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Semana 4: Día 27: ¿Cómo se lavan las zapatillas?

¿Alguna vez lavaron su calzado? Porque el corredor, por más que entrene en la ciudad, ensuciará sus llantas. El suelo es un rejunte de porquerías, y ni que hablar cuando participamos de una carrera de aventura y tenemos que atravesar barro, o agua. Sin ir más lejos, en el entrenamiento del miércoles, aunque el clima y la tierra estaban secos, había bastante polvo y eso se notó en las zapatillas.

Cuando me decidí a comprarme unas Asics lo hice incentivado por algunos compañeros de los Puma Runners, que las lavaban en el lavarropas y aunque se les agujereaban, su excelente terminación seguían manteniendo firme la pisada. Así que, después de alguna carrera de terreno barroso, las mandé a la lavadora. Después, las sequé al sol. Repetí esta acción tres veces hasta que, finalmente, las destrocé. Me resistí a pensar que había limitado su vida útil al meterlas al lavarropas. El siguiente par nunca lo lavé, y ahí siguen, estoicas y aguantando.

Si no podemos evitar ver nuestras zapatillas hechas una mugre, hay algunas cosas que podemos hacer. Primero y principal, aprender de la experiencia de un animal como yo y no meterlas en el lavarropas. Hay que limpiarlas a mano, usando un poco de jabón (puede ser en polvo o el blanco) en un cepillo, con agua fría. Aunque uno suele ignorarlo (a propósito), en la lengüeta suelen aparecer indicaciones sobre cómo lavar la prenda.

Después de lavarlas y enjuagarlas, hay que secarlas al sol si es invierno, a la sombra si es verano (ojo, a veces en esas recomendaciones de la lengüeta explican este paso). Nunca hay que acercarlas a una estufa u horno, ya que esto seguramente termine por deformarlas. Siempre es recomendable tener un calzado solo para entrenar y otro para el día a día. Así nos vamos a asegurar que tengan mayor vida útil. Hay quienes recomiendan, si las queremos meter en el lavarropas, envolverlas primero en una toalla, así evitamos que se golpeen o se friccionen demasiado. Entre tantas experiencias desafortunadas, tuve la de meter unas zapatillas en la lavadora y sacarlas después en partes, calzado por un lado, suelas por el otro. Y créanme que no existe adhesivo que las vuelva a unir.

Para los valientes que eligen no lavarlas nunca, por favor, un poco de desodorante para los pies. ¡El resto de los seres humanos que lo rodeen se lo van a agradecer!

Semana 4: Día 26: ¿Desigualdad en la maratón?

Así como ayer le dediqué el post a la ficción, no estaría de más dedicarle el de hoy a una realidad que no debería ocurrir.

Cito a la nota de Florencia Halfon-Laksman:

El subsecretario de deportes, francisco irarrazaval dijo que “no podían esperarlos”

El gobierno porteño no pagó el premio a los ganadores ciegos de un maratón

La competencia se realizó el 9 de octubre y los vencedores en esa categoría no recibieron trofeo y les abonaron solamente la mitad de los $ 5600 prometidos. La defensora adjunta, Graciela Muñiz, hizo un pedido de informes.

La Defensora Adjunta del Pueblo de la Ciudad, Graciela Muñiz, realizó un pedido de informes al gobierno porteño y a las empresas que el domingo 9 de octubre realizaron el Maratón Internacional de Buenos Aires, porque no les dieron trofeo a los campeones ciegos y disminuidos visuales y además les pagaron la mitad del premio prometido.
“El atletismo es mi principal fuente de ingreso y sostén de mi familia. Esta carrera promocionó premios en efectivo de 5600 pesos para el primer puesto de cada categoría. Creí que se vería compensado mi sacrificio de entrenar durante tres meses, pero algo me esperaba”, describió José Luis Urteaga, un corredor no vidente de la ciudad de Necochea, que salió primero en su categoría.
Ese “algo” al que se refirió Urteaga ocurrió tras la carrera, cuando la organización les informó a los ganadores de las categorías “no videntes b1” (ciegos) y “no videntes b2” (disminuidos visuales) que no habría podio para ellos y que la copa se las mandarían por correo.
“Ya les dimos el trofeo a los hombres, las mujeres y las sillas”, argumentó una de las chicas de la organización, refiriéndose a los ganadores de la categoría “convencional” y los de la categoría de “personas en silla de ruedas”.
Pero el problema tampoco terminó ahí. Luego se enteraron de que su premio sería repartido: en lugar de 5600 pesos, habría 2800 para el ganador de la categoría b1 y el mismo importe para el ganador de la categoría b2.
“En 2005, logramos hablar con los organizadores de estos eventos y acordamos equiparar los premios. Desde entonces, no habíamos tenido inconvenientes con esta carrera”, dijo a Tiempo Argentino la defensora adjunta porteña y precisó que cuando lo llamó al subsecretario de Deportes de la Ciudad, Francisco Irarrazaval, para que le diera explicaciones, el funcionario le dijo: “No les dimos los premios en el podio, porque no podemos esperar a que lleguen. ¡Y este bendito país es el único del mundo donde se igualan los premios!” A lo cual, Muñiz le respondió: “Gracias a Dios, en este país es así.”
Según indican sus participantes, el Maratón de la Ciudad es la prueba más importante del atletismo argentino.
Este año registró un récord de inscriptos –más de 7000– y todos, cualquiera sea su categoría, debieron pagar 125 pesos de inscripción. Los ganadores de la categoría “convencionales” fueron tres keniatas, a quienes el jefe de gobierno, Mauricio Macri, felicitó cuando bajaron del podio. El primero de ellos, Simon Kariuki Njoroge, corrió los 42 kilómetros en 2 horas, 10 minutos y 23 segundos.
José Luis Santero es disminuido visual a causa de una retinosis pigmentaria, más conocida como “ceguera nocturna”. Tiene una discapacidad progresiva que por ahora le permite ver hasta 20 metros para adelante y tiene menos de 5 grados de campo visual.
Él también salió primero en su categoría, a pesar de que una puntada lo demoró media hora más que la marca que había logrado el año pasado, cuando se ubicó en el puesto 22º de la tabla general. Esta vez llegó a la meta en 2 horas, 56 minutos y 50 segundos. En noviembre asistirá a los Juegos Parapanamericanos en Guadalajara y espera ser convocado a los Paralímpicos de 2012, en Londres.
“Esta carrera es fundamental para los que somos corredores porque la foto en el podio nos sirve para conseguir sponsors y poder continuar haciendo lo que nos gusta. Yo había firmado un precontrato con algunas empresas y no subir a recibir mi premio me trajo problemas”, explicó Santero a este diario.
“Me da vergüenza que suceda esto –dijo la defensora adjunta. Es un claro acto de discriminación. Los organizadores se manejan como si no hicieran todos el mismo esfuerzo para participar. Queremos que pidan disculpas y se comprometan a que esto no vuelva a ocurrir. Además, la constitución de la Ciudad indica que se debe velar por la igualdad de oportunidades”.

Graciela Muñiz es una defensora del pueblo que, en 2006, consiguió que se equipararan las compensaciones económicas para cualquier categoría de la carreras de la ciudad. Este es el comunicado de prensa de hace exactamente 6 años:

COMUNICADO DE PRENSA

LA MARATÓN INTERNACIONAL  IGUALO LA PREMIACIÒN

La Defensora del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires Profesora Graciela Muñiz logró que después de muchas discusiones y reuniones con los organizadores Maratón de Buenos Aires 2006 y funcionarios del Gobierno de la Ciudad que se igualaran los premios en efectivo para los discapacitados.

Desde el mes de Abril a través de una denuncia realizada por un maratonista Discapacitado donde se discriminaba cobrándoles lo  mismo por la inscripción y premiándolos en forma diferente, tal actitud fue nota de varios medios de prensa, que consideraron un acto netamente Discriminatorio. Esto llevo a realizar el envió de distintos oficios al Gobierno de la Ciudad ya que este era Sponsor de la Maratón acción que después negó; No obstante junto con otras organizaciones de ayuda y defensa de los derechos de los discapacitados la organización que es realizada por la fundación Ñandú a cargo de Carlos Saez termino por igualar los premios de los Discapacitados con el de los deportistas convencionales.

Graciela Muñiz dijo que este logro sienta un precedente para otras Maratones y/o Competencias deportivas, estableciendo el derecho de igualdad para todos.

Aunque esto sentó precedente, Muñiz siguió enfrentándose a los organizadores de eventos que le negaban los mismos premios en efectivo a los atletas con capacidades disminuídas, o a los que directamente los escondían de las cámaras.

Seguiremos investigando.

Semana 4: Día 25: Historia del triunfo y el corredor

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Llegó a la hora señalada. Hacía años (¿décadas?) que intentaba mejorar sus tiempos. Entrenaba, hacía todas las dietas conocidas, experimentaba con técnicas de países exóticos. Pero nunca llegaba al podio, jamás alcanzaba las marcas que buscaba. Sería por eso que le obsesionaba llegar puntual a todas las citas.

Llegó a la hora señalada, sin embargo el hombre de negro ya estaba allí, escondido detrás del diario, una taza de café vacía en un costado y un cigarrillo encendido en su mano. Creía que una persona así estaría leyendo los avisos fúnebres, pero el hombre de negro leía con solemnidad la página de los chistes. Sin levantar la vista de las tiras diarias, le dijo:

– Llega tarde.

Tardó unos segundos en responder. No creía semejante agravio.

– No es cierto. Quedamos a las 6. Y a menos que todos los relojes estén atrasados…

– Me refiero a esto – respondió, levantando la vista del diario. – Mírese. Tiene ¿cuántos? ¿Cuarenta y cinco años? ¿Y recién ahora me llama? Llega tarde. Quedan pocas esperanzas para usted.

– Lo intenté todo. Y tanto intenté que me pulvericé las rodillas. Ya no puedo participar en una carrera sin terminar la semana siguiente en cama, con bolsas de hielo cubriéndome de la cintura para abajo. No quiero ser pesimista, pero me quedan pocos años corriendo.

El hombre de negro lo miró de arriba a abajo.

– Pocos meses, diría.

Normalmente se hubiese ofendido. Pero sabía que tenía razón.

– Ahora se viene una carrera importante. Los 25 km de Uspallata. Todos los días veraneaba la casa del lago, que era de mis abuelos. La recorría todos los días de enero. La conozco como la palma de mi mano. Si voy a ganar una carrera, tiene que ser esa.

El hombre de negro levantó su taza y le hizo un ademán al mozo.

– Usted entiende que nada es gratis en la vida. Usted busca ganar, y yo soy el hombre que lo puede ayudar.

– Sí, en realidad me expresé mal. No quiero ganar. O sea, no quiero ser el mejor. Por más que uno se esfuerce, siempre hay gente más capacitada. Fíjese en el Vasco Morales. La maratón en 2 horas y 18 minutos. Jamás podría vencerlo, menos trabajando de 8 a 18. O Roberto Palladini, el jardinero. Flaco, fibroso. Viene de una familia así, parece que tuviese huesos neumáticos. No pesa nada, no gasta casi energía.

– Estos parecerían ser sus adversarios a vencer, ¿no?

– Sí… pero como le decía, no me interesa ganar. O sea, ellos son mejores que yo. Lo sé, lo sabe cualquiera. Ellos saben que ganarán, y saben que yo, en el mejor de los casos, solo puedo aspirar a un tercer puesto. Yo estoy pensando en retirarme, nada me emociona ya. Lo único que me motiva es pensar en la sensación de gloria. Eso es lo que estoy buscando. Sentirme un triunfador. Empaparme un poco de la uforia del triunfo, dejar de admirar y vivir en la sombra de otros, y que una vez alguien me admire a mí.

– No se preocupe. Puede tener todo eso. Por el precio indicado.

– Sí. Esto es lo que más me importa. Ningún precio es demasiado.

– Entonces, ¿hacemos el contrato? ¿Lo leyó?

– Sí. Está todo bien. ¿Tengo que firmar con sangre?

– No sea asqueroso. Ponga sus iniciales y ya.

La carrera estaba a una semana de distancia. La desgracia parece haber caído en los favoritos de la Gran Carrera de Uspallata. Al Vasco Morales lo chocó un taxi mientras estaba estacionado en el semáforo de Rivadavia y Pichincha. No salió muy lastimado, pero quedó bastante golpeado, y aunque corrió igual la carrrera. Todavía en shock y con una ligera renguera, apenas pudo aspirar al puesto 68.

Palladini sufrió un robo en la jardinería. Un ladrón, de negro, entró, amenazó a los clientes, y se fue pegando un solo tiro, que dio en la pierna de Palladini. No se llevó un centavo, y la policía se quedó con la versién de que se había intentado de un asalto frustrado por los nervios del delincuente.

La mañana de la carrera seguían sin darlo como favorito. No le importó, ya que el día no comienza con los primeros rayos de sol, sino después de la hora del desayuno. Comió ligero, pero con mucgas calorías. Su mujer le había dejado en el respaldo de la silla la ropa recién planchada. Se vistió despacio, intentando reprimir la ansiedad.  Llegó temprano a la largada, era casi uno de los primeros. Odiaba su puntualidad en cualquier lugar que no fuese la llegada. Palladini llegó en silla de ruedas, vestido como si fuese a correr. Hizo un ademán de levantarse varias veces. Uno creería que quería participar igual de la competencia, hasta aprovechaba la pierna extendida para hacer que le elongaba.

A la manera del cine, el intentente dio comienzo a la carrera con un disparo al cielo. El Vasco quiso ser puntero, pero a los pocos metros comenzó a renguear y a agarrarse la pierna. Se alejó cabizbajo, y hubo quien dice que lo vio llorar.

Los primeros kilómetros eran los más fáciles. El terreno era bastante llano, con poco pasto pero sin demasiada sorpresas. Con Morales en el banco tod0 lo que tenía que hacer era resistir. La segunda etapa ya se complicaba más. Estaban los grandes estanques, donde uno tenía que mojarse los pies, y el resto de la carrera uno estaba cultivando ampollas. También había cuestas muy pronunciadas. Pero a pesar de las dificultades, venía a buen ritmo.

Nunca había hecho un tiempo tan formidable. Ahora le rendía el aire, las articulaciones no dolían como hacía una semana, y por primera vez sentía que los aplausos de la gente estaban dirrigidos a él.

Cruzó la meta cerrando una performance formidable. Un hombre canoso con la remera de la organización lo apartó y le dijo que no se alejase demasiado, que había hecho podio. Le dieron agua y le ofrecieron masajes en los mies. Se negó.

Una hora y media después de haber cruzado el arco de llegada, comenzó la ceremonia de premiación. Le dieron una medalla un poco más grande que la del resto de los corredores, además de un pequeño trofeo con un corredor en la punta. Lo invitaron a compartir unas palabras, pero no sabía qué decir. En realidad, no se animaba a decirlo.

No lo embargaba la emoción. No estaba en la gloria, extasiado por el triunfo del cuerpo y el espíritu. Quería sentir algo… la emoción de los campeones. Pero en su lugar se sentía… vacío. No había nada. ¿Esto era? ¿Esto es lo que el Vasco, Palladini, y tantos otros sentían? ¿Una gran y enorme… nada?

Le costaba pensar, así que no le dio más vueltas al asunto. Hubo mucha gente que jamás se enteró de que esa carrera existía, y por suerte poca gente la recordó. Nadie lo paraba por la calle para preguntarle cómo le había ido. No recibió muchas felicitaciones, y no fue más feliz. Lo angustiaba tanto no sentir absolutamente nada, que su triunfo fuese tan poco trascendente, que no volvió a correr nunca más.

A esta altura sería bastante redundante decirlo, pero en el fondo él lo sabía y creía que, admitiéndolo, las cosas iban a cambiar. Se cruzó varios meses después al Vasco. Todavía rengueaba. Lo paró en seco, haciá dos días que no dormía.

– No existe la gloria, ni alegría, ni nada para los que no tenemos alma. – dicen que le dijo. Probablemente sería la primera vez que escuchaba su voz. Se sentía como la de alguien que decía la verdad.

Unos años más tarde, en un bar diferente, en una tarde distinta, dos hombres, rivales de toda la vida y aliados en la desgracia, estaban sentados en un café con un hombre de negro. Ese hombre fumaba y leía los chistes en silencio. Del otro lado, asqueados por el humo, el Vasco y Palladini.

– Ya no podemos correr. Pasamos de la delantera a quedar, con suerte, entre los primeros veinte. Extrañamos esa sensación de triunfo. Queremos volver a triunfar.

El hombre de negro hizo una seña al mozo, que volvió con una jarra humeante de café. Le sirvió hasta el borde. El hombre de negro no le puso azúcar. Bebió un ruidoso sorbo y, sin levantar la vista del diario, contestó.

– Eso puede arreglarse. Por el precio indicado.

Semana 4: Día 24: Estar en stand-by

Antes me gustaba comer. Me fascinaba. Me compraba un sachet de mayoliva, un cuarto de pan, y me lo bajaba de una. Y esto era solo la merienda.

Vicky dice que cambié mi vicio por otro, que es correr. Y es muy cierto, aunque es un hábito sano. Pero no siempre se puede entrenar, y a veces hay que hacer un paso al costado y seguir desarrollando la paciencia.

Calzarse las zapas y salir a patear la calle requiere de un ingrediente fundamental: tiempo. No importa tanto si tenemos el físico, si nuestros ancestros nos dotaron con los ingredientes genéticos adecuados, o si somos el hijo del viento. Ni siquiera si estamos lesionados. Cuando el trabajo (eso que paga la luz, el gas, la ropa y el viaje a Marcos Paz para ir a competir) se interpone, hay que saber bajarse y no desesperar.

El trabajo de diseñador tiene esas cosas, estar sentado frente a la computadora hasta que te acostás… y a veces ese lapso puede durar más de 24 horas. Hay muchas profesiones muy sedentarias, pero la del Diseño debe andar entre las más nocivas para la espalda y las articulaciones. Estoy desarrollando un callo en la mano derecha (la que comanda el mouse) que no me gusta nada. Y mientras más tiempo paso frente a la pantalla, más sueño con ir a correr.

Saltearme un entrenamiento es como cuando tenía antojo de pan con mayoliva y el supermercado estaba cerrado. No llego al síndrome de abstinencia, me contento con planear recuperarlo al día siguiente, o a lo sumo apechugar y confiar en mi propio estado físico. Lo peor es que, no sé por qué, cuando me paso muchas horas sin hacer actividad física, suelo tener hambre. Son las ganas de comer por aburrimiento, una actividad bastante peligrosa.

Así que paciencia. Hay que seguir sumando kilometrajes… además de que hay que seguir pagando las cuotas del viaje a Grecia y las inscripciones a todas esas maravillosas carreras que se vienen…

Semana 4: Día 23: Con quién compararnos

Antes de Semana 52 (o sea, no hace mucho) vivía comparándome con los demás. No es algo poco común para una persona que tiene tres hermanos varones. Cuando uno crece con otros niños, es inevitable la competencia por la atención de los padres. Y esos pobres progenitores tienen que intentar ser justos, repartir su tiempo, y dar el ejemplo de que no hay favoritismos.

Supongo que cuando un infante sale de su casa y se encuentra con que la cartuchera del compañerito tiene a Voltron y la nuestra a Carlitos Balá, algo está fallando, y aprendemos a desear lo que no tenemos. Ese mal hábito se queda toda la vida. Mientras crecía apareció el interés por ser socialmente aceptado, entonces me comparaba con lo que creía que las chicas querían. Ya el corte de pelo o la ropa empezaban a cumplir una función. El tema es que a medida que uno crece y entra en las últimas instancias de la adolescencia, comer pan con mayonesa todos los días empieza a hacer estragos en nuestro físico.

A esta altura de mi vida me comparaba con las estrellas del momento, que a esta altura podrían haber sido los Backstreet Boys o algún grupo de jóvenes cantantes. Ellos tenían la cubetera en las abdominales, y recuerdo imaginar qué bueno sería tener ese físico. Pero ahí la comparación era injusta para mí, entonces me sentía disminuído. En un momento me harté de lamentarme, desempolvé unas pesas que andaban dando vuelta en mi casa, y me puse a ejercitar una hora por día. Ese fue el prototipo de Semana 52, hace unos 10 años. En pocos meses pasé de 82 kg a 65, combinando también salir a correr y comer más sano. Fue en esa época que di el salto al vegetarianismo.

Y esas pesas que había desempolvado no estaban en mi casa de casualidad, sino que eran de mi hermano Matías. Con mucha dedicación, empecé corriendo 3,5 km, y a cada semana estiraba la distancia, hasta que al cabo de unos meses llegué a 10 km. Los gemelos me quedaron hechos una piedra (pero no en un buen sentido) y me destrocé los talones y los dedos de los pies. Entendí que ese era el techo, correr eso o más equivalía a destrozarme. Pero Matías intentó darme consejos para no desanimarme. Había que hacer cambios de ritmo, acostumbrar a los músculos, desarrollar potencia de piernas. Todo eso me parecía demasiado complicado. Entonces me comentó que él solía correr unos 15 km.

Listo, ya está. Fue el fin de mis aspiraciones como corredor (al menos un tiempo). Si correr 10 km me había dejado bastante maltrecho, no podía imaginar alcanzar la distancia de mi hermano. Era imposible. Ni siquiera me podía imaginar cómo hacía él. Me volví a meter en la trampa de compararme con otra persona. En ese momento no tuve en cuenta que Matías alguna vez empezó de abajo, corriendo poca distancia, se entrenó y, alguna vez, tuvo que lidiar con músculos agarrotados y ampollas en los pies. Pero uno se queda con el resultado, y no tiene en cuenta que todos empezamos de abajo. Nadie nace con un físico perfecto, aunque tenga buena predisposición genética.

Gracias a Dios me olvidé de que vivía bajo la sombra de mi hermano, y empecé a andar mi propio camino. Me tomó varios años organizar mi vida como para dedicarle unos días por semana a asistir a un grupo de entrenamiento, y varios meses con ellos para llegar a la marca de los 10k (y superarla). Por suerte nuestro entrenador nos organizaba en forma diferenciada, y alentaba el progreso personal. Los viejos hábitos no mueren, y me seguía comparando con mis compañeros. No me interesaba ser mejor (tenía un mínimo de humildad), pero sí me aterraba ser el peor. No tenía problema en ser un mediocre, pero me preocupaba estar al final de la tabla. Es algo que, aunque no lo confiese abiertamente, me sigue preocupando. Lo achaco a crecer en una casa con cuatro varones.

Descubrí que admiraba a otros corredores del grupo, como lo hacía con mi hermano, y los ponía en un pedestal inalcanzable. Intentaba seguirlos, y más de una vez me quemé por eso (y la pasé un poco mal). Pero también desarrollé cierta terquedad, y aunque nunca fui constante, seguí volviendo e intentando.

Durante toda mi vida viví bajo la sombra de alguien, creyendo que había montones de cosas inalcanzables para mí. Recién cuando me propuse hacer este blog empecé a conquistar algunos miedos, como la bendita maratón. Por eso, en mis adentros, me causa gracia cuando alguien se siente en mi sombra, y me ve como algo inalcanzable. Yo, que cuando teníamos que correr vueltas a la manzana en Educación Física me dedicaba a caminar cuando lo tenía fuera de vista al profesor. Yo, que nunca pude hacer más de cuatro flexiones de brazos hasta hace un año. Pero nunca encontré las palabras para decir que todo es cuestión de dejar de compararse con otro, ponerle empeño y salir a encontrar nuestras propias limitaciones (como para tener un objetivo y buscar superarnos). Siempre me queda la sensación de que voy a quedar como un falso humilde. Pero esa es la verdad. Nunca fui feliz comparándome con los demás, siempre me faltaba algo. Y ahora que me comparo conmigo mismo, y busco repetir experiencias para averiguar si puedo mejorar mis marcas anteriores… ahora sí que soy feliz.

Así que el gran aprendizaje que saqué de mi corta vida atlética es eso. Compararte con un atleta de menor experiencia es soberbia. Compararte con un atleta de más experiencia es una tontería. Hay que compararse con uno mismo, e intentar superarse. Encontrar nuestro límite físico es un objetivo a vencer para el corto plazo.

Semana 4: Día 22: Correr, el mejor desestresante

Alguna vez hablé con alguien sobre los malos hábitos, como fumar o comer porquerías. Cosas por las que nos obsesionamos, y a las que dejamos controlarnos. Correr, en algún punto, es otra cosa que nos obsesiona y que reemplaza a las anteriores. Pero me resulta preferible; las consecuencias son preferibles.

Llega un punto en que la rutina diaria me satura. Y solo puedo pensar en correr y en la sensación de libertad que me da. Justo en este momento el trabajo me tensiona mucho. Paso horas sentado en la computadora, los ojos secos como dos pasas de uva, la espalda arqueada, la palma derecha con callos por estar tanto tiempo usando el mouse. Los compromisos se apilan, hay que cerrar revistas en poquísimo tiempo, y complicaciones tontas terminan retrasando todas las fechas prometidas.

Por suerte aparece el running. Y durante dos o tres horas me olvido de todo. La dimensión de los problemas se reduce hasta prácticamente desaparecer. Hoy corrí 21 km. Correspondía un poco menos, pero ¿cómo dejar pasar la mañana hermosa que hizo? Estaba cansado, ya los 17 km que correspondían eran bastante agotadores. Pero con la Espartatlón en mente, me interesa sumar kilometraje. Y correr se vuelve algo tan primordial, lo más importante (o lo único importante).

El resto del día me sentí muy bien. Los compromisos me estaban esperando. Trabajar un sábado es bastante deprimente, pero habiendo empezado así la jornada, dejándose llevar, trabajando músculos y pulmones, poniéndole el cuerpo a la existencia y dejando que la cabeza se relaje.

Toda esta experiencia la comparten muchos deportistas, y me da pena que sea tan difícil de transmitir para quienes no corren. Siempre prima el “Yo no puedo correr ni el colectivo”, y se pierden el poder  desestresante de calzarse las zapatillas, un pantalón corto y una remera, y salir a recorrer las calles y dejarse llevar…

Semana 4: Día 21: Correr una maratón… embarazada

“¿Viste esa mina que corrió embarazada y dio a luz en la meta?” me comentó alguien. No sabía si se refería a la maratón de la Ciudad de Buenos Aires o a otra cosa. Me encogí de hombros y seguí en lo mío. Me volvieron a mencionar esta extraña historia varias veces, siempre con estupor. Iban agregándole pequeños datos: que el médico la autorizó, que era una corredora experimentada… Pero la anécdota seguía envuelta en un misterio.

Bastó recurrir a Google para aclarar de dónde venía esta leyenda.

Resulta que mientras en Buenos Aires corríamos una maratón, en Chicago hacían lo mismo. Esta competencia contó con la presencia de una embarazadísima Amber Miller, de 27 años. Esta atleta ya había corrido en su primer embarazo y cuando estaba de 4 meses del actual. La de Chicago era su octava maratón, aunque esta vez la hacía estando de 39 semanas. Decidió ser más conservadora y recorrer la mitad del trayecto, lo cual ya es toda una proeza. Pero se sintió con energías, y decidió seguir, a ver hasta dónde llegaba. Alternó 3 km de trote con caminata, y sobre el final creía sentir contracciones, pero no estaba del todo segura (la entiendo, después de correr una maratón, hasta yo siento contracciones).

Amber cruzó la meta a las 6 horas 25 minutos. Se comió un sándwich, y se fue disparando para el hospital. “Fue el día más largo de mi vida. La carrera ha sido sin duda más fácil que el parto”, aseguró después de que naciera June, su segunda hija.

¿Existe una historia más asombrosa que esta? Sí. Sigan leyendo.

Paula Radcliffe es una atleta con la que comparto el día de nacimiento y la pasión por correr. De chica era asmática y anémica, y encontró en el deporte la cura para sus dolencias. Esta corredora de elite estuvo cerca de conseguir el podio en carreras de 3 mil y 5 mil metros durante muchos años. En Sevilla 1999 logró la medalla de plata en los 10k. Pero siempre terminaba en cuarto o quinto puesto. Así que se decidió a probar distancias más largas, y el 14 de abril de 2002 participó de la Maratón de Londres. La finalizó en 2:18:56, record para una mujer en Europa, y tan solo 9 segundos por encima del record mundial. Siguió quebrando marcas durante ese mismo año, hasta que el 13 de octubre, en Chicago, logró el mejor tiempo del mundo con 2:17:18. Al año siguiente ya estaba absolutamente abocada a mejorar sus tiempos maratonistas, y mejoró su performance (y quebró su propio record) por dos minutos, logrando un mejor desempeño que la mayoría de los corredores masculinos (recordemos que los tiempos de los keniatas que ganaron los 42k de la Ciudad de Buenos Aires fueron muy similares a los de Radcliffe).

Aunque su sueño de lograr el oro olímpico seguía intacto, en 2006 tuvo que abandonar el atletismo por unas lesiones. Casada con su entrenador, el destino quiso que además quedase embarazada. Lejos de las competencias, siguió entrenando, mientras su hija Isla creía en su vientre. Luego del parto, comenzó la presión por volver. Pero en 2007 una lesión lumbar parecía retrasar cualquier intención de competir.

Comenzaron las dudas. No sabía si podría regresar a las competencias. Dormía tres horas, entrenaba dos veces al día, y el resto de la jornada criaba a su bebé. Estaba exhausta. Con el tiempo, se dio cuenta que lo más difícil era pasar los primeros cuatro meses, hasta que su hija comenzó a adquirir hábitos y su cuerpo se fue ajustando. Casi un año después de dar a luz, volvió a participar de la Maratón de Londres. No rompió su récord, pero hizo el impresionante tiempo de 2:23:09. ¡10 meses después del nacimiento de su hija!

En 2008 no pudo repetir la carrera en la capital británica, por un dolor en la cadera que creía que era muscular, y resultó ser una fractura. En los Juegos Oímpicos de ese año tuvo que detenerse por calambres, y terminó en el puesto 23 de la maratón. Distintas lesiones la iban dejando atrás, y luego se ausentó de las competencias 19 meses, a causa del embarazo y nacimiento de su segundo hijo, Raphael. Sin embargo, siguió entrenando, y participó de carreras benéficas.

Pareciera que esta historia de determinación termina aquí, con una atleta aceptando que la época de gloria quedó atrás, que hay que afrontar el paso del tiempo, y que dos hijos tienen un innegable impacto en el cuerpo de cualquier mujer.

Pero después de 3 años de no competir profesionalmente, Paula Radcliffe corrió su primera maratón, el 25 de septiembre de 2011, en Berlín. Logró el tercer puesto, y se aseguró una plaza para competir por el oro en los Juegos Olímpicos de 2012. Los sueños de gloria, si tenemos dedicación y empeño, no tienen por qué desaparecer.

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