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Mi reconciliación con París

Mi reconciliación con París

“Esa foto es del subte de París. Tenía sueño, y odié París. No entiendo por qué, Le Fabuleux destin d’Amélie Poulain es la mejor película de la historia y en este momento estoy enamorado de Yelle y de April March. Pero París me pareció hostil, como mi llave francesa. Extraño mi nariz como era antes”.

Escribí estas palabras en mi Fotolog (¿se acuerdan del Fotolog?), en abril de 2008. Había conocido a Europa por primera vez y en un hecho que no guarda relación, me golpeé la nariz con la misma herramienta con la que ajustaba el volante de mi bicicleta. París me pareció fría hacia el que no hablara francés. Hizo muchísimo frío (recuerdo el viento helado ingresando en mi canal auditivo mientras esperaba para subir a la Torre Eiffel) y el hecho de saber inglés no ayudaba a iniciar ninguna conversación con los locales. Otro dato que presuntamente no guarda relación es que en esta época estaba empezando a querer correr por mi cuenta.

Pero volví a París un año después. Estaba en pareja y ameritaba ir a una ciudad supuestamente romántica. En esta oportunidad las cosas fueron mejores. Hizo frío, no tanto, y tuve la deferencia de aprender a decir algo parecido a “Parlez-vous anglais?”. Si me respondían “Yes, a little”, ya seguía en inglés. Disfruté un poco más mi segunda visita. La tercera fue de panzada de baguettes, con especial deleite por las que tenían semillas de sésamo. Jamás probé un pan más rico que el de París. Ya corría con mucha frecuencia, así que hice un fondo desde la puerta de mi hotel, en un barrio alejado de París, hacia el centro, casi llegando a los Champs-Élysées.

La cuarta y última yo ya era un ultramaratonista. Fue en 2013, y al igual que la vez anterior, corrí desde el departamento que alquilaba, cerca del Sena, para recorrer todo el centro parisino. Llegué a la Torre Eiffel, pasando por el Arco del Triunfo y el Museo Louvre. Salí todavía de noche, muy temprano, y fui viendo cómo amanecía sobre la ciudad. Fue mágico verla despertar. Fueron 21 km que disfruté muchísimo, a pesar del frío.

Podríamos decir que mi relación con París fue de despreciarla hasta amarla, ¿y acaso eso no es el verdadero amor? Cuando uno deja de idealizar y acepta las virtudes y defectos. Tengo recuerdos hermosos y muchas ganas de volver. Los argentinos (en particular los porteños), también nos creemos un poco parisinos. Ayuda que Buenos Aires sea una ciudad con tantos cafés y librerías. La arquitectura a veces engaña, y es fácil estar en la Ciudad Autónoma sintiéndose en París, y viceversa. No lo digo por decir, me ha pasado.

Escribo esto con los múltiples atentados que sufrió la ciudad francesa todavía frescos. Soy de seguir tendencias, y en mi perfil de Facebook puse esa selfie que me saqué cuando hice mi último fondo en París, con la Torre Eiffel de fondo. Saqué varias, con el temporizador. Quería mi foto corriendo con esa ciudad de fondo. Después de un par de intentos, salió la toma perfecta. Algunos pueden creer que el resultado es falso y quizá tengan razón. Yo veo esa escena y me transporto automáticamente al aire frío, la ciudad despertándose, el olor del pan recién horneado, mis pies corriendo sobre los Champs-Élysées… todo vuelve, así que me alegro muchísimo de conservar esa imagen. También le puse el filtro con los colores de la bandera francesa, como señal de que estoy conmovido.

A muchos les molestan estas cosas. Creen que uno es un hipócrita por no conmoverse por todas las víctimas de la guerra de medio oriente. Suelen ser los mismos (aunque no se aplica en todos los casos) que publican fotos de niños muertos en brazos de sus padres, aviones norteamericanos/ingleses/franceses/etc bombardeando ciudades y matando civiles. Y me ofende un poco. Porque sí, me asquea cualquier clase de guerra, la que involucre a cualquier ser humano. Me hice vegetariano porque me daban pena los animales y hasta me daba culpa matar un mosquito, les aseguro que también me da pena el homo sapiens, y su tremenda incapacidad para respetar la vida ajena. Quizá me escandaliza ver las escenas de París ensangrentada porque estuve ahí, y tengo recuerdos hermosos. No estuve en Beirut, ni en Siria, pero no por eso me da igual que se maten inocentes. Supongo que tiene que ver con aquello que vimos cuando estudiaba periodismo. La noticia no es “El perro que mordió a un hombre”, sino cuando es el hombre el que muerde al perro. No es habitual ver atentados terroristas en una ciudad como París, y eso es fuerte. ¿Da igual que en el Líbano pase frecuentemente? No, por supuesto que no. Pero creer que uno expresa algo por una cosa no quiere decir que le reste importancia a otra. Uno se escandaliza más cuando le roban el celular que cuando la víctima es el vecino, simplemente por una cuestión de cercanía.

Lo más descorazonador es pensar… ¿cómo se podría evitar que sigan muriendo inocentes, en nombre de la religión, la política y la economía? Y es deprimente que la única respuesta que se esté poniendo en práctica sea endurecer las guerras. ¿Es la respuesta más rápida y efectiva, seguir fabricando mártires y que los que no tienen nada que perder tengan todavía menos que perder? ¿Por qué vale más poner una bala en la cabeza de una persona que ponerle un plato de comida en su mesa? Una vez más, los únicos que salen favorecidos con las guerras son los que hacen dinero con ellas. Todos los demás, en menor medida los que estamos lejos del conflicto y en mayor medida los que la sufren físicamente, tenemos que lidiar con el costado más absurdo del ser humano.

Semana 51: Día 356: Comer en París

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O “Cómo no comer en París: crónica de una misión imposible”.
Esta ciudad francesa tiene muchas virtudes: es organizada, constantemente la están limpiando y los conductores respetan la senda peatonal, algo a lo que los argentinos nunca terminamos de acostumbrarnos. Pero su característica principal, sin lugar a dudas, es su cocina.
París tiene una enorme cantidad de panaderías, chocolaterías y restaurantes. Es difícil no tentarse, pero la oferta, por suerte, incluye gran variedad de verdulerías y tiendas naturistas y vegetarianas.
Desde que llegamos notamos el abismo que había con Roma, ya que hasta en el supermercado hay productos y comidas veganas. Por supuesto que la barrera idiomática hace muy riesgoso el pedir algo y saber exactamente con que está hecho, pero con paciencia se puede sacar el contexto. Leer las etiquetas se ha convertido en un curso acelerado de francés para mí.
Los habitantes más humildes de París incluyen a muchos descendientes e inmigrantes africanos, árabes y musulmanes, lo que hace que en los supermercados haya muchas opciones  de alimentos diferentes, sin carne y con muchos hidratos (no me pidan ahora sus nombres, tanto no me acuerdo). Comer es una actividad tan turística como visitar el Arco del Triunfo o la Catedral de Notredame.
También nos la pasamos comiendo baguettes, aunque me comprometí a no comprar más de una por día, porque me pueden. Estoy intentando irme hacia las variantes integrales. Casi diría que no importa cuánto coma uno en París; se camina tantas horas por día que todo se quema.
He abandonado los lácteos, así que no estuve comiendo quesos. Eso dejó afuera  de mi dieta turística a una inmensa cantidad de comida, pero no pasé hambre ni me privé de cosas que realmente me gustan.
Uno no come aislado del contexto en el que se encuentra inmerso. El día de hoy lo coronamos con un picnic nocturno, con la Torre Eiffel de fondo, y su mágico show de luces. Todo lo comprado en el súper es infinitamente más barato que si lo hubiésemos adquirido en un restaurante. A razón de seis veces más económico. El que gasta mucho en Europa es porque quiere… o porque no sabe que caminando se encuentran las alternativas.

Semana 51: Día 355: Correr por París

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Ya no estamos en Roma. Esta afirmación, que parece obvia, cobró importancia en el día de hoy.
Primero, porque estamos más al norte. Nuestro alejamiento del Mediterráneo y mayor cercanía al polo hace que los días sean más cortos. Segundo, el clima es más húmedo, por lo que el inminente otoño boreal se siente más en los huesos.
Después de los 27 grados que disfrutamos en Italia, nos despertamos hoy a las 6:30 en París, dispuestos a salir a correr.Pero para nuestra sorpresa, afuera estaba tan oscuro que dudé de si tenia bien el horario en mi reloj. Resulta que aquí el sol sale a las 7:30 de la mañana, y la temperatura nunca sube más de los 18 grados.
Cuando se hizo la luz, preparamos nuestras cosas y salimos a la calle. Pasamos velozmente por el súper y compramos powerade y frutos secos para consumir durante la actividad física. Cargamos todo en los cinturones, sincronizamos relojes y empezamos a correr. No puedo dejar de mencionar el frío que hacía. No era clima.de invierno, pero era un enorme contraste con el calor romano. Mientras antes deseábamos sombra, ahora rogábamos por un rayito de sol.
Las queja  de País terminan acá, porque correr en sus calles fue una experiencia muy gratificante. Los edificios históricos son un maravilloso marco para entrenar, y la limpieza y organización de la ciudad lo hacen todo más fácil.
Con un mapa guardado (por las dudas) comenzamos a entrenar desde la puerta del hotel. Derecho, cruzamos tiendas que recién empezaban a abrir y a parisinos que iban al trabajo. Cruzamos debajo de puentes del metro y por sobre un canal que desemboca en el Sena, y corrimos con una suerte de onda verde. En Francia los autos respetan la senda peatonal, incluso cuando el peatón cruza mal.
Llegamos a la Opera, y de ahí nos dirigimos en dirección sur, hasta llegar al Louvre. Sacamos montones de fotos, que no puedo compartir todavía porque necesito una computadora para bajarlas (desde hace varios días que el blog se actualiza desde mi teléfono).
Cruzamos los Campos Elíseos y terminamos a pocas cuadras del Arco del Triunfo. Hicimos 10 km en un trayecto que típicamente se hace en en metro o en colectivo. Hacer turismo entrenando fue la mejor decisión que pudimos tomar.(y la más divertida). Teníamos todo el tiempo a la Torre Eiffel de fondo, algo que seguramente subestimen los atletas locales y que nos parte la cabeza a los turistas.
El frío (y nuestra falta de preparación) nos hizo considerar terminar con el entrenamiento y retomarlo mañana, con el sol en alto y más abrigados. Coronamos el día volviendo al hotel a cambiarnos y nos fuimos a la Torre, para ver París desde las alturas. Mañana, si el clima lo amerita, volvemos a hacer turismo running, algo que no podemos dejar de recomendar.

Semana 51: Día 354: Adiós Roma, Bonjour Paris

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Hemos arribado finalmente a Francia, cuna de la baguette y los perfumes. Muchos les dirán que París es una merde, y confieso que yo también lo creía, pero comparado con Roma esto es el paraíso.
No quiero desmerecer a los romanos. Como Casanova no puedo renegar de mis raíces italianas. Pero caímos en un hotel infinitamente mejor, las calles son más lindas, y la comida vegetariana está más accesible.
El metro es más amplio, y tenemos toda la ciudad a nuestra disposición. De hecho quizá no tengamos que tomar tantos subterráneos, porque mañana queremos explorar la ciudad… corriendo. Caminar, definitivamente, nos agota (casi diría que nos fastidia). Conocer París corriendo es una opción que nos tienta más.
Así que mañana nos vamos a levantar temprano para ir hasta La Bastilla, enfilar para el Arco del Triunfo, y después llegar hasta la Torre Eiffel. Sin nos quedan fuerzas, volvemos al hotel corriendo.
Quedamos agotados de Roma, porque cerramos la experiencia con una visita al Vaticano. Este lugar que honra tanto a Dios como a la opulencia desmedida te engatusa con lo de la Capilla Sixtina y te hace pasar por 2750 obras antes de ver esas minúsculas pinturas, a 25 metros de altura. Nuestros pies quedaron muy doloridos, y el mejor tratamiento es estirar las piernas y trotar. Después de tanto arte, pinturas y esculturas, probablemente no pisemos un museo por mucho, mucho tiempo…

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