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La historia de mi tatuaje

En Septiembre de 2014 cumplí un sueño, que fue correr el Spartathlon. Recorrí los 246 km en poco menos de 36 horas, con un desgarro que me acompañó 160 km y que me dejó con muletas por las siguientes tres semanas. Pero la alegría de completar esa aventura hizo que todo valiese la pena.
Decidí inmortalizar todo este proceso con un tatuaje. Siempre me dieron miedo, pero a la vez intriga. ¿Encontraría alguna vez algo para pintarme en la piel y nunca arrepentirme? La respuesta fue “sí”.
Me encanta viajar, me encanta escribir y me encanta correr. Junté mis pasiones en un blog llamado “Semana 52”, y quise que mi tatuaje representara eso.
En el hombro está el logo del LionX Team, el grupo de entrenamiento donde me formé y que me acompañó en esta locura. Es un espartano fusionado con un león, y creo que no hace falta describir todo lo que eso representa.
A los costados comienza una tira con el signo del infinito. Me pareció que tenía que ponerle un patrón, y ese me gustó. Creo que voy a viajar, escribir y correr eternamente. Pero esas formas también me representan gotas de sudor, de sangre y de llanto. El camino hasta alcanzar lo que soy hoy fue duro, requirió esfuerzo, y sobreponerme al dolor, físico y mental. Las lágrimas también son de alegría: cuando crucé la meta pude llorar abrazado a mis padres, y es algo que va  a quedar grabado en mi memoria para siempre.

Bajando, sobre el bíceps, puede verse el 7 en números romanos. Es mi primera carrera, una posta de 7 km que hice a mediados de 2008 en Pinamar. Cuando llegué a la meta, Germán, mi entrenador, me abrazó. Yo le dije que no entendía por qué me felicitaba si había hecho muy poco, comparado con otros. Él estuvo acompañándome durante el Spartathlon, fue quien me entrenó todos esos años, y en la meta también compartí un abrazo con él entre lágrimas. Dice que gracias a aquel abrazo después de correr 7 km fue que pudimos tener ese otro abrazo, después de correr 246 km.
Por eso esa distancia es tan importante para mí. Estuve a punto de hacerla en números convencionales, pero me gusta que toda esa información esté semi oculta. Debajo empieza un teclado de computadora, para representar mi escritura. El logo de Batman oculto es porque gracias a que vendí mi colección de cómics (que comencé en 1990) pude pagar mi pasaje y el de mi equipo de apoyo. Debajo se ve otra distancia importante en mi vida: el 42, la maratón.

En el centro del bíceps quise representar al veganismo, la alimentación que descubrí mientras me preparaba para el Spartathlon. Durante la carrera consumí productos libres de proteínas animales y me sentí fantástico. Jamás me faltó fuerza y creo que gracias a que tampoco consumí geles y azúcares fue que no tuve problemas intestinales durante la carrera. Vi a corredores vomitando y abandonando por esto.
Del otro lado está el número 27, la primera carrera completa que hice, 27 km en Pinamar en 2009. Fue la misma que mi debut del año anterior, solo que ahora la hice completa. Tiene la importancia de haberme animado a salir de la largada y no detenerme hasta llegar a la meta. Por debajo continúa el teclado, y abajo quise representar a un corredor bajo la lluvia. Hace muchos años, antes de empezar a correr, vi a un hombre desde el tren que corría en una pista de atletismo, bajo una lluvia torrencial. Estaba solo, y me imaginé que en ese momento él era muy feliz. Cuando corrí el Spartathlon, en el km 42 llovía a cántaros, y me di cuenta que me había convertido en aquel extraño al que envidiaba.
Debajo está el nudo que representa el compromiso. Quise escribir la palabra “Spartathlon” en griego. Además de ser el nombre de esta fantástica carrera, representa las ciudades de Sparta, Athens y London (Esparta, Atenas y Londres), ya que la primera persona en hacer este recorrido en la era moderna fue un inglés, quien unió Atenas con Esparta. También hay una guarda griega, que en realidad es el “52” de mi blog, escondido. Por debajo se ve una cadena rompiéndose, que representa mi lesión y todo con lo que tuve que romper para liberarme y no ponerme límites.
Por supuesto, Filípides tenía que estar. El historiador Heródoto dice que él corrió de Atenas a Esparta en un día y medio, para después volver a pie (¡por suerte el Spartathlon es solo la mitad de lo que él hizo!). Esta figura está en la medalla y es el símbolo de la carrera. Le agregué unas líneas para denotar velocidad, y lo hice apuntando hacia arriba, para denotar progreso y superación.

En el codo puede leerse, en números romanos, el año 2014, que fue cuando corrí, y la distancia, 246 km. Yo no sabía nada de tatuajes, pero resulta que el codo es una de las partes más dolorosas para tatuarse. Es poco comparado con el dolor de mi lesión, tanto durante la carrera como en los días posteriores. Pero creo que es imposible completar un Spartathlon sin sufrir algo de dolor.

Foto del día 18-09-2015 a la(s) 12:53

Más abajo se ve la bandera de Grecia fusionada con la de la Comunidad Europea. Los motivos por los que está la bandera griega no hace falta aclararlos, pero la bandera de la Comunidad representa a mis antepasados españoles e italianos, y el placer que me da viajar. Correr me permitió conocer lugares increíbles a los que jamás hubiese ido. Debo reconocer, además, que mis amigos y mi familia me acompañaron en mucho de estos viajes, y que sin ellos tampoco me hubiese planteado volar a otro país.
En la muñeca cierra otra vez la guarda griega que esconde el número “52”. Es un círculo completo, que podría representar el final de un ciclo, y cómo terminé embarcado en esta aventura gracias a que un día decidí entrenar en serio y llevar un registro diario en un blog.
Esta es la historia de mi tatuaje. Quizás viva nuevas aventuras, y tengo el resto de mi cuerpo para seguir completándolo.

Semana 50: Día 349: La batalla de Maratón, 2503 años después

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Muchos historiadores coinciden en que la batalla de Maratón tuvo lugar el 12 de septiembre del año 490 antes de Cristo. Por supuesto que en aquella época no utilizaban nuestro calendario, y no me pregunten cuál era porque eso no lo estudié.

Como cualquiera puede deducir, la batalla que tuvo lugar en estas playas terminó inspirando la carrera de 42 km conocida como “maratón”. El mito dice que el mensajero Filípides corrió unos 40 km para dar aviso a las mujeres atenienses de que los persas habían sido derrotados. Los invasores iban a convertir a todos en sus esclavos (y probablemente a realizar actos muy crueles sobre ellos), y en Atenas era preferible la muerte, así que las madres iban a dar muerte a todos los niños y a suicidarse si no tenían noticias del frente de batalla.

Probablemente haya mucho de ficción mezclado en este relato, pero hay certeza de que esta batalla sí ocurrió, y que los atenienses ganaron no por su número (que era desmesuradamente inferior, al estilo de los 300 guerreros espartanos), sino por su astucia. En lugar de formar en un bloque con varias filas, se formaron a lo largo de toda la costa. Así atacaron a las formaciones invasoras (conformadas por esclavos, que no luchaban con el mismo entusiasmo que quien defendía sus tierras y su libertad), cerrándose en forma de pinza y atacando de todos los costados. Algo que hoy nos puede parecer muy obvio, en aquella época fue una estrategia novedosa que dio vuelta el trablero. El mundo occidental podría haber sido muy diferente al que conocemos si las fuerzas de Jerjes hubiesen conquistado Atenas.

Como ya comenté otras veces, Heródoto, historiador contemporaneo a esta época, cuenta que el mensajero fue a pedir ayuda a los espartanos para enfrentar a los persas, con quienes aparentemente no tenían buena relación. Ellos pusieron de excusa la fiesta llamada “carnea” para no ir a la batalla, pero prometieron que se unirían en pocos días. Quienes tengan presente la película “300” recordarán que el rey Leonidas tenía prohibido ir a enfrentar a Jerjes por este mismo motivo, por lo cual el líder espartano no fue a la batalla con todo su ejército, sino que dijo que se iba de paseo… con su guardia personal de 300 soldados.

Heródoto dio otro dato, que fue que el mensajero tardó un día y medio. Hay quienes creen que no fue un corredor sino dos, y que alguno de ellos murió al dar la noticia del triunfo en Atenas. Calculando la distancia total entre Atenas y Esparta, y con el límite de 36 horas, nació la Espartatlón, el capricho actual de este blog. Creemos que todas estas cosas tuvieron su origen hace exactamente 2503 años. Hablamos de una época previa al cristianismo… al nacimiento de Jesús inclusive. Nuestra sociedad estaba todavía en pañales, y muchísimas cosas han cambiado desde aquel entonces a nivel político y cultural, pero la palabra “maratón” sigue representando la épica y una lucha que por suerte no es contra otro ser humano, sino contra uno mismo.

La distancia de esta mítica carrera fue variando hasta que se decidió el convencionalismo de los 42 kilómetros con 195 metros. El escritor Murakami fue a recorrer esa distancia, contratado por una revista que quería una crónica suya de la experiencia, y me motivó a intentarlo del mismo modo que él: sin que sea una carrera oficial, corriendo al costado del trayecto oficial (en la banquina de una ruta), en el sentido inverso (Atenas a Maratón). Mi amigo Gerjo me acompañó para sacar fotos, actualizar el twitter y asistirme. Lo hice el último día de Semana 52, el 31 de agosto de 2011.

Tomé unas pocas clases de griego, que me permitieron leer carteles en el trayecto (sin entenderlos) y ocupar mi cabeza. Fue una experiencia muy dura, hacía mucho calor y estaba solo (Gerjo no podía estar todo el tiempo a mi lado, a paso de hombre, ya que los griegos manejan peor que los argentinos). Sobre el final había unas cuestas que me provocaron dolorosos calambres, y el paisaje en gran parte de la carrera era gris, apagado y sin la gloria que yo imaginaba. Murakami narró su experiencia con un dejo de insensibilidad, y yo pensé que iba a estar todo el tiempo alucinando por estar corriendo ahí mismo.

Cualquiera diría que fue una decepción, pero cuando ya estaba oficialmente en Maratón y el sol me quemaba la piel, di una vuelta por el antiguo cementerio (donde descansarán las víctimas de esa histórica batalla) y empecé a sentir algo que solo podría describir como “mística”. Llegué al estadio de Maratón y cuando faltaban pocos metros pegué un pique con todas mis fuerzas, subiendo unos escalones y desplomándome frente a la estatua del dios Hermes, que habían construido para conmemorar los 2500 años de la maratón. Ahí me quedé, recuperando el aire, intentando dimensionar todo eso que acababa de hacer. De fondo flameaba una bandera griega, las letras del edificio confirmaban que estábamos en Maratón, y las piernas se me petrificaron en ese instante. Grité de dolor al querer levantarme, pero pasé de la agonía a una felicidad inmensa. Cuando me pude incorporar, Gerjo me sacó una foto para su campaña por la diversidad afectiva. Me costaba estar de pie, pero el orgullo me sostenía.

Sufrí, mucho. Hablé por teléfono con mi papá, con el llanto atravesado en mi garganta. Eran las 9 de la mañana en Maratón, mientras que en Buenos Aires debían ser como las 3 de la madrugada. ¿Cómo llegué hasta ahí? ¿En qué momento decidí irme hasta ahí, solo para correr, me pagué un pasaje en avión, estadía, y todo el esfuerzo que eso conlleva? No lo sé, pero cada vez que lo recuerdo, que lo cuento o lo escribo, se me acelera el pulso y se me erizan los pelos de los brazos. Esto ocurrió hace tres años, conmemorando aquello que se inició hace 2500, y sigue siendo uno de los recuerdos más felices de toda mi vida.

Y voy a caer en un lugar común. Esto podrá haber empezado hace toda esa pila de años, pero por suerte está lejos de terminar. En la maratón cada uno libra su propia batalla personal, y llega a la meta con lo justo, casi como Filípides. Podríamos decir que nosotros también damos la vida al llegar a destino, solo que, de algún modo, al terminar una maratón todo el sufrimiento cobra sentido. Es ahí que renacemos y nos sentimos verdaderamente vivos.

Semana 7: Día 46: Mi abuela corredora

Hay ciertas imágenes que te van echando inevitablemente de la infancia. Cuando ves a un adulto llorar, el momento en que te encontrás con el primer desnudo del sexo femenino, o esa triste tarde en que tu perro se va al Cielo. Los adultos nos preparan para creer en el Ratón Pérez y en Papá Noel, nos protegen de las malas palabras y los programas violentos y nos siguen proveyendo de juguetes aunque nos duran un suspiro. Ellos intentan que la niñez se estire lo más posible, pero el mundo adulto se va colando en nuestra vida y eso nos hace cambiar de a poco.

Una de esas imágenes imborrables que me hizo replantear mi existencia fue una vez que mi abuela María nos llevó a la calesita. Ella vivía en el barrio de San Martín, e íbamos a visitarla desde Banfield todos los fines de semana. El viaje duraba una hora, pero para nosotros, que teníamos unos pocos años, nos parecía una eternidad. A veces nos dejaban al cuidado de ella, que nos regalaba caramelos Sugus y nos hacía el té con leche y galletitas. No voy a disimularlo, la adoraba. Era la mamá de mi papá, andaluza de nacimiento, casada con el policía retirado Casanova.

Como cualquier niño, la calesita nos emocionaba. No me gustaba particularmente dar vueltas, sino que lo que yo quería eran dos cosas: primero, subirme al caballo, que subía y bajaba. Eso sí me resultaba emocionante (y era lo más parecido a un parque de diversiones que me animaba a enfrentar). Lo segundo era la posibilidad de obtener la sortija, y ganarme otra vuelta. Esa tarde en que mi abuela nos llevó a mi hermano Santi y a mí a la plaza, estábamos particularmente ansiosos. Cuando estábamos a una cuadra, nos soltamos de la mano de la Abuelita María y empezamos a correr como locos (imaginen a dos hermanos mellizos corriendo desaforados, vestidos iguales, pero uno más alto que el otro).

Mientras corría, contentísimo porque la diversión estaba ahí adelante, noté que habíamos dejado a mi abuela atrás. Me di vuelta para llamarla, y la vi corriendo atrás nuestro, matándose de risa, mientras se levantaba un poco la pollera para poder correr mejor. Y me partió el alma darme cuenta de que mi hermano y yo éramos más veloces que ella. ¿Cómo podía ser, si yo la admiraba tanto? ¿En qué cabeza infantil cabía la posibilidad de que uno pudiese superar físicamente a un adulto? En nuestro inocente razonamiento, mientras más grande eras, más fuerte y rápido. Ahí empecé a entender que no era así.

Mi abuelita María siempre me contaba historias del pasado. En España eran tan pobres eran (y esto no es broma), que la bisabuela le metía el dedo en el culo a las gallinas durante la noche, para saber si a la mañana iban a tener huevos. Un día decidieron escaparse de la miseria, se tomaron un barco, y llegaron a la Argentina. Se establecieron en Mendoza, y si mal no recuerdo, de adolescente fue princesa de la vendimia (disculpen si no soy muy preciso con estos recuerdos que ya están cumpliendo tres décadas). Ella, de chica, solía jugarle carreras a otros niños. Corría en sandalias y, me confesó entre lágrimas, era muy veloz.

Cincuenta años después de estas competencias de su infancia, sus nietos salían disparados como locos hacia la calesita y ella intentaba alcanzarlos. Se reía mientras corría, seguramente porque se acordaba de cuando era una niña y, aunque corriese en chancletas, nadie podía vencerla.

Semana 15: Día 102: La asombrosa vida de Terry Fox

 

Terry Fox es ese ejemplo de tenacidad, pero llevada al extremo. Quizá su nombre le suene a poca gente, mientras que, tres décadas después de su muerte, sigue siendo un héroe nacional en su Canadá natal. Nació el 28 de julio de 1958 en Winnipeg, y desde chico demostró ser un cabeza dura que odiaba perder. Ante un desafío, no lo dejaba de intentar hasta conquistarlo. Su determinación lo convirtió en un gran basketbolista, aunque su entrenador lo alentó para que siguiese una carrera en el atletismo.

En noviembre de 1976, Fox manejaba a su casa, cuando chocó por detrás a otro auto. Su vehículo quedó inservible, pero él se quedó solo con la rodilla derecha dolorida. Un mes después volvieron los dolores, y decidió ignorarlos hasta el final de la temporada de basket. En marzo de 1977 finalmente fue al hospital, donde le diagnosticaron osteosarcoma, un tipo de cáncer de hueso. Ahí, Terry aprendió dos cosas: una, iban a tener que amputar su pierna y recibir varias dosis de quimioterapia. La otra, su posibilidad de sobrevida era del 50%… 35% más que dos años atrás. Lo impresionó que la investigación sobre el cáncer haya ampliado tanto sus chances para vivir.

Otra cruel verdad que aprendió era que a la gente le importaba bastante poco las investigaciones oncológicas. Luego de una recuperación milagrosa (estaba caminando con una pierna ortopédica, tres semanas después de la amputación), Terry Fox decidió dedicar su vida a honrar los avances médicos que le salvaron la vida, y a darle esperanza a otras personas en su misma situación.

Durante 14 meses se dedicó a entrenar para correr una maratón, inspirado en Dick Traum, el primer amputado que terminó los 42k de New York. En realidad, eso es lo que le decía a su familia. En secreto, soñaba con cubrir Canadá de punta a punta, uniendo las costas del Océano Atlántico con el Pacífico. De esa forma, esperaba crear conciencia en la gente para que donasen dinero a las investigaciones contra el cáncer. Correr era algo muy doloroso, ya que apoyaba bastante de su peso en su pierna sana, además de que el muñón se le ampoyaba y estaba bastante golpeado. Pero descubrió que si superaba los 20 minutos, todo se hacía más tolerable. Terminó su primera maratón en agosto del 79 con el último puesto, a 10 minutos del anteúltimo. Fue recibido con una ovación de los otros participantes.

Su plan para recaudar fondos empezó en forma modesta: le alcanzaba con un millón de dólares. Luego pensó que podía juntar 10 millones, y después se le metió en la cabeza un dólar por cada ciudadano canadiense. O sea, 24 millones. Él no prometía la cura contra el cáncer, tan solo generar conciencia y ayudar en las investigaciones, mejorando así las posibilidades de muchas personas.

El 12 de abril de 1980 hundió su pierna ortopédica en el Océano Atlántico y llenó dos botellas con agua de mar. Una era de recuerdo, la otra para volcar en el Pacífico. En su primer día se enfrentó a fuertes vientos, lluvias y nevadas. Al principio le pareció que no tenía respuesta de la gente, y se sintió decepcionado, pero al llegar a Port aux Basques, en Newfoundland, sus 10 mil habitantes le entregaron 10 mil dólares. En el trayecto, su temperamento generó fricciones con su amigo Doug Alward, quien lo asistía desde un vehículo, o algunos conductores que lo forzaban fuera del camino.

El 22 de junio arrivó a Montreal, habiendo reunido 200 mil dólares. Despertó el interés de Isadore Sharp, dueño de la cadena hotelera Four Seasons, quien había perdido un hijo por un melanoma en 1978. Terry estaba cansado y desmotivado, pero Sharp le ofreció dos dólares por milla corrida, y el creciente interés por su proeza lo impulsó a seguir.

Aún cuando era verano hacía 42 kilómetros diarios. 10 mil personas lo recibieron en la ciudad de Toronto, donde siguió recibiendo donaciones astronómicas por parte de celebridades y gobernantes. Su tozudez y la respuesta cada vez más satisfacoria de la gente lo motivaban a seguir. Rara vez descansó, y corrió una maratón diaria, incluso en su cumpleaños número 22. Hacia agosto, Terry empezó a darse cuenta de que estaba cansado antes de largar. El 1 de septiembre una fuerte tos y dolor de pecho lo obligaron a detenerse. La gente lo alentaba, así que se forzó a continuar. Siguió un par de kilómetros, hasta que no pudo más. Sintió que acababa de correr sus últimos metros.

Luego de 143 días y 5.373 kilómetros, Fox se vio obligado a retirarse, ya que el cáncer había vuelto y se había expandido a sus pulmones. Mucha gente le ofreció continuar la “Maratón de la Esperanza” en su nombre, pero él se negó. Había juntado él solo 1.7 millones de dólares, y la carrera la iba a terminar él solo cuando se recuperase. Una semana después de que interrumpió su desafío, un teletón del canal CTC juntó 10.5 millones para la lucha contra el cáncer. Para abril ya se habían reunido 23 millones en su honor.

Aunque recibió innumerables tratamientos de radioterapia y que el Papa Juan Pablo II dijo a través de un telegrama que rezaría por él, la enfermedad lo siguió consumiendo. Fue internado por una congestión y neumonía, y luego de unos días en coma, falleció el 28 de junio de 1981, rodeado de su familia. Sobre su deceso, el primer ministro de Canadá, Pierre Trudeau, dijo: “Ocurre muy poco, en la historia de una nación, que el valiente espíritu de una persona logre unir a toda la gente para celebrar su vida y lamentar su muerte… No pensamos en él como alguien que fue vencido por la mala fortuna, sino en alguien que nos inspiró con el ejemplo del triunfo del espíritu humano sobre la adversidad”.

Tres décadas después, una encuesta determinó que la gente aún considera a Fox como su máximo héroe. Su familia, junto al magnate Isadore Sharp, crearon la Terry Fox Run, una carrera dedicada exclusivamente a recaudar fondos, y que ayudó que, a la fecha, el nombre de este joven corredor haya juntado más de 500 millones de dólares. La competencia tiene carácter internacional, con réplicas en más de 60 países.

Con una pierna, Terry Fox logró más de lo que yo haría con tres o cuatro. Es un claro ejemplo de que no solo podemos imponernos ante cualquier problema dependiendo solo de nuestra determinación, sino de que sin importar nuestras limitaciones, siempre podemos ayudar a los demás.

Semana 6: Día 38: ¿Qué tan lejos se puede llegar en un año?

Semana 52 es una forma elegante de decir un año. Doce meses. 365 días, con sus sábados y domingos. Cualquiera creería que estoy hablando de este blog y mi compromiso anual de hacer algo deportivamente. Pero muchas personas se dedican a entrenar y van superando etapas. Y de pronto llegan a un punto donde pueden mirar atrás y darse cuenta a dónde han llegado. Algo de eso explica el desaparecido Steve Jobs en uno de sus más famosos discursos.

Yo no tengo la elocuencia de Jobs, ni formé de cero dos empresas exageradamente exitosas (Apple y Dreamworks), así que mis palabras serán más coloquiales: Al poner el camión en marcha, los melones se acomodan solos. Y eso es lo que ocurre, cuando uno es emprendedor, es cuestión de tiempo para que las cosas se vayan acomodando.

Hace exactamente un año, una compañera de la secundaria a quien vi una sola vez en 15 años decidió empezar a correr. Fue en noviembre, lo hizo porque toda su vida había sido deportista, pero no corredora. Necesitaba esa “terapia”, y no dejó pasar la oportunidad de hacerlo en un grupo de entrenamiento. Fue interiorizándose en el mundo del running, descubriendo sus límites, e intentando superarlos. Imaginen la época, empezar a desarrollar los músculos involucrados en esta actividad, en los calurosos meses de verano.

Superó la subestimación de sus compañeros y entrenadores, que creían que con su metro cincuenta y cinco no podía llegar lejos. Pero siguió corriendo. Se empezó a contactar más seguido con un perejil que conocía de la secundaria, que tenía un blog donde decía que entrenaba todos los días. Intercambió consejos y dudas. En marzo corrieron la Merrell de Tandil juntos, medio que se enamoraron, y ya imaginan cómo termina la historia (aunque, a decir verdad, no terminó, sino que sigue).

Los planetas se alinearon. Esta corredora, apodada Vicky, participó el sábado en una carrera nocturna. No tuvo muchos participantes, en la largada se contaban unos 50, aunque podrían ser más pero no tanto. Cumplía un año desde que empezó a correr, y era su primera vez haciendo 30 kilómetros. Le temía al muro, a enfrentar este desafío sola. Pero aunque muchos la habían subestimado cuando decía que quería correr una media maratón, esa noche estaba demostrando mucho más. Y se sintió bien, dio su mejor esfuerzo, y llegó a la meta agotada, pero feliz. Su novio, quien les escribe, le alcanzó a la meta su abrigo y, felices, se fueron al auto, para emprender el regreso a casa.

No lo supieron entonces, pero mientras volvían e intercambiaban anécdotas de la carrera reciente, el conductor de la ceremonia de premiación la llamaba por el micrófono para que subiese al podio y celebrase el tercer puesto. Luego desearían haberse quedado unos minutos más, pero ¿quién le quita lo bailado? (¿o lo corrido?)

Un año de entrenamiento, un podio en una carrera modesta, pero muy difícil. Ahora ella puede mirar atrás y darse cuenta de todo lo que consiguió gracias al esfuerzo sostenido durante 52 semanas. Esta no es la historia de un atleta de elite, sino que es algo que podría pasarle a cualquiera… pero le ocurre solo a los que se ponen en marcha y esperan a que los melones se acomoden solos.

Semana 4: Día 21: Correr una maratón… embarazada

“¿Viste esa mina que corrió embarazada y dio a luz en la meta?” me comentó alguien. No sabía si se refería a la maratón de la Ciudad de Buenos Aires o a otra cosa. Me encogí de hombros y seguí en lo mío. Me volvieron a mencionar esta extraña historia varias veces, siempre con estupor. Iban agregándole pequeños datos: que el médico la autorizó, que era una corredora experimentada… Pero la anécdota seguía envuelta en un misterio.

Bastó recurrir a Google para aclarar de dónde venía esta leyenda.

Resulta que mientras en Buenos Aires corríamos una maratón, en Chicago hacían lo mismo. Esta competencia contó con la presencia de una embarazadísima Amber Miller, de 27 años. Esta atleta ya había corrido en su primer embarazo y cuando estaba de 4 meses del actual. La de Chicago era su octava maratón, aunque esta vez la hacía estando de 39 semanas. Decidió ser más conservadora y recorrer la mitad del trayecto, lo cual ya es toda una proeza. Pero se sintió con energías, y decidió seguir, a ver hasta dónde llegaba. Alternó 3 km de trote con caminata, y sobre el final creía sentir contracciones, pero no estaba del todo segura (la entiendo, después de correr una maratón, hasta yo siento contracciones).

Amber cruzó la meta a las 6 horas 25 minutos. Se comió un sándwich, y se fue disparando para el hospital. “Fue el día más largo de mi vida. La carrera ha sido sin duda más fácil que el parto”, aseguró después de que naciera June, su segunda hija.

¿Existe una historia más asombrosa que esta? Sí. Sigan leyendo.

Paula Radcliffe es una atleta con la que comparto el día de nacimiento y la pasión por correr. De chica era asmática y anémica, y encontró en el deporte la cura para sus dolencias. Esta corredora de elite estuvo cerca de conseguir el podio en carreras de 3 mil y 5 mil metros durante muchos años. En Sevilla 1999 logró la medalla de plata en los 10k. Pero siempre terminaba en cuarto o quinto puesto. Así que se decidió a probar distancias más largas, y el 14 de abril de 2002 participó de la Maratón de Londres. La finalizó en 2:18:56, record para una mujer en Europa, y tan solo 9 segundos por encima del record mundial. Siguió quebrando marcas durante ese mismo año, hasta que el 13 de octubre, en Chicago, logró el mejor tiempo del mundo con 2:17:18. Al año siguiente ya estaba absolutamente abocada a mejorar sus tiempos maratonistas, y mejoró su performance (y quebró su propio record) por dos minutos, logrando un mejor desempeño que la mayoría de los corredores masculinos (recordemos que los tiempos de los keniatas que ganaron los 42k de la Ciudad de Buenos Aires fueron muy similares a los de Radcliffe).

Aunque su sueño de lograr el oro olímpico seguía intacto, en 2006 tuvo que abandonar el atletismo por unas lesiones. Casada con su entrenador, el destino quiso que además quedase embarazada. Lejos de las competencias, siguió entrenando, mientras su hija Isla creía en su vientre. Luego del parto, comenzó la presión por volver. Pero en 2007 una lesión lumbar parecía retrasar cualquier intención de competir.

Comenzaron las dudas. No sabía si podría regresar a las competencias. Dormía tres horas, entrenaba dos veces al día, y el resto de la jornada criaba a su bebé. Estaba exhausta. Con el tiempo, se dio cuenta que lo más difícil era pasar los primeros cuatro meses, hasta que su hija comenzó a adquirir hábitos y su cuerpo se fue ajustando. Casi un año después de dar a luz, volvió a participar de la Maratón de Londres. No rompió su récord, pero hizo el impresionante tiempo de 2:23:09. ¡10 meses después del nacimiento de su hija!

En 2008 no pudo repetir la carrera en la capital británica, por un dolor en la cadera que creía que era muscular, y resultó ser una fractura. En los Juegos Oímpicos de ese año tuvo que detenerse por calambres, y terminó en el puesto 23 de la maratón. Distintas lesiones la iban dejando atrás, y luego se ausentó de las competencias 19 meses, a causa del embarazo y nacimiento de su segundo hijo, Raphael. Sin embargo, siguió entrenando, y participó de carreras benéficas.

Pareciera que esta historia de determinación termina aquí, con una atleta aceptando que la época de gloria quedó atrás, que hay que afrontar el paso del tiempo, y que dos hijos tienen un innegable impacto en el cuerpo de cualquier mujer.

Pero después de 3 años de no competir profesionalmente, Paula Radcliffe corrió su primera maratón, el 25 de septiembre de 2011, en Berlín. Logró el tercer puesto, y se aseguró una plaza para competir por el oro en los Juegos Olímpicos de 2012. Los sueños de gloria, si tenemos dedicación y empeño, no tienen por qué desaparecer.

Semana 50: Día 349: Corredoras Célebres: Wilma Rudolph

Hice esta mini-sección de corredores célebres varias veces, pero siempre con hombres. Tenía como objetivo encontrar la historia de una atleta mujer, pero en este mundo patriarcal no se le da la misma importancia al género femenino. Me resultó muy fácil encontrar biografías motivadoras, pero siempre de hombres. Y un día, me crucé con esta increíble mujer, una leyenda difícil de igualar por cualquier corredor.

Wilma Glodean Rudolph nació el 23 de junio de 1940 en la segregada Clarksville, Tennessee. Era la vigésima de veintidós hermanos, y sus padres eran trabajadores, pero muy pobres. Además de carecer de las mismas oportunidades por pertenecer a una familia afroamericana, Wilma nació prematuramente. Pesaba sólo 2 kg. De muy chica sufrió parálisis infantil debido a que se contagió de poliomielitis, una espantosa enfermedad que afecta el sistema nervioso central, destruye las neuronas motoras y atrofia los músculos. Su pie izquierdo le quedó torcido, y la pierna quedó paralizada varios años. Tenía que llevar unos arneses para poder andar, y los médicos aseguraban que nunca caminaría normalmente, al menos no sin muletas. La infancia de Wilma fue cualquier cosa menos fácil, y con ayuda de su familia se recuperaba de todo lo que la vida le ponía en el camino: escarlatina, neumonía, varicela y sarampión.

Su madre se negaba a rendirse, y dos veces a la semana durante dos años la llevaba a Nashville (a 80 km) para su tratamiento en el Hospital Meharry, que pertenecía a la Universidad Fisk, una institución “negra”. Los doctores le enseñaron cómo ejercitar los músculos de su hija, y ella le pasaba este conocimiento a los hermanos y hermanas de Wilma. Todos ayudaban, y no sólo la niña pudo caminar sin muletas ni arneses, sino que empezó a jugar al básket en el fondo de su casa. Aunque en la secundaria se unió al equipo, nunca la dejaban jugar.

Pero no abandonó. Empezó a jugar, y en su último año de colegio despertó el interés de un entrenador de la universidad de Tigerbells, en Tennessee. Le ofrecieron una beca completa para cuando se graduase. Además de llevar a su equipo al triunfo, empezó a correr en la pista de atletismo, y en 1956, con tan sólo 16 años, representó a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Se llevó nada menos que una medalla de bronce en los relevos de 4 x 100. En 1957 ganó el campeonato nacional junior en 75 y 100 yardas (65,5 mts y 91,4 mts), pero un año más tarde abandonó (momentáneamente) su carrera deportiva debido a que fue madre.

Wilma estaba todavía lejos de la gloria. Volvió a correr, y en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, pasó a la historia al ganar la medalla de oro en los 100 metros llanos, con una increíble marca de 11 segundos. No se consideró récord mundial porque tenía viento a favor. Pero también ganó en los 200 metros, en 23,2 segundos, lo que sí le valió el mejor tiempo del mundo. Ya en ese momento se la empezó a llamar “la mujer más veloz de la historia”. Días más tarde, junto a otras tres corredoras de Tennessee, se llevó el oro en los relevos de 4 x 100, con el récord mundial de 44,5 segundos. Esta triple campeona olímpica se convirtió instantáneamente en una celebridad del deporte. En 1961, en Moscú, igualó el record mundial de los 100 metros planos con 11,3 segundos, y lo rompió en Sttutgart cuatro días más tarde con 11,2, triunfos que le valieron una variedad de apodos en todo el mundo: “El tornado”, “La Gazzella Negra”, “La Perle Noire” (la perla negra).

Lejos de usar su fama instantánea para su propio beneficio, la usó para luchar por la igualdad de derechos entre negros y blancos. Participó en sentadas de protesta contra la segregación en espacios públicos, y cuando en su Clarksville natal quisieron hacer un desfile en su honor, ella exigió que se hiciese uno solo, contrario a la costumbre de la época de hacer dos, separados por raza.

Se retiró del mundo del atletismo a finales de 1962, con tan sólo 22 años. Al año siguiente se recibió de maestra de nivel inicial, y se dedicó a la enseñanza, a luchar por la igualdad de derechos de las mujeres, coordinar un centro comunitario, y encabezar la Fundación Wilma Rudolph, que enviaba tutores y libros a las escuelas.

En julio de 1994 se le encontró un tumor cerebral. Además le diagnosticaron cáncer de garganta. Esta vez no dio batalla como cuando era una niña. El 12 de noviembre, a los 54 años, falleció en su hogar de Nashville, Tennessee. Dejó atrás cuatro hijos, ocho nietos y decenas de sobrinos, así como un invaluable legado para todas las personas que luchan incansablemente contra la adversidad.

Semana 48: Día 333: Corredores célebres: Usain Bolt

De todas las biografías que han aparecido en este blog, probablemente el nombre de Usain Bolt sea el que más les suene. Este jamaiquino de tan sólo 24 años mide 1,95 m, lo que podría explicar su gran zancada que lo ha hecho acreedor de varias medallas de oro.

Apodado “Lightning Bolt” (relámpago) acaba de ser noticia al ganar en la Diamond League de Estocolmo, haciendo 200 metros en 20,03 segundos. Este tiempo demencial, sin embargo, no es su mejor marca, que se ubica en los 19,19 segundos, y es un récord mundial. Su otro hito se encuentra en los 100 metros llanos, que los realizó en 9,58 segundos.

Usain St. Leo Bolt nació el 21 de agosto de 1986 en Sherwood Content, un pequeño pueblo de Trelawny, en Jamaica. Sus padres tenían un almacén, y se pasó su infancia jugando al cricket y al fútbol con su hermano. Los deportes eran su pasión. Ya en la primaria demostró su velocidad de sprinter, y a los 12 tenía el record de la escuela en 100 metros.

En la secundaria, su instructor de cricket notó su velocidad y, muy a su pesar, le sugirió que se pasara al equipo de atletismo. Pablo McNeil se convirtió en su entrenador, quien encontró como principales obstáculos la falta de compromiso de Usain al entrenamiento y su predisposición a hacer bromas. Aunque comenzó a hacer podio en las competencias que lo tenían como concursante, sólo alcanzaba la medalla de plata, sin poder explotar al máximo su potencial. Es que el jamaiquino no estaba tan interesado en el atletismo, y se la pasaba haciendo tonterías, como esconderse en lugar de participar de las pruebas clasificatorias.

Afortunadamente el resto veía claramente las capacidades de este muchacho, y obtuvo mucho apoyo del Primer Ministro jamaiquino. A los 15 ya había alcanzado su estatura actual. La presión sobre él comenzó a ser tanta que antes de una carrera se puso las zapatillas en el pie equivocado. Esta experiencia resultó reveladora, ya que aprendió a no dejar que los nervios previos a una carrera lo afecten.

A pesar de su juventud, Bolt comenzó a cosechar medallas y a romper récords. Su forma de no sucumbir ante la presión de su país natal (que lo tenía como un ídolo indiscutido) era tomarse las cosas no muy en serio. Visitaba restaurantes de comida rápida, jugaba al basket y salir de fiesta.

En 2004 cambió de entrenador, Fitz Coleman, y comenzó su carrera profesional. Participó de las olimpíadas de Atenas en el equipo de Jamaica, pero una lesión lo retrasó y logró tiempos muy decepcionantes.

Al año siguiente llegó finalmente el momento de cambio en su vida. Era hora de tomarse el entrenamiento realmente en serio. Glen Mills se convirtió en su nuevo entrenador, y aunque logró encaminar la desordenada vida de Usain, sus lesiones lo seguían reteniendo, y a los 18 años no lograba explotar a fondo sus capacidades. Su entrenador y su manager lo presionaban para hacer distancias más largas, como 400 metros, lo cual no lo estimulaba. Pero decidió ir de a poco y adquirir experiencia.

El tiempo pasaba, y Usain acumulaba podios. Su comportamiento había mejorado, por lo que su entrenador le permitió el capricho de competir en los 100 metros en el 23er  encuentro Vardinoyianno de Rethymno, Creta. Su tiempo, de 10,03 segundos, le valió una medalla de oro y un nuevo entusiasmo por este deporte. Las medallas de plata del Campeonato Mundial de Osaka 2007 también lo motivaron a seguir esforzándose.

Sus marcas comenzaron a mejorar, lo que logró la admiración de los corredores más experimentados. En los 100 metros de la Reebook Grand Prix, el 31 de mayo de 2008, logró romper el récord mundial, haciendo un tiempo de 9,72 segundos. Evidentemente, además de una mejora física, Usain tenía ahora una ventaja psicológica sobre los otros competidores. Con esto demostró que su falta de interés en las carreras de 400 metros estaban justificadas, y se concentró en las de 100 y 200.

El 16 de agosto de 2008, en las Olimpíadas de Pekín, logró un nuevo récord mundial en los 100 metros, con 9,69 segundos. Cuando estaba llegando a la meta, levantó sus brazos en señal de victoria, y hay quienes dicen que ese gesto le restó velocidad, y que su marca podría haber sido mejor. El 20 de agosto, en la misma competencia olímpica, obtuvo el récord mundial en 200 metros, con 19,30 segundos. En las subsiguientes carreras en las que se presentó, sus marcas siguieron mejorando. Indudablemente se había ganado su apodo de “El hombre más rápido del mundo”.

En una encuesta realizada hace unos años en Jamaica, Usain Bolt fue elegido como el ídolo máximo de Jamaica, muy por encima de la leyenda de Bob Marley. Con sus 24 años y toda una vida deportiva por delante, probablemente quede mucha historia por escribirse de un hombre que, evidentemente, nació para correr.

Semana 42: Día 292: Corredores Célebres: Yiannis Kouros

“Cuando otras personas están cansadas se detienen, yo no. Yo controlo mi cuerpo con mi mente y le digo que no está cansado… y me escucha”.

Ese es el secreto de Yiannis Kouros, uno de los corredores más particulares de nuestra época. Atleta, poeta, pintor y actor, son alguna de sus facetas. Ha ganado la Espartatlón, una de las carreras más legendarias de nuestra historia, y es considerado el sucesor de Filípides, el emisario griego que murió al llegar a Atenas y dio origen a la leyenda de la Maratón.

Kouros nació el 13 de febrero de 1956 en Tripolis, Grecia. A los 12 ya escribía poesías y melodías, por lo que en su adolescencia se decantó por la música. Actualmente lleva editados cuatro LPs (dos vocales y dos instrumentales), y ha participado en competencias de canto. La casa en la que creció estaba en el punto medio entre la estatua de Theodoros Kolokotronis -héroe de la independencia griega- y la morada de Kostas Kariotakis, uno de los grandes poetas iconoclastas helénicos. Esto podría explicar la influencia de la determinación y las artes en su vida. Después de todo, tuvo una crianza humilde y sin lujos, por lo que tuvo que luchar para conseguir lo que él quería. Su lema es que las metas se alcanzan a través de la austeridad y el estudio.

En 1977 participó en su primera maratón, la que completó con el impresionante tiempo de 2 horas, 43 minutos, 15 segundos. Dos años después había mejorado su marca y llegó en 2:25:00.

No es de extrañar que viviendo en Grecia y con esa afición por el deporte, participase de la Espartatlón, competencia en la que los corredores intentan conquistar 246 kilómetros en menos de 36 horas. En su debut, en 1983, Kouros llegó tercero, 3 horas y 15 minutos detrás del segundo corredor. Volvió a intentarlo en la siguiente edición, la cual ganó. Y al año siguiente obtuvo otro triunfo. Y luego otro. Era obvio que su destino estaba en las ultramaratones.

En 1985 viajó a Australia para participar de la carrera de 875 kilómetros, que unía Sidney con Melbourne. Ganó al completar la distancia en 5 días, 5 horas, 7 minutos, un nuevo récord mundial. Volvió a encabezar el podio otras cuatro veces, siendo la edición de 1989 su mejor tiempo: 5 días, 2 horas, 27 minutos. Nadie pudo vencer sus marcas, ni nadie lo hará, ya que esta competencia se discontinuó en 1991.

En 1990 se instaló en Australia, donde actualmente reside. También ha publicado una colección de poemas llamada Symblegmata, y el libro The Six-Day Run of the Century. Con esto ha probado que sus metas van más allá de la superación física, ya que ejercita constantemente su mente y su creatividad.

En esta época interpretó a Filípides en el film “A Hero’s Journey”, que narra la historia de la maratón. Kouros había demostrado ser el candidato perfecto ya que había recorrido el supuesto “verdadero” camino del mítico ateniense, uniendo Atenas con Esparta, en muchas oportunidades.

Hacia el año 2000 ya había ganado 53 ultramaratones. Tenía récords mundiales en carreras de 12, 24 y 48 horas, en competencias de 6 días, y en las de mil millas. A pesar de que sus marcas se empezaron a contabilizan para Australia, siempre se lo emparentó con su compatriota Filípides. A pesar de su exilio, recibió incontables menciones en Grecia. El periódico Neos Kosmos, de Melbourne, lo proclamó el griego-australiano más popular del siglo XX, mientras que la revista Runner’s World lo mencionó como el séptimo mejor corredor del milenio, y el mejor ultra-maratonista de todos los tiempos.

Kouros tiene la particular habilidad de dormir 3 horas por día. Su pasión por las expresiones artísticas y el deporte no le dejan mucho tiempo para descansar, aunque ha declarado que para cuando llegue a los 70 se va a dedicar exclusivamente al arte. De vez en cuando compite, como para despuntar el vicio, y sigue sumando récords. A diferencia de otros atletascelebridades, no se le conocen escándalos, ni ha defraudado a sus numerosos fans. Siempre mantiene su actitud positiva, motivando a atletas profesionales y amateurs que, año a año, esperan enterarse de sus nuevos triunfos, tanto deportivos como artísticos.

Semana 38: Día 261: Corredores célebres: Samuel Wanjiru

En este blog hablamos de deportistas que dan lecciones de vida. A veces aprendemos algo de ellos gracias a sus proezas. Quizá podamos también aprender de sus errores.

Samuel Kamau Wanjiru nació el 10 de noviembre de 1986 en Nyahururu, Kenia. A los 15 años comenzó a correr, y al año siguiente se mudó a Japón como estudiante de intercambio. Se graduó en 2005, en la secundaria de Sendai, y comenzó a entrenar con Koichi Morishita, subcampeón olímpico de Barcelona ’92. El 11 de septiembre de ese año consiguió el récord mundial de media maratón con 59:16. El 17 de marzo de 2007  volvió a batirlo en La Haya, con 58:33.

El 2 de diciembre de 2007 corrió su primera maratón en Fukuoka, y la ganó con 2:06:39, la tercera mejor marca mundial de ese año. El 13 de abril de 2008 corrió en la maratón de Londres, donde logró el codiciado segundo puesto con 2:05:24. “Creo que eventualmente Wanjiru va a establecer un récord mundial, pero prefiero verlo ganar grandes carreras. Nunca se rinde durante una competencia, lo que es de gran valor para un maratonista”, declaró su entrenador Morishita.

La gloria le llegó, finalmente, en los Juegos Olímpicos de Pekín, el 24 de agosto de 2008. Con un clima ideal, él y otros 97 corredores se enfrentaron a los 42 km. La salida fue muy rápida, y a partir del km 20 Wanjiru y otros cuatro competidores lideraban la competencia. Hacia el km 30 era un mano a mano entre el keniata y  y el marroquí Jaouad Gharib, doble campeón mundial. Pero cuando faltaban 4 mil metros, Wanjiru se despegó y cruzó solo la meta. Obtuvo un récod olímpico de 2:06:32, el cual no había sido roto desde Los Ángeles ’84. Se convertía así en el primer corredor keniata en ganar una maratón olímpica, y también en el campeón más joven, con 21 años.

Pero estas historias, en las que tratamos a los corredores como semi-dioses, no siempre tienen finales felices. Los atletas son seres humanos, y arrastran los defectos propios del hombre. En diciembre de 2010, su esposa lo denunció por intento de asesinato, y se le confiscó un rifle de asalto AK-47, que no poseía registro. Él negó ambas acusaciones, y dijo que era todo un engaño. El 23 de mayo debía comparecer ante un tribunal en Kenia por porsesión ilegal de armas. Su mujer, Triza Njeri, ya había retirado los cargos, argumentando que se habían reconciliado.

El sábado 15 de mayo, su esposa lo encontró en su propia cama con otra mujer. Furiosa, los encerró bajo llave y se fue corriendo. Aún no se sabe si la vergüenza lo llevó a intentar escapar, pero Wanjiru, alcoholizado, saltó por el balcón. Era sólo un piso, pero sufrió graves heridas internas, y murió camino al hospital. Tenía tan sólo 24 años. Además de una viuda y una amante, deja tras de sí el récord más joven para una maratón olímpica, y un asombroso tiempo de 2 horas, 6 minutos y 32 segundos, una marca mundial que aún no ha sido superada.

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