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Semana 21: Día 146: Mariposas en el estómago, antes de correr 50 km

Bueno, el título lo explica todo.

Estar ante la situación de tener que correr 50 km, algo así como 5 horas, asusta. Esa es la verdad. Hice algo de planificación. Como la vez que corrí 40 km me harté un poco de tanto dulce, me compré pretzels. Porque son salados y me gustan mucho. Nunca lo probé en una carrera, sí en trails, pero es hora de empezar a experimentar. Quería hacer lo mismo que Scott Jurek, que se lleva pan de pita con humus, pero no tengo pan de pita, y tampoco sabría cómo llevarlo. ¿En un tupper? ¿En una bolsa ziploc? No tengo idea, pero pienso probarlo.

Los 50 km no son caprichosos. Es parte del entrenamiento para los 100 km de la Ultra Buenos Aires, que se corren el 7 de abril. Cada vez falta menos, y las distancias que corro por casa aumentan más y más. No puedo darme el lujo de invertir medio día en correr, así que he optado por madrugar. Estoy a punto de cenar, así que me voy a llenar de hidratos y me voy a ir a la cama. A las 5 de la mañana me levantaré, desayunaré y abandonaré el nido a las 6.

Mi plan es ir desde casa, en el barrio de Colegiales, hasta el Hipódromo de San Isidro. Eso me va a dar 15 km, aproximadamente. Le voy a dar una o dos vueltas, y de ahí de nuevo encaro hacia la Ciudad Autónoma, siempre uniendo Capital y Provincia por la Avenida del Libertador. No me cerraron las alturas de esa calle estando en una zona y la otra, así que me voy a sacar la duda de en qué momento se desfasan.

Vicky me va a prestar su mochila hidratadora, porque la mía me resulta demasiado grande. Eso tiene sus ventajas y desventajas. Por un lado, me permite llevar comida, abrigo, geles, etc.; pero por el otro es más aparatosa, me choca en la base de la espalda, y no resulta del todo cómoda en largas distancias. Estar atado 5 horas a algo me resulta preocupante.

Me compré más cubitos de ananá abrillantada. Tengo la teoría de que me dan gases, pero son ricos y la gente que madruga me sabrá entender. Tengo un par de geles que también me voy a llevar, y bueno, estaré en casa a las 11 de la mañana para empezar la jornada laboral… Veremos qué tal sale todo esto. Debería ser el primero de muchos fondos largos. Mi instinto me dice que hasta los 80 km no debería parar, si es que quiero alcanzar los 100 sin problemas…

Semana 20: Día 137: Expertos en proteínas

Hoy leía un textito con el que me sentí identificado, y decía algo así: “Cuando digo que soy vegano de pronto todo el mundo se convierte en expertos en proteínas”. Nunca nada más cercano a la realidad.

He tenido amistosas discusiones con amigos y familiares sobre los pormenores de no comer carne. Creo que ya he demostrado que, tras trece años sin consumir animales, sigo vivito y coleando. Vicky cree que me quedo dormido (desmayado) en todos lados por alguna falta nutricional, pero si dejamos eso de lado (cualquiera que vea a mi padre durmiendo en el sillón después de almorzar puede comprobar que es un rasgo genético), lo cierto es que nunca me sentí mejor físicamente. Estoy haciendo fondos largos constantemente, sumando kilómetros en entrenamientos intensos, a veces combinados con ejercicios de musculación. Y no me siento débil.

Pero siempre hay alarmistas que consideran que estoy demasiado flaco, que pongo en riesgo mi salud, y así como en el fútbol somos todos directores técnicos, en estas charlas todos somos nutricionistas deportólogos, “especialistas” en lo que el cuerpo humano necesita (en algunos casos, “especialistas” en lo que MI cuerpo necesita). Escuché todo. Las proteínas completas, las de alto valor biológico, el hierro, la vitamina B12. Aunque parezca increíble, he tenido peleas que nada tenían que ver con el deporte o la alimentación, en donde en algún momento me tiraron a la cara “¡a vos te falta comer carne!”, tibio insulto que siempre me deja perplejo.

Creo que no hace falta aclarar que mucha gente desconoce cuáles son las fuentes de energía. Hay tanto pánico hacia las “calorías” que mucha gente cree que son mala palabra. Lo mismo con los hidratos de carbono, llegando al punto de creer que comer una banana puede hacerlos engordar. Las proteínas tienen calorías, pero la principal fuente de energía, eso que nos da la fuerza para realizar acciones o procesos internos son los hidratos, y no hace falta recurrir a los animales para consumirlos. ¡Es más! No hace falta la carne, ni siquiera la leche o los huevos, para obtener proteínas. Tampoco es un misterio, basta consultar a un profesional, y los más arriesgados pueden incluso googlearlo. Las lentejas, los garbanzos, la soja, son todos una excelente fuente de proteína vegetal.

Si estuviese equivocado, creo que no soportaría estar tres horas corriendo sin parar, como pude comprobarlo el domingo pasado. Mañana voy a retirar mis análisis de sangre, que también van a ser un indicador de cómo estoy físicamente, y el jueves voy a tener una función doble: nutricionista por la mañana, y médica clínica por la tarde para que vean mis resultados y me digan cómo está mi salud (sin tener que fiarse de mis opiniones).

Semana 19: Día 133: Fondo de 35 km

Hoy hice un fondo de 35 km. Como muchos recordarán, hace pocos días hice uno de 25. La diferencia sustancial entre el de hoy y el de la semana pasada son 10 km.

Y siguiendo en el terreno de las obviedades, si tuviese que encarar un entrenamiento o una carrera de 10 km, me parecería poca cosa. Haría velocidad, no necesitaría de una hidratación excesiva (a menos que hiciese mucho calor) y al terminar me sentiría perfecto. Pero si esa distancia viene después de correr 25 km… ya parece que nos estamos enfrentando a una montaña imposible de escalar.

No pude salir temprano, que era lo ideal. Tenía terapia por la mañana y quería terminar un trabajo que me viene sobrevolando como un cóndor al acecho… Mi idea era salir a las 5 de la tarde, porque con la colación que siempre hago a las 4, me daba tiempo de hacer un poco de digestión y poder usar esa energía. Pero los compromisos se extendieron y terminé saliendo a las 18 hs. No estuvo tan mal, había un sol muy agradable, pero coincidía con el fin de la jornada laboral, y encima en viernes… así que todo el mundo estaba caminando por las veredas y automóviles y colectivos atestaban las calles.

Como la distancia no era para menospreciar (nunca corrí 35 km de calle en lo que va del año), decidí ir tranquilo y dedicarle unas tres horas y media a resolver el asunto. Como quería ir cómodo, decidí entrenar con el baticinturón, con dos caramañolas de agua que podía rellenar en la canilla de la Reserva Ecológica. Claro, la Reserva cierra 18:30 así que era imposible que yo hiciera 12 km en media hora, pero cuando salí todavía no lo sabía.

Así que con déficit de agua, tres gomitas y un gran puñado de pasas de uva, salí. Mantuve un ritmo de 5:15, que es bastante más abajo de lo que suelo correr cuando entreno en los Puma Runners (pero claro, en esas clases sé que difícilmente superemos loas 18 km, en muy raras ocasiones alcanzamos los 20 km. Luego de esquivar a 2 millones de personas y 500 mil autos, me saqué la remera y fui en cuero hasta la Reserva. Cruzando la Avenida Madero casi me pisan, pero bueno, fue “casi”. Aprendí una cosa, que no tiene mucho sentido salir con lentes de sol a las 6 de la tarde, porque el sol está bajando y cuando se esconde detrás de los edificios, no sirven para nada más que para impedir que la brisa refresque los ojos (así que estoy cada dos por tres secándome la transpiración). Desde ese momento, llevé los anteojos en la mano.

Cuando llegué a la Reserva me moría por ir al baño, pero la puerta estaba entreabierta, lo suficiente como para que los recién llegados como yo se den cuenta que está cerrado, y que los que todavía andan adentro del predio puedan salir. No me dejaron pasar al baño en ninguna de las dos entradas, así que tuve que recurrir a la bochornosa situación de encontrar un lugar alejado donde responder el llamado de la naturaleza.

Como no tenía Reserva Ecológica, con sus circuitos de tierra donde entrenar, estaba en la difícil situación de encontrar un camino alternativo… y para peor… ¡no podía llenar mis caramañolas con agua! Fui racionando el líquido, y no me costó: al no correr bajo el potente sol del mediodía, transpiré menos, y sentí mucha menos sed. Así que, de momento, estaba a salvo… pero no del todo.

Decidí hacer el mismo recorrido que hacen las carreras de 10 km, que continúan por la Costanera hacia el sur, pasando por AFIP, el cuartel de bomberos, etc. La cuestión es que mientras más al sur iba, menos turístico y más marginal se volvía. Se notaba por la iluminación, el estado de las veredas, y el despliegue de los carritos que venden chori. El último de todos es un puesto montado como viene, sin baño, con cumbia a todo lo que da. Cualquiera podría descontextualizar esto y creer que me desagradó correr por ahí. Nada más lejos de la realidad. Solo marqué lo que vi, siempre me quedo con el glamour de la Reserva Ecológica, y no hace falta ir muy lejos para ver “otro” país. No me sentí inseguro ni mucho menos.

Hice lo que mejor me salió: corrí hasta que el reloj me marcó 17,5 km, y ahí di media vuelta y volví sobre mis pasos. Funcionó bien esta vez, porque 3 horas y media corriendo es MUCHO tiempo. Ir intentando encontrar el mejor recorrido y luego recordarlo para volver a pasar fue una linda forma de mantener la mente ocupada. También ayudó que se me descargara por completo el iPod, así que conecté la radio desde el celular y me escuché el programa entero de Radio Metro, desde las 18 hasta las 21.

Algo pasa mentalmente en los fondos largos. Obviamente me costó un poco más este que el de 25 km, pero ya venía preparado a que no iba a terminar donde siempre. Siempre los últimos 2 km son los más agónicos, y esta vez no fueron la excepción. Poco importó cuánto corrí, sino el momento en que yo “decidí” estar agotado de tanto correr.

Me recorrí las parrillitas de Costanera Sur hasta que encontré uno que NO VENDíA Eco de los Andes (es hora de que Coca-Cola haga un agua mineral que no sea de bajo contenido en sodio). Me cobraron $10 por la botellita de 500 cc (podría haberla pagado $1000). Eso me permitió estar hidratado (y con agua fría) para el resto del fondo. Siempre llevo un poco de cambio para estas emergencias, y me alegro mucho de haber insistido a pesar de que nunca necesité de dinero.

Al final creo que este fondo fue más un desafío mental que físico. Me sentí cansado (de hecho, me estoy muriendo por ir a la cama), pero lo que más me costó fue ordenar los pajaritos en la cabeza. De todos modos, creo que los tengo bastante entrenados.

Me encantó correr esos 35 km (le puse 3 horas y 17 minutos). Me siento unos pasitos más cerca de llegar a los 100 km en 10 horas y media. Pero para eso habrá que hacer más entrenamientos como este… y superarlos en distancia. Mucho.

Semana 19: Día 128: Fondo de 25 km

Hoy me tocó hacer un fondo de 25 km, luego de haber hecho 17 km en el entrenamiento de ayer. Me llamó la atención que entre los dos suman la distancia de una maratón, pero siendo que descansé 24 hs entre uno y otro, no es el mismo esfuerzo.

Para hacer estos entrenamientos adquirí una técnica, que me pareció oportuno detallar.

Primero, tener comida en el estómago. Todavíano entiendo a los que corren en ayunas, pero bueno, hay de todo en la viña del Señor. En mi caso, me hice un desayuno con cereales, pasas de uva, leche de soja y un vaso de agua. Dejé que la comida se asentase paveando en internet y adelantando algo de trabajo. Unos minutos antes de salir fui al baño, en un vano intento de que no me den ganas mientras corría, y tomé 500 cc de agua.

Por comodidad estoy entrenando con el baticinturón, en donde llevo dos caramañolas de 250 cc cada una. Tener medio litro de agua para un entreno de más de dos horas es muy poco, por eso tomo justo antes de salir. Además, por la distancia sabía que iba a llegar a una canilla casi a la mitad, y así reabastecerme. Pero me estoy adelantando.

En un compartimiento del cinturón me puse pasas de uva, actualicé el listado de canciones del iTunes (o sea, eliminé todos los temas que me pasaba adelantando), me encinté en donde me roza el pantalón y siempre me termina irritando, me puse vaselina ahí abajo, un par de anteojos de sol, y a la calle.

El día fue ideal. Soleado pero fresco. Arranqué a buen ritmo, a sabiendas de que me iba a ir acomodando de acuerdo al esfuerzo. Los domingos a la mañana son de poco tráfico, ideales para correr en la ciudad. Llegué a Avenida del Libertador, una muy buena calle para entrenar al costado de la bicisenda, mientras iba espiando la distancia en el reloj con GPS. Me saqué la remera porque últimamente me amigué con el sol, y además odio cuando empieza a mojarse de transpiración y a pesar. Hacia el kilómetro 4, ya casi llegando a Dorrego, tomé mis primeros sorbos de agua. Ya sentía ganas de ir al baño, y me preguntaba por qué si había ido en casa.

Me gusta mirar a otros corredores cuando entrenan en dirección opuesta y ver sus remeras. A veces se me hace que se puede dividir a los que recién empiezan de los más experimentados por esta prenda. Cuando es una musculosa de una carrera, me gusta cerciorarme de que la corrí. Siempre veo las de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, a veces la de la media maratón, y otra que se repite mucho es la de la San Silvestre. NUNCA veo remeras viejas, de hace más de dos años. Usualmente son muy recientes. No sé por qué.

Hice una “parada técnica” detrás de la Facultad de Derecho (no me pregunten dónde) y seguí rumbo a Retiro. Todo este circuito, aún en los días de mucho tráfico, rara vez son interrumpido por semáforos o los autos. En realmente el mejor camino para hacer un fondo.

Luego de pasar por el Monumento a los Ingleses, encaré hacia la terminal de Buquebus, de ahí a la Reserva Ecológica (ya casi sin agua propia), canilla, segunda parada técnica, y a correr por las calles de tierra hasta llegar a los 12,5 km. Ese era el indicio de que tenía que dar media vuelta y volver a casa, para completar los 25 km.

El regreso fue tranquilo. Me sentía muy bien, así que sabía que podía doblar el esfuerzo que había hecho hasta ese momento. Mi complicación fueron las pasas de uva. Al sacarls del compartimiento del Baticinturón se me caían y desperdicié muchas. No me gusta tirar comida, menos una tan valiosa en un fondo largo como unas pasas.

Ya se acercaba el mediodía, así que más y más gente se amontonaba en las veredas (caminantes y ciclistas sumados). Antes de llegar al Centro Municipal de Exposiciones hice mi tercera parada técnica, y ahí me pregunté si no estaba tomando demasiada agua…

Seguí avanzando por Avenida del Libertador, piqué en la subida de José Hernández y no sé qué cálculo erróneo hice, porque me tuve que pasar de casa dos cuadras para que el GPS me diera 25 km clavados. Llegué con lo justo de hidratación, y me puse la camiseta una cuadra antes de llegar al edificio, para no espantar a los vecinos.

En casa me esperaban unas riquísimas manzanas asadas que había hecho Vicky, para coronar el esfuerzo de un domingo de entrenamiento.

Mientras corría era consciente de que esto era un cuarto de la Ultra Buenos Aires, que tengo que correr en dos meses. Hoy terminé en 2 horas 10 minutos, un ritmo demasiado rápido para intentar llegar a 100 km. Por ahora tengo más intrigas que certezas, pero este entrenamiento en solitario no es muy distinto del que estuve haciendo estas últimas semanas. Cuando tenga que llegar a 30 km (o pasarlo) supongo que iré más adentro todavía de la Reserva Ecológica.

Y así se resume un día de entreno. A eso hay que rellenarle cada pisada, cada respiración, cada pensamiento que va dando vueltas en la cabeza y acercándome cada vez más a la llegada. Es una burdísima descripción de algo hermoso, pero como todo no se puede explicar, hay que vivirlo…

Semana 6: Día 41: ¿Más rápido o más lejos?

Para los corredores ahí está el dilema. ¿Cuál es nuestra meta? ¿Ser más veloces o alcanzar mayores distancias? Todos sabemos que hay enormes diferencias entre los atletas de velocidad y los fondistas. Cada uno tiene un físico diferente (más musculoso los velocistas, más fibrosos y flacos los de fondo), las técnicas de carrera son particulares, como también su tipo de calzado, alimentación y entrenamiento. Parecen facetas de lo mismo, pero creo encontrar más particularidades que puntos en común.

Si me preguntan qué es lo que busco, me costaría responder. Claro que quiero tener una resistencia titánica y estar corriendo un día y medio sin parar, pero también miro constantemente el reloj, buscando bajar el tiempo promedio por kilómetro, y vencer esa marca del año anterior. Y esa imprecisión, me parece, es signo de mi inexperiencia: no sé si por apurarme no me estoy quemando e impidiendo alcanzar distancias más lejanas. ¿Con qué me conformo? ¿Con correr a 4 minutos el kilómetro o con hacer una maratón y salir de ahí caminando? ¡Por supuesto que quiero las dos! Pero si hay que elegir, prefiero el fondo.

Quizá sea una fantasía de mi parte, pero se me hace que el tener velocidad hace que uno vea pasar las cosas más velozmente y que se pierda los detalles. En las carreras cortas, de 5 o 10 km, siempre me concentré en hacerlo lo más rápido posible, y siempre me encontré en la misma situación: la de no disfrutar lo que estoy haciendo. Dolores punzantes, respiración entrecortada, y mucha, mucha angustia por pasar al septuagenario que me está haciendo morder el polvo. En cambio cuando hice fondos de 45 km me regulé mucho, y la concentración pasó por otro lado. Me dediqué a escuchar música, a contemplar a mi alrededor y a pensar mucho. Supongo que cuando uno busca velocidad, la cabeza solo se concentra en eso, y el resto se apaga. En cambio cuando uno va a un ritmo tranquilo, contemplativo, la mente se detiene en más cosas, podemos pensar en situaciones que nada tengan que ver con ese preciso instante. Quizá la velocidad hace que vivamos en el futuro, queriendo llegar, y la resistencia nos permite detenernos en el presente, y que esa instancia dure más.

Si dijese que nunca más voy a intentar ir más rápido, estaría mintiendo descaradamente. Pero a medida que pasan los meses, me doy cuenta de qué cosas disfruto y con qué me apasiono más. No voy a ser el más veloz ni tampoco el que más resistencia tenga. Voy a intentar siempre dar lo mejor de mí, y fisfrutar del proceso. Así es cómo verdaderamente se llega lejos (y rápido).

Semana 41: Día 284: No dejar pasar las oportunidades

Una vez más, me voy a poner de ejemplo. No porque me considere digno de admiración, sino porque de vez en cuando voy probando cosas nuevas, y me hace mucha ilusión que esto ayude a alguien.

Estoy algo ansioso, quiero volver a correr esos fondazos largos de 4 horas, pero por ahora me concentro en carreras de menos de 30 km. Sin embargo me pica el bichito del fondista. Para colmo de males, diversos compromisos laborales me impidieron entrenar todo lo que hubiese querido. Tengo una base de tres días semanales, a veces le sumo un cuarto, pero hay algunas temporadas fatales donde con suerte salgo a correr una vez sola. Y anhelo salir a la calle, haga frío o calor, y sacarle el óxido a las piernas.

Yo viajaba una vez en el tren, desde Banfield hacia Constitución, y por la ventana, en medio de la lluvia, vi a un corredor solo, dándole la vuelta a la pista del Velódromo de Escalada. Lo envidié mucho (en ese entonces no corría para nada), y nunca me pude sacar esa imagen de la cabeza. La mencioné montones de veces, pero todavía cierro los ojos y lo veo, y recuerdo esa angustiosa sensación de querer ser ese tipo.

Esa escena vuelve a mí, de alguna manera, cada vez que hago carne a la angustia y salgo a entrenar. Dejo de ser el que mira por la ventana del tren, y me convierto en ese corredor.

A veces voy mucho a una editorial en Barracas. Me quedo trabajando varias horas, dándole los últimos toques a revistas de todo tipo (desde cupcakes hasta libros para colorear). Y me pasó más de una vez que no pude ir al entrenamiento con los Puma Runners. Veía cómo el reloj avanzaba y mis chances de llegar desde ahí hasta Acassuso se me escurrían entre los dedos. A veces fui igual, llegando tarde, otras volví con bronca a mi casa.

Pero una vez se me ocurrió combinar un fondo de 15 km con el regreso al hogar. Me preparé la mochila, fui con ropa deportiva, y cuando terminé con mis responsabilidades laborales, pasadas las 7 de la tarde/noche, apenas puse un pie en la vereda me eché a correr. Sin saber a qué distancia estaba mi casa (resultó que Colegiales está a 14,5 km). Y me pasó algo maravilloso, y es que ahora estoy yendo a esa editorial -a la que me toma entre 45 minutos y una hora llegar combinando subte y colectivo- con una alegría inmensa. Porque no importa a qué hora termine ni las horas que me pase frente al monitor, después vuelvo corriendo a casa, y tengo asegurado un fondo por las bicisendas de la ciudad, con la radio sintonizada y los auriculares ajustados a las orejas.

Hoy fue uno de esos días. Me lo tomé con calma, me costó respirar al principio por el frío y esa congestión momentánea de la carrera. Me pasé todo el tramo de la Avenida Vélez Sarsfield sonándome la nariz. Enganché una bicisenda que me alejó de la avenida, y avancé con algo de dificultad. Pero no me detuve, y a partir de los 10 km ya estaba corriendo casi a 5 minutos el kilómetro. Era otra persona, el cansancio y los mocos se habían ido. Me sentía más fuerte, con la mente totalmente descansada. Llegué a casa en una hora y cuarto, y el reloj me marcó 15 km exactos, así que se confirma que tomé un camino diferente. No me gusta ir siempre por el mismo lugar, prefiero explorar un poco. Siempre me pierdo cuando agarro Estado de Israel, así que voy intentando rutas que me acerquen a casa y no me hagan dar vueltas en círculo.

Lo que antes era un viaje largo y aburrido, ahora se convirtió en una nueva oportunidad para entrenar. No la quise dejar pasar, y ahora voy feliz a Barracas, imaginando el momento de volver a casa corriendo. Ojalá sirva de ejemplo para que vos, que estás leyendo estas líneas, sepas que atrás de cada cosa tediosa y desmoralizante, se esconde una oportunidad. Solo hay que ir a buscarla.

Semana 27: Día 184: 45 km en la ciudad… de nuevo

Hoy me tocó correr 45 km como parte de mi entrenamiento. Debo confesar que, contrario a mi experiencia anterior, esta vez la pasé muy, pero muy mal. Pero claro, no todo es como parece. Bueno, no me quiero adelantar.

El sábado entrené normalmente con los Puma Runners, pero Germán, el entrenador, me hizo cortar a los 11 km, como para no agotarme por el fondo largo que me tocaba el domingo. Estaba para seguir, pero aprendí a respetar la opinión de un experimentado. Si algo me tiene que reconocer esta persona es que siempre, siempre le hice caso en todo. Me guardé para esos 45 km que, aunque intimidan, ya los había experimentado.

Anoche comí mi última cena (me refiero a cuestiones de mi dieta a base de hidratos, nada que ver con religión), le entré al dulce de batata como postre, y me fui a dormir. Me desperté y era de noche. No tenía idea de la hora, pero sabía que no me iba a volver a dormir, así que me levanté. Desayuné, y para dejar que la comida baje, me puse a trabajar un poco. Eran las 6 y media, así que iba a esperar una hora. Aproveché y me pesé en la balanza electrónica que agregamos al baño: 68,2 kg. Mi obsesión quiso que, mientras me preparaba para salir, me pusiese a coser una calza agujereada, y aunque soy obse también soy lento, por eso terminé saliendo 8:30 de la mañana, con un solazo espectacular.

Tenía todo preparado en mi mochila: dos litros de agua en el hidratador, una botella grande de Powerade, una barra Egran, Arnica, Voltaren, vaselina, tres geles, y lo más importante de todo: el iPod. Después de batallar como los monos de Odisea del Espacio, logré dominar este aparato, y tenía todo un extenso playlist de música electrónica. Puse el cronómetro, y salí.

Arranqué fuerte, a 4:30 el kilómetro. La ciudad estaba bastante vacía, lo que es una comodidad absoluta. Repetí bastante el trayecto del 11 de marzo, excepto que le di una vuelta a los lagos de Palermo y a la Plaza Holanda. Venía bien, siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. No sabía cuánto lo iba a sostener, pero me sentía cómodo. En el km 15 tomé el primer gel. Por mi experiencia previa, asumí que con dos iba a ser suficiente.

En Retiro, un tren de carga me obligó a hacer una parada obligatoria. Fueron 16 km sin que un semáforo o el tráfico me frenara. Aproveché unos matorrales y los ruidosos y enormes vagones que me cubrían, y evacué líquido, y cuando estuve libre, continué rumbo a la Reserva Ecológica. Era darle dos vueltas y volver para casa. Pero me empecé a sentir cansado. No eran las piernas, pero sentía que no daba más. Cuando llegué a los 23 km me hice a un costado, tomé un trozo de Egran de maíz inflado (son increíbles, las recomiendo como comida de marcha). Arranqué y fui tranquilo hasta que miré el reloj. Lo que pareció una eternidad eran solo 3 km más. Estaba demasiado cansado, y eso me sorprendía. ¿Sería la gripe, de la que casi casi había salido? Apreté los dientes, y seguí avanzando. El ritmo promedio por kilómetro iba subiendo. Ya estaba por los 5:30 el kilómetro.

Ahí decidí algo que creo que fue sensato: los entrenamientos no son una carrera. Me lo repetía constantemente. ¿Para qué matarme? Nadie me espera con una medalla al final. No hay fotos, ni gente alentando. Solo tenía que llegar a correr 45 km, nada más. Así que decidí tomármelo con calma. Cuando llegué a los 30 km tomé mi segundo y último gel, a un costado del camino. Me senté en un banco, me unté con Voltaren en las rodillas, gemelos y cuádriceps, y salí. El reloj marcaba un ritmo de 6 minutos por kilómetro. Debía ser el muro, porque no importaba cuánto me esforzara, era imposible aumentar la velocidad.

Después de darle dos vueltas a la Reserva, aproveché una canilla de agua fría e insípida (como debería ser en toda la Ciudad) y salí a la calle. Esa sensación de estar regresando pone un poco de pilas. Estaba agotado, y empecé a entender por qué. Aunque lo peor de la gripe ya pasó, sigo congestionado. Me la había pasado sonándome la nariz, escupiendo mocos, y era obvio que no estaba respirando al 100%. Las piernas quemaban un poco, nada fuera de lo normal. La raiz de mi cansancio era que no estaba recibiendo el suficiente oxígeno. ¡Claro! Las pulsaciones me daban bien, estaba todo en orden, excepto por la respiración.

Me prometí no frenar, aunque constantemente me inventaba excusas como tomarme un taxi, ir en tren. Fantasías que no iba a realizar. Antes hubiese ido caminando. Pensaba que en Patagonia Run me va a ser imposible correr todo el tiempo, así que, cuando estuviese cansado, iba a caminar hasta recuperarme. Lo puse en práctica, así que saqué el Powerade de la mochila, y tomé unos sorbos mientras caminaba e intentaba recuperar el aire. Habré hecho unos 200 metros hasta que volví a trotar (aunque lastimosamente).

Seguí concentrado en llegar, ya sin desesperarme si un semáforo me obligaba a frenar. Aprovechaba para elongar un poco. Confieso que me avergonzaba estar corriendo a ese ritmo, pero entonces miraba el reloj y veía que había corrido 39 kilómetros. ¿Cómo sentir vergüenza con semejante recorrido a cuestas? Todas estas cosas pasan por mi cabeza mientras corro: me cuestiono y busco reconocer mis méritos para no flaquear.

Terminé en 4 horas y 5 minutos, a dos cuadras de mi casa, así que aproveché la distancia para caminar y empezar a relajar las piernas. No me sentía TAN agotado como esperaba, pero bueno, tampoco estaba como para correr al colectivo. Llegué a casa, y antes de hacer nada fui al baño, me saqué la ropa y me pesé: 65 kg. El número me sorprendió. ¿¿¿¿Cómo pude perder 3,2 kilos???? Tomé dos litros de agua (se me acabó a 3 km de llegar), incluso aproveché la canilla de la Reserva para refrescarme. Me terminé una botella de 750 cc de Powerade. Me comí media barra Egran. ¿Cuánto tuve que haber perdido en transpiración entonces? ¿Seis litros? Sé que hice las cosas bien, pero no entiendo esto que pasó… generalmente pierdo 800 gramos… nunca 3 kilos. Misterios del deporte.

Y lo mejor fue que me tomé mi tiempo para relajarme, me recosté con mi perro, hice fiaca con Vicky, y cuando finalmente me senté a escribir esta crónica, me di cuenta de que en realidad llegué 6 minutos antes que la última vez que corrí 45 km. Así que no sé por qué me quejo tanto. Prometo no volver a hacerlo… esta semana…

Semana 24: Día 163: Un fondito de 45 km

Llegó el temido día en que iba a tener que superar la distancia de una maratón como parte de mi entrenamiento. Intenté tomar mis recaudos, pero fue complicado, con un cumpleaños el día sábado, en Banfield, que me dejó un poco molido.

Me desperté temprano y fui rajando a desayunar. Quería que sea lo primero que hacía en el día, así me daba tiempo a digerir la comida mientras me preparaba. Me puse los dos pares de medias, mi pantaloncito con calzas incorporadas, elegí una remera con mangas para que no me raspe el hidratador, y me cargué una mezcla de Gatorade y Powerade (los responsables de marketing se espantarían con esto… encima eran de diferente gusto).

Debo hacer un paréntesis, para recordar que intenté limpiar mi hidratador anterior con lavandina pura, y solo logré destruirlo y volverlo inutilizable. El 8 de marzo Vicky me regaló uno y me dijo “Feliz día de la mujer”. Y yo no le regalé nada…

Estaba casi listo, cuando noté que no podía encontrar por ningún lado la vaselina sólida. Le calculé que iba a hacer los 45 km en 4 horas y media, así que era fija que me iba a lastimar. Pero me la olvidé en la casa de mi hermano, en zona sur. Así que fui directo a la farmacia, y arranqué de ahí. Como no me iba a embadurnar mis partes pudendas en público, me decidí a hacer una parada en la Reserva Ecológica, ir al baño, y untarme a mis anchas.

Como medida preventiva, siempre le paso Voltaren por las rodillas. Igual sentí una ligera molestia en la izquierda, que iba y venía cada 6 km aproximadamente. No alcanza a ser dolor, pero está ahí. No tracé una ruta para ver por dónde tenía que ir para llegar a correr 45 km, así que si me agarraba un semáforo, doblaba o alargaba mi ruta. En el km 9 tomé mi primer gel. Fui por Avenida del Libertador, camino conocido, crucé por la Facultad de Derecho, Retiro, Buquebus, y llegué a la Reserva.

En un sofocante baño químico de plástico me puse vaselina, tuitié la situación porque me pareció interesante (probablemente no lo sea), y salí a continuar mi camino. La Reserva tiene un circuito de 8 km, y se me ocurrió dar dos vueltas antes de emprender mi regreso. No tuve compañía este día, pero mi papá me alentaba via mensaje de texto. En el km 18 tomé el segundo gel.

Cuando salí de la Reserva me compré una botella de agua fría, que con el calor y el cansancio se me hizo la cosa más espectacular del mundo. No sentía cansancio y me parecía que tomar otro gel era mucho. Estaba en el km 31. Decidí que ese iba a ser el último, no tenía sentido ingerir un cuarto. Aproveché ese momento para untarme con Voltaren las dos rodillas, y me dirigí de vuelta a casa.

Siento que hay algo distinto en mí. Originalmente el tema de pasar los 30 km era donde me encontraba con el muro, y sentía mucho dolor en las piernas. Ahora me sentí relativamente bien, salvo que mi ritmo bajó mucho. Llegué al km 45 en la puerta de la misma farmacia donde había comprado la vaselina, 4 horas y 11 minutos atrás. Entré y me llevé un powerade azul bien frío, que me supo espectacular. Caminé un par de cuadras hasta mi casa, y cuando subí al ascensor le advertí a los vecinos que subían conmigo que si sentían que algo apestaba, era yo.

Ya en el depto, puse los pies en una palangana con hielo, durante unos minutos. No sé por qué lo hice, nadie me lo sugirió. Simplemente el cuerpo me lo pidió y decidí hacerle caso. Elongué y me tiré en la cama a descansar unos minutos. No fue mi mejor performance, pero era un entrenamiento, no tenía sentido intentar bajar mi marca. De hecho tuve un promedio de 5 minutos 30 segundos el kilómetro, y creo que está bastante bien. Pero la experiencia de hoy me hizo sentir muy lejos correr 100 km. Quizá la adrenalina de la carrera me dé ese empuje final…

No terminé destruido, no me duelen las rodillas, ni los gemelos, ni los cuádriceps. Pude caminar normalmente el resto del día, subir y bajar escaleras… realmente el entrenamiento da sus frutos. Dos años atrás, todo esto me resultaba inimaginable. Fue un fondo largo y arduo, pero me sirvió para comprobar que el cuerpo se adapta si lo exigís con paciencia e inteligencia.

Semana 22: Día 149: Un fondo de 35 km por la Ciudad

Hace cinco semanas empecé un nuevo entrenamiento, más intensivo, de cara a la Espartatlón. Pasé de unos 40 km semanales a 80, con la obvia consecuencia de una importante fatiga muscular. Dolor en los gemelos, cuádriceps y rodillas. Hubo que aprender a convivir con eso, usar desinflamatorios, y rogar por que el cuerpo se acostumbrase.

Y, quién lo hubiera dicho, me acostumbré. Los dolores fueron cediendo, aunque el Voltarén se convirtió en una rutina preventiva, en especial en cada rodilla (aunque la derecha es la que habitualmente se queja).

Hasta ahí, nada fuera de lo común. No sé por qué, aunque me imprimí el excel con las indicaciones para estas cinco semanas (todo muy detallado), no me molesté en leer lo que se venía. Tan solo miraba lo que tocaba ese día, a lo sumo al siguiente. Esto resultó un problema, porque había veces que tenía que hacer fondos que coincidían con algún compromiso que había asumido, así que varias veces tuve que hacer malabares con mi agenda. Pero más allá de una tarde en que diluvió y otra vez en que Vicky cayó enferma, nunca tuve que cancelar algún entrenamiento.

Cuando decidí empezar a mirar más abajo, me encontré con que un domingo me tocaba hacer un fondo de 35 km. ¿Qué? ¿Solo? ¡Eso es casi una maratón! Pero tengo prohibida la queja, según mi entrenador. Semana 52 no se puede quejar y tiene que hacer el máximo esfuerzo, nunca el mínimo.

Pero no me esperaba que el entrenamiento del sábado con los Puma Runners fuese TAN duro. Más allá de un fondo de unos 8 km hice media hora de la temida escalera de Martín y Omar: 70 escalones muy empinados, subiendo y bajando al trote. Las piernas, en llamas. Para colmo, el día siguiente (hoy) era el temido día de los 35 km. Gracias a que lo anticipé, me cuidé un poco con las comidas, consumí muchos hidratos y nada de fibras.

Me levanté temprano, agarré mi hidratador, y me encontré que estaba lleno de manchitas blancas por adentro de la manguera. Me imaginé estando en un capítulo de House, en el que los efectos especiales animan a pequeñas esporas que se despegan de ese moho y suben por la corriente del Powerade, hasta entrar en mi organismo (igual sabremos que “No es lupus”). Así que llené el tubo con lavandina pura (paso previo a tirarla y comprar una nueva) y tomé prestado el hidratador de Vicky. Me embadurné con Árnica (ungüento milagroso para los dolores musculares), un poco de Voltarén para las rodillas, y la mezcla de esas cremas medio mentoladas con la lavandina me dio una fragancia anticéptica en las manos que nada podría igualar.

Tomé todas las precauciones: llené el hidratador con Gatorade, me hunté con vaselina en todas las partes en donde pudiese haber roces (estoy hablando de ahí abajo), me guardé en el camel algo de comer (unas barras de arroz marca Egran, las recomiendo, y le sugiero a la empresa que me elija para auspiciarlos), el celular y mis nuevos auriculares que se enganchan a la oreja, para que no se caigan al correr.

Arranqué en la puerta de mi departamento, con el mismo dolor en las piernas que sentí cada vez que toqué el muro. No quedaba otra que resistir, y seguir. Llegué hasta Avenida del Libertador, que estaba muy poco transitada por ser domingo antes de las 9 de la mañana. Fui derecho por la bicisenda, que cruza varios kilómetros de la Ciudad, lo cual la hace ideal para un fondo largo. Mientras corría sintonizando FM Delta, un ciclista me pasó, se giró y me dijo algo. Estaba esperando un insulto por usurpar la ciclovía, pero no… soltó un “Aguante el blog, capo”. Me quedé mudo. ¿Cómo me reconoció de espaldas? No creo tener “una de esas caras”. Me puso muy contento ver a un desconocido que sigue Semana 52. Lo tuve que twittear mientras corría (a riesgo de pegarme un palo contra un poste; no hagan esto en sus casas).

Creo que Libertador es una de las avenidas más perfectas para correr. Si uno se aisla del tráfico (la sintonización de una radio es ideal) se disfruta mucho del paisaje, hay mucho verde, y las veredas están bastante enteras. Por esta calle llegué a Retiro, de ahí me fui hasta la terminal de Buquebus, y llegué a la Reserva Ecológica. Me sorprende que ese trayecto sea nada más que 12 km. Las distancias se acortan cuando uno corre habitualmente y llega a hacer distancias más largas. Hace pocos años, jamás me hubiese imaginado que ese trayecto se podía hacer a pie.

Dentro de la reserva (otro lugar de la Ciudad muy recomendable para entrenar) aproveché para ir al baño (demasiada hidratación) y para envaselinarme las tetillas (me fui de casa con la sensación de que me había olvidado de algo). Lo bueno de correr con mochila hidratadora es que uno puede guardar cosas como la vaselina para emergencias. Luego de ese breve parate, arranqué el circuito por sendero más largo, que da unos 8000 metros.

Promediando los 20 km me volví a encontrar con el ciclista que me había reconocido por Palermo. Se trataba de Germán, andinista e intento de runner. Me acompañó un poco más de 2 km, él encima de su bici, y yo corriendo a su lado. Charlamos de carreras, del blog, y me dio un verdadero impulso motivacional. La diferencia entre correr solo y acompañado es abismal.

Cuando completé el circuito, Google Maps me había dicho que tenía que volver sobre mis pasos, así que me despedí de Germán y volví por la vereda de la reserva, dándole sorbos al Powerade y tomándome mi segundo y útlimo gel del entrenamiento.

Realmente me sentí maravillosamente. Los cuádriceps me dolieron casi todo el tiempo. A veces lo olvidaba, otras no podía evitar recordarlo. Pero no era como para frenar, simplemente signos del agotamiento de las escaleras del sábado. Volví a confirmar cómo el cansancio es mental. A veces tengo que correr 12 km y siento que no llego más. Hoy tripliqué esa distancia sin problemas, pero porque sabía que la meta estaba más lejos. Sí, los últimos 3000 metros se hicieron de chicle, pero llegué.

Creo que Libertador va a ser un escenario que se va a repetir en mi entrenamiento de los meses venideros. Le encontré una cierta organización que me resultó bastante cómoda, y me permite desviarme si quiero hacia los Lagos de Palermo, Plaza Holanda, o llegar hasta la Reserva Ecológica.

Y al final me quedé pensando en que hoy hice las 2/5 partes de la Espartatlón. Me queda todavía un largo camino por transitar…

Semana 51: Día 356: El fondo

“En el fondo es bueno”, dice el chiste. Pero no se refiere al fondo del running, sino al patio de su casa. Los que se consideran fondistas (como es mi caso) sólo son corredores que gustan de hacer grandes distancias, especulando con desarrollar resistencia más que velocidad.

Hay una cuestión inevitable de cualquier carrera, y es que uno compite contra el reloj. De las miles de personas que se anotan, solo un puñado busca hacer podio. Y de ellos, únicamente tres lo lograrán. El resto queremos vencernos a nosotros mismos, y nos alcanza (y sobra) con cruzar la meta. Pero hay muchos tipos de competencias, y podríamos englobar las de running en dos: las cortas y las de fondo. En las primeras tenemos desafíos que van de los 100 metros a los 5 km (esta clasificación es mía, tomarla con pinzas). Podemos ver que los atletas que ganan suelen tener mucha masa muscular, y un sprint que da calambre. En el segundo grupo tenemos las de resistencia, aquellas en que la delgadez de los ganadores es directamente proporcional a los kilómetros recorridos.

Cada tipo de carrera tiene su nivel de dificultad y su tipo de entrenamiento. Difícilmente un sprinter que gana los 100 metros en segundos se banque mucha velocidad en una maratón. Las distancias largas tienen como primer objetivo poner al límite la resistencia de nuestro cuerpo. En segundo plano (aunque sigue siendo importante) está la cuestión de hacer un buen tiempo.

Hoy hicimos un breve entrenamiento en los lagos de Palermo (los que siguen Semana 52 en twitter pudieron ver una foto en vivo). Como estoy a pocos días de correr la maratón, me tocaba hacer un fondo, máxime siendo que no me quedan muchas oportunidades de entrenar antes del viaje. Así que pasé del frío matutino a la gélida noche porteña, con un fondito de 12 km. Me siento en la obligación de mencionar que cuando empecé a correr, esta distancia me parecía inalcanzable. Pero, poco a poco, los kilómetros se acumulan, y los tiempos mentales se acortan.

Estos 12 km en las heladas calles de Palermo es uno de los tantos fondos que fui haciendo para prepararme para esta maratón. Sumado a lo de esta mañana, daba un entrenamiento decente por el día de hoy. A diferencia de otras veces, estaba equipado con el reloj con GPS, lo que me permitió correr por mi casa en lugar de tener que ir a alguna pista conocida, o medir la distancia en el Google Maps. Ahora podía ver en vivo cuánta distancia tiene rodear la inmensa manzana donde está mi edificio (2,33 km) y ver el esfuerzo que tengo que hacer para mantenerme por debajo de los 5 minutos el kilómetro (el promedo me dio 4:49).

El fondo tiene una cuestión de desafío mental. El sprint es un esfuerzo casi efímero. Es una agonía tan breve, que al finalizarla casi la olvidamos. En cambio sostener un trote por una hora o más empieza a ser un desafío mental. La monotonía es a lo que más le temen los corredores, que suelen preferir las carreras de aventura a las de calle. Yo detestaba el fondo, y ahora me encanta. Disfruto de acumular kilómetros y dejarme llevar, sin pensar en nada más que en mantener la respiración y pisar correctamente. Se supone que es una actividad solitaria, y está bien que así sea. Hay que disfrutar de estos momentos en soledad, en los cuales uno se conecta con si mismo.

Aunque eso de “no pensar” no siempre es así. Hoy, mientras avanzaba por las oscuras calles de Palermo, pensaba en si sería capaz de sostener ese ritmo en Grecia, mientras estuviese corriendo mi maratón. Como lo hago solo, el único objetivo es ganarle a una marca mental (3:30:00). Para eso tengo que correr en 5 minutos el kilómetro o menos. Hoy pude hacerlo, pero allá va a tener que ser esto multiplicado por tres. Ni idea si seré capaz. Empecé a flaquear y dudar de mí. Pero entonces me imaginé controlando la velocidad y apretando cuando bajase el ritmo. Me vi llegando a la meta, cumpliendo el objetivo, con los ojos llenos de lágrimas, feliz por cumplir el desafío, y a la vez triste por estar tan lejos de casa. El fondo tiene esas cosas: uno puede no pensar en nada, o por el contrario pensar en todo.

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