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Semana 13: Día 87: Tormentosa noche de Navidad

Somos sumisos. Aceptamos el estereotipo de un Papá Noel abrigado y comemos alimentos asociados al clima frío (garrapiñadas, nueces, etc) sin chistar.
Pero mientras el bondadoso San Nicolás viste los colores que decidió Coca Cola, nosotros podemos ir más allá y ponerle nuestras propias connotaciones. Para mí la Navidad es una excusa para verme con mi familia, sobre todo a quienes hace mucho que no veo. Además me gusta hacerme el Papá Noel por unos instantes y comprarle regalitos a los más chiquitos. Creo que el orgullo queda completamente de lado cuando se hace un regalo y no se dice que son de uno…
Prometen lluvia para esta noche,y sería un alivio para este calor récord que estamos soportando. Con Vicky no podíamos creer que hace 10 días sufríamos el frío de Villa La Angostura y ahora nos derretíamos (junto a la pileta).
Ojalá que pasen esta Navidad junto a quienes más quieren, y que se imponga la costumbre de que es más lindo regalar que recibir un regalo.
¡Muchas felicidades para todos!

Semana 13: Día 85: Estrenando polainas en la arena

Estamos en Costa Azul, disfrutando de la playa, no así del sol, que se esconde detrás de las nubes. O sea, hace frío para ser verano. Pero bueno, nos la bancamos.

El clima es agradable, unos 20 grados de máxima, lo que nos entusiasmó a salir a correr. Nos calzamos las zapas, anteojos de sol, el camel, y salimos a trotar por la arena. Era la oportunidad ideal para estrenar las polainas, porque la única carrera en vista donde las podriamos usar es en la Merrell de Pinamar… y para esa falta mucho.

Aprendimos que las polainas no son mágicas. La arena se filtra por la zapatilla en la punta. Seguro, entra mucho menos, pero hay que saber que este artilugio es bárbaro, pero no filtra 100%. También nos dimos cuenta que todavía no nos recuperamos del todo de los 100 km de Yaboty: yo aun tengo ese dolor en la parte de atras de la rodilla, y Vicky sigue contracturada en la planta del pie. Pero nos dimos el gusto de trotar aunque sea un poquito.

Esa pequeña carrera nos llevó desde Costa Azul hasta Mar de Ajó, pasando por el centro de San Bernardo. Fue un verdadero descubrimiento, porque vimos que a fines de diciembre la actividad comienza para la Costa. Vimos muchos locales que estaban cerrados y casi tapiados, mientras que otros parecían recién despertar, con empleados pintando la entrada, colocando techos de lona, o con carteles escritos a mano donde ofrecían trabajo. Muchas, muchas ofertas laborales.

Aprovechamos la vuelta para caminar. En musculosa me congelé, pero me la banqué. Hicimos compras navideñas, y elegí una remera con tanta onda para mi hermano que más tarde tuvimos que volver a comprarme una para mí.

Espero que mañana el clima acompañe y podamos disfrutar de un poco más de playa. Si no, seguiremos avanzando con la lectura de libros y, si el cuerpo da, entrenar un poquito más.

Muchas felicidades para todos.

Semana 12: Día 82: Armando la lista navideña

En pocos días es Navidad. Obviamente vamos a comprar los regalos a último momento, en un bazar (anteriormente conocidos como “Todo x $2”), o a los manteros de la calle Florida. Pero podríamos tomarnos unos minutos y hacer compras más concienzudas.

Lo más lindo de las fiestas es regalar. Pero si pudiese tener un momento de egoísmo y frialdad y decir qué quiero que me regalen, diría que siempre son preferibles los regalos prácticos. En nuestro caso (para los que vivimos en el Hemisferio Sur), la lógica indica elementos veraniegos, como ser ojotas, malla, chombas, camisas de manga corta, bermudas, gorra. Siendo alguien que, además, cumple años una semana antes de Nochebuena, tengo de estas prendas como para armar un piquete y detener un tren. Esta clase de cosas entraría en la categoría de practicidad, pero generalmente un deportista tiene ropa de sobra. Una mejor idea podrían ser unas calzas deportivas, remeras dry-fit, o antiparras de seguridad / anteojos que cubran toda la periferia de la vista. Para este último item podemos agregar esas tiras que se enganchan en las patillas, para que no se caigan al correr.

Como detallé el año pasado, en las fiestas se suele subir un promedio de 3 o 4 kilos, principalmente porque combinamos alimentos hipercalóricos con alcohol. La dieta navideña está copiado de los países del norte, donde Papá Noel es Santa Claus, viene del Polo Norte, y se abriga hasta las orejas para combatir el gélido diciembre. Pero nosotros nos morimos de calor, ponemos los ventiladores al mango, y comemos garrapiñadas, almendras, turrones y nueces, como si estuviésemos a punto de comenzar los 160 km de La Misión, en las frías cuestas de San Martín de los Andes. En una comida normal ingerimos unas 800 kilocalorías, mientras que en las de las fiestas se consumen entre 2 mil y 3 mil. Un error común es intentar “hacer lugar” para la suculenta cena de Navidad y llegar en ayunas. Mientras menos azúcar haya en sangre, más se absorben los alimentos y más engordan. Por este motivo, es mejor hacer las comidas regulares durante el día para llegar a la noche con un apetito moderado.

Con esto en mente, regalar algo que incentive la práctica deportiva es lo más idóneo que se me ocurre. Un reloj con GPS para los más pudientes, o uno con cronómetro para los más ajustados. También puede ser un porta celular, para que podamos ir al gimnasio o a correr escuchando música o la radio. Hace un tiempo, cuando cumplimos años con mi hermano, le regalé un año de cable. Le hice un voucher con la compu, le di de alta una cuenta, y mes a mes le pagué por el servicio. Pienso que quizá podríamos regalar una membresía en un gimnasio. No necesariamente tienen que ser 12 meses (es bastante caro, pero habrá quienes puedan hacerlo) ni tampoco hay que apersonarse a pagar cada cuota. Se puede hacer un vale de verdad por el tiempo que se quiera (y pueda). Muchas veces lo difícil es dar el primer paso, y siempre podemos dar un necesario empujoncito motivacional.

Como alguna vez conté, mi papá me regaló en una oportunidad un reloj digital, que yo encajoné y jamás usé. Diría que no funcionó como incentivo, pero cuando empecé a correr con regularidad lo busqué por todos lados, y no lo pude encontrar. Tenemos que aceptar que nuestros regalos no surtan el efecto esperado, pero seguramente sean tanto o más prácticos que una taza o un portarretratos. Creo que el concepto de la Navidad es dejarse de lado y demostrarle al otro lo valioso que es. El regalo, sea el que sea, es suficiente gesto. Muchas veces suena a compromiso y queremos resolverlo lo más rápido posible (suele ser mi caso). Si nuestro obsequio termina encajonado, no importa. Nuestro mini-objetivo de ofrecer una alternativa un poquito más elaborada y afin a una vida deportiva y saludable, estará cumplida.

Semana 17: Día 116: ¡Feliz Navidad!

Hoy hablaremos del hombre más rápido del mundo, un personaje cuya velocidad ha sido calculada por una consultora sueca: 3.500 kilómetros por segundo. Esta distancia está al límite de los parámetros de la física. Los científicos del Centro Recreativo Científico Phaeno (Volsburgo, Alemania) tienen otra medición para su récord, más modesta, pero no por eso menos impresionante: 28.416 kilómetros por hora. Más allá de la polémica en la comunidad científica mundial, tendríamos que hablar un poco más de este personaje, cuyo antecedente lo encontramos hace más de 1700 años.

Aproximadamente en el 280 d.C., en Patara, una ciudad del distrito de Licia, en la actual Turquía, nació Nicolás de Mira (posteriormente rebautizado Nicolás de Bari), hijo único de una familia acomodada. Su padre soñaba para él un destino en el comercio del Mar Adriático, mientras que su madre pretendía que siguiese los pasos de su tío, el obispo de Mira (una antigua ciudad griega, de la Anatolia Egea). Nicolás estaba dividido entre los deseos de sus padres, y se vio forzado a elegir cuando la peste se los llevó de este mundo.

Convertido en huérfano, se deshizo de sus bienes y fue a Grecia a vivir con su tío y cumplir el sueño de su madre. Se convirtió en sacerdote a los 19 años, y al morir el obispo fue designado para reemplazarlo. Nicolás siempre fue muy humilde, y su interés estaba especialmente puesto en los pobres. Esta predisposición hacia los desposeídos lo convirtió en santo patrón de Grecia, Turquía, Rusia y la Lorena. Su fama vino acompañada de muchos mitos, algunos podemos suponer que eran ciertos. Los más fantásticos lo tenían como hacedor de milagros. Cierta vez, un demente acuchilló a varios niños. Nicolás tenía predilección por los más pequeños, y se dice que rezó por ellos y logró que se curasen inmediatamente. Otra historia, más verosímil, tiene como protagonista a una familia muy pobre, compuesta por un padre y tres hijas. Según las costumbres de la época, como ellas carecían de dote, no podían casarse, y estaban condenadas a la soltería. Cuando las niñas obtuvieron la edad para contraer matrimonio, Nicolás le regaló una bolsa de oro a cada una. Se dice que lo hizo en secreto, entrando por una ventana en la noche, a hurtadillas. Colocó el oro en las medias que se secaban colgadas de la chimenea.

Este personaje, elevado a la categoría de santo por la iglesia, dejó de ser Nicolás de Mira para ser “de Bari” cuando, en 1807, los musulmanes invadieron Turquía. Los cristianos sacaron sus reliquias y las llevaron a la ciudad de Bari, Italia. Aquí fue que ganó popularidad en toda Europa, con muchos templos dedicados a su figura, ya que era de los santos que “hacía caso” cuando se le rezaba.

Supongo que ya todos caímos en que estamos contando la veradadera historia de San Nicolás (alias Santa Claus o Papá Noel), el personaje más representativo de la Navidad. Por alguna razón, siempre nos obsesionamos con entender cómo hace para regalarle un obsequio a todos los niños del mundo. Dicen que para hacerlo tendría que viajar tres veces a la velocidad del sonido (pero tampoco se plantean cómo hacen los renos para volar si carecen de aerodinamia). Que el festejo de la Navidad sea el 25 de diciembre (además de que es la fecha en que se conmemora el nacimiento de Jesucristo), tiene sus antecedentes en la antigua Roma, cuando a mediados de diciembre se hacía la fiesta en honor a Saturno y la costumbre era que los mayores le obsequiaran regalos a los niños. En los cultos solares, originados en las comunidades agrarias, las divinidades se asociaban al sol, importantísimo para el ciclo de las cosechas. La conmemoración de su advenimiento se correspondía con el solsticio invernal (en del hemisferio norte), alrededor del 21 y el 22 de diciembre: el sol iba “muriendo” y al tercer día “renacía”, brillante y triunfante. Esto sirve de analogía para un dios  joven que muere cada año y resucita, y le calza perfecto a muchas figuras de las principales religiones de la historia, como Horus, Mitra, Dionisos, Krishna y Jesucristo.

En 1809, el escritor Washington Irving escribió una sátira, Historia de Nueva York, en la que deformó al santo holandés, Sinterklaas (San Nicolás) por la  pronunciación angloparlante Santa Claus. Más tarde, Clement Clarke Moore, en 1823, publicó un poema donde se basó en el personaje de Irving, quien regalaba juguetes a los niños en víspera de Navidad y se transporta en un trineo tirado por nueve renos. En el año 1931, la corporación Coca-Cola encargó al pintor Habdon Sundblom que remodelara a Santa Claus  para hacerlo más vendible. Esta versión popularizó la figura gorda, su vestimenta característica, y los colores rojo y blanco (previamente se lo representaba principalmente de verde).

Poco importa si el origen de la Navidad está en el culto al sol, si el hacerle regalos a los niños viene de los Romanos, o si la bondad de un obispo turco es la causa por la que intentamos, una vez al año, ser más generosos que nunca. Hoy no estamos para desmitificar religiones ni costumbres, sino para agradecer que, en la suma de toda esta historia, hayamos obtenido un día donde regalar sea más importante que recibir. Navidad es la excusa para poner un freno a esta vida agitada, reencontrarse con la familia y maravillarse un poco con el entusiasmo de los más chicos.

Espero que todos hayan disfrutado de la reunión con sus seres queridos, que hayan hecho caso a alguno de los consejos que di ayer sobre los excesos, y que entiendan que hoy me haya tomado un receso en este blog (y que, por una vez, no haya hablado de deporte, nutrición o mi maldita costilla). Muchas felicidades para todos.

Semana 17: Día 115: Prepárese para engordar 3 kilos

La verdad sea dicha: La Navidad engorda.

No estamos hablando sólo de la cena del 24 a la noche. Como atestigua cualquier persona que camina por la calle, la noche de paz y de amor se anticipa desde noviembre, cuando las tiendas ya empiezan a decorar con guirnaldas y bolas metalizadas, mientras en los supermercados avanzan las góndolas de pan dulce, turrones y postres de alto valor calórico. Ya desde un mes antes empiezan las ofertas, los combos navideños, y en diciembre tenemos las típicas cenas de fin de año en el trabajo, la de nochebuena en casa, y el almuerzo del 25, donde tratamos de rematar a las sobras del día anterior. Pareciera que regalar la comida que sobró o freezarla fuese una ofensa al niñito Jesús.

Casi todos pasamos por la situación de comer en exceso y arrepentirnos en los días subsiguientes. A la semana de Navidad llega Año Nuevo, y pasamos por lo mismo: comemos como si nuestra vida dependiese de ello, con la posterior culpa. Afortunadamente tenemos un año entero para olvidarnos de esa sensación de pesadez, resaca y dolor de panza, y nuestra promesa de no volverlo a hacer queda en el olvido.

Conscientes de esto, muchas personas cometen la torpeza de guardarse para la cena navideña y no comen hasta la noche. En una comida normal ingerimos unas 800 kilocalorías, mientras que en las de las fiestas se consumen entre 2 mil y 3 mil. Según el Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), uno de los principales errores que se cometen en las navidades es la de llegar a la comida o a la cena en ayunas. No comer nada durante el día hace que se llegue con un hambre excesiva, y que el autocontrol sea menor. “Además, mientras menos azúcar haya en sangre, más se absorben los alimentos y más engordan. Por este motivo, es mejor hacer las comidas regulares durante el día para llegar a la noche con un apetito moderado”, subrayan.

Según el IMEO, “aprovechar las sobras de la comida navideña es perjudicial para la salud, ya que hace que los excesos de la cena anterior se amplifiquen en los días sucesivos”. Otro error es beber descontroladamente, porque el alcohol hace que muchas calorías “vacías” se transformen en grasa corporal. Los días que rodean cada una de estas comidas son muy importantes. En la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición opinan que el problema llega después de estas comilonas navideñas. La estadística dice que se ganan de 2 a 4 kilos “en 15 o 20 días, pero pueden costar quitarse más de dos meses”. Los platos principales en sí mismos no tienen mucho valor calórico, el problema son los aperitivos y las bebidas que acompañan a la cena, además de las grasas y las calorías que contienen los dulces y postres típicos. Si se sigue una dieta baja en calorías, se puede perder el peso obtenido con los excesos en pocos días.

Otros consejos del IMEO para una Navidad saludable es evitar los alimentos muy energéticos, ya que el cuerpo no va a tener tiempo para metabolizarlos. Por ejemplo, no consumir pastas, arroces o legumbres. Tampoco cocinar con manteca, sino reemplazarlo por aceite de oliva, y en lo posible evitar la grasa que tienen todas las comidas fritas. En las entradas, dejar de lado el paté y las salsas (que tienen crema, manteca o quesos) y cambiarlos por carnes magras, pesacado o verduras. En cuanto a los dulces, si la tentación es muy grande, siempre es mejor optar por el chocolate negro antes que los postres que tienen frutos secos, azucares, grasas y harina refinada. No nos dejemos engañar por los productos que dicen no contener azúcar; esto no quiere decir que sean bajos en calorías.

Si durante la cena nos sentimos saciados, hay que parar de comer. Es preferible probar un poco de los distintos platos y servirse raciones razonables. Para sobrevivir a las fiestas hay que ingerir los alimentos despacio y masticarlos bien, evitar los excesos, el abuso del alcohol, las carnes y grasas, y reemplazarlos (con el consiguiente riesgo de volverse impopular en su familia) por verduras o alimentos ricos en fibras.

Semana 17: Día 114: Qué regalarle a un corredor en Navidad

Se viene Nochebuena, y es el momento en que nos acordamos de que no compramos los regalos de Navidad. Pensamos, ilusos, que ya todo el mundo hizo sus compras, y que las tiendas y shoppings van a estar más calmadas. Qué ilusos…

Si contamos con un amigo corredor y tenemos ganas de obsequiarle algo para poner bajo el arbolito, me permito realizar algunas sugerencias. Siendo que cumplo años una semana antes de Navidad, tengo bastante experiencia en la cuestión de los regalos veraniegos (y no dejo de tener la esperanza de que Papá Noel lea este blog y se inspire).

Lo primero que usted tiene que hacer es averiguar en qué hemisferio vive. Si está al norte y mira por la ventana, probablemente esté nublado, haga frío y viento, y quizá hasta esté nevando. Concentre sus esfuerzos en regalar ropa de abrigo y siéntase discriminado, porque en este post nos vamos a centrar en los que vivan en el hemisferio sur. Estos habitantes del mundo, que comen nueces, turrones, y frutos secos en verano, abrigan a un Papá Noel a punto de sufrir un golpe de calor, y llenan de nieve artificial a los arbolitos (cuando afuera hace 35 grados a la sombra), claramente necesitan orientación (conscientemente dejamos afuera a las regiones que están cerca del Ecuador, porque suelen tener buen clima todo el año, los envidiamos un poco, y como viven en un paraíso tropical, se pueden arreglar bien solos).

Aclaración al margen: todos estamos de acuerdo en que Papá Noel no existe, ¿no? El gordo de rojo, también conocido como “Santa Claus” o “San Nicolás”, llena su bolsa de regalos durante diciembre, y el resto del año la usa para secuestrar a los chicos que se portan mal, bajo el nombre de “El hombre de la bolsa”. ¿A que no lo sabían?

Familiarícese con el talle de quien reciba el regalo. Si no lo sabe, arriesgue, y conserve el ticket para cambios. Como dijimos anteriormente, la estación del año define bastante lo que podríamos comprar. Si usted elige unas calzas largas o un rompeviento, sepa que la otra persona no lo va a poder usar por 5 o 6 meses.

Las gorras son una buena alternativa. Protegen la vista del sol, al igual que la cara. Pueden ser calurosas, pero son de esas prendas que uno no suele comprar, sino que espera que alguien se la regale. Esta es su oportunidad.

Tenemos también a disposición una amplia variedad de remeras y musculosas, con telas especiales que las hacen más frescas para épocas de calor. En estos días transpiramos a mansalva, y nunca está de más tener stock de estas prendas, por si sudamos más rápido que el ciclo de lavado. Lo ideal son colores claros, porque reflejan la luz solar. Probablemente usted no lo sepa, pero la luz está compuesta por un espectro de siete colores (rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta). Los átomos que componen a las remeras… ¡no tienen colores! Esta es una propiedad de los objetos, por la reflección de la luz; dependiendo de qué color del espectro “rebote” es el que vamos a percibir. Una prenda blanca será que se refleja la suma de todos los colores, y por eso suelen ser más frescas. Una remera negra es ideal para el invierno, porque “absorbe” toda la luz. Si no me cree, haga la prueba de vestirse de negro, póngase al sol, y después me cuenta. A que nunca se imaginó que en un post sobre Navidad le iban a dar, de prepo, una clase de física.

Otras opciones para el deportista que se mata de calor mientras entrena en verano son pantalones cortos, unos lentes para protegerse del sol (no cualquier modelo, sino uno que sea apto para la carrera, o sea que no se caigan fácilmente), un camelback, y los más pudientes podrán regalar zapatillas de primeras marcas.

En materia de literatura, hay muchas opciones. Puedo recomendar los dos libros que leí este año, “Autoentrenamiento para corredores”, de Allan Lawrence (inconseguible, pero nunca se sabe, y leí que sacó una segunda parte), y “De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami. Un libro que no he leido, pero que estoy seguro que le gustará a cualquier corredor, es “Ultramaratón”, de Dean Karnazes.

Esta noche en los principales shoppings de Buenos Aires, de 22 a 4 hs, hacen unas importantísimas rebajas (del 20%), más algunas promociones tramposas de 5 minutos, con descuentos del 50%. Así que si usted es como yo, de los que compran los regalos a último momento, sepa que no será el único. Y si tiene un amigo corredor, al menos ahora cuenta con algunas sugerencias para no seguir regalando DVDs, o agendas 2011…

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