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Semana 38: Día 265: A veces el dolor está bueno

Le tenemos tanto miedo a los dolores. Es una sensación horrible, tanto que el hombre lo ha usado tanto para someter a otros, como para autoinfligírselo y demostrar así devoción religiosa o autodesprecio.

Pero los deportistas conviven con el dolor. A veces es tan fuerte que te deja afuera de cualquier actividad. Otras es un recordatorio de tu fragilidad, y terminás entrenando alrededor de él,  evitando lo que te provoca molestias o tan solo diciéndote “si se me pasa corriendo, sigo”.

Hay un dolor en particular que yo disfruto. Lo siento cada tanto, cuando hace mucho que no hago musculación. Cuando hago flexiones o abdominales y al día siguiente ciertos movimientos dejan una sensación caliente, y un chispazo al cerebro. Es el dolor de estar empezando. Me hace sentir vivo, y me da un objetivo muy puntual: seguir entrenando hasta que ya no duela.

Puedo entender a los que le quieren escapar al dolor. ¿Se entenderá que yo disfrute del mío?

Semana 38: Día 263: Recuperándome

Fueron días duros. Mucha congestión, y un clima netamente horroroso. Si no lloviznaba había niebla, pero siempre frío. Por las mañanas bajaba los pies de la cama y los sentía fríos. “¿Otra vez apagaron la loza radiante en el edificio?”, preguntaba, entre insultos y golpes de puño a mesas y muebles cercanos. Pero era cuestión de asomarse al lavadero, o salir a hacer pis con el perro (él hacía, yo no), para ver que en realidad el departamento estaba calentito, pero afuera hacía un frío de mil demonios.

Y con una maratón que llegará en menos de una semana, no me quedaba otra que descansar. Descansar, descansar y descansar. La cabeza es lo único que no para, pero el cuerpo sí.

Ayer fue el peor día. Congestión absoluta. De esas que te hacen doler la cara, en la frente y entre los ojos. Respirar por la boca (porque no hay otra opción). No falta la esperanza de la maratón, y aunque ni siquiera abandonaba el refugio de mi hogar, mantenía esa dieta maratoniana, un poco por cábala, otro porque después no me quiero arrepentir.

Voy a contar algo, que quizás ya posteé alguna vez (pero escribo tantas cosas, que después me olvido). Tengo algo en la piel, no sé bien qué, pero alguna dermatóloga dijo que lo iba a tener toda la vida. Además de que me salen unas herpes espantosas en el labio por la exposición al sol en verano (ojo que creo que esto Vicky no lo sabe), en períodos de estrés y de invierno, se me reseca la piel de la cara, y se me empieza a descascarar de las cejas para abajo. Es como tener caspa que se acumula a los costados de la nariz. A mí me resulta espantoso, tengo una crema de esas que usan las señoras y que con algo de pudor me compré en la farmacia. Me pongo poquito, así que creo que me va a durar 10 años. El descascaramiento se “enmascara” por los siguientes 10 minutos. Tuve años peores, y otros (como el pasado) en el que ni lo sufrí.

Pero ahora estoy de acá para allá, tapado de trabajo, de compromisos que no tendría que haber aceptado, y mi cuerpo empieza a manifestarse desde temprano para decirme que baje un cambio. Le hago caso. Nunca a tiempo, pero más tarde que temprano lo termino escuchando.

Quizás hoy sea el día, ese momento en que dije “hasta acá llegué”, y deje todo inconcluso y me vaya a dormir temprano. Hoy me afeité, porque tenía una barba de 3 semanas que me confería un look guerrillero, me encremé la cara, y dije “Ya está. Lo peor ya pasó”. Me queda un día de entrenamiento, mañana miércoles, antes de irme a Rosario. Va a ser la última oportunidad para entrenar, más que nada porque la cabeza lo pide.

Esta maratón me la voy a tomar con calma, porque quiero que gire en torno a Vicky. Así que la voy a acompañar y haré de apoyo logístico. Quizá hasta la convenza de escribir su reseña más tarde. Pero por lo menos no la voy a correr con esta maldita congestión que me dejó absolutamente knock-out desde el viernes para acá.

Semana 38: Día 262: Día del padre, segunda parte

Ya he hablado del Equipo Hoyt, un ejemplo de amor y dedicación entre padre e hijo.

Ayer le dediqué el post a mi papá, y afortunadamente lo vio en su día y pudimos hablar y filosofar sobre nosotros y cómo han cambiado las relaciones en las familias. Y algo en lo que coincidimos es en lo buen padre que son mis hermanos Matías y Santiago.

Otro gran papá que conozco es Germán, mi entrenador.

A ellos, y a todos los que tengan ganas de emocionarse un poquito, les dejo este emotivo video…

Semana 38: Día 261: A todos los padres, pero al mío en particular

Voy a hacer un poco de demagogia y aprovechar para saludar a los padres en su día.

Creo que quien siga este blog con cierta regularidad sabrá lo que quiero a mi papá, y cómo me ayudó a ser quien hoy soy. Incluso llegó a darme plata para ir a terapia a aprender que él no tiene la culpa de mis errores ni mis traumas. Él fue mi primer entrenador, y hoy me apoya constantemente en cada locura mía, arrimándose a los circuitos cada vez que corro en el centro, o aconsejando cada vez que encuentro un obstáculo. Dicen que un padre que da consejos más que un padre es un amigo, y él es uno de los mejores amigos que he tenido.

Cuando estuve a punto de correr mi primera maratón, él me confirmó algo que yo nunca hubiese querido saber: iba a alcanzar una distancia a la que él no había llegado nunca. Siendo que siempre tuve a mi papá en un pedestal, “superarlo” en algo me daba cierto pánico. Uno a veces vive a la sombra de algunas personas y lo padece. Otras nos sentimos muy a gusto ahí, bien abajo del pedestal. Y no, no lo veo como algo malo.

En Grecia corrí con unos pantaloncitos de Adidas bien cortitos que él usó alguna vez, hace varias décadas. Fue un orgullo, como llevar una antorcha familiar. Todavía existe una foto en la que él pega un veloz drive en un partido de tenis de mesa. La paleta es apenas un borrón, la lente no llegó a captarla. Y ahí están esos pantalones, que yo miraba de puntitas de pie, y que completaban la imagen de ídolo deportivo. Mi papá fue número 1 de su categoría en tenis de mesa, y aunque jugó toda su vida, empezó a hacerlo profesionalmente a los 30, más o menos la edad en la que yo empecé a correr con cierta frecuencia.

Mi padre ha sido mi main sponsor, en el running (regalándome calzado, ropa, aguantándome con mi mamá la obra social hasta hace muy poco) y en la vida (bancándome con todo lo demás). Yo nunca logré ser buen administrador de mi dinero como él, y hoy voy a almorzar con toda mi familia sin ningún regalo. Creo que él apreciaría el gesto si le llevo algo, pero conociéndolo supongo que no le importaría que llegue con las manos vacías. Este post no busca compensar esto.

Pero aunque ha sido un referente deportivo para mí, creo que su máxima enseñanza ha sido cómo ser un buen padre. No tuve todavía el placer de serlo, pero tengo un buen modelo. Sé cómo apoyar los sueños de un hijo y ayudarlos a crecer, cómo querer y proteger sin asfixiar, y cómo saber escuchar, pensar antes de actuar, y ser generoso con los demás. Según cómo lo veo, el tercer domingo del mes puede ser el día del padre, pero mi papá me ha hecho sentir cada momento de mi vida como el día del hijo.

Semana 38: Día 260: Ese maldito frío

Cuesta creer que la Tierra fue alguna vez una bola de lava incandescente. Millones de años después, sigue sorprendiéndome que porque el planeta se aleje un cachito del sol (para el Universo, miles de kilómetros son un cachito) nos muramos de calor o nos congelemos de frío. Pero así de adaptable es el ser humano, y esas son las reglas del mundo en el que nos tocó vivir.

Tanto cambio climático (el real, no el del efecto invernadero), puede tener sus consecuencias en el estado de salud. Desde que bajé de peso y perdí grasa, sufro las bajas temperaturas como nunca en mi vida. Manos y pies helados, castañeteo de los dientes… reacciones poco habituales en mí, que podía andar en remera durante el otoño. La losa radiante ha sido un enorme aporte en mi vida, pero a veces eso no alcanza.

El jueves decidí correr a las 7 de la noche desde Barracas hasta Colegiales. Estaba fresco y transpiré un montón. No puedo decir que me arrepienta, porque me encantó. Pero quizá tomé demasiado frío y acá estoy, con la nariz tapada, pequeños episodios de tos, estornudos… y el día que no ayuda. Con Vicky decidimos aprovechar el sol (al que ella llama “el poncho de los pobres”) pero no alcanzó para que suba mi temperatura interna. Me congelé, y me sorprendió cuando ella me dijo que hacía el mismo clima que en Marcos Paz, durante la Ultra Buenos Aires. ¿Yo corrí con un día así? Eso parece…

Habrá que ver si uno decide que es buen negocio perder peso (y grasa) a cambio de sufrir un poco más el frío. Ojalá tuviese un efecto comparativo con el verano y uno soportara mejor el calor. Pero no, venimos diseñados así, fuertes mentalmente, pero con un cuerpo que no puede soportar que la Tierra se aleje unos miles de kilometritos de una estrella del tipo espectral G2…

Semana 38: Día 259: Repasando la elongación

¿Cuántos de estos hacés antes, durante o después de entrenar? Uno se acuerda de estos ejercicios en las carreras, y poco en los entrenamientos…

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