Archivo del sitio

Semana 12: Día 84: La mejor edad para correr

Zhang Huimin, la maratonista de 7 años. Parece disfrutar de correr más que yo...

Podría decir que empecé a correr regularmente cuando me acercaba a los 30 años. Había tenido muchos intentos previos (ya he comentado que de adolescente detestaba entrenar), pero recién a esa edad lo hice de manera más “profesional”, asistiendo a un grupo de corredores, y debutando en mi primera carrera, una posta de 7 km en la Merrel de Pinamar 2008.

Ahora estoy por cumplir 33 años, y me encuentro inmerso en un programa de entrenamiento de 52 semanas. ¿Por qué? Antes de empezar, temía estar quedándome sin tiempo. En algún momento las responsabilidades me iban a impedir hacer algo como lo que estoy haciendo ahora, y sentía que con cada año cumplido me iba a costar más progresar. No quise dilatarlo más, y apenas se plantó la idea de “hacer algo” en mi cabeza, no pasaron más de 10 días hasta que creé Semana 52.

Más allá de mi paranoia contra la degeneración física, tengo compañeros corredores que superan los 50 años y son muy difíciles de alcanzar. Quizá mis miedos sean infundados, y me queden 25 años de carreras (o más). Pero cuando pienso en estas cosas, me pregunto ¿cuál es la mejor edad para empezar a correr? Algunos dirán que es medio infantil ponerse a pensar en “qué hubiese pasado si…”. No puedo teorizar sobre lo que no hice, pero sí analizar las acciones que efectivamente realicé y sus consecuencia. Hoy me sorprendo del progreso, de lo difícil que me parecía que era todo esto… y pienso “¿Por qué no empecé antes?”.

Seguramente mi entrenamiento más profesionalizado comenzó cuando alcancé un cierto nivel de madurez (no física, sino más bien del plano emocional o intelectual). Podría haber empezado a correr maratones a los 20 años, pero no estaba preparado mentalmente. Recordemos lo que decía Dean Karnazes sobre las capacidades de cada uno: 70% es cabeza, 15% entrenamiento, 15% alimentación. Supongo que recién este año alcancé ese porcentaje mental que me ayudó con lo otro. Muchos creen que lo complicado es el esfuerzo físico y el cambio en la dieta, cuando el límite se los está poniendo su propia mente.

¿Podría haber esperado para empezar a correr? Probablemente. Hay muchos maratonistas que empezaron después de jubilarse. Efraín Wachs, residente de Tucumán, se sumó al atletismo a los 70 años, y dos décadas después sigue cosechando premios nacionales e internacionales, en la categoría de 85 a 90. Obtuvo nueve medallas en el Campeonato Argentino de la categoría Master (7 de oro y 2 de plata) y doce en el Sudamericano (8 doradas, 2 plateadas y 2 de bronce). Más allá del podio, demostró que su tiempo le llegó en la tercera edad.

Tenemos otros extremos, que suelen escandalizar más que generar admiración, como Buddhia Singh, un hindú de 5 años, que en mayo de 2006 recorrió 65 km en 7 horas. O Zhang Huimin, una niña china de 7 años, que terminó una maratón (escoltada todo el tiempo por su padre), en 3 horas 30 minutos (me hubiese hecho morder el polvo). Muchos golpearon la mesa con el puño, sacudieron el diario (como estrangulándolo) y dijeron “¡Cómo es posible que se les obligue a estas criaturas a participar en competencias tan extremas! ¡Esos padres deberían perder la tenencia!”. Lo cierto es que los niños corren con una ventaja especial, tienen mucha energía y no arrastran su peso con la misma proporción a su fuerza, como nos pasa a los adultos. Así y todo, las maratones, como una película condicionada, suelen ser sólo aptas para mayores de 18 años.

Estoy conociendo a mucha gente que quiere empezar a correr porque lo “necesita”. Y a medida que pasa el tiempo, noto que el momento, simplemente, les llega. Así que el título de este post tenía trampa. No existe la mejor edad para empezar a entrenar. Es simplemente una cuestión de motivación, de dejar al lado las inseguridades y avanzar. Más allá de una ocasional (y a veces inevitable) lesión, el hecho de correr -esa revolución interior que produce en nuestro organismo- le hace bien a cualquiera. Independientemente de cuántos años lleve a cuestas.

Semana 12: Día 83: Entrenar con el estómago vacío

Ok, voy a confesarlo de entrada. Durante mucho tiempo entrené con el estómago vacío. Por la mañana, no a la noche, aclaro (tampoco soy Ghandi). Los días en que íbamos a correr temprano, salía de la cama, me calzaba las zapatillas, pantalón corto y la remera, y me juntaba con el grupo de entrenamiento. Era de esas personas cuya primera comida del día era el almuerzo…

Si tuviese que decir ahora si es mejor entrenar con el estómago lleno o vacío, sin dudas diría que hay que comer antes. Siendo que llevo 83 días de hacer mucho más ejercicio aeróbico y de musculación que antes, y que ahora como seis comidas diarias, mi postura es clara… pero mucha gente está convencida de que se queman más calorías ejercitando antes de desayunar.

Es cierto que a la mañana uno puede necesitar dormir más, y que, como hice yo alguna vez, al vivir con los minutos tan contados vamos desde la cama hasta el gimnasio o la plaza, sin escalas. Pero tampoco hace falta atracarse para entrenar (ningún extremo es bueno). Una rodaja de pan, una fruta o un yogur alcanzan, y lo ideal es separarlo por lo menos una hora antes del ejercicio, para que no caiga mal al estómago. Un buen aporte de proteínas que estoy seguro de que no le puede dar dolor de panza a nadie, es lo que tomo siempre después del gimnasio (y que podría tolerarlo antes y durante) y es un Powerade con una cucharada de leche descremada en polvo (no se disuelve por ser una bebida fría, pero con agitarla un poco antes de tomarla alcanza).

Nuestro cuerpo es una maquinaria que necesita constantemente de energía y nutrientes. Esa revolución interior a la que llamamos digestión necesita de mayor irrigación sanguínea, y es por eso que después de comer sentimos adormecimiento (mis cenas son seguidas de un inevitable cese de actividad neuronal). Nuestro rendimiento entonces va a verse afectado si los músculos no reciben el mismo riego sanguíneo. Aunque claro, eso depende de a qué velocidad digeramos (o dijésemos). La otra cara de la misma moneda, en ejercicios intensos, la exigencia de oxígeno a nivel muscular aumenta, y eso podría llevar a una mala digestión. Por eso conviene practicar deporte después de haber digerido la comida, o habiendo consumido algo ligero (no un asado de chinchulines, sino una fruta). A cada uno le funcionan cosas distintas. Hay que probar qué toleramos y qué no. Descubrí que me caen mal las manzanas si las como muy cerca de un entrenamiento, mientras que las bananas y los cítricos no (incluso puedo comerlos durante).

Definitivamente hay que derribar el mito de que entrenar en ayunas es mejor para bajar de peso. Es cierto que cuando escasean las reservas de glucosa en sangre, el cuerpo opta por quemar grasas. El tema es que al no comer, si hacemos un ejercicio intenso, corremos el riesgo de que la proteína muscular se convierta en glucosa, para mantener el nivel en sangre.

No hay evidencias contundentes de que convenga no comer antes de entrenar, y si existe algún beneficio, no justifica los riesgos. En personas con problemas de salud como diabetes o presión arterial baja, es incluso muy peligroso. Por supuesto que existen personas que lo pueden hacer… yo estuve años entrenando con el estómago vacío y acá estoy, vivo. Pero un poco de alimento aumenta la energía que necesitamos para el entrenamiento, nos da resistencia para hacerlo por más tiempo, y nos hace lo bastante fuertes, como para quemar más grasas y más calorías que con el estómago vacío.

Semana 12: Día 82: Entrenar con mucho calor

Empezó una etapa poco experimentada por mi, que es la de entrenar con días de mucho calor. Alguna vez me agarró el verano, y los entrenamientos se adelantaron una hora, cosa de escaparle lo más posible al sol del mediodía. Pero de ayer, sábado, la temperatura prometía derretir los adoquines de la calle. Por eso hay que tomar precauciones.

Como los que se decapitan para vencer las jaquecas, yo combato la calvicie afeitándome la cabeza. Aunque me dicen que, combinado con mi nueva delgadez, aumenta mi imagen de enfermo terminal, me resulta muy cómodo y, de alguna manera, más fresco. El tema es que la piel del cuero cabelludo es mucho más sensible, ya que históricamente estuvo poco expuesta al sol. Por eso, si corro de día y con poca sombra, lo hago con una gorra. También el protector solar ayuda, pero lo más importante es la hidratación, que se vuelve más imprescindible que nunca.

Existe un riesgo importante de sufrir enfermedades relacionadas con el calor, generalmente en entrenamientos o carreras con altas temperaturas y humedad elevadas (aunque también se puede dar en condiciones “ideales”, si las distancias son muy largas y la hidratación no es adecuada). Los síntomas más comunes son, en orden ascendente de gravedad son: calambres, náuseas, vómitos, dolor de cabeza, mareo, piel de gallina en pecho o brazos, cambio de ritmo al correr (paso de “borracho”), confusión, desorientación, habla incoherente, y desmayo. Si corremos tambaleantes o confusos, es hora de salir del sol y pedir ayuda. La clave es enfriar el cuerpo con trapos húmedos y/o hielo machacado, e hidratarse. El prestigioso corredor Alberto Salazar sufrió mucho el calor durante una carrera en Falmouth, y terminó en una bañera congelada. En casos graves la rehidratación se hace por vía intravenosa. Nunca deberíamos llegar a este extremo, probablemente evitemos llegar a esta instancia si, al sentir los primeros síntomas, tomamos agua bien fría.

La mejor forma de combatir el calor, según el escritor y entrenador Allan Lawrence, es la prevención. Hay que beber aunque no se tenga sed, correr frescos y en lo posible protegidos del sol. Llevar una gorra puede ser también una molestia, ya que gran parte del calor corporal se despide por ahí. En mi caso, me la pongo cuando estoy al sol, y cuando llego a un lugar con mucha sombra me la saco. La transpiración, combinada con la brisa que producimos al correr y la ausencia de rayos solares, crean una sensación de frescura muy agradable para la cabeza. Si la carrera se hace en un clima cálido y húmedo, es importante haberse hidratado en días anteriores, además de durante y después.

Otra forma de refrescarse, que a mi me funciona muy bien, es mojarme la nuca, que además reactiva la circulación. El camelback es un arma de doble filo. Por un lado sirve para hidratarnos constantemente, pero por otro es muy caluroso, sobre todo en la espalda. Lo importante es ver qué es lo que nos funciona, prever dónde vamos a tener hidratación, elegir un momento fresco para entrenar (como podría ser la noche), o una zona arbolada con mucha sombra, y no dejar de disfrutar del placer de correr.

Semana 12: Día 81: Para qué sirven las abdominales

Un ejercicio muy común en los entrenamientos son las abdominales. Ya hemos hablado en el pasado de este infame ejercicio, y debo reconocer que al principio me costaban horrores, pero ahora fortalecí mucho esa zona. Así y todo, me parece que no nos adentramos demasiado en por qué los tenemos que ejercitar.

Este grupo de músculos es el centro de fuerza del cuerpo, y son imprescindibles para la resistencia. Una buena base abdominal es capaz de sustentar sólidamente el tronco y, por tanto, el equilibrio de nuestra carrera. Son uno de los principales grupos musculares postulares, por lo que ayudan a mantener el buen estado de la espalda, facilitan la posición correcta de carrera y evitan lesiones.

Muchas veces nuestro entrenador nos dice que no rebotemos ni nos impulsemos con los brazos. Cuando hacemos abdominales, la velocidad del movimiento debe ser pausada y constante para que la inercia no sustituya al trabajo muscular. Es necesario concentrarse en los músculos protagonistas del movimiento, ya que hacen una gran diferencia (que quizá no notemos) en la carrera. El tema es que son de los menos utilizados en la vida diaria, por lo que tenemos que trabajarlos durante el entrenamiento.

Los abdominales protegen a los órganos internos del abdomen y evitan cualquier desplazamiento en la cavidad abdominal. Impiden la filtración de grasa, y al mantener la correcta postura de la espalda, ayudan en la economía de la carrera. También ejercen presión y mejoran la fortaleza de los músculos posteriores del tronco. También mantienen la posición de la pelvis, y potencian la zancada, lo que absorbe el impacto contra el suelo. Esto evita curvas exageradas de la columna vertebral y repercute menos en estos huesos, ahorrándonos dolores y lesiones.

Una de las consecuencias del running, sobre todo en carreras largas, es que afloja los esfínteres. Es una sensación muy molesta que distrae, y que encima pareciera desaparecer cuando nos detenemos. Un buen trabajo de abdominales, al fortalecer todos estos músculos, también ayuda.

Es importante hacer un calentamiento previo antes de empezar a ejercitarlos. Por eso es ideal hacerlos al final de una sesión de entrenamiento.

Al principio los odiaba, porque me costaba mucho incorporarme, y no les encontraba mucho sentido. Pero como en muchos ejercicios, la dedicación y la constancia hace que uno vea los resultados a largo plazo. Ahora siempre termino haciendo abdominales en los entrenos, entre 300 y 500. Siempre me dijeron que me iba a costar mucho desarrollarlos porque, al ser vegetariano, no iba a tener el suficiente aporte de proteínas para el desarrollo muscular. Pero ahí están, el yogur light y la leche descremada en polvo, mis aliadas en mi crecimiento de musculación.

No aflojemos que, como dije incontables veces, el secreto de todo desarrollo físico está en la perseverancia.

Semana 12: Día 80: Los 27 km de la Merrel Adventure Race Pinamar 2009

Los Lionx (actualmente Puma Runners) en Tandil. Yo, a la derecha, con pelo y con mañas

80 días. Es lo que le tomó a Phileas Fogg dar la vuelta alrededor del mundo (según Julio Verne). Es lo que más o menos me tomó a mi recuperarme de una fractura de tobillo, allá en el año 2000. Es poco, considerando que mi meta final es entrenar intensivamente por 364 días, pero a la vez es mucho.

Es inevitable mirar hacia atrás (lo hago mucho últimamente) y ver cómo mi cuerpo cambia, cómo aumenta mi resistencia, cómo me vuelvo más fuerte. De vez en cuando tropiezo o trastabillo, pero siento el paso firme y los músculos que aguantan más. Anteriormente esta torpeza (que va desapareciendo con los años) me hubiese significado un tirón o una lesión. Me pone contento sentirme más estable y resistente, y me confirma que el entrenamiento rinde sus frutos.

Decidí volver atrás en el tiempo, a la Merrel que corrí en Pinamar. No sé si recordarán, el año pasado vivíamos inmersos en la paranoia de la gripe A. Tanto es así que desaconsejaban las situaciones donde hubiese aglomeraciones de gente. Obviamente una carrera de miles de personas entraba en esta categoría, y la carrera se pospuso de julio hasta septiembre. Yo me había lesionado, al patinar sobre empedrado mojado, y correr me dolía muchísimo. Era frustrante, pero no aflojé, seguí entrenando todo lo que podía, intentando fortalecer la rodilla. La desgracia con suerte de la gripe A me permitió un tiempo extra para recuperarme. La Merrel se realizó finalmente, y al día siguiente escribí una crónica. Siendo que estoy en un día un poco nostálgico, quise rescatarla para el blog:

Lun, 14 de Sep, 2009 9:58 am

Bueno, primero que nada, me duele desde los pelos hasta la punta de los pies, pero es un dolor que me llena de orgullo.

El día de la Merrel estuvo espectacular, la carrera fue mucho más dura de lo que me imaginé. Mientras la noche anterior roncaba (…) soñaba que llegaba a la meta y lloraba desconsolado. Supongo que dramaticé toda la escena, pero lo cierto es que un esguince de ligamento externo izquierdo me hubiese dejado afuera si la carrera se hacía en julio… y todavía no me recuperé. En llano la rodilla no molesta, en cuestas se me prende fuego.

(…) Me tomé un diclofenac antes de salir, como para que haga el mayor efecto en un eventual pico de dolor. Arranqué con [Pablo], íbamos con un ritmo excelente. La rodilla no molestaba, y me sorprendía. En la segunda posta paramos para hidratarnos, me tomé el gel que me regaló Walter (¡gracias!) y ahí ya no pude seguir. No sé si fue el haber parado, pero la rodilla me hacía ver las estrellas. Cerca del km 15 lo perdí [a Pablo], casi no podía caminar. Tenía mucha bronca y frustración. Ahí me di cuenta que tenía una ampolla en la planta del pie y que los dedos de los pies me dolían. Quise apretar los dientes y seguir, pero el dolor era demasiado.

Caminé un poco mientras pensaba en ese sueño que había tenido la noche anterior en que llegaba a la meta. Pensaba en las palabras del Conejo [como le decimos a Germán, nuestro entrenador], cuando le pregunté si podía hacer la carrera y me dijo “Hasta que no lo intentes no lo vas a saber”. Y en un momento de iluminación mística me acordé del entrenamiento Lionx [actualmente Puma Runners], cuando hacemos el canguro y esos pasos que parecen ridículos. Y apliqué uno, tirando la pierna izquierda (la rota) hacia adelante, y paso corto con la derecha. Increíblemente ese paso me dolía muy poco, y ahí recuperé ritmo, hasta que la rodilla izquierda se acostumbró y pude volver a correr normalmente.

Llegué a la meta (sin llorar como un mariconazo) a las 3 hs 5 minutos, con una alegría inmensa. No sólo por haber roto mi marca histórica de distancia, sino por haberme repuesto a dolores y una lesión que me mantuvo en la incógnita hasta el último momento. Si llegué no tengo duda que fue por un excelente entrenamiento, por los consejos del Conejo y por el trabajo en equipo de todos los Lionx. Realmente es un grupo muy valioso y, como dije al principio, el dolor que tengo en todo el cuerpo me hace sentir muy orgulloso.

Entendí al final que este tipo de actividades son carreras no porque uno compita contra los demás, sino porque uno compite contra sí mismo. Y sin lugar a dudas, todos ganamos.

Me alegra releer estas palabras y ver que más de un año después, sigo confirmando muchas cosas que aprendí. Que el triunfo es sobre las adversidades, y sobre uno mismo. Que tus compañeros siempre están para apoyarte. Que la mente generalmente se sobrepone a lo físico.

No es recomendable correr con una lesión, pero en mi caso le encontré la vuelta para que no doliese. Esta es la carrera que más orgullo me da (hasta la maratón de este año era mi distancia más larga), y siento que la conquisté con fuerza de voluntad más que con el cuerpo.

Semana 12: Día 79: Corrida San Silvestre

El 31 de diciembre de 2010 se va a realizar, en las calles del centro de Buenos Aires, la primera Corrida San Silvestre. Esta carrera nació en San Pablo, Brasil, en el año 1924, y actualmente se realiza en cientos de ciudades alrededor del mundo.

La largada en la edición local es en la Av. 9 de julio y Sarmiento, en pleno microcentro, y un máximo de 2 mil corredores van a hacer los 8 km hasta la meta. La carrera original fue creada por el periodista brasileño Cásper Líbero y es organizada por el periódico fundado por él, la Gazeta Esportiva. Su distancia fue variando a lo largo de los años, aunque la São Silvestre de San Pablo es actualmente de 15 km. Solía correrse de noche, con antorchas, pero para no entorpecer los festejos de Año Nuevo se empezó a realizar por la tarde. En el caso de la edición de Buenos Aires, comienza a las 16 hs. Estimo que en ese momento y esa época del año hará un calor que los pajaritos se caerán de los árboles, pero habrá que hacerle frente, con mucho protector solar e hidratación.

¿Qué relevancia tiene para mi esta carrera? Bueno, primero aclaro que, desde que empecé Semana 52, en cada competición a la que asisto doy el 100%. Corro a la mayor velocidad posible. Esto me ha dado una merecida fama de tipo competitivo. La única vez que fui al ritmo de otra persona fue cuando, en marzo de este año, corrí 21 km con mi hermano Matías. Y quedé realmente destruido al ir a un ritmo menor al mío. Más allá de esa vez puntual (donde ni siquiera estábamos inscriptos, la corrimos hasta que a 20 metros de la meta nos echaron deshonrosamente) siempre fui a mi propia velocidad, despegándome del grupo (a veces adelantándome, otras retrasándome).

La segunda aclaración es que con este blog empecé a influenciar a algunas personas de mi entorno. Un amigo, Sebastián, me pidió que lo ayude a correr. Todavía andamos lidiando con sus apretados horarios, pero en breve arrancamos. Mi prima Edith empezó a entrenar en los Puma Runners conmigo. Mi hermano mayor, Lucas, residiendo en este momento en Madrid, comenzó a hacer yoga, y acusa a este blog de inspiración. Mi mellizo, Santiago, está corriendo por su cuenta, tentado también por mi experiencia. Matías, al que lo acompañé en la media maratón que destruyó mi espalda y mis gemelos, siempre me pregunta por el entrenamiento y comparte conmigo sus experiencias de la vuelta a correr.

Poder influenciar positivamente en otras personas (en especial en quienes querés) es una experiencia enormemente gratificante. Otro motivo para seguir adelante hasta la semana 52.

Hechas todas estas aclaraciones, mi hermano Santiago está intentando ser convencido por quien les escribe para correr la San Silvestre. Espero que lea este post en algún momento y se sienta en la obligación de inscribirse, ahora que lo estoy comprometiendo ante el mundo virtual. Su leiv motiv es “los límites están en la cabeza”. La distancia de 8 km le parece mucho, pero yo tengo otra máxima, que me dijo más de una vez Germán, mi entrenador. Cuando le preguntaba si me consideraba apto para tal o cual carrera, él me respondía: “hasta que no lo intentes, no lo vas a saber”. Y creo que este blog sirve para eso, para animar a que otros intenten. No a imitar mi caprichoso plan de entrenamiento, sino a largarse a averiguar dónde están los límites.

En el caso de la Corrida San Silvestre, voy a hacer el esfuerzo de no ser competitivo, bajar la ansiedad, e ir al ritmo de mi hermano en su primera carrera. Va a ser una linda forma de cerrar el año, corriendo juntos y motivándolo a que siga averiguando dónde están sus límites. Él todavía no lo sabe, pero están mucho más lejos de lo que él cree.

Semana 12: Día 78: El sprint

Nunca supe qué era un sprint hasta que leí esa palabra, este año, en el libro Autoentrenamiento para corredores, de Allan Lawrence. Resultó que no era ni la marca de una gaseosa, ni una empresa de telefonía celular, sino algo que yo venía haciendo al final de todas y cada una de las carreras.

El sprint, o esprintar, es correr o moverse a tu máxima velocidad. Como el cuerpo puede hacerlo por poco tiemp0 (unos 300 metros como máximo), se suele utilizar al final de una competición, o en carreras cortas. Cuando hablamos de máxima velocidad es eso, lo más rápido que uno pueda correr. Hay competencias de velocidad que también se llaman sprint, en las que los deportistas pueden hacer más de 300 metros, y aunque parecen volar sobre el suelo, no están al 100%: les sería imposible. Dan todo de sí mismos, yendo a un ritmo increíblemente alto, pero el sprint se da sobre el final. Por eso me gustaría referirme particularmente al que usamos para terminar una carrera.

Hace poco, durante el entrenamiento, hicimos un ejercicio que consistía en una entrada en calor (de unos 4 km) y después de elongar corrimos 2 mil metros a máxima velocidad. Por supuesto que este parámetro era personal, porque cada corredor tiene sus características físicas, su desarrollo muscular y su energía en particular. Como en los ejercicios de máxima velocidad no se llegan a oxigenar a tiempo los músculos, se trata de una actividad anaeróbica. En esta ocasión, intenté mantener un paso veloz, sabiendo que si daba desde el principio el 100%, me iba a quemar e iba a tener que bajar inevitablemente la velocidad. Pero intenté un ritmo mucho más rápido que de costumbre. Me ayudaba haber practicado tanta técnica: las zancadas largas ahorran esfuerzo. Cuando vi que faltaban 500 metros, aumenté un poco más el paso, y a los 200 metros de llegar, lo di todo en un sprint.

Para mi esprintar es siempre una sensación liberadora. Probablemente porque lo asocio con el final de un esfuerzo físico extenuante. Nunca corremos hasta que nos desvanecemos, siempre queda resto, sólo que nos vamos regulando y procuramos no quemarnos del todo. Por eso casi siempre se puede hacer un sprint al final. Es un momento breve, de mucha tensión, como una explosión. Mi tiempo final en esos 2 mil metros fue de 7:22, lo cual quiere decir que hice 3:41 el kilómetro. Por supuesto es un ritmo que jamás podré mantener en una carrera, pero me gustó conocer mi velocidad máxima.

Investigando un poco sobre el sprint, me enteré que utilizarlo en un entrenamiento (con intervalos de descanso) favorece la producción de la hormona de crecimiento. Ésta ayuda al incremento de masa muscular, ensancha y le da flexibilidad a la piel, aumenta el sistema inmune y la resistencia corporal, y promueve la pérdida de peso, a través de redistribución y pérdida de grasa. El sprint también fortalece el sistema cardiovascular y los músculos. Por eso está bueno intercalarlo con otros ritmos de carrera.

Muchas veces, entrenar haciendo pasadas me resultó tensionante, contrariamente a la sensación placentera de hacer fondo (una distancia larga, de más de 10 km). Pero descubrí que terminar con un sprint, en una competición, es una forma de coronar un esfuerzo físico intenso, y de hacerlo a lo grande. Es guardarse el ancho de espada para jugárselo en la última vuelta.

A %d blogueros les gusta esto: