecuentemente, y llegaba a las comidas con más hambre que de costumbre. Sé que estoy desarrollando más velocidad y resistencia, así que la conclusión fue que era hora de aumentar la cantidad de comida. Si en un almuerzo me tocaban dos milanesas de soja, ahora tenían que ser tres. En lugar de una taza de cereales, una y media. Más queso. Más leche (porque el señorito no quiere comer carne). Y no sé si soy un bicho de costumbres, pero estos cambios me están siendo muy complicados de lograr. Después de comer un poderoso desayuno, 50% más grande que el que venía comiendo, me sentía demasiado lleno. Me cuesta comer más cantidad, porque sencillamente no siento la necesidad.

El tema de la anorexia, como lo comenté alguna vez, es algo que me preocupa. Y como buen paranoico obsesivo que soy, si no como lo que “supuestamente” tengo que comer, ya me empiezo a preocupar. Es difícil de explicar, porque por un lado quiero aumentar la masa muscular, pero por el otro no quiero subir la grasa. Entonces no sé bien cómo manejarlo. Hasta ahora me funcionó hacerle caso a mi entrenador y a mi nutricionista, y es lo que intento hacer. Ante la dificultad de comer más, el consejo fue hacerlo paulatinamente. Estoy intentando hacer desayunos más grande y acompañar las comidas con más queso, a ver si eso funciona. Ya veremos. Por ahora me da la impresión de que estoy aumentando de peso de a poco (según la balanza del gimnasio), y las líneas de las abdominales, que alguna vez empezaban a asomar, ahora parecieran estar retrocediendo.

La gran pregunta que me tengo que hacer es, ¿hasta cuándo voy a intentar tener un cuerpo con musculatura y además ser veloz y resistente en la carrera? La respuesta, obviamente, es hasta el último día de la Semana 52. Porque estoy buscando dos objetivos que son muy difíciles de congeniar. Si no me hubise impuesto esa meta de un año, estaría debatiéndome entre el running  el gimnasio, y muy probablemente los aparatos perderían. Estoy comprobando que ganar masa muscular es mucho más difícil que eliminar grasas. Nunca nada me funcionó mejor que las seis comidas diarias y el ejercicio periódico para bajar de peso. Y confieso que he intentado varias dietas mágicas en mi humillante pasado.

Quiero darle un buen ejemplo a los que por alguna extraña razón se sienten inspirados por este proyecto. Quizás algunas cosas las haya hecho parecer como “fáciles”. Ser vegetariano, corredor de fondo y querer aumentar la masa muscular es algo muy difícil. Pero voy a lograrlo, porque dije que era difícil, no imposible. Y si fuese algo sencillo, tampoco tendría mérito intentarlo, ¿no?

Para ver las fotos anteriores, no dejen de visitar la sección de Progreso.

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