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Semana 52: Día 363: Un fondo porque sí

Anteúltimo día del blog. Faltan pocas horas para que a medio mundo de distancia, en Atenas, salga el sol y 350 corredores enfrenten las calles de la Acrópolis, camino a Esparta, 246 km más adelante. Mientras tanto, aquí estoy yo, descalzo en mi departamento, soñando con estar ahí dentro de 52 semanas…

Ayer con los Puma Runners tuvimos un entrenamiento bastante duro. Hicimos un fondo de 13 km, que para los que nos tocó no nos representó un gran desafío, pero después nos tocó hacer musculación: abdominales y flexiones. Solo que en modo irregular, dinámico… en fin, exigente. Yo había ido a la mañana al gimnasio, fue día de pecho y tríceps, así que estaba particularmente exigido. Terminé agotado. Feliz, eso sí. A las 12 de la noche era el cumpleaños del Gato, uno de los personajes más queribles dentro del grupo. Yo, por cuestiones monetarias, no iba a poder acompañarlos a la cena, que se iba a extender hasta después de la media noche.

Saludé a todos y me fui a la parada del colectivo. Gracias a Randazzo, hace meses que el tren deja de pasar a las 21:24 de la noche, lo que me hace imposible tomármelo de regreso (los entrenamientos suelen terminar cerca de las 22 hs). Cuando finalmente llegué a la esquina y comprobé las líneas que me iban a acercar a la parada del 152 (que sí me acerca a mi casa), me di cuenta de que no tenía mi tarjeta SUBE. Ella descansaba tranquilamente en el escritorio, en mi departamento. Tampoco tenía las 20 mil monedas que hacen falta para viajar hoy sin subsidio. Volví rápidamente a ver si enganchaba a alguien del grupo, pero se habían ido todos. Sin plata, de noche y solo… ¿qué opciones tenía?

Empecé a considerar la posibilidad de volver corriendo. Lo había hecho el jueves anterior, ese hermoso fondo que me dio 24 kilómetros. Pero era de día, tenía agua, y no estaba cansado… Con mañana de gimnasio, entrenamiento exigente por la noche, y siendo las diez… la idea de hacer una media maratón para llegar a mi casa no me tentaba demasiado. O sea, en el fondo sabía que si lo hacía, hoy tenía un excelente post para escribir. Pero para un día me parecía demasiado. Además quería levantarme temprano para ir al gimnasio… o sea, ¡por algo me quería volver temprano y me había perdido la cena cumpleaños del Gato!

Fui caminando con un cierto dejo de derrota hacia Libertador, donde iba a comenzar mi peregrinaje hasta Retiro. Pasé por la estación de tren de Acassuso y se encendió la esperanza… había gente esperando el tren. Eran ilusos, como yo. Me quedé esperando y a los 20 minutos el cartel electrónico anunciaba el próximo servicio a los 18 minutos. La cuenta regresiva se detuvo a los 7, cuando volvió a marcar 18. Quedó así, congelado, mientras la gente asumía la gran mentira del tren Mitre y dejaban el andén desierto. Me quedé solo, el cartel en blanco… y volví a reflotar la idea de volver corriendo. Pero el Gato, el héroe de la historia, me dijo que estaban cenando a 15 cuadras, que vaya y me prestaba su tarjeta SUBE. Hice un trotecito y cuando llegué di mucha pena. Me invitaron la cena y comí como un cerdo (comida vegana, por supuesto). A las 12 cantamos el feliz cumpleaños y a la 1:30 estaba finalmente en mi casa, después de un viaje en colectivo donde me dormía todo el tiempo.

Me levanté absolutamente roto. No pongo el despertador porque creo que así uno se despierta lo más descansado posible. Eran las 8 de la mañana y me dolía todo del entrenamiento de ayer. ¿Para qué quería ir al gimnasio? Apenas podía moverme. La mejor medicina para los dolores del deporte es el movimiento. Eso lo sé y lo he comprobado. Desayuné mientras me debatía entre ir al gimnasio o empezar a trabajar. Arranqué la jornada laboral, y mientras tanto iba mechando con frases motivacionales en mi twitter. No las invento. Las vi en inglés y las que me gustaron mucho las traduje:

“Cuando estés a punto de renunciar, recuerda por qué comenzaste”.

“La motivación es lo que te hace empezar. El corazón es lo que te hace seguir”.

“VA a doler. VA a tomar tiempo. VA a requerir dedicación y sacrificio. Pero VA a valer la pena”.

“Si lo que hiciste ayer te parece mucho, es que no has hecho nada hoy”. -Lou Holtz

“El dolor de la disciplina es mucho menor que el dolor del arrepentimiento”. -Sarah Bombell

“Tu mente va a renunciar 100 veces antes de que tu cuerpo lo haga. Siente el dolor y sigue”.

Lo mejor fue que a medida que las iba escribiendo… ¡me iba motivando! Ya a esa altura no lo pude evitar y dejé todo lo que estaba haciendo, salí a la calle y me fui a correr a la Reserva Ecológica.

Me fui sin una meta precisa. ¿Cuánto correr? ¿10 kilómetros? ¿30? ¿Qué camino? Sentía la cuenta pendiente del fondo que no fue de anoche… así que como había dejado de lado unos buenos 21 km, ese iba a ser el piso. Todavía era temprano, las 9:30 de la mañana. Estaba fresco, pero al sol era agradable. En la Reserva, ya con tierra y pasto bajo mis pies, me sentí muy bien. Corrí siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. Un morocho musculoso me pasó así que lo usé de liebre cuando ya había pasado los 13 km. Ahí estábamos los dos a 4:30. Empezó a bajar la velocidad, lo pasé y lo perdí. Improvisé el camino todo el tiempo, intentando que cada vuelta fuese distinta. Es increíble lo que hicieron con ese lugar: le agregaron un lago artificial y ahora están sumándole bancos y alguna clase de estructura metálica que no sé qué será (si son soportes para publicidad, la van a arruinar).

No quiero ahondar en cómo fueron esos 24,7 km que corrí, pero me olvidé de todos los dolores. Aguanté con el agua que hay en la Reserva y con unas pasas de uva en mi bolsillo. Y pensar que en las carreras ando obsesionado con geles y tantas pavadas innecesarias…

Llegué a casa transpirado, cansado, e inmensamente feliz. Me encanta improvisar, y creo que me di una merecida sorpresa con este fondo fuera de mis planes. Por suerte compré ese discurso traducido que estaba compartiendo vía Twitter. A veces hay que comprar el discurso que uno vende.

Semana 49: Día 338: Fondeando en la Reserva Ecológica

Ayer, cuando escribí el post de la fecha, dije que iba a ir a correr a la Reserva Ecológica, ese hermoso parque al que iba cuando vivía a 13 km, y ahora que estoy a 10 cuadras no estaba yendo nunca. Me quedé trabajando hasta tarde (sacrificando un sábado a la noche) y cuando hoy me desperté… estaba destruido. Me costaba despegar los ojos, mucho menos pensar en salir a correr.

Desde la cama intentaba mirar el reloj, en la penumbra, a ver si valía la pena levantarse. En el entrenamiento del sábado con los Puma Runners hicimos 21 km y me molestó al costado de la rodilla (creo que un tendón). Empecé a justificarme mentalmente que no convenía forzarme si quería estar entero para la media maratón, dentro de una semana. Pero en el fondo sabía que eran excusas. Me incorporé, me hice el desayuno y me vestí. Pasadas las 8 y media, en un arrebato de fuerza de voluntad indescriptible, salí a la calle. El GPS, que lo encendí por primera vez entre los edificios del microcentro, no tenía señal. Me quedé buscando algún pedazo de cielo en una esquina, hasta que finalmente enganchó. Así fue que, a diez minutos de las nueva de la mañana, salí.

La rodilla me molestó un poco, no demasiado, y lo mejor fue que a los dos kilómetros ese dolor había desaparecido. Ya en ese entonces estaba adentro de la Reserva, la cual me parece que están remodelando profundamente. Mi impresión fue que estaban armando una especie de fosa donde arrojar los cocodrilos y protegernos así de los bárbaros. Pero para correr por el costado queda genial. Quizá me equivoque y eso haya estado desde siempre, tapado por una frondosa vegetación. Yo creo que no estaba y vi cómo lo llenaban con agua. Me gustó todavía más de lo que me venía gustando este lugar. Una especie de oasis para los que disfrutamos de las carreras de aventura y tenemos que vivir entre el concreto.

No me quise exigir, aunque tengo que admitir que este fondo personal se me hizo corto. Le di una vuelta larga al circuito, de 8 kilómetros, y a medida que avanzaba me iba sintiendo más cómodo y aumentando la velocidad. El inusual sol de verano calentaba, y mucha gente se había levantado temprano para disfrutarlo.

Algo que me llamó la atención, mientras estaba corriendo los primeros metros en la Reserva, escuché un altoparlante en donde animaban una carrera de calle. Ahí nomás, a 100 metros de donde estaba, tenía lugar Dale Vida, competencia de 8 km que presencié el año pasado. A lo lejos podía ver cómo la gente iba corriendo en sentido contrario. Pensé por un segundo en sumarme, no por querer competir, sino porque me fascinan esas casualidades. ¡Justo que estoy ahí es la largada! Pero preferí quedarme en la tierra y el pasto que salir a patear el asfalto. Así estuve unos 40 minutos, más la distancia que separa mi departamento de la Reserva, lo que me dió un para nada despreciable fondo de 10,73 km.

¿Por qué corrí, si ayer me quedé un poco preocupado por esta molestia y hoy a la mañana no me podía levantar? No sé, supongo que extrañaba ir a la Reserva y, habiendo sacrificado gran parte del fin de semana para trabajar, correr fue la mejor recompensa que me pude dar. Y comprobé una vez más que uno nunca se arrepiente de entrenar. A veces cuesta salir, pero el esfuerzo siempre vale la pena.

Semana 26: Día 177: Un fondo de 70 km

2013-03-24 11.05.13

– Conejo, ¿hoy hago algo? Me siento bien, aunque siento una molestia en la ingle, no sé si no es de un rozamiento.

Estas fueron las palabras que le dije a mi entrenador Germán, vía whatsapp, un día después de haber corrido 50 km, desde casa (Colegiales) ida y vuelta a Tigre. No voy a negar que ese entreno me destruyó. Por lo que no me esperaba su respuesta:

– Nop. Hoy nop. ¿Estás mejor? Mi idea era 70 el domingo. Pero ahora queda en cómo estás vos.

Releí el mensaje. ¿Había escrito 70? Sí, no sabían dudas. ¿Qué pasó con los 60? ¿Nos los salteamos? Tuve un rapto de sinceridad:

– Uh, me subiste la apuesta mal.

Le confesé mi cagazo, lisa y llanamente.

– Es lo último – me dijo. – Después bajamos volumen hasta la carrera. Es tu momento, Casanova.

Valía caminar. No valía romperme. Hice mi grito espartano, y los dos días que siguieron me dediqué a cargarme de hidratos de carbono y a no cansarme. Vicky tuvo la gentileza de regalarme una mochila hidratadora nueva, junto con una bolsa súper moderna, de esas que no se vuelcan ni aunque hagamos la vertical.

Puse el despertador a las 5 de la mañana y aunque me acosté temprano (antes de la medianoche, para mí, es temprano) me desperté de un salto cuando el celular empezó a sonar. Me levanté medio zombi y me puse a preparar las cosas: el agua, los geles, los pretzels, una banana, la ropa, vaselina en los pezones, cintura y partes pudendas, y el pantaloncito y las calzas que me regaló Vicky (noto que he estado ligando muchas cosas últimamente).

Tuve que hacer una parada obligada en el baño, más mi propia torpeza que me impedía cerrar la bolsa hidratadora, por lo que no terminé saliendo a las 6 de la mañana como quería, sino 6:45. Arranqué cuando empezaba a clarear con el reloj de Vicky, porque el mío solo no iba a durar los 70 km.

Tenía bastante miedo porque no sabía si iba a llegar. Pero Germán me había habilitado a caminar para alcanzar esta meta. “Podés caminar”, me dijo, “la idea es que planifiques antes lo que vas a hacer. Vale todo menos quedar tololo”. Me quedé con esas palabras, y me prometí cuidarme, no matarme, y si hacía falta, detener la marcha.

Del fondo de 50 km del jueves me había quedado una molestia en los costados de ambas rodillas, más los cuádriceps un poco duros. Mi profesor de Pilates me dijo que eso se debió a correr tanto sobre asfalto, y me recomendó que intente ir sobre tierra o pasto. Por eso es que decidí ni ir hacia el Tigre en esta oportunidad, porque la Avenida del Libertador es puro cemento. Mi destino fue la Reserva Ecológica, con su circuito de 8 km repetido hasta que me diesen esos 70 km.

Las calles de un domingo a la mañana, como es de suponer, están completamente vacías. Mientras corría veía a los encargados de los edificios sacar las mangueras para empezar a baldear. También vi a los pibes que volvían de bailar, y en los lagos de Palermo todavía estaban las chicas trans parando a los últimos autos que buscaban pasarla bien. Tuve que hacer tiempo en este circuito, porque la Reserva abría recién a las 8 de la mañana.

Más allá de cierta rigidez en las piernas, me sentí bien. Las rodillas molestaban un poco, pero era mínimo. Cuando ya tenía unos 11 km, con el sol ya iluminando alto, las chicas se fueron a su casa y yo me fui hacia el lado de Retiro.

La idea de ir a la Reserva, si bien tenía que ver con el tipo de suelo, obedecía a la necesidad de tener agua de sobra. La mochila hidratadora carga hasta 2 litros, y eso puede durar unos 40 km. O sea que me iba a quedar muy corto. Pero en este lugar tienen canillas, además de baños, así que me iba a venir bien en lo que calculaba que iban a ser 7 horas corriendo.

Cuando había hecho 25 km me pasé a mi reloj y guardé el de Vicky. Ella estaba acercándose, y nos contactábamos por celular. Además de ser mi radio, que me acompañó casi todo el trayecto, era mi bitácora, e iba actualizando mínimamente mi estado en el Twitter del blog (@semana52).

Cuando pasé los 30 km, que es cuando siempre toco el muro, y no sentí nada, fue la primera vez que pensé que podía terminar todo ese entrenamiento. La mente es bastante caprichosa, y puedo estar muriéndome a los 15 km si tengo que correr 20, pero si el objetivo está en los 50, esos 20 km se pasan como si nada. Hoy no fue la excepción, y mientras avanzaba me daba cuenta de que no me cansaba tanto como el jueves. Siempre sufro en los 5 km finales, haga la distancia que haga. Creo que si tengo que correr una carrera de 5 km, voy a sufrir de principio a fin.

Vicky llegó a la Reserva y me alcanzó el Voltaren, el analgésico y desinflamatorio con el que me embadurné las rodillas. También traía Gatorade, geles, gomitas, y de vez en cuando me alcanzaba una botella con agua para mojarme. Tuvimos la inteligencia de no intentar correr juntos. Como este lugar tiene múltiples circuitos, ella hacía la suya, yo la mía, y Vicky tomaba un atajo para asistirme si yo necesitaba algo.

Aunque había un poco de barro por las recientes e inesperadas lluvias, el sol estaba alto, fuerte, así que varias veces me mojé la cabeza. Creo que lo de correr en piso de tierra me ayudó mucho, porque aunque sentía las piernas un poco resentidas, todo estuvo bajo control. No me acalambré ni estuve al borde del colapso como cuando hice 50 km. De hecho, ¡me sentí muy bien! Mantuve ritmos de 5:30 durante casi todo el recorrido, a veces más, a veces menos, pero nunca me caí. En mi cabeza hacía cuentas para saber a qué velocidad podía correr en la Ultra Buenos Aires, especulando con estar holgado para poder bajar la intensidad sobre el final.

Realmente fue un entrenamiento magnífico, sin sobresaltos. Hasta pude acelerar sobre el final. La batería del celular no aguantó, como tampoco mi agua. De hecho tuve que llenar la bolsa en la canilla, y mi consumo terminó siendo de 5 litros de agua, 1 litro de Gatorade, un paquete chico de pretzels, varios puñados de pasas de uva y seis geles. Todo eso en 6 horas con 48 minutos, que fue lo que me tomó completar los 70 km. Vicky, además de asistirme espléndidamente, tuvo una brillante idea: no completar el fondo corriendo a casa. Esos últimos 12 km sobre asfalto me hubiesen destruido. Terminé de correr dentro de la Reserva, y aunque las plantas de los pies me dolían, caminamos hasta Retiro, unos 5 km, y usamos eso como regenerativo.

Sinceramente no tenía ni idea de cómo me iba a sentir. Me sorprendió estar tan entero y no tener necesidad de caminar. Además logré estar bastante abajo de los 6 minutos por kilómetro, lo que me da muchas esperanzas para la Ultra Buenos Aires. Todavía me van a faltar 30 km para poder completarla, pero hoy me sentí más cerca que nunca.

No pude evitar pensar, mientras hacía esa distancia, en las veces en que corría en Educación Física durante la secundaria, y cómo lo odiaba. Dábamos vueltas a la manzana y yo trotaba la cuadra donde el profesor podía vernos, para caminar las tres en que él no nos veía. Siempre me sentí bastante inútil, y creo que ni siquiera llegábamos a correr 2 km. Soy el más sorprendido de todos de estar entrenando estas distancias bestiales. Comprobé que no se nace corredor, ni hay que tener un talento especial. Simplemente tenés que trabajar duro y tener paciencia. Hay gente, como mi entrenador Germán, o mi amada Vicky, que me tienen más fe de la que me tengo yo. Ni siquiera sé si voy a poder terminar los 100 km dentro de dos semanas, pero al menos puedo reconocer de antemano que todo el trayecto que recorrí hasta llegar a esta carrera ha sido un aprendizaje increíble, y nunca me voy a arrepentir de haberlo intentado.

Semana 15: Día 99: Asándome en la Reserva Ecológica

“A ver, fijate que no salga la ramita. ¿Se ve el cartel? Pará, salí re encorvado, soy cero fotogénico. Ahí, mejor”.

Quizá poca gente se haya percatado de esa pareja que se estaba sacando una foto frente al cartel que indica las distancias de los distintos caminos de la reserva ecológica. Pero el que estaba realmente sin una pista de lo que pasaba era el mismo protagonista de esa fotografía (quien les escribe), que se había calcinado la nuca y los hombros. Pocos minutos después de esa instantánea comenzaría a sentir esa picazón que anticipa una piel calcinada.

Alguna vez dije, y lo repito, que no siempre compro el discurso que vengo. A pesar de que me da pánico el sol, las manchitas, los lunares y melanomas, corrí con Vicky por la Reserva Ecológica, sin nada de protector solar. En verano. Y ahora tengo la marca de la musculosa (con mi característico blanco “pavita”). Un amigo dijo que parecía un muñequito de una marca al que le agregaron la cabeza y los brazos de otro. Para consolarme, me gusta pensar que puedo dar el buen ejemplo de los beneficios del ejercicio y una dieta saludable, así como comprobar qué pasa cuando uno se descuida o hace las cosas mal. Sirva el flechazo que me pegué para ejemplificar que con unas gafas y una gorrita, no alcanza. Hay que protegerse del sol que está bravo.

Pero a pesar del solazo que hizo el día de hoy, la Reserva sigue siendo un lugar espectacular para entrenar. Los árboles y pastizales lo envuelven a uno, escondiendo el concreto y el asfalto que está a poquísimas cuadras de ahí. Casi me sentía en otro país: a un costado el río (que suena y luce como mar), al otro costado cuatro o cinco rascacielos de cristal que se levantan detrás del verde de la naturaleza.

Los diferentes circuitos de la Reserva otorgan distintos niveles de desafío para los corredores. Hay un tramo, bautizado como “El camino de la muerte” por Vicky, donde no hay casi sombra. Son 2 km prácticamente rectos, para mentalizarse en que la única alternativa para salir de ahí es seguir avanzando. Mientras entrenábamos con el sol en alto, por un suelo pedregoso, controlaba mi reloj para ver el ritmo. Íbamos un poco por debajo de los 6 minutos el kilómetro. Intentaba imaginar mantener esa velocidad por 10 horas y media, lo que necesito para hacer 100 kilómetros y calificar para la Espartatlón. Por algún motivo no me parecieron imposibles (sí, soñé que corría la demencial carrera de 246 km, y pensaba “¡Al final no es tan terrible!”).

Decidí participar de un desafío en San Martín de los Andes, que me serviría para calificar y que está dentro de la fecha límite del 31 de mayo. Para esta prueba tengo 99 días de preparación. Me tengo mucha fe. Veremos cómo se van dando las próximas semanas…

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