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Una pesadilla recurrente

Una pesadilla recurrente

Estoy corriendo una carrera. Físicamente me siento excepcional. Ni un dolor, no hay ni siquiera ampollas. Tengo aire y mucho resto.

Pero falta mucho para la meta.

Es una carrera de aventura. Llevo calzas. Estoy muy preparado.

Entonces entro en la ciudad. Y me pierdo.

El reloj avanza. Doy vueltas, pido indicaciones. No veo más marcas, ni cintas, ni vallas. No sé a dónde ir, solo sé que cada vez hay menos tiempo.

No puedo recordar a qué hora empecé. Intento hacer memoria, pero no me viene a la mente. Sé que generalmente largamos a las 8 de la mañana, pero ya son las 9 y media de la noche. ¿Hasta qué hora me van a esperar?

A veces estoy corriendo el Spartathlon. Otras los 42 km de la Maratón. Siempre hay escaleras, edificios intrincados y gente que sigue con su vida. Meto mi carrera en medio de ellos. Me doy cuenta de que estoy perdido, de que no era por ahí, pero no sé volver sobre mis pasos.

Alguna vez pedí ayuda, y aunque encontré gente preocupada por mí, nadie se apuró. Todos se tomaron su tiempo mientras el reloj avanzaba implacable. Anoche volvía a la largada, donde estaban guardando las vallas y las banderas. Me decían que era el último, y quería salir rápido para empezar a pasarlos y ganar posiciones. Un policía se ofreció a llevarme hasta donde me había perdido. Miramos un mapa, pero no podía indicarle dónde había tomado ese giro equivocado. Fuimos a la casa del oficial a buscar su patrullero. Caminamos a paso tranquilo, mientras la desesperación por el cronómetro me estrujaba el corazón.

En estos sueños estoy entre la desesperación de estar afuera de mi ámbito y la impotencia de que me ignoren. Es demasiado pretender soñar con el recorrido completo, saliendo de la largada y llegando a la meta. El único consuelo que encuentro es que en medio de esa desesperación interna que vivo, me pongo a desear que todo esto sea un sueño. Y se cumple en el alivio del despertar.

Mi reconciliación con París

Mi reconciliación con París

“Esa foto es del subte de París. Tenía sueño, y odié París. No entiendo por qué, Le Fabuleux destin d’Amélie Poulain es la mejor película de la historia y en este momento estoy enamorado de Yelle y de April March. Pero París me pareció hostil, como mi llave francesa. Extraño mi nariz como era antes”.

Escribí estas palabras en mi Fotolog (¿se acuerdan del Fotolog?), en abril de 2008. Había conocido a Europa por primera vez y en un hecho que no guarda relación, me golpeé la nariz con la misma herramienta con la que ajustaba el volante de mi bicicleta. París me pareció fría hacia el que no hablara francés. Hizo muchísimo frío (recuerdo el viento helado ingresando en mi canal auditivo mientras esperaba para subir a la Torre Eiffel) y el hecho de saber inglés no ayudaba a iniciar ninguna conversación con los locales. Otro dato que presuntamente no guarda relación es que en esta época estaba empezando a querer correr por mi cuenta.

Pero volví a París un año después. Estaba en pareja y ameritaba ir a una ciudad supuestamente romántica. En esta oportunidad las cosas fueron mejores. Hizo frío, no tanto, y tuve la deferencia de aprender a decir algo parecido a “Parlez-vous anglais?”. Si me respondían “Yes, a little”, ya seguía en inglés. Disfruté un poco más mi segunda visita. La tercera fue de panzada de baguettes, con especial deleite por las que tenían semillas de sésamo. Jamás probé un pan más rico que el de París. Ya corría con mucha frecuencia, así que hice un fondo desde la puerta de mi hotel, en un barrio alejado de París, hacia el centro, casi llegando a los Champs-Élysées.

La cuarta y última yo ya era un ultramaratonista. Fue en 2013, y al igual que la vez anterior, corrí desde el departamento que alquilaba, cerca del Sena, para recorrer todo el centro parisino. Llegué a la Torre Eiffel, pasando por el Arco del Triunfo y el Museo Louvre. Salí todavía de noche, muy temprano, y fui viendo cómo amanecía sobre la ciudad. Fue mágico verla despertar. Fueron 21 km que disfruté muchísimo, a pesar del frío.

Podríamos decir que mi relación con París fue de despreciarla hasta amarla, ¿y acaso eso no es el verdadero amor? Cuando uno deja de idealizar y acepta las virtudes y defectos. Tengo recuerdos hermosos y muchas ganas de volver. Los argentinos (en particular los porteños), también nos creemos un poco parisinos. Ayuda que Buenos Aires sea una ciudad con tantos cafés y librerías. La arquitectura a veces engaña, y es fácil estar en la Ciudad Autónoma sintiéndose en París, y viceversa. No lo digo por decir, me ha pasado.

Escribo esto con los múltiples atentados que sufrió la ciudad francesa todavía frescos. Soy de seguir tendencias, y en mi perfil de Facebook puse esa selfie que me saqué cuando hice mi último fondo en París, con la Torre Eiffel de fondo. Saqué varias, con el temporizador. Quería mi foto corriendo con esa ciudad de fondo. Después de un par de intentos, salió la toma perfecta. Algunos pueden creer que el resultado es falso y quizá tengan razón. Yo veo esa escena y me transporto automáticamente al aire frío, la ciudad despertándose, el olor del pan recién horneado, mis pies corriendo sobre los Champs-Élysées… todo vuelve, así que me alegro muchísimo de conservar esa imagen. También le puse el filtro con los colores de la bandera francesa, como señal de que estoy conmovido.

A muchos les molestan estas cosas. Creen que uno es un hipócrita por no conmoverse por todas las víctimas de la guerra de medio oriente. Suelen ser los mismos (aunque no se aplica en todos los casos) que publican fotos de niños muertos en brazos de sus padres, aviones norteamericanos/ingleses/franceses/etc bombardeando ciudades y matando civiles. Y me ofende un poco. Porque sí, me asquea cualquier clase de guerra, la que involucre a cualquier ser humano. Me hice vegetariano porque me daban pena los animales y hasta me daba culpa matar un mosquito, les aseguro que también me da pena el homo sapiens, y su tremenda incapacidad para respetar la vida ajena. Quizá me escandaliza ver las escenas de París ensangrentada porque estuve ahí, y tengo recuerdos hermosos. No estuve en Beirut, ni en Siria, pero no por eso me da igual que se maten inocentes. Supongo que tiene que ver con aquello que vimos cuando estudiaba periodismo. La noticia no es “El perro que mordió a un hombre”, sino cuando es el hombre el que muerde al perro. No es habitual ver atentados terroristas en una ciudad como París, y eso es fuerte. ¿Da igual que en el Líbano pase frecuentemente? No, por supuesto que no. Pero creer que uno expresa algo por una cosa no quiere decir que le reste importancia a otra. Uno se escandaliza más cuando le roban el celular que cuando la víctima es el vecino, simplemente por una cuestión de cercanía.

Lo más descorazonador es pensar… ¿cómo se podría evitar que sigan muriendo inocentes, en nombre de la religión, la política y la economía? Y es deprimente que la única respuesta que se esté poniendo en práctica sea endurecer las guerras. ¿Es la respuesta más rápida y efectiva, seguir fabricando mártires y que los que no tienen nada que perder tengan todavía menos que perder? ¿Por qué vale más poner una bala en la cabeza de una persona que ponerle un plato de comida en su mesa? Una vez más, los únicos que salen favorecidos con las guerras son los que hacen dinero con ellas. Todos los demás, en menor medida los que estamos lejos del conflicto y en mayor medida los que la sufren físicamente, tenemos que lidiar con el costado más absurdo del ser humano.

En las zapatillas de mi entrenador

german_de_gregori_life_coach

Tengo una relación particular con mi coach. En un principio, yo era un alumno más, de esos que arrancan desde el fondo y se mueren cuando dan la primera vuelta al lago (2 km). Son muy pocas las cosas en las que destaqué en la vida, y correr no era una de ellas.

Pero yo ya sabía que se podía progresar en esto, que mi cuerpo podía cambiar, y decidí dedicar un año a entrenar todos los días (al menos en su momento creía que tenía que ser siete días a la semana), reflejando todo el proceso en un blog. Se lo conté tímidamente a mi entrenador, Germán, y él me sorprendió con su oferta de ayudarme y absolutamente gratis. Eso, por supuesto, cambiaba mi posición en el running team. Iba a entrenar, que me gustaba (aunque era muy inconstante) y encima tenía la atención del coach, olvidándome de la cuota por 52 semanas.

Germán apostó por mí, porque nada le garantizaba que yo iba a durar, y ese modesto plan cambió mi vida por completo. No quiero hacerme el falso modesto, me siento orgulloso de haber visto que esto también impactó en quienes me rodean, tanto amigos que empezaron a correr inspirados en mi blog, mis compañeros de entrenamiento que veían con sus propios ojos cómo cambiaba mi cuerpo, y también en Germán, que terminó siendo mi asistente cuando todo este cambio de hábito bloguístico nos llevó a correr los 246 km del Spartathlon, hoy inmortalizado en un tatuaje en mi brazo izquierdo.

Siempre fui de los que preguntaban e intentaba absorber absolutamente todo. Aprendí mucho de los corredores más experimentados, y gracias al blog me dediqué a googlear cosas que no sabía. Mis propios errores fueron duras lecciones que me educaron mucho en esta actividad, pero sin dudas quien más me hizo crecer en estos años fue Germán.

Tengo poca memoria para algunas cosas y mucha para otras. Lo que aprendí del running y la preparación física se quedó en el centro de mi cerebro. Recuerdo prácticamente todo lo que fue abriéndose paso en mi cabeza durante los últimos 5 años. Mi relación con Germán se transformó de ser su alumno a ser su amigo, y hoy su socio en proyectos relacionados con entrenamiento y motivación. El espaldarazo más importante que me dio él fue soltarme y salir a averiguar qué tenía que hacer. Si me hubiese dado directivas, siempre lo hubiese necesitado para resolver cualquier cosa.

Germán ha faltado poco y nada a los entrenamientos. Rara vez se cancela, solo si hay alguna situación que ponga en riesgo nuestra integridad física, como una sudestada o una imprevista lluvia de meteoritos. Cuando estuvo de vacaciones en Brasil, a principios de este año, nos repartimos funciones de coordinación con otro compañero, el Gato, y él se llevaba a los más experimentados para torturarlos un poco y yo hacía lo propio con las chicas y los más nuevos, que necesitaban mano de hierro pero guante de seda. Fue una experiencia muy linda porque reafirmó la confianza que Germán tenía en mí junto con la oportunidad de aplicar todo lo que había aprendido.

En rarísimas ocasiones, el coach demuestra que es humano. Hace unos meses me informó que estaba enfermo y sin dormir, así que aparecí en el entrenamiento con directivas de qué hacer ese día. La situación se repitió el viernes y sábado último, así que de nuevo tomé la responsabilidad de coordinar lo que el running team iba a hacer. Pero no fue exactamente igual…

En otras ocasiones, Germán me decía qué hacer. Cuántos kilómetros, qué grupos musculares trabajar… alguna directiva. Esta vez estaba con pocas fuerzas y mareado. “Que sea entretenido” y “No más de 5 km” fueron las únicas órdenes del viernes. “No se zarpen” fue la escueta sugerencia que recibí media hora antes de largar el sábado.

El viernes llegué al entrenamiento solo sabiendo que iban a hacer una entrada al calor al semáforo, que son unos 400 metros. Mientras iban, pensaba en qué podíamos hacer. Algo que aprendí de Germán es que se puede tener una idea general de qué actividades realizar, pero todo es dinámico, y a veces factores imprevistos como el clima o la dispersión de los chicos obliga a improvisar. Así que recurrí a mi memoria, a entrenamientos pasados, y propuse ejercicios para trabajar el tren superior y no cansar las piernas, porque el sábado solemos hacer fondos o trabajar tren inferior, y hasta ese momento creía que Germán se iba a recuperar.

El inicio del fin de semana no tenía más indicación que no zarparnos. Gracias a que mi tocayo Martín nos daba una mano con un vehículo, pudimos ir hacia el río, en Martínez, y trabajar cuestas y escaleras. Todo fue improvisado en el momento, y como no corría con ellos no sabía si estaba siendo demasiado duro o muy benévolo. Me guiaba por su transpiración, su respiración agitada, todos los signos que podía leer. Propuse actividad diferenciada para quienes se sentían exigidos o estaban con algún dolor, y cerramos a los 90 minutos de actividad, porque me pareció algo prudente para un día con tanto calor.

Hoy, domingo, me desperté con la ansiedad de alguien que se la pasa corriendo y no puede entrenar dos días seguidos por ponerse en las zapatillas de su entrenador. Por eso salí de casa temprano y me fui para repetir el mismo entrenamiento que armamos el día anterior. Me di cuenta que no fue fácil, y que esa hora y media de actividad fue más que suficiente. Me sentí feliz de terminar todas esas cuestas y progresiones.

Fue muy especial hacer de coach, quizás uno de mis sueños vocacionales actuales, junto a empresario multimillonario. Se aprende mucho poniéndose en el rol del otro, y se valora mucho más esos esfuerzos. Entrenar no es para cualquiera (yo no podría inventar tres entrenamientos sin empezar a repetirme), pero supongo que tener la entera confianza de tu entrenador tampoco lo es.

Terma Adventure Race Tandil 2015

Terma Adventure Race Tandil 2015

La Carrera: Este clásico de las carreras de aventura se corre desde hace 16 años en la ciudad de Tandil. La conocí como “La Merrel Tandil”, y en mi inocencia jamás asocié que se trataba de un sponsor, y que actualmente llevaría el nombre de “Terma”. Sin embargo, el circuito es muy similar: ha variado levemente con los años, ganando terrenos más interesantes y perdiendo uno o dos kilómetros en el camino. Pero a efectos de esta reseña, diremos que la distancia total fueron los 27 km que declaraba la organización.

El recorrido de esta carrera comienza en la Plaza de las Banderas y es siempre una largada multitudinaria. Es emocionante ver cada año las caras nuevas de los corredores que se animan a conquistar las sierras. Hablar de la belleza de Tandil y su oferta turística sería extenderse demasiado en la reseña, pero cualquier carrera que se realice en esta ciudad tiene el plus de convertirse en unas agradables vacaciones.

Antes de la carrera en sí misma tiene lugar la entrega de kits, donde además tiene lugar una suerte de feria de running donde se pueden conseguir muchos accesorios útiles a precios razonables.

El día de la largada amaneció fresco pero rápidamente el sol levantó la temperatura. En siete años que participo de esta carrera de aventura nunca sentí tanto calor. Los días de marzo, el último del verano, suelen ser bastante cambiantes, y mientras tuvimos que acostumbrarnos a correr con frío o con lluvia, el pasado domingo disfrutamos (y sufrimos) de un imponente día soleado.

El recorrido fue muy similar al año pasado. Tengo la impresión de que la bajada a la cantera tuvo un sendero nuevo, más angosto, donde uno debía agachar la cabeza en ciertas partes. Quizá haya sido parte del año anterior, pero sin dudas es parte de los pequeños cambios en el recorrido que fue sufriendo la carrera. Nunca están de más, ya que aunque la haríamos si el camino fuese calcado, las novedades son siempre bien recibidas para los reincidentes.

Lo bueno: La organización por parte del Club de Corredores y la gente de Tandil suele ser muy eficiente, tanto durante la entrega de kits como en la competencia en sí. Tengo algunas observaciones que voy a dejar para la sección con los aspectos negativos, pero en general se destaca su prolijidad.

El recorrido es óptimo, ya que combina una pequeña parte de asfalto en la largada (en una eterna subida), caminos de tierra, pasto y muchas, muchas rocas. Para quienes entrenamos con responsabilidad todo el año, Tandil es una excelente oportunidad para poner a prueba todo eso que hemos preparado. La primera mitad es una prueba principalmente aeróbica, mientras que la segunda es técnica y aquí entra en juego lo que hayamos entrenado en cuestas. También es un buen entrenamiento en sí mismo para quienes estamos viajando en breve a carreras de montaña, como es mi caso con los 120 km de Patagonia Run. En lo que a mí respecta intenté moverme rápido, con poco equipo encima (solo una botella en la mano con algunas pasas), para aprovisionarme en los tres puestos de hidratación (dos de ellos tenían comida). Así pude probar en dónde estaba parado (no de forma literal) en cuanto a mi potencia de piernas y ver cómo se comportaban mis nuevas zapatillas Asics pisando rocas sueltas.

Lo malo: Aunque el saldo de esta edición de la Adventure Race es positivo, hubo una situación que colmó mi paciencia, y por lo que pude escuchar la de otros corredores. Quienes me conocen saben que soy vegano, y como atleta de alto rendimiento me preocupo mucho por lo que consumo, tanto en lo que respecta a alimentos como bebidas. No creo que los beneficios de las bebidas isotónicas como el Gatorade y el Powerade estén por encima de lo nocivo que es llenarse de azúcar, colorantes y jarabe de maíz de alta fructosa. Pero mucha gente considera que es importante y no está mal que la organización ofrezca este tipo de bebidas. Sí me sigue pareciendo un acto de inconsciencia que el agua de los puestos sea solo la de bajo contenido de sodio. Cualquiera que se dedique a investigar va a poder comprobar que a menos que tengamos problemas de hipertensión, los corredores necesitamos bebidas con un nivel de electrolitos similar al de la sangre. Está bien, la opción es hidratarse con Gatorade, pero quienes estamos harto de que nos llenen de azúcar necesitamos una opción saludable en la que podamos correr más de tres horas sin jugarnos la vida. Para el Club de Corredores esto no es prioritario.

Hasta aquí esto es una apreciación muy personal con la que pocos podrían estar de acuerdo. Pero mientras en el recorrido uno toma su agua o su vaso de Gatorade para beber y seguir corriendo, la llegada a la meta es una combinación de euforia con el cansancio que empieza a hacerse sentir. No tomé la botella de Gatorade que me ofrecieron, y directamente pedí la de agua (con bajo sodio). Salí del corral de la llegada, bebí y me puse a estirar. El sol estaba fuerte, así que fui a pedir otra botella, porque además quería volver, subir la sierra, y acompañar a cualquier corredor de mi equipo que necesitara ayuda. Pero me lo negaron. “La verdad que no nos dejan”. La respuesta me sorprendió mucho, en especial porque gasté media botella de mi propia agua en limpiarle un feo corte en la rodilla a una corredora que se había caído, y la otra mitad en un corredor que rogaba a ver si a alguien le sobraba un poco de líquido.

La organización, que es la que prohibió que se diera más de una botella de agua a los corredores que habían pagado su inscripción, no tiene en cuenta que muchos no corremos con dinero para ir a comprar bebida, que traemos lo puesto y que seguramente agotamos toda nuestra bebida en la carrera. Ya no consideran que sea importante el sodio en los deportistas, pero tampoco el calor ni la necesidad de hidratarse. En la carpa médica comentaban que este fue uno de los años en que más tuvieron que atender a corredores que se desvanecían, en consonancia con un día bastante caluroso. ¿Era justo la edición para escatimar el agua? Realmente me frustró y amenazó con amargarme una mañana que, hasta ese momento, había sido perfecta.

El veredicto: La Adventure Race de Tandil es una carrera exigente, bien organizada, pero no por eso menos riesgosa. El terreno es muy técnico como para subestimarlo. Las cosas que funcionan de la organización hacen que uno pueda disfrutarlas de punta a punta si se está preparado, pero lamentablemente a veces a uno lo tratan como un número, en lugar de como un ser humano.

Puntaje:
Organización: 6/10
Kit de corredor: 8/10
Terreno: 9/10
Hidratación: 3/10
Nivel de dificultad: Para corredores avanzados

Puntaje final: 6,50

Semana 52: Día 364: La Espartatlón 2013

Lantink_Spartathlon2013

Ayer escribí un post, mientras se largaba la carrera de calle más soñada por mí: La Espartatlón. Hoy estoy escribiendo esta nueva entrada… ¡y la carrera todavía no termina! Acá no hay gente que para a descansar, se duerme una siesta… no, estos verdaderos guerreros del running no se detienen, o al menos dan todo de sí mismos para encontrar su límite o la gloria.

Comenzaron 323 corredores. Con unos 75 puestos de control en los 246 km del maravilloso recorrido, las informaciones se van conociendo cuando los atletas los van pasando. Lantik el holandés va a la cabeza, y al principio era seguido por Mike Norton… cien metros de diferencia, a veces se pasaban mutuamente. Pero en Corinto, a las 14 horas de carrera, por el puesto 26, Lantik iba cómodo y le había sacado un puesto de ventaja a Norton, quien comenzó a perder fuerzas por un dolor en la cadera. En el primer tercio de carrera abandonó el 18% de los corredores, que se enfrenta a temperaturas de 30º al sol y 10º en la noche. Oliveira, de Portugal, permanece segundo mientras escribo estas líneas, acercándose cada vez más a Lantik. La cabecera va por el puesto 57, y todavía queda mucho camino por recorrer.

Y, aunque usted no lo crea, este blog se termina hoy. Bueno, más o menos. Termina este tercer año, que fue el segundo intento en que quise correr esta fantástica carrera. La primera vez, en 2012, no pude porque no cumplí el requisito de correr 100 km en 10:30 hs (llegué a 70, vomité y pedí clemencia). Este año lo logré (lo hice en 10:14), pero cerraron las inscripciones porque no había cupos y la lista de espera llegaba a 194 corredores. Siendo que no arrancaron los 350 atletas del límite máximo de participantes, podría haber ido… pero necesito estas 52 semanas que quedan por delante para entrenar mucho.

He decidido que esta, la cuarta temporada de Semana 52, sea mi mejor momento. Física y mentalmente así lo siento. El desafío será mantenerlo y seguir mejorando durante 2014. Sé que lo voy a lograr, tengo la motivación y gente idonea que me asesora. Me gustaría estar ahora allá, sí, pero me siento sospechosamente conforme con cómo se fueron dando las cosas.

Mañana el contador vuelve a empezar. Ahí voy a resetear el cuentakilómetros y veremos con cuánto llego a septiembre de 2014. Ojalá que sea desde el otoño griego, bajo su sol radiante y caminando por esas calles llenas de historia. ¿Caminando? Debería decir corriendo…

Semana 52: Día 363: Un fondo porque sí

Anteúltimo día del blog. Faltan pocas horas para que a medio mundo de distancia, en Atenas, salga el sol y 350 corredores enfrenten las calles de la Acrópolis, camino a Esparta, 246 km más adelante. Mientras tanto, aquí estoy yo, descalzo en mi departamento, soñando con estar ahí dentro de 52 semanas…

Ayer con los Puma Runners tuvimos un entrenamiento bastante duro. Hicimos un fondo de 13 km, que para los que nos tocó no nos representó un gran desafío, pero después nos tocó hacer musculación: abdominales y flexiones. Solo que en modo irregular, dinámico… en fin, exigente. Yo había ido a la mañana al gimnasio, fue día de pecho y tríceps, así que estaba particularmente exigido. Terminé agotado. Feliz, eso sí. A las 12 de la noche era el cumpleaños del Gato, uno de los personajes más queribles dentro del grupo. Yo, por cuestiones monetarias, no iba a poder acompañarlos a la cena, que se iba a extender hasta después de la media noche.

Saludé a todos y me fui a la parada del colectivo. Gracias a Randazzo, hace meses que el tren deja de pasar a las 21:24 de la noche, lo que me hace imposible tomármelo de regreso (los entrenamientos suelen terminar cerca de las 22 hs). Cuando finalmente llegué a la esquina y comprobé las líneas que me iban a acercar a la parada del 152 (que sí me acerca a mi casa), me di cuenta de que no tenía mi tarjeta SUBE. Ella descansaba tranquilamente en el escritorio, en mi departamento. Tampoco tenía las 20 mil monedas que hacen falta para viajar hoy sin subsidio. Volví rápidamente a ver si enganchaba a alguien del grupo, pero se habían ido todos. Sin plata, de noche y solo… ¿qué opciones tenía?

Empecé a considerar la posibilidad de volver corriendo. Lo había hecho el jueves anterior, ese hermoso fondo que me dio 24 kilómetros. Pero era de día, tenía agua, y no estaba cansado… Con mañana de gimnasio, entrenamiento exigente por la noche, y siendo las diez… la idea de hacer una media maratón para llegar a mi casa no me tentaba demasiado. O sea, en el fondo sabía que si lo hacía, hoy tenía un excelente post para escribir. Pero para un día me parecía demasiado. Además quería levantarme temprano para ir al gimnasio… o sea, ¡por algo me quería volver temprano y me había perdido la cena cumpleaños del Gato!

Fui caminando con un cierto dejo de derrota hacia Libertador, donde iba a comenzar mi peregrinaje hasta Retiro. Pasé por la estación de tren de Acassuso y se encendió la esperanza… había gente esperando el tren. Eran ilusos, como yo. Me quedé esperando y a los 20 minutos el cartel electrónico anunciaba el próximo servicio a los 18 minutos. La cuenta regresiva se detuvo a los 7, cuando volvió a marcar 18. Quedó así, congelado, mientras la gente asumía la gran mentira del tren Mitre y dejaban el andén desierto. Me quedé solo, el cartel en blanco… y volví a reflotar la idea de volver corriendo. Pero el Gato, el héroe de la historia, me dijo que estaban cenando a 15 cuadras, que vaya y me prestaba su tarjeta SUBE. Hice un trotecito y cuando llegué di mucha pena. Me invitaron la cena y comí como un cerdo (comida vegana, por supuesto). A las 12 cantamos el feliz cumpleaños y a la 1:30 estaba finalmente en mi casa, después de un viaje en colectivo donde me dormía todo el tiempo.

Me levanté absolutamente roto. No pongo el despertador porque creo que así uno se despierta lo más descansado posible. Eran las 8 de la mañana y me dolía todo del entrenamiento de ayer. ¿Para qué quería ir al gimnasio? Apenas podía moverme. La mejor medicina para los dolores del deporte es el movimiento. Eso lo sé y lo he comprobado. Desayuné mientras me debatía entre ir al gimnasio o empezar a trabajar. Arranqué la jornada laboral, y mientras tanto iba mechando con frases motivacionales en mi twitter. No las invento. Las vi en inglés y las que me gustaron mucho las traduje:

“Cuando estés a punto de renunciar, recuerda por qué comenzaste”.

“La motivación es lo que te hace empezar. El corazón es lo que te hace seguir”.

“VA a doler. VA a tomar tiempo. VA a requerir dedicación y sacrificio. Pero VA a valer la pena”.

“Si lo que hiciste ayer te parece mucho, es que no has hecho nada hoy”. -Lou Holtz

“El dolor de la disciplina es mucho menor que el dolor del arrepentimiento”. -Sarah Bombell

“Tu mente va a renunciar 100 veces antes de que tu cuerpo lo haga. Siente el dolor y sigue”.

Lo mejor fue que a medida que las iba escribiendo… ¡me iba motivando! Ya a esa altura no lo pude evitar y dejé todo lo que estaba haciendo, salí a la calle y me fui a correr a la Reserva Ecológica.

Me fui sin una meta precisa. ¿Cuánto correr? ¿10 kilómetros? ¿30? ¿Qué camino? Sentía la cuenta pendiente del fondo que no fue de anoche… así que como había dejado de lado unos buenos 21 km, ese iba a ser el piso. Todavía era temprano, las 9:30 de la mañana. Estaba fresco, pero al sol era agradable. En la Reserva, ya con tierra y pasto bajo mis pies, me sentí muy bien. Corrí siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. Un morocho musculoso me pasó así que lo usé de liebre cuando ya había pasado los 13 km. Ahí estábamos los dos a 4:30. Empezó a bajar la velocidad, lo pasé y lo perdí. Improvisé el camino todo el tiempo, intentando que cada vuelta fuese distinta. Es increíble lo que hicieron con ese lugar: le agregaron un lago artificial y ahora están sumándole bancos y alguna clase de estructura metálica que no sé qué será (si son soportes para publicidad, la van a arruinar).

No quiero ahondar en cómo fueron esos 24,7 km que corrí, pero me olvidé de todos los dolores. Aguanté con el agua que hay en la Reserva y con unas pasas de uva en mi bolsillo. Y pensar que en las carreras ando obsesionado con geles y tantas pavadas innecesarias…

Llegué a casa transpirado, cansado, e inmensamente feliz. Me encanta improvisar, y creo que me di una merecida sorpresa con este fondo fuera de mis planes. Por suerte compré ese discurso traducido que estaba compartiendo vía Twitter. A veces hay que comprar el discurso que uno vende.

Semana 52: Día 362: Cómo explicar la pasión

Varias veces me dijeron que tenía que tener cuidado con los títulos de los posts, porque a veces no se entendía bien de qué iba a hablar. Siendo que nuestra capacidad de atención es limitada, probablemente debería optar por frases contundentes, que atrapen al curioso de entrada. Bueno, este post no es el mejor ejemplo de título contundente, y lo lamento por los que se lo pasen de largo.
Cuando Tim Burton decidió estrenar Batman en el cine (año 1989) decidí que me gustaban los cómics. Me parecían geniales, y mi primera revista me la compró mi abuela en la estación de Banfield. Era de Batman, por supuesto. Pronto descubrí que salían cada 21 días, así que empecé a coleccionar. Cuando tuve nada menos que TRES REVISTAS se las mostré a mi primo. Yo estaba orgulloso. Después de todo… ¡era Batman! Mi primo quitó su atención de la tele, posó su mirada en mi escueta confección por un segundo y regresó a lo que estaba viendo por TV.
¿Cómo podía no interesarle? ¡Era Batman! Pero ahí entendí que full hecho de que yo estuviese entusiasmado era un fenómeno aislado que no era inmediatamente universal.
Pararon los años y empecé a correr. Mejoré mis tiempos, coleccioné medallas, acumulé remeras, fotos, videos… pero me fui dando cuenta que esa pasión que sentía solo la podía compartir con los que les pasaba lo mismo que a mí. Como cuando me junto con los fans de Batman y debatimos si hubiésemos podido ser el hombre murciélago de haber entrenado cuerpo y mente desde los ocho años.
Le he contado experiencias de carrera a mucha gente que ni hace deporte, pero bien podría hablar de 8 kilómetros como de 42, y muchos no verían la diferencia. ¿Cuánto es un buen tiempo de maratón? Para el que desconoce, si le decimos que full récord mundial son 4 horas, ¿por qué dudaría de nuestra palabra? (El récord está en dos horas y moneditas)
Por eso es que entrenamos en grupo, nos metemos en foros, le damos like a páginas. Nos sentimos a gusto al rodearnos de gente que se apasione por lo mismo que nosotros. Nos ahorra explicaciones y sabemos de qué estamos hablando. Obviamente que yo encuentro una satisfacción muy grande cuando veo a alguien que desconoce del running y quiere consejos. Cuesta mucho explicar la pasión, por eso es tan lindo contagiarla.

Listo, ya está. Se terminó el post de hoy. ¿Por qué seguís acá?
Dijiste que ibas a explicar cómo contagiar la pasión… y más o menos te hiciste el gil con eso.
Y bueno, justamente es muy difícil explicar la pasión. Ronda lo imposible.
– Pero el título del post dice justamente lo contrario. Bah, da a entender que vas a explicar cómo contagiar la pasión…
– Sí… pero también aclaré que había que buscar atraer al curioso… y después, por las dudas, dije que este título no era muy bueno…

Semana 52: Día 361: Cosas que me delatan como corredor

No me cansaré de decirlo: nadie que me conociera hace diez años pensaría que eventualmente me convertiría en un corredor de fondo. Menos que escribiría un blog sobre eso y todavía mucho menos que estaría tres años haciéndolo (y contando). Pero pasó, por más que insista en contar, cada tanto, cómo fue que empecé a hacerlo.

Hoy miraba el medallero que mi amigo Juanca me regaló cuando estuvo de visita para la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Solo me tomó tres semanas ponerlo en la pared (esos que me conocían hace diez años sabían que yo era un poco vago). Una gran amiga me prestó su agujereadora y después de luchar contra la dureza de mi departamento, logré instalar el colgante. Me tiré en la cama a contemplarlo, con mucha satisfacción (en un monoambiente, todo se puede ver desde la cama). Ahí me puse a pensar en que por más que el medallero diga que amo correr, se me nota.

Por una cuestión de comodidad, estoy todo el día con ropa deportiva. Pantalones de joggin, musculosas, remeras de carreras y buzos fluo que por poco brillan en la oscuridad. Siendo que voy al gimnasio casi todas las mañanas y que corro por lo menos día por medio, me quedo con esas prendas cómodas porque en breve las voy a tener que usar (o sea, transpirar). Por supuesto que si tengo que salir me pongo un jean y alguna remera de vestir, pero casi siempre estoy ablandando un par de zapatillas nuevas, así que de los tobillos para abajo, jamás combino.

Hay toda una organización en mi departamento producto de que corro. Primero, tengo un cajón bastante grande (metro y medio de ancho por 60 cm de profundidad) lleno de las remeras que me regalan en las carreras, y las poquitas que la vida me dio sin que compita. También tengo otro cajón exclusivo para medias, ya que vivo cambiándomelas (y destruyéndolas). Antes todo formaba parte de una pila homogénea en la que no se encontraba nada. Ahora todo necesita tener su lugar para que lo pueda encontrar más rápidamente.

La barra de dominadas que atraviesa el marco de la puerta del baño también me delata como deportista. Porque la uso. De vez en cuando voy o vuelvo del baño y me cuelgo a hacer una serie. Hago seis sin ningún problema, en las que dejo el peso de mi cuerpo muerto, me levanto con los brazos y al llegar arriba levanto las rodillas al pecho… así además de bíceps y espalda hago abdominales. Tengo una ventana fuera del baño que da al edificio de enfrente, donde siempre hay oficinistas trabajando o charlando. Me pregunto qué pensarán si ven a mis pies elevándose cada dos por tres…

Otra cosa que me delata constantemente es mi material de lectura. Si bien alterno de tanto en tanto con un libro de nutrición, casi siempre estoy leyendo algo relacionado con el deporte. Nacidos para correr, Tras las huellas de los héroes, Eat and Run, Nutrición y peso óptimo, Correr o morir, De qué hablamos cuando hablamos de correr… creo que queda claro que tengo un temita con el running.

Y probablemente lo que más me delate sea el resumen de la tarjeta… Si bien en Brasil me las ingenié para pagar con débito, siempre que viajo me compro cosas relacionadas con el deporte. Sueño con volver a ir a Europa y pasar por el Decathlon, así vuelvo a arrasar. Los precios son muy baratos, incluso convirtiéndolos a la moneda nacional y agregándoles el 20%. Todo el tiempo estoy comprando pasas de uva, avena, agua mineral, bebidas isotónicas y bananas, productos que buscaría muchísimo menos en el súper o ni siquiera compraría. Pero soy un fondista, y necesito mis hidratos de carbono…

Semana 52: Día 359: No corras por la calle

Somos corredores. Nos encanta, lo vivimos con pasión, y las endorfinas más un estado aeróbico óptimo nos hace sentir indestructibles. Pero no lo somos.

Nunca hablamos de “carreras de vereda”. Siempre es la calle versus la aventura, la naturaleza. Pero las vías asfaltadas, por más que nos pese reconocerlo, son para los automóviles, que vienen a ser algo así como los enemigos de los atletas. No nos dejan cruzar en las esquinas, se cruzan en el camino cuando están estacionados, nos intoxican con sus caños de escape. Queremos, en algún punto, ganarles espacio. Las maratones nos reivindican, con sus recorridos por avenidas y autopistas, donde nos sería imposible trotar.

Aunque los automóviles (y sus conductores) sean nuestros enemigos naturales, la sociedad ha decidido que ellos deben transitar por las calles, y nosotros pasar el menor tiempo posible por su zona asignada, solo para cruzar con precaución. Pero la reivindicación es más fuerte, queremos sentir esa sensación de libertad… entonces cuando entrenamos vamos por la calle, en paralelo a los vehículos, con el tránsito o contra él. Creemos que como vamos a una velocidad que un auto consideraría despacio, estamos seguros.

Somos muy malos conductores. Los números asustan. Cada 46 segundos hay un choque, y mueren 21 personas por día en estas tragedias. La sociedad, que suele elegir muy mal las palabras para describir sus errores, habla de “accidentes” y no de “imprudencias”, y dice cosas como “el camión perdió el control”, como si el vehículo hubiese cobrado vida propia y no hubiese habido negligencia del conductor. Se usan estas palabras porque nos cuesta reconocer que fallamos constantemente. Y ahí, como corredores, estamos colaborando al correr en la calle, porque no es nuestro lugar. Probablemente no provoquemos un accidente, al menos no en la gran mayoría de los casos, pero en una sociedad donde hay tantos malos conductores, el riesgo al que nos exponemos es demasiado alto.

Es difícil volver de un choque. Contra un auto, a la velocidad que sea, no tenemos protección más que nuestros músculos y huesos. La fuerza de un vehículo es imparable, y aunque seamos fuertes, un impacto a baja velocidad nos deja afuera del atletismo. Por mucho tiempo o de por vida. No es cuestión de ser fatalista, ni siquiera de relajarse porque no conocemos a alguien que le haya pasado. El riesgo existe, y se minimiza enormemente trotando por la vereda.

Pongo un caso donde la suerte jugó un papel importantísimo. Noche de llovizna. Un corredor, que vendría a ser quien les escribe, entrena por la vereda. Cruza una esquina al mismo instante en que un automóvil dobla. El conductor no detiene la marcha, no ve al atleta, para él en ese espacio solo hay aire. El sorprendido peatón pone la mano, como si con eso pudiese detener al mastodonte de metal. La marcha es lenta, llega a rodar sobre el capó, patina por el agua y termina en el suelo. Recién ahí el auto frena. Podría haber pasado cualquier cosa, haber quedado bajo una rueda, haber tocado una rodilla y haberla partido. El costo es muy bajo, un dolor de piernas y de cadera que dura una semana, más raspones y moretones en la cara por el golpe contra el asfalto. El conductor se disculpa: “perdoname, no te vi”. Y acá el corredor estaba entrenando en la vereda y cruzando la esquina con luz verde. Yendo por la calle lo hubiesen tenido menos en cuenta todavía.

El asfalto es más regular que las veredas, es cierto. Pero, ¿cuál es el sentido de entrenar “cómodamente”? Las carreras de aventura no son asfaltadas, y los deportistas de ciudad deberíamos incorporar un trayecto “incómodo” para emular los terrenos irregulares al aire libre. Aunque la maratón sea en la calle, siempre hay algún tramo en el que levantar los pies para atravesar un cordón, una loma de burro, una botella vacía… correr no es, justamente, estar cómodos. Entrenar es emular cualquier circunstancia, pero más que nada es preservar la salud y fortalecernos. No tenemos lugar en la calle, más que arriba de un auto. Y ahí nos toca, por supuesto, ser precavidos… con los imprudentes corredores que decidan exponerse al entrenar al lado de los autos…

Semana 51: Día 357: Corriendo de San Isidro a Retiro

Continúo con la segunda parte del que hasta ahora será mi día favorito de 2013.

Cuando salí de la nutricionista eran cerca de las 11 de la mañana. Había ido preparadísimo: ropa para correr, el reloj con GPS, la mochila tipo camel, unas galletas de arroz, una banana y una caramañola de 750 cc llena de agua. Capté señal, guardé el pantalón largo, comí algo y arranqué.

Estaba en la punta del Hipódromo de San Isidro, donde convergen Márquez con Fleming. Empecé fuerte, estaba entusiasmado. Iba entre 4:30 y 5 minutos el kilómetro. El motivo por el que entrenamos siempre con los Puma Runners en este lugar es que esta “vereda” mide 1,6 km de largo, y la vuetla entera da unos 5,1 km. Pero yo no iba a dar vueltas, en realidad mi plan original era encarar hacia Libertador, doblar a la izquierda, y darle derecho hasta cruzar la General Paz, Figueroa Alcorta, plaza San Martín y su ruta. Romina, mi nutricionista, me sugirió que vaya por el bajo, que también es un camino que solemos hacer los sábados. El día estaba increíble (hasta corrí con lentes), así que mientras estaba por cruzar la avenida Santa Fe (en San Isidro, obvio) decidí hacerle caso.

Luego de una parada técnica en el baño de una terminal de ómnibus, seguí por Roque Sáenz Peña hasta llegar a Juan Díaz de Solís, la calle que bordea el Tren de la Costa. También es una zona cómoda para correr, gracias a que el caminito de las vías solo es interrumpido por cruces a nivel, con sus respectivas barreras. No abunda el tránsito, como sí pasa en Libertador, así que pude ir más tranquilo, disfrutando del clima y la sombra de los árboles.

Pero lo que para mí hacía especial este fondo era que iba a tener un poquito de exploración. Siempre que entrenamos llegamos hastala calle Paraná, y ahí nos uqedamos, enfilando para el lado del río o haciendo cuestas. Nunca me imaginé que se podía seguir bordeando las vías, pero si ese tren llegaba hasta la estación Bartolomé Mitre, cuya entrada es por Libertador, lo más probable era que ahí pudiese empalmar con mi plan original. Yo no sabía cuánto iba a correr, ni a qué hora iba a llegar a mi casa (donde tenía que bañarme, almorzar y estar listo para que a las 14 fuésemos con un amigo extranjero a Comicópolis, la feria de historieta en Tecnópolis. El hecho de tener un límite de tiempo me ayudaba a apurarme…

Pasando Paraná, comenzó terreno inexplorado. Afortunadamente el caminito asfaltado junto a las vías seguía, hasta que me vi forzado a bajar a la calle. Seguí hasta que no pude seguir avanzando recto y tuve que doblar en una esquina. ¿Hacia dónde? Encaré a la izquierda y me arrepentí. Volví a la derecha, y doblando… ¡Libertador! Ese mismo camino que tantas veces hicimos en tren, lo había recorrido a pie.

El resto del trayecto era bastante conocido para mí, ya que muchas veces entrené yendo o volviendo a San Isidro (a veces yendo Y volviendo). El tema es que mi entrenamiento terminaba en Colegiales, más o menos a la altura de la calle Juramento. Así que de nuevo me dio esa sensación de mariposas en el estómago por estar probando algo nuevo, en una distancia que seguía siendo un misterio para mí.

Con el sol en lo alto, pleno mediodía, crucé al otro lado de Libertador en una barrera (porque la avenida pasa por debajo de las vías del tren, en un paso bajo nivel no apto para seres humanos) y pasé junto a otro Hipódromo, el de Palermo, separado unos 15 km del de San Isidro. Había poca gente entrenando, seguramente por el horario, lo cual es un placer para mí. Sin embargo vi a algunos que aprovecharon el clima como yo para salir al aire libre (seguramente autónomos, millonarios o desempleados… el running nos une a todos los que podemos acomodar nuestros horarios).

Crucé Figueroa Alcorta a la altura de Canal 7, siempre con la radio Delta en mis audífonos. La música rítmica me ayuda, así como que tengan pocos locutores diciendo pavadas al aire. Hice la distancia de una media maratón (que creo que es 21,9 km) en 1 hora con 37 minutos y 53 segundos, un tiempo que no hubiese estado mal en la carrera de hace dos semanas. Claro que ayer tuve que frenar en varios semáforos y hacer una parada técnica, lo que me sumó algunos minutos. También me retrasó un poco sacar la caramañola de la mochila cada vez que tomaba agua.

El tema de la hidratación fue mi punto flojo. No podía cargar más que ese líquido, y lo fui racionando. Me alcanzó muy justito, por suerte llegué bien a Retiro y de ahí a mi casa, donde paré el reloj a los 23,74 km, con un tiempo total de 1:50:46. Fue una sensación maravillosa, sentí que había aprovechado muchísimo el día… ¡y recién era la 1 del mediodía!

Subí rápido a mi departamento, puse algo en el horno eléctrico y me metí en la ducha. Todavía me faltaba encontrarme con Diego a las 14 para salir disparando a Tecnópolis, donde se decía que el maestro, el único, el prócer de la historieta, el educador de millones de argentinos, iba a estar firmando ejemplares. Me refiero, obvio, al papá de Mafalda, el inigualable Quino. Pero esa es una historia que quiero dejar para el día de mañana…

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