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Semana 40: Día 275: El día después de Rosario

Matías es un habitual lector de este blog que comenta con bastante frecuencia. Su seudónimo es “Matías Orange”, por el color naranja, en inglés. Esto viene a colación de que no está verde, sino maduro. No, mentira, no tengo idea por qué se puso así. Pero empezó un blog con un plan de entrenamiento: 187 días para llegar en el mejor estado posible a la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, el 7 de octubre, y llegar en la gloriosa marca de las 3 horas, 30 minutos (o menos). Y como lo de escribir se le da con naturalidad, empezó un divertido blog, llamado Un Pibe Que Corre.

Envidio la facilidad con la que putea, algo que a mí, en mi propio blog, me da bastante pudor. Nos cruzamos en la pasada Maratón de la Bandera, en Rosario. Él había llegado desde Córdoba, nosotros desde Buenos Aires. En nuestra propia experiencia maratoniana, él fue un personaje secundario, hecho que se invierte cuando él cuenta su epopeya en su blog. Es interesante leer esta carrera desde los ojos de otro corredor. Para los que estamos en nuestras primeras competencias, cada maratón queda grabada a fuego:

 

El día después de Rosario…

O el segundo día después, en realidad. Ya es martes y llegó la hora de reflexionar sobre las cosas que se hicieron bien -pocas- y las que se hicieron mal -muchas, muchísimas- a la hora de correr la Maratón de Rosario.

Antes que nada, quisiera agradecer a mi entrenador, Luis Alejandro Barrionuevo, y a mis compañeros de carrera Jorge Biroccesi y Verónica Barceló por el aguante realizado a lo largo del entrenamiento, de la carrera y de la estadía en Rosario. También a la gente de la Municipalidad de Río Ceballos y de la inmobiliaria Pehuén por acompañarnos en este proyecto tan importante como es el desarrollo sostenido del atletismo a nivel local.

Voy a ser serio y a hacer una severa autocrítica sobre lo que pasó durante la carrera. Para esto, creo conveniente dividir esta “reseña” en tres partes: entrenamiento, planificación y carrera. Esto a modo de guía ya que no existe un sólo hecho aislado -la carrera- sino que se puede establecer una teleología que me tenga como punto culmine al cruzar la meta después de más de cuatro horas de carrera.

Entrenamiento

El entrenamiento empezó a finales de marzo sin un objetivo concreto. Yo venía de correr la primer etapa de la Ultraseries Trail Run Series y el Desafío al Pan de  Azúcar de Misión Dxt y quería empezar a ponerme más activo en busca de un objetivo concreto: bajar las 3h30m en la prueba atlética por excelencia, la maratón. En la Maratón de Buenos Aires había realizado terminado con un tiempo de 4h17m en el oficial y 4h14m en el neto y tenía ganas y me sentía con posibilidades de bajarlos.

Lo programado consistió en alternar días de series de pasadas de distintas distancias y ritmos, para trabajar la velocidad, con tiradas largas a diferentes tiempos por km, para trabajar la resistencia, previo trabajo de movilidad y técnica. El trabajo se realizó bien, de forma constante, pero no pude comprometerme de la manera en que me hubiese gustado. Hubo días que por cuestiones laborales o personales, tuve que modificar las actividades del día sobre la marcha, y otros en que directamente no pude cumplirlo.

A esto hay que sumarle un mes de junio para el olvido, donde corrí extremadamente poco a causa de un resfrío-gripe-notengolamásputaidea que nunca terminó de darse y que hinchó bastante las pelotas.

A modo de resumen: se entrenó bastante, aunque no con el compromiso requerido de mi parte, y la salud me jugó una mala jugada en el último tramo -crítico, en cuanto a volumen-, lo que se reflejó el domingo, en términos de resistencia. En lo técnico evolucioné bastante y sufrí menos contratiempos desde lo físico, en el after de la carrera. Ya estoy casi completamente recuperado.

Planificación

A pesar que el viaje se programó sobre lo último, salió todo bastante bien: buen alojamiento, se comió bien, se durmió bien y hasta se disfrutó de un trotecito pre maratoniano el sábado por la mañana. Fue un viaje muy lindo y que se disfrutó bastante: Rosario estuvo a pedir de boca este último fin de semana.

En cuanto a la planificación de la carrera, salí a buscar un 3h30m. Ese es el objetivo del año, al cual apuntaba a cumplir en octubre, durante la Maratón de Buenos Aires. A pesar que en el último fondo previo a Rosario, de unos 30km, había reventado en el km20, me sentía confiado en que podía llegar a meter ese tiempo con algo de huevos y bastante de buena suerte, pero me conformaba en Rosario con cualquier marca debajo de las cuatro horas.

Este es un apartado peliagudo para enfocarse antes de una carrera, pero que es muy sencillo de leer con el diario del lunes en la mano: evidentemente tendría que haber buscado una marca intermedia y haber corrido a un ritmo más conservador.

Carrera

La vedette del viaje. El leivmotiv de esta primera mitad del año. Protagonista de pesadillas, sueños y ansiedades, la maratón de Rosario fue sin duda una prueba que me terminó sorprendiendo desde cualquier punto de vista desde donde la había intelectualizado.

El circuito, de 42195m, se ubicaba mayoritariamente sobre la costanera, costeando el río Paraná, a excepción de un tramo de unos 13km en el cual se metía hacia el centro de Rosario a través del Bv. Oroño hasta el Parque de la Independencia, y salíamos de vuelta hacia el río por Bv. Pellegrini. También había otro desvío entre el km 35 y el 38, que era una especie de “brazito” -nombre técnico, claro está -?– hasta a un flaco parado en medio de un circulo de conos, que funcionaba de retome.

La carrera largó pasadas las 9:00, en medio de una fiesta y el griterío terrible de mucha gente. El primer km consistía de un tramo mixto de asfalto y adoquines -material que terminé odiando-, y un pedazo de túnel, lo que fue una experiencia realmente grata y sorprendente. En el segundo km estaba el primer puesto de hidratación y a los quinientos metros doblabamos en dirección hacia el centro.

Muy bien mantenidos los cortes por la gente de la Municipalidad de Rosario y los banderilleros voluntarios hicieron un gran trabajo también marcando el recorrido.

El “centro”, o la zona más urbana, digamos, consistió en un tramo de poco más de 10km de un asfalto algo bacheado y con mucha sombra. El calor ya se empezaba a sentir e hice ese tramo al ritmo del pacer -o liebre- de las 3:30hs, que era el objetivo que buscaba. Mucha hidratación, aunque la Dasani no sea mi agua preferida. Alrededor del km10, pasando la cancha de Newell’s, tomé mi primera gomita GU y en ese momento me dí cuenta que debería haber llevado dos paquetes en vez de uno.

Al salir del parque y tomar por Pellegrini, seguí el ritmo de la liebre, que estaba corriendo por debajo de los 5:00/km. Me sentía bien, cómodo, e iba y venía con el grupo, que charlaba alegremente sobre cosas a las que no les presté atención. Muchos se conocían, por lo visto eran veteranos de la distancia, y se ponían al tanto de sus vidas y de conocidos. Nada del otro mundo.

Al salir del centro hacia el Monumento a la Bandera, me empecé a quedar rezagado respecto a la liebre, pero seguía corriendo por debajo de los 5:00/km, que era el objetivo. Me sentía bien, entero y hasta un poco confiado, pensando que la carrera la tenía en el buche.

Sí, pensé que tenía una carrera de 42km adentro en el km15. Cacho de nabo.

La segunda parte, de unos seis km, consistió en un tramo de asfalto con algo de adoquines -¿que tienen los rosarinos con esto, me cacho en diez?- casi completamente llano excepto por un tramo de autopista con una elevación algo pronunciada cerca del retome. Empecé a rezagarme aún más de la liebre -ya la tenía a casi 50m- y me crucé con Jorge Biroccesi, mi compañero de equipo, que venía ya por el km 19 o 20, mientras yo iba por el 17 o 18. Dí la vuelta en el retome, dejé de pensar en la liebre y en el tiempo y me dediqué a mirar a los corredores que venían, a ver si veía a Franco. Me lo crucé por el km 20, y venía bastante bien.

En el km21 pasé frente al monumento de la bandera y la carrera dio un giro de 180º para mí. Alejandro, mi coach, me hizo de liebre un trecho hasta el tunel, ya que quería serle liebre a Jorge a la vuelta y le dije que no había drama. A esta altura ya estaba corriendo por encima de los 5:00/km y estaba preparandome mentalmente para la carrera que se me venía, que no pintaba para nada fácil.

La segunda mitad de la maratón consistía en ir hacia el norte -o “para arriba”-, hasta el km 30, hasta el parque Scalabrini Ortiz -creo, la verdad que no sé- y de ahí volver. Después, pasando el km35 había un desvío hacia el flaquito en el circulo de conos y ahí la vuelta. En el km37 te daban bananas. Este trayecto era de asfalto en muy buen estado, pero al filo del sol. Fuck my life, pensé, pero a darle para adelante. Sin asco

En el km25 me alcanza Verónica Barceló, compañera de equipo, y me pregunta como estoy. Le respondí que bien, que aunque las piernas me pesaban todavía podía seguir, que no se retrasara al pedo. Me hizo caso y siguió a un ritmo fuerte y constante. Terminó haciendo apenas ahora de las 3:30 y salió cuarta de su categoría. CARRERÓN.

En el km25 y monedas, pasando una curva de una Shell, camino por primera vez. Los cuadriceps e isquiotibiales me arden bastante y los siento algo contracturados pero no enlongo y sigo. Sobre el km27 la ruta se empieza a hacer cuesta arriba y las puteadas a amontonarse. Pierdo el foco de la carrera. Cambio de estrategia y troto dos minutos y camino uno. Así voy hasta el km 29 donde empiezo a trotar de vuelta. Hago el retome y sigo. Cerca del km31 me cruzo con Martín Casanova, autor del Semana 52, y con su novia, Vicky, que venían corriendo la primera maratón de ella. Le grito “¡Grande Casanova!” porque lo reconocí de pedo y sigo trotando.

El tramo entre el km30 y 35 fue muy sufrido. Me deshidraté. No podía tomar más del agua porque le sentía un gusto horrible y me sentía bastante para la mierda. Las liebres me empezaron a pasar como poste de ruta, y yo no podía seguirle el paso a ninguna. Bastante frustrado camino y pienso en abandonar. Llego al km35 y agarro 2 botellas de Powerade. Un desconocido buena onda me da una gomita GU y un trago de Gatorade un rato antes porque me vio completamente destrozado. Ese flaco me dio las fuerzas necesarias para poder completar la carrera en un momento muy difícil.

Hago la vueltita infame entre el km35 y el km37 y cruzo de vuelta a Casanova y Vicky. Cuando salgo a la ruta de vuelta, siento como energías renovadas y empiezo a trotar más fuerte.

A todo esto, mi ritmo ya era de +6:00/km.

En el km38 ya encontré un ritmo fijo y no vuelvo a caminar más hasta llegar a la meta. Venía alentando a corredores en el camino y medio pechándolos para que no se retrasen más. Cuando paso por el 40km pienso “LA PUTA MADRE TODAVÍA FALTAN 2KM, LA CONCHA DE MI MADRE” pero sigo. No me subo a la vereda en ningún momento, a pesar que la calle sea de esos adoquines hijos de puta.

Después de la bajada del km41 aprieto el paso lo más que puedo. Paso a unos corredores de Bahía Blanca y les digo en joda: “Miren que dentro de 15 días tienen otra de vuelta”. No se ríen. Hay cosas peores.

Adoquines, adoquines everywhere. Me cruzo con Ale y Jorge, que estaban cambiados y veo venir a Vero con la medalla y la hidratación. Aprieto el paso mientras levanto los brazos, agitando al público. Corro lo más rápido que puedo bordeando el Monumento a la Bandera y, después de 4 horas, 15 minutos y 34 segundos, termino mi segunda maratón.

Semana 39: Día 270: La Maratón de Rosario (detrás de escena)

Correr una maratón no es fácil. Dudo que siquiera le resultara sencillo a aquel animal que llegó en poco más de dos horas. Lo vimos pasar, en sentido contrario, cuando iban dos horas y cuarto de carrera. Iba solito, muy tranquilo, pero seguro la sufrió tanto como el que llegó último.

Vicky corrió sus primeros 42 km de calle. Era algo que la tenía ansiosa, con nervios. Nos preparamos lo mejor que pudimos, con una dieta rica en hidratos, sin fibra. Descansamos lo que nos fue posible, no nos exigimos tanto en los días previos, y nos armamos de los artilugios de los corredores, como geles, analgésicos y otros accesorios como tibialeras. Sin duda, la vedette de esta maratón fue el baticinturón.

Este es el nombre cariñoso que le dimos a ese cinto que trae caramañolas y algún compartimento para guardar cosas. Vicky lo compró en Buenos Aires, y yo lo dudé hasta el final, adquiriéndolo finalmente a minutos de retirar el kit de la carrera y firmar el deslinde de responsabilidad. Esta era mi cuarta maratón, y en otras utilicé una mochila hidratadora. Solo en Grecia, con un asistente en auto, me animé a correr sin nada encima.

El baticinturón siempre me resultó aparatoso, y hasta me burlaba de quienes lo usaban. Imagino que ahora yo seré motivo de burlas en susurros, con mis cuatro botellitas que llevo como si fuese Rambo con sus granadas. Pero me di cuenta de lo cómodo que es no llevar peso en la espalda. Además me vi obligado a economizar. La mochila permite llevar muchas cosas, como un abrigo liviano, ropa, analgésicos (en pastilla y en pomada), vaselina, agua para toda la carrera y el celular. Todo eso juntito. El baticinturón es agua y no mucho más.

Nos ayudó que hiciera un clima espectacular. No necesitaba cargar con abrigo por las dudas. El sol pegaba fuerte, muy agradable, así que me saqué el pañuelo de la cabeza e improvisé poniéndomelo en la muñeca. Así me pude secar la transpiración con una tela suave, algo que nunca había hecho y que resultó muy cómodo.

Por otro lado, como tenía un solo bolsillo en el cinturón para guardar algo, prioricé el celular, tanto para emergencias como para twittear y sacar fotos. La vendedora me sugirió una muy buena idea para los geles: echarlos en una de las caramañolas, completarla con agua e ir dosificándolo de ahí. ¡Genial! Nada de abrir paquetitos mientras corría. De hecho, ya venían casi diluídos, lo que los hizo mucho más tolerables a la hora de tomarlos.

Probablemente en otra carrera sus limitaciones me compliquen. Pero si el clima lo permite, lo mejor es economizar en peso. No necesité nada más, y el celular (alias la cámara) estaba muy a mano, en un bolsillo que (a diferencia de la mochila) no dejaba que se humedezca por la transpiración.

El gran punto negativo del baticinturón fue al cruzar la meta. Cuando nos dieron la medalla, nos hidratamos, comimos, festejamos y todo eso, me lo saqué y me di cuenta de lo molesto que es cuando no lo llevas puesto. No te lo podés colgar de un hombro, ni envolverte una muñeca. Ni siquiera es cómodo de guardar en una mochila. Pero sus ventajas sobrepasaron estas incomodidades.

No sé qué se vería desde afuera. Un salame con cinturón de astronauta, filmando con su celular en lugar de mirar dónde corría. Pero en nuestro mundo interno, Vicky y yo estábamos disfrutando de una hermosa maratón, que registramos para la posteridad. Fue la carrera de ella, pero igual para mí no fue fácil. Sufrí, me emocioné, y aunque no corrí contra mi reloj mental, sé que hice un esfuerzo tremendo. Pero no estaba absorto de toda esta grandiosa maratón. La estaba viviendo, y ahora me encuentro constantemente volviendo a mirar  la llegada en ese videito. Puedo experimentar otra vez esa emoción, esa alegría, y el orgullo de ver a mi chica cruzando la meta.

Semana 39: Día 269: Nace una nueva maratonista en Rosario

Como dije alguna vez, la maratón de Rosario giró en torno a Vicky. Era su primera experiencia en esta gloriosa carrera de calle, y acompañé en todo lo que pude. Si fui a un ritmo más lento que el mío no quiere decir que no la haya sufrido. Me duele todo, pero estoy feliz de haber superado esta prueba, y más todavía de haberlo vivido codo a codo con Vicky, una verdadera luchadora.

Es raro intentar describir lo que uno vive ne una maratón. Difícilmente alcance para describirse con palabras. Todo ese sufrimiento, los dolores… y de fondo una felicidad de estar lográndolo, de poder conquistar el deseo de cruzar la meta. Ella lo vivió por primera vez y, sin chistar, se comprometió a poner en escrito sus pensamientos. Aquí va, el relato de una nueva maratonista:

El año pasado tuve el sueño de correr la Maratón de Rosario, pero no estaba entrenada y pensaba que no iba a llegar físicamente a recorrer los 42 Km. Con un año de delay, el domingo finalmente corrí la distancia que te consagra como maratonista.

Después de haber participado en ultramaratones uno debería pensar que esto era solo un paseo por el parque (a walk in the park) pero no lo fue. La idea de correr sin parar 42 km me intimidaba, especialmente sobre asfalto. No había podido entrenar mucho las semanas previas porque estuve resfriada, y sumado al frío que estuvo haciendo, me daba fiaca salir de casa después del trabajo. Además me tenía preocupada un dolor en los tibiales (anteriores y posteriores) que venían molestando desde hacía rato.

En esta maratón innové en dos cosas (aunque aconsejan no experimentar en una carrera). Por un lado, probé los parches de diclofenac en los tibiales, recomendación que me hizo una compañera de Puma Runners. Por el otro, estrené el baticinturón, ya que no quería correr con el peso del hidratador en la espalda. ¡Debo decir que esas dos cosas me salvaron la vida!

La salida fue emocionante, nos sacamos la foto grupal, nos dimos las manos, nos deseamos buena carrera y arrancamos. El día perfilaba precioso, nada de frío y el cielo diáfano. El solcito, el “poncho de los pobres”, nos daba calorcito por el camino. La temperatura era ideal. Nada pudo haber fallado. Fue perfecto en todo sentido.

Iba muy bien y muy contenta, sin dolores, los tibiales no se sentían, el oxigeno bien. En realidad, no podía creer que fuera tan bien. Después de la carrera, Martín me confesó que íbamos a 5:30 el kilómetro, pero no me lo quería decir en su momento porque no me quería presionar.

En los primeros kilómetros atravesamos un túnel, todos levantando las manos, aplaudiendo y gritando enérgicamente. Le dije a Martín “cuando volvamos a pasar por acá, en el kilometro 23, van a pasar todos calladitos”. Antes de dar la vuelta y tomar por el Boulevar Oroño, un Dj que pasaba unos sets de Guetta (con todo el poder) me motivó a levantar el ritmo.

Todo lindo, hermoso, color de rosa, divino, hasta que divisé, en el kilómetro 17,5, una autopista con una breve pendiente. No me agradó mucho. De ahí en más sentí como si corriera con el freno de mano puesto. Atravesamos nuevamente el túnel, esta vez todos más distanciados y en silencio. Había un artista tocando en el bandoneón una música que me recordaba a esas películas donde los barcos iban trasladando inmigrantes. En el kilómetro 21 desaceleré y el Pacer de 4 horas (con toda la troupe) me pasó. Otra vez cruzamos al Dj con música bien arriba y me llenó de energía, pero en el kilómetro 25 me rebasó el pacer de 4 horas 10 minutos, y ahí nos quedamos. Había una pendiente imperceptible pero que se imponía.

Nos cruzamos en sentido opuesto con el puntero, el podio iba a 2 horas 12 minutos. Venía tranquilo, yo mientras trataba de sacarme el freno de mano… pero no hubo caso.

Dimos la vuelta en los 30 kilómetros esperando el muro, pero haciendo un recuento me pareció atravesar varios muritos, o quizá mi verdadero muro fue a los 21 kilómetos. Y allí estaba, pensaba en todas las carreras que había sufrido verdadero dolor físico y esto no era tan diferente. Pero en la cabeza seguía la idea de no parar, bajaba el ritmo, cuando podía aceleraba un poquito y comía una gomita (creo que me ayudó el gel Expresso Love). En el kilómetro 32 sentí que me prendía fuego y tuve que sacarme la remera. A partir de ahí me sentí muy bien, entumecida pero feliz. El tren superior estaba como si recién hubiera arrancado, pero mis piernas pedían clemencia. Pensaba en Pilates y los ejercicios de elongación, e intentaba abrir la zancada.

Divisamos otra autopista, ¡¡otra subida!! ¡¡Pero a quién se le ocurre!!

En el kilómetro 38 nos dieron banana, pero ya a esa altura no podía comer más nada. Cruzamos al Dj por tercera vez, y en esa oportunidad estaba pasando una canción que me gusta tanto que me llenó de motivación y me ayudó a acelerar. Con el solcito de frente volvimos a entrar al casco urbano de Rosario, donde la gente en la vereda nos gritaba y alentaba. Una hermosa pendiente abajo nos ayudó a recuperar. El aliento de la gente me motivó, entonces sabía que ya faltaban metros y me puse la remera: no quería entrar en esas condiciones, las chicas debemos cuidar nuestra presencia ante todo. Entré al embudo, con la música de fondo y los gritos de la gente logré hacer algo que jamás pude en otras carreras: un sprint final. Con una sonrisa en la cara crucé la meta. Martín me abrazó y allí, emocionadísima, me di cuenta que me había estado filmando desde que me puse la remera.

Pedimos Powerade y unas frutas, y fuimos a alongar y a esperar a nuestros compañeros (que los habíamos cruzado a lo largo de toda la carrera). Leandro ya había llegado cuando nos encontramos con Paco y los cuatro nos quedamos esperando a Vanesa. Cuando la vimos venir, y salimos de la valla a alentarla. Otra Puma Runner cruzaba la meta.

Fue una jornada muy emocionante. Pasé desde la felicidad al dolor y de vuelta a la felicidad. Destaco la camaradería de los compañeros de carrera y de Martín, que siempre me motivó… aunque hubo veces en que me enojé porque sentía que yo no podía, pero él jamás perdió su fe en mi, y por eso nunca dejaba de decirme “¡vamos, vos podés!”. Y sí, es la cabeza la que decide si podés o no cumplir con tu sueño.

Semana 39: Día 268: Los 42 km de la maratón de Rosario

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Podemos decir que este año tuvimos mucha suerte. Además de que nos dimos el lujo de viajar y de descansar en un hermoso hotel, el día nos sorprendió con un clima primaveral en pleno invierno. Mejor, imposible.
Como toda carrera, nos levantamos temprano para desayunar. Al igual que en el resto de Rosario, nuestro hotel estaba repleto de corredores. Cada uno elegía qué comer. Con Vicky optamos por tostadas y yo le agregué yogur con cereales.
Llegamos al Monumento a la Bandera media hora antes de la salida. Dejamos las cosas en el locker y nos dirigimos al encuentro de nuestros compañeros Puma Runners Vane y Lean, que se le animaron a los 42 km. Con Vicky estrenábamos estrategia: nos compramos los baticinturones que traen caramañolas. Era raro sentir ese peso en la cintura y no en la espalda o los hombros. Pero resultó ser una excelente iniciativa (que, como todas las buenas ideas fue de Vicky).
Empezamos pasadas las nueve de la mañana. Nos sorprendió que no largásemos antes, pero las reglas las pone la organización… Los altoparlantes anunciaban 2400 participantes. Con Vicky fuimos conservadores y nos acomodamos en el corralito verde, el anteúltimo.
El clima, inmejorable. La ciudad, hermosa. El espíritu de los corredores, solidario y alegre.
Decidí correr junto a Vicky, sacarle fotos, acompañarla, y que todo gire en torno a ella. Porque era su primera maratón.
No sabíamos cómo se iba a sentir. Ella estaba acostumbrada a la montaña, a caminar si estaba cansada, a hacer trail. El asfalto intimidaba, la perspectiva de no frenar también.
Fui twitteando la proeza de Vicky, que empezó súper emocionada. Cruzamos por los paisajes más hermosos de la ciudad, a un ritmo espectacular. Intentaba no decirle el tiempo o la velocidad para no presionarla. Pero no pude con mi genio y más de una vez la volví loca con mis “dale, vamos que vos podés”. Si acá en el blog estoy todo el tiempo en plan motivador, imagínense tenerme traladrándoles el cerebro cada uno de los 42 km…
Alguna vez Vicky sintió que no podía más. Pero del fondo encontraba fuerzas y seguía avanzando. Los primeros 21 km fueron a 5:30 el kilómetro, pero después las subidas y el cansancio  nos hicieron bajar. Teníamos momentos de explosión en los que subíamos el ritmo, como cuando pasamos junto a un dj que la rompía con Guetta. Ante su música favorita, Vicky revivía, como cuando Popeye comía sus espinacas.
Ella prometió una reseña para mañana, por eso no entré mucho en detalle. Pero puedo decir que estoy orgulloso, que ella no frenó en ningún momento, y que realmente vivió la maratón. Porque todos la sufrimos, pero cuando corremos una maratón, lo que buscamos es disfrutala. Y realmente la pasamos muy bien. Tanto que estoy seguro de que esta será la primera de muchas maratones…

Semana 39: Día 267: Rosario siempre estuvo cerca

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Estamos en Rosario. No en un hostel como la última vez que vine, sino en un hotel con baño privado, tele y una heladerita  con cosas adentro que me dan pánico tocar. Es que cuando uno viaja con su chica, lo de la onda mochilero no da…
Recorriendo las calles rosarinas me volvieron a la mente esos entrenamientos de hace año y medio, cuando corrí por la costa y me compré un jean nuevo porque había adelgazado tanto que parecía un payaso.
Aquella vez había venido por una convención de comics, en la que no conseguí un Batman de Jim Lee. Hoy llegué por la maratón, y si no fuera por está fantástica carrera, no sé cuándo hubiese vuelto.
Y así llegué a la conclusión de que he conocido muchísimos lugares gracias al running. Al principio solo viajaba a Pinamar o Tandil. Pero con el tiempo conocí Entre Ríos, Misiones y hasta Grecia. Viajé al sur para correr en las montañas, uní el barrio de River con La Boca, fui a Marcos Paz (de día y de noche), al Tigre y a la Reserva Ecológica.
Se me hace que el corredor, independientemente de su nivel, puede viajar mucho. Calculo que para que un equipo de fútbol conozca otra ciudad lo mínimo que necesitan es ser buenos. El running se haga convertido en una hermosa oportunidad para conocer gente nueva y lugares nuevos. Y es otro punto a favor que le acabo de descubrir.

Semana 39: Día 266: Consejos para tu primera maratón

Este post te puede llegar a interesar, si es que pensás correr 42 km por primera vez. Pero está dirigido puntualmente a Vicky, a quien voy a acompañar este domingo a vivir la gloria maratoniana…

El deporte es una actividad a la que le ponemos el cuerpo, pero todo está en la cabeza. Todo. No te hagas mala sangre, no te angusties, no te pongas ansiosa. Porque va a ser la determinación la que te lleve a la meta. Ella va a ser la que haga que tus piernas corran esos últimos kilómetros, cuando empezás a tomar dimensión de la locura en la que estás inmersa. Por eso, dedicate a disfrutar, y dejá el análisis de toda esta movida para las pastas post-carrera.

No intentes ir por encima de tu ritmo siguiendo a otro. Seguí a quien creas que tiene tu ritmo y que te puede ayudar a mantenerlo. Eso se llama “sentarse”, aunque estés haciendo absolutamente lo opuesto. Sentate en otro corredor, pero que no sea yo (porque yo voy a sentarme en vos, justamente). La primera maratón es la base, no es para ganarle al reloj. Acá estás sentando el precedente que el día de mañana podés intentar vencer. Pero ahora este es tu debut, y el objetivo es llegar.

Seguro recibiste montones de consejos (yo suelo darlos por demás), pero un error común es intentar la fórmula de otra persona. No es recomendable para una competencia tan exigente como una maratón, pero lo cierto es que estás haciendo tu propia experiencia. Por eso tu próximo desafío de 42 km va a ser tan diferente: vas a tener un precedente, vas a saber qué funcionó y qué no. Yo tuve suerte de haber sido bien asesorado, pero la verdad es que aprendí muchísimo por mi cuenta. Por ejemplo, en qué momentos tomar geles, cuándo necesitaba agua, y en qué kilómetro me iba a tocar el bendito muro. No llegás a correr una maratón sin haber tenido carreras previas. Confiá en tu propia experiencia, y concentrate en seguir sumando conocimiento.

No le tengas miedo al dolor. Eso es bueno, aunque nadie quiere sufrir. Mientras puedas seguir corriendo, vas a poder aguantar. Tenés mucha fortaleza adentro, y toda esa tenacidad y esa determinación no la pueden parar unos cuádriceps doloridos, o una ampolla que se revienta. Si te lo ponés a pensar son nimiedades, dentro de todo ese espectacular esfuerzo que estás haciendo. Todas esas cosas pueden esperar hasta cruzar la meta.

Todos te van a decir “hidratate”. Es importantísimo, pero hay que ser bastante tonto para dejar pasar cada uno de los puestos de hidratación. Yo más bien diría “comé”, porque en la maratón se queman un promedio de 3 mil calorías. Geles, gomitas, pasas de uva, turrones, lo que creas que te va a hacer bien, lo que sepas que tolerás, y lo que sientas que te da energía. Por supuesto, nada de eso lo vas a poder procesar si no estás bien hidratada.

La parte más dura de la maratón es a partir del kilómetro 30. Ahí se agotaron las reservas, los músculos queman, y la meta parece más lejana que cuando largaste. Se pasa poniendo un pie delante del otro, y consumiendo energía. Es cierto, uno lo transforma en un cuco, y en verdad le termina dando más poder del que tiene. Como todo, pasa, y cuando veas que la meta está a la vista, vas a ver que salen fuerzas donde antes no había.

Cuando cruces la meta, no te detengas en seco. Seguí caminando, aunque las piernas tiemblen y la panza duela. Frenar de golpe es una estupidez que hice una vez, en Grecia, cuando nos separaban 11 mil kilómetros, y después no me podía levantar. Dale la oportunidad a los músculos de que pasen ese momento de tensión y adrenalina. Cuidalos porque van a haber hecho un esfuerzo descomunal.

Y lo último que me queda por decirte es que disfrutes. Que no dejes de mirar a otros corredores, de charlar, de darles aliento y de aceptarlo cuando lo recibas. Sentite orgullosa de todo esto que deseaste y que ahora estás llevando a cabo.

Estoy muy orgulloso de vos.

Semana 36: Día 245: Con la maratón en la mira

Se viene la Maratón Internacional de la bandera, en Rosario. Para un corredor es la distancia perfecta: el objetivo soñado de muchos, el fondo ideal de otros.

Con Vicky estuvimos averiguando precios de pasajes y alojamiento. Las carreras son una especie de vacación para nosotros, y es lo que más nos gusta compartir. Todavía no sé si la voy a acompañar en el trayecto o si cada uno irá a su ritmo. Es su primera maratón y me encantaría vivirlo con ella, pero podría poner en riesgo mis rodillas. Yo estuve con ella cuando hizo sus primeros 21 km, y todavía recuerdo el orgullo con el que lo viví. Ahora estuvimos hablando de ir codo a codo, y la idea me encanta. Quiero estar con ella, incentivarla, asistirla… ser testigo de esa carrera que te cambia la vida. Pero ahora estoy dudando por mis malditas rodillas. Cuando hice la media maratón con ella, a su ritmo, terminé destruido. ¿Qué tira más el amor o el instinto de autopreservación? Escribirlo me hace dar cuenta de que el primer caso gana por goleada…

A veces me sorprende pensar en el miedo que le tenía a la maratón, y ahora solo pienso en bajar tiempos. Me intriga qué cambios puntuales hay dentro de uno mismo, que en mi primera vez quedé postrado, sin poder bajar escaleras al día siguiente, y ahora me siento recuperado con una sola noche de sueño. Así como antes era un “monstruo” que me intimidaba, Vicky se siente igual, aunque ya haya corrido 72 km sin parar en Yaboty y 57 en San Martín de los Andes. En ambos casos había cuestas, piedras, y muchos accidentes geográficos que hacían que todo fuese más difícil (y cansador) que el benigno asfalto, pero ahí está, mi pobre media naranja, intimidada por la distancia. Quizá algo tenga que ver eso de que la maratón es una carrera idealizada por muchos deportistas.

En mi caso la tenía como una meta para el primer año de Semana 52, y lo terminé viviendo muy al principio. Recuerdo toda esa epopeya y lo bien que me sentí, como si lo hubiese vivido ayer. Y encima en Rosario. La maratón turística. Podría ser la primera de muchas…

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