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Semana 50: Día 345: La Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

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Ayer intuí que hoy iba a ser un gran día. No me equivoqué.

Faltan tres semanas para que termine este año y complete las 52 semanas. No se va a caracterizar por alguna gloriosa carrera en la que haya participado, sino que ahora que miro hacia atrás veo que podría haber llamado a esta temporada como “Un atleta vegano”. El cambio en mi alimentación fue el más importante, y el no haberme podido inscribir en la Espartatlón por falta de cupo hace que mi meta máxima espere un año más.

Pero eso no quiere decir que no haya tenido muchos logros personales en este tiempo, tanto a nivel personal como deportivo. “Orden es progreso”, me dijo hoy Juanca al teléfono, antes de volverse a Venado Tuerto. Y lo dijo felicitándome por mi departamento y cómo está todo organizado. Ser vegano también implica tener mucho orden en la cabeza y en la cocina, y también es un requisito para conquistar metas.

Hoy corrí los 21 km de la Ciudad de Buenos Aires, sin pensar que iba a ser la “última” carrera de esta temporada de Semana 52. Seguro, en un mes está la Maratón, pero eso ya va a entrar en la nueva temporada, de cara a la Espartatlón. No lo venía pensando mientras corría por mis calles, pero sí me dije, y me lo repetí muchas veces, que esta tenía que ser la última vez que buscaba velocidad. Es hora de intentar alcanzar distancias, superar la barrera de los 100 km y vivir para contarlo.

No es casual que haya mencionado a Juanca, ya que este fiel lector del blog, que hoy es un amigo, vino a correr esta media maratón y aprovechamos para vernos en persona. Confirmé que Juanca no es un ser virtual, sino que existe y es en 3D. Él es vocero de Espera por la Vida, y nos trajo a todos los Puma Runners unas pulseritas hechas por él mismo para correr por Benicio, el chiquito de 8 meses que fue operado del corazón. Si hubiese una forma de medir esta campaña íntima (pero no menos importante), debería decir que fue un éxito, porque mientras las repartíamos hoy, a las 7 de la mañana, una corredora desconocida se acercó, y al escuchar la historia pidió una para ella.

Yo soy ansioso, y eso de coordinar para que gente de Pilar y San Isidro se levanten en horario, salgan de sus casas y consigan dónde estacionar, todo previo a la largada de una carrera, era algo que me tenía un poco nervioso. Teníamos que repartir kits todavía, más las pulseras, sacarnos unas fotos para seguir promocionando la importantísima labor de concientización de Espera por la Vida, ir al baño, dejar las cosas en los guardarropas y buscar nuestro lugar en la salida. ¡Era mucho! Pero dije que iba a ser un buen día, y todo nos salió bien (bueno, casi todo… a uno de los Puma Runners se le rompió el auto camino a la carrera y se quedó en su casa, maldiciendo por su suerte).

Entre los amigos que estaba ahí conmigo y que también hice con el blog estaba Nico, otro “loco” que descubrió el poder del running. Ni hace seis meses que entrena y hoy hizo la media maratón. Ir a una carrera tan linda, con tus amigos de siempre y los nuevos, es más de lo que cualquiera podría pedir.

Con Marcelo, asiduo compañero de aventuras, y Nico, nos fuimos abriendo paso entre los otros corredores y nos pusimos lo más cerca (humanamente posible) de la largada. Aunque teníamos el arco bastante cerca, pasamos por debajo cuando el cronómetro ya marcaba un minuto de carrera. Para mí eso es clave, porque con 17.500 inscriptos se hace un importante embudo. Más relajados, el resto de los Puma Runners arrancaron de más atrás, y cruzaron la línea de largada como a los cinco minutos.

Correr era físicamente complicado, porque la gente no terminaba de abrirse. Cuando encontrábamos un hueco nos metíamos a toda velocidad, pero enseguida teníamos que frenarnos. Veníamos por Figueroa Alcorta, y después de ver a un montón de gente improvisar un “carril rápido” por la vereda, nos mandamos. Recién ahí pudimos ir a buena velocidad, buscando siempre despegarnos del malón.

El recorrido de este año fue distinto, y no nos metimos en Libertador por la calle Dorrego. Pero cruzamos las vías del tren por debajo del puente, que es algo que a mí me encanta. Sé que puede parecer algo bastante trivial, pero es una curva donde los autos pasan quemando llantas, y no solo me encantan las formas y los colores del metal y el ladrillo formando esa estructura, sino que disfruto cada vez que le ganamos un cachito de espacio al tránsito.

Mi reloj marcaba una velocidad de 4 minutos 10, y a veces lo bajábamos. Hasta ese momento le creía al bendito aparato. Los shows de música y baile que están alternados con la hidratación le da otro color a la carrera, y me di el gusto de acompañar algunas estrofas de una canción de los Beatles mientras iba corriendo. El clima era espectacular, y la remera me empezó a dar calor, así que me la saqué. La llevé en la mano todo el recorrido, y supongo que cuando vea las fotos de la Media Maratón me voy a poder encontrar más fácil. Habrá que buscar al espantapájaros.

El recorrido tuvo algunas diferencias, pero ciertas partes se mantuvieron, como pasar por el Obelisco, la Casa Rosada, Plaza de Mayo, el Cabildo… no hay carrera más turística que esta (bueno, quizá la maratón, pero también es una competencia mucho más dura). Por Retiro me separé de Marcelo, y aunque quería correrla con él, pensé que en un momento me iba a cansar y que no iba a poder seguirle el ritmo. Pero no sé qué me pasó, estaba como poseído por fuerzas desconocidas. No podía bajar el ritmo, venía abriendo la zancada y corriendo con todo el corazón. Me di vuelta varias veces para buscarlo pero dejé de verlo. Paré para tomar Gatorade (y no volcármelo todo encima) y aproveché para buscarlo entre los miles de corredores… pero nada. Decidí seguir y ver hasta dónde podía apretar.

Estuve todo el recorrido yendo rápido, pero cómodo. Podría haber ido más tranquilo y disfrutado más del paisaje, pero para mí lo importante era que estaba haciendo un muy buen tiempo y que nada me preocupaba. En un momento mi GPS dejó de coincidir con los carteles de kilometraje de la organización. Yo tenía un kilómetro 100 metros de más. ¡Era demasiado! Le preguntaba a otros corredores que miraban sus relojes y el mío era el único desfazado. Me hizo sonar algunas alarmas en la cabeza, porque uno regula en base a lo que le falta, y mil metros es una enorme diferencia en la que uno tranquilamente se puede quemar… pero decidí que mi reloj solo me marque el tiempo que venía corriendo, y la distancia la medía con los carteles.

Tomé un par de vasos de Gatorade, que igualmente estaban llenos hasta menos de la mitad, y tres botellitas de agua (otro punto a favor de esta carrera es que el agua… ¡tiene sodio!). También me hice de algunos trozos de banana, y quise comprobar que con eso me alcanzaba para tirar los 21 kilómetros. No me equivoqué. He tenido fondos en entrenamientos donde aguanté con menos. Dejo los geles para la maratón o las carreras más largas.

Otra de mis partes favoritas de este recorrido es subir la autopista. Ahí, más que nunca, recorremos a pie un camino absolutamente vedado a los peatones. Además, el sol brillaba fuerte y calentaba la piel. Me agradecí por la iniciativa de estar corriendo en cuero.

El paso bajo nivel, que yo creía que era la parte más dura de la carrera, me resultó menos temible de lo que recordaba. Quizá el entenamiento, sobre todo en cuestas, ayuda, además de que me acostumbré a distancias más largas y no lo hice tan cansado. Me sirvió que hayan cambiado el punto de largada, corriéndolo unos 200 metros. Al estar llegando, después de meternos un tramo por los lagos de Palermo, la meta se vislumbraba mucho mejor, y al tener todo ese trayecto bastante memorizado, hasta parecía que estaba más cerca. Recurrí a todo mi entrenamiento, en especial de técnica, y levanté los tobillos para dar zancadas más largas y ganar velocidad. En la entrega de kits me encontré con un lector de este blog, Diego, al que le dije que me conformaba con hacer un tiempo de 1:45, y a medida que me acercaba al cronómetro oficial, pude ver que estaba por debajo de los 90 minutos. Culminé mi media maratón con un sprint furioso, grité “¡¡¡ESPARTAAA!!!” y frené mi reloj en 1:26:45. ¡Mucho mejor de lo que me animaba a imaginar!

Mi alegría era inmensa. No sé en qué ubicación estoy de la general, pero es algo que no me importa tanto siendo que le gané a la única persona que realmente me importaba, que era yo mismo. En 2010 hice esta misma carrera en 1:57, y sacarle media hora es bajar el tiempo un 25%. Realmente, no puedo pedir más.

No me lesioné, no me dolió absolutamente nada, no sentí sed, ni hambre, y después pude compartir experiencias de carrera con amigos, como los de Actitud Deportiva, que conocí en Yaboty. Fue una experiencia realmente impresionante, y con esa marca de reloj, la página oficial de la Maratón dice que en Octubre tengo que hacer los 42K en 3 horas 5 minutos. Me mojó la oreja y me siento muy lejos… pero me prometí solo priorizar los fondos y no la marca horaria…

Hablando del reloj, cuando volví a casa quise investigar por qué me había dado tanta diferencia. Además, en el resumen de la carrera me decía que mi velocidad máxima había sido… ¡45 kilómetros! ¿Qué le queda a Usain Bolt y todos los campeones velocistas si yo puedo terminar una maratón en una hora? Cuando descargué a Movescount la información del recorrido, pude constatar que bajando Corrientes hacia la Avenida Alem metí un pique, aprovechando el desnivel, y doblé muy cerrado. Según el Suunto eso lo hice a 1:33 minutos el kilómetro, algo que quizá sea imposible para un ser humano, pero definitivamente nunca lo podría hacer yo. Quizá un satélite explotó en el espacio, o había alguna clase de interferencia, pero viendo el recorrido era como si hubiese cruzado para correr por adentro del Centro Cultural Bicentenario. Luego viene una parte en la que al parecer hice un zigzagueo yendo de vereda a vereda de Alem (el tráfico no estaba cortado), y en lugar de subir hacia la Casa Rosada, me desvié hacia Ingeniero Huergo, rodeando la Plaza Colón, a velocidades asombrosas que nada tenían que ver con el recorrido. Ahí está ese kilómetro con cien metros de más que me descolocó la segunda mitad de la carrera. Una pena, porque hasta ahora mi historia con el reloj Suunto era de amor incondicional.

Volviendo a la media maratón, el punto más flojo de la organización, hay que decirlo, fueron los guardarropas. Mientras que el año pasado fue un ejemplo, con sectores separado por rangos de números de corredores, esta vez fue un verdadero caos, con un solo cubículo habilitado (y los demás extrañamente cerrados) y mareas de corredors que querían sus cosas para irse a su casa. La inexperiencia no cuenta como excusa, menos cuando un año atrás la cosa fue absolutamente lo opuesto. Yo, por suerte, tenía mis pertenencias en el auto de Nico, pero los miles de atletas que tienen este último contacto con la organización de la carrera se quedan con un mal sabor de boca.

Quedan 5 semanas para la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Esta media es la última carrera de esta temporada de Semana 52, y para mí ha sido un maravilloso cierre. Los 42K van a ser la primera de la que seguramente sea la temporada final de este blog. En 55 semanas quiero estar uniendo Atenas con Esparta, un sueño para el que no voy a querer seguir esperando…

Probablemente una de las claves para ganar tiempo, además de salir bien adelante, fue no correr con el celular, sacando fotos. Por suerte lo tuve a Nico, que logró capturar muchos momentos espectaculares de los 21 km, que gentilmente comparte a continuación:

Semana 48: Día 336: Instagram alimenticio

Avena, pasas de uva y manzana verde

Avena, pasas de uva y manzana verde

No me volví uno de esos aspirantes a fotógrafo que levantan cualquier cosa con un filtro. Pero me abrí una cuenta a Instagram porque quería twitear las cosas que voy cocinando, en especial ahora que me estoy haciendo dos jugos por día… pero por alguna extraña razón el celular no me adjuntaba las fotos. Así que, en un rapto de aburrimiento, me instalé el Instagram.

Probablemente no lo use para otra cosa, pero me pareció un divertido complemento a Semana 52, en especial ahora que estoy por cumplir un año de vegano (y terminar el tercer año del blog). Como lo tengo asociado con el tweeter y con mi cuenta personal de Facebook, todos se pueden enterar de qué pasa en mi cocina.

Evidentemente el gran cambio en mi dieta en este último mes ha sido el tema jugos. Todavía estoy experimentando, y ya puedo compartir algunas conclusiones:

  • Los jugos hechos solo con hojas verdes (lechuga, brócoli, espinaca) son un poco fuertes para el estómago. Kordich recomienda combinarlos con manzana o zanahorias, algo que corte un poco con el verdor. Por sí solos no son ricos, por más nutritivos que sean. Además la lechuga, aunque no sea muy colorida, termina largando un jugo muy pero muy verde (clorofila al extremo).
  • El kiwi vuelve ácido y muy espeso a cualquier combinación. Me hice un jugo de zanahoria y mandarina y le di un solo sorbo. Riquísimo. Pero no llené el vaso y me habían sobrado unos kiwis, así que los metí… y arruiné una bebida que me había encantado. A todo le quedó el mismo sabor amargo y una consistencia de sopa crema. Ojo, no era feo, pero estaba muy lejos de ser el elixir que originalmente había creado.
  • La práctica hace al maestro. Después de una semana de hacerme dos o tres jugos diarios, corto las frutas y verduras con mucha cancha, y el lavado de la juguera es más eficiente que nunca.
  • La zanahoria, por más que sea una verdura, da un jugo dulce.
  • Los jugos son muy llenadores, un vaso alcanza de colación para llegar sin hambre a la siguiente comida.

Pero aunque estoy muy contento con mis jugos, mi nutricionista ya me advirtió via mail que no son un reemplazo de comer frutas y verduras, porque me pierdo los aportes de fibra, semillas, etc. Yo creo que, como todo, es cuestión de equilibrar. Por ahora estoy en etapa experimental, pero como muchas personas creo que si no mastico no me estoy alimentando. De todos modos con los jugos sé que estoy consumiendo más frutas y verduras que antes. Eso también preocupa a la nutri, que teme por un exceso de azúcares (aunque sea de origen natural). Veremos.

Por ahora mi mayor descubrimiento, en el campo que no sea jugos, es combinar la avena con cuadrados de manzana y pasas de uva. A eso le sumo leche de soja y queda espectacular. Está ahí, en la galería, para su deleite. Desconozco si se puede acceder al Instagram sin una cuenta (supondría que no), así que acá resumo mi catálogo alimenticio, desde la mesada de mi cocina hasta su pantalla.

Semana 47: Día 326: Yaboty en imágenes

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Por suerte la organización de Salvaje solo subió una pequeña selección de fotos de lo que fue Yaboty. Y digo “suerte” porque puedo subir las mías antes.

No son la gran cosa, realmente no se puede correr y ser fotógrafo a la vez. Mi foto favorita, por supuesto, es la de mis heridas de guerra. No me animé a ponerme en cueros para mostrar todos los raspones que tengo en las piernas y en la otra mano. Se completaría la escena si subiese una imagen mía caminando como un Playmobil en el día de hoy, pero no quiero pasarme de víctima. Sinceramente solo siento un poco agotados los cuádriceps. La ampolla de la planta del pie izquierdo desapareció, así como el entumecimiento de los gemelos. Los cortes en las palmas ya no me impiden aplaudir, como en la entrega de premios.

Me parece increíble haber estado al rayo del sol, en esa agonía de kilómetros y kilómetros, racionando el empalagoso Powerade porque no sabía cuánto faltaba para el próximo puesto de hidratación, transpirado, cansado y mojado, y ahora estoy sentado en mi silla, escuchando los truenos de fondo, con la panza llena después de haberme comido dos milanesas de soja con acelga y una ración de ensalada primavera con choclo. Aquella epopeya de Yaboty empieza a parecer lejana, pero estas fotos movidas y borrosas me transportan de nuevo a la aventura, que empezó a las 3 de la mañana, esperando para tomar el micro que nos iba a llevar a la largada, y culminó a las 14:45, cuando crucé la meta. Aunque, claro, hay quienes dirían que esta experiencia comenzó mucho antes, y que se queda tan grabada en la memoria que nunca va a terminar…

Semana 45: Día 313: La Adventure Race Pinamar 2013 en imágenes

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Tarde pero seguro. Hice un compilado de imágenes de la carrera, como para dar una idea de lo que fue. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, así que este post vale como por 10 mil, sería un interesantísimo artículo de dos o tres páginas.

¡Feliz día del maratonista!

Semana 44: Día 305: Una semana de gimnasio

Bueno, ayer me fue imposible actualizar el blog, así que hoy salen dos posts en el transcurso del día.

A continuación comparto dos fotos que me saqué, una el día en que empecé a ir al gimnasio, otra una semana después.

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¿Ven la diferencia? ¿No? Yo tampoco.

Después de mirarlas detenidamente por 5 horas, noté que hay unas venas más marcadas en el pliegue del codo (¿se llama así?). No esperaba que haya un cambio, pero sí hay una verdadera diferencia, y tiene que ver con que ya me siento más cómodo con los ejercicios, ni tengo dolores en los días posteriores. Si me sacara la foto en el momento del entrenamiento, todo hinchado por las repeticiones y la sangre que infla los músculos, sería hacer trampa (porque el efecto no resiste más allá de cuando me ducho en el vestuario).

Vamos por más…

Semana 41: Día 285: La Maratón de Río de Janeiro en fotos

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Todavía retengo la sensación de estar corriendo sobre las calles de Río. Siento el calor del sol pegándome en la piel descubierta, la rigidez del asfalto en cada pisada, el sonido de mi respiración. Tengo frescos los dolores en las piernas, las ganas de cruzar la meta y la paz que sentía en medio de todo ese esfuerzo descomunal.

Hoy vi un video de 30 segundos de mi llegada. En mi cabeza fue un momento épico, a lo William Wallace o el rey Leónidas. Pero desde afuera parece otra cosa. Quizá le falte una cámara lenta, música incidental de John Williams, o un mejor actor. Pero siempre me gusta observar cómo se ve todo desde afuera. Los músculos tensándose, la pose del cuerpo, la espalda, la zancada. ¿Qué es más real, lo que pasa por mi cabeza o lo que se ve desde afuera? Probablemente la realidad sea sacar un promedio de ambas cosas.

Me siento muy orgulloso de esta carrera. A diferencia de una película que me hubiese gustado mucho, no puedo volver a verla. No se la puede volver a vivir. Está adentro, en los recuerdos. Podría volver a Río de Janeiro y hacer otros 42 km, pero está claro que jamás va a ser lo mismo. Estas imágenes, que no muestran lo que pasaba en mi cabeza sino lo que pasaba con mi cuerpo y mi entorno, son siempre una buena ayuda memoria para mí.

Semana 37: Día 255: Los 21 km de la Mizuno Half Marathon

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Como comentaba en posts previos, en un arranque de improvisación decidí inscribirme en la media maratón que se corría en Vicente López. Uno generalmente se prepara para este tipo de carreras, averigua quién la organiza, o cuál va a ser el recorrido. Yo me anoté porque la corrían dos amigos míos de los Puma Runners. Nada más que por eso.

Al momento de la inscripción estaba viviendo en Caballito, en el departamento de mi hermano y Seba, su pareja. Me trataban muy bien, me daban comida vegana, y no me obligaban a pasear al perro (tamaño caballo). No me podía quejar. Pero bueno, un poco me quejaba. No está bueno instalarse indefinidamente en el hogar de una pareja, porque por más que te prometen que no molestás, uno siente que está todo el tiempo en el medio. Tampoco tenía un lugar fijo para trabajar, y le buscábamos la vuelta para que yo estuviese cómodo y mi hermano pudiese atender a sus pacientes. Mi prima Vero me insistió en que me instale por unos días en su departamento de Recoleta, y con la media maratón encima, me pareció que era más prudente salir desde este barrio que desde Caballito.

La largada era a las 7 y media de la mañana. Si salía desde lo de mi hermano iba a tener que levantarme a las 4. Mudado e instalado en lo de mi prima, terminé yéndome a dormir a la 1:30. Con todo el dolor del mundo madrugué, me cambié y salí a encontrarme con Pablo, un amigo que corría y me alcanzaba a la meta. Lloviznaba, lo que parecía un mal pronóstico para la carrera.

Como decía antes, me mandé sin saber absolutamente nada. Solo que el organizador era TMX, lo cual para mí es una buena referencia. Sin embargo hubo un detalle que me pareció poco feliz, y fue que el chip se entregaba de 6 a 7 AM, previo a la salida (que, recordemos, era 7:30). Desconozco si hubo algún problema, pero yo estaba como cortando clavos, porque no sabía si íbamos a hacer a tiempo. A la hora de la salida todavía era de noche, pero por suerte la llovizna desapareció como por arte de magia.

Largamos 7:40, un brevísimo retraso que quizá tuvo la colaboración de esta extraña logística de los chips. Salimos Pablo, Lean, Germán y yo, cada uno a su ritmo. Yo estaba con poco sueño e improvisando, y sinceramente no tenía ganas de hacer marca. Fui a estar con mis amigos, impulsado por su presencia. Tenía ganas de acompañarlos, estar ahí como apoyo moral o para dar consejos. Quería disfrutar del paisaje y no estar todo el recorrido tensionado, sufriendo el esfuerzo físico desmedido. Es algo que también quise hacer en las Fiestas Mayas. Creo que no tengo que demostrarme nada. No quiero ser el más rápido, y la meta espera a todos, desde el primero al último. Como un buen libro que lo dosificamos porque no lo queremos terminar, yo también quería disfrutar un poco más de cada carrera.

Me apegué a Lean, un Puma Runner de la nueva generación, quien tiene un muy buen ritmo pero vive siempre relegándose para acompañar a alguien. Esta vez decidí que iba a ser él quien estuviese acompañado. Salimos desde el costado del río, y dimos una larga vuelta que nos hizo cruzar por el costado de la largada. No lo sabíamos en ese entonces (yo, al menos, que caí de paracaidista), pero esto de hacer círculos y pasar por el mismo punto más de una vez fue la característica de esta media maratón, y el punto que yo más le critico. 21 kilómetros es una distancia suficiente para unir Provincia con Capital. Permite hacer a pie cosas tan raras como salir desde la cancha de Boca y llegar a la de River, o hacer un ida y vuelta desde Colegiales hasta Olivos. Pero lo que fue una ventaja para los fotógrafos que no tuvieron que salir a perseguirnos porque les pasamos por al lado cuatro veces, para los corredores se volvió un poco tedioso.

A ver, la organización fue un reloj. Todo funcionó perfecto, la hidratación, las indicaciones, el puesto de frutas. Todo bárbaro. Pero el recorrido era muy monótono. Pasamos por calles de asfalto, estacionamientos… y repetíamos tramos, que hacíamos de ida y después de vuelta. En ciertos puntos, sobre todo cerca del final, parecía que girábamos en cada esquina, zigzagueando constantemente. Al principio pensé que era yo el quisquilloso que se quejaba, pero me fui dando cuenta de que no era el único.

La carrera no tuvo sobresaltos. En un momento lloviznó, lo cual prometía hacerlo más interesante, pero enseguida paró. Mientras corríamos no se sentía el frío (todo lo contrario), así que agradecí haber tenido el instinto de dejar las calzas en la mochila. Después de cruzar la mitad del circuito en una hora exacto, le dije a Lean que nuestro objetivo podía ser que la segunda mitad fuese más rápida. Aventuré “1:58:00” como meta. También le prometí que no lo iba a presionar, cosa que no pude cumplir.

El entusiasmo hacía que caltando pocos kilómetros, instintivamente aceleráramos. Íbamos cómodos, tratando de banar de 5 minutos el kilómetro. Sobre el final, y faltando a mi promesa, empecé a presionar a Lean para que acelerara. Le pedí una progresión. El pobre, con la lengua afuera, ponía su mejor cara y con mucha enteresa y caballerosidad me ignoraba por completo. Por reflejo, estando a pocos metros de la meta empecé a acelerar, pero vi que Lean mantenía un ritmo constante. No quise cruzar solo, así que me resistí al sprint final y cruzamos codo a codo. El reloj nos indicaba que habíamos cruzado en 1:55:19, mucho mejor de lo que esperaba.

Por supuesto, al frenar y enfriarme, empecé a temblar como una hoja al viento y a sufrir el espantoso clima. Tuvimos una tregua y en todo el recorrido el tiempo estuvo bastante benévolo, pero cuando la gran mayoría habíamos terminado, empezó a llover con insistencia. Por suerte estábamos desayunando, refugiados en una estación de servicio, compartiendo anécdotas de la carrera que todos acabábamos de terminar.

Dejo algunas instantáneas de carrera, pero esta vez desde afuera: suelo sacar yo las fotos, pero ahora temí por la lluvia y dejé la cámara bien guardada…

Semana 35: Día 241: La llegada de las Fiestas Mayas 2013

En esta carrera multitudinaria que se corrió ayer, me preocupaba la foto de la llegada. Porque somos tantos, que era muy probable que nos tapemos entre todos. En la San Silvestre, por ejemplo, no se ve mi llegada porque una cámara en una grúa tapa mi momento triunfal.

Por suerte, en las Fiestas Mayas, una cámara elevada (y sin grúas al frente), captó el instante en que cruzamos la meta con Nico. Fue un momento muy emocionante, porque le venía gritando que podía, y juntos cruzamos en un maravilloso sprint. Después podríamos haberle puesto la música de “Carrozas de Fuego” mientras nos fundíamos en un afectuoso abrazo. Los corredores sabrán entender la emoción que se siente estando ahí, en la meta.

Nos encuentran a la izquierda de la pantalla.

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Semana 35: Día 240: Los 10 km de las Fiestas Mayas

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Entre todos los errores que tengo, el que arrastro desde hace más tiempo y el que más detesto es el de la subestimación. No me refiero a ser subestimado, sino cuando yo lo hago. Hubo una época en que no hacía deporte, mi dieta se basaba en pan con mayoliva, y me deleitaba casi todos los días con palitos salados. Y en esos tiempos empecé a correr por mi cuenta, y me costaba un montón. Hacía tres o cuatro kilómetros y estaba muy satisfecho y orgulloso de mí mismo. La primera vez que alcancé los 10 kilómetros por mi cuenta, me quedaron los pies destrozados. Estaba feliz, pero sentí que había encontrado mi límite, y que me era imposible hacer más.

Y después me olvidé de todo esto. Empecé a sumar distancias, a fortalecer las piernas, a bajar de peso y a ganar experiencia. Con eso vino la subestimación, y no corría carreras de 10K. Es más, me burlaba de ellas, pensaba qué tontería era organizar una competencia tan corta, solo para sacarle plata a los atletas que recién empiezan… ¿por qué no hacen una de 42 y se dejan de embromar? Sí, esas cosas pensaba, lo cual me hace un tipo bastante odioso. Pero al menos no las decía en voz alta.

Solo participaba de carreras “cortas” (lo pongo entre comillas) si obtenía la inscripción gratis por algún auspicio, o si quería acompañar a alguien, y casi siempre probaba velocidad. Por supuesto que no las disfrutaba, me la pasaba todo el tiempo presionándome al máximo, al punto en que tenía los cuádriceps en llamas y los pulmones a punto de explotar. Así me perdía el paisaje y todo lo que una carrera tiene, además de correr.

Admito todo esto porque hoy participé de las Fiestas Mayas, y lo hice con Nico, un amigo que está haciéndose de abajo en el mundo del running. Él solo se ha ido preparando, y hoy corría su primera carrera de 10 kilómetros. Y me acordé de lo difícil que fue para mí llegar a esa distancia, y como él me hace en parte responsable por su motivación por correr, decidí acompañarlo, aunque sea unos kilómetros. Por suerte no me tuve que colar: ayer fui al Club de Corredores, y todavía quedaban cupos. Así que pude hacer las cosas por derecha, como corresponde.

De cabezón que soy, decidí ir hasta la largada corriendo. Desde casa, por Pampa derecho, terminaron siendo 4 kilómetros. Me sirvió para entrar en calor; la mañana estaba fresca, y llegué acalorado, con todo el abrigo en las manos. En el camino, como me pasa en todos los trotes matinales, paré detrás de un árbol para realizar una “parada técnica”. Dejé mis cosas en el guardarropas (me dieron el número 365, que después del 52 es uno de los que más me gustan) y fui a encontrarme con Nico. En la plaza que está frente al Club de Corredores, antes de que él llegara, hice mi segunda parada técnica. La mañana es así para mí.

Por supuesto que la carrera empezó puntual. No sé cuántos éramos, quise contarlos a todos pero no me dieron los dedos de las manos. Mi cálculo era que estábamos por encima de los 5 mil, quizá 10 mil. Quisimos avanzar para salir lo más cerca posible del arco, y fuimos a los codazos, patadas y mordiscones hasta que la masa de gente se volvió impenetrable e indivisible. El contador llegó a cero y largamos. Primero caminando, después dando trotecitos muy cortos, y cuando la gente se empezó a abrir, pudimos correr normalmente.

Mientras hacíamos nuestros primeros metros, le sacaba charla a Nico. Cuántas carreras había hecho, cómo se venía sintiendo. Quería ir a su ritmo, pero nunca me doy cuenta si yo sigo al otro o si el otro me sigue a mí. La cantidad de gente era infernal. Pasamos a Emilse, la “mujer araña” (un personaje presente en la gran mayoría de las competencias de la Ciudad), y enfilamos derecho por Figueroa Alcorta. Una cosa que me sorprendió, que por los comentarios de otros corredores era novedad, fue que pusieron pacers, o sea gente que marca el ritmo y se rodea de un pelotón que quiere mantener una velocidad constante. Nos pasó el de 5 minutos el kilómetro, e intentamos seguirlo, pero como le estaba dando mucha charla a Nico, sentía que no llegaba, y la idea no era esforzarlo por demás. Así que nos acomodamos en unos 5:20 y fuimos manteniendo.

Cuando cruzamos Dorrego, ya veíamos a los punteros que estaban volviendo. “No te preocupes, son de otro planeta”, le dije. Correr por esas calles, totalmente vedadas para los seres humanos en condiciones normales, es muy gratificante para mí. Seguimos hasta el planetario y dimos un incómodo giro de 180 grados para retomar. Como auspiciaba Jumbo, doblamos frente al Hipódromo de Palermo y nos acercamos a media cuadra del hipermercado. Después volvimos por Dorrego para retomar Figueroa Alcorta. Nico le ponía mucha garra, pero sin volverse loco, y manteniéndose en una velocidad cómoda. Entramos a los lagos de Palermo e hicimos la tercera parada técnica para mí. Afortunadamente fue la última (de la mañana).

Salimos a Figueroa Alcorta, y de ahí era derecho hasta llegar a la meta. Al principio no dije nada, pero solo veía cómo la velocidad que marcaba mi reloj iba en aumento. Cuando sabés que te falta poco, sin querer empezás a apretar. Estaba faltando un kilómetro y veníamos muy cerca de los 5 el kilómetro. Yo le iba cantando “vamos que faltan 600 metros…”, “vamos que faltan 400…”. “No puedo, voy a recuperar”, me dijo. “¡Recuperás en la meta!”, le grité. Ya teníamos el arco de llegada a la vista y le dije “Ahora levantá más los talones del piso”. Vi que respondía y le dije “Abrí la zancada”. Y pegamos un sprint espectacular hasta cruzar la línea de llegada. Llegamos por debajo de los 55 minutos, manteniendo la velocidad de Nico en las carreras anteriores que hizo (que eran de 8 kilómetros o menos).

Fue una alegría muy grande compartir esa carrera. Entregamos el chip, nos agarramos un Gatorade y una banana, y salimos. Me sorprendió que no dieran medalla, y aunque tuve un principio de ofendimiento, después me enteré que las Fiestas Mayas nunca entregan medallas de finisher, sino que la consigna es darle a los corredores chocolate caliente con churros. Siempre se hizo el 25 de mayo, pero como ayer hubo un multitudinario acto político, me imagino que no quisieron que se solaparan.

Como vengo de un período de abstinencia de running, me pareció una buena idea volver a casa corriendo a un ritmo suave, como para regenerar. Elongamos, nos despedimos, y cuando recuperé mis cosas del guardarropas, fui trotando tranquilo para volver por La Pampa. Esta carrera no fue cara, y la verdad es que le encontré un sentido a correr por las calles de Buenos Aires, aunque no sea un “desafío” a nivel físico. Las carreras no tienen por qué servir solo para romper marcas. También pueden servir para compartir la experiencia con amigos y disfrutar de otra perspectiva de la Ciudad.

Les dejo algunas fotos que fui sacando en el recorrido. Son muy malas porque la suma de celular más trote más carrera da igual a imágenes movidas y mal iluminadas, pero sirve para darse una idea del recorrido, y la cantidad de gente que vino a hacer sus 10K de nuevo… o por primera vez.

Semana 34: Día 233: Los 10 km (más o menos) de la Maratón River

maraton_river_2013

No me gusta el fútbol. O sea sí, me pierdo cuando la Selección Nacional juega algún mundial, pero es una vez cada 4 años, así que me apasiono con la misma frecuencia que tenemos un año bisiesto. Da la casualidad de que Colegiales está muy cerca de Núñez, el barrio de River, y que hoy se celebró una carrera de 10 km competitiva y 3 km participativa.

No es lo único casual en esta crónica. En el día de ayer dejé a mi novia encerrada en la casa, sin tener acceso a la cocina ni a su juego de llaves, que le hubiese permitido salir a comprar víveres. Por esto abandoné mi entrenamiento por la mitad y me volví corriendo (no literalmente, sino en remís) para poder abrirle. Me quedé con las ganas de seguir entrenando, ya que cualquier vestigio de lesión en mi tibial ha desaparecido por completo. Resolví levantarme hoy temprano (pero sin despertador), desayunar, meterme unas pasas de uva, un par de caramañolas con agua, y partir hacia la gris y fría mañana.

Tomé un camino alternativo, en lugar de bajar directamente hacia Avenida del Libertador y encarar hacia el lado de Retiro, me quise perder por las bicisendas y aprovechar que había poco tráfico. Me perdí literalmente porque de pronto no sabía dónde estaba. No soy bueno orientándome, ni siquiera en las cercanías de mi barrio, pero me las arreglé para aparecer en la Avenida Santa Fe, por debajo de las vías del tren. Tomé Intentente Bullrich, hice una parada técnica en el baño del Jumbo, y corrí pegado a la mezquita. La intuición me iba llevando para ese lado, y yo quería correr por terreno blando. Fui por Avenida del Libertador y al cruzarla extrañé correr en una carrera. Con nostalgia pensé en las maratones (las de 42K) y otras competencias de calle donde se cortaba el tráfico y podría ir por el asfalto. Como corredor, pocas cosas me hacen sentir tan libre. Una reivindicación para el ser humano por sobre las máquinas (automovilísticas).

Iba pensando en esto, lo juro, mientras corría por uno de los laterales de plaza Holanda. Fui girando, instintivamente, y al llegar a Figueroa Alcorta me percaté de que la policía cortaba el tránsito. A lo lejos, debajo del puente de las vías del tren, vi varias camisetas blancas que iban y venían. Encaré hacia ahí. Al principio pensé que era un grupo de entrenamiento… pero eso de cortar la calle era poco usual. Entonces supuse que era un precalentamiento para una carrera. Me acordé de mi ídolo, Dean Karnazes, que solía correr 100 km y terminar justo antes de la largada de una maratón… para ahí seguir rodeado de gente. Yo, que no me considero ni a la altura de la suela de Karnazes, acababa de correr 8 km, así que bien podía engancharme extraoficialmente en una carrera de calle y divertirme un poco.

Cuando alcancé a estos corredores me di cuenta de que estaban en medio de la competencia. Lo que pasaba era que se trataba de los más rezagados, que a esta altura entregaban toda la energía que les quedaba. Muchas eran chicas, de todas las edades. La remera, blanca y con detalles rojos, me gustó mucho (una de las más lindas que he visto, yo que no estoy influenciado por el fútbol), y soy medio corto de vista, porque me costó darme cuenta de que hacía referencia al club River Plate.

En un principio iba por la vereda, porque me daba vergüenza colarme. Lo hice una sola vez, en mi primera media maratón, y me hicieron ver entonces que estaba mal usar recursos de gente que pagó su inscripción, y mucho más hacerme con una medalla que no me correspondía. Me acordaba de todo esto mientras me debatía entre aprovechar ese asfalto libre de automóviles… me resulta tan gratificante correr por ahí, pasar por debajo de ese puente… Cuando vi el cartel que indicaba 4 km hice un paso disimulado y me enganché. Tenía mi atuendo de corredor (hoy hizo frío), y para mí era demasiado evidente que yo no formaba parte de esa carrera. Hasta intenté bajar mi ritmo para no desentonar con toda la gente que me rodeaba. Ahí venía Emilse, la “Mujer Araña”, que corre a su ritmo, lento pero constante, y dando gritos y saludando a todo el mundo.

El recorrido era muy lindo, y me encantaba estar entre tanta gente. La carrera nos llevó adentro de los Lagos de Palermo, y como la calle es libre, muchísima gente que no estaba inscripta en esta competencia iba a un costado… yo no inventé nada, éramos muchos yendo a la par. Pasé junto a un puesto de hidratación, por el kilómetro 5, y me pareció indigno tomar agua, así que negué la asistencia y seguí. Cada vez nos acercábamos más a la cancha de River, y obviamente que si llegaba a la meta me iba a hacer al costado. Pero yo no tenía ni siquiera idea de cuánto era la distancia total. El cálculo me daba que iba a ser unos 8 kilómetros, porque ya podía ver el arco de llegada… y mientras me acercaba a la cancha, escuché que me gritaron “¡Martíiiin!”. Me frené y vi a Silvia, la mejor amiga de Vicky, que iba con su novio y sus hermanos caminando. Acababan de terminar la carrera. Cuando me saludaron me preguntan “¿Sos de River?”. Ahí confesé que no, que me había enganchado de casualidad. “Tenés que entrar a la cancha, está buenísimo”. No tenía idea, faltaban como unos 200 metros para llegar hasta la puerta de entrada. Silvia le sacó su número dorsal a su hermano y me lo abrochó en el pecho. Me negué un poco, pero me insistieron.

Partí hacia el Monumental, custodiado por 20 patovicas, cada uno del tamaño de un ropero mediano. Pasé infiltrado y aunque no me gusta el fútbol y es un fanatismo que no entiendo, entrar a la cancha fue muy emocionante. Mientras corría los primeros metros escuchaba a la gente gritar emocionada, alentar a su equipo, y de algún modo sentirse parte de todo eso. Llegamos al circuito de atletismo que rodea el césped de juego, y muchos se paraban para sacarse fotos. Arriba, el cartel electrónico mostraba a los corredores, y solo tenías que levantar la vista para verte en pantalla gigante.

Tengo que hacer una confesión. Además de que no me gusta el fútbol también soy un amargo que no va a recitales. Así que esta era la primera vez en mi vida que entraba a la cancha de River. Creo que de muy chiquito, como en el jardín de infantes, fui a la de Banfield, y mi recuerdo es que era monstruosamente gigante. Por eso, cuando entré al Monumental, me pareció muy chiquita. Tengo una teoría, además de la comparación con mi recuerdo infantil, y es que al estar acostumbrado a correr distancias grandes, el área que separa un arco del otro me pareció corto. Pero esta debería ser la cancha más grande de Argentina (digo, desde mi total ignorancia), así que no deben haber campos de juego más grandes que eso. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia futbolística.

Salí del Monumental, con algunas fotos rápidas y mal sacadas con mi celular, y crucé el arco de llegada, que estaba ahí nomás. No me animé a hacerme a un costado. No tenía chip, así que esquivé a los asistentes que los quitaban con su pinza. Me podrían haber dado una medalla, pero me pareció incorrecto llevarme una, así que pasé disimuladamente, y por suerte nadie vino corriendo a dármela.

La salida era un mercado persa. Estaba atestado de gente. Unos cuantos vendedores ofrecían de todo, desde ropa hasta comida, pasando por recuerdos como mates tallados y souvenirs. Supongo que esto también pasa a la salida de los recitales. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia recitalística.

Había completado un poco más de 12 kilómetros, y mi objetivo para esa mañana era hacer 20. Me puso muy contento cómo todas esas casualidades me fueron llevando hasta esa carrera, y cómo cruzarme con una amiga, a la que ni siquiera había visto, me ayudó a entrar y darle una vuelta a la cancha de River. Cosas que ni me imaginaba cuando me levanté esta mañana.

Volví sobre Figueroa Alcorta, doblé en La Pampa y rodeé el club de golf. Así fui llegando por circuitos más conocidos y tradicionales, hasta llegar a casa. Fue un día peculiar e inesperado. Y lo mejor era que ni siquiera eran las 11 de la mañana… todavía me quedaba mucho por delante.

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