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Semana 43: Día 300: Apodos para corredores

Es casi un objetivo intrínseco tener un apodo si uno forma parte de un grupo. Generalmente surge de defectos (“El Sordo”), características físicas que no son comunes a otros miembros (“El Negro”), o chistes internos que pocos manejan (“El Conejo”).

Cuando Martín Casanova se unió a los Puma Runners, estaba muy preocupado porque pasaban los meses yno tenía apodo. Era claro que había poca interacción con el grupo de su parte. Más tarde tuvo un nombre, y entendió eso de “cuidado con lo que deseas”. Pero no nos adelantemos. En sus inicios se esforzaba mucho,le costaba bastante progresar. Le ponía mucha garra, y le hubiese encantado un apodo relacionado con eso. “Huevo”, “Titán”… algo en ese calibre.

Los grandes corredores tienen algunos alias que son verdaderamente fantásticos. A Dean Karnazes le dicen  “El hombre más sano del mundo”. Yiannis Kouros es también conocido como “El Sucesor de Filípides”, y hasta algunos le llaman “Dios del Running”. A Usain Bolt le han puesto “Relámpago” (Lightning Bolt), o “El hombre más rápido del mundo” (faltaría aclarar “con toda modestia”).

Y Martín Casanova, que tenía algunos temitas de inseguridad, no tenía ninguno, y estaba a la espera de que el destino lo ayudase con un apodo, signo de integración y camaradería.

La leyenda contará que en un viaje a la Merrell de Pinamar, los miembros del grupo viajaron en patota. Compartían las compras en el supermercado, salidas, nafta, peajes, y luego dividían todo “a la romana” (en partes iguales y que sea lo que Dios quiera, cosa que llenaría de orgullo al Che Guevara). Casanova, vegetariano empedernido, estaba en desacuerdo con esta práctica. Mientras el resto gastaba fortunas comprando cadáveres animales para después incinerar en la parrilla, él comía sándwiches de lechuga y tomate. Pidió hacer una excepción al reglamento, y fue aceptado a regañadientes.

En ese momento otros empezaron a pedir también excepciones. “Yo comí sin mayonesa” dijo alguno, para burlarse. Estaba naciendo una leyenda. Lo que ocurrió fue que el grupo lo tomó como un miserable amarrete, al que no le gustaba la mayonesa (!). Faltaba poco para que surgiera el apodo.

En la Merrell de Tandil se repitió el viaje en patota, compartir gastos. Ante una desconocida, una integrante del grupo empezó a presentarnos a todos. “Este es El Gato, él es El Conejo, y él…” y se detuvo unos segundos en Casanova. La situación requería continuar la temática animal, y la única referencia que se tenía de él es que era “tacaño”, así que el apodo elegido fue “…El Rata”.

Pocas veces un nombre se impuso tan rápido y se extendió a tanta gente. Alguno entenderá que era una buena señal, que significaba que lo notaban. Era una señal de que se estaba integrando, aunque el apodo fuese tan poco feliz.

De regreso, le comentó el hecho a sus amigos (de esos que no corren, ni se ponen apodos entre sí). Le preguntaron, para consolarlo, cómo quería que le llamen. “El Grosso”, contestó. Ese apodo no se impuso, pero denle tiempo.

Uno no elige cómo lo va a llamar el resto (a menos que uno se decida por algo tan extravagante como “Chatarra”). Es algo que el grupo lo define, y uno tiene poca injerencia. El apodo de Martín Casanova poco tenía que ver con su desempeño deportivo, cosa que sí pasa con aquellos admirados corredores célebres. Pero estos atletas no buscaban la gloria, les llegó y la gente respondió ante eso. El deseo de “El Rata” era un poco más humilde: pertenecer. Y, por más que le pesen las connotaciones de ese apodo, ya era parte indiscutida de su grupo.

Semana 6: Día 40: Los 42K de la Ciudad de Buenos Aires

 

El bloguero no es fotogénico ni usa protector solar. Así le va en la vida.

 

Nunca entendí por qué el hombre se somete voluntariamente a una actividad tan desgastante mental y físicamente, como es una maratón. Hasta ahora.

Hoy a las 7:30 de la mañana se largaron los 42 km de la Ciudad de Buenos Aires. Casi igual que la anterior carrera organizada en la Capital Federal, los 21K, decidí anotarme a último momento. Antes tuve que colarme, ahora por suerte alcanzó el cupo.

Ya había participado en competencias de calle, pero una maratón estaba lejos de mi sueños realizables. Es más, me parecía una carrera sólo para una elite, alcanzable sólo para semi-dioses, o para ultra-deportistas.

El chiste de Semana 52 fue, desde un principio, llevar el entrenamiento más allá, mejorar mis aptitudes físicas (y, por qué no, espirituales). Pero así y todo, correr 42 km me parecía muy lejano.

Hoy corrí la maratón, y no creo exagerar si digo que es una de las experiencias más trascendentales de mi vida. Rompí todas mis marcas de resistencia, corrí una distancia que nunca había alcanzado, y conquisté muchos miedos que tenía. Ya pasaron 5 horas desde que la terminé y me siento muy bien, mucho más entero de lo que esperaba. Ni siquiera toqué ese muro al que le tenía pánico. Esto, obviamente, se debe a que ya venía corriendo desde hace bastante tiempo, al excelente entrenamiento de Germán, de Puma Runners, quien ajustó los ejercicios para optimizar el esfuerzo, y a que Romina, mi nutricionista, me dio los consejos exactos para almacenar y reponer toda la energía posible.

Pero esta aventura tiene un autor intelectual, y es Walter, alias “Yayo”, quien me incentivó a correr esta maratón, dejándome en claro que me tenía mucha fe. Correr solo o acompañado es una diferencia abismal: la motivación es otra y la actitud es mucho más positiva. Con Yayo nos acompañamos 35 km hasta que tuvimos que separarnos, pero se hicieron mucho más fáciles. Lo más gracioso es que empezamos a un muy buen ritmo, casi 4:30 minutos el kilómetro. En un punto nos dimos cuenta que íbamos a esa velocidad porque él creía que me estaba siguiendo el paso, y yo pensaba que lo estaba siguiendo a él. Luego nos acomodamos en 5:15 el kilómetro, y entre las paradas para hidratarnos, toilettes improvisados y el obvio cansancio, crucé la meta en 04:06:35, y Yayo llegó 10 minutos después.

Y qué cosa tan extraña es la mente humana. Cuando corrí la media maratón, los últimos 3 km fueron eternos, con mucha fuerza de voluntad. Y cuando hoy cruzábamos el km 18, me sentía que recién estaba empezando. Es más, llegamos a la mitad de la maratón casi en el mismo tiempo en que hice los 21 km de la Ciudad de Buenos Aires. El cansancio tiene mucho que ver con lo físico, pero en gran medida es mental. Recién sentí signos de agotamiento en el km 30, pero porque sabía que tenía que completar 42 para llegar.

Gracias a que conté con una cámara que me prestó mi amiga Lau, pude capturar algunas imágenes de la carrera. Correr atravesando la Ciudad, uniendo la cancha de River con la de Boca (ida y vuelta) es una experiencia maravillosa. Las fotos no le van a hacer justicia a lo que es vivirlo ahí dentro.

 

7:30 AM. La maratón arranca puntual. Demasiado. Hacía 10 segundos que habíamos llegado.

 

 

7:47 AM. Cruzando el Hipódromo de Palermo.

 

 

8:12 AM. Teníamos un ritmo excelente. Me tomaba mi primer gel, mientras seguíamos a la liebre de 5:15 el km.

 

 

8:20 AM. Por Retiro, con nuestras amigas chilenas.

 

 

8:31 AM: Cruzando el obelisco. Nos sentíamos 10 puntos.

 

 

8:38 AM. En el Cabildo, frente a Plaza de Mayo.

 

 

8:54 AM. Raúl Castells, siempre presente.

 

 

8:55 AM. El puesto de hidratación, km 15. Tamiz de tapitas azules.

 

 

9:04 AM. La cancha de Boca. Estábamos en el barrio donde los vecinos más nos alentaron.

 

 

9:09 AM. En la Boca, uno de los barrios más lindos para correr. Es la primera vez que transito las calles de este barrio.

 

 

9:13 AM. Corriendo al costado del río.

 

 

9:30 AM. El reloj del km 21 atestigua que íbamos por la mitad en 01:59:28.

 

 

10:06 AM. Nos detuvimos un segundo para inmortalizar la que se convertía en mi carrera más larga. El pelotón que seguía a la liebre de 5:45 casi nos pasa por encima.

 

 

10:30 AM. El temido muro. Tres horas de carrera, 30 km recorridos, y las piernas empezaban a prenderse fuego.

 

 

10:57 AM. Yayo queda atrás, con dolor de estómago (se recuperó, ¡pero no tendría que haber comido asado el viernes!). Era el km 35, y qué importante fue haber entrenado cuestas...

 

 

10:57 AM. Danzas árabes para alentar a los corredores. Este era uno de los tantos shows musicales al costado de la carrera.

 

 

11:38 AM. Foto poco interesante, pero marca el ingreso a la meta, y el final de mi maratón.

 

Después de cruzar la meta, continué trotando suavemente, porque tenía la sensación de que si paraba, no iba a poder moverme más. Además, era una forma de empezar a regenerar.

Estaba eufórico. Caminé unas 12 cuadras para tomarme el 68 en Cabildo y para no darle oportunidad a las piernas de agarrotarse. Me hidraté mucho y llegué a mi casa decidido a dormir una buena siesta. Pero después de unas buenas pastas con queso, una ducha y un baño de inmersión, sigo muy pilas, y ya soñando (despierto) el próximo desafío.

Si terminé una maratón después de tenerle tanto pánico, ¿hasta dónde puede uno llegar teniendo plena confianza en sí mismo?

Semana 5: Día 33: La “Maratón” UP 2010

 

Un ejemplo de cómo debería ser la medalla de una carrera

 

Hoy, 3 de octubre, a las 9 de la mañana, se corrió la “Maratón” UP, una competencia que aunque cuenta con una distancia alcanzable, no deja de ser una experiencia divertida.

Pido disculpas por mi recurso obse de poner la palabra “Maratón” entre comillas. Desde hace tres años, la Universidad de Palermo organiza esta carrera de 10 km, con una opción participativa de 4 km. Como los lectores de este blog ya saben (o se pueden enterar ahora), el desafío de 42 km nace no de un capricho, sino que es la distancia que hay entre la ciudad de Atenas y la de Maratón. Mucha gente tiene el concepto erróneo de que esta palabra sirve para describir “carrera con muchas personas”, pero no es así.

Dejando de lado la sección obse del blog, la carrera de la UP estuvo muy bien organizada. Ya se nota el compromiso de esta institución por la puntualidad en la largada. Mientras avanzaba hacia el tercer kilómetro, veía compañeros Puma Runners que, por haber perdido un tren, llegaban tarde y se perdían de la competencia.

Para mi, este desafío fue uno de los últimos entrenamientos “fuertes” antes de la maratón (sin comillas), que voy a correr el próximo domingo (me gusta que la fecha sea 10/10/10). En el entrenamiento de ayer, día en el que un auto casi termina con mis aspiraciones deportivas, hicimos un trote breve y muy tranquilo, porque la expectativa estaba puesta en la carrera de la UP. Charlando con el Puma Runner Dany, me comentó que iba a empezar tranquilo los primeros 5 km, para después acelerar en la última mitad. Lo que se llama correr en progresión. Su estado físico es excelente, y es otro de mis referentes dentro del grupo. Pero a Germán, nuestro entrenador, no le pareció una buena idea que me acople a ese plan.

“Martín, mañana tenés que volar”, sentenció.
“Ok, pero puedo ir con Dany, que tiene buen ritmo”
, respondí.
“No, él está entrenando para una cosa y vos para otra. Mañana tenés que volar”
, insistió.
“Bueno, ¿5 minutos el kilómetro te parece bien?”
, concedí.
“No mariconees, mañana tenés que volar”
, insistió nuevamente.
“El tema es que no tengo forma de lograr elevación aerodinámica o flotabilidad aerostática,
así que no usemos más la metáfora de volar”, le hubiese respondido, pero se me ocurrió recién hoy…

Me desperté con algunos nervios, por la importancia que le estaba dando a esta carrera como entrenamiento, y porque en la edición de la UP 2009 empecé corriendo rapido, y en el km 5 tuve que bajar bastante el ritmo: me había quemado. El tiempo total que había hecho tampoco fue malo, la terminé en 49 minutos 36 segundos. Pero si hubiese corrido con más inteligencia, quizá mi desempeño hubiese sido mejor. Y esa era la presión que me estaba imponiendo.

Decidí desayunar una ración extra de hidratos (dos rodajas de pan lactal) y partí hacia Monroe y Figueroa Alcorta, donde estaba la largada. Calculé mal el tiempo y llegué sobre la hora. Por eso no pude juntarme con los Puma Runners para salir todos juntos, así que me escabullí lo más adelante que pude, con la intención de no sufrir el apelotonamiento de la largada. Con mucha puntualidad, comenzó la carrera.

Mantuve un paso estable y exigido, con ese miedo de quemar toda mi energía muy pronto. Llegó la indicación del km 1. “Perfecto, la carrera es 10 veces esto”.

Rodeando el lago de los bosques de Palermo, cruzcé el km 2, y un grupo de jóvenes corredores dijo “Estamos haciendo buen tiempo, van 8 minutos 40 segundos de carrera”. “¡Excelente!”, pensé. “Voy bastante abajo de los 5 minutos el kilómetro, faltan cinco veces lo que ya corrí, y si me pego a estos muchachos con reloj, voy a poder mantener el ritmo”. Pero estos veloces corredores se desviaron hacia el circuito competitivo, así que a partir de ahí me quedé sin reloj.

Pasamos el km 3. “Genial, voy casi un tercio de carrera”.

Llegamos al km 4. “Bien, voy casi… em… ¿un kilómetro menos de la mitad?”.

En el km 5 llegó la hidratación, sobre la avenida Dorrego, y fue el único punto donde no vi el indicador de distancia. Unos metros antes de llegar a Av. del Libertador, pegamos la vuelta sobre la misma calle.

El km 6 estaba pasando por debajo del puente del ferrocarril, y esos cambios en el paisaje hacen que cualquier carrera sea más amena.

Casi llegando al km 7 vi que mi compañero Dany estaba unos metros atrás mío. Me dio un poco de frustración, porque yo quería correr a la par suya, con su plan de “primera parte tranquilo, segunda parte acelerando”, y me presioné para salir más rapido. Así que usé esa frustración para apretar un poco más, dar zancadas más largas, y aumentar el paso.

En el km 8 empecé a sentir signos de exigencia física. Específicamente, ese maldito dolor en las costillas del lado izquierdo. Intenté controlar la respiración, sin bajar el ritmo, y la molestia desapareció. Todo el tiempo pensaba en mi carrera del año pasado, y en cómo  la alimentación responsable y el entrenamiento intensivo de este año me estaban ayudando a hacer una mejor carrera.

El cartel del km 9 tenía la engañosa frase “Ya podés ver la meta”. Levanté la vista, y Figueroa Alcorta giraba unos 200 mts. antes del km 10, por lo que no era cierto, no veía la meta (y cuánto deseaba verla).

Cuando finalmente vi la llegada, sobre una ambulancia había un reloj digital que adelantaba el tiempo que estábamos haciendo. Me marcaba 44 minutos. Hice un sprint para el último tramo, y crucé la meta tres segundos antes de que el cronómetro oficial llegase a 45.

La recompensa llegó en ese momento, cuando además de la medalla por haber terminado nos dieron agua, Powerade, una banana, dos exquisitas rodajas de pan Orowitz, y algunos snacks que regalé porque no entraban en mi dieta.

Dany llegó pegadito atrás mío, y me contó que arrancó la carrera desde muy atrás; eso lo retrasó. Irme adelante en la largada es un truco que a veces me resulta un poco infame, pero realmente hace una diferencia de algunos segundos (o minutos) muy valiosos.

Esta carrera fue, además, la primera de algunos Puma Runners, y su felicidad por haber llegado era muy contagiosa. Para los que ya la corrimos el año pasado fue la oportunidad de medir si habíamos mejorado nuestro tiempo, además de un entrenamiento extra. El resto de la mañana fue hidratarnos, elongar, comer las delicias que entregó la organización, escuchar las historias de los que llegaron tarde a la carrera, masajes en el gazebo de Puma, fotos y felicitaciones para cada uno.

Yendo a almorzar encontramos un auto Toyota con las llaves puestas en la puerta, e hicimos la buena acción del día (buscando, quizá, sumar karma positivo, que podamos usar en la maratón). Dejamos una notita con un celular y, para evitar un robo demasiado sencillo del vehículo, nos llevamos las llaves. Fuimos a comer a un falso Carlitos, en la que fue mi último almuerzo de mi dieta “normal” antes de la maratón. Ya a partir de mañana empiezo con la alimentación diseñada especialmente para los 42 km (menos verduras y fibras, más hidratos y líquidos).

El distraído conductor del Toyota finalmente recuperó sus llaves, comimos como reyes, y volvimos a nuestros hogares. Cada uno cumplió un objetivo (la primera carrera, mejorar el tiempo, entrenar), y con un día con un clima tan espectacular, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que este fue un domingo que será digno de recordar.

EDIT: En la tabla de posiciones de la Carrera me colocan en el puesto 89 de la general, de un total de 1354 corredores. ¡No me lo esperaba!

Semana 3: Día 21: Plantando un pino, segunda parte

Emotivo encuentro entre el pino y el bloguero

Ayer fue el último día del invierno. Y fue, casualmente, el día en que con los Puma Runners plantamos un pino en nuestro lugar de entrenamiento.

La historia comenzó el sábado con un pequeño pino abandonado y las ganas de Germán, nuestro entrenador, de hacerlo nuestro y compartir la experiencia de devolverlo a la tierra.

Tuvimos que esperar hasta ayer lunes, no por capricho, sino porque era el día en que entrenábamos, y queríamos contar con la gran mayoría para este ritual. Hubo quienes nos acusaron de irracionales, por no consultar con la autoridad competente. Más allá de que la Policía considere que estamos haciendo “un mal uso del espacio público”, nos lamentamos cada vez que vemos que un árbol no crece en ese parque, o que, de un día para el otro, desaparezcan. Probablemente la ley no nos ampare, pero la vida es tomar riesgos, sobre todo si hacés algo por el bien de todos y sin hacerle daño a nadie.

Fuimos llegando al entrenamiento de a poco. Algunos llevaron palas, otros botellas de agua para ablandar la tierra, y otros sólo sus ganas de compartir esa anécdota (lo cual no era poco). Dimos una vuela al trote suave, para entrar en calor, y cuando estábamos terminando apareció el pino, al que apodamos “Solanas, el de proyecto Sur” (unstedes creen que estoy haciendo un mal chiste, pero fue la única propuesta que se escuchó, por lo que el nombre sigue estando en discusión). El pino no corrió. Estaba tirado en el piso, frágil, sin entender qué estaba pasando. Recordé un dibujito que graficaba a las criaturas, ordenándolas por su velocidad. El árbol estaba primero como el ser más lento, detrás del caracol. La única forma en que se aplica el concepto de velocidad en un pino es su crecimiento. Y el hecho de que no pueda trasladarse y que lo tengamos que cargar entre todos también habla de la fragilidad, el trabajo en equipo, y el respeto que tenemos por nuestro nuevo integrante del grupo.

Todos participamos haciendo el pozo. Elegimos un lugar donde alguna vez intentaron plantar un árbol y no prendió. Creímos que ahí no alteraríamos el delicado equilibrio hombre/parque. Cuando alcanzamos la profundidad adecuada, pusimos las raíces dentro, separamos las piedras de la tierra, y le dimos estabilidad. Algunos lo veían torcido. “Está fuera de escuadra”, dijo un diseñador gráfico. Ante la ausencia de elementos de medición, lo enderezamos a ojo, hasta que todos estuvimos de acuerdo en que estaba derecho. Nos sacamos fotos, hicimos el listado de las otras cosas que nos faltan realizar en esta vida (como tener un libro y escribir un hijo), y prometimos cuidarlo y regarlo cada vez que podamos.

Fue una tranquila forma de coronar una noche de mucha adrenalina, ya que en medio del entrenamiento notamos que un Puma Runner había desaparecido. Pasamos una eternidad buscándolo en las inmediaciones, alejándonos al trote para llegar a estaciones de servicio cercanas, confiterías y hasta en el hospital. Su auto estaba estacionado y su celular abandonado en su mochila. Estábamos esperando el llamado de los secuestradores reclamando un rescate millonario (en billetes de baja denominación), hasta que nos avisaron que lo habían cruzado a varias cuadras de nuestro punto de encuentro. Todos estuvimos de acuerdo en propinarle una salvaje golpiza cuando llegase, pero estuvo muy astuto en aparecer rengueando. Y nos dominó la lástima.

La noche terminó fresca y relajada. Ahora en San Isidro hay un pino más, que lo vamos a tratar como otro miembro de los Puma Runners, y bajo su sombra algún día elongaremos y planearemos nuestra próxima aventura…

(Música)

(Créditos finales)

(Comienza la tanda publicitaria)

Ayer llegué al entrenamiento más temprano, ya que Germán me estaba esperando no con uno, sino con dos pares de zapatillas nuevas. Me lamenté de que una estuviese hecha en Indonesia, probablemente a punta de pistola, pero me probé el otro par y mis pies agradecieron, finalmente, el cambio. El tema es que había terminado las últimas dos carreras con un leve dolor en la región lumbar de la espalda, obviamente producto de una mala amortiguación del calzado. Generalmente mi papá, en mi cumpleaños, me regala un par que me suele durar un año (o, siendo riguroso, que yo no cambio durante un año). Y esta vez no llegaba a diciembre. Germán (o sea, Puma Runners) me cedió estas zapatillas para que pueda seguir este riguroso entrenamiento de 52 semanas. ¡Gracias, Conejo!

Semana 3: Día 20: Plantando un pino, primera parte

Esta noche, vamos a plantar un pino.

Si tuviésemos que ponerle un comienzo a esta historia, sería difícil saber por dónde empezar. ¿Qué vino primero? ¿Un grupo de corredores que ayuda a sus miembros a crecer espiritual y físicamente? ¿Una persona que no pudo cuidar más de un pino y tuvo que deshacerse de él? Sólo sabemos que el sábado pasado, momentos antes de partir hacia la Salvaje Cross Country, un corredor observó que en el camino alguien había abandonado un pino de unos 2 metros y 25 kg.

La fascinación se apoderó de Germán, nuestro entrenador. La lista de significados que podía llegar a tener adueñarse de ese árbol y plantarlo en el parque donde siempre nos juntamos era infinita. El pino tenía sus raíces enroscadas, lo que quería decir que había sido plantado en una maceta, y que seguramente había crecido demasiado. Germán pensó en su hija, y en traerla dentro de 10, 20 o 30 años, y contarle “cuando vos eras un bebé, nosotros entrenábamos acá, y para conmemorarlo plantamos ese pino gigante que ves ahí”. Lo cargaron en un auto y lo llevaron a un lugar donde poder regarlo y resguardarlo para lo que vamos a hacer esta noche.

Decidimos hacer una especie de ritual, hoy lunes 20 de septiembre, a la noche. Es la víspera de la primavera, tiempo de cambio y renacimiento. Somos un grupo, y estamos haciendo algo juntos que va más allá de nuestra individualidad. Muchos podremos decir que hemos plantado un árbol, y nos faltará tener un hijo y escribir un libro (yo espero que escribir un blog a diario cuente también). Pero creo que lo más importante y lo que más representa este pino es que nosotros también, en algún momento fuimos un frágil árbol y, con el cuidado adecuado (un suelo firme y rico en nutrientes, el agua necesaria) fuimos creciendo. Este “ritual” nos va a recordar esto por siempre. Y lo mejor es que habrá otra lista interminable de cosas diferentes que simbolizará para cada uno.

Como grupo vamos a compartir la experiencia esta noche. No importa si el día de mañana alguien quita ese pino. O si resulta que no está permitido plantar un árbol en un lugar público, sin un permiso especial. Porque ese corredor que fuimos regando y viendo crecer dentro nuestro, es algo que nunca nadie va a poder derribar.

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