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Semana 28: Día 192: Secuelas de la Ultra Buenos Aires

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Me imagino que mi papá nunca se imaginó que, a los 35 años, me iba a estar poniendo las zapatillas de nuevo. Pero cuando terminé los 100 km de la Ultra Buenos Aires, me tuvo que ayudar a cambiarme. Siendo que alcancé esa marca en llano por primera vez, es lógico que las piernas estuviese entumecidas. Todavía podía mantenerme en pie, pero sin dudas me hacía falta ayuda.

Embarrado como estaba y con el sol que empezaba a ocultarse, me tenía que cambiar. Me saqué la remera mojada, me alcanzaron un pantalón largo, y a duras penas me descalcé. Mi papá se acercó y me puso las medias, una actividad que probablemente no haya hecho en los últimos 30 años. Mientras levantaba mi pierna izquierda, mi gemelo se contrajo y un relámpago de dolor subió hasta el cerebro. Pegué un alarido y la sencilla tarea de vestirme se convirtió en tratarme un calambre. La pierna derecha fue exactamente igual: descalzarme, mi papá asistiéndome, y el músculo contrayéndose de golpe en un fogonazo de dolor.

Probablemente hayan sido los únicos calambres que sentí en la Ultra Buenos Aires, y por suerte ocurrieron luego de haber terminado. Lo bueno nunca es gratis, dice Bucay, y era lógico que un esfuerzo sostenido por tanto tiempo iba a tener consecuencias. Los gemelos me duelen bastante poco, comparado con las molestias que siento ahora en el tibial izquierdo. El canto del pie derecho también hace que me cueste caminar, y mis cuádriceps están rígidos y no colaboran cuando quiero levantarme de la silla.

Pero claro, esto no es nada comparado al dolor en mis bíceps (no me imaginaba que me iban a molestar), la tensión que siento en la nuca y los dolores en las abdominales (en especial la sección que está a los extremos, que van de la ingle a las costillas). Otra cosa que no preví fue que me quemé la cara con el sol, se me resecaron los labios (¡lo que me impide besar a Vicky!) y como la nariz me goteó durante gran parte de la Ultra, se me lastimó y se formó una cascarita.

El dolor es pasajero, la gloria es eterna. Ahora me toca reposo, y todas estas molestias no empañan la serenidad y alegría que siento. Digamos que si ese es el precio por salir a conquistar mis límites, me resulta que es bastante barato. En algún momento todo va a pasar y voy a volver a estar afinado. Hoy intenté caminar un poco para recuperarme. Si no fuese por ese dolor en el canto del pie derecho, caminaría absolutamente normal (aunque mucho más lento que de costumbre).

Otra consecuencia bastante esperable fue mi peso. Aunque me paré sobra la balanza después de ir al baño, comer y tomar, encontré que había perdido 3 kilos. Parte puede ser pérdida de líquido, pero también puede haber tenido que ver con la pérdida de masa muscular y de grasa. Me miro en el espejo y me noto los pómulos más marcados. Esto lo noté en alguna maratón, pero se iba durante el día. A más de un día de haber terminado, mi cara sigue huesuda. ¡Si a alguien le queda alguna duda, estoy comiendo mucho, dándole prioridad a los hidratos!

A pesar de que estoy entero y con mucho entusiasmo, no me veo preparado para correr este sábado los 63 km de la Patagonia Run. La decisión final la tomaré en los próximos días, pero me parece que no va a variar. Es una distancia exigente… realizable, pero es imposible que la pueda hacer al 100%, incluso cuando mi intención fue siempre hacer un trail caminando. Tenía ganas de compartir la aventura con Vicky… creo que se lo debía, y realmente me encanta correr en equipo con ella. Es organizada, divertida y me valora mucho (excepto cuando le digo que se apure en las subidas). Mi deseo era que pudiese terminar la distancia que el año pasado no pudo hacer, por un límite de tiempo que este año se flexibilizó. Por eso creo que esta vez lo va a poder hacer, aunque no me tenga a mí a su lado. Puede que sea la secuela más dura de la Ultra Buenos Aires, pero como dije, lo bueno en la vida nunca es gratis…

Semana 30: Día 209: Ciclos

Ayer volví a entrenar. Estaba inmensamente motivado. Fue muy lindo reencontrarme con mis compañeros a chupar frío y correr. En un emotivo y privado acto, le regalé a Germán, mi entrenador, la remera oficial de Patagonia Run, esa con la que crucé la meta. Más allá de que fui yo el que tuvo que lidiar con mi propia cabeza, inseguridades y limitaciones físicas para poder terminar, fue él quien me entrenó, aconsejó y motivó. Uno probablemente llegue, alguna vez, a un punto en el que sea tan sabio como para largarse solo a la aventura, pero a mí me falta mucho. Germán confió en mí, armó el plan para que pueda llegar a recorrer esa distancia, y como ya me había comido todos los chocolates, quería regalarle algo que simbolizase esa epopeya en San Martín de los Andes.

En el entrenamiento al principio anduve bien, trotando sin problemas. Pero cuando llegó el momento de hacer progresiones, opté por hacer algo más tranquilo, y fui a darle una vuelta al hipódromo de San Isidro, que tiene 5,2 km. Tranquilo, sin apuro. Pero cuando iba por la mitad, las rodillas me empezaron a doler. Las imagino dentro mío, apretadas o pulverizadas, pidiendo clemencia. 100 km no es poco, lo entiendo. No me quiero imaginar cómo voy a quedar después de la Espartatlón, pero es lo que hay, y tengo que ir volviendo de a poco, hasta recuperarme. El próximo objetivo es correr la Maratón de Rosario, en dos meses.

Mientras corría, me di cuenta de que esto no es nuevo. Que ya lo viví. Pensé en mis primeras carreras, cuando pude completar la Merrell de Tandil y quedé exhausto, a la sombra de un árbol, tomándome un Gatorade. Recordé también mi vuelta, todo dolorido, piernas entumecidas, dolor de espalda. Después vino a mi mente el después de mi primera maratón, cuando no podía bajar las escaleras. Una escena bastante ridícula, como R2D2 bajando escalones. Y en todos estos casos necesité un período de recuperación. Ahí caí en que hay ciclos en la vida del corredor.

Podríamos decir que al principio uno se entrena, con un objetivo puntual. Después vienen las recomendaciones de corredores más experimentados. Alguna eventual dieta previa, no cansarse el día previo, y luego la mañana con el desayuno de campeones, la largada temprano, los nervios, salir a los empujones, atravesar la carrera con todos esos pensamientos de “¿Llegaré?”, “¿Haré mejor tiempo que la última vez?”, seguido por la emoción de la llegada, el festejo, los dolores, y la recuperación posterior. En todas las carreras más o menos pasa esto, y la gran diferencia es que los tiempos se van acortando.

Quizá estar muy entrenado haga que no necesitemos una preparación específica, a menos que sea algo muy “distinto” a lo que venimos trabajando. La dieta y la hidratación son súper importantes, pero he ido notando que hay ciertas cosas de las que ya no dependo. Antes necesitaba 3 o 4 geles para una maratón. Ahora me di cuenta que con 2 estoy bien. Después uno puede acortar los tiempos de carrera, pero la cabeza sigue maquinando todo el tiempo. Y la recuperación posterior, que es inevitable, antes me tomaba más días, y ahora (por fortuna) es algo más rápido. Ya puedo bajar escaleras después de correr 42 km. Pude hacerlo luego de 100, algo que antes me hubiese parecido inconcebible. Mis mejoras no tienen que ver con que me crea más que humano, simplemente que con dedicación y constancia, es imposible no ir mejorando.

Así que ahora estoy en la etapa de recuperación de rodillas. Algo que ya he vivido, y que sé que entrenando tranquilo y sin prisa, voy a ir mejorando. Dos meses es mucho tiempo, y cuando pase el tiempo, el ciclo va a volver a empezar.

Semana 26: Día 178: De regreso al mundo exterior

Así que se terminó el fin de semana. Mucho dormir, sonarme la nariz, toser y no bañarme. Sé que estar enfermo no me autoriza para oler mal, pero tampoco sabría explicar por qué tener gripe me habilita a no cambiarme de ropa y quedarme en la cama todo el día. Sé que a Vicky le hace bien darse una ducha, pero yo intento hacer los mínimos esfuerzos posibles.

Ayer me perdí mi fondo de 20 km, y el clima no está invitando demasiado a salir a la calle. Pero esto recién empieza, es apenas un atisbo del otoño. Hoy me reintegro en mis funciones, y a la noche, con pañuelo tipo bandolera, algodón en los oídos y alguna pastilla anti-resfrío, me iré a enfrentar la noche en Acassuso. El domingo que viene me toca un fondo de 45 km, y quisiera estar un poco preparado. Entiendo que no correr por un fin de semana no va a hacer mella en el entrenamiento, pero tampoco quiero hacerlo de golpe.

Estar enfermo tiene muchas ventajas, excepto cuando el pico es durante el fin de semana, lo cual es una porquería. En el fondo de mi ser creo en esa máxima que dice que lo que no te mata te hace más fuerte, y en mi infantil imaginación, esta exposición a un resfrío me dará más resistencia a los que se vienen en los meses más gélidos.

Probablemente haya subestimado correr con frío, algo que no voy a hacer en Patagonia Run. Ahí puedo llegar a hacerlo en cortos, pero protegeré mejor el pecho, las manos y la cara. Tengo entendido que hay al menos dos puestos en donde dejar cosas para levantar de pasada, así que si transpiro mucho mi pañuelo o la remera, me puedo cambiar ahí por una muda seca, y seguir mi camino. Lo que más me preocupa es el frío que pueda darme mi propia transpiración.

Por otro lado, uno suele darlo todo en una carrera, y es como que me resulta más importante cuidarme antes que durante. Porque cuando uno está en la competencia, lo da todo. Tenemos carta blanca para llevar el cuerpo al límite, y más allá. Hacerlo antes es una tontería, porque te inhabilita a participar de carreras… y si no se sumo a estas gestas, ¿para qué entrené tan duro? Tener un objetivo puntual es para mí importantísimo. Aunque sea cada tanto.

Hoy mi meta más cercana es recuperarme, sin dejar de entrenar… porque me quedan 19 días para la que va a ser la carrera más dura de mi vida… y encima va a ser menos de la mitad de la Espartatlón…

Semana 11: Día 75: Secuelas de una ultramaratón

Como era de esperarse, la ultramaratón nos dejó en un estado lamentable. Vicky lo expresó muy bien: “Vine a Yaboty y tenía 33 años. Ahora me voy con 73”.

Nos tranquilizó saber que no éramos los únicos. El campamento donde completábamos nuestros desafíos personales estaba lleno de atletas agotados (pero felices). Había una pequeña fila para que trataran pies ampollados (y otras dolencias), y todos buscaban alguna silla para derrumbarse. La entrega de premios no fue una excepción: los ganadores se acercaban a recibir su premio de manos de Fede Lausi, el organizador, y excepto algunos poderosos deportistas, casi todos iban al frente rengueando.

Como si fuésemos zombies que perseguimos con lentitud y torpeza a los seres vivos, las ampollas y los dolores en gemelos y cuádriceps nos obligaban a movernos totalmente duros. Ya en el segundo día de ultra trail me dolía mucho detrás de la rodilla derecha, posiblemente una inflamación de un tendón. Obviamente esto me dio mucho que pensar. ¿Cómo encarar 246 km si haciendo menos de la mitad quedo en un estado calamitoso? Calculo que necesito más entrenamiento (no mayor cantidad, sino tener más paciencia) y sé que haber corrido a un ritmo más lento me hizo doler un poco más de la cuenta.

Pero también saco otras conclusiones. Por un lado, ningún dolor de ampollas me impide correr. Al igual que la maratón, cuando se me reventó una en el dedo chiquito del pie izquierdo, sé que puedo seguir corriendo. Duelen más cuando no estoy haciendo actividad física. Además, caminar me resultó más doloroso que trotar. Si consigo mantener un ritmo estable, aunque sea de 8 minutos el kilómetro, puedo hacer los 246 km en unas 30 horas (una calculadora, por favor).

Quien llevó la peor parte fue la subcampeona de las mujeres, Vicky. El esfuerzo la dejó en cama con fiebre y vómitos. El médico que la vino a ver concluyó que era viral, y yo le sumé mi teoría que ante un esfuerzo físico muy grande, bajan las defensas y uno está más expusto. Me ha pasado de volver de una carrera y a los dos días estar con dolores en todo el cuerpo (más de lo habitual) y con fiebre. Me rompe el corazón verla así, pero no puedo hacer más que atenderla y demorar un poquito más el regreso al entrenamiento.

Noté otra cosa: mi cuerpo deja de sentir dolores de carrera luego de 4 días. Es lo mismo que me tomó en las últimas maratones para poder bajar escaleras sin andar maldiciendo. Por suerte no es proporcional el tiempo de recuperación a la cantidad de kilómetros recorridos. Por supuesto, internamente, el cuerpo sigue estresado, y la verdadera reparación de tejidos toma mucho más tiempo, unas tres o cuatro semanas. Aunque no lo veamos, los músculos, cartílagos y hasta algunos órganos siguen pidiendo misericordia. Hay que saber tratarlos bien para poder avanzar y conquistando más desafíos.

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