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Semana 51: Día 355: El maratonista de 125 kg

Parte de mi trabajo es diseñar revistas que no necesariamente tengan que ver con lo que me gusta. Cuando me acercaron la propuesta de una publicación nueva, orientada a la espiritualidad y la motivación, no estaba del todo seguro si me iba a sentir en sintonía. Pero lo que pague el alquiler y las expensas es bienvenido, así que me metí de lleno.

Armar una revista, dicen los expertos, es el arte de diseñar detrás de los avisos. O sea que la parte comercial es muy importante porque eso va a definir la extensión de las notas. Aunque este era un primer número, la venta publicitaria fue excelente. Sin embargo, quedaron dos páginas colgadas a las que había que plantarles algo. Como el tema motivacional sí tiene mucho que ver con este blog, un amigo que fue quien me recomendó para este proyecto me empezó a insistir que proponga material del blog para armar una nota. Y en lo único que pude pensar fue en el post que escribí el 8 de enero del año pasado, en el que contaba la historia de Roger Wright, el banquero de 125 kg que el 7 de junio de 2008 decidió empezar a entrenarse para la Maratón de Boston, que se iba a correr en 10 meses. Lo hacía por él mismo, porque su peso no era precisamente de músculo. También por el legado de su padre, que la corrió en 1968, cuando Roger tenía 7 años. Y también por el amor que sentía por su sobrina Julia, una chiquita que luchaba contra la Fibrosis Cística.

Ese primer día hizo 30 metros y se quedó sin aire. Su plan original era correr 5 kilómetros. ¿Qué lo hizo seguir? Pensar que a Julia también le costaba respirar. Así que tomó fuerzas y continuó. Fue constante. Empezó caminando. No se rindió, porque estaba seguro que con su ejemplo iba a poder llamar la atención y obtener donaciones para la investigación de la Fibrosis Cística.

Registró sus progresos en un blog y a través de filmaciones, que después compiló en un video que compartió en un grupo cerrado, llamado “Running for my existence” (corriendo por mi existencia). Un amigo lo reposteó con un título nuevo, The most inspiring video you will ever watch! (¡El video más inspirador que verás jamás!) y la respuesta fue abrumadora. Roger reconoce que el marketing no era lo suyo. Al día de hoy, esa copia tiene 5 millones 450 mil visitas, muchas de las cuales son mías. La edición de 5 minutos muestra cómo pasó de ser un obeso que apenas podía caminar a un ágil y estilizado atleta. Es realmente impactante, y la música de “Fix you”, interpretada por Coldplay, termina de ponerle el broche de oro. Realmente pone la piel de gallina. Hoy lo veía y casi tuve que contener las lágrimas.

Roger considera clave el apoyo de su mujer. Jamás lo cuestionó, y cuando él le contó su “loca” idea le dijo “Me parece una buena idea. Si lo hacés, consigo una persona cada milla (1,6 km) para que te asista”. Lo siguiente fue llamar a una organización que junta dinero para investigar esa enfermedad y decirles que quería correr en su nombre la maratón del año siguiente (ellos se encargarían de inscribirlo). Por último, se contactó con un amigo triatleta para que lo ayude a entrenar. “No quiero que me des nada de dinero”, le respondió, “solo que me des tu 100%”.

Realmente se comprometió. Dejó de buscar excusas y realizó todos los ejercicios. Empezó a llevar un registro de su frecuencia cardíaca y cada cosa que comía. Y funcionó. Su sobrina Julia fue siempre lo que la motivó. “Era pesado y gordo, debería haber tenido un ataque al corazón o una aplopejía, porque no me cuidaba a mí mismo. Era puramente voluntario. Podría haber hecho esto en cualquier momento de mi vida”, explica él en su segundo video. “Pero Julia no hizo nada malo, ella es solo una niñita”, dice, con la voz quebrada y al borde del llanto.

“Si decides una meta, si te mentalizas en ese objetivo, es sorprendentemente sencillo”, dijo, 50 kilos menos después.

Generalmente se difunde la vida y las proezas de los atletas de elite. Dean Karnazes es un excelente motivador y podemos seguir todos sus triunfos. Ni hablar de Scott Jurek o Killian Jornet. Pero al menos en mi caso no pienso que voy a ser como ellos. Siguen estando en un nivel elevado, inalcanzable. Son atletas tocados por la varita mágica, se ganaron la lotería genética, o se dieron cuenta de que vivían al lado de una montaña y podían entrenar ahí desde chiquitos. Pero cualquiera puede ser Roger Wright. Todos tenemos esa capacidad, de definir un objetivo, motivarnos y darlo todo por lograrlo. Si ves el video donde compara sus primeros pasos hasta que se vuelve un veloz corredor, lo que tenemos que pensar es “Si él pudo dar vuelta su vida a los cuarenta y pico, ¿por qué yo no voy a poder?”. La historia de Roger es la que me inspira, y la que intento difundir para que todos vean que el cambio es posible, que está en uno, y que, como bien dijo en su segundo video, es sorprendentemente sencillo.

 

Semana 15: Día 100: Una historia inspiradora

Hoy hago un solemne festejo de mis cien primeros días en mi camino hacia la Espartatlón. Es un desafío que aún me resulta muy lejano, pero lo hago porque confío en mí y porque quiero demostrarme a mí y a quien quiera leerme, que nuestros sueños no son tan inalcanzables como los pensamos.

Lo mismo le pasó un día a Roger Wright, un banquero hipotecario de 47 años. A pesar de que pesaba 125 kg y su único ejercicio era cortar el pasto una vez cada 15 días, soñaba con correr la Maratón de Boston. Su padre la había corrido en 1968, cuando Roger tenía 7 años, y era algo que lo apasionaba. Además, su sobrina Julia sufría de Fibrosis Cística, y quería hacer algo para juntar fondos y ayudar en la investigación de esta enfermedad.

El 7 de junio de 2008 comenzó a entrenar, y solo pudo correr 9 metros, hasta que se quedó sin aire. Ese día, Julia pesaba 30 kg y también tenía problemas para respirar. Este es el emotivo video de Roger, donde cuenta cómo pasó desde el sedentarismo y la obesidad a ser un maratonista de 74 kg (¡en solo 10 meses!). Es una historia mucho más impactante que la de Semana 52, con un cambio más brusco, que no solo le salvó la vida a este banquero, sino que logró ayudar a Julia. Tan profunda es su historia, que la cuenta en su sitio www.runningformyexistence.com (“Corriendo por mi existencia”).

Navegando en su sitio me encontré con una entrada que escribió el 2 de junio, apenas 5 días antes de empezar su entrenamiento. Me pareció interesante traducirla y compartirla. No hay nada “mágico” en Roger. No se sometió a una costosa cirugía, ni contaba con una genética privilegiada. Estaba desperdiciando su vida, y un día tomó la decisión de tomar el control y perseguir su sueño. Y como podemos leer a continuación, lo hizo teniendo confianza en sí mismo:

“Hoy, lunes 2 de junio a las 7:30 AM, abrí la puerta de mi casa y miré hacia abajo, a lo que siempre consideré un paso normal que tomo “cada día”. Pero hoy no. Hoy el escalón parecía devolverme la mirada, casi desafiándome, y supe que una vez que bajara, a la entrada y a la calle, mi vida iba a cambiar para siempre.

Como mucha gente, no recuerdo dar mi primer paso siendo un bebé. Siendo el más joven de seis hermanos, dudo que haya sido la gran cosa en ese tiempo (¿Alguno ha visto a Roger? Oh, ahí está, parado en la calle. Supongo que está caminando ahora. Pásame el choclo). Y mientras me gustaría creer que mi mamá (Hope) estaba junto a mí para el gran evento, es probable que lo haya visto desde el cielo. Como sea, estoy seguro que me estaba cuidando, asegurándose de que estuviese bien…

El viernes me encontré con mi amigo/entrenador (Rick) y discutimos el itinerario de mi entrenamiento para la Maratón de Boston. Como no soy un gran fan de caminar/correr, lo puse en el tope de las necesidades de la vida. De algún modo Rick, en su infinita sabiduría, ya me había sacado la ficha y sabía que tenía que empezar de a poco. Muy de a poco. Así que mi primera tarea fue completar una ruta de 5 km, asegurándose de que el punto de llegada fuese el mismo que de partida. Decidí llamar a este punto “Hogar”. Utilizando habilidades que obtuve de muchos años de estudios y aplicando estas habilidades en una serie de complicados cálculos, fui capaz de determinar que mi “punto de retorno” serían 2,5 km.

Ya que “Hogar” se encuentra en una calle relativamente transitada, se estableció una ancha vereda que se convirtió en una ruta para atletas por muchos, muchos años. De hecho, si fuese más aplicado, debería considerar instalar un stand de limonada o quizá una cabina de peaje en la vereda, ya que el tráfico peatonal es bastante intenso a veces. Pero estoy divagando.

Subí a mi auto y reinicié el cuentakilómetros. Cero punto cero. Mientras iba por la calle alejándome del sol, me sorprendí qué tan lejos era una milla. Uno punto seis. Para mi sorpresa, ya estaba en la próxima ciudad cuando el cuentakilómetros pasó a uno punto ocho, y me di cuenta que la vereda había desaparecido, y estuve forzado a continuar mi camino por la calle principal y hacia una pequeña calle lateral. Dos punto uno.

A esta altura sentí que algo estaba pasando y que era más grande que yo. Verás, aunque no crecí cerca de donde vivo ahora, ni siquiera en el mismo estado, ya había estado en esta misma calle muchas veces. Mientras avanzaba por esta calle, el cuentakilómetros se actualizaba. Dos punto veinticinco.

Mientras notaba que mi “punto de retorno” se acercaba, decidí doblar en el cementerio y me encontré con una cuesta muy empinada. Rick había mencionado que tendría que incorporar algunas cuestas en mi ruta si me era posible, porque a menos que estés corriendo una maratón en Arizona, las lomas van a aparecerse para intentar arruinarte el día. Manejé hasta la cima de esa cuesta y mi auto hizo un giro casi por costumbre y después de 9 metros vi al cuentakilómetros cambiar. Dos punto cinco.

Detuve al auto y me di cuenta que algo cercano a un milagro acababa de pasar. Mirando fuera de mi ventana, había una tumba con la sencilla palabra HOPE (“esperanza” en inglés). Una palabra simple para una persona que nunca conocí, pero una persona conocida con un nombre diferente. Mamá.

Hoy tomé el primer paso en un camino que va a cambiar mi vida para siempre, y mi mamá estaba ahí para verme tomarlo, asegurándose de que estaba bien”.

Roger con su sobrina Julia, después de terminar la Maratón de Boston

 

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