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Semana 50: Día 348: Cosas que he roto por correr

Muchos le temen a hacer deporte. Le huyen como si fuera la peste, temerosos de muchos fantasmas como que correr fija la celulitis (un mito infundado), que se te agranda el corazón y te morís (crece, pero causa el efecto contrario) y tantas otras cosas. Hace mucho que no le tiro letra a los detractores del running, así que aquí va un nuevo intento: las cosas que he roto por correr… ¡¡¡y que te podrían pasar a ti!!!

Empecemos de abajo para arriba. Antes de entrenar asiduamente, las zapatillas me duraban años. Literalmente las usaba hasta que se me deshacían en los pies. Una vez iba caminando por la calle y el talón de la suela se desprendió cruzando la avenida. De golpe una pierna era 5 cm más corta que la otra. Pero esto ocurría al cabo de varios años, y ahora que corro entre 150 y 300 km por mes, con suerte me duran cinco meses. Los cordones se cortan, se agujerean en la punta y a los costados (donde se pliega el pie), los talones escarban por dentro, carcomiendo el material… Las zapatillas sufren y jamás las cambié con tanta frecuencia como ahora (y eso que no escatimo a la hora de comprar).
Si esto pasa con el calzado, ni hablar que con las medias es peor. Llegué al punto de comprarme las más truchas para hacerlas de goma entrenando, así cuido las más pro para las carreras o entrenamientos largos. Siempre se agujerean en el dedo gordo, lo que constituye una imagen tristísima.

Los pantalones cortos corren la misma suerte. Desconozco si a las mujeres les pasa lo mismo, pero a mí se me agujerean en la entrepierna, lo cual me favorece la ventilación en días calurosos, pero me suben la temperatura por la vergüenza. Lo mismo me pasa con las calzas. No sé si lo conté, pero en la maratón Río corrí con un hermoso par debajo de mi pantalón corto. Obviamente que uso calzas para no ponerme ropa interior. De pronto sentí… cómo decirlo con elegancia… que la costura cedía y cierta parte de mi anatomía se colaba por el hueco, depositándose cómodamente. Me faltaban como 5 kilómetros para terminar, y lo hice con disimulados giros de cadera para poner las cosas en su lugar.

Las remeras, huelga decirlo, son indestructibles. Ninguna se me rompió corriendo, probablemente porque la zona de destrucción ocurre de la cintura para abajo. Pero sí se me desgastaron muchas (al igual que algunos buzos y remeras de manga larga) por las tiras de la mochila hidratadora.

Quizás el elemento que no es ropa y que más destruí fueron los audífonos. Igual estoy seguro de que las empresas de electrónica las hacen tan frágiles como para romperlas con un soplido. No importó si había pagado mucho o poco, si iban dentro del oído o enganchados a las orejas como con esos modelos sport. Si no se rompían en la ficha, se hacían trizas en el otro extremo, en los auriculares.

Por último, lo que más he roto es a mí mismo. Rodillas, uñas, tibial, costillas… castigué a toda mi anatomía. Las ampollas, que como no sabemos para qué sirven las reventamos al instante, dejan piel suelta que insisto en tironear y arrancar. Una semana antes de la media maratón me saqué un buen trozo de piel del dedo chiquito del pie izquierdo. Como lo último no se despegaba, tiré y tiré al punto de que salió con sangre y todo. Estuve rengueando por ese dolor agudo cuando pisaba, sintiéndome el más imbécil por autoflagelarme tan cerca de una carrera.
Pero a los que nos gusta esto de la actividad física, estas cosas que suenan tan terribles nos resultan moneda corriente. Todo lo que se rompe, se reemplaza o se arregla… ya sea un par de zapatillas o las uñas de los pies.

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