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Semana 32: Día 218: Nuevos objetivos

Todos conocemos ese famoso dicho de que para escribir “Crisis” en ideograma chino hay que escribir también “Oportunidad”. Pero yo me juego que el 99% de los lectores de este blog no saben leer chino, que lo mismo daría si les dijese que no es en chino, sino en coreano o japonés, así que no metamos la pata y digamos que todas las crisis son un punto de partida.

Estuve estos días dándole vuelta a la noción de que no voy a poder participar este año de la Espartatlón. Por mucho que me pese y todo el esfuerzo que pusimos mi entrenador y yo, hay dos factores que influyen. Uno es que, al parecer, esta mítica competencia se volvió demasiado popular, y apenas conseguí el tiempo de 100 kilómetros en 10 horas y 14 minutos, la organización de la competencia cerró las inscripciones, ya que habían cubierto el cupo de 350 participantes y tenían una lista de espera de 190 personas. O sea, ni siquiera tuve la opción de esperar que 191 tipos se bajaran para lograr un lugar.

Esto, por más que parezca raro, me trajo cierto alivio. Cuando intenté correr los 100 km de la Ultra Buenos Aires en 2011 la pasé muy mal físicamente. Anímicamente estaba bárbaro, rodeado de mi familia y amigos (hasta vino nuestro perro Rulo), pero estaba fatigado, totalmente extenuado, y en mi cabeza no podía dejar de repetirme que si esto me estaba costando tanto, 246 km iban a ser imposibles. Fue el momento en que más lejos me sentí de este sueño. Como la mayoría sabe, abandoné en el kilómetro 77 con la frente en alto.

Este año volví a intentar, mejor preparado y con un resultado que hasta a mí me sorprendió… porque en el camino la sufrí bastante. Hasta llegué a sentir lo mismo, que si me costaba tanto esto, en unos meses no iba a poder correr 146 km más en Grecia. Pero llegué a la meta, no tuve necesidad de parar a descansar, más allá de que tuve momentos en donde sentí que iba a tener que abandonar (a partir del km 50, cuando empecé a orinar gotitas color Tang de naranja y me asusté un poco). Todo, absolutamente, es aprendizaje. Lo fue el intento fallido del año pasado, y lo fue el logro de este. También aprenderé de no haberme podido inscribir este año.

Como dije, no poder inscribirme en la Espartatlón 2013 fue un alivio. No me sentí triste, no dije “¡Tanto esfuerzo en vano!”. La marca de este año me sirve para 2014, así que puedo inscribirme el día en que lo habiliten (estaré pendiente). Además, puedo entrenar más relajado, e intentar ultramaratones intermedias, como una de 100 millas (160 km) o una de 200 km. Todo a su tiempo, ya que estoy recuperándome de la periostitis, lo que también me dificultaba correr una Espartatlón este año.

El tema es… ¿qué hacemos con el blog ahora? Y eso es lo que estuve pensando todos estos días. Al principio, Semana 52 era un proyecto de 364 días. Me envicié, quise pasar a correr la Espartatlón en el segundo año, y no pude. Ok, reintentemos al año siguiente. Pero claro, ahora sé que no voy a poder hacerlo, por lo que queda trunco el subtítulo del blog “La meta: entrenar para la mítica carrera de 246 km“. Queda claro que ese será mi objetivo, así me tome 8 mil semanas lograrlo. Intentaré no volverme loco con eso, pero sigo obsesionado con hacer “algo” al final del año.

Va a ser imposible encontrar una ultramaratón que caiga justo el día de la Espartatlón, pero no importa. Ahora estoy en la búsqueda de alguna carrera de más de 100 km, en cualquier parte del mundo. Lo ideal, para mí, sería algo de 100 millas. De momento no encontré nada, porque las pocas que hay son en fechas muy lejanas (ya para el próximo año) o son con intervalos, por ejemplo dividido obligatoriamente en 5 días. No va a ser fácil, pero ese será el objetivo intermedio. Porque lo necesito, tengo que seguir entrenando para poder estar 36 horas corriendo sin parar. Me siento bien encaminado, no me quita el sueño sentirme lejos (ni siquiera me lo quita estar congestionado y no poder entrenar el día de hoy, justo que salió el sol). Así que, querido lector, estoy en una etapa de decisiones, y si sabés de alguna ultramaratón que se corra entre septiembre y octubre, hacémelo saber. Puede ser el trampolín para cerrar mi sueño en el cuarto año de Semana 52.

Semana 42: Día 292: El portero del prostíbulo, de Jorge Bucay

Hace poco hablaba de cómo ciertas situaciones que parecen catástrofes en nuestra vida, en realidad preparan el terreno para lo que se viene. Yo podría haber sido muchas cosas, pero lo que soy hoy se debe tanto a mis errores como mis aprendizajes, a carecer de cosas para apreciar lo que tengo. Un lector del blog (Dalmiro) me recomendó el cuento de Bucay “El portero del prostíbulo”, que es una especie de fábula sobre encontrar las oportunidades en las crisis. Me causó gracia que, hace muchos años, leí lo mismo en una historieta de Condorito (pero el cuento que comparto a continuación, no termina con un “¡PLOP!”):

El portero del prostíbulo

No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.

Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos. Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.
Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo:
– A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero…..
– Me encantaría satisfacerlo, señor -balbuceó- pero yo… yo no sé leer ni escribir.

– ¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto…
– Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo…

No lo dejó terminar.
– Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a su casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?

Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.

Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero recibido.
En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.

A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
– Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar… como
me quedé sin empleo…
– Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
– Está bien.
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
– Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
– No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
– Hagamos un trato -dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días… Aceptó. Volvió a montar su mula.
Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
– Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
– Sí…
Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.

El ex – portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
“…No todos disponemos de cuatro días para compras”, recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.
Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón.

Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.

Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no? Las tenazas… y las pinzas… y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos…..

Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región.

Tan poderoso era, que un año, para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría además de lectura y escritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
– Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.
– El honor sería para mí -dijo el hombre-. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.
– ¿Usted? -dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo- ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
– Yo se lo puedo contestar -respondió el hombre con calma-. Si yo hubiera sabido leer y escribir… sería el portero del prostíbulo!

Semana 41: Día 284: No dejar pasar las oportunidades

Una vez más, me voy a poner de ejemplo. No porque me considere digno de admiración, sino porque de vez en cuando voy probando cosas nuevas, y me hace mucha ilusión que esto ayude a alguien.

Estoy algo ansioso, quiero volver a correr esos fondazos largos de 4 horas, pero por ahora me concentro en carreras de menos de 30 km. Sin embargo me pica el bichito del fondista. Para colmo de males, diversos compromisos laborales me impidieron entrenar todo lo que hubiese querido. Tengo una base de tres días semanales, a veces le sumo un cuarto, pero hay algunas temporadas fatales donde con suerte salgo a correr una vez sola. Y anhelo salir a la calle, haga frío o calor, y sacarle el óxido a las piernas.

Yo viajaba una vez en el tren, desde Banfield hacia Constitución, y por la ventana, en medio de la lluvia, vi a un corredor solo, dándole la vuelta a la pista del Velódromo de Escalada. Lo envidié mucho (en ese entonces no corría para nada), y nunca me pude sacar esa imagen de la cabeza. La mencioné montones de veces, pero todavía cierro los ojos y lo veo, y recuerdo esa angustiosa sensación de querer ser ese tipo.

Esa escena vuelve a mí, de alguna manera, cada vez que hago carne a la angustia y salgo a entrenar. Dejo de ser el que mira por la ventana del tren, y me convierto en ese corredor.

A veces voy mucho a una editorial en Barracas. Me quedo trabajando varias horas, dándole los últimos toques a revistas de todo tipo (desde cupcakes hasta libros para colorear). Y me pasó más de una vez que no pude ir al entrenamiento con los Puma Runners. Veía cómo el reloj avanzaba y mis chances de llegar desde ahí hasta Acassuso se me escurrían entre los dedos. A veces fui igual, llegando tarde, otras volví con bronca a mi casa.

Pero una vez se me ocurrió combinar un fondo de 15 km con el regreso al hogar. Me preparé la mochila, fui con ropa deportiva, y cuando terminé con mis responsabilidades laborales, pasadas las 7 de la tarde/noche, apenas puse un pie en la vereda me eché a correr. Sin saber a qué distancia estaba mi casa (resultó que Colegiales está a 14,5 km). Y me pasó algo maravilloso, y es que ahora estoy yendo a esa editorial -a la que me toma entre 45 minutos y una hora llegar combinando subte y colectivo- con una alegría inmensa. Porque no importa a qué hora termine ni las horas que me pase frente al monitor, después vuelvo corriendo a casa, y tengo asegurado un fondo por las bicisendas de la ciudad, con la radio sintonizada y los auriculares ajustados a las orejas.

Hoy fue uno de esos días. Me lo tomé con calma, me costó respirar al principio por el frío y esa congestión momentánea de la carrera. Me pasé todo el tramo de la Avenida Vélez Sarsfield sonándome la nariz. Enganché una bicisenda que me alejó de la avenida, y avancé con algo de dificultad. Pero no me detuve, y a partir de los 10 km ya estaba corriendo casi a 5 minutos el kilómetro. Era otra persona, el cansancio y los mocos se habían ido. Me sentía más fuerte, con la mente totalmente descansada. Llegué a casa en una hora y cuarto, y el reloj me marcó 15 km exactos, así que se confirma que tomé un camino diferente. No me gusta ir siempre por el mismo lugar, prefiero explorar un poco. Siempre me pierdo cuando agarro Estado de Israel, así que voy intentando rutas que me acerquen a casa y no me hagan dar vueltas en círculo.

Lo que antes era un viaje largo y aburrido, ahora se convirtió en una nueva oportunidad para entrenar. No la quise dejar pasar, y ahora voy feliz a Barracas, imaginando el momento de volver a casa corriendo. Ojalá sirva de ejemplo para que vos, que estás leyendo estas líneas, sepas que atrás de cada cosa tediosa y desmoralizante, se esconde una oportunidad. Solo hay que ir a buscarla.

Semana 16: Día 106: Cómo empecé a correr

Correr es mi gran pasión. Le dedico mucho esfuerzo, además de unas cuantas horas a la semana. He llegado a hacer un blog al respecto, con fecha de vencimiento a las 52 semanas, y cuando llegó el día no lo pude largar.

Pero esto no representa toda mi vida, sino los últimos años. Correr era para mí un sinónimo de “tortura”, y aunque disfrutaba muchísimo de entrenar los sábados con mi papá, seguía siendo por una obligación en el colegio. Si no nos hubiesen forzado a participar en esa carrera de 3,5 km de fin de año, no me hubiese molestado en acompañarlo.

Apenas dejé el secundario, la costumbre de salir a correr con mi papá los fines de semana se fue desvaneciendo, hasta desaparecer por completo. Coincidió, casualmente, con un período muy amargo de mi vida. Había abandonado periodismo porque no me sentía a gusto, y sin trabajo ni nada que estudiar, había perdido el rumbo. Me sentía un náufrago a la deriva. Pasaba largas horas en la computadora, en épocas donde existía el ICQ y el Messenger era la gran novedad. Mis ciclos estaban totalmente cambiados: me acostaba a las 5 de la mañana, luego de haberme pasado horas navegando en BBSs (googleen esta reliquia de la historia de la computación).

Lo único que me motivaba era juntarme con mis amigos que conocí en un curso de historieta. Una vez a la semana, cerca de las 10 de la noche, nos juntábamos a charlar, jugar a las cartas o a la Play, y a comer porquerías y tomar coca-cola (con ellos, luego de un problema en los riñones, desarrollé mi aversión por esta bebida). De vez en cuando, salíamos a la medianoche a caminar por la ciudad, generalmente con rumbo a uno de esos restaurantes que tienen las estaciones de servicio (abiertos las 24 hs) y nos quedábamos ahí, solo charlando. Y a veces salíamos con una pelota de fútbol y nos poníamos a jugar por ahí, hasta que empezaba a hacerse de día. Hoy miro hacia atrás y lo veo como una etapa bastante surrealista.

Más de una vez nos colamos en las canchas del Otto Krause, aprovechando que la autopista nos iluminaba, y jugábamos ahí. Una noche  nos desafiaron un grupo de recolectores de basura que hacían tiempo antes de entrar a trabajar. Se armó un picadito al costado de la 9 de julio. En otra oportunidad, descubrimos que en la Plaza San Martín había un amplio espacio con faroles encendidos todas las horas de oscuridad. No dejamos pasar la oportunidad y armamos un 3 contra 3. Yo debo confesar que otra de las cosas que me aburre increíblemente es el fútbol. Pero me flexibilizo ante cualquier cosa que sea entre amigos.

Los bancos de la plaza hacían de arcos, y esa zona que de día está totalmente transitada, a las 4 de la mañana estaba desierta. Todo para nosotros. No recuerdo cómo iba el marcador, usualmente el equipo que me tenía de miembro era el que perdía. Cada vez le ponía más ganas, intentando aprender a marcar y a patear para donde yo quería. Y defendiendo el arco, me fracturé el tobillo. Nadie me tocó, simplemente me estaban por eludir, así que giré sobre mi propio pie, y él no se movió. Quedó quieto en el suelo, y el ligamento me cercenó la punta de la tibia.

En ese momento pegué un sonoro grito y caí al suelo. Me sujetaron el pie y empezaron a moverlo. “¿Te duele?” me preguntaron. La verdad era que no, pero porque estaba entrado en calor. “Entonces no tenés nada” sentenciaron. Me hice a un costado, pero pisar era imposible. Veía las estrellas. Decidí irme a mi casa. El subte acababa de abrir y me fui desde San Martín hasta Constitución. Caminar desde el andén hasta el tren eléctrico me tomó como media hora. Daba pasitos de hormiga, con un dolor increíble. Ya en la formación estaba a salvo, aunque un poco aterrado.

Llegué a Banfield y me bajé, tan lento como cuando me había subido. A ese ritmo iba a tardar una eternidad en llegar a casa. Solo quería meterme en la cama. Un muchacho que pasaba por ahí me vio en mi penosa situación. Resultaba que era el dueño de una remisería que iba a empezar el día laboral. Se ofreció a venirme a buscar a la estación con un auto.

En casa vi cómo mi pie era de color uva, aunque el tobillo tenía el tamaño de una sandía. Saltando en una pata fui a la pieza de mi papá para despertarlo y pedirle ayuda. Fuimos en remís hasta la guardia, donde las radiografías confirmaron la fractura. Me adelantaron 30 días con yeso, una semana sin pisar. Terminaron siendo 2 meses, porque el bendito hueso se negaba a solidificarse.

Era principios del año 2000. Habíamos sobrevivido al Y2K, yo no tenía trabajo, ni perspectivas de qué hacer de mi vida, pero había conseguido un trabajo atendiendo un stand en la Feria del Libro. Empezaba un día después de haberme fracturado. Todo esto debería haberme deprimido mucho más, pero recibí mucha ayuda y comprensión, y quizá estaba tan mal que una cosa así me sacaba un poco del aburrimiento. Era doloroso, no saben cómo, pero tenía un pequeño objetivo, que era curarme y rehabilitarme.

Cuando finalmente me sacaron el yeso, que tenía un taco, sentí que la pierna izquierda había quedado más corta. La piel estaba amarilla, y si me pasaba la mano, se caían todos los pelos. Me indicaron sesiones con una kinesióloga, que me hizo un tratamiento con magneto, láser y otras maravillas tecnológicas. En casa tenía tarea: ponía el pie en agua caliente con sal, y hacía ejercicios. Los primeros eran levantarme en puntas de pie y bajar. Eso varias veces por día. Cuando empecé a caminar normalmente, pasé a la bici. Era el paso previo a correr (ya empiezan a vislumbrar a dónde quería llegar).

No empecé sabiendo cómo correr. Tenía grabadas muchas mañanas corriendo con mi papá en mis años de secundaria. Hacía el mismo circuito que compartimos tantas veces; una vuelta de 1,2 km (12 cuadras). De a poco me fui animando a correr. Aunque era una actividad conocida (y detestada), era la primera vez que lo hacía solo, obligado por esa rehabilitación del tobillo.

Hoy me resulta bastante asombroso mirar hacia atrás y ver cómo se fueron acomodando las cosas. Eventualmente encontré mi vocación como diseñador gráfico, no tan alejado de las computadoras (de hecho, paso 10 horas por día frente a una, sino más). Y seguí corriendo, más allá de esa necesidad. Hoy pasé por la Plaza San Martín, y le conté esta historia a Vicky, señalándole el punto exacto donde giré torpemente y me fracturé el tobillo. Y me di cuenta de que a veces hay hechos que nos resultan absurdos y no les encontramos el sentido, pero terminan convirtiéndose en oportunidades para dar un vuelco en nuestra vida. No lo podemos ver en ese instante, pero sí podemos verlo más adelante, una vez que todo se asienta y dejamos de ser náufragos a la deriva.

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