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Semana 15: Día 100: Sufrimiento y humildad

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El otro día discutía con Vicky sobre el libro “Nacidos para Correr”, de Christopher McDougall. Si bien no terminé de leerlo (me quedan 160 páginas), descubrí que me resultan más interesantes las historias de los tipos comunes que se convierten en ultramaratonistas, que la de los súpercorredores que un día descubren por obra de la casualidad que son semidioses con el don de la velocidad. A todos nos fascinan las anécdotas del tipo que sale segundo en su primera ultramaratón de 100 kilómetros, pero ¿nos motiva eso a seguir sus pasos?

Creo que esos atletas de elite piensan y se mueven a un nivel incomprensible para el resto de los mortales. Nosotros sufrimos constantemente y eso, de alguna manera, nos hace apreciar la humildad desde otro lugar. No vivimos intentando ser los mejores, sino queriendo superarnos a nosotros mismos. Entendemos al gordito que quiere entrenar y al lesionado que busca volver lentamente, porque estuvimos ahí. No arrancamos adelante de todo, sino que la remamos desde el fondo.

Por eso me resulta mucho más jugoso conocer la historia que McDougall comparte de sí mismo, desde que los doctores le prohibieron bajo ningún concepto correr hasta que se lanzó a las barrancas del Cobre a hacer una ultramaratón. Y también me resulta apasionante la vida de Micah True, alias Caballo Blanco

– Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue- me dijo mientras caminábamos de vuelta al hotel esa noche-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero es un terreno salvaje este. Así que tuve que esperar un poco.

No tenía otra opción. La razón por la que hacía de asistente en Leadville en lugar de competir, era que sus rodillas habían empezado a traicionarlo tras cumplir cuarenta años.

– Solía tener problemas de lesiones, sobre todo en los tendones del tobillo- me dijo Micah.

A lo largo de los años, había probado todos los remedios posibles- vendas, masajes, zapatillas más caras que ofrecían un mejor apoyo- pero nada había ayudado demasiado. Cuando llegó a las barrancas, decidió dejar la lógica a un lado y confiar en que los tarahumaras sabían lo que hacían. No se iba a tomar el tiempo de comprender sus secretos; sencillamente iba a afrontarlo tirándose a la piscina y esperando que todo fuera bien.

Se deshizo de sus zapatillas para correr y empezó a llevar únicamente sandalias. Empezó a comer pinole para el desayuno (después de aprender cómo cocinarlo, de manera similar a la avena con agua y miel) y a llevarlo seco en su riñonera en sus paseos por las barrancas. Tuvo algunas caídas duras y en alguna ocasión por poco no consiguió regresar a su choza andando, pero apretó los dientes, se lavó las heridas en el agua helada del río y se tomó el accidente como una inversión.

El sufrimiento te hace humilde. Vale la pena saber cómo recibir una paliza- me dijo Caballo-.Yo aprendí rápidamente que más te vale respetar a la Sierra Madre, porque si no, te masticará y escupirá.

Para su tercer año, Caballo recorría caminos invisibles para los no tarahumaras. Con mariposas en la barriga, se lanzaba cuesta abajo por el borde de caminos empedrados que eran más largos, empinados y serpenteantes que cualquier pista de esquí nivel diamante negro. Bajaba corriendo pendientes durante millas, casi fuera de control, confiando en sus reflejos afilados por las barrancas, pero aun así temiendo que en cualquier momento se le quebrara un cartílago de la rodilla, se le desgarrara un tendón o le quemara ferozmente la rotura del tendón de Aquiles.

Pero nunca ocurrió. No se lesionó nunca más. Después de unos años en las barrancas, Caballo se había hecho más fuerte, estaba más sano y corría más rápido que nunca en su vida.

Semana 48: Día 331: La verdadera historia de Micah True

Siempre quise leer el libro “Nacidos para correr” de Chris McDougall, sobre esta tribu que tenía unos secretos ancestrales sobre marchar a pie. Me lo prometieron en un par de ocasiones, pero nunca me hice con ese ejemplar. Hoy voy a compartir un par de textos sobre uno de los protagonistas de este texto, un ultramaratonista que dejó todo para irse a vivir con los nativos y aprender todo lo posible sobre el running: Micah True.

Michael Randall Hickman -su verdadero nombre- había nacido en 1954 en Boulder (Colorado). Hijo de un sargento de Artillería del Cuerpo de Marines, vivió durante su infancia en diversas bases del ejército norteamericano. En su época universitaria empezó a practicar boxeo para ganar algo de dinero con el que pagarse los estudios. No le fue mal en este deporte y acabó boxeando de manera profesional con cierto éxito, entre 1974 y 1982, con el nombre de Mike “True” Hickman. El apodo se lo puso en homenaje a su viejo perro… y ya quedaría con él para siempre. Y el posterior Micah estaría inspirado en el espíritu “valiente e intrépido” del profeta del Antiguo Testamento del mismo nombre.

Pero su verdadera pasión era correr. Una pasión que le había inculcado un curioso ermitaño de Maui, una de las islas de Hawaii, donde residió algún tiempo. Correr largo y correr sólo, por la montaña, por cualquier sendero o camino por el que se pudiera sentir libre. Durante 20 años, Micah True siguió el mismo ritual: cada verano trabajaba duro haciendo mudanzas en su Boulder natal para ganar el dinero suficiente con el que vivir el resto del año allí donde podía hacer lo que más le gustaba: en las remotas montañas de México, corriendo y disfrutando de la libertad, haciendo entrenamientos interminables que sumaban con frecuencia más de 280 kilómetros semanales. “Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue –reconocería a Chris McDougall en una de sus conversaciones-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero este es un terreno salvaje. Así que tuve que esperar un poco”.

Así, conoció a los indios tarahumaras (considerados los corredores más resistentes del mundo), por los que pronto sintió verdadera fascinación, y entre los que vivió adaptándose a sus costumbres. Los tarahumara son un pueblo muy tranquilo y humilde, pobladores de las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre, en el estado de Chihuahua (México), y poseedores de una resistencia descomunal que les permite correr cientos de kilómetros seguidos. Están genéticamente adaptados a las carreras de fondo, y para ellos es su estilo de vida. De ellos, True aprendió todo lo que necesitaba saber para terminar de forjar su talento para las largas distancias: su técnica de carrera, sus alimentos y bebidas llenos de energía… y su curioso calzado, ya que corren calzando tan sólo huaraches, unas finas sandalias de cuero que ellos mismos se fabrican de manera artesanal. Con ellas, superó las molestias que arrastraba desde hacía años en los tendones del tobillo, y nunca más se lesionaría.

Después de unos años en las barrancas conviviendo con los tarahumaras, “Caballo Blanco” (como le decían por su aspecto pálido y su larga cabellera blanca) se había hecho más fuerte, estaba más sano, y corría más rápido que nunca en su vida: “Todo mi enfoque hacia el hecho de correr ha cambiado desde que estoy aquí”, reconocería a McDougall. Pero, sobre todo, aprendió numerosas lecciones de vida para manejarse en un territorio tan hostil, tierra de sequías y cañones casi inaccesibles. En él, Micah True encontró su tierra prometida, y una hermosa forma de vivir que adquiría todo su sentido a través de la carrera de larga distancia, actividad con la que exploraba los límites de su resistencia: “Siempre estoy perdiéndome y teniendo que escalar, con una botella de agua entre los dientes y águilas volando por encima de mi cabeza. Es algo hermoso”.

Micah True es el personaje central del libro Born to Run (Nacidos para correr) de Christopher McDougall, escritor norteamericano que también se sintió fascinado por lo que eran capaces de hacer los tarahumaras. Colaborador de The New York Times, viajó hasta México para conocer a este pueblo. De lo que allí vio y vivió, y de sus charlas con True, salió todo un bombazo editorial que ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo, y que disparó la fama y notoriedad de Caballo Blanco, quien se convertiría en un icono entre los corredores de larga distancia por su activismo y capacidad de superación. Amaba correr, y transmitía esa pasión a todos.

El deporte era para True el medio a través del cual explorar los límites de su resistencia al agotamiento físico. No le bastaba con correr; había que correr más, quizá porque para él, como para los Tarahumara, era una pasión que trascendía a la carrera o a la mera anécdota de llegar a cualquier sitio antes que cualquier persona. “Si se me va a recordar por algo, me gustaría que fuera por mi autenticidad. No más. ¡Libre para correr!”, escribió en enero en su cuenta de Facebook.

Micah True se convirtió en un icono entre los corredores de larga distancia por su capacidad de superación y su activismo. Desprendía, dicen sus amigos, una pasión “infecciosa” por lo que hacía. Organizaba también la Cooper Canyon Ultra Maratón, 80 kilómetros a través de desfiladeros, caminos pedregosos y poblados indígenas con final en Urique (México), y una experiencia a medio camino entre la carrera, la pura aventura salvaje y el descubrimiento personal. True la describió así: “Mientras algunos están en guerra en muchas partes del norte de México y el mundo, nosotros nos reunimos en los más profundo del cañón para compartir con los nativos, comer, reír, bailar, correr y traer la paz”. Además de dinero para los primeros clasificados, en la carrera se reparten toneladas de alimento y semillas de maíz entre los nativos que completan el recorrido. La primera edición de esta prueba se celebró en 2003, y la última tuvo lugar el pasado 23 de marzo. Cuatro días más tarde, True encontraba su muerte, luego de correr una distancia “corta” para él, unos 19 km.

Nadie suponía que tenía un problema de salud. ¿Qué podía esperarse de alguien que corría 280 km semanales? Sus amigos creen que True, cuyo cuerpo fue encontrado con las piernas sumergidas en un arroyo, se paró a limpiarse las heridas en el agua tras una posible caída. Su novia, Maria Walton, aseguró que True padecía hipoglucemia, por lo que sin una alimentación adecuada “solía experimentar mareos o aturdimiento. Nada que pusiera su vida en peligro”. Walton también asegura que True comía de forma disciplinada y que solía tomarse un par de cervezas por la tarde, cuando ya no se encontraba corriendo. Sus amigos apuntaron que su único vicio confeso era el helado de vainilla y que estaba totalmente sano, por lo que su muerte fue una sorpresa total. “Era un tipo que podía perfectamente salir con una bolsa de maíz molido, una botella de agua y pasarse todo el día fuera de casa. El día antes de morir realizó una carrera de seis horas”, añadió Chris McDougall.

Uno de los corredores que encontró a Caballo dijo que éste parecía haber muerto en paz, como si hubiera parado para una siesta al fin de una larga y gloriosa carrera a través de los bosques, y no hubiera despertado más. Lo encontraron junto a un arroyo, sus piernas en el agua fría, y con la botella a su lado. True murió por un fallo cardiaco producido en pleno ejercicio físico por una miocardiopatía. Esta afección provocó que el ventrículo izquierdo de Micah True, que se encarga de impulsar la sangre oxigenada al resto del cuerpo, se volviera más grueso y dilatado de lo normal, lo que le produjo la muerte tras un esfuerzo. Asimismo, los análisis químicos realizados a la sangre del fallecido mostraba que en el momento del fallecimiento se encontraba ligeramente deshidratado y había consumido cafeína.

El equipo de rescate que lo buscó cuando desapareció estaba integrado por muchos amigos, algunos ultramaratonistas, que cubrieron una zona de mil metros cuadrados. Cuando lo vieron, dijeron que estaba en paz. Murió como vivió: corriendo.

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