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Semana 49: Día 340: Manteniendo el orden

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Uno de los grandes cambios en mi vida relacionados con correr ha sido volverme más ordenado. Nunca fui así, por más que los que hoy me conocen no me pueden creer. Paso a explayarme.

Cualquiera puede correr. No es una actividad vedada a nadie. Recordemos al taraumara de 90 años al que le preguntaron por qué corría a su edad y respondió “porque no me dijeron que no podía hacerlo”. En el colegio corríamos nuestra “maratón” de 5 km a fin de año, que después bajaron a 3,5, e igual me parecía una eternidad. Pero lo hacía; corrían los chicos más atléticos, los que lo odiábamos, y todos los que estaban en el medio. Hoy, que el running está tan de moda, se pueden ver a corredores de todas las formas, colores y tamaños.

Yo corría por mi cuenta, en la misma época en que no sabía manejar un lavarropas, donde estaba acostumbrado a apilar los platos sucios en la pileta de la cocina (que ya con eso sentía que estaba colaborando) porque después mágicamente aparecían limpios, secándose en el lavaplatos. También amontonaba la ropa arrugada en una pila, y usaba el mismo par de zapatillas desde hacía cinco años. Y estaba bien, porque no tenía muchas más aspiraciones.

Llegó un momento en que mi cabeza hizo un click, me puse este blog, y empecé a entrenar y a ordenarme. Empecé por la comida, que en mi caso era un desastre. Un vegetariano que comía snacks cada vez que estaba depre (muy seguido), me recompensaba con helado o chocolate si sentía que había hecho algo bien, y me salteaba el desayuno porque creía que eso solo me abría el apetito y me hacía comer más después. Iba desde despertarme directo al almuerzo y de ahí a la cena, picoteando cualquier cosa en el medio (generalmente pan con mayoliva). Ordenarme los horarios y pasar a comer 6 veces al día fue un vuelco terrible en mi rutina. Pero estaba motivado, así que durante casi un año me puse alarmas en el celular para acordarme de cada comida y colación, además de tomar agua. Ese “ordenamiento” me sirvió para bajar rápidamente mucha de la grasa que tenía acumulada y a tener energía para correr más.

También empecé a entrenar más seguido y a anotarme en más carreras. Metí gimnasio, y aunque nunca pude mantener la constancia de la musculación al mismo nivel que el entrenamiento aeróbico, me encontré con otro cambio en mi rutina: empecé a ensuciar mucho la ropa. Soy una persona que transpira mucho, y ya no estaba en casa para hacer un bollo con mi remera, tirarla en un canasto y que aparezca limpia, planchada, perfumada y doblada en un cajón. Hoy no me considero un experto lavador de ropa, pero aprendí a programar la lavadora, esperar el fin del ciclo y después colgarla.

Organizarme mejor mis entrenamientos, mis comidas y la limpieza de los elementos que uso al correr trajo aparejado el orden. Quizá fue el cambio que más tardó en prender, pero de tener todo hecho un bollo en una esquina ahora cada cosa tiene su cajón, y me encuentro más cómodo mentalmente si no tengo la mesa para apoyar cosas que me da fiaca guardar o los pantalones colgados de una silla. Aprendí que esos dos minutos que me toma meter las cosas limpias en su respectivo lugar y las sucias al lavarropas es un ahorro de tiempo después, cuando el caos me desborda, o si estoy por recibir visitas y el departamento parece estallado por una granada. Lo mismo con los elementos de la cocina, en especial ahora que me estoy haciendo jugos dos o tres veces por día. Muchos me dicen que les encantaría tener una juguera, pero que les resultaría muy fastidioso tener que limpiarla. Y a mí me debe tomar tres minutos hacerlo, si no es menos.

Mi amigo Juandy, cuando me visitó en mi nuevo departamento, se quedó asombrado. Esperaba encontrarse con un desastre, y no podía creer que estuviese tan ordenado. Es que él me conocía de antes, cuando para mí ordenar era hacer una pila de platos sucios en la pileta de la cocina. El orden, en el momento, no solo me ahorra tiempo después (sé dónde está todo y sé que está listo para usarse), sino que hace que disfrute de mi espacio y me den ganas de estar ahí. Además parecería una consecuencia lógica; esas rutinas y mejoras que le da el running al cuerpo y a la mente, que se van trasladando a otros aspectos de mi vida. Creo que reflejan los progresos que logré en estos años. De otro modo no me imagino habiendo llegado a correr ultramaratones. Sin dudas eso lo conseguí siendo metódico y ordenado.

Semana 34: Día 232: Recalculando

Iba a titular este post con “soy mi peor enemigo” pero me pareció exagerado (y falso). Tengo enemigos más temibles, pero a veces pareciera que me autoboicoteo, y meto la pata hasta el cuadril.

Me gustaría ser una persona que tiene todo bajo control, pero desde que me acuerdo que tengo mala memoria (vaya paradoja). Una vez jugábamos con mi hermano Santi a que uno encerraba al otro en el hueco que había entre la ventana y la reja. El chiste era hacer que quien quedaba afuera era una suerte de carcelero. Me mandé un chiste buenísimo: hice que me iba y lo dejaba ahí atrapado, me fui a la cocina, y me puse a comer galletitas… olvidándolo a él por completo. A los pocos minutos mi abuela lo rescató, y él estaba llorando desconsolado. Me sentí muy mal… y esa fue una de tantas cosas olvidadas por mí (no pueden culpar a mi vegetarianismo por eso, en aquellos años devoraba toda clase de animales).

Hoy, sin ir más lejos, fui a entrenar y Vicky se quedó durmiendo, recuperándose de su demoledor resfriado. Me pidió que encierre a las bestias en la cocina, para que la dejen dormir un rato más. Y salí, nomás, dejando todo bien cerrado con llave, incluyendo la puerta de la cocina. Abandoné el hogar por la puerta de servicio y me fui a Zona Norte a correr en esa fría y húmeda mañana. De casualidad tenía el teléfono en la mano, un par de horas después, cuando Vicky me llamó. La atení y, al igual que Santi hace casi treinta años, ella estaba llorando porque la había dejado encerrada. La cocina estaba cerrada desde adentro, y su juego de llaves junto a la puerta de servicio. No podía ni llegar hasta la heladera para comer algo, ni salir de casa para comprarse el desayuno. ¿Y en qué momento me planteé que la estaba dejando atrapada? Nunca, hasta el instante en que me llamó.

Y este mismo blog es un compendio de mis confusiones y errores. Muchos ni se percatan de que al principio del título de cada post pongo las semanas y los días que van pasando, y en muchísimas ocasiones repito números, me los salteo, o pongo cualquier cosa. Sé que la semana cambia cada sábado, y cada tanto tomo la calculadora, divido, y si no me da múltiplo de 7 es que algo mal hice. Acto seguido es revisar post por post a ver dónde está el error, y rogar que sea reciente para corregir la menor cantidad de cosas (no creerán que lo voy a dejar así, sabiendo que está mal). He decidido flexibilizarme y solo corrijo la versión original del blog, que está en WordPress. La de Clarín sigue igual porque tengo la sospecha de que ya casi nadie entra ahí…

En fin, hoy no fue la excepción, y cuando quise comprobar si venía bien, estaba desfasado por dos días. Hace un tiempo me hice una tablita para saber qué días corresponden a cada semana, pero esto solo funciona si USO la lista. Como la agenda que me regalaron, con la que estaba convencido que me iba a organizar mejor. Anoté todos mis compromisos más próximos, la cerré y la guardé, para no volverla a abrir.

A quien le gusten los datos estadísticos, así es cómo debería organizarse este año:

Semana 1: 1 al 7
Semana 2: 8 al 14
Semana 3: 15 al 21
Semana 4: 22 al 28
Semana 5: 29 al 35
Semana 6: 36 al 42
Semana 7: 43 al 49
Semana 8: 50 al 56
Semana 9: 57 al 63
Semana 10: 64 al 70
Semana 11: 71 al 77
Semana 12: 78 al 84
Semana 13: 85 al 91
Semana 14: 92 al 98
Semana 15: 99 al 105
Semana 16: 106 al 112
Semana 17: 113 al 119
Semana 18: 120 al 126
Semana 19: 127 al 133
Semana 20: 134 al 140
Semana 21: 141 al 147
Semana 22: 148 al 154
Semana 23: 155 al 161
Semana 24: 162 al 168
Semana 25: 169 al 175
Semana 26: 176 al 182
Semana 27: 183 al 189
Semana 28: 190 al 196
Semana 29: 197 al 203
Semana 30: 204 al 210
Semana 31: 211 al 217
Semana 32: 218 al 224
Semana 33: 225 al 231
Semana 34: 232 al 238
Semana 35: 239 al 245
Semana 36: 246 al 252
Semana 37: 253 al 259
Semana 38: 260 al 266
Semana 39: 267 al 273
Semana 40: 274 al 280
Semana 41: 281 al 287
Semana 42: 288 al 294
Semana 43: 295 al 301
Semana 44: 305 al 308
Semana 45: 309 al 315
Semana 46: 316 al 322
Semana 47: 323 al 329
Semana 48: 330 al 336
Semana 49: 337 al 343
Semana 50: 344 al 350
Semana 51: 351 al 357
Semana 52: 358 al 364

Nótese que la Semana 52 termina en el día 364, viernes, cuando se corre la Espartatlón (porque los años son 52 semanas, más un día, excepto los bisiestos que solo sirven para complicar aún más las cosas).

Solo espero prestar un poco más de atención, verificar bien el dato de en qué día estoy (aunque me interese a mí solo), y no volver a dejar a nadie encerrado…

Semana 27: Día 184: Encontrar tu lugar feliz

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Hoy hice un entrenamiento de 30 km, de cara a la Ultra Buenos Aires. Ocurrió una escena graciosa el día de ayer, mientras mi entrenador me dictaba lo que tenía que hacer. Mientras uno de los chicos, que estaba escuchando la conversación, decía “¡Uy! ¡30 kilómetros! ¡Qué zarpado!”, al mismo tiempo yo decía “¿Nada más?”. Desde afuera, cualquiera podría pensar que soy un agrandado, pero con tantos entrenamientos largos y duros, ahora que me acostumbré, correr 3 horas me parece poco. Pero claro, sigue siendo duro y agotador.

Quizá este sería un buen momento para abrir un paréntesis y aclarar qué significa este blog. Semana 52 es un registro de mi vida como atleta. A veces no puedo evitar que se colen otras cosas como mi pasión por el cine, por los cómics, o por la literatura. He hablado de los abusos que sufrí cuando era niño, he hecho pública una separación (brevísima) con Vicky, y hasta he contado cuando en Tandil me quisieron cagar a trompadas. Pero hay algo que probablemente nunca dejé en claro, y es que esta no es mi vida. Por más que escriba un choclazo, todos los días (este es el post número 919, por ejemplo), es la punta del iceberg. No cuento que voy a terapia una vez por semana, ni cuando tengo una discusión con mi pareja, o cuando en un arranque de ira insulto a un colectivero porque estacionó sobre la senda peatonal. Tampoco hago público si estoy deprimido, si le mentí al sodero o si uso mis ratos libres para ver pornografía en la red. Lo cierto es que pasan muchas cosas en la vida de una persona como para volcarlas todas en un blog. Además, el 98% de esas cosas, resultarían intrascendentes para la mayoría.

Hecha esa aclaración, he tenido subidas anímicas y también bajones últimamente. Me he angustiado, he llorado y he sentido un peso enorme sobre mis hombros. Se conjugaron muchas cosas en mi vida personal, profesional y atlética. Muchas veces sentí que no quería seguir con el blog (alguno habrá notado que hay días en que no he subido absolutamente nada). Hasta llegué a pensar en no correr nunca más. A veces me la doy de gurú motivacional, pero soy uno más, con mis miserias, mis fobias, y a veces no me siento capaz y quiero largarlo todo. Creo que es algo con lo que cualquiera se podría identificar. Calculo que a todos, alguna vez, nos pareció que nuestros problemas eran inmensos y no podíamos ver cómo resolverlos.

¿Por qué me pasaron estas cosas? Como dije, en este blog se ve la punta del iceberg, y no es casual. Yo elijo que así sea, porque si bien he contado cosas muy privadas y muy fuertes, hay otras que prefiero mantener en mi fuero interno.

Hoy fue uno de esos días en que todo parecía estar mal, ser demasiado duro e inabarcable. Discutí con Vicky, me abrumé con trabajo atrasado (ni siquiera el fin de semana extra large me sirvió para ponerme al día), y por supuesto que siempre está dando vueltas el fantasma de los 100 km que tengo que correr dentro de una semana. Si tuviese pelo, me hubiese arrancado los mechones.

Por suerte estaba Vicky para serenarme. Puso su mano en mi hombro y con una voz calma empezó a hablarme de colores. Yo no entendía bien. ¿Acaso había dicho “verde”? Lo que estaba haciendo era compartir técnicas de meditación. Pensar en un color es una de las formas más puras de abstracción mental, y permite justamente no pensar. Pero llegar a eso es muy difícil, así que hay que pensar primero en un paisaje, y volar sobre él. Sentirse a gusto, fusionarse. Así, de a poco, hasta ir simplificándolo hasta convertirlo en un color. De ahí podemos quitar lo cromático y llegamos a la vieja y apreciada “mente en blanco”.

Salí de casa más tarde de lo que hubiese querido, con la mochila llena de agua, dos geles y un puñado de pasas de uva. No fui a la Reserva porque la distancia no me iba a alcanzar, e iba a tener que correr casi todo el trayecto por asfalto. Me fui a los lagos de Palermo, y allí descubrí lo tonto que fui por haber creído durante 5 años que solo se podía correr en el circuito que rodea al lago. Resulta que el verde es mucho más amplio, y que no me estaba permitiendo extender mis límites. Un trayecto más largo eran menos vueltas, lo cual iba a hacer que el entrenamiento fuese menos monótono.

Explorando y calculando los kilómetros que tenía cada ruta nueva, fui pasando el tiempo. Pero de tanto en tanto la mente divagaba y volvía a los problemas y a la angustia. Entonces pensé en aplicar esas cosa que me había dicho Vicky. ¿Qué podía perder? Intenté levantar la vista y mirar el paisaje. Hay muchos árboles que todavía están muy verdes. Las hojas se movían con el viento, y realmente era un espectáculo muy sereno que me perdí muchísimas veces. Me puse a pensar si este sería mi lugar feliz, ese paisaje al que podría ir en situaciones de estrés. Pensé en sobrevolar el mar, una imagen que me describió Vicky en casa, antes de salir, así que me fui a las olas rompiendo en la playa. Recordé ese viaje en el que nos enamoramos, camino a Tandil, en el que hicimos una parada en Mar del Plata y nos metimos al agua a barrenar. Me di cuenta que había encontrado ese paisaje feliz.

Enseguida lo ligué al Mar Egeo, en Grecia, y a sus aguas cristalinas y serenas. El sol brillante, ni una nube en el cielo azul. El suave bamboleo que formaban los barcos que pasaban. Y funcionó. Realmente me olvidé de todos los problemas, o me di cuenta que en realidad los problemas no existen, sino que es uno quien les da tamaña importancia. Volví a conectarme con correr, con el paisaje, y con un estado de calma y felicidad.

No terminé los 30 km en tiempo récord (igualmente 2 horas 45 minutos no está mal), pero volví a casa muy relajado. Creo que esa serenidad es la que voy a necesitar para terminar los 100 km, una proeza que no es tan física, sino mental…

Semana 26: Día 178: El reposo

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Después del brutal entrenamiento al que me sometí ayer, recibí varias felicitaciones, como si en lugar de haber entrenado hubiese corrido una carrera. En el blog, por mail, mensaje de texto, whatsapp. Coincidió que varios me decían que me faltaba muy poco, que tenía la Ultra Buenos Aires en el bolsillo. Y yo, que soy un falso modesto, no podía dejar de pensar “¿No se dan cuenta que todavía me faltan 30 km para llegar a los 100… y que eso ni siquiera va a ser la mitad de la Espartatlón?”.

No sé qué clase de mecanismo de defensa es el que se activa para rechazar elogios y tirarse abajo. No tiene que ver con la falta de confianza. Quizá sea una forma de intentar ser realista y no creérsela. Estoy leyendo el MARAVILLOSO libro de Scott Jurek, “Eat & Run”, en el que cuenta su vida, y por fin me cruzo con un ultramaratonista súper campeón que, además, es un ejemplo de humildad. Esa experiencia es muy gratificante y enriquecedora. Podría ser que me haya enganchado porque ama correr y es vegano, pero lo que me compró fue que abre su autobiografía con una pésima experiencia de carrera, en la que todo el mundo estaba convencido de que iba a ganarle a todos y romper el récord, y él no podía más y quería abandonar a toda costa.

En estos días donde me estoy recuperando de correr un fondo bestial, aprovecho para reflexionar. Me han dicho, con mucho acierto, que lo que me falta es un trayecto netamente mental. Casi como si hubiese quedado demostrado que al cuerpo se lo puede exigir. Ya está entrenado y se va regenerando. Pero necesito estar tranquilo, focalizado en el objetivo, porque lo que queda es puro huevo. Mientras que en la maratón el muro es cruzar los 30 km y llegar a la meta en el 42, pasar los 70 y alcanzar los 100 es un ejercicio mental más complicado que hacer logaritmos en base 2. Es una mezcla entre relajarse y seguir esforzando el físico al límite.

No sé si voy a llegar a los 100. Tampoco sé si considerar este fondo de 70 km como un triunfo. Nunca me planteé seriamente correr esa distancia, y cuando la hice me sentí mejor de lo que me esperaba. Me di cuenta de todo lo que hice mal el año pasado, cuando abandoné vomitando en el km 77. Ya había caminado la mitad del trayecto, con una bronca y una frustración muy grande (pero con una contención de familia y amigos como no tuve en toda mi vida). Ayer, cuando me faltaban 1000 metros para terminar el entrenamiento, me dejé llevar, abrí la zancada y empecé a correr a toda velocidad (al menos, a la que podía en ese momento). Por eso podría suponer que si repito las circunstancias de ayer en la Ultra Buenos Aires, voy a tener un restito para tirarme a los 30 km que me van a quedar.

En fin, esta debe ser la etapa más dura de un entreno, en el que la intensidad baja y lo que predomina es descansar. La cabeza no solo es la gran responsable de que el cuerpo llegue a su límite (y lo pase), sino que es la parte del cuerpo que de alguna forma se niega a detenerse. Puedo hacer reposo con el cuerpo, pero ¿cómo hago que mi cabeza baje dos cambios? Se escuchan sugerencias.

Semana 19: Día 133: Fondo de 35 km

Hoy hice un fondo de 35 km. Como muchos recordarán, hace pocos días hice uno de 25. La diferencia sustancial entre el de hoy y el de la semana pasada son 10 km.

Y siguiendo en el terreno de las obviedades, si tuviese que encarar un entrenamiento o una carrera de 10 km, me parecería poca cosa. Haría velocidad, no necesitaría de una hidratación excesiva (a menos que hiciese mucho calor) y al terminar me sentiría perfecto. Pero si esa distancia viene después de correr 25 km… ya parece que nos estamos enfrentando a una montaña imposible de escalar.

No pude salir temprano, que era lo ideal. Tenía terapia por la mañana y quería terminar un trabajo que me viene sobrevolando como un cóndor al acecho… Mi idea era salir a las 5 de la tarde, porque con la colación que siempre hago a las 4, me daba tiempo de hacer un poco de digestión y poder usar esa energía. Pero los compromisos se extendieron y terminé saliendo a las 18 hs. No estuvo tan mal, había un sol muy agradable, pero coincidía con el fin de la jornada laboral, y encima en viernes… así que todo el mundo estaba caminando por las veredas y automóviles y colectivos atestaban las calles.

Como la distancia no era para menospreciar (nunca corrí 35 km de calle en lo que va del año), decidí ir tranquilo y dedicarle unas tres horas y media a resolver el asunto. Como quería ir cómodo, decidí entrenar con el baticinturón, con dos caramañolas de agua que podía rellenar en la canilla de la Reserva Ecológica. Claro, la Reserva cierra 18:30 así que era imposible que yo hiciera 12 km en media hora, pero cuando salí todavía no lo sabía.

Así que con déficit de agua, tres gomitas y un gran puñado de pasas de uva, salí. Mantuve un ritmo de 5:15, que es bastante más abajo de lo que suelo correr cuando entreno en los Puma Runners (pero claro, en esas clases sé que difícilmente superemos loas 18 km, en muy raras ocasiones alcanzamos los 20 km. Luego de esquivar a 2 millones de personas y 500 mil autos, me saqué la remera y fui en cuero hasta la Reserva. Cruzando la Avenida Madero casi me pisan, pero bueno, fue “casi”. Aprendí una cosa, que no tiene mucho sentido salir con lentes de sol a las 6 de la tarde, porque el sol está bajando y cuando se esconde detrás de los edificios, no sirven para nada más que para impedir que la brisa refresque los ojos (así que estoy cada dos por tres secándome la transpiración). Desde ese momento, llevé los anteojos en la mano.

Cuando llegué a la Reserva me moría por ir al baño, pero la puerta estaba entreabierta, lo suficiente como para que los recién llegados como yo se den cuenta que está cerrado, y que los que todavía andan adentro del predio puedan salir. No me dejaron pasar al baño en ninguna de las dos entradas, así que tuve que recurrir a la bochornosa situación de encontrar un lugar alejado donde responder el llamado de la naturaleza.

Como no tenía Reserva Ecológica, con sus circuitos de tierra donde entrenar, estaba en la difícil situación de encontrar un camino alternativo… y para peor… ¡no podía llenar mis caramañolas con agua! Fui racionando el líquido, y no me costó: al no correr bajo el potente sol del mediodía, transpiré menos, y sentí mucha menos sed. Así que, de momento, estaba a salvo… pero no del todo.

Decidí hacer el mismo recorrido que hacen las carreras de 10 km, que continúan por la Costanera hacia el sur, pasando por AFIP, el cuartel de bomberos, etc. La cuestión es que mientras más al sur iba, menos turístico y más marginal se volvía. Se notaba por la iluminación, el estado de las veredas, y el despliegue de los carritos que venden chori. El último de todos es un puesto montado como viene, sin baño, con cumbia a todo lo que da. Cualquiera podría descontextualizar esto y creer que me desagradó correr por ahí. Nada más lejos de la realidad. Solo marqué lo que vi, siempre me quedo con el glamour de la Reserva Ecológica, y no hace falta ir muy lejos para ver “otro” país. No me sentí inseguro ni mucho menos.

Hice lo que mejor me salió: corrí hasta que el reloj me marcó 17,5 km, y ahí di media vuelta y volví sobre mis pasos. Funcionó bien esta vez, porque 3 horas y media corriendo es MUCHO tiempo. Ir intentando encontrar el mejor recorrido y luego recordarlo para volver a pasar fue una linda forma de mantener la mente ocupada. También ayudó que se me descargara por completo el iPod, así que conecté la radio desde el celular y me escuché el programa entero de Radio Metro, desde las 18 hasta las 21.

Algo pasa mentalmente en los fondos largos. Obviamente me costó un poco más este que el de 25 km, pero ya venía preparado a que no iba a terminar donde siempre. Siempre los últimos 2 km son los más agónicos, y esta vez no fueron la excepción. Poco importó cuánto corrí, sino el momento en que yo “decidí” estar agotado de tanto correr.

Me recorrí las parrillitas de Costanera Sur hasta que encontré uno que NO VENDíA Eco de los Andes (es hora de que Coca-Cola haga un agua mineral que no sea de bajo contenido en sodio). Me cobraron $10 por la botellita de 500 cc (podría haberla pagado $1000). Eso me permitió estar hidratado (y con agua fría) para el resto del fondo. Siempre llevo un poco de cambio para estas emergencias, y me alegro mucho de haber insistido a pesar de que nunca necesité de dinero.

Al final creo que este fondo fue más un desafío mental que físico. Me sentí cansado (de hecho, me estoy muriendo por ir a la cama), pero lo que más me costó fue ordenar los pajaritos en la cabeza. De todos modos, creo que los tengo bastante entrenados.

Me encantó correr esos 35 km (le puse 3 horas y 17 minutos). Me siento unos pasitos más cerca de llegar a los 100 km en 10 horas y media. Pero para eso habrá que hacer más entrenamientos como este… y superarlos en distancia. Mucho.

Semana 18: Día 126: Encontrar el punto de equilibrio

Todos sabemos los tres pilares de un cuerpo sano: Una alimentación adecuada, entrenamiento y cabeza. Es fácil ponerse las pilas y pulir cualquiera de estos aspectos, pero… ¿cómo equilibrarlos?

A veces el tiempo alcanza para entrenar, y hacemos un poco de malabares con el trabajo o el estudio, la vida familiar, el ocio… no es fácil, si no trabajase en forma freelance seguramente no podría estar corriendo 20 km por la mañana en día de semana, pero a veces ocupamos el tiempo en el cuerpo y descuidamos la alimentación. Optamos por lo que salga más rápido, directo de la heladera al microondas y de ahí al estómago. Comemos frente a la compu o la tele, descuidando la masticación y el momento sagrado que es comer. Y si no vemos resultados, podemos cometer la tontería de pasar hambre o acudir a una de esas dietas demenciales como la paleolítica, la hipocalórica o la que esté de moda en ese momento.

No soy el mejor ejemplo de alimentación, aunque muchos me consideren un ejemplo de determinación. No siempre logro el balance entre hidratos, proteínas y verduras… por los temas expresados anteriormente (el tiempo, maldita sea). Respeto los horarios y todas las comidas, no consumo grasas (ya las perdí el gusto), y quizá lo que me faltaría es no centrarme tanto en las proteínas y los hidratos y dedicarme más a las frutas y verduras. Pero bueno, es mi punto débil para alcanzar el equilibrio.

El entrenamiento es la parte que creo más difícil, pero que por alguna razón la tengo bastante controlada. Me pude armar el itinerario y tengo asegurados tres entrenamientos semanales. Mis familiares y clientes saben que los lunes y miércoles por la tarde y sábados por la mañana no me pueden encontrar. Mis amigos saben que los viernes por la noche no pueden contar conmigo porque tengo que acostarme temprano. Y a esta altura ya todos están tan acostumbrados como yo. Gracias a una cierta flexibilidad laboral puedo salir a correr algunas mañanas y dedicarle dos horas a sumar entrenos. Claro que, en mi caso, termino compensando quedándome hasta más tarde trabajando. Y también hay un factor que juega a mi favor, y es que de momento no tengo hijos. Tengo un perro bastante demandante, pero me apaño. Eso me permite organizar mis horarios, y sé que hay personas que este punto se escapa de su control.

Correr y hacerlo una costumbre es difícil, pero da muchos beneficios. Dos o tres veces a la semana, en el horario que sea, suma y mucho. He encontrado que ciertas situaciones se pueden transformar en entrenamientos. Por ejemplo, un trámite puede significar un fondo de 10 km a la vuelta. Un día que tenía que correr 15 kilómetros e ir a la nutricionista (no necesariamente en ese orden) se me ocurrió combinar el regreso con el entrenamiento. Originalmente le iba a dar tres vueltas al Hipódromo de San Isidro, pero después tenía que volver en tren. Al regresar corriendo optimicé los tiempos, y si en el transporte público me tomaba una hora llegar a mi casa, haciendo actividad física al aire libre me tomó 90 minutos.

El tercer pilar para alcanzar el equilibrio es la cabeza. No hay entrenamiento ni secretos que valgan. Uno tiene que hacer el click. Me encanta que algunos encuentren algún post en este blog que los motive para empezar a entrenar. Es un honor inmenso. En mi caso fue un proceso lentísimo, de mucho aprendizaje. Corro desde hace años, pero me lo tomo en serio desde hace relativamente poco. Sin emargo, puedo asegurar que lo que me ayudó fue hacerme la costumbre. Así aprendí a convivir con mi propio cerebro, pensando por qué hacía lo que hacía, qué significaba todo esto… Creo que el corredor inevitablemente termina volviéndose muy introspectivo, y lo peor que podemos hacer, ya que tenemos tanto tiempo para pensar mientras corremos, es enfocarnos en lo que no podemos hacer y en desalentarnos. Tanto si creés que podés como si creés que no podés, estás en lo cierto, decía Henry Ford. Y tenía muchísima razón. Yo estaba convencido de que mi límite eran 10 km y que nunca los iba a poder superar. Y así fue, hasta que dejé de pensar en eso.

Tengo la certeza de que encontrar el punto de equilibrio es imposible. No hay forma, a menos que seamos de elite y que, encima, nos paguen por hacer culto de nuestro cuerpo. Pero eso no quiere decir que todo sea en vano. HAY que buscar el punto de equilibrio, siempre. El aprendizaje y la sabiduría está en intentarlo, en la búsqueda constante. Probablemente nunca lleguemos a nuestro máximo potencial, pero no importa, vamos a alcanzar nuestro punto de equilibrio, que es lo mejor que podemos dar en cada uno de esos tres aspectos.

Lo lindo no está en cumplir un objetivo, sino en el camino que hacemos para intentarlo.

Semana 18: Día 120: ¿Qué sentís cuando corrés?

Hemos filosofado mucho acerca de todo lo que nos provoca correr. Dolores, fatiga, sarpullido, quemaduras en la piel y peligrosos impactos contra automóviles. Todas cosas físicas, que le pasan al cuerpo. Pero, ¿y por adentro?

La cabeza juega un papel fundamental en cualquier deporte, incluso en el running. Hay que tener una mente terca y decidida para soportar todas las cuestiones corporales y seguir avanzando. Eso también se entrena, y como cualquier ejercicio, al principio va a costar hasta que en un momento nos demos cuenta de que nos sale de taquito.

Yo cuando corro siento alivio. De por fin estar haciendo eso. Hoy, por ejemplo, necesitaba correr, y realmente disfruto de los entrenamientos del sábado. Pero también estoy preocupado por la Ultra Buenos Aires, así que cada kilómetro que sumo me hace sentir un poquito más cerca de la meta.

Entrenar definitivamente me hace feliz, a pesar de que hoy arranqué congestionado, y con mucha dificultad para mantener el ritmo. Pero que esto me cueste no me hace dar ganas de abandonar. Es casi como si buscásemos que entrenar sea difíci. Hoy lo pensaba: si fuese fácil, ¿estaría acá?

Correr me da paz, sin importar los problemas de la vida cotidiana. Alguna vez lo usé para sacarme momentáneamente eso que ma andaba dando vueltas. Así como existen dolores físicos que se quitan corriendo, la angustia es otra clase de dolor que pasa a segundo plano.

Y sin dudas que correr me da orgullo. Porque cuesta, y cualquier cosa que sea complicada nos deja una enseñanza. Salir nuevamente de casa, entrenar “a pesar de”, sostener un programa de ejercicios a través del tiempo…. ¿cómo no sentirnos orgullosos?

La cabeza es un músculo que no se detiene, y otra parte de nuestro cuerpo que se ve afectada positivamente cuando corremos.

Semana 17: Día 119: Salir de casa

Hace un mes retomé análisis. A diferencia de mi período previo de una década analizándome, esta vez no es por un tiempo indefinido, sino por temas puntuales. La psicóloga prefiere no hablar de una terapia, sino de entrevistas que decidimos “sesión a sesión”.

Y me resultó bastante movilizador. Por un lado, porque retomé con la misma profesional, y fue interesante llenar el bache de lo que fueron mis dos años de vida desde que empecé con el blog (cuando me di el alta) y hoy, 121 semanas después. Progresé, pero me di cuenta que hay cosas que se mantienen fijas, esa matriz con la que nos armamos (y que nos armamos).

Entre las cosas que me sorprendí diciendo es que nunca salgo de casa. De hecho, cuando empecé a analizarme en el año 2000, sufría de una gran depresión por no saber qué hacer de mi vida. Sin perspectiva laboral ni académica, me quedaba todo el día en casa, en foros de internet, chateando por el ICQ (la prehistoria de la internet, más o menos) y haciendo dibujitos con el Paint (el Photoshop recién caería en mis manos tres años después). Solo salía los viernes, que me juntaba con mi grupo de amigos. Ansiaba muchísimo ese momento, y nuestras reuniones eran absolutamente inocentes: charlar hasta que se hacía de día, tomando Coca-Cola, comiendo papas fritas. Ellos fueron quienes vieron mi mutación al vegetarianismo, al desprecio por las gaseosas y a correr. Hoy siguen siendo mis grandes amigos, aunque nos veamos pocas veces al año.

Y mientras mi psicóloga me preguntaba por mi vida social, recordé ese grupo al que hoy casi no veo, y pensé en mis amigos con los que hoy me junto un poco más seguido, pero tampoco los veo con mucha frecuencia, con suerte una vez al mes. Así que mi círculo más íntimo, caí en la conclusión, es mi grupo de running. Al verlos tres veces por semana, son con quienes más comparto mi vida, aunque en un 75% tenga solo relación con entrenar.

Analizándolo más profundamente, me di cuenta algo que, en el fondo, me dio un poco de pánico. Si no fuese por el entrenamiento, prácticamente no saldría de mi casa. Trabajo en mi computadora, al resguardo del mundo exterior. Pago las cuentas por homebanking. Después de estar 14 horas diarias sentado frente a la computadora, quizá Vicky entienda que de vez en cuando me desespere por ir al supermercado a aprovisionar la heladera. Una casa abastecida evita tener que salir.

Así es que el running se convirtió en mi contacto con el mundo exterior. Es lo que me permite tratarme con seres humanos. Y eso me llevó a preguntarme, ¿es de ahora esto? ¿O siempre fui así? Me dio la impresión de que es parte de mi matriz, que viví toda mi vida encerrado en mí mismo, y de alguna forma correr me salva tres veces por semana.

Quizá el entrenamiento fue una necesidad subconsciente de cortar con ese encierro. Y nunca me fue fácil conocer gente y mostrarme tal cual soy. Casi diría que en el grupo de entrenamiento no llegaron a conocerme hasta que no abrí esa ventanita de mi vida con el blog. Y me di cuenta que me creé esa presión del tipo que se supera y tiene que mejorar constantemente. El antídoto contra la subestimación: esforzarme por ser el mejor. Pero solo para que los demás lo crean.

Si me preguntan por qué paso tanto tiempo en mi casa y por qué salir a la calle puede ser una batalla de fuerza de voluntad, no tengo idea. Porque sé que salir a correr me hace feliz. ¿Por qué resulta difícil hacer eso que nos llena? Es evidente que es más fácil cortar todo tipo de contacto y encerrarte en tu cubículo (por más deprimente que eso pueda sonar) a abrir la puerta y enfrentarse al mundo. En el fondo creo que se le da menos crédito a quien le cuesta horrores hacer las cosas (e igual las hace), que a quien le sale todo de taquito y sin pensar.

Dicho todo esto, sigo haciendo el trabajo arqueológico de mi alma con terapia. Es al menos una excusa más para abandonar la comodidad y cruzar la puerta de casa.

Semana 7: Día 44: No corres para que te entiendan

Si fuiste o sos corredor, habrás pensado que nadie te entiende. Bajás de peso, adelgazás, y en seguida te empiezan a etiquetar de anoréxico, y hasta hay quien se imagina que estás enfermo.

Si por esas casualidades decidís cuidarte con las comidas, eliminar las grasas, aumentar la cantidad de frutas y verduras, seguramente crean que te volviste obsesivo con la comida, que estás en la onda light y que te dejes de joder y te comas un asado (bueno, quizá se lo digan más usualmente a un vegetariano que a un deportista, pero quizá hayas pasado por algo parecido).

O puede que nunca te haya pasado esto porque todavía no estás corriendo o recién empezás, así que te adelanto que probablemente vas a pasar por alguna de estas situaciones. La verdad es que probablemente, una vez que te pique el bichito del running, tus allegados no te entiendan. “Yo no corro ni al colectivo” se va a convertir en una de las frases que más vas a escuchar. De a poco te vas a ir rodeando de otros atletas que sí te van a entender, y ellos sí sabrán lo que es sentirte en la gloria una vez que cruzás la meta, y lo valioso que es todo el esfuerzo que estás poniendo por vos mismo.

Pero no corrés para que los demás te entiendan. Si esas son tus intenciones, estás al horno. No me imagino que una persona empiece a correr porque busque aceptación. El esfuerzo que hay en el hecho de prepararte y salir a correr una, dos o tres veces por semana es algo que solo se sostiene con determinación. Si los objetivos y las motivaciones son claras, vas a descubrir que tus limitaciones físicas están más lejanas de lo que pensabas.

Probablemente corres o vas a hacerlo porque querés entenderte mejor a vos mismo. Seamos honestos, nunca llegás a conocer del todo a los demás, ni siquiera a tu pareja de toda la vida. Quien más te conoce sos vos, y ni siquiera vas a conocerte a fondo. En la acción de correr podés aprender más de tu persona, de hasta dónde llegás, qué cosas te hacen funcionar, qué te tira abajo. Es el momento en que la cabeza se relaja y deja que el cuerpo lleve la batuta, y eso te permite pensar más allá, poner las cosas en perspectiva y darle a los problemas la verdadera dimensión que tienen.

Yo aprendí a entenderme gracias al running. Entre las cosas que aprendí está lo de no esperar que otros me entiendan, y a darme cuenta de que a la larga todos buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo. Correr, esforzarme y disfrutar del aire libre ha sido la mejor actividad de autodescubrimiento que hice en toda mi vida. Quizá, si corrés, me entiendas. ¡No espero que lo hagas! Yo me entiendo (y me conozco), y eso me da mucha tranquilidad espiritual…

Semana 3: Día 20: ¿En dónde estaba hace un año?

Hoy se me ocurrió ir hacia atrás, exactamente un año, y ver qué estaba escribiendo en el blog el 18 de octubre de 2011. Me encontré con un post interesante:

Semana 3: Día 18: ¿Cuáles son tus objetivos?

Esta pregunta me la hago constantemente, y se la suelo hacer a otros corredores con los que me cruzo. ¿Cuáles son tus objetivos? Me parece imposible ir a la deriva sin tener una meta definida.

Hace una década empecé terapia. No tenía trabajo, ni sabía qué estudiar, y me angustiaba tremendamente ser mantenido por mis padres sin tener un norte. En la primera sesión con mi psicóloga le dije que no tenía rumbo, ni un lugar en mi casa ni en la vida. Me alivia mucho ver qué diferente son las cosas ahora. Después de haber encontrado una profesión, haber egresado y haber descubierto el running, me di cuenta de algo muy importante: había encontrado algo que me apasionaba.

Recibirme se convirtió en un objetivo muy importante. Dejó de ser algo absolutamente lejano, porque a medida que avanzaba, cada vez faltaba menos para obtener el título. Lejos de ponerme contento, al principio me dio pena haber desperdiciado tantos años de mi vida. La facultad me parecía eterna, y no me veía atravesando durante tanto tiempo todo ese esfuerzo. Hoy me doy cuenta de que con esa estructura mental, tampoco podía tener una actividad como el running en mi vida. Es increíble cómo el atletismo calza a la perfección con otros aspectos del día a día.

Cuando encontré mi profesión, todo resultó mucho más fácil de lo que creía. Le puse todas mis pilas, y aunque habían pasado muchos años desde que había terminado el secundario, la facu era una escalada de pequeños objetivos a resolver. El destino final, obviamente, era terminar la carrera, pero intenté hacerla lo mejor posible. Al recibirme tuve el inmenso honor de terminar con el promedio más alto. No me consideraba mejor que nadie, simplemente me dediqué a eso que me apasionaba.

Probablemente fui madurando, y eso hizo que empezar a correr tuviese cada vez más sentido. La diferencia, no estaría mal mencionarlo, es que los estudios superiores tienen un fin; más allá de licenciaturas, posgrados y maestrías, el objetivo es terminar, de la forma que sea. En mi vida de atleta no encuentro un final (todavía). Cada carrera se ha convertido en un nuevo examen, en el que busco rendir de la mejor forma, para los cuales me preparo lo mejor que puedo. Y no pude con mi genio, así que me puse metas, como fue hacer mi primera maratón, hacerla en menos de 3 horas y media, la espartalón, y para algún día todas las instancias de la Misión, el Iron Man, correr en el Desierto del Sahara y en la Muralla China.

Esos (y aumentar de masa muscular) son mis objetivos, los que tengo en claro ahora. Aunque probablemente, al ir cumpliéndolos, irán apareciendo nuevos. Antes, la noción de que algo era casi imposible era un motivo suficiente para no intentarlo. Ahora es todo lo contrario; cuando algo es difícil se vuelve más tentador intentar conquistarlo.

Quizá otras personas carezcan de objetivos o no tengan uno que los motive lo suficiente. No existe correr por correr, y hacerlo solo para bajar la panza puede derivar en impaciencia y frustración. Creo que si uno se lo plantea como un modo de vida, una forma de encontrarse, conocerse, superarse, se termina transformando en algo más duradero, y que retroalimenta al deportista. Pero seguramente haya miles de motivos y millones de objetivos posibles, como carreras y corredores existen.

Lo que me gustó fue leer con qué soñaba hace 52 semanas, y qué tan cerca (o tan lejos) estoy de eso. Nunca fue mi intención armar un blog para ver cuentas pendientes e ir tachando, pero el proyecto se ha extendido tanto, que ahora puedo darme el lujo de compararme a mí mismo con el hombre que era tiempo atrás. Todavía me interesa hacer la maratón de la Muralla China…

Y ya que estamos… ¿qué pasó hace dos años? Mientras despotricaba contra las gaseosas, asegurándome de que Coca Cola nunca me auspicie, salía al aire en FM Blue, en el extinto programa Lado B. Hay audio que lo prueba y todo.

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