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Semana 5: Día 32: ¿El sexo débil?

Hoy la profesora de pilates me elogió el empeine de mis pies. Al parecer, los hombres no suelen tenerlo como yo. “Debe ser porque no juego al fútbol”, le dije. Y al decirlo, de alguna manera, me corrí del arquetipo de hombre.

Mientras hacía mis rutinas donde las abdominales se me prenden fuego y fuerzo mis músculos al máximo, pensaba cómo se subestiman estos ejercicios. Muchos me han dicho en chiste que ahora estaba haciendo cosas de “minitas”. Y no fue algo que me molestó, de hecho sé que no me lo dijeron con mala intención. Pero me quedó dando vueltas en la cabeza cómo usamos al género femenino como adjetivo descalificativo. Desde que tengo memoria la sociedad me enseñó que tenía que dejar en claro cuál era mi sexo, y que cualquier “mezcla” era algo malo. Los nenes con los nenes, las nenas con las nenas.

No me hagan empezar a hablar de los descalificativos relacionados con la homosexualidad, porque no terminamos más. Pero viene del mismo lado. El hombre tiene que ser fuerte, hacer cosas de “macho”, tener panza, comer asado, ser de un equipo de fútbol, mirar culos y ser fierrero. Las mujeres se tienen que quedar en su casa cocinando, planchando y lavando, tienen que ir de shopping, no saber conducir y hacer pilates. Lo que salga de estas estructuras suele incomodar a una gran mayoría.

Pero aunque insistimos en usar metáforas femeninas cuando alguien no se anima a hacer algo, se queja o demuestra algún signo de debilidad, las chicas están lejos de ser débiles. La genética quizá aporta a que los hombres seamos más rápidos (ahí están las clasificaciones de cualquier carrera para corroborarlo), porque la testosterona nos hace más fuertes. Pero no me cabe duda de que nosotros solemos dramatizar mucho más cuando nos enfermamos o cuando nos lesionamos. Ellas conviven con el dolor mes a mes, y está demostrado que su umbral de tolerancia es muchísimo mayor al nuestro. No me cabe duda de que las hemos terminado de convender de que son débiles y de que tienen que renunciar ante el mínimo riesgo. Pero eso es solo nuestra programación mental en acción.

En lo personal, no me molesta que me pongan calificativos de “mina” porque sea vegano, no me guste el fútbol o haga pilates. A los críticos debería decirles que me gusta Glee (o al menos lo miraba cuando tenía un poco más de tiempo), que he llorado mirando una película (Mi nombre es Sam) y que tengo un perro caniche toy. Pero sé que a otros, programados por esta misma sociedad, estas comparaciones les jode. Y en el otro extremo tenemos a las chicas deportistas, acusadas de marimachos. Pareciera que si a una mujer le gusta chivar, embarrarse y sacar músculo, es menos mujer. ¿Por qué tenemos que consensuar con el resto qué cosas pueden gustarnos y a qué otras deberíamos despreciar?

Semana 28: Día 190: Subestimando a las mujeres

Está claro que apareció una veta en el mundo del running. Cada vez hay más gente sumándose, y hoy tenemos una variedad de carreras a nuestra disposición que antes no existía. Sin dudas, el mejor momento para dedicarse a esta actividad es este.

Entre todas las ofertas que hay de competencia, me encontré con que hay muchas que son exclusivas para mujeres, auspiciadas por grandes marcas como McDonald’s o Ser, y no recuerdo haber visto alguna que supere los 5 km. Generalmente las carreras que son “abiertas” (o sea, para cualquier género) tienen un mínimo de 8, aunque la gran mayoría arrancan de los 10. ¿Cómo puede haber esta diferencia?

Podríamos asumir que lo que buscan es que haya la mayor participación posible, lo cual suena lógico (y confirmaría que esto está siendo principalmente un negocio), pero asumir que las mujeres solo pueden dedicarse a competencias en rollers o de 5 km como máximo me parece una subestimación muy grande. Es cierto que, en promedio, el hombre tiene más fuerza y velocidad, pero existen infinidad de corredoras que le pasan el trapo a cualquiera. Recuerdo en Yaboty, que ganó una chica misionera llamada Estela, a quien era imposible seguirle el paso, y dejó atrás a casi todos los hombres. Hay un orgullo masculino de que no queremos que una mujer nos pase. Alguna vez, entrenando, escuché a uno que corría con un compañero y le imploraba que se apurasen, para poder pasar a las chicas.

Posiblemente si organizaran una carrera exclusivamente femenina de 10 km, la convocatoria sería menor. Pero, ¿importa más la recaudación que organizar un evento deportivo de mayor categoría? Cualquier chica que entrene con frecuencia le va a parecer poco hacer 5 km. Las postas de las ex-Merrell, donde participan una parva de corredoras, suelen ser bastante más que eso. Aplaudo las oportunidades de que los recién iniciados tengan competencias para foguearse y no romperse en el intento, pero sigo esperando ver una carrera que sea exclusiva para mujeres y a la que yo pueda decir “Me hubiese encantado poder participar”. Pero parece que nadie se anima a subir la apuesta. Hay talento y motivación femenina de sobra como para cubrir un mínimo del cupo. Faltaría que dejemos de ver a las chicas como débiles y organicemos eventos que no las subestimen…

Semana 24: Día 165: La mujer maratonista. Segunda parte

Ayer contaba la historia de Roberta “Bobbi” Gibb, una atleta que en 1966 decidió demostrar que las mujeres estaban para algo más que prepararle un sándwich a los hombres. Corrió la Maratón de Boston, de colada, y aunque la organización se lo había prohibido por considerarla “incapaz emocionalmente”, generó una grata aceptación.

Repitió su hazaña en años posteriores, pero siempre corriendo en forma no oficial. Recién en 1972 se agregó la categoría femenina, o sea que hace tan solo 40 años que a las mujeres se les permite competir en maratones de forma profesional.

La historia de Bobbi causó un gran impacto en la gente. Pero en una chica logró encender una lamparita y germinó una idea que, en ese entonces, parecía muy osada. Kathrine Switzer, de 20 años, pensó que si a Gibb no le habían permitido anotarse, ella podía ser “ambigua” en su ficha de inscripción, y correr la Maratón de Boston en forma “oficial”. Se anotó como “K.V. Switzer”, y los organizadores asumieron que era un hombre. Durante la carrera, se las ingenió para evadir una prueba física, hecha por los organismos oficiales, que la podía dejar fuera antes de la largada.

Otro antecedente ocurrió varios años antes. Alentada por su padre para no ser una porrista y “alentar en lugar de participar”, Kathrine empezó a correr por su cuenta, preparándose para jugar al hockey, y descubrió que esto aumentaba considerablemente su resistencia. Corría 5 km diarios, algo impensado para una chica en aquella época. Y luego de las prácticas de hockey, corría otro kilómetro y medio. Un día, el entrenador del Lynchburg College, en Virginia, la vio entrenando y le pidió una mano. El equipo masculino necesitaba un miembro más para calificar en una inminente competencia, y tan desesperado estaba que le pidió que se una a ellos. Causó un gran revuelo en una institución de base religiosa. Increíblemente, comenzó a recibir cartas anónimas en las que decía que Dios la iba a castigar por atreverse a competir entre hombres.

Pero no se desanimó, y continuó entrenando entre corredores masculinos, aunque le estuviese vedado competir. Cansada de escuchar las historias gloriosas de la Maratón de Boston, le preguntó al entrenador cuándo iban a correrla. Él le recordó que era imposible para una mujer. Pero Kathrine había leído sobre la gesta de Bobbi Gibb el año anterior. Lamentablemente, el entrenador no estaba enterado, y creía que era un invento. Luego de un momento de tensión, recapacitó. “Si alguna mujer alguna vez puede correr una maratón, estoy seguro que serías vos”, le contestó.

Luego de un duro entrenamiento, llegó el momento de la inscripción. Kathrine tenía prohido por su entrenador correr colada. “Boston es una carrera seria, y vos sos una corredora seria”. Además, obtener un dorsal era todo un símbolo. Cuando llegó el momento del examen de aptitud física, ella se lo hizo por su cuenta. Pagó los 3 dólares de isncripción, se anotó como “K.V.”, y obtuvo el número 261.

A diferencia de la primera maratón de Gibb, Kathrine no quiso ir de incógnito. Se peinó y se maquilló. El objetivo era que se notase que era una mujer. Su novio Tom creía que si ella podía hacerla, él también, y sin tener entrenamiento, se anotó. Armaron entonces un pequeño grupo y partieron todos juntos.

A mitad del sexto kilómetro, la prensa estaba encima de ellos. Jock Semple, que iba en el camión de los medios, era el co-director de la carrera. Estaba furioso. Saltó del vehículo e intentó sacar a Kathrine del circuito. Pero los hombres la rodearon y la protegieron. La escena, obviamente, fue documentada, y se convirtió en un hito en la historia del deporte y de la lucha por la igualdad de derechos. Semple, que tenía pésimo temperamento, le gritó “Salí ya mismo de mi carrera y dame ese número”, mientras tironeaba de su remera. No fue hasta que Tom lo cuerpeó, que Semple salió disparado, y la carrera continuó como Kathrine la había planeado.

A pesar de haber terminado, la organización decidió no registrar su tiempo en forma oficial, que estuvo en las 4 horas y 20 minutos. Este hecho era un eslabón más en una cadena de sucesos que terminaría, en 1972, con la primera maratón en la que pudieron participar mujeres.

Y, aunque saltaron a la fama como antagonistas, Jock Semple y Kathrine se convirtieron en grandes amigos, y se reencontraron con mucha alegría en aquella maratón donde ya no había hombres y mujeres, ni inscriptos y colados, sino atletas.

Semana 24: Día 164: La mujer maratonista. Primera parte

Una mujer que corre. Qué loco, ¿no? Hoy en día las mujeres votan, conducen automóviles, van al ejército y tocan la batería. Hasta dónde van a llegar, nadie lo sabe.

Hubo un tiempo en que ser un misógino (o sea, sentir aversión hacia las mujeres) estaba muy de moda. La historia nos indica que siempre fue así: en la antigua Roma, el género femenino era un objeto más en la cocina. Yéndonos más hacia atrás todavía, el macho era el cazador, mientras que la hembra recolectaba frutos.

Esa diferencia de sexos aún existe hoy en día, pero aquellas mujeres de la historia antigua se sorprenderían de los derechos que han conseguido. Resulta muy extraño pensar que, no hace tanto tiempo, se creía que la maratón era algo exclusivo de los hombres. Claro, si el primer maratonista, Filípides, murió al llegar a Atenas, ¿cómo podía una mujer repetir semejante hazaña?

Ya en las olimpíadas de la antigua Grecia el deporte estaba vedado para los varones, a tal punto que, luego de que una madre se infiltrase para ver competir a su hijo, se estableció que los concursantes debían participar desnudos, y así determinar fehacientemente su género.

Algo así como 2400 años después,  los 42 km seguían siendo para hombres (excluyente). La única competencia oficial femenina eran carreras de… ¡2,5 km! El pensamiento generalizado era que ellas eran físicamente incapaces de sostener un desafío mayor. Hubo una mujer que vino a romper todos los preconceptos, llamada Bobbi Gibb. Esta atleta estudiaba en el Museo de Bellas Artes de Boston, y entrenaba por los bosques, corriendo con los perros del vecino. En 1962, uno de estos paseos la llevó a cruzarse con el fondista William Bingay, quien se convirtió en su primer esposo. Cada día iba al trabajo corriendo 13 km con sus mocasines de enfermera de la Cruz Roja, ya que en esa época no existían las zapatillas femeninas para correr.

Gibb comenzó a entrenar en 1964 para correr la famosa Maratón de Boston. Había jornadas en que llegaba a cubrir 64 km en un solo día. Cuando llenó la solicitud para correr los 42 km en 1966, recibió una carta rechazando su pedido. Estaba firmada por el director de la carrera, Will Cloney, que tenía la gentileza de informarle que las mujeres no estaban psicológicamente capacitadas para correr la distancia de una maratón, y que según las leyes de deportes amateurs establecidas por la AAU (Unión Atlética Amateur), no se le permitía a las mujeres correr más que 2,5 km en forma competitiva. Lejos de deprimirla, esto la incentivó a correr, no solo por el desafío personal, sino para lograr algo más significativo.

El 19 de abril de 1966, con 23 años, se acercó sigilosamente a la largada. Vestía bermudas y un buzo con capucha, y se quedó escondida detrás de unos arbustos. Cuando la mitad de los corredores pasó a su lado, se mezcló entre ellos. Para su sorpresa, los atletas y el público reconocieron que era una mujer y comenzaron a alentarla con mucho entusiasmo. Esto la motivó a sacarse el abrigo que ocultaba su género.

Cuando llegó a la meta, con el impresionante tiempo de 3:21:17, el gobernador de Massachusetts estaba ahí para estrechar su mano. La prensa especializada estaba encantada con esta corredora furtiva. Siguió compitiendo los años siguientes, pero siempre en forma clandestina. Recién en 1996, en el aniversario de su debut, la Asociación de Atletismo de Boston le reconoció sus participaciones en las maratones, registró sus tiempos en forma oficial, y le dio una medalla.

Recién en 1972 se le permitiría a las mujeres competir en maratones en forma oficial. Pero la historia recién comenzaba con Bobbi Gibb: ella fue la inspiración de un evento polémico al año siguiente. En 1967, una corredora llamada Kathrine Switzer también decidió participar en la Maratón de Boston, inscribiéndose sin dar demasiados datos. Los organizadores creían que se había anotado un hombre, hasta que la carrera largó y ¡vieron que había una mujer corriendo con número! Intentaron sacarla en medio de la competencia y… vale la pena dedicarle un post aparte, para enterarse del descenlace de esta peculiar anécdota…

Semana 21: Día 146: Hombres vs. Mujeres

Para nosotros, los hombres, el género femenino es un verdadero enigma, algo que nos pasamos toda la vida intentando decifrar. No puedo hablar por las mujeres, pero entiendo que muchas cosas de este blog son comunes a ambos sexos. Sin intentar desentrañar el misterio que me resulta el género femenino, me pareció interesante investigar las semejanzas o diferencias que existían en el entrenamiento y el rendimiento entre ellas y nosotros.

En los Puma Runners, que es el grupo en donde corro tres veces por semana, hay un porcentaje muy parejo de hombres y mujeres. Existen particularidades a nivel físico que influyen en el rendimiento máximo al que se puede alcanzar. Cualquiera podría asumir que los muchachos dejamos siempre atrás a las chicas, pero no es tan así. Hay corredoras que le pasan el trapo a cualquiera, cuyo rendimiento, obviamente, está relacionado con su constancia y su tenacidad.

Donde más se puede encontrar una suerte de “ventaja” en el sexo masculino es en el desarrollo del tronco: al tener mayor masa muscular nos permite hacer más fuerza. Pero esta diferencia entre ambos sexos se nivela muchísimo en las piernas. Si se toma en cuenta la fuerza en relación al músculo, es ligeramente superior en ellas.

Otra de las características físicas que influyen en el running es que -aunque poseen mayor capacidad para demostrar afecto- las mujeres tienen un corazón más pequeño. Es por eso que su frecuencia cardíaca es mayor, en promedio, que la de los hombres. El menor tamaño del músculo cardíaco hace que envíe menos sangre por latido, y para compensar late más rápido. En esfuerzo las mujeres suelen tener unas 10 pulsaciones más que el hombre. De ahí que en las fórmulas de cálculo de la frecuencia cardíaca máxima y de entrenamiento se diferencie entre sexos, para compensar esa diferencia.

En el entrenamiento, el hombre tiene la ventaja de poseer más hemoglobina, lo que facilita el transporte de oxígeno a través de la sangre. Esto da una respuesta muscular más rápida. Pero las mujeres cuentan con una mayor cantidad de lipoproteínas, las que ayudan a repartir nutrientes a los diferentes tejidos del organismo. Esto les da una facilidad extra, para que la recuperación muscular sea más rápida.

Genéticamente, las mujeres tienen menor masa muscular, lo cual no quiere decir que no puedan hacer los mismos ejercicios que un hombre. La cantidad de músculos y la forma de trabajarlos es la misma. A nosotros nos toca transpirar más, pero esto no tiene que ver con que quememos más calorías. Las glándulas sudoríparas de los hombres producen mayor cantidad de sudor que las de las mujeres (aunque ellas tengan mayor cantidad de glándulas). El flujo de la sangre a la piel es mayor en ellas, por lo que pueden liberar calor por convección (y transpirar menos). Pero la mayor masa muscular, además de que nos hace sudar extra, hace que a los hombres nos resulte un poco más fácil perder peso y mantenerlo.

En un estudio estadístico, se determinó que los hombres miden entre 7 y 10 cm más que las mujeres. Ellas pesan alrededor de 10 kg menos y cuentan con entre 4 y 6 kg extra de grasa. Ellos tienen extremidades más largas y un torso más amplio (ya que hay mayor distancia entre sus hombros), lo que nos otorga una ventaja mecánica para levantar más peso y desarrollar más fuerza. Así y todo, las mujeres cuentan con un 10% más de elasticidad, al igual que de movilidad articular.

A nivel hormonal, la testosterona presente en el sexo femenino es una décima que la que poseen los hombres, y debido a su influencia en el desarrollo de la fuerza y los músculos, ellas tienen menores posibilidades de desarrollar igual fuerza y tamaño muscular, aún cuando se ejerciten de la misma forma. Además las mujeres tienen más estrógeno, que interfiere en el crecimiento muscular e incrementa la grasa corporal. Pero el beneficio de entrenar es el mismo para ambos: capacidad aeróbica, prevención de lesiones, mejor postura y más calidad de vida.

Quizá sea hora de derribar un mito (hace tiempo que no lo hacemos), y tiene que ver con el tema del gimnasio. Muchas mujeres se dedican a los ejercicios aeróbicos, o hacen musculación pero con muy poco peso. Y esto no tiene que ver con la fuerza, sino con el miedo que muchas tienen de desarrollar mucha musculatura (algo que, a la sociedad, no le resulta atractivo). Yo llevo acumulado tres meses de gimnasio, yendo un mínimo de 3 veces por semana y un máximo de 5, y todavía estoy lejos (a años luz) de desarrollar un físico Schwarzenegger. Ni siquiera un físico Brad Pitt. Todavía estoy tonificando, y desde que empecé el gimnasio sólo pude generar 2 kg de músculo (sumado a lo que perdí con el running, me dio que había subido 500 gr). ¡Y supuestamente los hombres tenemos más facilidad para ganar masa muscular! Ese miedo debería ser desterrado, y que las mujeres puedan explotar al máximo el potencial de un entrenamiento con pesas.

En las carreras doy siempre lo mejor de mi. Realmente al llegar a le meta me queda muy poco. Y aunque en la clasificación final suelen diferenciar por categoría femenina o masculina, siempre me encuentro con muchas mujeres cuyo esfuerzo máximo las puso muy adelante de mi. Una pequeña muestra de que, aunque uno u otro tenga ventajas a nivel físico, no existe una regla absoluta. El progreso es parte actitud y parte entrenamiento. Una persona que tenga compromiso y disciplina va a llegar lejos, independientemente de su sexo.

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