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La otra maratón

La otra maraton

Ayer domingo, en Buenos Aires, se volvieron a correr los 42 km 195 metros de esta histórica prueba, a la que me prometí correr a menos que algo me lo impidiese. Solo hay dos cosas que podrían dejarme afuera de la largada: estar en otra ciudad o estar lesionado. Un motivo me alejó el año pasado, cuando vivía en Brasil, el otro en 2014, cuando volví de haber completado el Spartathlon con un microdesgarro en el tibial.

Si bien el 4 de septiembre sufrí un dolor muy punzante después de un fondo de 30 km (el que autodiagnostiqué como una tendinitis en el tendón de Aquiles), decidí que si llegaba al día de la carrera sin dolor, la iba a correr. Me porté bien, hice todos los ejercicios de estiramiento que recomendaban en YouTube, prioricé el reposo, y aprendí cómo se hacen los automasajes (en forma transversal a las fibras, nunca acompañando). El jueves anterior a la prueba corrí 20 km sin dolor, así que me la jugué.

A todos los que me preguntaban cuánto tiempo quería hacer, les decía 3 horas y media. Esta es una estrategia un poco cobarde que tengo: decir en voz alta un tiempo mayor al que realmente quiero lograr. En mi cabeza sonaba de fondo un “3 horas y 15 minutos”. A veces me funciona. Como venía de dos semanas de estar parado y un solo fondo de 20 km en ese período, no tenía las expectativas muy altas. Mi único as en la manga era Andrea, una de las alumnas del team de INRun Buenos Aires (le pusimos nombre a nuestro grupo), quien me iba a acompañar en bici. Mi esperanza era esforzarme como para no pasar un papelón frente a ella, y que me ayudara a mantenerme motivado.

La salida, lamentablemente como pasa todos los años, fue un caos. Es cierto que yo esperé a último momento para ir a mi corral de 3:30 hs, pero había muchísima fila para entrar faltando poquísimos minutos, y la capacidad estaba totalmente desbordada. No culpo a la organización, aunque ellos podrían buscar un modo de mejorarlo, sino a la cantidad de corredores que no respetan su ubicación y a los cientos (o miles) de colados que sufrimos cada año.

Por suerte me pude acomodar cerca del arco de largada, y solo me tomó poco más de un minuto cruzarlo. Era tal la cantidad de corredores, que no nos pudimos encontrar con Andrea donde habíamos pactado, en la Av. Dorrego, sino recién en el microcentro. Largué rápido, a 4 min/km, para poder despegarme del malón y correr a mi ritmo. Iba saltando de la calle a la vereda y de vuelta al asfalto para poder esquivar corredores. Entonces pensaba en mi tendón y en que quizá no era lo ideal.

La carrera no tuvo muchos sobresaltos para mí. Fui intentando mantener bajas mis expectativas pero queriendo dar todo lo que tenía. El ritmo promedio iba en unos 4:20 min/km y las subidas las encaraba rápido. La organización decidió cambiar de marca de hidratación y pasar de Sierra de los Padres a Bonaqua. Esto significó dos cosas: una, que entregan agua baja en sodio, algo que me obliga a tomar bebidas isotónicas para no sufrir hiponatremia. Otra, que pasamos de unas botellas de 300 ml, muy cómodas para tomar en los puestos, a unas de 500 ml, hechas con un plástico que es una porquería. Solo abrirla mientras uno corre hace que el material se contraiga y salga el agua disparada. Y cuando creía que no podía ser peor, en la mitad de los puestos daban vasos, todavía más molesto de tomar en movimiento. Decidí sacrificar algunos segundos frenando y tomando mientras caminaba. Un par de sorbos en cinco pasos y a seguir corriendo.

Como corrí solo, ir viendo a Andrea esperándome y preguntándome si necesitaba algo me hacía sentir contenido (además de presionado para no aflojar). Fui escoltado todo el camino, salvo cuando, después de salir de La Boca para subir nuevamente a la autopista, la organización vedó la circulación de bicicletas y nos separamos varios kilómetros. Muchos corredores se quejaron, después de la finalización de la carrera, por las bicis que supuestamente les cortaban el paso. Esto no lo vi en ningún caso, pero doy fe que Andrea fue muy respetuosa a un costado, sin cruzarse ni frenarse en medio del camino.

Lamentablemente le di mal las indicaciones a mi papá de dónde nos podíamos encontrar, ya que el recorrido es diferente al de la media maratón (que era mi referencia). Él incluso se fue hasta la 9 de julio para ver si me cruzaba, y pasé por su lado sin que ninguno de los dos viera al otro. También le dije a mi amiga Vale que me podía venir a buscar a la llegada en Av. del Libertador y Monroe, cuando en realidad era en Figueroa Alcorta y Monroe, unas cuantas cuadras de distancia. Supongo que tenía la cabeza más puesta en mi miedo por el tendón que en dar datos precisos.

Si bien venía bárbaro, manteniendo una velocidad bastante por debajo de los 5 min/km, cuando salimos de la 25 de mayo, me pinché. Mal. Sentía un hormigueo en las manos y un cansancio general muy pesado. No podía verla a Andrea (producto de ese largo desencuentro de la mitad), y cometí el peor error de un maratonista: empecé a tener pensamientos negativos. De pronto todo era demasiado difícil, la meta estaba muy lejos, no tenía las zapatillas adecuadas, el tendón de Aquiles me iba a pasar factura, no estaba correctamente alimentado ni hidratado, y quién me manda a mí a correr después de estar 2 semanas parado. No me di cuenta cuándo, pero empecé a caminar. Una chica de la organización me preguntó si estaba bien. Era el kilómetro 33, me faltaban números de un dígito para terminar, pero no me alcanzaba. Le pedí a Andrea que a partir de ahí no se separara de mí. Seguramente ella notó que me venía a pique, y me empezó a alentar, a decirme una gran verdad: yo podía.

Troté a la velocidad que salió. Empecé a correr un poco por encima de los 5 min/km. Comí de mis reservas de damascos, y la única estrategia que se me ocurrió para salir de esa situación fue correr. Pensar menos y poner un pie adelante del otro. Y así transité 6 km en modo ahorro de energía, hasta que pasó algo increíble.

Entrando en Ciudad Universitaria me crucé con Pato Reck, un corredor al que vi muy golpeado en otra maratón, en Zárate, faltando 5 km para la meta. Nos pusimos a correr juntos e intenté motivarlo. Lo obligué a correr, nada de caminar ni descansar con la meta al alcance de la mano. Por eso, cuando pasé al lado de él, me dijo “Hoy me vas a salvar de nuevo”. Así fue como de pronto empecé a correr a 4:30 min/km. Hacía media hora me estaba arrastrando, y de pronto volvía al ritmo de mis primeros kilómetros de carrera. En algún punto Pato pidió caminar y que después me alcanzaba. Se lo prohibí, lo mínimo que podíamos hacer era un trote.

Ver la cancha de River es una livio, porque significaba que la meta estaba muy cerca. La subida del puente de Udaondo es dura, pero tampoco dejé que Pato la caminara. Bajamos con el envión, doblamos en Figueroa Alcorta, y encaramos esos últimos metros a 4:15 min/km. Fue una sensación muy linda olvidarme de todas mis inseguridades y dolores para poder ayudar a otro. Crucé la meta con el tiempo oficial de 3:15:00, pero tiempo neto de 3:13:39. Maravilloso.

Recibimos la medalla, nos sacamos fotos, estiramos, y cerramos otra maratón inolvidable.

Pero lo que para mí terminó siendo una experiencia inolvidable, para muchos amigos míos y posiblemente miles de otros corredores, se tornó algo muy desagradable. A partir de las 4:30 hs de carrera, la organización… se quedó sin medallas. No es la primera vez que lo veo, recuerdo en la media maratón de 2010 que pasó lo mismo, y debo reconocer con bastante vergüenza que esa vez fueron mis primeros 21 km, y los corrí colado. Pedí mi medalla, aunque no me correspondía. No lo entendí en ese momento, incluso escribí una reseña en este blog sobre esa experiencia, pero un lector me hizo entender que colarse significa sacarle recursos a otro corredor que pagó su inscripción. Por eso nunca volví a hacerlo. De hecho, alguna vez me metí en una carrera para aprovechar el corte de la calle, sin cruzar nunca la meta ni tomar la hidratación de la organización.

Es evidente que la cantidad de colados hizo que muchas medallas no llegaran a sus legítimos destinatarios. Podemos culpar a Ñandú por esta falla, pero yo vi frente a mis ojos como le saltaron encima a un corredor que entró en el corral de la llegada. Aunque esta persona estaba a los gritos que venía acompañando a otro maratonista, no le permitieron seguir. Es difícil hacer esto con cada corredor que no está inscripto, más cuando algunos se fotocopian el dorsal de otro atleta, o reciclan uno de una vieja carrera. Pueden tener cientos de ojos, pero toda la organización funciona con seres humanos.

Es una pena que se empañe una fiesta así, siendo que la maratón es la prueba por excelencia para los corredores. Pero, ¿qué se puede hacer? Como los chips son descartables, no hay intercambio de este aparatito por la medalla, como solía ocurrir antes. Sin chip, no hay medalla. Punto.

Tengo una sugerencia. Es lindo el momento de llegar y que te cuelguen la medalla en el cuello, pero quizá haya que hacer como en otras carreras, donde uno tiene que ir a buscarla a una tienda al costado. Ahí, con el número de corredor, se ingresa al sistema para ver si está inscripto y si pasó por todos los controles. Si se quedó tomando una gaseosa en la 9 de julio para después cortar camino, no hay medalla. Si no está en los registros tampoco. Seguramente los colados que vienen con dorsales de otras carreras no van a ser tan caraduras de reclamar nada.

Terminé bastante bien a nivel físico, pero hoy me levanté de la cama con dolores en todo el cuerpo, y si bien el tendón de Aquiles no me duele, está inflamado. Me tranquiliza y a la vez me preocupa. El 7 de octubre me espera un fondo del Ultradesafío de unos 60 km, así que ese será mi próximo objetivo. Voy a intentar no sobreexigirme, ser consciente de mis limitaciones, y tratar de llegar de la mejor manera posible al 17 de noviembre.

Semana 51: Día 355: El maratonista de 125 kg

Parte de mi trabajo es diseñar revistas que no necesariamente tengan que ver con lo que me gusta. Cuando me acercaron la propuesta de una publicación nueva, orientada a la espiritualidad y la motivación, no estaba del todo seguro si me iba a sentir en sintonía. Pero lo que pague el alquiler y las expensas es bienvenido, así que me metí de lleno.

Armar una revista, dicen los expertos, es el arte de diseñar detrás de los avisos. O sea que la parte comercial es muy importante porque eso va a definir la extensión de las notas. Aunque este era un primer número, la venta publicitaria fue excelente. Sin embargo, quedaron dos páginas colgadas a las que había que plantarles algo. Como el tema motivacional sí tiene mucho que ver con este blog, un amigo que fue quien me recomendó para este proyecto me empezó a insistir que proponga material del blog para armar una nota. Y en lo único que pude pensar fue en el post que escribí el 8 de enero del año pasado, en el que contaba la historia de Roger Wright, el banquero de 125 kg que el 7 de junio de 2008 decidió empezar a entrenarse para la Maratón de Boston, que se iba a correr en 10 meses. Lo hacía por él mismo, porque su peso no era precisamente de músculo. También por el legado de su padre, que la corrió en 1968, cuando Roger tenía 7 años. Y también por el amor que sentía por su sobrina Julia, una chiquita que luchaba contra la Fibrosis Cística.

Ese primer día hizo 30 metros y se quedó sin aire. Su plan original era correr 5 kilómetros. ¿Qué lo hizo seguir? Pensar que a Julia también le costaba respirar. Así que tomó fuerzas y continuó. Fue constante. Empezó caminando. No se rindió, porque estaba seguro que con su ejemplo iba a poder llamar la atención y obtener donaciones para la investigación de la Fibrosis Cística.

Registró sus progresos en un blog y a través de filmaciones, que después compiló en un video que compartió en un grupo cerrado, llamado “Running for my existence” (corriendo por mi existencia). Un amigo lo reposteó con un título nuevo, The most inspiring video you will ever watch! (¡El video más inspirador que verás jamás!) y la respuesta fue abrumadora. Roger reconoce que el marketing no era lo suyo. Al día de hoy, esa copia tiene 5 millones 450 mil visitas, muchas de las cuales son mías. La edición de 5 minutos muestra cómo pasó de ser un obeso que apenas podía caminar a un ágil y estilizado atleta. Es realmente impactante, y la música de “Fix you”, interpretada por Coldplay, termina de ponerle el broche de oro. Realmente pone la piel de gallina. Hoy lo veía y casi tuve que contener las lágrimas.

Roger considera clave el apoyo de su mujer. Jamás lo cuestionó, y cuando él le contó su “loca” idea le dijo “Me parece una buena idea. Si lo hacés, consigo una persona cada milla (1,6 km) para que te asista”. Lo siguiente fue llamar a una organización que junta dinero para investigar esa enfermedad y decirles que quería correr en su nombre la maratón del año siguiente (ellos se encargarían de inscribirlo). Por último, se contactó con un amigo triatleta para que lo ayude a entrenar. “No quiero que me des nada de dinero”, le respondió, “solo que me des tu 100%”.

Realmente se comprometió. Dejó de buscar excusas y realizó todos los ejercicios. Empezó a llevar un registro de su frecuencia cardíaca y cada cosa que comía. Y funcionó. Su sobrina Julia fue siempre lo que la motivó. “Era pesado y gordo, debería haber tenido un ataque al corazón o una aplopejía, porque no me cuidaba a mí mismo. Era puramente voluntario. Podría haber hecho esto en cualquier momento de mi vida”, explica él en su segundo video. “Pero Julia no hizo nada malo, ella es solo una niñita”, dice, con la voz quebrada y al borde del llanto.

“Si decides una meta, si te mentalizas en ese objetivo, es sorprendentemente sencillo”, dijo, 50 kilos menos después.

Generalmente se difunde la vida y las proezas de los atletas de elite. Dean Karnazes es un excelente motivador y podemos seguir todos sus triunfos. Ni hablar de Scott Jurek o Killian Jornet. Pero al menos en mi caso no pienso que voy a ser como ellos. Siguen estando en un nivel elevado, inalcanzable. Son atletas tocados por la varita mágica, se ganaron la lotería genética, o se dieron cuenta de que vivían al lado de una montaña y podían entrenar ahí desde chiquitos. Pero cualquiera puede ser Roger Wright. Todos tenemos esa capacidad, de definir un objetivo, motivarnos y darlo todo por lograrlo. Si ves el video donde compara sus primeros pasos hasta que se vuelve un veloz corredor, lo que tenemos que pensar es “Si él pudo dar vuelta su vida a los cuarenta y pico, ¿por qué yo no voy a poder?”. La historia de Roger es la que me inspira, y la que intento difundir para que todos vean que el cambio es posible, que está en uno, y que, como bien dijo en su segundo video, es sorprendentemente sencillo.

 

Semana 50: Día 349: La batalla de Maratón, 2503 años después

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Muchos historiadores coinciden en que la batalla de Maratón tuvo lugar el 12 de septiembre del año 490 antes de Cristo. Por supuesto que en aquella época no utilizaban nuestro calendario, y no me pregunten cuál era porque eso no lo estudié.

Como cualquiera puede deducir, la batalla que tuvo lugar en estas playas terminó inspirando la carrera de 42 km conocida como “maratón”. El mito dice que el mensajero Filípides corrió unos 40 km para dar aviso a las mujeres atenienses de que los persas habían sido derrotados. Los invasores iban a convertir a todos en sus esclavos (y probablemente a realizar actos muy crueles sobre ellos), y en Atenas era preferible la muerte, así que las madres iban a dar muerte a todos los niños y a suicidarse si no tenían noticias del frente de batalla.

Probablemente haya mucho de ficción mezclado en este relato, pero hay certeza de que esta batalla sí ocurrió, y que los atenienses ganaron no por su número (que era desmesuradamente inferior, al estilo de los 300 guerreros espartanos), sino por su astucia. En lugar de formar en un bloque con varias filas, se formaron a lo largo de toda la costa. Así atacaron a las formaciones invasoras (conformadas por esclavos, que no luchaban con el mismo entusiasmo que quien defendía sus tierras y su libertad), cerrándose en forma de pinza y atacando de todos los costados. Algo que hoy nos puede parecer muy obvio, en aquella época fue una estrategia novedosa que dio vuelta el trablero. El mundo occidental podría haber sido muy diferente al que conocemos si las fuerzas de Jerjes hubiesen conquistado Atenas.

Como ya comenté otras veces, Heródoto, historiador contemporaneo a esta época, cuenta que el mensajero fue a pedir ayuda a los espartanos para enfrentar a los persas, con quienes aparentemente no tenían buena relación. Ellos pusieron de excusa la fiesta llamada “carnea” para no ir a la batalla, pero prometieron que se unirían en pocos días. Quienes tengan presente la película “300” recordarán que el rey Leonidas tenía prohibido ir a enfrentar a Jerjes por este mismo motivo, por lo cual el líder espartano no fue a la batalla con todo su ejército, sino que dijo que se iba de paseo… con su guardia personal de 300 soldados.

Heródoto dio otro dato, que fue que el mensajero tardó un día y medio. Hay quienes creen que no fue un corredor sino dos, y que alguno de ellos murió al dar la noticia del triunfo en Atenas. Calculando la distancia total entre Atenas y Esparta, y con el límite de 36 horas, nació la Espartatlón, el capricho actual de este blog. Creemos que todas estas cosas tuvieron su origen hace exactamente 2503 años. Hablamos de una época previa al cristianismo… al nacimiento de Jesús inclusive. Nuestra sociedad estaba todavía en pañales, y muchísimas cosas han cambiado desde aquel entonces a nivel político y cultural, pero la palabra “maratón” sigue representando la épica y una lucha que por suerte no es contra otro ser humano, sino contra uno mismo.

La distancia de esta mítica carrera fue variando hasta que se decidió el convencionalismo de los 42 kilómetros con 195 metros. El escritor Murakami fue a recorrer esa distancia, contratado por una revista que quería una crónica suya de la experiencia, y me motivó a intentarlo del mismo modo que él: sin que sea una carrera oficial, corriendo al costado del trayecto oficial (en la banquina de una ruta), en el sentido inverso (Atenas a Maratón). Mi amigo Gerjo me acompañó para sacar fotos, actualizar el twitter y asistirme. Lo hice el último día de Semana 52, el 31 de agosto de 2011.

Tomé unas pocas clases de griego, que me permitieron leer carteles en el trayecto (sin entenderlos) y ocupar mi cabeza. Fue una experiencia muy dura, hacía mucho calor y estaba solo (Gerjo no podía estar todo el tiempo a mi lado, a paso de hombre, ya que los griegos manejan peor que los argentinos). Sobre el final había unas cuestas que me provocaron dolorosos calambres, y el paisaje en gran parte de la carrera era gris, apagado y sin la gloria que yo imaginaba. Murakami narró su experiencia con un dejo de insensibilidad, y yo pensé que iba a estar todo el tiempo alucinando por estar corriendo ahí mismo.

Cualquiera diría que fue una decepción, pero cuando ya estaba oficialmente en Maratón y el sol me quemaba la piel, di una vuelta por el antiguo cementerio (donde descansarán las víctimas de esa histórica batalla) y empecé a sentir algo que solo podría describir como “mística”. Llegué al estadio de Maratón y cuando faltaban pocos metros pegué un pique con todas mis fuerzas, subiendo unos escalones y desplomándome frente a la estatua del dios Hermes, que habían construido para conmemorar los 2500 años de la maratón. Ahí me quedé, recuperando el aire, intentando dimensionar todo eso que acababa de hacer. De fondo flameaba una bandera griega, las letras del edificio confirmaban que estábamos en Maratón, y las piernas se me petrificaron en ese instante. Grité de dolor al querer levantarme, pero pasé de la agonía a una felicidad inmensa. Cuando me pude incorporar, Gerjo me sacó una foto para su campaña por la diversidad afectiva. Me costaba estar de pie, pero el orgullo me sostenía.

Sufrí, mucho. Hablé por teléfono con mi papá, con el llanto atravesado en mi garganta. Eran las 9 de la mañana en Maratón, mientras que en Buenos Aires debían ser como las 3 de la madrugada. ¿Cómo llegué hasta ahí? ¿En qué momento decidí irme hasta ahí, solo para correr, me pagué un pasaje en avión, estadía, y todo el esfuerzo que eso conlleva? No lo sé, pero cada vez que lo recuerdo, que lo cuento o lo escribo, se me acelera el pulso y se me erizan los pelos de los brazos. Esto ocurrió hace tres años, conmemorando aquello que se inició hace 2500, y sigue siendo uno de los recuerdos más felices de toda mi vida.

Y voy a caer en un lugar común. Esto podrá haber empezado hace toda esa pila de años, pero por suerte está lejos de terminar. En la maratón cada uno libra su propia batalla personal, y llega a la meta con lo justo, casi como Filípides. Podríamos decir que nosotros también damos la vida al llegar a destino, solo que, de algún modo, al terminar una maratón todo el sufrimiento cobra sentido. Es ahí que renacemos y nos sentimos verdaderamente vivos.

Semana 50: Día 347: Y ahora… los 42 km

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Ya con la euforia de la Media Maratón a la baja, llega el turno de la carrera por excelencia, la distancia perfecta: los 42 kilómetros con 195 metros.

Aunque a algunos les parezca una obviedad y a otros una novedad, correr esa distancia no es lo mismo que hacer 21 km dos veces. Todo lo que yo hice el domingo pasado no lo podría mantener durante tres horas y pico. No pasé el umbral del consumo total de reservas de hidratos de carbono, no sentí la aparición de ácido láctico, no me acalambré ni me deshidraté. Crucé la meta con mucha motivación y energía de sobra (no hubiese podido ir más rápido, pero sí seguir corriendo). Eso no quiere decir que en la maratón pueda repetir y duplicar mi performance.

La página oficial de la carrera tiene un apartado que encuentro meramente lúdico: si uno ingresa ciertos desempeños en distancias (1500 metros, 3000 metros, etc) indica en cuánto se va a terminar los 42 km. Me presulta muy impreciso, pero bueno, igual le ingresé mis tiempos en la media, y dice que tendría que hacer la maratón en 3 horas y 5 minutos. ¡Sería fantástico! Pero también significaría bajar mis tiempos en 20 minutos, un salto que podría llegar a dar algún día, pero no lo veo factible para dentro de un mes.

De todos modos quiero llegar bien al día de la largada. Siento que el entrenamiento está dando sus frutos: estoy más magro, más liviano, y concentrado en el objetivo final, que es el de las ultramaratones. Para mí, 42 km tendrían que ser un entrenamiento más, y es por eso que no me conviene hacerlo a toda máquina. Por ahí buscar un tiempo entre las tres horas y media y las cuatro. Algo que para mí historial sea conservador.

Pero me va a ser imposible. Ese día, lo sé, voy a estar tremendamente motivado, voy a querer despegarme del pelotón y ponerle todo el corazón a esa experiencia. Va a ser difícil contenerme, pero quizá sea lo más inteligente… si sigo teniendo presente mi objetivo final.

Recién hoy pude ver la clasificación oficial de mi media maratón. Aunque ya la había visto, se la comenté por privado a Germán, mi entrenador, y le dije que no lo quería hacer público… porque me daba vergüenza. Creo en la superación personal, y estoy convencido de que es más importante que llegar antes que otro corredor. Debería decir que no me gusta el autobombo, pero en realidad lo que más que angustia es que los demás crean que tengo una imagen muy elevada de mí y que me la creo mucho. Por ahí aclarar que estoy constantemente exigiéndome, disconforme casi siempre con mi desempeño y que siento todo el tiempo que puedo mejorar, tendría un efecto contrario. Pero es la verdad, solo me importa ser más rápido de lo que supe ser.

Bueno, eso. Germán me dijo que lo comparta igual. Y aprendí a no cuestionarlo cuando yo no me animo a hacer algo y él me insiste en que lo haga. En un mes y moneditas todo esto no va a importar, porque voy a estar de nuevo concentrado en una carrera, intentando mejorar distancias más que tiempos.

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Semana 41: Día 285: La Maratón de Río de Janeiro en fotos

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Todavía retengo la sensación de estar corriendo sobre las calles de Río. Siento el calor del sol pegándome en la piel descubierta, la rigidez del asfalto en cada pisada, el sonido de mi respiración. Tengo frescos los dolores en las piernas, las ganas de cruzar la meta y la paz que sentía en medio de todo ese esfuerzo descomunal.

Hoy vi un video de 30 segundos de mi llegada. En mi cabeza fue un momento épico, a lo William Wallace o el rey Leónidas. Pero desde afuera parece otra cosa. Quizá le falte una cámara lenta, música incidental de John Williams, o un mejor actor. Pero siempre me gusta observar cómo se ve todo desde afuera. Los músculos tensándose, la pose del cuerpo, la espalda, la zancada. ¿Qué es más real, lo que pasa por mi cabeza o lo que se ve desde afuera? Probablemente la realidad sea sacar un promedio de ambas cosas.

Me siento muy orgulloso de esta carrera. A diferencia de una película que me hubiese gustado mucho, no puedo volver a verla. No se la puede volver a vivir. Está adentro, en los recuerdos. Podría volver a Río de Janeiro y hacer otros 42 km, pero está claro que jamás va a ser lo mismo. Estas imágenes, que no muestran lo que pasaba en mi cabeza sino lo que pasaba con mi cuerpo y mi entorno, son siempre una buena ayuda memoria para mí.

Semana 41: Día 284: De regreso en casa

Después de un largo viaje, estoy nuevamente en Argentina. Ha sido una larga travesía ayer incluyó taxi, colectivo, avión, tren… Por eso hoy no hay blog. Pero mañana retomaremos la programación habitual.

¡Hasta entonces!

Semana 41: Día 283: Los 42 km de la Maratón de Río de Janeiro

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Quizá no sea tan obvio, así que voy a aclarar esto: he corrido pocas maratones. Día veces la de la Ciudad de Buenos Aires y una vez la de Rosario. La de Atenas la hice por mi cuenta, así que no podría contarla.
He realizado entrenamientos de 45 km, y alguna vez he superado esa marca en calle. Tengo algo de experiencia, pero eso no quiere decir que no me ponga nervioso y no siga aprendiendo.
No tenía intenciones de correr la Maratón de Río de Janeiro. Iba a hacer la de Rosario y chau. Pero me separé y viajar a Brasil con mis amigos de Puma Runners cobró otro sentido. Como que me merecía un viaje así. Le regalé mi inscripción y mi pasaje a Rosario a una amiga y me sumé al desafío Carioca.
Es Brasil intenté hacer mi infalible sistema pre maratón. Muchos hidratos, poca fibra, hidratación a full. Pero las excursiones y paseos me complicaron el plan. Quizá participar de la carrera era una excusa para desconectarme de la rutina y reconectarme con mis compañeros de grupo. Igual, tenía muchas ganas de correr (y nada de ganas de sufrir).
La noche previa a la carrera dormimos 4 horas. Me levanté con los ojos pegados, cansado, pero feliz (en el fondo). Había preparado mis cosas antes de irme a dormir, así que solo me restaba vestirme, desayunar y salir.
Éramos 5: Germán (nuestro entrenador), Gloria (debutante en los 42k), Dora (hermana de Gloria y fotógrafa oficial), Leandro y yo. Sobornamos a un taxista para que nos lleve a todos y nos bajamos en Aterro do Flamengo, donde una serie de colectivos nos llevaban a la largada.
A diferencia de Buenos Aires o Rosario, el recorrido de Río no es circular, sino que iba casi en su totalidad por la costa, desde Praça do Pontal, en Recreio dos Bandeirantes hasta Aterro do Flamengo, atravesando muchos distritos como Barra da Tijuca, Leblon, Ipanema y Copacabana.
Nuestro micro salió 5:30 de la mañana y llegó una hora después, haciendo el recorrido inverso que nosotros íbamos a correr. Nos sacamos algunas fotos en la playa, me puse vaselina en mis partes pudendas y me comí un pan que tenía preparado.
Largamos puntual, a las 7:30, pasados quizás uno o dos minutos. Arranqué el GPS que me prestaron cuando pasé bajo el arco y empecé a correr.
Al principio dimos una vuelta de 3 km por un barrio residencial y volvimos a cruzar la llegada. Mi mejor pronóstico era terminar la maratón en 3 horas y 45 minutos. El poco sueño y el cansancio acumulado me daban bastante inseguridad de lograrlo. Pero estaba entusiasmado. Correr ene tanta gente estimula, así que empecé a pasar corredores y me coloqué en una velocidad cómoda de 4:42 el kilómetro. Si la podía mantener, tenía la carrera en el bolsillo… pero sabía que no iba a ser tan fácil.
La primera complicación fue el cinturón hidratador que me compré, que se subía todo el tiempo. Decidí sacarle la botella y llevarla en la mano. Después estaba en la duda de si ponerme o no la gorra. Hacía calor y no me la puse al principio, porque prefería ir fresco; pero el sol pegaba fuerte, así que terminé usándola.
Me sorprendía la energía que tenía, aunque no quería cantar victoria hasta no pasar el kilómetro 30. Brasil tiene un paisaje maravilloso para tener de fondo mientras uno hace deporte. Es un espectáculo en sí mismo. Corría mirando la playa, el mar, los cerros. Cuando escuchaba un acento argentino saludaba. Cada kilómetro estaba marcado, y había varios puestos de agua alternados cada tanto por Gatorade. Me llamó mucho la atención el sistema que usaban. El agua venía en vasitos de plástico con tapa como de yogur. La primera la abrí normalmente, a partir de la segunda las agujereaba con el dedo y tomaba por el hueco. El Gatorade venía en un sachet que había que abrir con los dientes.
Mantuve en ritmo estable toda la primera mitad de la carrera. En el km 21 había un batallón de baños químicos (¡y sin cola!), pero cono no tenía ganas de ir, lo dejé para más adelante.
Siempre mido las carreras por tramos, y pienso “ya pasé el primer cuarto… ya pasé la mitad…”, así que me entusiasmó estar en el kilómetro 21. Ahí nos alejamos un poco de la costa y subimos por una autopista.
La carrera seguía su curso, el calor era importante, pero me echaba agua en cada puesto, y tomaba siempre que podía… El tema es que siempre sentía sed. La boca pastosa, gusto raro… No puedo decir, de todos modos, que sucesor la hidratación.
En Leblon corrimos por una calle que bordeaba un acantilado, y hubiese disfrutado del paisaje si no me hubiese sentido a punto de morir. Habíamos pasado el kilómetro 30, unas marca importantísima en una maratón. Pero me dolía muchísimo la panza, y sentía que si no encontraba un baño literalmente iba a explotar. Pero… no había nada. En los puestos no entendían mis preguntas, o se encogían se hombros si preguntaba por un toilette. Hubo uno de la organización que se mató se risa y me dijo algo quite no entendí. Supuse que me ofrecía hacer donde quisiera y me lavara con mi agua. Hice que me reía y seguí.
El dolor era tan fuerte que dos veces tuve que parar. Era instantáneo: cuando me detenía, la molestia desaparecía. Hacía unos metros y sentía que me iba a desgraciar en cualquier instante. Quise meterme en unos arbustos y que sea lo que Dios quiera, pero si hacía eso me caía al precipicio. Hice lo mejor que se me ocurrió: apreté los dientes y seguí corriendo. Mágicamente, toda esa sensación espantosa desapareció.
Los últimos 10 km, bordeando las populosas playas de Ipanema y Copacabana, fueron eternos. Las piernas estaban a punto del calambre, y los dedos del pie izquierdo de me cerraban como una garra. No quise aflojar. El ritmo promedio había aumentado,y se había puesto en 4:56. Un poco más lento y me despedía de las 3 horas y media. Apreté y recé para resistir. No hablo mucho con Dios, excepto para pedirle favores. Lo sé.
Quería hacer buen tiempo, pero bajé mis expectativas a simplemente llegar. Faltando 5 km pensé “es una vuelta al hipódromo”. Uno suele medir con parámetros cercanos, y eso hacia parecer a esa distancia como menos inmensa.
Corrí con todas mis ganas, intentando racionar mi fuerza. Los calambres se asomaban y trataba de pisar lo mejor posible. Los dedos se agarrotaban, yo gritaba de dolor, y seguía. Mientras sufría, los relojes de la calle marcaban una temperatura de 30°.
Fui acortando kilómetros, hasta ver el 40. Ahí abrí la zancada, y me alimenté de los aplausos y el aliento de la gente. A más cerca de la meta, más público alentando.
Los retorcijones, los calambres y las inseguridades ya no estaban. Era solo cuestión de gastar todas las reservas en llegar. Los últimos metros metí un sprint furioso y crucé la meta con un grito demencial de “¡¡¡ESPARTAAAAAAAA!!!”. Paré el reloj en 3 horas 28 minutos.
Nada se compara a cruzar la línea llegada. Todo el sufrimiento y el dolor cobran sentido. De hecho, se olvidan. Me sentí tan feliz y tan emocionado, que cuando un corredor le propuso casamiento a su novia segundos después de cruzar la meta, se me llenaron los ojos de lágrimas.
No corrí esta maratón en mi mejor condición. Esa molestia estomacal la atribuyo a no haber seguido al por de la letra mi dieta maratonista y a no tener fortalecidas las abdominales. ¿Quién sabe cómo me hubiese ido de hacer descansado correctamente? Difícil saberlo, pero de la inmensa alegría de haber conquistado este triunfo inmenso, empiezo a pensar en todo lo que puedo aprender para mi próxima maratón…

Semana 41: Día 282: Perdidos en Río

Estoy tirado en un sillón, descansando las piernas y la planta de los pies, que me laten. Me duele la cabeza, y asumo que es una combinación de cansancio y de insolación. La maratón de Río me hizo sentir un pollo al espiedo.
Pero no puedo hablar de esta carrera sin detallar lo que fueron estos días en Brasil, en especial anoche.
Hice la dieta de la maratón, que consiste básicamente en tomar mucha agua, descansar, meter muchos hidratos de carbono y  eliminar el consumo de fibras. Lo hice a medias, porque en grupo y en otro país cuesta mucho. Hubo un poco de verduras en los días “prohibidos”, unos pochoclos después de caminar 12 km por la costa (para no desfallecer), y mucha playa.
Para complicarla, decidimos visitar el Decathlon de Río, ya que no podíamos dejar pasar la oportunidad. Lo que no sabíamos era que la tienda estaba muy lejos, que el colectivo que creíamos que nos llevaba nos dejó a 30 cuadras, que el chofer tenía el aire acondicionado en temperaturas bajo ver cuando afuera hayan 17° (y no se podían abrir las ventanillas)… Nos parecía que íbamos a tardar media hora y fue hora y media, hasta un shopping a 3 km del Decathlon.
Llegamos y nos envolvimos en un frenesí de compras. Yo pensé en la maratón y me hice de unos geles. También compré algunos regalos, y los chicos de los Puma Runners que visitaban la tienda por primera vez se equiparon por completo.
El tema se complicó al regresar, ya que no conseguíamos taxi. Un taxista que estaba con pasajeros aviso a la agencia por radio y nitra dijo que nos iba a mandar dos autos. Nunca vinieron. Terminamos llegando pasadas las once de la noche al departamento, con la cena pendiente y todas las cosas de la carrera sin ordenar. Por cómo estaba organizada la carrera, nos fuimos a dormir a las doce de la noche, sabiendo que nos teníamos que levantar a las 4:15 de la mañana.
En este contexto, me levanté molido. Emocionado pero molido. ¿Cómo podía encarar una maratón así? Mañana les cuento cómo lo hice… y cómo me fue.

Semana 41: Día 281: A madrugar para la maratón

Estoy tirado en la cama, a punto de dormir. Todas las cosas que dije que no hay que hacer antes de la carrera, las hice.
Nuestra desventura de esta noche merece un post aparte, titulado “Perdidos en Río”, y quizá mañana la cuente. Ahora a dormir, que tenemos que levantarnos a las 4:15. Hasta mañana.

Semana 40: Día 280: En sunga

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Hoy, bien de turista, fuimos al Cristo Redentor. En Brasil también es invierno, pero en termómetro marcó 28°.
Por supuesto que, después de sacarnos fotos con esa estatua inmensa, fuimos a la playa, específicamente a Copacabana. Arenas blancas, agua templada y sunga. Esta malla, que deja poco a la imaginación, nunca formó parte de mi guardarropas. De hecho, jamás me imaginé usándola. Pero muchas cosas cambiaron desde que empecé a cohechar mis prejuicios.
Principalmente mi cuerpo cambió. Quizá ahora quede como un ridículo, pero cada vez me importa menos, porque me gusta mi cuerpo y no me rodeo de gente que me critique. Me estoy divirtiendo mucho,y eso me incentiva a animarme a hacer cualquier cosa.
La maratón también es algo que hace unos años era impensado para mí. Y la idea de hacer cosas que me parecían imposibles o que me daban miedo se convirtió en un constante desafío que me gusta superar.
Hoy disfruté de mucho sol y de un mer espectacular. En Río las playas tienen instalaciones para hacer ejercicio, y aunque estoy muy conforme con mi cuerpo, me di cuenta de que dejé a la musculación en segundo plano. Por eso quiero volver al gimnasio apenas me instale en mi nuevo departamento.
Pero todavía tengo que terminar este viaje espectacular, y ver qué tal es esta ciudad corriendo 42 km en sus calles. Mañana queda el último día de descanso, y el domingo la maratón de Río de Janeiro.

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