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Semana 46: Día 321: Se viene el estrés pre-viaje

La experiencia previa de algo sirve. Ante situaciones recurrentes, uno ya se puede imaginar qué va a pasar. Esto nos permite prever… aunque no siempre sea tan sencillo.

En menos de un mes voy a estar caminando por las calles de Roma. Ya todo va a haber pasado, y voy a estar relajado, gastando los míseros dólares que pude conseguir. Pero llegar hasta ahí, va a ser una especie de odisea.

Voy a acumular trabajo e intentar adelantar, porque viajo tres semanas. Mi ausencia va a ser problemática para todos mis clientes (soy diseñador freelance), y voy a querer cumplirles a todos. Por eso voy a dormir cada vez menos, hasta llegar al día en que sale el vuelo con una migraña terrible y tres noches sin dormir. No es una cuestión fatalista, este es mi cuarto viaje a Europa y siempre fue igual.

Creo que mi sistema de autodefensa me obliga a reprimir todo. Porque me encanta viajar. Me emociona, al punto de que en migraciones me sudan las manos y pienso en todas las situaciones posibles en que me impiden volar (un alicate no declarado, pasaporte vencido, etc). Hasta no cruzar las puertas de Barajas (Madrid) la paso pésimo. Pero uno pasa por esas situaciones espantosas cuando detrás espera algo mucho más placentero.

Posiblemente en esta realidad de inestabilidad emocional, el running va a ser mi válvula de escape. En estas cuatro semanas puedo descargar toda la tensión moviendo las patas contra el pavimento. Y ojo, una vez allá soy bastante dócil. Pero le pongo tanta expectativa a este tipo de aventuras que empiezo a temer las consecuencias de que algo falle. Tuve, y seguramente vuelva a tener durante este mes, pesadillas en las que me olvidaba el pasaporte en casa.

Espero que quienes me rodean me tengan paciencia. Me gusta armar el bolso el mismo día en que viajo, me pongo tenso y se me revuelve el estómago. Si me bancan en esa, después soy un gran compañero de viaje…

Semana 46: Día 320: Comer por $6 por día

Hoy nos juntamos a almorzar con Vicky en un restaurancito modesto, económico y muy rico, a la vuelta de su trabajo. De fondo estaba la tele, dándole manija a esa declaración del Indec que dice que una persona puede comer por $6 por día (en realidad, el número exacto, es $5,75). Nos pusimos a debatir qué se puede comprar con ese monto, y pensé en polenta, pero ¿se puede vivir así?

Creo que esa plata alcanza para un kilo de pan. O una leche. Pero claramente con eso no alcanza para comer. O quizá sí, se puede encontrar algo que te llene, pero no que te nutra.

En esta época es fácil pegarle al Indec, y no me voy a sumar a la moda (más que nada porque no hace falta, ya bastante desprestigiados están), pero reconozco que yo gasto mucho, mucho más. No me refiero a esa empanata de $30 que almorcé (en una comida casi quintuplico el presupuesto diario), sino lo que gasto en el supermercado. Una botella de dos litros y medio (lo que debería beber diariamente) ronda los $3. No queda mucho resto.

Cito un artículo: Un estudio de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) disidente, coordinado por el diputado Claudio Lozano , calculó que se necesitan $19 por persona, tres veces más que la medición oficial. De acuerdo al Instituto Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP), una familia tipo, compuesta por cuatro miembros (jefe varón de 35 años, su esposa de 31 años, un hijo 5 y una hija de 8) necesita $2.251 por mes para cubrir sus necesidades alimentarias. El organismo estadístico, en tanto, había señalado que ese monto es de $688,37 (esos $5,75 por día, por integrante).

El Indec considera que esa suma mensual una familia puede adquirir una canasta básica alimentaria de 27 productos, entre los que se encuentran harinas, vegetales, frutas, lácteos, carnes, grasas e infusiones (aclaración personal: no sé qué compran, si el kilo de bananas sale entre 9 y 12 pesos). Aunque según estudios de profesores de la Carrera de Nutrición de las Universidades de Buenos Aires (UBA) y de La Plata (UNLP), difundidos por Clarín, se trata una dieta “obesogénica” y poco equilibrada. Por eso estimaron que para una mantener una dieta saludable se necesitan $ 24 por día por persona. Lo que implica $2.861 para una familia tipo por mes.

Ese monto tampoco me resulta verosímil. ¿Estoy haciendo mal las cuentas? ¿Soy un millonario y me acabo de enterar? He leído algunas reacciones, que dicen que si vas al Disco y pagás $10 lo que en el Mercado Central sale $2, sos un mal administrador de tu dinero. Quizá sea cierto, o quizá el estudio se haya basado en comer, y no necesariamente en hacerlo “saludablemente”.

Comer sano es caro. Mucho muy caro. Por eso es imposible hacerlo por $6 pod día…

Semana 46: Día 319: El mito de la caverna

Voy a volverme un poco metafísico. Solo por hoy, lo prometo.

Glaucón habla con Platón sobre el mundo físico y el mundo de las ideas. Ya voy a transcribir el mito completo (ya que, habiendo Platón fallecido hace 2359 años, su obra es de dominio público), pero quisiera adelantar que este concepto se aplica para todos, en nuestro día a día. En mi caso, mi mundo era así porque así lo veía. Me costaba pensar que había otro mundo, porque me quedaba viendo las sombras en mi propia caverna. Una vez que salí al exterior empecé a descubrir que había algo más allá, que existían cosas que me iban a hacer mejorar, física y espiritualmente.

Hoy me siento más sabio que ayer, y espero que menos que mañana. Descubrí que podía correr, que tenía todo lo que hacía falta para superarme, para desarrollar mi cuerpo y adquirir fuerza y velocidad. Mientras estuve encerrado en mi caverna, mi visión del mundo estaba muy limitada, y creía que aquello que es habitual en mí era algo inalcanzable, para unos pocos. Ahora me dedico a leer y a aprender, a través de libros, blogs y deportes. Las sombras ya se distinguen como tales, y descubrí que hay más de lo que la vista conoce.

Hay cosas que nos pueden contar, que incluso podemos leer en blogs como este. Pero nada reemplaza a la experiencia propia, a abrir los ojos, salir al mundo y ver las cosas tal cual son. Ya ni sé cómo lo hice o en qué momento exacto pasó, pero me alegro de haberme decidido, un día, a averiguar qué había más allá de la caverna en la que estaba encadenado.

El mito de la caverna

I – Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

– Ya lo veo-dijo.

– Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

– ¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!

– Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

– ¿Cómo–dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

– ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

– ¿Qué otra cosa van a ver?

– Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

– Forzosamente.

– ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

– No, ¡por Zeus!- dijo.

– Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

– Es enteramente forzoso-dijo.

– Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

– Mucho más-dijo.

II. -Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los que le muestra .?

– Así es -dijo.

– Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

– No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.

– Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.

– ¿Cómo no?

– Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que. él estaría en condiciones de mirar y contemplar.

– Necesariamente -dijo.

– Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.

– Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.

– ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

– Efectivamente.

– Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente “trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio” o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?

– Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.

– Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?

– Ciertamente -dijo.

– Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?.

– Claro que sí -dijo.

III. -Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del. sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la. región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

– También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.

Semana 46: Día 318: ¿Por qué nos caemos?

Supongo que en algún momento tenía que pasar. En una reunión familiar, en medio de la merienda, alguien me pregunta por mi inminente veganismo. “¡Vas a desaparecer!” dice alguien, en un ambiguo “medio en chiste, medio en serio”. Eso lleva a que mi nutricionista “está loca” por prestarme el libro The China Study (“¡Justo a vos, que sos un talibán de las dietas!”), lo que deriva en que no llegué a terminar la Ultra Buenos Aires porque estuve “mal asesorado”.

Mi entrenador también recibe palos por no haberme prohibido correr, ya que yo “no estaba preparado”. La discusión sube en intensidad, vuelan platos, sillas, y todos terminamos hermanados porque la sangre tira más… pero en el fondo me queda ese gustito de “no estás haciendo las cosas bien y quedó demostrado porque no llegaste a correr 100 km”.

Aún hoy siento que tuve que detenerme en el km 77 y renunciar por absoluta responsabilidad mía. Sé que el cerebro nos pone los límites, y que todo es un ejercicio mental por quitarse las represiones y los miedos. Pero yo había corrido 100 km en la cordillera de los Andes (si se le puede llamar “correr” a andar a los tropezones, rodando, jadeando y rengueando). No estaba en mi pico físico. No me había llevado comida salada. Pensé que con Gatorade me iba a alcanzar y después me desesperé por agua. Pasé mucho frío. Y tuve miedo. Mientras corría sentía el reloj acechándome, presionándome por llegar. Nada tuvo que ver mi dieta o mi entrenamiento en todo eso. Quizás es cierto y no estaba preparado para hacerlo. Pero ante la mínima chance de poder lograrlo, ¿qué perdía con intentarlo?

“¿Por qué nos caemos?”, le preguntaba el Dr. Thomas Waye a su hijo Bruce. Quería darle una lección, sobre la esperanza. Pero cuando el doctor y su esposa murieron en un intento de asalto, Bruce quedó solo en el mundo, con una inmensa fortuna y un mayordomo. Este fiel servidor le recordó, en los años siguientes, las enseñanzas de su padre. “¿Por qué nos caemos, amo Bruce? Para poder levantarnos”.

Nunca podría arrepentirme de haber intentado correr la Ultra Buenos Aires. Y me angustiaba mucho perderme la oportunidad de participar de la Espartatlón sin que me den una chance. Y la tuve. Fue necesario “inventarla”, al aunar esfuerzos con Fede Lausi y su grupo Salvaje Outdoor. ¿Qué alternativas tenía? ¿Sentarme en mi casa e imaginar todo lo que podría haber hecho? Me hizo falta intentar y caer. No hizo falta que sea muy profundo, solo lo suficiente para tomar conciencia de todo lo que me faltaba, de las cosas que iba a tener que enfrentar cuando corriese el verdadero desafío que era la Espartatlón. Caí, y descubrí que estaba contenido, que no hay ninguna deshonra en abandonar. Es autopreservarse. Yo decidí probarme en la Ultra Buenos Aires y escuché a mi cuerpo cuando dijo “hasta acá llegué”. Es una lección que nunca había tenido. Cuando ya no pudiese más, cuando estuviese al límite del agotamiento (el de verdad, no el que uno cree que tiene)… en ese instante, ¿iba a ser un cabeza dura y a seguir hasta matarme? ¿O me iba a dar cuenta de que hay cosas más importantes? Tuve que caerme para levantarme y poder ver estas cosas.

No quiero quedar como un rencoroso o desagradecido. En mi familia tengo más apoyo que el que debe tener Juan Martín Del Potro en su casa. Pero a veces, aunque los que te rodean tengan buenas intenciones y quieran cuidarte, te hacen sentir que todos son tu entrenador y que uno no sabe escuchar, o que escucha a la gente equivocada. Yo tengo un objetivo, metas que me puse yo solo. Ese camino lo estoy decidiendo yo (menuda responsabilidad), y en el camino están quienes me acompañan, a quienes también elegí. Quizá me equivoque y tarde más en llegar de lo que me había imaginado. Pero si no fallara, ¿cómo aprendería? Y como he fallado muchas veces y, afortunadamente, he sabido escuchar y reconocer errores y limitaciones, confío en mí mismo. No me asusta caer. Sé que si lo hago, el camino para levantarse es uno solo, y es hacia arriba.

Semana 46: Día 317: El maratonista sin nación

Terminaron los Juegos Olímpicos. Por cuatro años dejaremos de lado ese fugaz interés por el deporte y el nacionalismo. Eso de que el Comité intenta unificar a las naciones de la Tierra, me parece, nunca les termina de salir.

Quizá las competencia que más me interesaron (en medio de mi poco disimulado desinterés) sean las de atletismo, especialmente cualquier cosa en la que compita Usain Bolt y la maratón. Y en la mítica carrera de 42 kilómetros 195 metros, hay una historia que pasó absolutamente desapercibida.

No me refiero al triunfo del ugandés Stephen Kiprotich (2:08:01), que venció a los favoritos de Kenia. Ni siquiera a que el tercero en llegar, Wilson Kipsang Kiprotich, tenía el mismo apellido distinto origen pero el mismo apellido. Tampoco voy a hablar del primer corredor latinoamericano, Marilson Dos Santos, que llegó quinto. Creo que, en lugar de andar deteniéndonos en cada competidor de acuerdo a su país, deberíamos concentrarnos en Guor Marial, el maratonista apátrida.

El atleta compitió bajo la bandera olímpica, debido a que no contaba con ningún pasaporte. Sudán del Sur, país del que procede, consiguió su independencia hace apenas un año, lo que impide al Comité Organizador (COI) reconocer a ese territorio africano. A Guor no le fue tan mal. Lejos de llegar a siquiera un diploma olímpico, llevó el número de dorsal 2079, y alcanzó la meta en el lugar 47 (de 105), con un tiempo de 02:19:32.

Hasta hace unas semanas, las autoridades de Sudán del Sur pidieron que se le permitiera a su pequeña nación participar en los Juegos Olímpicos, pero el presidente del COI, Jacques Rogge, les envió una carta negándose a la petición argumentando que para hacerlo debían estar registrados desde hace dos años. Guol, de 28 años, logró su boleto a las pistas de Londres en octubre, y a pesar de residir en Estados Unidos no posee ningún pasaporte. En el listado de la clasificación, su nombre queda perdido entre el resto, y está acompañado con una banderita blanca y los cinco aros de colores, que representan a los Juegos Olímpicos (en verdad, a los cinco continentes). Qué distinto hubiese sido para Sudán del Sur si hubiese ganado. Sin lugar a dudas, se hubiese merecido su lugar en el mapa.

Guol no es el único atleta sin nación. En estos Juegos Olímpicos también participaron tres deportistas como “independientes”, procedentes de las desaparecidas Antillas Holandesas: el judoka Reginald de Windt, el velocista Lee-Marvin Bonevacia y la regatista Philippine van Aanholt. He leído varias veces que el COI busca la integración de los países a través del deporte. ¿No se lograría mejor este objetivo si cada persona compitiese por el hecho de competir, sin representar a nadie más que a sí mismo?

Semana 46: Día 316: Si llueve, ¿se entrena?

La radio lo había pronosticado: el sábado iba a llover. Y mucho. Obviamente, después de una semana de poco o nada entrenamiento, nos la jugamos y fuimos. No hacía frío, así que ¿cómo desaprovechar una mañana de invierno donde se podía salir a la calle sin congelarse?

Llegamos a Acassuso, listos para correr. Ya empezaban a caer las primeras gotas. Pero el clima seguía siendo agradable. El entrenador miró al cielo. “Es una nube pasajera”, mintió. Arrancamos bajo un cielo plomizo, solo con pantalón corto y una remera de manga larga como máximo abrigo. Las gotas caían, intermitentes, mientras avanzábamos.

Llegamos hasta Uruguay (la calle, no el país) y nos mandamos a hacer algunas cuestas. Los gotones eran cada vez más grandes, y por alguna razón se sentían fríos cuando te tocaban, a pesar de que el clima seguía siendo agradable. El entrenador, que seguía jurando que la lluvia era una nube pasajera, nos recomendó volver antes de lo esperado. Éramos muchos, estábamos lejos de la base (que, de todos modos, no era techada), y no quería que un chaparrón nos sorprenda sin estar abrigados.

Las gotas se empezaron a hacer más intensas. Marcelo, fiel compañero de entrenamiento, me pidió de tomar agua antes de salir. “¿Para qué?”, le pregunté. “Vamos corriendo así”, le dije, mientras trotaba miroandoal cielo y abriendo la boca (de todos modos, no recomiendo este sistema para hidratarse). Mientras buscaba mi botella dentro del auto del entrenador (en el que definitivamente no podía llevarnos a todos para volver a la base), las gotas intermitentes se transformaron en un chubasco que creía en intensidad.

El agua golpeaba en mi espalda mientras, con medio cuerpo dentro del vehículo, buscaba mi arma secreta. La había comprado para Yaboty, en diciembre, y desde entonces nunca la pude usar. Y ahí estaba, mi pilotín amarillo patito, esa prenda absolutamente ridícula, pero que bajo un chaparrón se iba a convertir en la envidia de todos. Ese pedazo de plástico liviano retenía mi calor corporal, y me protegía de mojarme la cabeza y el pecho. Pero me daba la suficiente comodidad para bracear y correr sin detenerme.

Los chaparrones era fuertes, constantes, casi una cortina de agua. Costaba ver, pero… ¡qué bien se sentía! Cuando el frío no es un factor, correr bajo la lluvia es uno de los placeres más intensos de la vida. Es la conquista máxima de la fiaca, y me hace sentir como un chico. Corrimos chapoteando, esquivando charcos y barro, e intentando no bajar a la calle. Confiábamos en que no íbamos a patinarnos, pero lo mejor es desconfiar de los automóviles, las patinadas, y los potenciales accidentes.

Muchos integrantes nuevos del grupo preguntaban si se entrenaba con lluvia. ¡Por supuesto! ¿De qué otra forma podrías practicar si una situación similar te sorprende el día de la carrera? Siempre hay que estar preparado, y si uno no pone la salud en riesgo, no hay que dejar de correr. Estoy convencido de que los que pasaban por la calle, sequitos en sus autos, nos estaban teniendo un poquito de envidia…

Semana 46: Día 315: En la cuenta regresiva

Sé que esto le interesa a pocas personas, pero sigo dándole vueltas al tema del veganismo. Por capricho, quiero empezar cuando el contador se ponga en cero y esté en la semana 1, día 1. Eso va a ser en Atenas, con una semana todavía por delante en Europa. Mi nutricionista me recomendó esperar al regreso a casa, pero así no llegaría a la Espartatlón de 2013 entrenando exactamente un año sin consumir proteína animal.

Y ahora quedan exactamente seis semanas. Y mientras cenábamos una pizza mitad rúcula, mitad capresse, me daba cuenta de que no iba a poder comer más queso. Y ahí se acaban prácticamente todas las salidas nocturnas, cualquier clase de cena con amigos, al menos para mí. No hace falta ser drástico, pero la verdad es que ya es difícil encontrar comida que no tenga carne de vaca, jamón o pollo. Más complicado todavía va a ser que no tenga lácteos, queso o huevo.

Por suerte The China Study, el librazo de 400 páginas que me está haciendo replantear toda mi postura sobre la alimentación, cuenta sobre Chris Campbell, bicampeón de lucha de la División 1 de NCAA (Asociación Atlética Colegial Nacional), tri campeón de lucha en los EEUU y dos veces luchador olímpico. A los 37 años se convirtió en el norteamericano de mayor edad en ganar una medalla olímpica en lucha, pesando 89 kg. Este señor es vegetariano, y es una prueba de que los que no comen producos animales no son flacos enclenques.

Lo que comemos es un indicio de cómo vivimos… y de qué morimos. Me preocupa que en los países rurales la gente tenga insuficiencia nutricional y serios problemas sanitarios, pero no mueran de cáncer, diabetes o ataques cardíacos. Las diferencias con las naciones “ricas” trazan un paralelo en lo que comen. ¿Estoy a tiempo de revertir mis hábitos alimenticios y así alejar a las llamadas “enfermedades de la opulencia”? Luego de la guerra de Corea, a principios de la década del ’50, se publicó un estudio realizado por investigadores de medicina militar. Ellos examinaron los corazones de 300 soldados muertos en combate. Ellos tenían un promedio de edad de 22 años. Tenían entrenamiento, estaban en buena condición física y eran jóvenes. Por lo menos 77,3% de los corazones examinados tenían “gran evidencia” de cardiopatía. Esto revela que las enfermedades del corazeon se desarrollan durante toda la vida, y no cuando somos viejos.

Claro, los norteamericanos desayunan un cóctel de bacon frito, huevos fritos, y si pudiesen tomarían café frito. Pero también consumen mucha leche, y otros derivados como la manteca. The China Study, además de meterme pánico, me da esperanzas de que el cambio en la dieta, disminuyendo el consumo de proteína animal por debajo del 10%, detiene los efectos silenciosos y nocivos que tiene en el cuerpo. Los veganos siempre me parecieron unos hippies medio locos, y pensar en convertirme en uno me hace dar cuenta de lo difícil que es vivir en este mundo. Y ya ser vegetariano era una complicación, a casi todas las cosas les tienen que poner jamón. Sí, la carne de ese animal que se revuelca en mugre.

Pero bueno, cada vez me voy dando cuenta que el mundo nunca cambia. El que debe cambiar es uno mismo.

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