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Semana 4: Día 27: ¿Cómo se lavan las zapatillas?

¿Alguna vez lavaron su calzado? Porque el corredor, por más que entrene en la ciudad, ensuciará sus llantas. El suelo es un rejunte de porquerías, y ni que hablar cuando participamos de una carrera de aventura y tenemos que atravesar barro, o agua. Sin ir más lejos, en el entrenamiento del miércoles, aunque el clima y la tierra estaban secos, había bastante polvo y eso se notó en las zapatillas.

Cuando me decidí a comprarme unas Asics lo hice incentivado por algunos compañeros de los Puma Runners, que las lavaban en el lavarropas y aunque se les agujereaban, su excelente terminación seguían manteniendo firme la pisada. Así que, después de alguna carrera de terreno barroso, las mandé a la lavadora. Después, las sequé al sol. Repetí esta acción tres veces hasta que, finalmente, las destrocé. Me resistí a pensar que había limitado su vida útil al meterlas al lavarropas. El siguiente par nunca lo lavé, y ahí siguen, estoicas y aguantando.

Si no podemos evitar ver nuestras zapatillas hechas una mugre, hay algunas cosas que podemos hacer. Primero y principal, aprender de la experiencia de un animal como yo y no meterlas en el lavarropas. Hay que limpiarlas a mano, usando un poco de jabón (puede ser en polvo o el blanco) en un cepillo, con agua fría. Aunque uno suele ignorarlo (a propósito), en la lengüeta suelen aparecer indicaciones sobre cómo lavar la prenda.

Después de lavarlas y enjuagarlas, hay que secarlas al sol si es invierno, a la sombra si es verano (ojo, a veces en esas recomendaciones de la lengüeta explican este paso). Nunca hay que acercarlas a una estufa u horno, ya que esto seguramente termine por deformarlas. Siempre es recomendable tener un calzado solo para entrenar y otro para el día a día. Así nos vamos a asegurar que tengan mayor vida útil. Hay quienes recomiendan, si las queremos meter en el lavarropas, envolverlas primero en una toalla, así evitamos que se golpeen o se friccionen demasiado. Entre tantas experiencias desafortunadas, tuve la de meter unas zapatillas en la lavadora y sacarlas después en partes, calzado por un lado, suelas por el otro. Y créanme que no existe adhesivo que las vuelva a unir.

Para los valientes que eligen no lavarlas nunca, por favor, un poco de desodorante para los pies. ¡El resto de los seres humanos que lo rodeen se lo van a agradecer!

Semana 47: Día 327: El running y el medio ambiente

Hay una constante, que no llega a ser una generalidad pero sí está muy conectado, y es hacer deporte al aire libre y cuidar el medio ambiente. Algo de esto explica por qué los mismos deportistas no ven con buenos ojos algunas prácticas, como las carreras con vehículos impulsados con hidrocarburos, por la emanación de gases.

En el caso particular del running, veo con buenos ojos cómo los corredores son conscientes del otro y el lugar que los rodea, y tienen la sana costumbre de no contaminar. En cualquier ámbito producimos basura, con alarmante velocidad. Basta con ver qué tan rápido llenamos la bolsa de basura en casa. En los Puma Runners no somos excepción, y siempre generamos espontáneamente botellas de plástico vacías, envoltorios de golosinas, corazones de manzanas, cáscaras de bananas, y un sin fin de cosas que no tienen mucho uso (y por eso les llamamos “desperdicios”). Por suerte en la plaza donde entrenamos y elongamos hay tachos de basura, y más de uno, como para poder elegir el más cercano.

De chiquito me inculcaron no ensuciar la calle. Recuerdo ir de la mano de mi abuela, paseando por el barrio de San Martín. Estaba de visita mi tío abuelo, Amador, dueño de un supermercado en Mendoza. Mientras caminábamos bajo la sombra de los árboles, él nos detuvo en seco, y señaló el suelo. “¡Cuánta porquería que tira la gente en la vereda! Si cada uno se guardase sus papelitos y los tirase en su casa, las calles estarían limpias”. Su lógica me resultó incuestionable, y le debo a ese hombre mi despertar ecológico. Realmente, ¿la solución no es que cada uno se haga cargo de su basura? Desde entonces me guardo cualquier papelito en el bolsillo, y me deshago de ellos en mi casa o en los miles de tachos que hay por toda la ciudad. Intento, además, inculcarle esto mismo que aprendí a otras personas, con diversos grados de éxito. Yo respetaba mucho a Amador, quizá si me hubiese hablado bien de la medicina con la misma vehemencia, hoy sería doctor. Por ahí eso explica que yo no tenga el mismo impacto.

En las carreras, me incomoda un poco llegar a los puestos de hidratación y ver que los corredores tiran las botellas o los vasos al piso, una vez que ya tomaron. Me tranquiliza pensar que la organización se encarga de limpiar todo, pero sé que los que vienen atrás se tienen que topar con la basura que generan los de adelante. Entonces intento encontrar un tacho en el camino, o arrojar los desperdicios donde no molesten, pero que tampoco queden escondidos y lo pasen por alto durante la limpieza.

Siempre creí que todos los corredores eran responsables con el medio ambiente. No por nada necesitamos respirar aire puro para poder correr mejor, y no queremos andar saltando o esquivando basura. Las carreras de aventura son en la naturaleza, y la gran mayoría preferimos recorrerla intacta, con el mínimo de influencia del hombre. Pero hace poco comprobé un acto de desinterés por el prójimo. Estábamos haciendo cuestas en las escaleras de Martín y Omar, una calle de Zona Norte. 70 escalones fatales, ideal para prepararnos para la Merrell Pinamar. Entonces llegó el puntero de otro grupo de entrenamiento, con una botellita en la mano. Mientras subía, tomó el último sorbo y arrojó el recipiente a un costado, en una cantera con pasto y plantas. Con la misma despreocupación que en una carrera, como si aquí también viniese alguien atrás a limpiar. Nos sorprendió a todos, no podíamos entender esa falta de consideración (yo nunca llegaría donde está entrenando otro grupo y les tiraría basura a un costado). Alguien le hizo una observación, del tipo “Che, se te cayó la botella”, y este ser humano devolvió una mirada de pocos amigos y gruñó algo que parecía klingon.

Desafortunadamente abunda la gente a la que no le interesa mantener la limpieza, o que no quiere hacerse cargo de su propia basura, o que nació en cuna de oro y cree que siempre llega alguien de una casta inferior a hacerse cargo del orden. Afortunadamente también abundan los que cuidan los espacios comunes, y conscientemente o automáticamente, intentan no ensuciar.

A nadie le gusta vivir en medio de la mugre, y nos quejamos (con razón) cuando una zona pública está sucia. Si cada uno pudiese hacerse cargo de lo propio, como me dijo Amador hace más de 20 años, no tendríamos muchos motivos para quejarnos. Pero de algo estoy convencido: lo que yo hago hace una diferencia. Chiquita quizá, pero me doy cuenta de la cantidad de basura que genero en un día, que si eso está en la calle y no en el tacho de mi casa, se nota. Y si mantenemos la cadena y vamos haciéndonos cargo del desorden propio, cada día vamos a poder correr en lugares más limpios.

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