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Semana 12: Día 83: La Misión 2012, en imágenes

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Hasta ahora hubo muchas palabras (bastantes) sobre esta carrera. Posiblemente nada le haga justicia, porque por más que nos interioricemos y leamos y escuchemos historias, nada se le va a comparar a vivirlo.

En un almuerzo el sábado, cuando ya todos habíamos vuelto (los que cortamos antes y los que cruzaron la meta), nos pusimos a charlar de todas las cosas que pasamos en la montaña y perdidos en los bosques. Muchas situaciones, sacadas de contexto, serían nuestro boleto de ida al manicomio. Uno se vuelve místico, se entrega a la voluntad de entidades superiores o de seres queridos que ya no están. Se escuchan voces, se ven cosas que no deberían estar ahí. La vista engaña, el oído también… incluso la nariz, porque yo olía fogatas que anticipaban un inexistente puesto de control. La mente nos juega muchas bromas cuando estamos agotados o cuando deseamos fervorosamente que algo pase.

Pero igual podría intentar acercar un poco más La Misión a quien no la haya vivido, o para quienes quieran saber un poco más lo que fue. Este video tampoco le hace justicia a este ultra trail, sobre todo porque filman a los punteros que andan corriendo sin bastones (y que bueno, ¡andan corriendo!). No se dejen engañar por el estado físico de los primeros 20. La montaña da pocas oportunidades para fanfarronear…

Y aquí algunas fotos más de nuestras propias vivencias…

Semana 12: Día 82: La Misión 2012, tercera parte

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Con llovizna, frío y sueño, deambulábamos por los senderos del cañaveral. Si existía la posibilidad de dormir, la queríamos aprovechar. Caminando, luego de nuestro torpe intento de tirar la bolsa de dormir en una pendiente sobre la que nos patinábamos, vimos una zona bien llana y nos adentramos ahí.

Decidimos utilizar todo nuestro conocimiento de supervivencia, y con las capas de lluvia, un tronco y nuestros bastones, armamos unos techos de lujo. Desenrollamos aislante, bolsa de dormir y saco vivac debajo, y orgullosos por nuestro ingenio, seguimos durmiendo. Unos 12 o 13 minutos, que fue lo que le tomó a las capas acumular la lluvia. Intentamos que el techo estuviese en pendiente, y ahí sí nos pudimos dedicar a dormir. 5 minutos, aproximadamente, ya que las capuchas de las capas se empezaron a llenar de agua. Quise empujarlas hacia arriba para vaciarlas, y un baldazo de agua cayó por mi brazo. El agua empezó a mojar todo, los bastones se soltaron, y de pronto ocurrió la peor pesadilla de cualquier aventurero en medio de la naturaleza: se había mojado la bolsa de dormir. No hay forma de secarla, es algo realmente malo, muy malo.

Desesperados, guardamos todo, intentando separar lo seco de lo mojado. Vicky perdió su guante izquierdo, así que le di el mío. Estar mojado y con frío es una mala combinación.

Supongo que nuestro sentido común nos indicó que para entrar en calor lo mejor era seguir caminando. Los cuadraditos refractantes nos seguían indicando hacia dónde ir, en medio de la oscura noche. De vez en cuando nos desorientábamos y volvíamos a la última marca. A veces el sendero, donde no había pasto ni arbustos, nos servía para encarar correctamente.

Nos cruzamos con montones de ríos. Al principio intentábamos pasar por encima de piedras y troncos. Estábamos bastante mojados, pero la temperatura de las gotas de lluvia no se comparaba a esas heladas masas de agua. Las distancias a cruzar eran de dos, tres metros. Mientras más avanzábamos, los ríos eran más anchos. Probablemente la lluvia los estaba haciendo crecer.

En un cruce, cuando parecía no haber más opción que mojarse (y congelarse) me harté y decidí buscar un camino alternativo. No lo encontré, así que agarré un pesado tronco y lo arrastré hasta el borde. Levanté la pesada carga con todas mis fuerzas y la arrojé al agua, pensando en mi inocencia que estaba creando un sólido puente. La corriente se llevó el tronco como si le hubiese arrojado una balsa. Así se iban nuestras esperanzas de mantenernos lo más secos y calientes posibles.

Tímidamente le pregunté a Vicky si consideraba la posibilidad de seguir hasta la meta. Habíamos pasado por tanto… frío, lluvia, cansancio, dolores, sueño, hambre… ¿Algo podía ser peor que todo eso? Ella lo pensó unos segundos y dijo que podía ser. Lo mejor era llegar hasta el Camp 2 y evaluarlo ahí. Era nuestro objetivo, tanto para abandonar como para un objetivo intermedio antes de continuar. Se renovaban las esperanzas de que Vicky terminase su primera Misión. Eso me entusiasmaba y mucho.
Caminamos por horas, y la lluvia no se detuvo ni un segundo, aunque de a poco iba menguando. Pero todo en lo que pensábamos era avanzar hasta el próximo puesto de control. Como dije antes, cada río era más ancho que el anterior. Cuando llegamos al Arroyo Minero, era como cruzar la 9 de julio de agua. Una cuerda cruzaba de lado a lado, y en la otra orilla vimos el humo de una fogata. Un patrulla nos hizo señas con su linterna, y tomados de la soga cruzamos al otro lado, con el agua helada hasta las rodillas. El frío dolía como si nos estuviesen clavando miles de agujas en los pies.

Dimos el presente y nos acercamos al fogón. Varias personas estaban a su alrededor, secándose y dándose calor. La lluvia había cesado. Me saqué la mochila y la capa, y dije en voz alta: “Buenas, ¿hay un lugar para dos corredores mojados?”. Silencio. Me pregunté si esa gente era producto de mi imaginación y que por eso no respondían. Molesto me acerqué y dije, todavía más fuerte: “¿A ver si hacen un lugar para dos corredores que acaban de llegar?”. De mala gana se abrieron un poco, como para que Vicky y yo nos acercásemos al fuego. El agua en nuestras ropas se empezó a evaporar en una nube. Parecía que nos estábamos asando en nuestro jugo. Otros estaban sentados en el suelo, alguno tirado con su bolsa de dormir. Había zapatillas cerca de las brasas, medias, guantes. Vicky dijo “Cuidado que somos todos inflamables”, pero los presentes parecían perdidos, como zombies, tiritando. Empezaba a amanecer, de a poco. La cima del Piedritas, el siguiente cerro que teníamos que cruzar, estaba a punto de ser invadido por una nube baja.

“Eso es nevisca”, dijo el patrulla. Changos.

Una zapatilla, un par de guantes, un saco vivac con su bolsa de dormir y una mochila. Esas cosas las vi quemándose, una atrás de la otra. Al parecer las advertencias a sus dueños caían en saco roto, porque se negaban a aceptar que estaban destruyendo su propio equipo con el fuego. Secarse y darse calor era más importante. El humo nos envolvía y nos hacía llorar los ojos, pero también preferíamos secarnos. Con cautela acercamos nuestros guantes, zapatillas, pantalones, camperas… nuestras prendas quedaban ahumadas, pero nunca terminaban de secarse del todo.

El patrulla empezó a dar consejos. Dijo que el O’Connor era lo más difícil, y que si habíamos hecho eso, el Piedritas era un trámite. Las nubes bajas en la cima indicaban nevisca, así que había que abrigarse bien. Todavía teníamos que cruzar el Arroyo Minero por segunda vez, y en esa parte era más profunda todavía. Quedaba un puesto más donde calentarse antes de seguir.

Yo me dormía, mientras el sol salía por detrás del cielo nublado. Quería secarme las medias y descansar. Saqué mi bolsa de dormir, aunque estaba mojada, y mi saco vivac. Me quité las medias mojadas y me metí adentro. Me tapé todo e intenté dormir. A la media hora Vicky me despertó, con un mensaje espantoso: “Amor, llueve y en un rato va a empezar a nevar. Tenemos que seguir”. Ya casi no quedaba nadie, el fuego se había extinguido en un montón de brasas, y cuando salí de la bolsa me golpeó el frío y empecé a temblar incontrolablemente. Me abrigué lo más rápido que pude, pero uno pierde la motricidad fina, y cosas supuestamente sencillas como atarse las zapatillas y engancharle las polainas se vuelve una tarea complicadísima.

El patrulla nos ofreció una galletita Frutigran y la devoré gustoso. Me quedaba poca comida, teníamos que llegar al Camp 2 para reabastecernos. Emprendimos el camino, ya de día, pero con lluvia. Vicky avanzaba lento por su rodilla, a lo que se le sumaba dolor en la uña de su dedo gordo. Cuando escuchábamos a alguien detrás nuestro nos hacíamos a un costado, para dejarlos pasar. Caminamos sobre barro y ceniza, subiendo y bajando. La lluvia paró, y mientras estábamos en una pendiente, vimos desde arriba lo que parecía ser una chacra pequeña. “Debe ser el puesto de control” dije, esperanzado. Pero no podíamos saberlo. Las marcas del camino, sin embargo, nos dirigían directamente ahí.

Esta tapera tenía un perro, un paisano, y varios corredores alrededor de una salamandra, calentándose. Nos ofrecieron agua caliente, pero no teníamos ni sopas ni tés ni nada. Una chica nos ofreció un poco de mate cocido de su jarro metálico. Fue un elixir divino. Corredores iban y venían, y el patrulla de ese puesto los acompañaba hasta la orilla del nuevo cruce. Nos adelantó que el agua nos iba a llegar por encima de las rodillas (a Vicky un poco más). Bajo techo era otra cosa, y la salamandra vino muy bien para terminar de secar mis guantes. Vicky encontró el que le faltaba, y mis manos quedaron nuevamente protegidas contra el frío.

Por un instante, dejé de lado mi veganismo. Alguien había dejado olvidado una barra de chocolate Águila. Imposible decir si tenía leche o no, pero doy fe que no era amargo. Tampoco estaba el paquete como para leer los ingredientes. Pero estaba muy cansado, tenía casi nada de comida, y esa era una oportunidad que la divina providencia me daba para recuperar energía. Lo pensé un poco y, con disimulo, cuando no había nadie, me la devoré.

Ya un poco más secos, cargamos agua en un arroyito y enfilamos hacia el temible arroyo Minero. Vicky fue muy astuta, y lo cruzó con calzas cortas. Yo me arremangué. Del otro lado nos secamos las piernas, ella se puso los largos, y listo. Aunque teníamos los pies congelados y empapados, podría haber sido peor. Un corredor, que demostró ser un demente, cruzó el río aferrándose de la cuerda. Vino hasta mí, sacó su cámara, y me preguntó si lo podía filmar cruzando. “Pero acaba de cruzar”, pensé. El valiente hombre volvió hasta la mitad del Minero, lo enfoqué, y capturé mientras avanzaba por las heladas aguas hasta llegar a la orilla. Todo sea por la fiabilidad de los documentales.
De este lado del río comenzaba el ascenso al Piedritas. Nos habían adelantado que nos iba a tomar 5 horas cruzarlo de lado a lado. Con paciencia empezamos a trepar. Era increíblemente empinado y agotador. Nos desabrigamos un poco, ya que el sol asomaba de tanto en tanto y el ejercicio nos hacía entrar en calor. También descansábamos luego de varios metros. Quise contabilizar esos supuestos 10 km que teníamos para superar el cerro, pero a los 2,5 km se me agotó la batería del reloj. Buuu.

Los sinuosos caminos no dejaban de subir, y aunque era agotador, Vicky lo prefería a las bajadas, que le hacían doler la rodilla y ver las estrellas. La vegetación empezó a mermar, señal de que el filo estaba cerca. El viento empezó a soplar fuerte, y nos volvimos a abrigar. Estábamos exhaustos, con una hora y media de sueño encima (con suerte). Un patrulla en un puesto nos dijo que nos quedaba media hora hasta la cima. No le creímos (hicimos bien).

Sé que me quejé de los que dejaban basura tirada por el camino, por eso me sentí muy tonto cuando me enganché una botella de Powerade (¡que intentaba hacer durar!) a la cintura, y en un momento, sin darme cuenta, perdí en el bosque.

Llegamos al filo e identificamos el por qué del nombre del cerro: piedritas por todos lados, en un paisaje sin vida y desolador. Solo algunas plantitas pequeñas sobrevivían en ese clima. La cima estaba a unos 1800 metros. Cuando nos faltaban 100 para llegar arriba, el viento empezó a soplar con muchas, muchas ganas. Caminábamos a 45 grados, intentando avanzar en el suelo pedregoso y lleno de ceniza. Mientras más subíamos, más sentíamos el frío. Pensé en toda mi inocencia que enseguida íbamos a bajar, pero tuvimos un kilómetro de caminata sobre el filo, congelados (caminábamos por manchones de hielo). Iba muy pegado a Vicky, como para manotearla si salía volando. A lo lejos veíamos a un corredor con casco naranja, a quien envidiábamos porque ya parecía haber superado todo esto.

Luego de una caminata incesante en ese infierno helado, empezamos a bajar. Vicky no podía más. Estaba agotada y congelada. Parecía que había perdido toda su esencia vital. Me asusté mucho. Lloraba a cada paso, y la única opción era seguir caminando. Posiblemente haya tenido un principio de hipotermia. Solo el perro de un vaqueano que cazaba lagartijas (el perro, no el vaqueano) le levantó el ánimo y la despertó. El alma le volvió al cuerpo, asociando a esa mascota con nuestro caniche, que nos esperaba en casa. Cada uno tiene su sistema (y sus afectos) para sacar fuerzas.

Pero igual Vicky estaba agotada, y en un momento se quedó parada en el medio del sendero. “No puedo más” me decía, mientras las lágrimas le caían por su rostro. La desesperanza que sentía en ese momento era abrumadora. Me sentía tan responsable por toda esa situación. Pensaba que si no la hubiese apurado al principio quizá no se hubiese lesionado. O que tendría que haberla convencido de abandonar en lugar de seguir. Intentaba no quemarme la cabeza, pero después de todos esos días, en esos climas extremos, lo que te saca adelante es la fuerza de voluntad. Y no es una fuente inagotable.

Tomé a Vicky del brazo y fuimos avanzando de a poquito, como dos viejitos que pasean por el parque. A lo lejos, ese casco naranja nos seguía sacando ventaja. Con el correr de los minutos, habiendo dejado el frío atrás, empezamos a movernos con más facilidad. La bajada del Piedritas fue realmente eterna. Veíamos debajo ríos y árboles. Ver los pinos desde arriba era una mala señal, porque significaba que faltaba mucho para llegar al nivel del suelo. En un punto alcanzamos al casco naranja: era una corredora venezolana que parecía sonámbula. Estaba tanto o más cansada que nosotros, con la mirada perdida. La pasamos y nos íbamos alternando: a veces nosotros nos convertíamos en zombis y ella nos pasaba.

En un momento, lo confesé. “No puedo más”, dije, y me senté a un costado del camino. Me tiré hacia atrás, apoyado en mi mochila, y me quedé dormido. Fueron segundos, pero bastaba con cerrar los ojos y estar más o menos desparramado en el piso para que el sueño me invadiese. Vicky era quien ahora llevaba la batuta y me pidió de incorporarnos y seguir. Estaba absolutamente fastidiado. Los pies me dolían y sentía que mis zapatillas estaban llenas de agua congelada, a pesar de que hacía muchas horas que habíamos cruzado el último río. Ya volveré a esta extraña sensación más adelante.

El camino bajaba y bajaba. Los dedos del pie eran un solo dolor punzante. Llegamos a un camino de tierra, señal de que la bajada había finalizado. Pero era en apariencia, porque las calles seguían bajando. Esto seguramente era imperceptible o poco importante para cualquiera, pero en el estado en que estaba lo sentía y era una tortura. Si antes dudábamos y teníamos esperanzas, ahora la cosa había cambiado mucho. No teníamos dudas de que lo mejor era abandonar en el Camp 2. Casi no podía caminar, y le pedí disculpas a Vicky por las veces que la subestimé cuando ella me dijo “No doy más”. Aprendí finalmente lo que era esforzarte y encontrar el límite físico. Las piernas estaban en automático, las reservas de energía al 5% y cayendo rápidamente. No sé cómo podríamos haber hecho para seguir. Pero un auto se detuvo a nuestro lado y una pareja de mediana edad nos ofreció llevarnos a donde quisiéramos. Nos faltaban 5 cuadras para el puesto de control, pero no sé si podría haberlas hecho caminando o si iba a llegar arrastrándome. Fue una bendición.

Fueron 500 metros, pero la bondad de esos extraños (que no tenían ni idea de que existía una carrera llamada La Misión) me devolvió el alma al cuerpo. Llegamos al campamento, y cuando bajamos del auto la gente de organización nos miraba extrañada. Supongo que no ven muy seguido a un par de corredores haciendo “trampa” tan descaradamente. En el puesto dijimos “Hola, somos dos autoevacuados”. Confirmamos que abandonábamos. Fueron 112 kilómetros en unas 52 horas, habiendo dormido casi nada. Estábamos orgullosos, y más seguros que nunca de que no podíamos hacer ni 100 metros más.

Nos dieron nuestra bolsa con comida, y me devoré la barra de cereal, las pasas de uva con chocolate, y el powerade. Tenía también medias secas, y me las puse. Mis pies parecían estar bien… excepto que seguía sintiendo que estaba pisando agua helada. ¿Alguna consecuencia a nivel de las terminaciones nerviosas? Todavía no lo sé.
La organización nos dio dos opciones para volver a Villa La Angostura. Tomar una traffic gratuita o un remís a nuestro cargo. El tema era que la combi se tenía que llenar de corredores que abandonasen, y nosotros éramos los primeros. Le calculaban unas tres horas para poder salir (eran las 4 de la tarde). El auto particular costaba 300 pesos. Creo que no lo dudé, había pocas cosas que quisiese más en ese momento que estar en la cabaña, secos, con nuestros compañeros de equipo.

Nuestro regreso fue tranquilo, durmiéndonos en el auto. Cuando podíamos mantenernos despiertos, el chofer nos contaba historias de Traful y Villa La Angostura antes de la erupción del volcán. Pasamos junto a muchos valientes corredores que seguían en carrera, dispuestos a ascender el último cerro, el Buol. Llegamos a la cabaña, nos recibieron nuestros amigos con mucha alegría. Estábamos muy contentos de no volver a pasar frío ni estar mojados. Apenas empezamos a escuchar cómo era el terreno que seguía, nos alegró haber abandonado. La última subida era tan empinada que una parte había que hacerla trepando con una soga. El viento era terrible, y además había que atravesar como 20 veces un mismo río. Realmente no nos quedaba nada para seguir y enfrentar todo eso. Para despejar cualquier duda, el resto del día viernes y el sábado llovió constantemente.

Con Vicky odiamos profundamente esta carrera y lo mal que la pasamos. Por supuesto que queremos volver a hacerla y completarla. Ahora tenemos experiencia, sabemos qué cosas funcionaron y qué no. Si se repite Villa La Angostura en 2013 (ojalá) es difícil que hagan el mismo recorrido, pero seguro que van a repetir más de un cerro. Sabemos que el abrigo en nuestras manos fue muy pobre, así que tendríamos que comprar guantes de nieve. Las capas de lluvia anduvieron muy bien, pero como techos para la lluvia fueron una pésima idea. Los terminamos tirando, porque se fueron cortando en tiritas mientras caminábamos entre arbustos y cañas. La comida estuvo muy bien calculada, mi error fue comerme casi todo el día anterior a abandonar, en Tapera Linda, cuando pensé que abandonábamos. El esfuerzo es tan grande que apenas terminás querés comerte absolutamente todo. Me pasó en ese momento y también cuando finalmente llegamos a la cabaña y seguí comiendo como si mi vida dependiese de eso.
Vamos a estudiar la posibilidad de llevar una carpa y poder dormir ahí. No sé si es normal que haya habido tanta lluvia, pero un techo nos puede proteger del viento y podemos acampar en cualquier lugar, independientemente de las condiciones del clima. Los anteojos que llevé fueron la mejor inversión que hice. Fueron una barrera para la ceniza, la nevisca y el agua.

Esa sensación de pisar agua fría adentro de la zapatilla perduró un día más. Hoy ya no lo siento, pero me llamó mucho la atención lo que duró. Después de tanto río y tanto frío, realmente no quiero volver a sentir eso.

El día de la largada fue 12/12/12. Salimos a la hora 12, y mi número de corredor fue el 12. Pensé que eso me iba a dar suerte, y un poco me desilusionó no haber podido terminar. Más que nada porque me gustan las coincidencias numéricas, y no entendía bien por qué eso no había llegado a nada. Pero después nos enteramos de que el segundo campamento, al que nos costó horrores llegar y por el que tuvimos que atravesar las situaciones más difíciles de nuestras vidas, estaba ubicado exactamente en el kilómetro 112 de La Misión. Así que quién sabe, quizás sí hubo alguna influencia numerológica que nos permitió llegar hasta ese punto, habiendo pasado por alguno de los momentos más difíciles de nuestras vidas.

No debemos ser muchos los que la pasamos tan mal y usamos eso de motivación para volver a intentarlo. ¿Pero qué sería de la vida sin tener objetivos por cumplir?

Semana 12: Día 81: La Misión 2012, segunda parte

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Estábamos junto a la fogata, en el Corral Redondo, ubicado en el kilómetro 45 del recorrido de La Misión. A nuestro alrededor, montones de corredores dormitaban en sus bolsas de dormir.

“Bajó una nube en el filo del O’Connor, así que hay poca visibilidad y hay mucho viento. Van a salir en grupos de no menos de tres personas”, decía la “Peti”, coordinadora de ese puesto de control. Era la 1 de la mañana, y todavía teníamos mucha energía. Nos pareció que lo mejor era seguir hasta la primera Cantina, donde nos esperaba nuestra comida. Cuando anunciamos que seríamos los siguientes en subir, aparecieron Daniel, Lorena y Mariano, nuestros compañeros de Puma Runners. Venían juntos y decidieron tirarse a dormir para enfrentar el cerro de día. Ellos hicieron bien, nosotros… no tanto.

Nuestro equipo consistía de Vicky y yo, más Gonzalo y Gonzalo. Estos dos tocayos se comprometieron a esperarnos. La subida era una verdadera trepada, muy inclinada, y por un pasillo de vegetación muy angosto. La Peti nos deseó suerte, y nos adelantó que tardaríamos unas cuatro horas para atravesar todo el O’Connor. Los Gonzalos iban en la delantera y yo cuidaba la retaguardia. Vicky subía a nuestro ritmo, y de tanto en tanto pedía un minuto de descanso. Nos desabrigamos un poco porque el esfuerzo de esa terrible cuesta nos hacía transpirar.

Era una noche oscura, sin luna, así que no podíamos ver del todo qué nos esperaba más arriba. A veces se veían las luces de grupos que habían subido antes que nosotros. Eran como estrellitas en el cielo que se iban moviendo. Cuando la vegetación empezó a menguar, nos dimos cuenta que estábamos a punto de cruzar el filo. Nos volvimos a abrigar, y para no volver a sufrir el frío del Cerro Bayo, nos pusimos medias de lana por encima de los guantes. Los árboles y arbustos desaparecieron y solo quedaba un suelo árido, arenoso, con algunas piedras filosas. El viento soplaba con fuerza y se te congelaban los huesos hasta la médula. Las manos estaban entumecidas, y me preguntaba cómo me sentiría sin esas medias haciendo de mitones.

Esta fue la primera vez que tuve miedo en serio. Se veía muy poco, solo lo que iluminaban las liternas frontales, pero era suficiente para ver que nos estábamos jugando la vida. Las cuestas estaban llenas de ceniza, y cada dos pasos que dábamos hacíamos nos deslizábamos uno para atrás. Esto era pura y exclusivamente apretar los dientes ya vanzar. Yo, desde atrás de la fila india, no le quitaba los ojos a los (hermosos) talones de Vicky. No quería mirar otra cosa, solo dónde tenía que pisar. Los bastones eran de gran ayuda, pero ese terreno de rocas y ceniza (que parecía arena) ofrecían poca amortiguación ante una eventual caída. O sea, un tropezón y te tenían que bajar desde ahí arriba entablillado y en camilla.

Hasta ese momento, las advertencias de la Peti me parecían una exageración. Estaba bueno ir en grupo, pero la visibilidad estaba reducida por la noche y nada más. Quizá la nube se había ido. Después de todo, en la charla técnica, nos habían prometido que era más fácil cruzar los filos de noche porque había menos viento. Pero a medida que trepábamos esas cuestas pedregosas, el frío iba en aumento. Por respirar dentro del cuello polar, más de una vez, se me empañaban los lentes de seguridad. Por eso no me di cuenta cuando efectivamente la nube empezó a limitar la vista. En mi inocencia me limpiaba los cristales buscando ver mejor. Pero cada metro que subíamos, la vista se reducía más y más.

La Misión dejó de ser una carrera de orientación para ser un ultra trail marcado. Los superhombres adictos a los desafíos y que no conocen de humildad se han quejado de esto, asumiendo que esta competencia se está volviendo masiva y comercial. Pero subestimar este enorme desafío es una tontería. Lo digo ahora, en mitad de mi relato: jamás en mi vida me había enfrentado a una prueba tan dura y extenuante como esta.

A pesar de que el camino estaba marcado con círculos rojos en las piedras o banderines, en el filo del Cerro O’Connor estábamos completamente perdidos. Los cuadraditos refractantes, absolutamente escatimados por la organización, era lo único que se podía ver a cierta distancia. Pero como los alternaban con otro tipo de marcas, no podíamos avanzar sin mucha seguridad. En un clima tan hostil como esos ventarrones helados, sin ningún reparo, con las piedras filosas amenazándote, era muy tenso no saber por dónde seguir. En el bosque casi siempre hay un sendero, además de marcas de otros corredores que ya pasaron por ahí, pero el viento suele borrar las huellas, y la oscuridad de la noche no permite ver demasiado.

Cuando alcanzábamos una marca le gritábamos al resto, y empezábamos a separarnos para buscar la siguiente. Cuando aparecía un cuadradito refractante era fácil, pero los círculos rojos pintados en las rocas solo se veían cuando les pasaba por encima. A tientas fuimos de marca en marca, mientras el cielo empezaba a aclarar poco a poco. La mañana empezó a salir mientras todavía estábamos intentando bajar de ese filo. Fue un alivio poder apagar la linterna y encontrar un camino bien señalado para huir de ese infierno gélido.

De a poco la bajada fue adquiriendo más vegetación. Habíamos ascendido casi mil metros, y ahora los teníamos que bajar, tan empinado como antes. El descenso era muy inclinado, con el suelo cubierto de ceniza (bueno, ¿qué no estaba cubierto de ceniza?). Era una tentación tirarse a correr, pero los Gonzalos estaban cansados y agarrotados, así que íbamos lento. Excepto Vicky, que nos empezó a sacar ventaja. Le pedí un par de veces que nos esperara, pero podía entender su ansiedad. Después de estar toda la noche en el O’Connor, muertos de frío y miedo, queríamos llegar hasta la Cantina, desayunar algo caliente y descansar. En ese camino zigzagueante que bajaba, nos fuimos separando de los Gonzalos, que nos decían que vayamos a nuestro ritmo y no nos preocupásemos por ellos. En algún punto, Vicky se quejó de su rodilla.

Una bajada interminable puede parecer que es una bendición, pero se trata de una verdadera pesadilla. Hay que tener mucho cuidado, porque las rodillas se resienten mucho. A mí me empezaban a doler, pero no había mucho que hacer. Era seguir avanzando hasta la seguridad de la Cantina. Cuando tenés todos esos metros en bajada, el esfuerzo se vuelve demasiado y todo se transforma en un tedio. No llegábamos más.

Los senderos del bosque dieron lugar a calles de tierra y finalmente casas y signos de civilización. El día parecía que iba a estar despejado, y realmente nos lo merecíamos después de la lluvia y el frío. Llegamos a la ruta, vimos a otros corredores yendo y viniendo, y en el km 58 finalmente llegamos al Camp 1, o la “Cantina”, donde nos esperaban las bolsas que habíamos dejado con nuestra comida.

Primero que nada nos pidieron mostrar nuestra bolsa de dormir y saco vivac. En nuestras narices, un corredor fue descalificado por estar en medio de la carrera sin esos elementos de supervivencia. Un momento muy tenso, pero era lo justo. Nos convidaron mate cocido caliente y nos dieron agua caliente, con el que me hice un cous cous con pasas de uva. Aunque nos la pasamos comiendo todo el camino, estaba hambriento.

Estábamos muertos de frío, aunque no había viento. Nos ofrecieron tirarnos adentro de una gran carpa comunitaria, pero preferimos ir afuera, al sol que calentaba cada vez más. Vicky decidió tirarse a descansar y me pidió que la despertase en una hora, mientras yo iba a llenar las caramañolas de agua. Como no tengo un reloj despertador, me pareció que la única opción de que la despertase a las 9 de la mañana era no dormir. Me quedé organizando el equipo, y la dejé soñar 20 minutos extra.

Empezamos a prepararnos para partir, y la rodilla le dolía cada vez más. Esto empezaba a preocuparme. Nos esperaba un trayecto de 8 km por la banquina, y arrancamos haciendo cambios de ritmo. No duramos mucho, porque el dolor de Vicky se estaba volviendo un problema. A mí la espalda me estaba matando, por la tensión de llevar la mochila. Aprovechamos cuando debíamos girar y abandonar la ruta para adentrarnos en el bosque, y nos pusimos parches de diclofenac. Avanzábamos mirando las marcas, a paso tranquilo, pero las bajadas eran una tortura para ella. Sabíamos que todo el día iba a ser así, de puro bosque.

Uno de los patrulleros la vio a Vicky, le revisó la rodilla, y le sugirió abandonar. Si quería seguir, tenía que ir hasta el siguiente puesto, hasta la Tapera Linda (su nombre es simbólico). Trepábamos troncos, cruzábamos ríos. Así, por 11 kilómetros, hasta que en la susodicha Tapera, un guía poco amigable nos dijo que debíamos abandonar, que lo que venía después era mucho peor y que con la rodilla así, Vicky no iba a poder seguir. Esto la derrumbó y rompió en llanto. Realmente quería terminar esta carrera. “Era nuestro sueño” me decía, y mi corazón se hacía añicos. Charlé con ella para asegurarme de que estuviese segura. Ya llevábamos más de un día de carrera, yo no había dormido y no confiaba del todo en mis sentidos, pero me importaba más que ella pudiese llegar a la meta antes que yo.

Pero no había plan de evacuación. No había helicóptero, ni vehículo que nos sacase de ahí. Lo que el patrulla nos dijo sonaba ridículo: teníamos que volver sobre nuestros pasos y caminar 12 kilómetros hasta volver a la ruta. Ahí nos podían levantar con un auto. Si le sugerían no seguir en carrera por su rodilla, ¿cómo le decían que salga de ahí sola, si justamente le costaban las bajadas? ¿Y cómo esperaban que volviésemos a contramano de los otros corredores? No solo los íbamos a estorbar y posiblemente confundir, ¡sino que las marcas estaban preparadas para indicar el camino en un sentido, no en ambos! Ante esta situación que se nos hizo ridícula, decidimos avanzar. El Camp 2 estaba a 30 km de ahí, entre volver y seguir, no parecía haber mucha diferencia. Por suerte con Vicky estuvimos absolutamente de acuerdo en este punto. La otra opción que nos dio el patrulla era quedarnos a dormir (¡recién eran las 6 de la tarde!) y que al día siguiente ella fuese a caballo hasta Traful, donde la podía ver un médico. Pero solo la llevaban a ella, yo tenía que seguir hasta ahí a pie.

Nos terminaron de convencer de cancelar nuestro rescate. Con todo el descanso que acumulamos en la Tapera Linda, nos alcanzó para continuar viaje. Íbamos tranquilos, nadie nos apuraba. Seguimos hasta el col de las Estacas, una subida muy empinada y corta, con unas ráfagas de viento que debían superar los 140 km por hora. De vez en cuando se levantaba una nube de ceniza que golpeaba con fuerza y te derribaban con mucha facilidad. El suelo era arenoso y estaba suelto, lo que dificultaba mucho el ascenso. Me puse a un costado de Vicky, para protegerla de esas ventiscas asesinas. Cuando venía una, le dábamos la espalda y nos clavábamos al suelo con los bastones. Costó, pero logramos ascender y seguir.

El resto del camino era en una pendiente poco pronunciada, pero era eterna. Avanzábamos intentando ganarle a la noche, y gracias a que estábamos bien al sur el sol se ocultaba a las 9:30. Yo estaba medio perdido, preguntándome en qué momento iba a empezar a tener alucinaciones por la falta de sueño. Pero igual venía aguantando bien. No dan ganas de dormir en una situación así. Paradójicamente, Vicky se dormía caminando. El bosque tapaba la poca luz que quedaba, así que prendimos las linternas y las marcas refractantes se iluminaron como si tuviesen lamparitas. El sendero iba por entre unos cañaverales, y de tanto en tanto nos encontrábamos con un río para cruzar. A veces pasábamos secos, haciendo equilibrio sobre troncos y rocas, otras veces teníamos que hundir los pies en el agua congelada.

Cuando Vicky no pudo más, empezamos a buscar un lugar plano donde poder desenrollar el aislante y tirar la bolsa de dormir. Pero todo estaba en bajada, no parecíamos encontrar nuestra zona de descanso. Finalmente apareció un claro, así que hicimos base ahí. Claro que la pendiente, aunque sutil, seguía estando, y aunque estábamos acostados y hechos un bollito, de a poquito nos deslizábamos para abajo y para el costado. Era frustrante, porque no había forma de dormir así. Lentamente salíamos de la protección del aislante y quedábamos en el frío suelo del cañaveral. Quizá haya dormido (muy mal) unos 30 minutos, cuando Vicky me despertó: estaba lloviendo. Guardamos todo, nos pusimos las capas para la lluvia, y seguimos camino.

Pero Vicky seguía muerta de sueño.

¿Qué hacer? ¿Seguíamos avanzando o finalmente descansábamos?

Mañana, la respuesta.

Semana 12: Día 80: La Misión 2012, primera parte

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El miércoles 12, del mes 12, del año 2012, enfundado con mi número de corredor 12, salí con el resto de los Puma Runners y Vicky, mi compañera de equipo, para la línea de largada. Era en el centro de Villa La Angostura, a 800 metros sobre el nivel del mar, y la ciudad estaba paralizada por el evento. Originalmente íbamos a largar a las 11 de la mañana, pero como llovía bastante, decidieron esperar un poco para no mojarnos tanto. Largamos con todo el equipamiento encima: casco, campera, pechera de La Misión. La idea era estar presentables para la foto.

A las 12 y cuarto estábamos empezando, con toda la emoción del comienzo de una carrera. Trotábamos contentos por estar ahí. Caían algunas gotas, y los primeros metros eran simbólicos, todos atrás de una camioneta y con los habitantes de la ciudad alentándonos. A los poquitos kilómetros empezamos a transpirar. Estábamos demasiado abrigados. Hicimos un alto con Vicky, y nos quedamos solo con la remera térmica y la pechera. Nos fuimos separando del resto de nuestros amigos, a quienes cruzamos más tarde, en el Aserradero. El camino era en subida constante, y entraba en juego la potencia de piernas. Yo la apuraba a Vicky y ella me puteaba. Pero es parte de nuestra dinámica.

Si alguna vez tuvimos calor, cuando subimos al cerro Bayo (a 1750 metros sobre el nivel del mar) lo olvidamos por completo. Subíamos entre los árboles, en un ascenso bastante empinado, cuando de pronto se terminaba la vegetación y empezaba el filo, completamente frío y sin signos de vida. Envueltos en una nube, con fuertísimas ráfagas de viento, pisando manchones de nieve y con una dolorosa ventisca que escupía balas de hielo en la cara, intentamos avanzar como podíamos. Las manos enguantadas empezaron a congelarse y entumecerse. Capeábamos el clima como podíamos, intentando protegernos las partes de la piel que estaban expuestas. Noté que en el suelo había un jarrito metálico con unos sobres de sopa en el suelo. Lo levanté para llevarlo al siguiente puesto y no contaminar la naturaleza. Pero me duró poco, porque una ráfaga de viento lo voló de mis manos.

Era bastante desolador, no podíamos ver más allá de 10 metros, y el frío no dejaba pensar en otra cosa. Le prometí a Vicky que si seguíamos avanzando, pronto íbamos a salir de todo eso. El viento casi nos tiraba al suelo, y con los bastones intentábamos sostenernos. Ni siquiera todo nuestro abrigo era suficiente, y cuando parecía que estábamos por terminar el filo y empezar a bajar, notábamos que seguía subiendo y que todavía quedaba más de ese páramo por recorrer. Me sentí como un explorador en el polo, pero sin toda la orientación ni el equipo que ellos tienen.

Recién cuando cruzamos el filo del cerro y llegamos al centro de esquí (que estaba detenido y semi-abandonado) pudimos recuperar algo de movilidad en las manos. Empezamos a correr cuesta abajo, y poco a poco ese frío demencial quedaba atrás. Nos pareció lo más terrible de la carrera, y llegamos a pensar que eso iba a ser lo peor de todo. Ay, qué equivocados que estábamos… Abandonamos nuestras intenciones de correr y nos dedicamos a hacer un trail ligero para no cansar las piernas. El terreno subía y bajaba intermiténtemente.

Esta fue mi primera vez en Villa La Angostura, así que no sé cómo cambió el ambiente desde la última erupción del volcán. Aparentemente la tierra era más oscura, pero ahora está casi completamente cubierta por ceniza, que al mojarse genera una especie de barro. Cuando está seca parece arena, y me recuerda al tipo de suelo que encontramos en los bosques de Pinamar. Pero esto es en realidad una deprimente anomalía, y aunque la ceniza es un excelente abono para las plantas, ha cambiado el paisaje por mucho tiempo, quizá para los próximos siglos.

Algo que nos enojaba mucho mientras andábamos era encontrar a cada rato sobrecitos de geles tirados en el piso, o paquetes abiertos de barritas y basura similar. Suponíamos que los corredores teníamos conciencia ecológica. Pero viví algunas actitudes con desilución, como la corredora que, mientras avanzábamos en un pasillo angosto que a un costado se enmarcaba en un precipicio, me dijo “permiso” y se colgó de mi brazo para pasarme. Uno podría creer que pidió pasar, pero ¿hacía falta que me use de punto de apoyo? La Misión tiene muchísimas partes extremadamente peligrosas, y este tipo de actitudes no me entran en la cabeza. Pero no quiero que piensen que todos los participantes de este ultra trail son unos roñosos y obsesionados con ganar segundos en el marcador. Hay una camaradería y una solidaridad como no he visto en mis 35 años. Quizá tenga que ver con ese esfuerzo límite, casi al borde de jugarte la vida, que hace que todos busquemos protegernos mutuamente.

Bajamos al valle del río Ujenco, hasta llegar a su naciente. Este camino era bastante largo, e hizo mella en la cabeza de más de uno. No había muchas más opciones que avanzar, alimentarse y beber agua. Cruzamos un collado, que es como llaman a la unión de dos cerros, en dirección al arroyo Cataratas. Nuestro objetivo para la primera jornada era llegar al Camp 1, también conocido como la Cantina, y estimábamos alcanzarlo pasada la medianoche. Pero avanzábamos lentamente entre la naturaleza, abrigándonos y desabrigándonos y volviéndonos a abrigar. El sol empezó a caer, por suerte tarde (se ocultaba a las 9:30 de la noche) y todavía no teníamos noticias del supuesto puesto de control. Vicky, que estaba bastante más despierta que yo, se dio cuenta de que estábamos ante un río donde debíamos cargar agua y avanzar 200 metros, hasta el Corral Redondo. Este era el punto de descanso antes del imponente Cerro O’Connor.

Llegamos y nos obligaron a descansar unos minutos junto a una enorme fogata. Teníamos dos opciones: hacer noche y dormir, o subir en grupo de tres o cuatro, ya que la nube había bajado al cerro y al visibilidad era muy poca. Además había fuertes ráfagas de viento. Nos habían recomendado cruzar los filos de noche, porque supuestamente teníamos menores ventiscas que durante el día. Con Vicky nos miramos y nos hicimos la pregunta: “¿Esperamos o subimos?”.

En el próximo post, la respuesta.

Semana 12: Día 79: Secuelas de La Misión 2012

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Faltan pocas horas para mi cumpleaños número 35. Y el blog está detenido, desde el día en que emprendí mi primer acercamiento a La Misión, un ultra trail con el que soñé por años. No podría decir cómo lo imaginaba antes, cualquier imagen previa que tenía se vio irremediablemente borrada una vez que la enfrenté, codo a codo con Vicky. Cuando estábamos en la cabaña, de regreso de tan brutal aventura, a ella le llamó la atención que yo estaba callado, sin decir una palabra. Su propia explicación fue “No dice nada ahora pero después lo escribe todo”.

Algunos dicen que fue La Misión más difícil de la historia. Fueron cuatro días, tres de ellos con lluvia. Frío, nevizca, vientos que alcanzaron los 140 kilómetros por hora. Fuimos a vencer a la montaña y nos tuvimos que enfrentar con el clima. Muchas cosas las pudimos anticipar, y otras no las vimos venir.

Hubo 377 corredores en la línea de largada. En el camino abandonaron 113. Algunos fueron descalificados por no cumplir con el equipo reglamentario. Frente a nuestros ojos vimos cómo un participante quería convencer a la organización de que uno de sus dos sacos vivac era en realidad una bolsa de dormir (con esta “mentirita” tenía mucho menos peso y espacio). Una de las chicas que hizo podio dio la sospechosa explicación de que en la montaña se le voló su comida y su bolsa de dormir y que esperó hasta que otro corredor abandonase para pedirle prestado su equipo. Aunque fuese cierto, hay ciertas explicaciones que es mejor guardarse y no despertar sospechas…

Hacer podio, para algunos, es algo importantísimo. En la entrega de premios, todos los misioneros, los que llegaron y los que no, los que sufrieron, lloraron, se lastimaron y quedaron golpeados, tuvieron que escuchar a un corredor de elite acusar al Guri de que estaba haciendo a La Misión tan fácil que ya casi era una “carrera de pista” (si me lo preguntan, me pareció una tremenda falta de respeto).

Queda mi crónica de la carrera, que pretendo hacerla proporcionalmente tan larga como lo que nos tomó hacerla. No quiero adelantar el resultado (el que nos haya seguido por el reporte en vivo de la web de lamisionrace.com ya sabe cómo nos fue), creo que lo importante es cómo fuimos viviendo cada desafío con el que nos fuimos encontrando. Ahora estamos sorprendentemente bien. Algunos dolores en los dedos de los pies, y Vicky con una rodilla maltrecha que no debería descuidar.

Mañana, cuando yo ya sea un año más viejo, empezará la aventura tal como la vivimos. Porque con esta Misión encima, además de más viejo, me siento un poco más sabio.

Semana 11: Día 75: Un buen día para correr

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Algunos fatalistas dicen que hoy es el fin del mundo. Eso significaría que no podría ver el estreno de la nueva Superman, ni la secuela de Star Trek. Antes me preocupaba mucho que un cataclismo me quitase el final de Lost. Pero todos sabemos que el mundo va a seguir girando, incluso cuando ya no estemos en la Tierra.
Hoy es un día especial. Le estamos dando los últimos toques al equipo, y en unas horas estaremos empezando los 160 km de La Misión. No sé si hace falta aclarar la ansiedad que siento. Va a ser una experiencia nueva, dura y única.
Pero este puede ser un día especial para cualquiera, incluso si no estás ahora en Villa La Angostura. Podés aprovechar y hacer un fondo de 12 km, hoy que es 12/12/12, caminando o corriendo. Incluso podrías empezar a las 12:12, o si la distancia te intimida, correr por 12 minutos. Hay cuestiones que no podemos dominar, como el clima (o el inminente estallido del planeta), pero todos somos dueños de nuestro propio destino, y lo que nos toca es gracias a nosotros mismos.
Me voy a terminar de colocar el número 12 en mi mochila. Si nos va bien, llegaremos a la meta en algún momento del viernes. Si no, tenemos tiempo hasta el sábado. No habrá blog mientras estemos en la montaña, recién daré señales de vida cuando crucemos la meta. Pero pueden buscar en la página web de La Misión los puestos de control por donde ya pasamos. Ya les dije, mi número de corredor es el 12. No es un número fatalista, yo creo que vs a representar una experiencia inolvidable…

Semana 11: Día 74: Charla técnica en La Misión

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Antes de empezar, quiero hacer una aclaración: soy rápido escribiendo. No es por mandarme la parte, desarrollé velocidad en Mecanografía, una materia (hoy) obsoleta que teníamos en el (hoy) obsoleto secundario, después crecí durante el auge de las computadoras personales, y aquí estoy, con la capacidad de escribir como una ametralladora, sin mirar el teclado.
Pero en este momento estoy actualizando todos los día el blog con el celular. Mientras que en la compu podía escribir con los diez dedos, ahora solo uso el pulgar, o sea que mi velocidad de tipeo se redujo un 90%. Espero que sepan entender incongruencias o entradas cortas. Escribir así es agotador.
Hoy tuvimos un día particularmente gris en Villa La Angostura. El sol de los días previos desapareció y llegó la lluvia. No nos hicimos mucho problema, porque esto va a asentar la ceniza y nos va a permitir una salida relajada. Estas y otras observaciones nos las hicieron en la charla técnica.
Conocí finalmente al “Gurí”, creador de esta competencia (y yo que pensaba que La Misión era del Club de Corredores…). Pudimos ver un detalle del recorrido, con qué nos vamos a encontrar (poca ceniza, vientos fuertes en las cumbres, agua en casi todo el trayecto) y un video de ediciones anteriores  que me volvió a poner la piel de gallina.
Vicky, luego de una fuerte molestia estomacal, estaba mejor, y utilizó su experiencia geológica para atender los detalles del recorrido. Yo tengo poca imaginación, y todavía miro el mapa sin entender nada. Vicky va a ser la navegadora de la pareja y yo me limitaré a dar aliento y sacar fotos.
Me otorgaron el número 12, y a Vicky el 494. Para quienes tengan curiosidad, en la página de la carrera (www.lamisionrace.com) se puede hacer un seguimiento de los puestos de control por donde iremos pasando. No sirve para ubicar en vivo nuestra posición exacta, pero al menos mi mamá puede ver si seguimos con vida…
Para esquivarle a la lluvia de mañana a la mañana, la organización decidió largar una hora más tarde. Eso da una simetría que me gusta mucho: arrancamos el 12/12/12 a las 12, y tengo el número 12. Le tendría que apostar en la matutina de Navidad, ¿no?

Semana 11: Día 73: ¿La Misión en peligro?

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Hay varias clases de sueños. Están esas manifestaciones del subconsciente que uno experimenta cuando duerme. Luego están esos momentos de la vigilia donde nos perdernos en nuestros pensamientos (le llamamos “soñar despierto”). Por último, tenemos esas cosas que deseamos conscientemente y que tenemos ansias de cumplir.
Yo sueño con correr La Misión, ya sea despierto, dormido, consciente e inconscientemente. Me imagino estar un día entero recorriendo la montaña, repasando estrategias, y por las noches sueño que estoy por correrla (con mis amigos y mi entrenador presentes, aunque ahora están en Buenos Aires). Anoche soñé que me perseguían zombies, y que mi gata me quería devorar. ¡Yo no podía escapar subiendo las escaleras porque tenía las piernas destrozadas por esta ultra maratón!
Hay mucha expectativa (realmente miro hacia los cerros que vamos a escalar y se me pone la piel de

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Semana 11: Día 72: Comiendo en Villa La Angostura

Villa La Angostura tiene 15 mil habitantes. Es la misma cantidad de inscriptos en la última media maratón de la Ciudad de Buenos Aires. El dato me llamó la atención.
Ya dijimos que ser vegano es complicado, no importa en qué provincia estés. Imaginate si además no querés consumir fibra porque se viene una carrera (evitando así problemas gástricos). Eso deja afuera casi cualquier ensalada, así que tuvimos que salir en la búsqueda del Santo Grial en Villa La Angostura.
Afortunadamente nos cruzamos con una vegetariana que nos recomendó Villa Rica, un local sobre la avenida Arrayanes donde lo que no era vegano le buscaban la vuelta para que lo sea.
La gente en está ciudad es increíblemente amable. Una gran cantidad es deportista, y en las tiendas a las que entrábamos conocíamos gente que va a correr La Misión.
Prácticamente no hemos comido en otro lugar que no sea Villa Rica (no tiro la dirección exacta para que no parezca un chivo). El tema de no comer fibras para mí es muy importante, como también lo es consumir hidratos de carbono. Estuvimos a pan y cereales, además de mucha agua.
Al parecer les recomendaron a los restaurantes y locales de comida que trasnochen y no cierren, así aprovechan a todos los corredores que vuelvan De La Misión muertos de hambre. Unas comida caliente después de tanto esfuerzo va a ser invaluable.
Otros corredores que no tengan mis limitaciones gastronómicas van a poder disfrutar de carnes rojas y pescados, aunque saben que no podría recomendarlo.
Hay mucha emoción por está carrera… ¡Si hasta anoche soné que largábamos!

Semana 11: Día 71: Camino a Villa La Angostura

Sufro. Cada vez que no puedo actualizar el blog sufro. Pero después de dos años de actualizar absolutamente todos los días, decidí que este año me lo iba a tomar con un poquito más de calma. Anoche fue “una de esas noches”, en la que avancé con el trabajo todo lo que pude. De hecho, son las 6:30 de la mañana y acabo de terminar.

Eso no quiere decir que haya estado despierto todo el tiempo. Alterné horas de trabajo con patéticas siestas en las que mi cuerpo no daba más y decidía “cerrar los ojos para descansar la vista”. Hora y media después me despertaba con las marcas del teclado impresas en la frente. La madrugada es solitaria y silenciosa. Por un lado es bastante depre, pero por el otro no suena el teléfono, no llegan mails nuevos, y no hay nada interesante en la tele para ver (o sea, hay pocas distracciones).

Tengo unas tres horas hasta que salgamos al aeropuerto. Las voy a aprovechar para darme una ducha y terminar de acomodar el bolso. Tengo TODO el equipo de La Misión guardado, desde bolsa de dormir, casco, botiquín, ropa… anoche me dio pánico de olvidarme las zapatillas y las metí así nomás adentro de la mochila. Descubrí que a ese calzado no le entra cualquier par de cordones (pánico número dos). Me hubiese gustado llevarme algún repuesto.

Recién ahora, que me saqué de encima todos los compromisos, empiezo a caer en que estoy por tomarme un avión y aparecer, en pocas horas, en Villa La Angostura, un lugar paradisíaco donde vamos a intentar la gesta más difícil de nuestra vida deportiva. Cualquiera que esté más o menos atento podrá decir que me sumerjo en el trabajo antes de estas ultramaratones, para no pensar en lo que está por venir. Bueno, si usted cree eso, permítame decirle una cosa: tiene razón.

Esta vez no falló nada, no nos olvidamos de nada. Conseguí varios paquetes de pretzels, tenemos el equipo obligatorio completo y contabilizado mientras lo guardábamos en las valijas, Vicky se hizo de sus almendras y pistaccios salados, y hasta encontramos los apósitos quirúrgicos para heridas profundas. Hay otras cosas que pueden fallar, como el cargador del celular o pasar por el cajero a buscar efectivo, pero nada que se convierta en un problema.

Estoy muy bien preparado para esta Misión. Vicky también, aunque no estoy seguro de si ella lo sabe. Cuando la conocí terminó sus primeros 21 km arrastrándose, y un año y medio después estamos por enfrentar un ultratrail en la montaña. Se me pone la piel de gallina. Si me falta algo para largarme de lleno en esta aventura es una siestita, que espero tomarme en el avión.

Y ya está. Descansar, aclimatarnos, y largar. Aunque estos viajes siempre vienen acompañado de un poquito de estrés laboral, no me alcanzan las palabras para describir lo feliz que me hace todo esto.

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