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Semana 52: Día 358: Conociendo a Quino

Quino_2013

Llega la tercera parte en mi día favorito de 2013. Esto ocurrió hace dos días, y por esas cosas de la vida recién a las 2:35 AM del domingo estoy escribiendo la entrada del sábado. Es la primera vez en mi vida que me doy cuenta que no actualicé el blog. Siempre encuentro el momento, a veces un poco pasado de la medianoche… ¡pero no tanto! Día de la primavera, almuerzo con amigos, cumpleaños… simplemente no me dio el tiempo. Mientras volvía del karaoke (donde hice una espantosa interpretación de “Something stupid”) pensaba si valía la pena subir un post antes de irme a dormir o directamente saltearme un día. Pero en esta temporada de Semana 52 no tuve ni un mes entero actualizando absolutamente todos los días, así que decidí hacer el esfuerzo, aunque este post quede perdido entre el anterior y el del domingo.

Como decía, la crónica del jueves para mí mereció separarlo en tres partes. Empezó por la mañana con la confirmación por parte de mi nutricionista de que el reordenamiento de mi dieta (con jugos incluidos) más mi regreso con todo al gimnasio había dado muy buenos frutos. Después, al mediodía, hice un fondo de 24 km que me resultó muy agradable, con un sol espectacular después de tantos días fríos y lluviosos. A las 14 estaba bañado y almorzado, listo para encontrarme con mi amigo e ir juntos a Tecnópolis. Diego Jourdan es un dibujante nacido en Uruguay pero radicado en Chile. La vida nos cruzó y nos hicimos amigos a la distancia, así que aunque hablamos seguido por Facebook, son pocas las veces que nos podemos ver cara a cara. A Diego le habían prometido que se iba a sacar una foto con Quino, prócer indiscutido de la historieta mundial. El día anterior me había comprado el Todo Mafalda, un bodoque de papel que asegura contener absolutamente cada tira de esta queridísima heroína intelectual del cómic nacional. Ya me leí todas las apariciones de este personaje, pero nunca tuve una firma de Quino… nunca hablé con él. Esa idea me entusiasmaba.

Llegamos al predio, donde tenía lugar Comicópolis, y di unas cuantas vueltas. Me separé de Diego, que hizo la suya, y me quedé charlando con Ignacio, otro fan de Quino que había faltado a su trabajo para conseguir su firma. Fuimos temprano a hacer la cola, una hora antes, y éramos los primeros. Como en ese momento todavía había una charla del maestro, el resto de los fanáticos estaba en otro lado en lugar de haciando una fila. Apenas terminó la presentación, se llenó de gente queriendo su momento cara a cara con Quino. A esos se les sumó el personal de Tecnópolis, que querían a toda costa estar primeros en la cola (lógico, querían hacer el trámite rápidamente para después ir a su puesto de trabajo). De pronto los ánimos se caldearon, porque con Ignacio fuimos muy gentiles de dejar primera a una chica (pero solo porque era muy hermosa). Ella dejó que se le sume una compañera, y así empezaron a caer más empleados de Tecnópolis, y decí que la fila estaba llena de fans, porque cualquiera se hubiese desprendido del “Todo Mafalda” y lo hubiese utilizado como objeto contundente para arrojar.

Negociamos a las dos chicas primeras y al resto los mandamos al fondo de la cola. A medida que pasaban los minutos, los nervios de Ignacio y de todo el resto de las personas que esperaban a Quino se me fueron contagiando. Tenía ganas de hablar con él, decirle que Mafalda fue parte de mi formación, como de tanta otra gente… pero eso me cohibía… ¡todo el mundo le debía decir lo mismo! Diego se acordó del tema de la foto y quiso ponerse en la cola… ¡pero ya era larguísima!

La fila entera estaba muy ansiosa, y de pronto Quino apareció en un carrito (como los que se suelen ver en los partidos de golf), escoltado por una comitiva de esos que se tiran para atajar las balas. Yo ya había escuchado que estaba delicado (después de todo tiene 81 años) y me causó mucha congoja verlo bajarse con dificultad apoyado en su bastón. Es la fragilidad que uno no soporta ver en los padres. Pero aunque tenía movimientos lentos y un pulso delicado, estaba tremendamente lúcido. Mi turno llegó rápidamente, y yo estaba con el corazón latiéndome a mil. Me acerqué con el libro abierto y le dije lo primero que se me ocurrió. La escena fue así:

– Hola… estoy muy nervioso…
– No… ¿por qué?
– Imagino que te habrán dicho esto muchas veces, pero yo leía a Mafalda antes de saber leer… la volví a leer cuando era chico, y después de grande otra vez… y siempre me pareció diferente.
– Sí… (soltó una risita casi inaudible). Suele pasar eso (empezó a firmar).
– No sé si te acordás de la entrevista que te hizo Adolfo Castello…
– Sí, claro.
– …ahí le comentabas de la Capilla Sixtina. Que Miguel Ángel lo pintó a Dios de frente y de atrás, y se le ve el culo al aire… Yo fui el año pasado y me acordaba de eso, así que lo busqué…
– ¿Y lo viste?
– Sí… le vi el culo a Dios.

Levantó la vista, me miró y sonrió. “Gracias”, le dije, y estreché su mano.

Voy a fracasar rotundamente intentando dar una idea de lo importante que fue esta escena para mí. Quizá porque no existe otro personaje como Quino, un valor cultural enorme al que esperé toda mi vida para conocer. Una de las pocas personas que no conozco (solo a través de su obra) pero que quiero mucho. Un profesional admirado por todos, lectores y colegas.

Atrás mío venía Ignacio, a quien le firmó mientras yo le sacaba un par de fotos. La gente de la organización me empezó a echar. “¿Ya te firmó? Vamos, saliendo…”. De la nada apareció Diego con su cámara, y me pidió que le sacara. Fue por detrás de Quino y le dijo unas palabras, mientras estrechaba su mano. Yo sacando fotos, mientras los de Tecnópolis se me acercaban para echarme. Detrás mío se empezaban a escuchar insultos, y aunque temí por mi integridad física, no nos tiraron con nada por respeto al maestro.

Salí de la zona de peligro con mi ejemplar que voy a atesorar toda mi vida. Yo también tengo mi foto que inmortaliza esa breve pero impactante escena, en a que conocí a un ídolo de toda mi vida. Me fui de la feria con Diego, ambos contentos por haber cumplido ese deseo. Hablamos de Quino, de los rumores de que es millonario, que tiene casas en las capitales más importantes del mundo y que como a él y a su esposa les gusta mucho la música, siguen a las filarmónicas por el país de su antojo… total, tienen el hospedaje asegurado. Son esos mitos que nadie nadie podría comprobar sin preguntárselo a él, pero yo pensaba que ojalá cosas así fuesen ciertas. Quino marcó nuestra cultura para siempre, y se merece todos los lujos que la vida pueda haberle devuelto.

Semana 4paren las rotativas, ¿BEN AFFLECK ES BATMAN?

Ben Affleck, actualmente de 41 años, fue elegido por Warner para interpretar al encapotado en la inminente película Superman/Batman, donde los dos superhéroes se enfrentarán por primera vez en la pantalla grande.

Lo primero que pensé fue “es hora de que este muchacho se ponga a hacer fierros”.

Usted, querido lector, quizá sepa de mi afición por los superhéroes y el cine, pero crea que esto tiene muy poco que ver con Semana 52. Siga leyendo y se sorprenderá…

Batman, de 1989, fue la película que despertó mi pasión por las historietas. Aquella cinta estaba protagonizada por Michael Keaton como el caballero de la noche, que despertó las mismas críticas que la designación de Affleck para el mismo rol (después de todo, venía de hacer… Beatlejuice). Pero Keaton estuvo bastante bien en el papel y hasta que George Clooney se encargó de asesinar a la franquicia, fue el mejor encapotado del cine (en 2005, Christian Bale se encargó de resucitar a Batman y darle la gloria que verdaderamente merecía).

Bale venía de filmar El Maquinista, para el cual había perdido muchísimo peso, y lo que más le costó fue recuperar todo el músculo que requería un superhéroe. Siempre me sorprendió eso, cómo un actor podía dedicarse a su físico y en unos meses cambiar su fisionomía. Claro que les pagaban para eso… ¿podía pasarme a mí? Ese fue el puntapié del blog, a eso me dediqué las primeras cincuenta y dos semanas, y si no conseguí el físico de Bale, Maguire o Jackman fue porque a) no vivo de actuar (ni de mi físico), b) me negué a consumir drogas o químicos para aumentar la masa muscular, y c) soy fondista, e inevitablemente quemo músculo. Ah, y d) me puse de novio y se me pasó eso de querer tener más lomo.

La última vez que lo vi a Ben Affleck fue en Argo, cinta que ganó el Oscar a Mejor Película (y que, extrañamente, ni siquiera recibió una nominación para él como Mejor Director). No podemos decir que Affleck “actuó” bien, porque su personaje era bastante parco y solo hablaba para decir lo necesario. Batman tampoco debería pasársela hablando (mucho menos con esa voz rasposa que le puso Bale), pero se trata de un tipo que decidió perfeccionar su físico y su mente desde los 8 años (un poco más, para la trilogía de Nolan). Affleck, con sus 41 años, tendría que ponerse a entrenar YA mismo para ganar la musculatura que requiere el hombre murciélago, un ser humano sin poderes pero que está en el pico de desarrollo para un ser humano. ¿Estará, mientras divagamos sobre esto, levantando peso en el gimnasio? ¿Recurrirá a la creatina para aumentar su masa muscular, o tomará una via más sana? ¿Entrenará ALGO o se apoyará en una musculatura falsa como el Batman de Michael Keaton?

¿Estos temas parecen poco importantes? ¡Lo son! Pero gracias a Batman me metí en los cómics, que hoy me dan de comer y pagan todas mis carreras, y gracias a esos ejemplos de determinación que suele darse en los actores que protagonizan a superhéroes es que me animé a armar este proyecto/blog. Así que son poco importantes… ¡excepto para mí!

No creo que Ben Affleck haga un buen Batman. Creo que Warner está desesperada por obtener prensa porque tiene poca fe en la próxima película. Pero tampoco creía que Heath Ledger pudiese hacer un buen Joker, y en aquel entonces tuve que admitir lo equivocado que estaba…

Semana 43: Día 298: Las mujeres y yo

Me han llamado la atención en varias oportunidades respecto a mis comentarios sobre mujeres, o puntualmente sobre mi última relación. En realidad, más que por las cosas que escribí, fue por lo que se podía interpretar. Quizás haga falta hacer algo más directo para despejar dudas (o por ahí no hacía falta y la embarro más, veremos…).

Durante la mayor parte de mi vida creí que ser feliz era estar en pareja. Todavía tengo una sensación de que por ahí pasa la cosa, pero después de mucho tropezar con la misma piedra, empecé a considerar la posibilidad de que la felicidad está en encontrar el equilibrio interior, sin depender de otra persona. Sin embargo, nunca me pude salir del todo de ese esquema. Mi psicóloga, a quien no veo desde que me separé, decía que yo no tenía un tema con tal o cual chica, sino con el ideal de mujer. Varias veces me dijo que yo estaba “enamorado del amor”.

Cualquiera que lea este blog va a ver en mí a una persona que cree en la autosuperación. Bueno, eso tiene un costado poco sano, y es que durante mucho tiempo, mientras tenía la autoestima en niveles muy bajos, creía que yo era el mejor novio que podía existir. Ahí estaba, atrás de mujeres que no me daban bola, poniéndolas en un pedestal, metiéndome en la “zona de la amistad”, escuchando sus historias de los hombres que las maltrataban y no las escuchaban. Yo creía que tenía todas las cualidades para ser el novio ideal. ¿Y lo era? Claramente no, porque las relaciones que tuve, eventualmente, terminaron. Sería un necio si le echara la culpa a la otra persona; es probable que uno solo no pueda ponerse a una pareja al hombro, pero definitivamente mis historias terminaron por mérito compartido.

Mi relación con Vicky no terminó bien. Tuvimos un último mes de mucha tristeza. Yo me quería separar, pero no se lo dije nunca. Lo charlaba en terapia, lo charlé con un par de personas, pero no con la persona que tenía que saberlo. No fue un final que le haya hecho justicia a una relación que tuvo momentos maravillosos, donde compartimos carreras y muchas risas. Aprendí mucho de esa relación, cosas que pueden parecer poco trascendentes para algunos, como mantener el orden en mi propio departamento, cocinar… digamos, ser responsable. También tengo una cuestión, que es mantener el contacto con algunas ex. No es en todos los casos, y tampoco tiene tintes románticos. Simplemente que algunas veces he tenido rupturas consensuadas, o el paso del tiempo limó cualquier aspereza y esa relación se transformó en amistad. Me encantaría que así sea con Vicky, pero por ahí ahora es demasiado pronto para planteárselo.

Si encarara una relación nueva, intentaría aplicar lo que aprendí. El hombre es el único animal en tropezarse dos veces con la misma piedra. No hay límite, yo ya me he tropezado unas veintisiete veces, pero creo que lentamente algo estoy incorporando. Empezaría por intentar ser yo. Ya estoy cansado de jugar el papel de “novio perfecto”, creo que me inventé estándares que no voy a poder cumplir. Toda esa presión autoimpuesta no sirve de nada. Intentaría no resignar las cosas que me gustan, como entrenar. Esto se desprende de lo anterior, cosas que hago para que el otro me acepte o agradarle más. ¿Con qué sentido? Ni yo lo sé. Cuando uno no actúa como realmente es, decepciona al otro y a sí mismo. Es lo que siempre hice, y que estaría bueno dejar de hacer. No intentar ser “el mejor”, sino ser yo. Otra cosa que quisiera haber aprendido (pero no sé si estoy listo) es a no ser tan ansioso. Cada vez que conozco a una chica mis amigos me preguntan (en broma): “¿Cuándo te mudás con ella?”. Y es lo que siempre hice. Compromiso, planes de casamiento, mudanza… me gustaría conservar mi espacio, y no querer compartirlo de entrada. Tampoco meterme en el espacio de otra persona. Siempre que lo hice lo sentí sincero, pero la verdad es que cada vez me pesa más la edad. No puedo dejar de pensar que a mi edad mis padres tenían cuatro hijos, los menores (Santiago y yo) de 5 años y medio. Parece una tontería, uno cree que nunca va a querer vivir en la sombra de su padre y su madre, pero yo no puedo evitar compararme. Además también me pesa ser el único de la familia que no está en pareja. Sé que es una tontería y probablemente sea la primera vez en mi vida que no me estoy presionando con eso.

La vida es esta, y no hay que dejarla pasar. Por primera vez en mucho tiempo (quizá en toda mi vida) me siento bien. Cómodo donde estoy. ¿Qué me falta? Un caloventor, lámparas en el baño y una alacena para guardar platos y comida. Cosas materiales. No me siento solo, ni que el reloj avanza. Tengo mis proyectos, y por supuesto que consideraría “sumar” a alguien en mi vida, pero no me quita el sueño. No sé si salí de ese karma de estar en la sombra de las mujeres. Ojalá que sí. Pero no reniego de mi pasado, no me arrepiento de haberlo intentado, tuve momentos feos pero muchas veces sentí verdadera felicidad, y ahora me siento en control de mi vida. No quiero ponerle a otro la responsabilidad de hacerme feliz. Es algo de lo que me tengo que hacer cargo… y estoy en eso.

Semana 38: Día 260: Día de superhéroes

Hoy no fui a entrenar. Mi precaria situación me vio forzado a aceptar trabajar todo el fin de semana (incluyendo el día del padre) en una convención de cómics.

No es mi actividad ideal. Me encanta apoyar a la editorial y sacarla adelante. No me enloquece resignar el correr, pero bueno, ameritaba por mis finanzas.

En estos eventos pululan los disfrazados. Esta actividad me es bastante ajena. Nunca me interesó demasiado lo de disfrazarme (aunque tengo la fantasía secreta de tener el traje de Iron Man… ok, acaba de dejar de ser “secreta”), pero veo que es algo que apasiona muchísimo, tanto a los que se disfrazan (llamados “cosplayers”) como al público, que va en manada a ver los concursos. En estos ámbitos está muy inserta la cultura japonesa (o lo que los japoneses exportan como su cultura), así que siempre hay fideos, empanaditas (que asociamos con los chinos, pero bueno, para nosotros los brutos ignorantes es lo mismo), bebidas de un contenido desconocido… En fin, todo ese mundo nunca deja de sorprenderme, aunque me cuesta identificarme con él.

Aunque todavía dejo salir a jugar al nerd que llevo dentro mío, creo que se corrió mi pasión hacia el running. De vez en cuando me compro un libro (actividad interrumpida hasta que encuentre dónde mudarme), pero sin dudas mi dinero y esfuerzo se está volcando a las carreras más que en mi colección de cómics. A veces hasta me pregunto si no será el momento de deshacerme de ella y ponerla a la venta… ¿Algún interesado?

Semana 37: Día 258: El Hombre de Acero

Creo que hay por algún lugar de la casa en donde crecí, en Banfield, una foto en donde tengo en mis manos un muñeco de goma de Superman. Era de esos que tenía alambre adentro, y podías ponerlos en pose hasta que el alambre se partía y la figura pasaba a ser un triste amputado.

Pero así crecíamos los niños a finales de los 70s, principios de los 80s.

Cuando estaba a punto de cumplir un año de vida, en los Estados Unidos se estrenó “Superman”, que llevaría a Christopher Reeve al estrellato y lo identificaría para siempre como el Hombre de Acero. Su director, Richard Donner, tuvo la astucia de no hacer una película sobre un ridículo que vestía calzoncillos rojos por afuera del pantalón y que andaba en una capa. Su lema fue “Seamos creíbles”. Aún hoy, 35 años después, esta cinta sigue resistiendo el paso del tiempo. Es bastante naif, pero es poderosamente emotiva.

El problema cuando se pone el listón muy alto es qué pasa después. Y ya sin Richard Donner (y sin muchas ideas), el mito del Hombre de Acero en el cine fue perdiendo brillo, hasta llegar a Superman IV, en la que el héroe kryptoniano luchaba contra un clon rubio con uñas largas. Lo juro.

Siempre me gustaron los superhéroes y, de algún modo, marcaron bastante mi destino. Me hice fanático de los cómics cuando vi Batman (1989), de Tim Burton. Teníamos una expectativa con mis compañeros de la primaria que no aguantábamos más. Fuimos al estreno, hicimos una cola terrible, y nos sorprendimos con esa versión oscurísima. Años después, ya fuera del secundario y sin saber a qué dedicarme, me puse a dibujar “a ojo” el logo de Superman con el Paint Brush del Windows. Luego lo pasaba a negativo, lo rompía como si fuese de vidrio (con astillitas por todos lados). En fin, mi papá se olía que le podía sacar algo de provecho a estar jugando con la compu, y me preguntó si no me interesaría estudiar diseño gráfico. Jamás me lo había planteado antes, solo me interesaba jugar con la estética de los superhéroes. Y por suerte le hice caso. No solo el diseño gráfico se convirtió en mi vocación, sino que terminé trabajando en una editorial de cómics, traduciendo y readaptando las historietas de los personajes de Marvel Comics.

Pero no me quiero ir a esta editorial, que tuvo una década de exitosas incursiones en el cine. En ese camino entre el diseño gráfico y los cómics, fui brevemente editor de una revista de información llamada Comiqueando. Fue difícil hacerla, era mi primer trabajo editando, costaba mucho y me sentía en la sombra de quienes habían hecho esta publicación años antes. Pero para foguearme estuvo fantástico. En 2006 llegó Superman Returns al cine, un extraño experimento en el que eld irector Bryan Singer decidió hacer una secuela de Superman II… haciendo como si la III y la IV nunca hubiesen existido. Lo raro fue que a pesar de que seguía las puntas tiradas en las dos primeras entregas (¡estrenadas casi 30 años antes!), con la misma banda sonora, decidió darle un look completamente diferente al personaje, con un traje más oscuro y plástico. Se supone que le dio ganancias a la productora, pero en mis ojos fue una gran decepción.

Sin embargo, con Comiqueando hicimos un especial de Superman, con un repaso por toda su historia en el cine y la TV, y fue uno de los trabajos que más orgullo me dio. La portada estaba impresionante, las notas interesantísimas, y el diseño quedó muy cerrado. Un lujo, para una película que no cumplió mis expectativas.

A pesar de la importancia de Superman en el mito de los superhéroes, era de esperar que una nueva adaptación, donde reiniciaban la franquicia, no despertara demasiado interés de mi parte. El traje, nuevamente, era muy distinto al que estaba acostumbrado (sin calzoncillos rojos por fuera del pantalón), el tono iba a ser más sombrío (de esperarse cuando el productor es Christopher Nolan y el director es Zack Snyder), así que me preparé para otro fiasco. Pero las críticas de los primeros que pudieron verla adelantaban que era muy buena.

Me invitaron a una función de prensa y dije que sí, por supuesto, pero me agarró un ataque de tos que me obligó a quedarme en casa. Tuve que esperar al lunes pasado para verla. No acostumbro a ir solo al cine. Al igual que ir a bailar o a comer a un restaurante, me parecen actividades para hacer en patota. Como mínimo entre dos personas. Pero bueno, en el fondo sabía que era Superman, y en unos días de mucho estrés, necesitaba tomarme el descanso.

La película, sinceramente, me atrapó. El tono era oscuro, Superman (o quien se convertiría en el Hombre de Acero) era un tipo conflictuado, teniendo que reprimir todas esas increíbles habilidades. En el fondo quería involucrarse, pero no se sentía listo, y se tragaba muchas veces su propia frustración. ¿Cómo no identificarse con eso?

Confieso que en los últimos años me ablandé, y últimamente me emocionan las películas en que el héroe hace todo lo que está a su alcance para salvar al otro. Cuando en Iron Man 3 un avión que se cae deja a 13 pasajeros cayendo en picada desde el cielo, Tony Stark tiene que encontrar un modo de salvarlos a todos. No a uno o dos… TODOS. Y mientras lo iba resolviendo, no pude evitar dejar salir unas lágrimas. Puedo parecer un boludo por esto, pero sentí algo parecido a cuando vi Mi nombre es Sam, en el que el protagonista, un hombre con un tremendo retraso mental, tiene una hija de 8 años que es intelectualmente mayor que él. La niña fingía leer mal en voz alta, porque no quería hacerlo mejor que su papá. Esta entrega hacia el otro me provoca una congoja y lloro de un modo vergonzoso.

El Hombre de Acero tiene un par de escenas que me humedecieron los ojos. Fue difícil hacer que un tipo prácticamente indestructible se sienta débil y desprotegido. Pero lo lograron. Superman, interpretado por Henry Cavill, es un tipo que duda de su rol en el mundo, pero que no se detiene a la hora de ayudar. Sus motivaciones están bastante bien explicadas en la película, y el hallazgo del guión es haberle encontrado la vuelta al triángulo amoroso Clark Kent – Lois Lane – Superman. Ahora SÍ funciona, es interesante y promete mucho. Hay bastante que no se puede contar porque le arruinaría más de una sorpresa a los espectadores, y eso es algo que habla muy bien de este proyecto. Esto no es Transformers, donde hay trompadas entre malos y buenos, y sabemos al final quién gana. Acá hay un semidios con capa que un día aparece en la Tierra, pero de dónde viene y hacia dónde va es algo que se revela de a poco, con varios giros inesperados.

Hasta ahora solo hablé con fans de los cómics, que en su gran mayoría están fascinados con esta película. Yo puedo decir que mientras menos expectativas nos genere algo, más lo podemos disfrutar. Pero hasta el que esperaba que El Hombre de Acero fuera El Padrino con superpoderes salieron muy contentos del cine. Me parece que un personaje como Superman se merecía algo así.

Semana 33: Día 231: Un dinosaurio desaparece

Hoy falleció Jorge Rafael Videla, un personaje siniestro que nunca pasó por este blog. Pero, indirectamente, marcó mi vida y la de todos.

No quiero espantar a nadie con un post de contenido político. Este blog es autorreferencial y más o menos biográfico. Lo cierto es que nací en diciembre del 77, en plena dictadura, así que el tema me marcó aunque sea tangencialmente. Cuando estudiaba Ética y Deontología Profesional, en la carrera de Diseño Gráfico, vimos un documental llamado “Generación Golpe”. Y todos los que nacimos en esa década, inmersos en ese gobierno de facto, somos de la Generación Golpe.

Alguna vez fantaseé con ser hijo de desaparecidos. Porque es imposible haber nacido en esa época y no pensarlo aunque sea una vez. Por ahí Santi, mi hermano mellizo, se lo planteó menos porque es un calco de nuestro padre, pero yo tengo mucho de ambos. Antes de empezar con Semana 52, mi mamá decía que mi físico era como el de su lado de la familia (Villafañe), y después, habiendo adelgazado, salió a flote el perfil genético de los Casanova. No, hoy no tengo dudas de mi identidad, pero que te lo preguntes una o mil veces es parte de un legado tristísimo de esos años horrendos.

Hoy se habló mucho de la figura de Videla y su impacto en Argentina (Felipe Pigna dice que fue uno de los que más mal le hizo a esta nación, acrecentando la deuda externa y vaciando al país). Me gustó lo que dijo el cantante Horacio Guaraní, siendo que casualmente hoy era su cumpleaños. Videla era un pobre tipo. Alguien que estudió cómo matar y se dedicó a eso. ¿Para qué malgastar bronca en alguien tan patético?

Y, como no puede faltar, están quienes lo defienden. Quienes creen que la historia lo reivindicará. Me dio mucha amargura leer esta clase de comentarios en las redes sociales. A casi 40 años del golpe militar, creo que la historia ya dejó en claro cómo serán recordados todos los responsables del terrorismo de estado.

Hoy escuché sonar el tema “Los Dinosaurios“, uno de los más hermosos que le escuché a Charly García. Se lanzó en 1983, justo en el año en que la dictadura de la Junta Militar llegaba a su fin. El rock nacional sirvió para expresar todas esas cosas que no se podían decir. Claramente esta canción habla de los desaparecidos, de todas las cosas hermosas de la vida que pueden esfumarse. Pero entre tanto dolor (la voz de Charly, casi como un quejido, me pone la piel de gallina), la letra cierra con un “pero los dinosaurios van a desaparecer”. Creo que es una celebración de que ningún mal es eterno.

Videla, el tipo que cuando fue presidente (de facto) nos prohibió a todos leer “El Principito”, murió esta mañana, solo, en una cárcel común, por causas naturales. Aunque estaba preso por sus crímenes, tuvo una muerte mucho más digna que los 30 mil desaparecidos de 1976 a 1983. Podemos estar insensibilizados a esta altura por ese número, pero tengamos en cuenta que la siguiente dictadura latinoamericana con más muertos es Chile, con 3 mil.

No se me ocurre otra forma de cerrar este post con la letra de Los Dinosaurios, de Charly García. Mañana me voy a correr, aunque haga frío, y voy a agradecer vivir en un país donde los dinosaurios ya desaparecieron.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
los cantores de radio pueden desaparecer
Los que están en los diarios pueden desaparecer
la persona que amas puede desaparecer

Los que están en el aire
pueden desaparecer en el aire.
Los que están en la calle
pueden desaparecer en la calle.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
pero los dinosaurios van a desaparecer

No estoy tranquilo, mi amor
hoy es sábado a la noche un amigo está en cana
Oh, mi amor, desaparece el mundo

Si los pesados, mi amor,
llevan todo ese montón
de equipaje en la mano.
Oh, mi amor, yo quiero estar liviano.

Cuando el mundo tira para abajo
es mejor no estar atado a nada
imaginen a los dinosaurios en la cama.

Cuando el mundo tira para abajo
es mejor no estar atado a nada
imaginen a los dinosaurios en la cama.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
los cantores de radio pueden desaparecer
Los que están en los diarios pueden desaparecer
la persona que amas puede desaparecer.

Los que están en el aire
pueden desaparecer en el aire.
Los que están en la calle
pueden desaparecer en la calle.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
pero los dinosaurios van a desaparecer

Semana 12: Día 84: Diciembre de 2001

Estos días viví un revival del fatídico diciembre de 2001. Todos recordamos lo que estábamos haciendo aquellos días. Recuerdo ver las noticias en la casa de mi hermano, y que todo pasara como en un sueño, cuando la lógica deja de gobernar y las cosas más absurdas pasan a ser normales.

Tengo muy fresco estar prendido a Crónica TV, mirando los distrurbios en vivo. Tanta violencia y tanto quilombo (por falta de una palabra más adecuada). Si poníamos la tele en silencio, los estruendos y el ruido se seguían escuchando por la ventana.

Esta época coincidió con mi cumpleaños 24, al que muy pocos vinieron por miedo a los saqueos. Ese mismo miedo que empieza a germinar ahora mismo, con los saqueos diseminados por distintas ciudades de país. Quizá me haya vuelto más paranoico once años después, pero me cuesta pensar que esto no esté organizado con fines políticos. Mi lógica interna me dice que si les funcionó para que se vaya un presidente y todo su gabinete… ¿por qué no iba a funcionar ahora?

No tengo afinidad con este gobierno. No me gusta su discurso, siento que a veces me toman el pelo, y que muchas de sus decisiones no pasan por el bien común, sino en demostrarle poder a sus enemigos políticos. Pero mucho menos me gusta ver saqueos organizados, con gente enmascarada que se lleva LCDs. Me deprime y me asusta. Sí, estoy asustado, no quiero que esto les funcione y se vuelva un recurso en la puja por el poder. Prefiero vivir amargado con un gobierno que no voté a vivir con miedo. El maestro Yoda decía que el miedo lleva a la bronca, la bronca al odio, y el odio al sufrimiento. Aunque haya sido un personaje ficticio hablando en una megaproducción hollywoodense, hay mucha sabiduría en esas palabras. El miedo es un camino al sufrimiento, nada bueno puede salir de imponer poder a través del pánico.

Mi cumpleaños, este año, pasó sin percances. No hubo puentes cortados, ni vecinos paranoicos haciendo guardias anti saqueos. Ahora vamos a encarar la procesión hacia la Zona Sur de la provincia de Buenos Aires, para pasar Navidad en la pileta, almorzando y cenando al aire libre (si el tiempo lo permite). Ojalá sean tiempos de paz, porque nos lo merecemos. Y que los que están disconformes con este gobierno hagan lo mismo que yo y se hagan escuchar en las urnas. Así, a través del miedo… no.

Semana 9: Día 63: Una historia de bronca

Hoy hice un gran uso de mi Facebook. Me senté a escribir el terapéutico artículo que van a leer a continuación. En la configuración le di que sea público (soy bastante celoso de mi privacidad, intento mantener mis contactos en gente cercana). No tiene nada que ver con el running, pero es una parte importante de mi vida. Como dijo un amigo en los comentarios, con esta historia llegué al kilómetro 42. Hay muchas cosas que requieren esfuerzo, constancia, fe, cabeza… Objetivos claros y focalizados. Se aplican a correr y a cualquier desafío en la vida.

hate_tapa

Hay pocas cosas de las que me puedo sentir absolutamente orgulloso. Quizá en algún lugar del top 10 podría ubicar a la edición argentina de Hate. Pero esta no es una historia muy feliz, porque eso que me llenaba de orgullo, se convirtió en uno de los hechos que más me avergonzaron en toda mi vida.

Empecé con Domus Editora para sacar a la calle un número de Comiqueando en papel. Era un proyecto de la facultad de diseño que empezamos con Javier Hildebrand, y que lo sacamos al “mundo real” para que la comicu (con la bendición de Andrés Accorsi) volviese a la calle. Un número cada dos meses. En una de esas ediciones, mi amigo Diego Jourdan me acercó una entrevista a Peter Bagge que él había realizado.

Nos entusiasmamos con Javi, queríamos comernos el mundo, y empezamos a soñar con la edición de historietas. Empezamos con Animal Urbano, una novela gráfica hermosísima, y así fuimos conectándonos con Historietas Reales, Mr. Exes, Lucas Varela… Domus crecía… ¿pero cómo? Yo seguía viviendo en la casa de mis viejos, intentando vivir del diseño freelance (pero sin un mango en el bolsillo).

El distribuidor en kioscos de Capital y GBA, de muy buena fe, me presentó a Carlos Schroter. Él editaba en Thalos y tenía montones de proyectos paralelos. Según me dijeron entonces, tenía en circulación como 2 millones de pesos en publicaciones (hablamos de 2 millones de 2006, que son muchos más que ahora). El primer día que quedé en reunirme con él llegó una hora tarde. Antecedente de todo lo que vendría después.

La relación con Carlos era rara. Me prometió el oro y el moro. Decía a todo que sí, no le importaba lo que editásemos. El acuerdo era que yo proveía el material y arreglaba temas contractuales con los autores, y él se encargaba de imprimir, almacenar y distribuir los libros. Yo figuraba como editor, pero solo me presenté a cobrar la liquidación de Animal Urbano. Del resto jamás toqué un peso. Carlos me propuso un sueldo simbólico de 500 pesos por publicación, más repartir 50 y 50 las ganancias. Cuando cortamos relación en 2008 me debía 80 mil pesos (que tampoco son los 80 mil pesos de ahora). Le mandé carta documento para que me pasara detalles de costos de venta e impresión, pero nunca me respondió, ni tampoco se presentó a la mediación. Tengo vía libre para hacerle juicio cuando quiera, pero no tiene ningún bien a su nombre (ni su casa, ni sus cuentas bancarias), por lo que se puede declarar “insolvente”, y nadie cobra un centavo. Por eso es difícil encontrar un abogado que quiera tomar el caso.

Me estoy adelantando. Andrés Accorsi, en un momento, tuvo la brillante idea de editar Hate en Argentina. Me regaló la idea, hice el contacto con Peter Bagge a través de Diego Jourdan, que me pasó el contacto del editor de Fantagraphics, Kim Thompson. En esa época yo le creía todo a Carlos, así que le comenté de este proyecto, y de que entre el arte y el adelanto de regalías pedían 700 dólares. Una ganga, y en un exceso de confianza, Thompson me envió el arte, un libro de Hate y el contrato por correo. Schroter no podía creer que mandase todo sin haber firmado nada y sin haber depositado plata. Me recontra juró que íbamos a pagar.

Avanzamos con el libro. Le puse “Hate”, porque así era como todo el mundo la conocía, y como subtítulo le puse “Bronca”, porque me parecía que iba más con la personalidad de Buddy Bradley que “Odio”, como le pusieron los españoles. Me escribía constantemente con Thompson, quien jamás me reclamó un centavo. Semanalmente le preguntaba a Schroter por el pago, y me decía “la semana que viene le transferimos”. Y así pasaban las semanas. En un momento me dijo que las transferencias se consideraban importaciones, y que la AFIP (o algún ente regulador) se quedaba con 100 dólares. Quería que le avise a Fantagraphics que les iba a llegar menos dinero. Thompson no tenía problema. Pero la transferencia no se hacía.

Hate (Bronca) salió a la calle. Un libro hermoso, traducido por mi amigo y ex-compañero de banco del secundario, Hernán Martignone. Era bien argentino, sin perder su escencia. Stinky pasó a ser “Roña”, sin caer en el forzado “Apestoso”. Me pareció brillante.

Me sentí muy orgulloso de cómo quedó nuestra edición. Me entrevistaron en radio Metro, salió un artículo en la Inrockuptibles. Realmente era algo IMPORTANTE. Pero el pago a la editorial se seguía demorando.

En un momento Schroter me dijo: ¿Por qué no editamos Hate 2? Habíamos usado 5 ediciones USA del CD de arte, y podíamos recurrir a las ediciones que seguían (me habían enviado 15). Le dije que sí, siempre y cuando pagásemos lo que debíamos del tomo 1. Pero siempre había excusas, nunca se terminaba de cerrar el tema. Le consulté a Kim Thompson y no tuvo ningún problema. Por supuesto que le dije que no haríamos nada sin tener pagado el anterior libro.

Hernán empezó a traducir las historias. Esta vez, en lugar de un tomo, íbamos a publicarlo en revistas. Camelot iba a auspiciar en contratapa. Hice las portadas, me encantó cómo iban quedando… pero el sudor frío de mi espalda me seguía recordando que todavía le debíamos plata a Fantagraphics… Y después de meses y meses, ya conocía mejor a Schroter y sospechaba que no tenía intenciones de pagar.

No voy a desvariar con la cantidad de cosas que Schroter me prometió y no cumplió. Quedé mal con mucha gente, vi cómo saldaba libros por centavos, que se vendían en Corrientes a $2. Fue injusto para mí, y más todavía para los autores. A algunos les pagué de mi bolsillo. A otros no me alcanzó. Por suerte muchos ya conocían la historia. Venían, ilusionados, a ofrecerme sus obras para publicar en Domus, una editorial que creían seria. Yo les decía que mi socio me iba a decir que les prometa pagos que después no iba a poder hacerles. Siempre había una excusa, hasta a mí me pagaba con cheques a 240 días.

En un momento, cuando vi que la cosa no daba para más, le dije a Hernán que dejase de traducir. No tenía sentido seguir haciendo trabajar a nadie al pedo. Le pedí a Carlos reporte de ventas y gastos, y me envió un excel totalmente dibujado, con cifras inventadas. Él me juraba que eran ciertas, pero solo me bastó con levantar el teléfono y preguntarle al distribuidor de kioscos para saber que estaba mintiéndome. Me di cuenta que yo ponía la cara por una editorial que no controlaba. Prometía pagos con plata que no tenía, no sabía los números reales de ventas, y empezaron a llegarme comentarios de que a la imprenta se le debían fortunas. Yo no cobraba, los autores tampoco, la imprenta tampoco… ¿a dónde se iba la plata de las ventas? Es una pregunta para la que no tengo respuesta…

Carlos Trillo se murió pensando que yo era un chanta, y es algo que nunca voy a poder enmendar y me dolerá para toda la vida. Hace poco me ofrecieron coeditar un tomo 2 de Hate, pero dije que lo hacía si se hacían cargo de la deuda del tomo 1. Aunque me dijeron que sí, el proyecto nunca despegó (quién sabe si mañana no se reactiva), y en realidad era algo de lo que me tenía que hacer responsable. Fantagraphics no me lo exigió nunca, pero para mí era una de las vergüenzas más grandes de mi vida.

Por suerte tuve un período de bienestar laboral. Hice diseño freelance, pude asentarme, y por primera vez en mi vida, las cuentas me cerraban. Me mudé a un departamento, dejé de pedir plata prestada y empecé a gastar mi propio dinero. Hace unos meses saqué la calculadora y dije “yo puedo pagar Hate de mi bolsillo”. Le escribí a Kim Thompson, le conté toda esta historia (más resumida y en inglés), y le dije que quería que me diga un número, cuánto le debía para cerrar esta historia. Me dijo que entendía perfectamente, y que con mil dólares lo consideraba absolutamente cerrado. La mitad iba a ser para Bagge, la otra mitad para ellos. Le envié por Paypal 500 dólares, con la promesa de darle el resto apenas pudiese. Ayer, gracias al aguinaldo que cobré, pude hacer el depósito final.

Un peso bastante grande se levantó de mis hombros. A pesar de esta deuda de cuatro años, Thompson me agradeció por mi interés en los cómics norteamericanos, a pesar de las inclemencias económicas. Sigo considerando que me salió barato. Quizá alguno considere que no me correspondía que lo pague yo. Pero si quería cerrar este capítulo de mi vida, creo que era lo mejor que podía hacer. Por ahí la tranquilidad valga más que mil dólares (lo que confirmaría que me salió barato).

Sí, voy a caer en el juego de palabras fácil. Me da BRONCA que las cosas se hayan dado así. Pero ahora puedo seguir adelante con una cuenta pendiente menos.

Semana 31: Día 210: Mi nombre es Pi

Como estoy inmerso en la Feria del Libro, no estaría de más que haga una crítica literaria. En el stand me la paso comiendo, porque no hacer nada causa hambre. No me explico por qué, pero tengo una necesidad imperiosa de estar masticando algo.

Esta mini-reseña la escribí el 5 de mayo de 2009, o sea hace 3 años, en mi Fotolog que no leía nadie. Por eso la rescato. Es sobre un libro llamado “Life of Pi”, uno de los pocos que leí enteramente en inglés. Sé que soy monotemático, y que todo lo relaciono con correr, pero será que el tema me apasiona, y encuentro conexiones con todo. Lo cierto es que leer un libro es parecido a una carrera. Requiere determinación, y dedicarle su tiempo. Puede que no lo disfrutes como creías, pero la recompensa llega al final. Es lo que me pasó, al menos, con esta novela, que en breve tendrá su adaptación a la pantalla grande, por el director Ang Lee y el actor Tobey Maguire.

Hace tres años, intentaba describir así a “La vida de Pi”, un libro extraño que cobra sentido al final:

El año pasado, en Londres, mi amiga Abi me recomendó el libro llamado “Life of Pi”. Básicamente trata de un niño al que su padre, dueño de un zoológico, le pone de nombre Piscine (Piscina) y él, avergonzado de que todos le hagan chistes sobre el pis, decide que lo llamen “Pi” (como el 3,1415926535897… etc).

En realidad no es esa la trama del libro, sino que trata sobre el naufragio del barco en el que mudaban el zoológico. Pi termina en un bote con una zebra moribunda, una gorila deprimida, un lobo y un tigre de bengala. Todos a la deriva, en el océano.

Pero en realidad tampoco trata de eso, sino de la supervivencia, de los mecanismos que tenemos para defendernos. De la ceguera, no la real sino la que fabricamos. De la fantasía, que a veces es más tolerable que la realidad.

Es un libro impresionante, pero que me impactó más en sus últimas 10 páginas que en las primeras 200.

Al que tenga paciencia, se lo recomiendo.

Semana 30: Día 208: Se termina el descanso

Hoy vuelvo a entrenar con los Puma Runners. Pero sigo con poco tiempo para escribir, culpa de la Feria del Libro. Así que vuelvo a echar mano a un post que escribí hace cuatro años, que ni lo recordaba. Como para terminar con estas mini-vacaciones que me tomé del grupo. Me encantaría que no llueva esta noche. ¿A qué número llamo para gestionarlo?

Booth salvó a Lincoln

Me crucé con esta historia de casualidad.

En 1863, Edwin Booth, hermano de John Wilkes Booth, salvó a un veinteañero llamado Robert Lincoln de que lo pise un tren. Robert era hijo del presidente Abraham Lincoln, al que John Wilkes Booth mataría, en 1865, de un tiro en la cabeza. Un Booth salvó a un Lincoln para que, dos años después, un Booth matase a un Lincoln.

Esta no es la única casualidad. Si dejamos de lado el costado trágico de la historia, las casualidades me parecen fascinantes.

Edwin y John eran actores, y muy buenos. Interpretaban principalmente a Shakespeare. El padre de ellos también era un respetadísimo actor (muerto años antes), y su nombre era Junius Brutus Booth. Este no es un dato menor…

…Marcus Junius Brutus es el principal responsable del asesinato de Julio César, el emperador romano. Obviamente es un personaje destacado en la obra de Shakespeare sobre la vida del emperador romano (de ahí viene la frase “Tu también, Brutus, hijo mío”, que dijo el César mientras lo achuraban).

Pero no sólo la familia de Lincoln quedó destrozada con el asesinato de Abraham. Los Booth también: además de perder a un presidente, perdieron a John, que no sólo pasó irremediablemente a la infamia, sino que fue ajusticiado 12 días después del asesinato. Edwin no se animó a salir al escenario por un año, y sólo lo volvió a hacer por necesidad financiera.

Edwin era un alcohólico recuperado. Dejó la bebida en 1863 (y me cuesta pensar que no es casualidad que sea el mismo año en que salvó a Robert Lincoln). Luchó para no volver a caer en el alcohol cuando John cometió el magnicidio. Su único consuelo para no caer en la locura fue saber que al menos, dos años antes, había salvado al hijo de Lincoln.

Los Booth crecieron justo en la frontera entre el sur y el norte, así que realizaban presentaciones tanto en un lado como en el otro de la contienda de la Guerra Civil. Pero Edwin era un ferviente defensor del Norte (y de Lincoln), y John apoyaba al sur y odiaba al presidente. Esto distanció a Edwin de su hermano. Lo lamentaría el resto de su vida.

Robert Lincoln decidió no asistir al teatro con sus padres la noche del asesinato, y se quedó durmiendo en la Casa Blanca. Según él, si hubiese asistido, Booth tendría que haber pasado por encima de él antes de apuntarle a su padre. Pero nada le hacía pensar que, mientras dormía, su padre moría. Lo lamentaría el resto de su vida.

John Booth mató al presidente de un tiro por la espalda. Cuando encontraron a Booth escondido, doce días después, lo mataron de un tiro por la espalda. Sólo que en lugar de la cabeza, le dieron en la nuca, paralizándolo.

Antes de morir, pidió que le levantaran las manos para poder vérselas.

“Inútiles…. inútiles”, dijo, antes de dar su último respiro.

03 junio 2008

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