Archivo del sitio

Semana 15: Día 105: Planificando un viaje

Día 105 de este blog, y el sexto desde que me lesioné la costilla. Me quedan 4 hasta volver a intentar correr, y en este momento me duele y bastante. No veo la hora de volver a la actividad física, ya me está desesperando querer entrenar y no poder.

Más allá de mi dolor intercostal, estoy planificando un viaje con los Puma Runners. Parece tarea sencilla, pero como cualquier cosa en la que tenés que coordinar algo con muchas personas, demuestra no ser algo sencillo. La idea es aprovechar una promoción de LAN y viajar a Lima, Perú, en la segunda quincena de junio. El tema es que en esa fecha es el Inti Killa Raymi 2011, la famosa Fiesta del Sol y la Luna. Nuestra idea es hacer el peregrinaje hacia Machu Picchu, el antiguo poblado inca, y coronar nuestra llegada con este festejo anual.

Quizá alguno se pregunte qué tiene que ver una “vacación” con un blog principalmente deportivo (aclaremos que no, no es exclusivamente de running, como podrán haber apreciado en el post que parecía sacado de la página de Blockbuster). Para llegar a Machu Picchu por el Camino Inca hay que hacer una caminata de 3 ó 4 días. Desde hace unos años se realizaron una serie de restricciones para proteger el ecosistema, por lo quqe hay un cupo de 500 visitantes al día. Es imprescindible contar con un permiso especial, que lo gestiona una agencia de viajes, además de que es necesario contratar a un guía. Desde 2004 ya no se puede hacer esta extensa caminata en forma independiente.

La zona tiene una gran variedad de climas y ecosistemas. Hay que superar varios pasos de gran altura, como el Huarmihuañusca (el mayor de todos), de 4200 metros de altitud. Generalmente el clima en la zona es templado, pero la mejor época para realizar el trekking es durante la estación seca, entre abril y octubre. Junio es el mes más frío, que es la época en la que estamos viajando, y agosto sería el ideal porque hace un tiempo más templado y estable. De noviembre a marzo es la temporada de lluvias, y el camino se hace más resbaladizo y peligroso.

Es imprescindible aclimatar el cuerpo algunos días antes de hacer el Camino Inca, para habituarnos a la altitud. Ya andar a paso normal prueba ser mucho más agotador si no estamos acostumbrados, lo que hace de esta “vacación” un verdadero desafío. Hace falta estar correctamente equipado con un buen calzado, bastones o palos, ropa de abrigo, protector solar y agua mineral, ya que no se recomienda tomar de la de montaña. Hay quienes recomiendan purificar la que podamos encontrar allí con pastillas de yodo u otras técnicas, ya que si hacemos el trayecto en cuatro días, necesitaríamos arrancar cargando 8 litros de bebida por persona, además del equipamiento.

Para los que no conocemos Machu Picchu (“montaña vieja” en quechua), esta experiencia nos llena de ilusión. Es una de las nuevas Maravillas del Mundo, además de un patrimonio de la humanidad, según la UNESCO, y llegar hasta ahí requiere algo de destreza física. Por eso nuestro entusiasmo, además de que sirve para reforzar los lazos del grupo. Si no fuese por esta promoción para volar a Lima más barato (que termina mientras escribo estas líneas) probablemente nos hubiésemos dormido con el tema de las fechas. Un error común, ya que los cupos de acceso son limitados. Por esto es que me ven hablando del tema, estuve toda la semana relevando información, y hoy estamos comprando los pasajes. Para el viaje falta (¡7 meses!), pero cuando estás lesionado, todo lo que te queda es planificar el futuro inmediato, mientras te ilusionás todas las cosas que vas a conquistar una vez te recuperes…

Semana 15: Día 104: Depender de uno mismo

Esto ya se ha dicho. Uno puede entrenar en equipo, apoyarse en el compañero y recibir ayuda, pero la realidad es una: No podemos depender de nadie más que de nosotros mismos.

Pido disculpas si no puedo dejar de mencionar mi situación actual, pero como algunos ya habrán leído, un golpe me provocó una neuralgia (inflamación de los nervios) en la zona de las costillas. Hasta la tarea más sencilla como agarrar un paquete de la parte de arriba de la alacena, o subir y bajar de un auto, me causa una desagradable punzada de dolor. Y me recuerda constantemente que, mientras esté así, me tengo que aguantar.

Sigo yendo a los entrenamientos, para no perder la costumbre y porque me gusta mantenerme en contacto con mis amigos del grupo. Ahora tengo la opción de verlos correr, llegar cansados y transpirados (y, en silencio, los envidio sanamente). De ese análisis fui notando que, cada uno, se la banca solo. No existe la opción de pedir ayuda en un entrenamiento. O sea, puedo decirle a alguien si me alcanza ese paquete que está alto en la cocina, pero no puedo pretender que un amigo haga 10 cuestas con una progresión final de 200 metros por mí.

Me gusta el método con el que Germán nos entrena. No vamos todos haciendo lo mismo, al unísono, sino que nos dividimos por niveles y objetivos. Somos un grupo, compartimos momentos, organizamos cosas, pero el progreso es personal, de cada uno. Un compañero te puede dar aliento y contagiar entusiasmo, pero los resultados del entrenamiento son pura y exclusivamente por mérito propio. Ya sea por influencia externa o motivación personal, logramos valernos por nosotros mismos y aguantar hasta la meta. Puede que no lleguemos enteros. Incluso existe la posibilidad de que nos sintamos obligados a terminar caminando. Pero va a ser parte de nuestro proceso personal.

A veces me da un poco de culpa cuando me abro del grupo en una carrera. Espero que ellos entiendan que no es una cuestión de querer ser competitivo. Por supuesto que hay algo de ego metido, siempre. Pero me interesa mi propio crecimiento. Hay pocas cosas en la vida para las que me siento medianamente capacitado, y correr se ha convertido en una de ellas (las otras son memorizar frases de las primeras 10 temporadas de Los Simpson, hacer una grulla en origami y usar el lanzamisiles en el Wolfenstein ET).

Voy a dar rienda suelta a un prejuicio, y asumir que el corredor que no depende de nadie es el que no abandona. Es más, es probable que el deportista que tenga constancia y no afloje, si no tenía confianza en sí mismo la va a terminar adquiriendo. Es uno de los resultados de dedicarse al running durante mucho tiempo; entrenes como lo hagas, el mérito es propio, los frutos de tu esfuerzo no los podés compartir porque te pertenecen, tienen consecuencias en tu propio cuerpo y mente. Ojo, no estoy negando que la gente ayuda y muchísimo, pero como dije antes, nadie puede correr en tu lugar.

No depender del otro, aunque pueda parecer que es algo egocéntrico o narcisista, en realidad es algo absolutamente sano. Estar bien con nosotros mismos nos ayuda a estar bien con los demás. Si entendemos que la vida (el deporte, el trabajo, las relaciones sentimentales) requiere que uno se haga responsable, lograremos dejar de ponerle la responsabilidad de nuestros actos al que tenemos al lado. De ese modo evitamos roces, y nos podemos dedicar a disfrutar de la compañía de quienes nos rodean. Depender de uno mismo es, a la vez, permitirnos estar en armonía con quienes nos rodean.

Semana 15: Día 103: Buenas películas de corredores

Es un domingo lluvioso. No sólo eso, sino que el sábado también llovió, y muchísimo. O sea que está todo inundado, embarrado, y la motivación para correr está en -10. Para colmo de males, te chocaste con otro jugador el miércoles anterior mientras jugabas a la pelota, y sufriste una neuralgia intercostal (inflamación de los nervios en la zona de las costillas), que te tiene parado por una semana más. Entonces, ¿qué hacer?

En lo personal, me encanta ver películas. Tengo días en que prefiero las comedias, otros la ciencia ficción, y a veces hasta disfruto de una de zombies o de animación. Siempre pensé que un blog sobre entrenamiento podía, además, dar lugar a hablar alguna vez de cine, pero temía que quedara forzado. Ahora me parece una buena oportunidad.

Carrozas de fuego (1981)
Está basada en la historia real de los atletas británicos que iban a competir en los Juegos Olímpicos de París 1924. La película fue nominada a siete Premios de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood, y ganó cuatro, incluyendo el Oscar a la Mejor Película.

El film narra las proezas de Harold Abrahams (Ben Cross) y Eric Liddell (Ian Charleson), ganadores de las medallas de oro en 100 y 400 metros. Mientras que uno es un cristiano evangélico de Escocia, querido y admirado, el otro es un judío rechazado por la sociedad, con un gran complejo de inferioridad. Ambos integran el equipo nacional británico, y deberán superar los prejuicios sociales y religiosos (Liddell, por ejemplo, se pierde participar en la competencia de los 100 metros porque el judaísmo le prohibe correr los domingos). La película, además, es una reivindicación del compañerismo y del trabajo en equipo.

Pero seguro que lo más memorable del film es la banda sonora de Vangelis Papathanassiou. La escena inicial de Carrozas de Fuego es increíblemente motivadora, y está correctamente ambientada con una maravillosa música, que le  valió uno de sus cuatro Oscars. Cuando escucho ese tema me dan ganas de salir corriendo, descalzo, en una playa gris y nubosa. Originalmente la apertura iba a ser otro tema de Vangelis, L’enfant, de su álbum Opera Sauvage (1979), también muy acorde a la escena (si la escuchan, probablemente les suene). Después de filmar el icónico trote en la playa, el compositor convenció al director Hugh Hudson de componer un tema nuevo, especialmente para la película.

Trivia: Fue producida por Dodi Al Fayed, el novio de Lady Di (ambos tuvieron aquel trágico accidente en París, mientras escapaban de los paparazzis). Él y los otros productores tuvieron la astuta idea de agregar insultos al guión, para cambiar la calificación y que el público no pensara que se trataba de una película para chicos.

Corre, Lola, Corre (1998)
Sólo podrías soportarla si te gusta la música electrónica. La película empieza cuando Lola (Franka Potente) recibe un llamado telefónico de su desesperado novio Manni (Moritz Bleibtreu). Él acaba de perder 100 mil marcos (unos 55 mil dólares) en el subte, y a menos que lo recupere en 20 minutos, su jefe lo va a matar (literalmente). La única alternativa que se le ocurre es robar un supermercado a una cuadra, con el riesgo que trae improvisar algo así. Lola le pide que la espere, y sale corriendo frenéticamente de su departamento.

Esta cinta alemana es un maravilloso ejemplo de ritmo y edición. Es bastante corta, dura 81 minutos, pero pasan tantas cosas que no se nota. La particularidad, además de esa constante música rítmica que acompaña esta carrera contra el tiempo, es su “Efecto Mariposa”. Las acciones (y a veces el azar) tienen consecuencias que lo cambian todo. El problema de Manni se da porque Lola tenía que ir a buscarlo en moto, pero se la habían robado y por eso él tiene que tomar el subte. Si esto no hubiese pasado, no se hubiese olvidado la bolsa con el dinero. Pero eso no es todo: la historia termina mal, con Manni muriendo. Es entonces que la película vuelve a empezar, desde el llamado telefónico, y vuelta a la frenética carrera de Lola. Se van sucediendo cambios muy pequeños en la trama, que terminan desencadenando otro final, y otra vuelta a empezar, siempre con alguna diferencia sutil y significativa.

Trivia: La actriz Franka Potente tuvo prohibido lavarse el pelo durante las 5 semanas que tomó el rodaje. Su característico rojo podría haber ido cambiando de tonalidad entre las distintas escenas, y hubiese generado problemas de continuidad.

Las aventuras del barón Munchausen (1988)
Esta es sin dudas mi película favorita de Terry Gilliam. Karl Friedrich Hieronymus fue un barón alemán que sirvió en el ejército ruso hasta 1750, tomando parte en dos campañas militares contra los turcos. Al volver a casa contó sus increíbles historias, que incluían montar una bala de cañón y viajar a la Luna. Estos relatos sirvieron de inspiración a Rudolf Erich Raspe para crear al personaje literario del Barón Munchausen, cuyas aventuras son las que adapta este film.

Recibió varias nominaciones al Oscar, pero sólo en rubros técnicos. Resultó además un fracaso en la taquilla, ya que tuvo una distribución limitada por parte de Columbia Pictures, a quien pareció no gustarle demasiado este proyecto. Sin embargo, con el correr de los años se ha convertido en un film de culto. Si me disculpan, no quisiera detenerme en el carismático personaje del Barón Munchausen (John Neville), sino en el de Berthold, que interpreta el ex-Monthy Pyton, Eric Idle. Este compañero de aventuras es el corredo más rápido del mundo. Camina siempre con una bola de acero en el pie, como el que vimos que usan los presos en incontables dibujos animados. Esto es para detener su paso, porque apenas comienza a acelerar, su velocidad hace saltar las baldosas del suelo.

Eric Idle como el veloz Berthold.

De chico era muy, muy fanático de los superhéroes, y el personaje de Berthold se me hacía un prototipo de Flash, un precursor del héroe enmascarado con maravillosos poderes de velocidad. Entre sus otros compañeros (el forzudo, el de la increíble vista, el del oído agudo) no había ninguno con una habilidad más alucinante que la de él.

Trivia: Esta película se pasó de presupuesto, y un cambio gerencial en Columbia obligó a apurar los tiempos para sacársela de encima. Acerca de esto, Eric Idle dijo “Hasta Munchausen, siempre fui muy astuto hacia los films de Terry Gilliam: nunca participes en ellos. Andá y miralos pero por favor… estar en ellos, ¡¡¡es una #@$% locura!!!”.

Corre, gordo, corre (2007)
De todas las que cito en este post, esta debe ser mi favorita. Es la historia de Dennis Doyle (Simon Pegg), un perdedor que trabaja como guardia de seguridad en un shopping. Estuvo a punto de casarse con Libby Odell (Thandie Newton), su novia embarazada, pero justo antes de la boda le dio un ataque de pánico y se escapó, corriendo desesperado y abandonándola al pie del altar.

En el presente, ambos comparten la custodia de su hijo de 5 años, y ella está en pareja con Whit (Hank Azaria), un exitoso maratonista que le propone casamiento. El deseo de reconquistarla y la rivalidad que siente hacia este nuevo hombre hace que Dennis decida también correr. Claro que está completamente fuera de estado, por lo que la tarea de participar en la inminente Nike River Marathon, en Londres, prueba ser algo prácticamente imposible.

La película es muy divertida (Simon Pegg es uno de mis comediantes favoritos), y es un reflejo muy realista del mundo del running. Gracias a esta historia conocí lo que era “tocar el muro” en una carrera, pero me pareció algo tan inverosímil que estaba convencido de que lo habían inventado. Quizá el tiempo de preparación de Dennis es una locura, ya que de no poder correr más de 100 metros pasa a intentar competir por los 42 km. Pero es sólo una muestra de que, para enfrentar cualquier desafío, no sólo hace falta estado físico, sino determinación. Algo que él tiene de sobra.

Se la recomiendo a cualquier corredor de todos los niveles, ya que probablemente encuentren algo con lo que se sientan identificados. Como si fuera poco, es una película muy divertida. La crítica especializada pudo no coincidir conmigo, pero me encantaría no haberla visto y tener la oportunidad de disfrutarla en un día gris como hoy, por primera vez.

Trivia: El director, David Schwimmer, es más conocido por haber interpretado a Ross en la serie Friends. Su idea era que los personajes corriesen la Maratón de Londres, pero como no pudieron conseguir los derechos, Nike aprovechó la oportunidad para auspiciar esta carrera ficticia.

Forrest Gump (1994)
Es, probablemente, LA película de corredores. Está basada en la novela de Winston Groom, acerca de un hombre simple pero visto como retrasado (Tom Hanks), con una nobleza y un temple que lo hacen tener una vida asombrosa.

La historia comienza con Forrest esperando en el banco de una parada de autobus (como le llaman los norteamericanos a los colectivos). A cada persona que se sienta a su lado le comparte fragmentos de su pasado. Siempre está presente Jenny (Robin Wright), su eterna novia, quien acuñó la frase “¡Corre, Forrest, corre!”, cuando un grupo de bandidos empieza a molestarlo. Esta es la primera vez que el niño empieza a correr, y su velocidad es asombrosa. Gracias a esta habilidad consigue ingresar en el equipo de fútbol americano, y más tarde, llega a cruzar los Estados Unidos de punta a punta, simplemente corriendo con las zapatillas que Jenny le regaló.

El film está ambientado principalmente en las décadas que van desde el ’60 al ’80, en las que Forrest es testigo de la segregación racial en Alabama, se enlista en el ejército y termina en Vietnam, juega al tenis de mesa para los Estados Unidos, y funda una compañía camaronera multimillonaria. Su mayor hazaña -además de ser constantemente rechazado por Jenny- es cuando, en un momento de profunda tristeza, decide “simplemente correr”. Así es que llega hasta una costa del país, da media vuelta, y retoma hacia el otro lado. En el camino lo sigue muchísima gente maravillada por su aguante, y lo toman como una especie de guía espiritual. Pero él corre por algo muy personal que no puede explicar. Finalmente, un día decide que se cansó, y vuelve a su casa, para decepción de sus seguidores, que no logran sacarle ninguna reflexión. Obviamente este no es el final de la película, pero es la parte que me resulta más relevante para este blog.

Trivia: Los efectos especiales fueron muy revolucionarios. Se insertó a Tom Hanks en escenas de archivo, con un resultado bastante fiel. Esto acuñó un término técnico: cuando se coloca a un actor en un ambiente en el que no estaba originalmente, se dice que lo “Forrest Gumpearon” (Forrest Gumped in). El film adapta muy libremente a la novela, cuya historia es bastante diferente. Groom escribió una secuela, llamada Gump & Co., en la que Forrest tiene que lidiar con la fama que le trajo la película dirigida por Robert Zemekis.

Semana 15: Día 102: Soñar con correr

Los zombies odian a la comida rápida

¿Alguna vez soñaste que corrías?

Hoy fui al entrenamiento de los Puma Runners. Como comentaba ayer, una neuralgia intercostal (nombre científico para “doloroso golpe en las costillas”) me impide correr por 10 días. Y ver entrenar a mis compañeros me causó una nostalgia tremenda (¡la última vez que hice running fue el lunes!). Volver a correr no está tan lejos para mi, pero al estar parado también en el gimnasio, necesito ocupar la cabeza en algo y seguir manteniendo a este blog activo.

Por esto es que me puse a pensar en la actividad de correr cuando no es acción. Cuando es signo de otra cosa.

Yo he soñado muchísimas veces que corría. Pero jamás de los jamases soñé que participaba de una carrera. Sólo una vez me pasó, la noche anterior a competir en la Merrel de Pinamar. Estaba lesionado de la rodilla y en mi sueño llegaba a la meta, habiendo vencido al dolor. Lloraba desconsolado. Pero esa escena no era la carrera en sí, sino mi arribo. En ningún momento del sueño yo corría. Digamos que soñé el final.

Generalmente las veces que soñé con correr fue cuando escapaba de alguien, como cuando era chico y huía de algún monstruo. Una vez estaba con otros chicos y quien nos perseguía era el Alien, de la película con Sigourney Weaver. Cabe aclarar que la actividad de correr la disfruto desde hace pocos años, antes era una imposición, o un mecanismo de defensa (rajar). Así que ahí estaba yo, poniendo distancia ante vampiros, zombies o asesinos con ametralladoras. Los sueños tienen situaciones absurdas, pero mientras estás inmerso en él, todo tiene lógica. Por ejemplo, las veces que me alcanzaban las balas o me mataban, yo me quedaba quietito en el suelo, aguantando la respiración… porque se suponía que estaba muerto. Era como si fuese un juego, y yo tenía que cumplir mi papel.

Ya de adolescente (etapa de mi vida que me duró hasta los 29 años) correr no significó sólo escapar, sino también perseguir. En un sueño, todas las chicas que me gustaban en ese momento se subían a un auto y arrancaban. Yo las corría detrás, y con cada paso que daba ellas aceleraban, hasta que las perdí de vista. Sí, lo charlé en terapia. “El que persigue aquello que no puede alcanzar” me describía en ese entonces (y quizá me describa un poco ahora).

Los sueños son manifestaciones del subconsciente, y aunque soñamos todas las veces que dormimos profundamente, no siempre lo recordamos. Es más, a veces nos despertamos, tenemos toda la historia fresca, y con el correr de los días se desdibuja y terminamos olvidándola. Es frustrante, porque a veces tenemos un sueño muy interesante y vívido que no queremos que se escape. Por eso algunas veces me desperté a la mañana y fui corriendo a anotarlo. Salieron algunos cuentos muy interesantes. Como esas historias las terminaba olvidando, generalmente las releía y tenía una sensación muy extraña, porque no me reconocía a mi escribiendo eso.

Hace unos años soñé con correr, y fue una historia muy jugosa para mi terapia (mi psicóloga se frotaba las manos). Llegué a redactarlo, y al releerlo lo voy recordando, como si fuese una película que vi hace mucho tiempo. Como en muchos sueños, soy el protagonista de la historia pero veo todo desde afuera, como si además fuese un espectador:

Camino nervioso. Bajo el brazo llevo un bulto; algo envuelto en un mantel blanco. Apuro el paso, disimulado entre la gente, mirando en todas direcciones. Algunas personas entre la multitud notan mi presencia, y empiezan a seguirme.
Acelero. Corro, cada vez más rápido. Ellos también.
Finalmente todo el pueblo me cerca. No tengo a dónde ir. Uno de anteojos me toma del brazo, me saca el bulto y desenvuelve una corona dorada con diamantes incrustados. Estoy paralizado. El hombre me pone la corona. “Su majestad, usted no puede huir”. Bajo la cabeza, en un contagioso gesto de desamparo.

Qué pánico le tenía a las responsabilidades…

Hay muchas interpretaciones para soñar con correr, tantas como seres humanos hay en este planeta. Pero muchos insisten en darle a todo la misma explicación. En su gran mayoría son paparruchadas. Cada persona es un mundo, y asumir que las construcciones que hacemos en nuestro subconsciente son siempre las mismas, equivaldría a asumir que a todos nos pasan las mismas cosas y que las interpretamos de la misma forma. No es así. Hay quienes afirman que cuando uno sueña que corre con mucha gente, es que los negocios marchan bien, o que lo van a invitar a una fiesta (lo juro, lo saqué de acá).

Uno puede creer o no en esas cosas. Yo elijo que no. Mis sueños son personales, muy propios de mi, y no sirven para explicar qué le pasa a otra persona, para adivinar el futuro, ni para ganar en la Quiniela.

Semana 15: Día 101: Esa maldita costilla

Como todos los reality shows, Semana 52 cuenta con un equipo de guionistas que intenta generar nuevos conflictos y mantener el interés de los espectadores. Al llegar a la marca de los 100 programas (con un episodio muy pobre, un balance en el que pasaba poco y nada), fueron convocados por la producción para definir cómo encaraban la nueva temporada.

Señores – puso orden el productor ejecutivo –, necesitamos emoción, punch… Vamos, brainstorming de ideas.
Podemos desarrollar lo de la lesión de la rodilla derecha… – propuso el guionista más joven – Ese es el peor miedo de todos los corredores.
No, está muy visto – retrucó el productor.
Además el mismo día que emitimos el episodio 100, le empezó a doler cada vez menos – complementó uno de los experimentados escritores. – Yo diría de salirnos un poco de la tangente. Un hermano gemelo perdido, multimillonario, que vuelve, y deciden cambiar de lugar.
¿Y eso no está muy visto? – dijo, ofendido, el otro guionista.
A ver, dejémonos de tonterías… – sentenció el productor, poniendo orden. – Necesitamos algo inesperado, algo fresco.
¡Tengo una idea! – dijo el joven escritor, acompañando con un golpe de puño a la mesa, y volcando su café. – En el episodio 100 contamos sobre su viaje al Tigre, y cómo en un partido de fútbol mixto le dolió la rodilla… Pero, y acá síganme, por favor… qué pasa si… – hizo una pausa dramática, mientras se secaba los pantalones manchados de café con una servilleta – ¿Qué pasa si en ese partido se hizo otra lesión que no anticipó?
¿Cómo es eso? – dijo el productor, interesado. El guionista veterano se acomodó en su silla y empezó a prestar más atención.
Muy sencillo – contestó -. En ese partido chocó contra otro jugador… el Ogro, ¿no? Podemos lastimarlo en las costillas. Ese tipo de lesiones tienen un pico 48 horas después del impacto, por lo que en un principio será sólo un golpe más, y seguirá con su vida. Es más, se preocupó por su rodilla, sin saber que en las sombras otro peligro lo acechaba…
Es… perfecto… – dijo el productor, emocionado al punto de las lágrimas.
Y mientras se recupera, intercambia lugares con su hermano gemelo multimillonario, con el que se separaron al nacer… – dijo el otro escritor, absolutamente ignorado por el resto.
¿Para cuándo tenemos el guión? – indagó el productor.
Está terminado… está todo aquí – contestó, y se señaló al costado de la sien.
Bueno, conectate el cerebro a la impresora que necesito ese guión ya mismo. Empezamos a filmar a las 7 AM…

El episodio 101 comienza con Martín Casanova llegando al gimnasio. Llega con su rodillera, inocente, creyendo que es el mayor de sus problemas. Siente un pequeño dolorcito en el costado, que se suma a todas las molestias que uno tiene cuando, literalmente, se muele a golpes en un día al aire libre. Con la rodillera duele menos subir las escaleras hasta el vestuario. Se cambia, deja la mochila con el encargado y sube hasta la segunda planta, donde está la zona de musculación. Acomoda en el banco de pecho plano un disco de 10 kg de cada lado (el peso que levanta siempre), se acomoda, y baja la barra hasta que toca sus pectorales. La levanta una vez, todo bien. La segunda vez, ningún problema. La tercera le hace crack el hueso final. Una señal de alarma se enciende en su cerebro. El dolor se dispara. Termina la serie, consternado. Hace la nueva ronda de 12 repeticiones. Molesta un poco, pero es tolerable.

Pasa al banco de pecho inclinado. Carga 5 kg de cada lado, intentando ser cuidadoso con ese misterioso dolor, pero le resulta demasiado fácil. Carga más peso, pero sigue pareciéndole poco. Entonces se decide a levantar sus 10 kg habituales en 45 grados. Empieza la serie, y a medida que se suman las repeticiones, el dolor aumenta. Llega a 6 y se detiene. Orgulloso, piensa “voy a hacer las dos que me faltan”. Levanta una vez, con mucho esfuerzo. Baja hasta su pecho, y cuando se dispone a levantar la barra por última vez, la lesión se hace sentir. La costilla se enciende en llamas. Las extremidades no responden. Se queda petrificado, con la barra sostenida por sus temblorosos brazos en sus pectorales. Está atrapado. Un forzudo, sin esperar autorización ni pedido de auxilio, levanta ese peso muerto y le acomoda la pesa en la máquina. Se siente agradecido por el buen samaritano, pero abrumado por la humillación.

La molestia en la rodilla pasa a un segundo plano. Probablemente a un tercero o cuarto. El resto de los ejercicios del día se ven marcados por ese constante dolor en su costilla. Se las ingenia para hacer todas las rutinas, excepto por las abdominales en el estilo “bolita”, que le son absolutamente imposibles.

La molestia en el dorsal se mantiene, constante, el resto del día. Cuando hace un trote para cruzar la calle. Cuando va a su local e intenta levantar una caja. Cuando va al supermercado y tiene que cargar una bolsa de bananas. A la noche va al cine a ver Machete, y mientras Danny Trejo mutila personas, él está quieto, consciente de que ante el mínimo movimiento la costilla se hace sentir.

A las 7 AM del día siguiente va a la guardia. El traumatólogo escucha su historia, y le da tres panoramas, en orden ascendente de gravedad: neuralgia intercostal, fisura de costilla o fractura. Las tres se sienten prácticamente igual, en todos los casos hay que hacer reposo, y en lo único que varía es en el tiempo en que hay que descansar. Por su cabeza pasan todas las situaciones: tener que dejar de entrenar, de correr, retrasar los objetivos… se siente abatido, desmotivado. Saca fuerzas de donde no hay. “Tengo que pelearla”, piensa. Sea como sea hay que perseverar.

En la guardia le hacen dos placas. “No te hicieron la de costado”, se queja el traumatólogo. “Es temprano, y voy a intentar no enojarme… Menos mal que sos flaco y se ve todo” dice, mientras ilumina las radiografías desde atrás.

El diagnóstico: neuralgia intercostal. Es un golpe, y los nervios que hay por debajo de las costillas están encendidos como luces de un árbol de navidad.

El tratamiento: Nada de actividad física durante 10 días (ni siquiera natación). Además aplicar calor (escaparle a zonas frías, con aire acondicionado) y tomar un analgésico miorrelajante, dos o tres veces por día, hasta ver si el lunes el dolor disminuyó.

“¿Puedo correr, doctor?” pregunta él, inocentemente. “No te lo recomiendo. Cualquier movimiento del brazo te va a hacer doler. O sea, si tenés un torneo o necesitás sí o sí hacer actividad física, y el dolor está dentro de lo tolerable, hacelo. No te lo vas a empeorar. Pero para que deje de doler, no haría actividad física por lo menos toda la semana próxima, y evitaría levantar peso con el brazo derecho”.

El episodio termina con él en su casa, tomándose la medicación. Mira su billetera, vacía. Su resumen de cuenta bancaria dice 200 pesos. Se pregunta de dónde va a sacar algo para darse calor en la zona.

Mientras tanto, no muy lejos, su hermano gemelo está aburrido de su vida de multimillonario, y quiere saber qué es tener una vida austera y humilde…

Semana 15: Día 100: Es tiempo de hacer un balance

El número intimida un poco. 100 entradas ininterrumpidas en el blog, lo que quiere decir una centena de días de compromiso, de respetar una alimentación adecuada para la cantidad de ejercicio que estuve haciendo.

Creo que llegar a este número me hace confirmar que ya está, voy a llegar al día 364. Me cuesta imaginar si voy a lograr eso de postear absolutamente todos los días, pero me las voy a rebuscar, como hice hasta ahora.

Si tuviese que resumir en una sola cosa qué es lo que aprendí en estos cien días, sería que la clave para el progreso es la paciencia. También podemos llamarle perseverancia, como lo mencionaba en un post reciente. Es lo que ejercité todo este tiempo, una característica que rara vez tuve. Todo deportista tiene algo de obstinado, de terco. Yo, además, era (y sigo siendo) ansioso. Me angustio, me impaciento, quiero resultados inmediatos o me desespero. Y me gusta haber encontrado el camino para poner un granito de arena por día. Ahora estoy construyendo algo, y todavía queda por seguir edificando. Pero ya comprobé que puedo, y lejos de conformarme, sé que puedo buscar más.

No sé si llamarlo ironía o mala suerte, ayer pasamos un día en el Tigre con los Puma Runners, y jugando a la pelota me lastimé la rodilla derecha. Siempre dije que running y fútbol no son compatibles, y en esos 99 días jamás toqué una pelota. Pero el día que lo hice, en un divertidísimo partido mixto (en el que fracasó mi propuesta de que los hombres jugásemos en remera y las chicas en cuero) hice algún mal movimiento, y sentí un tirón en la articulación. Subir las escaleras empezó a ser cada vez más doloroso, y me puse hielo tanto allá como al volver a mi casa. Hoy duele un poco menos, pero ahí está, ese peligro latente de no poder entrenar con normalidad.

¿Entré en pánico acaso por esta lesión? Absolutamente. Pero no me queda otra que bancármela y ver si para el sábado (mi próximo entrenamiento de running) esa molestia desaparece. Me tengo que comprometer a cuidar más las rodillas. Aunque sea por lo que resta del año, no se puede estar toda tu vida aislándote de compartir un momento con tus amigos.

Además de la recuperación de mi rodilla derecha, la visita a la nutricionista este martes, y el gimnasio matutino, ¿cómo sigue Semana 52?

Bueno, mi objetivo concreto, además del progreso de mi estado físico, es mejorar mis tiempos de carrera. Por eso es que me puse la meta de correr una maratón en Grecia haciendo 3 horas 30 minutos. Me siento mucho más capacitado para lograr eso que para juntar la plata del pasaje, pero bueno, la perseverancia no sirve para hacer dinero (al menos todavía no sé cómo hacerlo). No tengo muchas carreras en vista, más allá de la San Silvestre de Buenos Aires, dentro de 22 días, y la próxima Merrel de Tandil, en marzo. Se estaba hablando de la Maratón del Desierto, en Pinamar, a la que si llego con el dinero, me encantaría ir.

Sin embargo, el próximo desafío que más me entusiasma, es hacer el Camino del Inca. Decidimos, con varios compañeros del grupo, llevar a cabo esta travesía en Cuzco, Perú. Todavía estamos ultimando detalles, y no tengo idea de si esa semana podré actualizar el blog o si tendré que dejar posts “adelantados” (ya lo resolveré), pero creo que es de esas excursiones que hay que hacerlas al menos una vez en la vida. Creo que va a ser una experiencia muy enriquecedora, y el mes tentativo para hacerlo es en junio. Las promociones de aéreos cierran el 15 de diciembre, así que vamos a tener que resolverlo pronto.

Así estamos, entonces. 100 días de compromiso, de fuerza de voluntad, y de cambios. Un período en el que, afortunadamente, disfruté mucho más de lo que sufrí.

Semana 15: Día 99: Entrenar la cabeza

"Si puedes imaginarlo, puedes alcanzarlo; si puedes soñarlo, puedes convertirte en eso".

Incontables veces dije que entrenar, sobre todo running, es básicamente un ejercicio mental. Hoy, de alguna manera, voy a volver sobre eso.

Es curioso, en muchas ocasiones hablé de la mente como algo a lo que hay que vencer, como si nuestra identidad fuese algo separado del cerebro, el cual atenta contra nosotros y nos hace querer abandonar. En realidad debería unificar el criterio, y decir que  todo lo que hacemos es vencer constantemente nuestras inseguridades. Es una tontería pensar que correr es un ejercicio netamente físico. También entrenamos la cabeza, aprendiendo nuestras limitaciones, nuestras fortalezas, y nuestras tácticas para lograr objetivos.

Correr y superarnos, vencer nuestros límites, significa llevar a nuestro físico a límites que mentalmente desconocemos. En ciertos casos estamos superando a nuestro instinto, que no quiere que lleguemos al dolor, al agotamiento. Pero generalmente nunca alcanzamos esos extremos. No por nada el entrenamiento nos da fortaleza y resistencia. Lo que pasa es que cuesta acostumbrarse a que estamos aumentando nuestro umbral.

La cabeza es algo que no sólo tenemos que ejercitar, sino que nunca para de trabajar. Ni siquiera cuando estamos corriendo podemos dejar de pensar. Cada uno hará su propio proceso interno, pero imagino que todos visualizamos la meta, o repasamos las cosas que estamos haciendo. Cuando corro voy atento al terreno, pienso si tengo ganas de ir por el cemento, que me da una cierta seguridad, o si voy por cada pedazo de tierra y pasto que encuentro, como para entrenar la pisada para una eventual carrera de aventura. Todas esas decisiones del momento son conscientes. A veces voy repasando logros, como el hecho de no sentir ya dolores de espalda ni lumbares, y pienso que debe ser en parte por haber bajado de peso y en parte por tener finalmente un calzado eficiente. Y no falta el día en que siento que estoy cansado, que no puedo lograr el objetivo de ese entrenamiento o esa carrera. Acto seguido recuerdo cómo me costaban las cosas antes, y cuánto conseguí al superar esos miedos. Eso me sirve para no aflojar.

Si el cerebro es un músculo, lo tenemos que trabajar. Es imposible que no esté en funcionamiento, así que lo mejor es que esté tirando para adelante. Creo que siempre va a ayudar repasar todas las inseguridades, e ir conquistándolas. Una vez que comprobemos empíricamente que los límites están en la cabeza, la siguiente vez, por más que sepamos que correr es difícil y cansador, sabremos que con esfuerzo se llega.

Hay quienes escuchan música, probablemente para callar los pensamientos. Yo, que nunca pude darme ese lujo, creo que uno se pierde algo muy jugoso, que es la introspección, el estar compenetrado en el aquí y ahora. Me sirve mucho correr y estar atento a lo que hago, a lo que pasó y lo que queda. Soy una persona bastante mental, que en los últimos años de su vida incorporó el aspecto físico a su vida. ¡No es de extrañar que sobre-analice todo!

Escribir este blog es, en gran parte, una forma de ejercitar mi cabeza. Casi todos los posts los decido en el momento en que me siento frente a la máquina, y los hago como me salen. Varias veces relevo información en internet, copio, pego, reordeno, y en el 99% de los casos corrijo redacción y otrografía (otra obsesión mía). Eso también es una forma de entrenar el intelecto. Antes no tenía una rutina que me permitiese escribir todos los días, y ahora tengo esto que me dio 99 días ininterrumpidos de redacción y corrección (más de cien, si contamos los posts previos al día 1).

Hoy estoy saliendo para el Tigre, a pasar el día con los Puma Runners. Es un cierre del año, e imagino que muchos están teniendo las típicas cenas y fiestas de diciembre. Mañana voy a llegar al Día 100, todavía a más de un tercio de mi objetivo final… pero va a ser una buena excusa para mirar hacia atrás y definir qué es lo que sigue.

Como la cabeza no para y me gusta ejercitarla tanto como al cuerpo, empecé a tomar clases de XXXXXX. Me da clases Hernán, mi mejor amigo, y es una buena excusa para vernos una vez a la semana. Estoy de nuevo aprendiendo, haciendo tarea, a ver si llego a la semana 52 sabiendo XXXXXX XXXXXX. Estoy en la duda de si hacer público qué estoy estudiando, ya que está sumamente relacionado con este proyecto. Pero prefiero mantener esta parte en reserva.

La mente es lo único que los demás no pueden ver. Es nuestro terreno privado, y es en donde tomamos nuestras deciciones: las que se hacen con tiempo y las improvisadas. Es imposible separar al cuerpo del cerebro, así que no creo que esté de más dedicarse a ambos en forma equitativa.

 

Las fotos quincenales, que también las encuentran en la sección de progreso:

A %d blogueros les gusta esto: