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La soledad del corredor de ultramaratones

La soledad del corredor de ultramaratones

Los lectores asiduos de este blog notarán que desde el regreso de Semana 52 le he dedicado poco tiempo a realizar entradas nuevas. Esto tiene una explicación y es que me estoy dedicando a cosas nuevas, pero relacionadas con el deporte y la motivación, que es mi norte en esta etapa de mi vida. Una de esas cosas es haber empezado un libro sobre running. No a leerlo, sino a escribirlo. Comenzó como una crónica detallada de mis 130 km en Patagonia Run y, si bien ese es el “esqueleto”, está evolucionando en algo muy personal, que describe qué pasa adentro de la cabeza de un corredor llevado al límite. Disfruté mucho leyendo “Correr, comer, vivir”, de Scott Jurek, y “Correr o morir”, de Killian Jornet, y dudo que ellos hayan sido los escritores (más bien juntaron sus anécdotas y un escritor calificado le dio un orden y una gramática decente. “De que hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami, seguro fue escrito por el autor.

Sí, he pensado en aprovechar mis largas ausencias en este blog e ir subiendo capítulos de a uno, pero como no estoy seguro de que sean versiones finales, y cada tanto se me ocurre intercalar algo en el medio, estoy indeciso. Por ahora puedo prometer crónicas de carreras, porque es material que después me va a servir para la página www.germandegregori.com, otro de los proyectos en los que estoy inmerso.

Pero bueno, dejando todo este preámbulo lleno de excusas de lado, lo cierto es que este último mes podría haber sido muy jugoso para este blog. Podría haber contado un proceso que estoy haciendo en el que me doy cuenta de que tengo una cierta tristeza adentro mío… Fue duro darme cuenta de esto, pero todo cobra sentido. Primero fue la comida, ese placer inmediato que desaparece cuando el plato está vacío o llegamos al fondo del paquete de galletitas. Comer porquerías no fue el camino a la felicidad perdurable. Después fueron las mujeres, en ese vano intento por creer que estar en pareja me iba a hacer feliz. Descubrí que estar de novio no es igual a estar acompañado, y que uno se puede sentir en soledad incluso viviendo con alguien. Luego llegó el turno a las carreras, en especial las ultramaratones. Esa felicidad que me daba cruzar la meta después de un esfuerzo descomunal… de nuevo se convirtió en algo efímero.

Murakami lo describía como al tristeza del corredor (runner’s blues). Después de correr 130 km en montaña, una de las experiencias más agotadoras de toda mi vida, me encontré con la horrorosa pregunta de “¿Y ahora qué?”. Descubrí que no puedo ir de ultramaratón en ultramaratón, intentando llenar un vacío. Peter Milligan decía que ni siquiera el océano podía llenar un balde agujereado.

Hoy salí a correr 50 km, porque ayer, en el entrenamiento, me di cuenta que ese objetivo mío de ir corriendo hasta Pinamar lo prometí para dentro de 4 meses. Pasa el tiempo y no estoy haciendo nada puntual para prepararme. Así que le dije a Germán que quería que me empezara a preparar, lo termine haciendo o no. Me dijo que con lo que estábamos haciendo en PUMA Running Team alcanzaba, que solo necesitaba agregar un fondo a la semana. Me dijo que corra 50 km, y menos de 24 horas después estaba despertándome, en una fría madrugada.

Me costó salir de la cama. Eran las 5 de la mañana. Hacía frío y el día anterior había corrido 24 km. Lo único que me entusiasmaba era probar en el entrenamiento un experimento culinario, unos rectángulos de harina de maíz con un poco de harina integral, salsa de soja, una pizca de sal y levadura de cerveza. Los bauticé “milanesas de maíz” porque parecen milanesas de soja, un poco menos duras, y con gusto a polenta. Me puse un par en cada bolsillo y me abrigué, mientras pensaba en que no quería salir. Llegué hasta el umbral de la puerta, con las llaves en la mano, y me detuve un momento. Me estaba mirando los pies, pensando en que solo tres personas sabían que yo iba a correr 50 km (cuatro conmigo). Nadie tenía por qué saber que me había quedado en casa. Podía prender la estufa, sentarme a adelantar trabajo, poner alguna serie en Netflix de fondo. Me puse a pensar, ¿qué es lo que realmente quiero hacer? Correr 5 horas sin parar no fue ninguna de las opciones que pasaron por mi cabeza. No me pregunten cómo, pero salí igual.

Originalmente iba a correr hasta la Reserva Ecológica, en Capital, y volver. Se me ocurrió que mejor iba a ser quedarme corriendo por el Hipódromo de San Isidro, porque ahí tenía bebederos y no iba a tener que preocuparme por la hidratación. Después me di cuenta que en realidad este razonamiento había sido una trampa de mi cerebro: muchas veces, por la cercanía a mi casa, pensé en desviarme, abandonar, y volver a mi cálido hogar. No lo hice.

Salí a las 6 de la mañana, lo que significa que me tomó una hora vestirme, desayunar y juntar fuerzas para salir. Estaba muy bien abrigado, así que no padecí el frío. Las veredas estaban absolutamente desiertas, así que corrí a mis anchas. Solo tuve que esquivar a algunos jóvenes que salían de bailar, todavía eufóricos.

Decidí recorrer todo el Hipódromo en forma de “S” y volver sobre mis pasos. Eso me daba unos 12,5 km, así que repetir el circuito ocho veces (cuatro idas y vueltas) me iba a ayudar a cerrar en 50. Terminando el primer cuarto de la distancia prometida, empecé a sentir un dolor en la rodilla derecha. “Sigo derecho hasta casa y cierro por hoy”, pensé. No me hice caso. Comí mi primera milanesa de maíz, tomé agua y salí.

A medida que amanecía se empezaban a ver celestes mezclados con naranjas en el cielo. A esa altura fue el pico de frío, pero estaba entrado en calor. Tuve que hacer una parada en el baño de la YPF (no entraremos en detalles). Venía mirando el reloj. Si terminaba, quería hacerlo en menos de 5 horas.

Pensé mucho en conformarme con lo que había hecho hasta ese momento. Cuando estaba cerca de la mitad de mi objetivo, entendí que con los 24 km del día anterior ya me podía dar por satisfecho. Conforme pasaban los kilómetros, reducía la velocidad. Los pies me dolían, las lumbares también. Urgente cambiar de zapatillas.

Me distraía con las canciones que sonaban en mi cabeza. Cuando se me pegaba algo insoportable, pensaba en “I Want It All”, de Queen, que es la mejor canción de rock de la historia y me sirvió cuando se me pegó “Bailando en la sociedad rural”, de Alfredo Casero, en mis 130 km de principios de abril (en aquella oportunidad, le cambié la letra a “Corriendo en la Patagonia Run”, que repetí en mi cerebro ad nauseum).

Con el sol y un ligero aumento de la temperatura, empezaron a aparecer otros corredores. Mi paso se hacía tedioso y, si me concentraba, podía acelerar un poco y lograr que mi reloj marcara un ritmo más rápido que 6 minutos el kilómetro. De nuevo sentí ganas de ir al baño y pensé en venir a casa, donde iba a estar en un entorno amigable y más cómodo que la YPF. De nuevo, trampas de mi cerebro.

Pasé los 30 km y dije “qué bueno no sentir el muro”. Al km 32 me arrastraba. Pero no me detuve más que para tomar agua. Incluso comía mis milanesas de maíz caminando o iniciando un trote. Para no aburrirme cambié el plan y empecé a darle vueltas al Hipódromo, cada una de poco más de 5 km. Cada vez se aparecía más gente, incluso familias con niños aprendiendo a andar en bicicleta, quienes ocupaban todo el ancho del camino. Un fastidio para los corredores.

Pasé los 42 km y recién un kilómetro después me di cuenta de que acababa de pasar la barrera que define una ultramaratón. Increíble pensar que 24 horas atrás ni siquiera sabía que iba a estar haciendo eso.

Los últimos 6 km fueron eternos. Pero aceleré, porque sabía que así iba a terminar más rápido. Pasé de 6:05 minutos el kilómetro a 5:30. Me dolía la espalda, la nuca, y los pies. Caminando en la tierra me clavé una rama que atravesó el costado de mi zapatilla, cual iceberg contra el Titanic.

Y pensé mucho por qué no quería correr. Si es algo que en los últimos años fue sinónimo de felicidad. Saqué algunas conclusiones, mientras corría. Al igual que con la comida, funcionamos en sistema. No existe un alimento milagroso que nos va a hacer bajar de peso o nos va a dar todos los nutrientes que necesitamos. Siempre hay que hacer combinaciones y no apegarnos a una sola cosa. Lo mismo, sospecho, pasa con la felicidad. No puede haber una sola cosa que nos haga bien, tiene que haber varias, todas empujando para el mismo lado. Por eso, estando triste o insatisfecho con mi vida, es obvio que correr no va a ser suficiente. Necesito más cosas que me hagan bien.

Estoy muy contento de haber hecho este fondo. No quería hacerlo porque no quería pensar. Me espantaba la idea de estar a solas con mi cerebro durante tanto tiempo. Completé los 50 km en 4:56:01, así que alcancé mi meta caprichosa de estar por debajo de las 5 horas. La rodilla no me molestó más que aquella vez, las ganas de volver a ir al baño a sentarme un rato desaparecieron, y ningún dolor fue lo suficientemente grande como para hacerme parar. Me costó imaginarme terminando esos 50 km, así que tuve que salir a comprobar que podía hacerlo. Pude pensar en qué cosas iba a hacer apenas terminara y que me hicieran bien a mi ánimo. Planifiqué una ducha caliente y unos cereales con leche de soja y banana. Después me di cuenta de que por hoy quería cambiar de fruta y le puse manzana cortada en cubos. Pensé en escribir esta reseña, y todas esas pequeñas cosas me entusiasmaban. Las hice y sentí mucha satisfacción.

Ahora estoy terminando esta entrada con mi gato sentado en mi regazo. No estoy del todo seguro de qué enseñanza queda cuando la cabeza dice que no a algo y uno lo hace de todos modos, pero sospecho que en el fondo de la semana próxima voy a tardar menos en esa batalla antes de salir a la calle. Algo que me abrumaba me terminó resultando más rápido de lo que me imaginé. Quizás por eso de que mejor que correr es haber corrido.

Así que, de a poco, volverán las sesiones de fondos donde tendré que abrazar esa soledad de la madrugada (mejor que el amontonamiento de padres y abuelos enseñando a niños a andar en bicicleta), en la que buscaré una canción que me guste para repetirla hasta el hartazgo, y en la que probaré nuevas recetas. Pensaba que la próxima milanesa de maíz podía ser dulce, con ralladura de limón y un poco de miel. Suena asqueroso, es verdad, pero hoy me di cuenta que hay que seguir el instinto cuando algo te entusiasma. Eso puede hacer que el resto de las cosas empiecen a acomodarse.

Semana 52: Día 363: Un fondo porque sí

Anteúltimo día del blog. Faltan pocas horas para que a medio mundo de distancia, en Atenas, salga el sol y 350 corredores enfrenten las calles de la Acrópolis, camino a Esparta, 246 km más adelante. Mientras tanto, aquí estoy yo, descalzo en mi departamento, soñando con estar ahí dentro de 52 semanas…

Ayer con los Puma Runners tuvimos un entrenamiento bastante duro. Hicimos un fondo de 13 km, que para los que nos tocó no nos representó un gran desafío, pero después nos tocó hacer musculación: abdominales y flexiones. Solo que en modo irregular, dinámico… en fin, exigente. Yo había ido a la mañana al gimnasio, fue día de pecho y tríceps, así que estaba particularmente exigido. Terminé agotado. Feliz, eso sí. A las 12 de la noche era el cumpleaños del Gato, uno de los personajes más queribles dentro del grupo. Yo, por cuestiones monetarias, no iba a poder acompañarlos a la cena, que se iba a extender hasta después de la media noche.

Saludé a todos y me fui a la parada del colectivo. Gracias a Randazzo, hace meses que el tren deja de pasar a las 21:24 de la noche, lo que me hace imposible tomármelo de regreso (los entrenamientos suelen terminar cerca de las 22 hs). Cuando finalmente llegué a la esquina y comprobé las líneas que me iban a acercar a la parada del 152 (que sí me acerca a mi casa), me di cuenta de que no tenía mi tarjeta SUBE. Ella descansaba tranquilamente en el escritorio, en mi departamento. Tampoco tenía las 20 mil monedas que hacen falta para viajar hoy sin subsidio. Volví rápidamente a ver si enganchaba a alguien del grupo, pero se habían ido todos. Sin plata, de noche y solo… ¿qué opciones tenía?

Empecé a considerar la posibilidad de volver corriendo. Lo había hecho el jueves anterior, ese hermoso fondo que me dio 24 kilómetros. Pero era de día, tenía agua, y no estaba cansado… Con mañana de gimnasio, entrenamiento exigente por la noche, y siendo las diez… la idea de hacer una media maratón para llegar a mi casa no me tentaba demasiado. O sea, en el fondo sabía que si lo hacía, hoy tenía un excelente post para escribir. Pero para un día me parecía demasiado. Además quería levantarme temprano para ir al gimnasio… o sea, ¡por algo me quería volver temprano y me había perdido la cena cumpleaños del Gato!

Fui caminando con un cierto dejo de derrota hacia Libertador, donde iba a comenzar mi peregrinaje hasta Retiro. Pasé por la estación de tren de Acassuso y se encendió la esperanza… había gente esperando el tren. Eran ilusos, como yo. Me quedé esperando y a los 20 minutos el cartel electrónico anunciaba el próximo servicio a los 18 minutos. La cuenta regresiva se detuvo a los 7, cuando volvió a marcar 18. Quedó así, congelado, mientras la gente asumía la gran mentira del tren Mitre y dejaban el andén desierto. Me quedé solo, el cartel en blanco… y volví a reflotar la idea de volver corriendo. Pero el Gato, el héroe de la historia, me dijo que estaban cenando a 15 cuadras, que vaya y me prestaba su tarjeta SUBE. Hice un trotecito y cuando llegué di mucha pena. Me invitaron la cena y comí como un cerdo (comida vegana, por supuesto). A las 12 cantamos el feliz cumpleaños y a la 1:30 estaba finalmente en mi casa, después de un viaje en colectivo donde me dormía todo el tiempo.

Me levanté absolutamente roto. No pongo el despertador porque creo que así uno se despierta lo más descansado posible. Eran las 8 de la mañana y me dolía todo del entrenamiento de ayer. ¿Para qué quería ir al gimnasio? Apenas podía moverme. La mejor medicina para los dolores del deporte es el movimiento. Eso lo sé y lo he comprobado. Desayuné mientras me debatía entre ir al gimnasio o empezar a trabajar. Arranqué la jornada laboral, y mientras tanto iba mechando con frases motivacionales en mi twitter. No las invento. Las vi en inglés y las que me gustaron mucho las traduje:

“Cuando estés a punto de renunciar, recuerda por qué comenzaste”.

“La motivación es lo que te hace empezar. El corazón es lo que te hace seguir”.

“VA a doler. VA a tomar tiempo. VA a requerir dedicación y sacrificio. Pero VA a valer la pena”.

“Si lo que hiciste ayer te parece mucho, es que no has hecho nada hoy”. -Lou Holtz

“El dolor de la disciplina es mucho menor que el dolor del arrepentimiento”. -Sarah Bombell

“Tu mente va a renunciar 100 veces antes de que tu cuerpo lo haga. Siente el dolor y sigue”.

Lo mejor fue que a medida que las iba escribiendo… ¡me iba motivando! Ya a esa altura no lo pude evitar y dejé todo lo que estaba haciendo, salí a la calle y me fui a correr a la Reserva Ecológica.

Me fui sin una meta precisa. ¿Cuánto correr? ¿10 kilómetros? ¿30? ¿Qué camino? Sentía la cuenta pendiente del fondo que no fue de anoche… así que como había dejado de lado unos buenos 21 km, ese iba a ser el piso. Todavía era temprano, las 9:30 de la mañana. Estaba fresco, pero al sol era agradable. En la Reserva, ya con tierra y pasto bajo mis pies, me sentí muy bien. Corrí siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. Un morocho musculoso me pasó así que lo usé de liebre cuando ya había pasado los 13 km. Ahí estábamos los dos a 4:30. Empezó a bajar la velocidad, lo pasé y lo perdí. Improvisé el camino todo el tiempo, intentando que cada vuelta fuese distinta. Es increíble lo que hicieron con ese lugar: le agregaron un lago artificial y ahora están sumándole bancos y alguna clase de estructura metálica que no sé qué será (si son soportes para publicidad, la van a arruinar).

No quiero ahondar en cómo fueron esos 24,7 km que corrí, pero me olvidé de todos los dolores. Aguanté con el agua que hay en la Reserva y con unas pasas de uva en mi bolsillo. Y pensar que en las carreras ando obsesionado con geles y tantas pavadas innecesarias…

Llegué a casa transpirado, cansado, e inmensamente feliz. Me encanta improvisar, y creo que me di una merecida sorpresa con este fondo fuera de mis planes. Por suerte compré ese discurso traducido que estaba compartiendo vía Twitter. A veces hay que comprar el discurso que uno vende.

Semana 51: Día 357: Corriendo de San Isidro a Retiro

Continúo con la segunda parte del que hasta ahora será mi día favorito de 2013.

Cuando salí de la nutricionista eran cerca de las 11 de la mañana. Había ido preparadísimo: ropa para correr, el reloj con GPS, la mochila tipo camel, unas galletas de arroz, una banana y una caramañola de 750 cc llena de agua. Capté señal, guardé el pantalón largo, comí algo y arranqué.

Estaba en la punta del Hipódromo de San Isidro, donde convergen Márquez con Fleming. Empecé fuerte, estaba entusiasmado. Iba entre 4:30 y 5 minutos el kilómetro. El motivo por el que entrenamos siempre con los Puma Runners en este lugar es que esta “vereda” mide 1,6 km de largo, y la vuetla entera da unos 5,1 km. Pero yo no iba a dar vueltas, en realidad mi plan original era encarar hacia Libertador, doblar a la izquierda, y darle derecho hasta cruzar la General Paz, Figueroa Alcorta, plaza San Martín y su ruta. Romina, mi nutricionista, me sugirió que vaya por el bajo, que también es un camino que solemos hacer los sábados. El día estaba increíble (hasta corrí con lentes), así que mientras estaba por cruzar la avenida Santa Fe (en San Isidro, obvio) decidí hacerle caso.

Luego de una parada técnica en el baño de una terminal de ómnibus, seguí por Roque Sáenz Peña hasta llegar a Juan Díaz de Solís, la calle que bordea el Tren de la Costa. También es una zona cómoda para correr, gracias a que el caminito de las vías solo es interrumpido por cruces a nivel, con sus respectivas barreras. No abunda el tránsito, como sí pasa en Libertador, así que pude ir más tranquilo, disfrutando del clima y la sombra de los árboles.

Pero lo que para mí hacía especial este fondo era que iba a tener un poquito de exploración. Siempre que entrenamos llegamos hastala calle Paraná, y ahí nos uqedamos, enfilando para el lado del río o haciendo cuestas. Nunca me imaginé que se podía seguir bordeando las vías, pero si ese tren llegaba hasta la estación Bartolomé Mitre, cuya entrada es por Libertador, lo más probable era que ahí pudiese empalmar con mi plan original. Yo no sabía cuánto iba a correr, ni a qué hora iba a llegar a mi casa (donde tenía que bañarme, almorzar y estar listo para que a las 14 fuésemos con un amigo extranjero a Comicópolis, la feria de historieta en Tecnópolis. El hecho de tener un límite de tiempo me ayudaba a apurarme…

Pasando Paraná, comenzó terreno inexplorado. Afortunadamente el caminito asfaltado junto a las vías seguía, hasta que me vi forzado a bajar a la calle. Seguí hasta que no pude seguir avanzando recto y tuve que doblar en una esquina. ¿Hacia dónde? Encaré a la izquierda y me arrepentí. Volví a la derecha, y doblando… ¡Libertador! Ese mismo camino que tantas veces hicimos en tren, lo había recorrido a pie.

El resto del trayecto era bastante conocido para mí, ya que muchas veces entrené yendo o volviendo a San Isidro (a veces yendo Y volviendo). El tema es que mi entrenamiento terminaba en Colegiales, más o menos a la altura de la calle Juramento. Así que de nuevo me dio esa sensación de mariposas en el estómago por estar probando algo nuevo, en una distancia que seguía siendo un misterio para mí.

Con el sol en lo alto, pleno mediodía, crucé al otro lado de Libertador en una barrera (porque la avenida pasa por debajo de las vías del tren, en un paso bajo nivel no apto para seres humanos) y pasé junto a otro Hipódromo, el de Palermo, separado unos 15 km del de San Isidro. Había poca gente entrenando, seguramente por el horario, lo cual es un placer para mí. Sin embargo vi a algunos que aprovecharon el clima como yo para salir al aire libre (seguramente autónomos, millonarios o desempleados… el running nos une a todos los que podemos acomodar nuestros horarios).

Crucé Figueroa Alcorta a la altura de Canal 7, siempre con la radio Delta en mis audífonos. La música rítmica me ayuda, así como que tengan pocos locutores diciendo pavadas al aire. Hice la distancia de una media maratón (que creo que es 21,9 km) en 1 hora con 37 minutos y 53 segundos, un tiempo que no hubiese estado mal en la carrera de hace dos semanas. Claro que ayer tuve que frenar en varios semáforos y hacer una parada técnica, lo que me sumó algunos minutos. También me retrasó un poco sacar la caramañola de la mochila cada vez que tomaba agua.

El tema de la hidratación fue mi punto flojo. No podía cargar más que ese líquido, y lo fui racionando. Me alcanzó muy justito, por suerte llegué bien a Retiro y de ahí a mi casa, donde paré el reloj a los 23,74 km, con un tiempo total de 1:50:46. Fue una sensación maravillosa, sentí que había aprovechado muchísimo el día… ¡y recién era la 1 del mediodía!

Subí rápido a mi departamento, puse algo en el horno eléctrico y me metí en la ducha. Todavía me faltaba encontrarme con Diego a las 14 para salir disparando a Tecnópolis, donde se decía que el maestro, el único, el prócer de la historieta, el educador de millones de argentinos, iba a estar firmando ejemplares. Me refiero, obvio, al papá de Mafalda, el inigualable Quino. Pero esa es una historia que quiero dejar para el día de mañana…

Semana 40: Día 276: 168,60 km en un mes

Sigo contando mi kilometraje mensual. No sé por qué, nunca me parece suficiente, y ahora que no tengo más reloj me cuesta mucho contarlo. Calculo los recorridos que ya medí muchas veces y me sé de memoria, me engancho con alguno que tenga GPS y no me le despego… y así voy entrenando.

Por falta de tiempo, mas no de ganas, no estuve corriendo por el barrio. El tema del viaje a Brasil, como no podía ser de otra manera, me obligó a adelantar trabajo para estar tranquilo esa semanita. CREO que tengo todo bajo control. Los próximos dos días son asesinos, tengo que firmar contrato para el nuevo departamento, cumplir con un par de compromisos laborales, y dejar todo listo para mi ausencia. El miércoles a la noche iremos a entrnar, aunque es una forma de decir porque no haremos nada, y de ahí vamos a hacer tiempo hasta las 2:30 AM, cuando una combi nos viene a buscar y nos lleva al aeropuerto de Ezeiza.

Pero eso corresponde a lo que haré durante julio. En junio estuve en una distancia promedio, pero lejos de las marcas de los primeros tres meses del año, cuando corría casi el doble. No sé si el calor ayudaba, pero tenía esos fondos descomunales de los fines de semana, cuando sumaba entre 50 y 80 km. Ah… qué tiempos aquellos…

Me vendría bien reponer ese reloj con GPS, ya que ahora que voy a tener a la Reserva Ecológica cerca pretendo volver a disfrutar de los domingos allí, buscando expandir los límites. El otro día hablaba con Lean, compañero de los Puma Runners, mientras entrenábamos esos kilómetros que hoy estoy declarando. En un arranque de sinceridad le conté cómo en los primeros años de este blog yo me esforzaba por romper marcas y ser más rápido, y la gran diferencia que fue cuando decidí hacer la Espartatlón. Ahí me di cuenta que no tenía que ganar en velocidad, sino en resistencia. En los últimos tiempos dejé de preocuparme tanto por vencer al reloj, y todo se convirtió en kilometraje a sumar para lograr resistencia. Por eso es que últimamente se me dio por inscribirme en carreras y acompañar. Creo que esas velocidades que antes confundía con lentitud son las que tengo que mantener en una ultramaratón. De nada sirve apurarse cuando se superan los 50 km. Yo nunca voy a poder ser el más rápido, pero siento que aspirar a ser el que más lejos llegue es una posibilidad no tan lejana.

Son dos cosas completamente distintas, velocidad versus resistencia. Quizá una me preocupaba en una etapa más inmadura deportivamente, y la otra coincide con una etapa reflexiva. Pero ya volverán esos fondazos de más de cuatro horas. Siempre me causó más orgullo hacer grandes distancias que bajar 15 minutos a mi marca anterior. Y quiero volver a sentir ese orgullo de las largas horas corriendo en solitario. Ese será mi objetivo para los próximos meses.

Pero antes… ¡la maratón de Río de Janeiro! Faltan solo 6 días…

Semana 27: Día 184: Encontrar tu lugar feliz

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Hoy hice un entrenamiento de 30 km, de cara a la Ultra Buenos Aires. Ocurrió una escena graciosa el día de ayer, mientras mi entrenador me dictaba lo que tenía que hacer. Mientras uno de los chicos, que estaba escuchando la conversación, decía “¡Uy! ¡30 kilómetros! ¡Qué zarpado!”, al mismo tiempo yo decía “¿Nada más?”. Desde afuera, cualquiera podría pensar que soy un agrandado, pero con tantos entrenamientos largos y duros, ahora que me acostumbré, correr 3 horas me parece poco. Pero claro, sigue siendo duro y agotador.

Quizá este sería un buen momento para abrir un paréntesis y aclarar qué significa este blog. Semana 52 es un registro de mi vida como atleta. A veces no puedo evitar que se colen otras cosas como mi pasión por el cine, por los cómics, o por la literatura. He hablado de los abusos que sufrí cuando era niño, he hecho pública una separación (brevísima) con Vicky, y hasta he contado cuando en Tandil me quisieron cagar a trompadas. Pero hay algo que probablemente nunca dejé en claro, y es que esta no es mi vida. Por más que escriba un choclazo, todos los días (este es el post número 919, por ejemplo), es la punta del iceberg. No cuento que voy a terapia una vez por semana, ni cuando tengo una discusión con mi pareja, o cuando en un arranque de ira insulto a un colectivero porque estacionó sobre la senda peatonal. Tampoco hago público si estoy deprimido, si le mentí al sodero o si uso mis ratos libres para ver pornografía en la red. Lo cierto es que pasan muchas cosas en la vida de una persona como para volcarlas todas en un blog. Además, el 98% de esas cosas, resultarían intrascendentes para la mayoría.

Hecha esa aclaración, he tenido subidas anímicas y también bajones últimamente. Me he angustiado, he llorado y he sentido un peso enorme sobre mis hombros. Se conjugaron muchas cosas en mi vida personal, profesional y atlética. Muchas veces sentí que no quería seguir con el blog (alguno habrá notado que hay días en que no he subido absolutamente nada). Hasta llegué a pensar en no correr nunca más. A veces me la doy de gurú motivacional, pero soy uno más, con mis miserias, mis fobias, y a veces no me siento capaz y quiero largarlo todo. Creo que es algo con lo que cualquiera se podría identificar. Calculo que a todos, alguna vez, nos pareció que nuestros problemas eran inmensos y no podíamos ver cómo resolverlos.

¿Por qué me pasaron estas cosas? Como dije, en este blog se ve la punta del iceberg, y no es casual. Yo elijo que así sea, porque si bien he contado cosas muy privadas y muy fuertes, hay otras que prefiero mantener en mi fuero interno.

Hoy fue uno de esos días en que todo parecía estar mal, ser demasiado duro e inabarcable. Discutí con Vicky, me abrumé con trabajo atrasado (ni siquiera el fin de semana extra large me sirvió para ponerme al día), y por supuesto que siempre está dando vueltas el fantasma de los 100 km que tengo que correr dentro de una semana. Si tuviese pelo, me hubiese arrancado los mechones.

Por suerte estaba Vicky para serenarme. Puso su mano en mi hombro y con una voz calma empezó a hablarme de colores. Yo no entendía bien. ¿Acaso había dicho “verde”? Lo que estaba haciendo era compartir técnicas de meditación. Pensar en un color es una de las formas más puras de abstracción mental, y permite justamente no pensar. Pero llegar a eso es muy difícil, así que hay que pensar primero en un paisaje, y volar sobre él. Sentirse a gusto, fusionarse. Así, de a poco, hasta ir simplificándolo hasta convertirlo en un color. De ahí podemos quitar lo cromático y llegamos a la vieja y apreciada “mente en blanco”.

Salí de casa más tarde de lo que hubiese querido, con la mochila llena de agua, dos geles y un puñado de pasas de uva. No fui a la Reserva porque la distancia no me iba a alcanzar, e iba a tener que correr casi todo el trayecto por asfalto. Me fui a los lagos de Palermo, y allí descubrí lo tonto que fui por haber creído durante 5 años que solo se podía correr en el circuito que rodea al lago. Resulta que el verde es mucho más amplio, y que no me estaba permitiendo extender mis límites. Un trayecto más largo eran menos vueltas, lo cual iba a hacer que el entrenamiento fuese menos monótono.

Explorando y calculando los kilómetros que tenía cada ruta nueva, fui pasando el tiempo. Pero de tanto en tanto la mente divagaba y volvía a los problemas y a la angustia. Entonces pensé en aplicar esas cosa que me había dicho Vicky. ¿Qué podía perder? Intenté levantar la vista y mirar el paisaje. Hay muchos árboles que todavía están muy verdes. Las hojas se movían con el viento, y realmente era un espectáculo muy sereno que me perdí muchísimas veces. Me puse a pensar si este sería mi lugar feliz, ese paisaje al que podría ir en situaciones de estrés. Pensé en sobrevolar el mar, una imagen que me describió Vicky en casa, antes de salir, así que me fui a las olas rompiendo en la playa. Recordé ese viaje en el que nos enamoramos, camino a Tandil, en el que hicimos una parada en Mar del Plata y nos metimos al agua a barrenar. Me di cuenta que había encontrado ese paisaje feliz.

Enseguida lo ligué al Mar Egeo, en Grecia, y a sus aguas cristalinas y serenas. El sol brillante, ni una nube en el cielo azul. El suave bamboleo que formaban los barcos que pasaban. Y funcionó. Realmente me olvidé de todos los problemas, o me di cuenta que en realidad los problemas no existen, sino que es uno quien les da tamaña importancia. Volví a conectarme con correr, con el paisaje, y con un estado de calma y felicidad.

No terminé los 30 km en tiempo récord (igualmente 2 horas 45 minutos no está mal), pero volví a casa muy relajado. Creo que esa serenidad es la que voy a necesitar para terminar los 100 km, una proeza que no es tan física, sino mental…

Semana 26: Día 182: Otro fondo de 50 km

Después de correr 70 km está la constante duda de qué impacto tuvo sobre el cuerpo. Si es cierta la máxima que dice que por cada kilómetro corrido el cuerpo necesita un día para recuperarse, entonces estamos al horno. No soy una persona conservadora en cuanto a lo atlético, si no tendría que estar muy preocupado.

En el día de ayer me tocó correr 50 km, y como tantas veces me cayó medio de sorpresa. Mi única preparación, después de tantas dietas pre-maratones, fue no consumir fibras el día previo. Intenté tomar toda el agua que pude, desayunar temprano, persignarme y salir.

Era jueves santo, un día semi-feriado, pero al ser el primero de un finde mega-largo (¡SEIS DÍAS!) había muy poca gente en la calle. Mi intención era salir lo más temprano posible, tipo 6 de la mañana, pero me acosté a las 2, culpa de tantos compromisos laborales asumidos. Temía que eso me influyese negativamente ante un fondo tan bestial, así que decidí dormir un poquito más y terminé saliendo de casa a las 7:45.

La última vez que corrí 50 km me fui de casa hasta el puerto de Tigre, ida y vuelta. Eso es 98,5% asfalto, y mis rodillas lo sintieron, en especial en los ligamentos externos. Cuando tocaron 70 km, para ser un poco más conservador que de costumbre, me fui para la Reserva Ecológica, buscando todo el pasto posible. Me funcionó, así que ayer decidí repetir la experiencia.

En el trayecto hay hormigón, asfalto, cemento, y muy poca tierra. Pero en cuanto me crucé con un cachito de pasto (en las plazas o junto a la bicisenda, por Retiro), me metí de cabeza (no literalmente). Llevaba mi mochila hidratadora nueva, tomando bebida y comiendo de vez en cuando unos pretzels. Me intrigaba el impacto que iba a tener en mis piernas el no haber descansado tanto. El reloj me marcaba un ritmo constante de 5:40 el kilómetro.

Me sentí bien todo el trayecto, y entré a la Reserva descansado y relajado. Entonces, sonó el teléfono. Dudé en atender: era por trabajo. Me detuve y atendí. Del otro lado había bronca, reclamos por trabajos atrasados. Intenté justificarme sin mucho éxito. “La semana que viene nos vamos a juntar a hablar, porque yo así no puedo seguir trabajando”, me dijeron del otro lado. Unas horas después, ya en casa y recién almorzado, me dirían “No quiero seguir trabajando con vos”, que a un empleado le significaría una indemnización, pero cero pesos a un trabajador freelance, más allá de que tuviese una relación laboral de seis años. Pero eso sería después. Ahora estaba en la Reserva, masticando frustración y bajándola con un poco de bronca. ¿Qué hacer, con 12 km encima, presión y mala onda? Correr.

A pesar del parate de varios minutos, volví al camino de tierra casi desierto. Pocos atletas se habían acercado al lugar. Quizá porque estaban de vacaciones, o quizá porque creían que estaba cerrado (hasta yo dudé). Seguí avanzando a buen ritmo, casi como intentando recuperar el tiempo perdido por esa llamada. Temí por mis piernas, e intenté bajar la velocidad. No quería hacer más rápido que 5:30, pero a veces me encontraba que estaba bajando demasiado el ritmo.

Un gel cada 10 km, mucha agua, y disfrutar del paseo. Las rodillas no dolieron, pero me preocupaban los gemelos. Sin embargo, nada pasó. Crucé el fantasmagórico umbral de los 30 km sin sentir el muro. El sol del jueves estaba alto, brillante y fuerte. Salí de la Reserva a los 37 km, para estar en 50 cerquita de casa. Me preocupaba volver al asfalto y que las piernas se resintiesen, pero milagrosamente nada pasó. Faltando 5 km para llegar a la meta mi ritmo empezó a hacerse más lento, con un tranco que por momentos se acomodaba en los 6:05. No me preocupé… ¡había dormido poco más de 4 horas! Llegué a casa cansado, pero entero y feliz. Cuando entré, Vicky me mandó a comprar pan. Me dio gracia, antes correr 30 km me dejaba en cama por varios días, y ahora estaba camino a la panadería, usándolo de regenerativo.

Creo que hay algo en el entrenamiento constante que me está ayudando. Hay mucha experiencia, que me juega a favor, y gracias a eso me hidrato y alimento correctamente. Pero pude hacer 50 km habiendo dormido poco (la noche anterior fue incluso peor) y encaré esta distancia habiendo hecho 70 km en la misma semana. Y ahí estaba, entero. De hecho ahora, mientras escribo estas líneas, me siento fantástico y con muchas ganas de volver a correr. Quizá uno llega a un punto en que el cuerpo empieza a recuperarse más rápido. O uno se insensibiliza y por dentro se está desmoronando en pedazos. Ojalá sea la primera opción.

Queda poquito más que una semana para Marcos Paz, la hora de la verdad. Ahora me voy a buscar un trabajo flexible en los Clasificados, permiso.

Semana 26: Día 180: Mañana, 50 km

¿Se puede correr un fondo largo después de una semana de mucho laburo y stress? ¿Se la banca el cuerpo correr 50 km con 5 horas de sueño? Mañana les confirmo.

Igual sepan que ante la mínima molestia, camino. A esta altura del camino, solo me permito romperme el día de la carrera…

Semana 23: Día 159: Todos contra juan

Es imposible que nuestra mente deje de trabajar. A veces suele ser contraproducente, porque ahí, adentro de nuestra cabeza, se gestionan nuestras inseguridades. Paradójicamente también es donde alojamos nuestra motivación, y donde nos llenamos de endorfinas.

Pensar es una actividad imposible de no hacer mientras corremos. Me pasa, cuando estoy en medio de una carrera o en un fondo largo, solo con mis pensamientos, que me pongo a redactar todo como si fuese un post de este blog. Imagino frases que, en ese momento, me parecen hasta ingeniosas. Por supuesto que cuando llego a destino me olvido absolutamente de todo. Pero a veces algo queda.

Hoy, mientras corría desde Barracas hasta Colegiales, pensé en Juan Damián Correa, a quien hice el principal responsable de que este blog estuviese parado por tres días. Incluso imaginé publicar su e-mail para que los lectores de Semana 52 le digan a este señor todo lo que piensan de él y su descaro. Pero bueno, resistí la tentación y mantendré su contacto en reserva.

Como todos los grandes criminales norteamericanos, Juandy (para los amigos) tiene dos nombres y un apellido. Muchos conocen al infame John Wilkes Booth, todos desprecian a Mark David Chapman. Sin llegar a ser un asesino, Juan Damián Correa también es un nombre de temer. Amigo desde hace años, actualmente es mi socio en mi emprendimiento de diseño gráfico. Es transparente con los números, justo, con iniciativa y bastante prolijo a la hora de trabajar. Yo a veces le digo que lo formé, y así como lo creé de la nada, también puedo destruirlo. Pero no es cierto.

Juandy de vez en cuando me pide consejos para hacer actividad física, para enlongar, o qué cosas comer y cómo hidratarse. No sé si me hace caso, pero lee el blog con cierta regularidad. Teníamos un delicado equilibrio que consistía en que él hacía todo el trabajo y yo me iba a entrenar.

Bueno, a él se le ocurrió irse de vacaciones a los Estados Unidos, y aunque fue con su gorrito comunista, con estrella roja y todo, lo dejaron pasar. Aunque me avisó con tiempo, nunca me imaginé que me quedaría con todos los compromisos en mi regazo, mientras él disfruta del fast food y el espíritu neoyorquino. Me vi en la obligación de sentarme a trabajar, pero a destajo (lo que sea que signifique esa palabra). De sol a sol, intentando cumplir a medias con todos (sin mucho éxito). Un día me levanté a las 3:30 de la madrugada para venir a la compu y seguir trabajando. Ayer volví a pilates, con toda la intención del mundo de actualizar el blog, pero me dormía mientras cenaba. O sea, yo me duermo siempre DESPUÉS de la cena, pero nunca con el tenedor a mitad de camino de mi boca.

Las cosas no se han normalizado, pero ayer logré dormir 8 horas, que es lo más cercano a un lujo que puedo aspirar. No estoy yendo a entrenar porque tengo que ir a una editorial a terminar varias publicaciones y proyectos, pero sin importarme a qué hora termino, siempre vuelvo a casa corriendo. Son entre 13,5 y 15 km. Hoy tomé una ruta alternativa, me perdí, y terminé haciendo 16 km. Más es mejor, así que no me quejo.

Y mientras recorría las calles porteñas, escuchando Metro y Medio, intentando que los automóviles y los motociclistas no me atropellen, pensaba en Juandy, y en cómo lo iba a culpar por tres días sin blog. Pero, si no hubiese sido por él, no me podría haber ido a correr a Grecia. O a Misiones. O a Villa la Angostura. Además, va a ser quien me acompañe en la Ultra Buenos Aires, los 100 km en bici, alcanzándome agua y comida. Sé que le debo mucho a ese canalla, así que haré de cuenta que esos tres días sin blog han sido un económico precio a pagar por las vees que me hizo el aguante.

Pero más le vale que me traiga un buen regalo…

Semana 22: Día 154: Cómo correr un fondo largo

No nos detengamos en la definición de qué es un fondo largo. Puede ser cualquier distancia, desde 8 km hasta 40. Hay un límite indefinido y muy personal en el que el corredor debe enfrentarse a su propio cerebro, y aquí pretendo decir qué cosas fui aprendiendo en estos años para vencer a ese oscuro personaje llamado yo mismo.

Antes de ser corredor, corría. Pareciera una contradicción, pero hay una inmensa diferencia entre aquella persona que empezaba a trotar en un circuito de 1200 metros, y quien les escribe. No quiero con esto desmerecer a quienes están empezando, obviamente existía en mi interior el germen que iba a desarrollarse en un atleta amateur. En aquel entonces no tenía metas, ni un buen calzado, ni una dieta ordenada, ni mucho menos una guía o plan para ir mejorando. Fui experimentando, y en el camino de la prueba y error, casi sin querer, me volví un corredor. Todavía hoy sigo probando cosas, y aprendiendo. Tiemblo ante la idea de un día darme cuenta que no me queda nada por aprender (o, peor aún, que ya no me interesa). Quizás ese día cuelgue los botines.

Cuando no tenía idea de cómo elongar ni si mis zapatillas eran un lastre más que una buena amortiguación, mi definición de un fondo “largo” era correr 5 km. Era la distancia más lejana que me habían obligado a hacer en el colegio, a mis 13 años, y una década más tarde todavía era una meta muy difícil de alcanzar. No tengo idea cuánto tardé la primera vez que logré aquel objetivo, pero no me extrañaría que me haya tomado más de lo que tardaría hoy en día. Con viento a favor, un terreno cómodo y ningún obstáculo, fácilmente podría hacerlo en 25 minutos. Y eso era un montón en aquel entonces.

Posiblemente ese “aburrimiento” al que uno tiene que enfrentarse cuando no hay nada más que correr, correr y correr, es lo que debe desmotivar a muchos. En esas épocas no existían los iPods, ni siquiera los mp3, y entrenar con un Discman era complicado porque el CD se la pasaba saltando. Alguna vez me hice un mix-tape con un casette de 90 minutos (o sea, 45 por lado), y ahí tenía todo para hacer ejercicio sin detenerme a “pensar”. La inseguridad es una voz que suena fuerte en nuestra cabeza, y yo encontré en la música una forma de bajarle el volumen.

Hoy la tecnología avanzó muchísimo, y un dispositivo del tamaño de mi dedo gordo puede almacenar horas de música. Germán, mi entrenador, descree de estos aparatos, principalmente porque entorpecen que uno escuche su propio cuerpo. Pero cuando tuve que hacer 50 km en un entrenamiento, la radio me ayudó a pasar las horas. Que los iPods permitan guardar tantos temas puede ser un problema, porque en lugar de armar la lista selecta que nos va a acompañar en nuestro fondo, metemos todo lo que podemos, y a la larga siempre terminamos avanzando esas canciones que por alguna extraña razón no nos animamos a borrar definitivamente. Así, en un playlist de 50 temas, terminamos escuchando los mismos 5, una y otra vez.

Hacer un fondo es una actividad solitaria, rara vez lo vamos a poder compartir con alguien, en especial si lo hacemos fuera de un ámbito de carrera. Pero sí, es cierto, hay que escuchar al propio cuerpo, así que no está mal hacerlo solo e ir probando a ver cómo nos adaptamos. Como dije anteriormente, los fondos son ejercicios mentales, donde corremos contra nuestras inseguridades.

La preparación previa es muy importante. Comer liviano, no llenarse de fibras, estar muy bien hidratado (beber mucha agua los días previo, no solo mientras estemos corriendo). Después de probar varios métodos, descubrí que el mejor para evitar irritaciones es la vaselina sólida. Antes nunca tenía problema. Corriendo unos 20 km, distancia considerable, la transpiración de mi ropa no llegaba a ser una molestia. Pero al estar rozando la tela empapada de transpiración con la piel de mi cintura, me vivía lastimando. Esta lenta y constante autoflagelación llega a su punto máximo cuando nos vamos a dar una ducha, y el agua toca la zona herida. Un ardor insoportable. Pero bueno, la vaselina, que se compra en cualquier farmacia, demostró ser lo mejor.

Hay que cuidar los pies, siempre. Yo conseguí unas medias anti-ampollas en España. Me compré tres pares y los voy alternando, hasta que haga como toda mi ropa y las destruya por el uso. Envaselinarme dentro del calzado siempre me pareció un tanto repugnante, sobre todo esa sensación de correr pisando pescados. La cinta hipoalergénica, como siempre, comprobó que no sirve para nada.

Los circuitos cortos no me resultaron nunca. Puedo hacer un ida y vuelta, o recorrer toda la circunferencia de una plaza, pero eso de hacer una ultramaratón de 48 hs en una pista de 400 metros, nunca lo entendí. Me gusta definir un punto de inicio (que generalmente es mi casa), y que el fondo sea ir y volver. Ante un fondo largo-largo conviene empezar de mañana, lo más temprano posible. Al despertar las hormonas están en su mejor nivel, y no arrastramos el cansancio del día. Como todo, seguramente exista gente que encuentra mucho mejor entrenar a la tarde. Lo cierto es que no existe una fórmula. Yo puedo aconsejar, con la ilusión de que alguno que lea esto viva lo mismo que viví. Pero cada persona es un mundo, y lo que a uno le funciona, no necesariamente le servirá al otro.

Hay algo innegable y es que, mientras corremos, es imposible dejar de pensar. Un fondo largo tiene que ser la oportunidad de relajarnos (aunque parezca contradictorio) y dejar atrás cualquier preocupación. En mi caso se convirtió en una actividad de esfuerzo físico, pero también de mucha paz. Si yo, que odiaba correr y en Educación Física se la pasaba caminando, pude superar mis barreras, cualquiera puede hacerlo. Es solo cuestión de ser constante y no escuchar la voz de la inseguridad. Con paciencia y perseverancia, cualquier fondo pasa a ser más corto y entretenido.

Semana 21: Día 147: Un fondo, en medio del dolor

Me cuesta escribir sobre mi actividad deportiva del día sin mencionar que hoy se cumple un año de la Tragedia de Once. Y realmente lo viví así, mientras corría y era consciente de que en ese mismo instante, familiares de las víctimas reclamaban por una justicia que nunca llega.

En el fondo, me interesa mucho contar mi experiencia a nivel deportivo, porque hice el entrenamiento más largo de mi vida. Pero el acto me atravesó como un cuchillo en el pecho y me sentiría poco honesto si no lo mencionara.

Anoche me acosté relativamente temprano, apenas pasadas las 11 de la noche. No dejé todo muy preparado, porque tenía planeado desayunar y aprovechar la digestión para los últimos preparativos. Correr 50 km era algo que me generaba bastante ansiedad. No me parecía algo imposible, pero el jueves de la semana pasada corrí 40 km y los últimos 5 fueron muy penosos. Mi intención era despertarme a las 5 de la mañana, para salir a las 6. Pero me terminé despertando a las 4:55. Apagué la alarma un minuto antes de que sonara y me preparé unos copos de maíz con pasas de uva rubias y Ades de naranja (el gusto “natural” escasea, no sé por qué).

Vicky me prestó su mochila hidratadora, que es bastante más chica que la mía. Cuando hice los 40 km, las tiras de mi mochila me hartaron casi todo el trayecto. Ahora los bolsillos tenían menos espacio, pero los atiborré de preztels uno y pasas con cubos de ananá abrillantada el otro. Cargué la bolsa hidratadora con dos litros de Gatorade de naranja, y vacié dos geles en una caramañola de 250 cc, que completé con agua. Me vestí, me pasé vaselina sólida en toda la cintura y en mis partes pudendas, fui al baño, y salí a la calle.

A las 6:15 todavía estaba oscuro. Corrí los primeros metros con lentes de sol y me sentí medio nabo, así que los llevé en la mano hasta que aclaró. Mi plan, que seguí al pie de la letra, era ir hasta la Avenida del Libertador hasta llegar a San Isidro (unos 15 km), darle una vuelta al Hipódromo, ir al bajo de Acassuso y completar hasta llegar a 25 km, para pegar la vuelta y cerrar el día de entrenamiento.

Lo que no preví era la cantidad de veces que iba a tener que hacer pis. Nunca leí una crónica de Dean Karnazes o Kilian Jornet diciendo que no se aguantaban vaciar la vejiga. Pero en mi caso no podía parar. Aproveché que era temprano y había poca gente, y en cuanto encontraba un árbol aprovechaba para evacuar. Esto resultó bastante incómodo, pero me las ingenié, siempre sin parar el reloj.

La única compañía que tenía ante semejante fondo era la radio. Sintonicé la Metro, el programa No somos nadie, que conduce Juan Pablo Varsky. Me iba a venir bien distraerme y a la vez estar informado. Lo agarré bien temprano, y cada tanto adelantaban la nota del día, que era el aniversario de la Tragedia del Once. Conforme salía el sol y la gente se iba despertando, pasaban los kilómetros, y físicamente me sentía muy bien. Pero cuando tuve que pegar la vuelta, pasando la calle Uruguay en San Isidro, coincidió con el inicio del acto en el Andén 2 de Plaza Miserere.

Corría muy entero, sorprendido por sentirme tan bien. Estaba entre perdido en mis pensamientos y atento a la radio. Cuando empezó el acto, en No somos nadie tuvieron el buen tino de dejar el audio abierto. El sonido de la sirena, recordando a las víctimas, me provocó mucha angustia. A veces me parecía que era un llanto desconsolado. Luego vino el minuto de silencio. Y no pude evitar ponerme en el lugar de esas personas, siendo que soy un asiduo viajante de tren. Correr me relaja y despeja mi mente, así que toda mi atención estaba en esa noticia y en ese lugar. La cronista dijo la palabra “desgarradora” y fue exactamente cómo me sentía.

Me sorprendió volver a la Ciudad de Buenos Aires y estar tan entero. No toqué el muro de los 30 km, de hecho seguí con un ritmo estable. Encontré que existía una diferencia abismal entre correr a la madrugada, como hice hoy, y el fondo de 40 km que encaré el jueves pasado, empezando a las 11 de la mañana. Debe ser una cuestión de hormonas, que están bien altas apenas uno se levanta.

Terminé muy entero, aliviado de que nos hayan instalado Fibertel y no volver a estar desconectado. Cosas que, puestas en perspectiva, me resultan triviales… pero le habíamos puesto toda nuestra expectativa a este cambio de empresa.

Fueron 50 kilómetros en 4 horas con 39 minutos, mucho mejor de lo que esperaba. No me caí a partir de los 30, ni sobre el final. Lo que es innegable es que las rodillas están muy exigidas. Más tarde quise correr a la estación de tren con el perro, y un dolor punzante en cada articulación me hizo sentir un anciano. Espero que una noche de sueño me reponga, aunque me siento muy bien en general.

Queda un largo camino para llegar a los 100 km. Estimo que habrá nuevos fondos que igualen o superen esta distancia. Ya voy sabiendo qué cosas repetir y cuáles no volver a hacer. Quizá sea muy inocente pretender que la próxima vez que me pase horas corriendo, inmerso en la radio, las noticias hablen de un país mejor y con justicia. Ojalá no parezca un deseo ridículo y que se convierta en nuestra vida cotidiana.

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