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El maratonista de las alpargatas

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Cuando Sergio “El Puma” Villalba ganó su primera carrera en alpargatas, no existía Internet. De hecho, ni siquiera se había inventado la televisión. Fue en el ’37, en su Tandil natal, donde le sacó una modesta ventaja al segundo puesto. Nadie lo había oído nombrar, pero su foto con ese precario calzado recorrió los diarios de todo el país.

Dicen que el Puma Villalba trabajaba desde muy temprano en la panadería “La Piedra Movediza”, y que salía a entrenar a las 4 de la mañana. Todavía tenía energía para bañarse, organizar los primeros pedidos, y repartir el pan corriendo. Se habría organizado un sistema para finalizar las entregas más grandes y más lejanas al principio (restaurantes, otras panaderías), dejando los tramos más largos y livianos al final (almacenes chicos y kioscos). Esto le habría permitido entrenar cambios de ritmo, acelerando el paso conforme pasaban las horas. Muchos aseguran que inventó esta técnica para fortalecer su corazón, mientras que otros aseguran que se la copió al checoslovaco Emil Zatopek, su eterno rival.

Ha circulado, primero en fotocopias y luego en cadenas de mails, sus “11 consejos para triunfar en el maratón”, que supuestamente escribió para sus alumnos del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo y en el que explica, en forma breve, por qué eligió siempre correr en alpargatas. Cuando un periodista de El Eco de Tandil quiso rastrear el manuscrito original, en el aniversario de su muerte, se encontró con que no existen registros de que el Puma Villalba haya dado clases en el CeNARD. De hecho, nadie sabe de dónde salió ese texto.

Sabemos que El Puma Villalba existió, que ganó una carrera en alpargatas –de 5 kilómetros, no de 42 como dice la leyenda–, y no mucho más. El resto es bastante confuso y contradictorio. Al parecer nunca corrió con Zatopek, y los que recurren a las fotos de archivo para comprobarlo, lo están confundiendo con Juan Carlos Zabala.

No sabemos en qué momento la figura del Puma Villalba se disparó sin control hasta convertirse en el atleta argentino más popular después de Maradona. Todos los 17 de octubre alguien comparte la foto de su llegada a la meta, donde Perón lo recibe de brazos abiertos. A veces es en 1952, en Córdoba, y otras en el ’48, en Tandil. Muchos internautas encontraron pruebas de que se trata de un fotomontaje, pero cada año más personas alimentan al mito.

El Puma Villalba participó en las maratones más importantes del mundo, como la de Atenas, Nueva York, Berlín y México DF, incluso cuando estas se corrían el mismo día, en diferentes continentes. A veces gana con un pie fracturado, en otras corre después de estar tres días sin dormir, y hasta hay versiones de que detiene un asalto a plena luz del día. Con 67 años, habría participado de la primera Maratona do Rio, donde perdió la punta por detenerse a tomar una Coca Cola en uno de los puestitos de Ipanema.

En el día del animal, Pinterest se inunda con su cita “Mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”, aunque también se le atribuya esta frase a George Bernard Shaw y a Adolf Hitler. Cada año, gente con conocimiento rudimentario del Photoshop coloca su cara sobre un fondo negro, y con gruesas letras blancas le adjudica citas ingeniosas y motivadoras que jamás pronunció.

Ante la presión de los vecinos de Tandil, en el centenario de su nacimiento (que podría haber sido un 4 de octubre o un 10 de abril), un perplejo intendente no tuvo más opción que mandar a hacer un busto en su honor e inaugurarlo en la Plaza Independencia. En una imponente placa de bronce se detalla su desempeño en carreras a las que no sabemos si fue, al igual que los trayectos que hacía a pie para entregar el pan a todo el barrio. Tampoco existen registros de que la panadería “La Piedra Movediza” haya existido, pero la dirigencia política consideró más importante seguir la corriente y evitar que el mito los pasara por arriba.

Semana 21: Día 141: En el fondo del camión

“En el fondo del camión, los melones se acomodan solos”. Es un dicho que escuché una vez y se me quedó grabado. Claro que en realidad no se trata de un dicho, sino que es la sombra de uno. Quizá la verdadera frase decía que el camión estaba en marcha. Por ahí no lo aclaraba. Es difícil saberlo ahora, pero lo cierto es que la explicación es sencilla: estando en movimiento (y no quieto), las cosas se resuelven solas.

Con esta máxima me regí, y poniendo a mi cuerpo en marcha, eventualmente todo llegó. No es convertirse en una persona pasiva, sino todo lo contrario: hacer y después saber esperar.

Hoy entrené por primera vez, después de haber corrido el fondo de 40 km. Me sentí muy bien, aunque el calor convirtió a todo en una experiencia agobiante. Me sentí bien y muy seguro de mi estado físico. Pero (siempre hay un pero) aunque mi rutina haya mejorado y cambiado así, volví a dejar que la pasividad tome posesión y me encuentro, nuevamente, actualizando el blog a altas horas de la noche. Muchas veces me he quedado dormido mientras tipeaba, y al despertar aparecían misteriosos mensajes sin sentido. En otras ocasiones queda una letra presionada en el teclado, mientras mi cabeza cuelga a un costado. Cuando abro los ojos, en medio de la tortícolis, veo cómo un párrafo termina con un “eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee” repetido hasta el infinito.

Entonces, ¿es cierto que las cosas se acomodan solas? Sí. Y no. O sea, a veces sí, pero en absolutamente todos los casos hace falta nuestra intervención. Nada surge espontáneamente, ni nuestros sorpresivos fracasos como tampoco nuestros más anticipados triunfos.

En medio de este contexto en donde cualquiera diría “claro, el problema de este tipo es que hace mil cosas; entrena, escribe, trabaja”, empecé un curso online de narrativa. Semana 52 me ha dado una práctica constante en el arte de escribir, y ya va siendo hora que pula el estilo. No sé cómo va a ser este seminario (de 12 meses), pero de momento estamos haciendo un cuento por semana (que no necesariamente tiene que ver con correr). Así que empecé un blog “hermano” de este, llamado 52 cuentos, en donde iré subiendo el material una vez que esté aprobado por la profesora del curso.

Tanto entrenar el cuerpo como la mente, requiere de un cierto compromiso. Hay que tener energía, ganas y tiempo. Lo demás vendrá solo… gracias a que en el fondo del camión, los melones se acomodan solos.

Semana 42: Día 292: El portero del prostíbulo, de Jorge Bucay

Hace poco hablaba de cómo ciertas situaciones que parecen catástrofes en nuestra vida, en realidad preparan el terreno para lo que se viene. Yo podría haber sido muchas cosas, pero lo que soy hoy se debe tanto a mis errores como mis aprendizajes, a carecer de cosas para apreciar lo que tengo. Un lector del blog (Dalmiro) me recomendó el cuento de Bucay “El portero del prostíbulo”, que es una especie de fábula sobre encontrar las oportunidades en las crisis. Me causó gracia que, hace muchos años, leí lo mismo en una historieta de Condorito (pero el cuento que comparto a continuación, no termina con un “¡PLOP!”):

El portero del prostíbulo

No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.

Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos. Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.
Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo:
– A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero…..
– Me encantaría satisfacerlo, señor -balbuceó- pero yo… yo no sé leer ni escribir.

– ¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto…
– Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo…

No lo dejó terminar.
– Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a su casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?

Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.

Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero recibido.
En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.

A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
– Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar… como
me quedé sin empleo…
– Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
– Está bien.
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
– Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
– No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
– Hagamos un trato -dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días… Aceptó. Volvió a montar su mula.
Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
– Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
– Sí…
Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.

El ex – portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
“…No todos disponemos de cuatro días para compras”, recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.
Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón.

Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.

Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no? Las tenazas… y las pinzas… y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos…..

Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región.

Tan poderoso era, que un año, para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría además de lectura y escritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
– Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.
– El honor sería para mí -dijo el hombre-. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.
– ¿Usted? -dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo- ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
– Yo se lo puedo contestar -respondió el hombre con calma-. Si yo hubiera sabido leer y escribir… sería el portero del prostíbulo!

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