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Semana 34: Día 231: Ultra Buenos Aires tiene fecha, hora y lugar

Finalmente acordamos con la gente de Salvaje que los 100 km de Ultra Buenos Aires tendrán lugar el día sábado 26 de mayo a las 9 de la mañana. Eso me da un día menos de espera, pero me gusta más que el domingo.

Para los que no sepan dónde queda Marcos Paz, está ubicado sobre ruta 200, a 50km de Capital Federal. Para los que se den maña con el Google Maps, aquí el enlace a la plaza principal, que podría ser un buen punto de encuentro. Entre ella y la estación de tren (que está pegada) suelen hacerse las largadas cuando se corre en esta ciudad.

La definición de la fecha era todo lo que faltaba para largarlo oficialmente. Este es un experimento, al que obviamente está invitado quien quiera venir. El circuito de 10 km va a facilitar que cualquiera pueda correr conmigo sin quedar perdido en medio del campo. Yo voy a darle 10 vueltas, y el que tenga ganas de sumarse, está más que invitado (pero si a algún gracioso se le ocurre correr 100 km, el estatuto de la Ultra Buenos Aires prohibe cruzar la meta antes que yo).

Para lo que seguramente necesitemos ayuda es para asistir en la logística, como la hidratación. Tengo familiares y amigos que se ofrecieron a ayudar, pero lo hacen sin caer en que la carrera va a durar entre 9 y 10 horas, y no creo que haya nadie que se banque quedarse tanto tiempo por el pancho (de soja) y la coca (light).

Gracias a todos los que están haciendo posible que este sueño (en desarrollo) se haga realidad.

Semana 32: Día 223: El corazón en una licuadora

Los griegos se niegan a inscribirme en la Espartatlón si no cumplo los pre-requisitos. Cómo cambian las cosas… mi esperanza es que se hicieran cargo de su error y me dejaran correr igual. Pero estoy en cero de nuevo. Ya hay lista de espera, y hasta recibí un listado de argentinos inscriptos (y uno que ya fue rechazado).

Como puse de título, a diferencia de mi estado optimista de ayer, hoy siento que me pasaron el corazón por una licuadora. No perdí las esperanzas, pero nada conmueve a la organización de la Espartatlón… No está todo dicho, pero ahora han demostrado ser un hueso duro de roer.

Básicamente el pre-requisito que necesito es correr 100 km en menos de 10 horas y media, o 200 sin límite. Iría ahora mismo (aunque llueva) a correrlo para demostrarles que puedo, pero tiene que estar fiscalizado por una organización deportiva, que me avale el tiempo final. Pero por más que busqué por Argentina y sudamérica, no existe una carrera que cumpla esas características (que sea en plano, y non stop).

Lo único bueno de este día, que empezó gris como el clima, es que el viaje a Europa me tenía tan entusiasmado que soñé que viajaba a Francia. Pero al pasado. Llegaba con una máquina del tiempo a un período pre Segunda Guerra Mundial. No sabía el año, quizá hasta era previo a la Primera Gran Guerra. Reconocía la ciudad de mis últimas visitas, con sus monumentos y edificios, pero había ciertas cosas diferentes, construcciones de madera, poca o nula tecnología…

Iba a visitar a una familia parisina, y no podía evitar contarles que venía del futurístico año 2012. Que las carretas iban a desaparecer, que los discos iban a ser reemplazados por cassettes, para después desaparecer. Les hablaba de computadoras, CDs, mp3. Todo un futuro que parecía inimaginable para ellos, pero que a la vez no les servía de nada, porque no sabía nada sobre sus vidas, ni siquiera podía darles el número de la lotería para hacerlos millonarios.

El mejor momento del sueño fue cuando, después de salir de la máquina, nos poníamos a buscar a la Torre Eiffel. Había neblina y no la encontrábamos. Entonces se empezó a abrir, y ahí apareció, tan majestuosa e inmensa como siempre.

Estoy pensando en que mi entusiasmo por ir a Europa decrece bastante si pienso en que no voy a poder ir a correr. Como que no me interesa ir a Grecia, voy a amargarme bastante. No sé, prefiero viajar en el tiempo.

Semana 32: Día 222: Espartatlón, ¿cada vez más lejos?

Hace unos días comentaba que conocí a Flavio, un lector del blog que trabaja en Cancillería, y que con total desinterés me ofreció ayuda si el contacto con esta entidad me podía servir de algo. Pensé en los típicos nervios del viajante argentino, que creemos que en cada puesto de migraciones nos paran y nos mandan de vuelta por no cumplir los requisitos… Y, pensando en voz alta, le pregunté si podían hacerme una carta de recomendación, algo que abriese las puertas de los países y los corazones de los agentes de control. Todo bien, Flavio es una persona con iniciativa y extremada buena onda.

Y después, caminando por la calle, digiriendo toda esta novela espartatloniana, me puse a pensar en que desde hace tres meses que no tengo novedades de la organización de esta monumental carrera. ¿Qué convenía hacer? ¿Otra carta traducida al griego? Pensé en ir a la embajada de Grecia, en un horario donde los hermanos atenienses estén todavía en la oficina trabajando, llamar por teléfono y hacer una conferencia con intérprete. Pero después pensé, ¿no es algo que podrían hacer en Cancillería? Así que molesté, por primera vez, a mi contacto (y, pobre, no sería la última).

Le planteé a Flavio mi preocupación. El 14 de febrero (San Valentín, para los que les interese el dato) me escribió Panagiotis Tsiakiris, presidente de la Espartatlón, y me respondió a mi carta del día anterior, en la que me decía: “Querido Martín, ya te he enviado la aprobación de su solicitud de participación en la carrera y consiguió el número 130. Más tarde nos pondremos en contacto contigo para el resto. (Programas, reglamentos, puestos de control, los asistentes)”. Más allá de que respondí este mail, nunca más volví a tener noticias. Y la verdad es que, a menos de 20 semanas de correr, necesito algo de tranquilidad.

Flavio se puso manos a la obra, y empezó sus gestiones diplomáticas. Y logró en un día lo que yo no pude: respuestas concretas del señor Panagiotis Tsiriakis. Le dijo que representaba a un atleta argentino, llamado Martín Casanova, que iba a correr la Espartatlón en septiembre, y que quería confirmar su inscripción. La respuesta vía mail nos dejó helados a todos.

“No tenemos a ningún corredor con el nombre: MARTIN CASANOVA. El número de corredor 130 pertenece a: Joan VILA CASANOVAS, de México, con nacionalidad española”. Y cerraba con sus sinceros saludos.

Un llamado telefónico confirmó esta situación. Que se resume en que, a la fecha, yo sigo sin estar inscripto, ni pre-inscripto, ni siquiera en lista de espera. Que no panda el cúnico, Tsiakiris pidió que le reenvíen el mail en el que me confirmaba que yo sí estaba inscripto. Y lo más curioso es que estaba en GRIEGO. O sea, la idea era sortear la barrera idiomática y no manejarnos torpemente con el inglés. Pero ni en su propio idioma me entendieron, y me confundieron con Joan Vila Casanovas, quien a partir de hoy es mi peor enemigo.

La responsabilidad de si corro o no la Espartatlón no está en manos de Flavio, que hace todo esta gestión en forma desinteresada, sino en Panagiotis, y en que se haga cargo de su confusión. Y, mientras tanto, solo resta esperar para ver cómo sigue esta novela. Sin dudas se vuelve todo más emocionante… para los lectores del blog. Yo prefiero estar anotado y sufrir durante la carrera, no antes…

Semana 32: Día 221: Caloi en su tinta

“Parece que falleció Caloi, ¿alguien lo puede confirmar?”. Mensajes así empezaron a multiplicarse en Twitter, pasadas las 11 de la mañana. No es la primera vez que la web mata a alguien conocido, pero el temor empezaba a instalarse. Mientras tanto, muchos imbéciles que creen que esta era la oportunidad perfecta para hacerse los inteligentes, empezaban a hacer chistes sobre si Clemente iba a poder llevar el cajón.

Pero mientras empezaban las especulaciones, en los medios no decían nada, especialmente en Clarín, donde Caloi trabaja desde que tengo memoria. Entonces gente más allegada a él y a su familia confirmaron el rumor. Y encima hoy, aniversario de la muerte de Carlos Trillo.

Como algunos saben, me muevo dentro del mundillo de la historieta. No me da de comer (a menos que viviese de agua y polenta), pero sí me ha dado muchas satisfacciones. Esta es una situación rara, porque en Facebook y Twitter más de la mitad de mis contactos empiezan a escribir comentarios de luto y tristeza. Y en otra oportunidad (creo que cuando falleció Moebius), un historietista saltó a quejarse (con algo de razón) lo morbosos que llegamos a ser. Todos queremos ser los primeros en contarle la noticia a alguien que no la sepa, y nos ponemos la banda de luto, aún cuando no conocíamos al autor, y ni siquiera lo leíamos. Es algo que pasa, es cierto, pero también todos tenemos el derecho de expresarnos si algo nos afecta. Espero no estar cayendo en la primera categoría con este post, pero me nació volcar algo en el teclado.

Caloi no es un tipo que me hacía reir. Pero eso no lo hacía mal historietista. Porque me hacía reflexionar, y me tomó muchos años darme cuenta que hacer una tira diaria no necesariamente es buscar el efecto de un chiste. Con Clemente y con Caloidoscopio, Carlos Loiseau graficaba algo de esa esencia que nos hace argentinos. Dibujaba en lunfardo. No lo podría describir de otra manera.

Pero además de su obra, me ayudaba a reflexionar con su programa “Caloi en su tinta”, donde (mucho antes del cable y de la internet) podíamos ver cortometrajes y animaciones de todo el mundo, bastante alejado (y muy maduro) respecto de los dibujitos animados a los que yo estaba acostumbrado. Era como pisepar cómo era el mundo de los adultos, a través de un lenguaje que me resultaba mucho más atractivo que las series con actores.

Muchas noches, cuando existían los casettes, me iba a dormir con un grabadorcito que ponía abajo de la almohada. Le daba play a esas grabaciones de Clemente referidos al mundial, con los cantitos de cancha a los que les reemplazaban las palabrotas con algo de contenido más familiar, y donde podíamos escuchar el “Burumbumbún, burumbumbún, yo soy el hincha de Camerún”.

Y un día después de estar tres semanas en la Feria del Libro, inmerso entre tantas historietas, al igual que hace un año, me entero de que se fue un gran artista, que formó parte de toda mi vida.

Los que nos quedamos acá, lamentamos su ausencia. Pero el que se va, seguramente encuentra algo más allá de este mundo, y da el paso final hacia la eternidad.

Recién me enteré de que el siguiente tema, que siempre tengo grabado en mi cabeza, es de la Penguin Cafe Orchestra, y se llama Telephone and Rubber Band. Pero para mí va a ser siempre la apertura de Caloi en su tinta.

Semana 32: Día 220: Esa maldita Feria del Libro

Hoy es el último día de la Feria. Horas de estar parado, atendiendo gente todo el tiempo, aclarándoles que no vendíamos Watchmen (porque jamás la editamos), y con tiempo que le robé al entrenamiento (suele ser al revés, correr se cuela en horario laboral).

Pero ya está. Hoy terminaremos tarde, desarmando el stand, y listo el pollo, pelada la gallina.

Por suerte me pude hacer del espacio para entrenar. Esta mañana metí 15 kilómetros, con mis rodillas todavía sensibles por Patagonia Run. Cada vez tardan más en doler, y cada vez la molestia es menor. Corriendo a todo lo que da mi cuerpo, me sentí libre, una vez más. Aunque tenga este blog desde hace poco más de año y medio, nunca voy a poder describir todo lo que me produce calzarme las zapas y salir a trotar.

En la Feria se me acercaron algunos lectores del blog, y la verdad es que fue una sorpresa muy gratificante. No llegué a sentirme el boom que es Claudio María Domínguez, y ninguno me pidió un autógrafo. Fue ponerle algunas caras a la gente que está “del otro lado”. Ayer conocí a Flavio, que trabaja en Cancillería, y me prometió que me iban a pagar todos los pasajes a Europa (mentira).

Con una buena dosis de endorfinas, me voy a seguir informándole a la gente que no vendemos Watchmen. Adiós Feria, y gracias por todas las sorpresas gratificantes que me dejaste.

Semana 32: Día 219: Recuerdos de mi primer viaje

En marzo de 2008 hice mi primer viaje a Europa. Tenía un julepe increíble. Un mes antes ni me imaginaba que iba a volar en avión y que iba a vivir semejante experiencia.

En octubre de 2008 lo volví a hacer. Y tengan en cuenta que vivía contando las monedas. Pero todo se fue alineando para lograrlo. En septiembre voy a viajar a Europa por quinta vez. Esta es mi crónica de este segundo viaje, y es curioso pero me siguen pasando las mismas cosas…

Mientras tipeaba, Lucas preguntó ¿Estás escribiendo una novela?

Primero, lo primero: Me da miedo volar.

O sea, me encanta. Me fascina. Miro por la ventanilla extasiado, no entiendo cómo despega semejante armatoste, cómo no me siento pegado al asiento por la fuerza de la aceleración… se me hace que esa velocidad no alcanza para que las ruedas se levanten del suelo. Me da paz viajar, sacarme las zapatillas, mirar películas, comer y dormir en el vuelo.

Pero cada vez que tengo que viajar, tengo esa angustia de que no me van a dejar volar. Y me da miedo.

Llegué a Ezeiza después de un pico de stress (mi computadora se quemó un viernes, yo el lunes siguiente), que me hizo tener fiebre, mareos, dolor de panza, hormigueo en los brazos, dolor de cuello, dolor de espalda y seguro me dejo un síntoma de lado. El jueves siguiente estaba en la Terminal Ministro Pistarini, convencido de que algo iba a estar mal con mi pasaporte, que me iba a detener Aduana por el contenido de mi valija, que algo iba a ir mal.

Pasé los controles (en embarques no me palparon como al resto de los pasajeros y me sentí discriminado) y me puse a esperar en la Puerta 8 la salida de mi inminente vuelo. Tin me llamó al celular y hablamos de las últimas cuestiones laborales y de la ansiedad de tan anticipado viaje. Pero no me di cuenta que no estaba esperando en la Puerta 9, donde sí salía mi vuelo de Air Europa. Cuando noté la confusión, fui corriendo y estaban a punto de cerrar la puerta (como en las películas). Me perdí los diarios gratuitos que regalan las aerolíneas extranjeras, sólo quedó un periódico económico y uno que apoya al PP (buuuuuu!).

El despegue no tuvo complicaciones, aunque el piloto se quejó innecesariamente de que aunque estábamos en horario, los despegues se solían retrasar en Ezeiza. Despegamos, y enseguida los edificios se hicieron chiquititos y todo parecía una frazada que se podía tocar con la mano.

Durante el vuelo me vi 4 películas (dobladas al español castizo, me cago en la puta mierda, joder!) y me quedaron 4 sin ver, porque obviamente no daba el tiempo. Se equivocaron con mi cena vegetariana, y me cedieron la cena de la tripulación (ravioles de queso con una salsa de vegetales increíble). Sobrevolé Uruguay, Brasil, el océano y pasé cerca de las Canarias, donde, sin que yo lo supiese, ese mismo día, otro avión de Air Europa se despistaba y frenaba a 500 metros de llegar al mar (y después no quieren que uno tenga miedo a volar).

El aterrizaje tampoco tuvo complicaciones, lloviznaba y el cambio de hemisferio significaba que había entrado al avión en primavera y salía en otoño. Y cuando entré al aeropuerto de Barajas, volvió el miedo. A que las valijas no estén (el menor de los miedos), a que en migraciones no me dejasen pasar (me creyeron que llevaba 1500 euros, ni me pidieron que los mostrase), que me pidiesen declarar algo, que pasasen mi equipaje por rayos X.

Pero no pasó nada.

Salí del aeropuerto y recién ahí respiré. Aire frío. Paz. Por fin llegué.

Me encanta volar.

Y la paso tan mal….

Madrid es maravillosa, y estoy absolutamente extasiado.

Tanto para contar y tanta facilidad para aburrir al hacerlo….

31 octubre 2008

Semana 32: Día 218: ¿Dónde está el límite? (video)

¿Podría este ser este mi nuevo objetivo post-Espartatlón?

Hoy vi este video y me resultó divertido y emocionante. Me dieron muchas ganas de estar ahí, exigiéndome junto a estas personas. Es más, alimentaron mis ganas de correr en Grecia mis 246 km. Vicky dijo que el protagonista de este mini-documental le hacía acordar a mí (excepto por lo de los tatuajes).

Son solo 14 minutos, que resumen una travesía de varios días, donde podemos vislumbrar pantallazos del optimismo de la largada, el golpe anímico de las jornadas posteriores, y la gloria de la llegada. Se los recomiendo.

Semana 32: Día 217: Pánico al deporte

Cuando no hay noticias (o se quiere tapar otras), los temas más absurdos pasan a ocupar tiempo de pantalla, o líneas en un diaro. Si se juntan dos o tres coincidencias, se inventa que hay una tendencia, se lo exagera un poco para inducir al pánico, y listo, la gente compra el miedo.

Recientemente hubo fatalidades en el deporte. Un nadador que falleció mientras se duchaba, un adolescente que murió tras terminar una competencia en bicicleta, y ya con eso alcanza para instalar en la opinión pública que los que hacemos actividad física constantemente nos estamos jugando la vida. Generalmente los que hacen poco ejercicio son los que más se convencen de esta idea. Ya me han dicho, en más de una ocasión, que me iba a crecer el corazón y me iba a morir. Es cierto que el cuerpo no está preparado para exigirlo al límite. Pero es así cómo obtenemos resistencia. No hay nada de malo en hacerlo con inteligencia, porque solo rompiendo tejidos se genera músculo.

El tema es que aparece este pánico, tan alimentado por el periodismo, y comienzan a enumerarse casos de futbolistas que mueren por aneurismas, o surfistas a quienes los golpea su tabla y mueren ahogados. ¿Qué relación pueden tener estos dos casos, o qué sentido tiene recordar el caso de los inconscientes que se colgaron de una grúa para hacar bunjee jumping y murieron al chocarse en el aire? Ninguna, más que meter miedo y vender más.

Si todos nos hiciésemos chequeos del corazón en la primaria y la secundaria, podríamos anticipar problemas congénitos y asintomáticos. Lamentablemente esto no pasa. Pero me he hecho tantos análisis y tengo tantos aptos médicos que sé que no tengo ninguna condición que haga de entrenar un riesgo para mi salud. Ahora, si sufro un aneurisma, ¿existe alguno de esos análisis que lo hubiese podido detectar? Si sufro una embolia mientras viajo en subte, ¿tenemos que empezar a decir que viajar en la línea D es perjudicial para nuestra vida? (bueno, por cómo se viaja, probablemente lo sea)

Me da bronca cuando pasan estas cosas, pero a la vez más bronca me da que todo se olvida mañana, cuando nacen dos nuevos pandas en el zoológico, o cuando la estrella del momento se separa, y vemos su foto borrosa y tomada de lejos, mientras camina con anteojos oscuros por la calle. Quizá vuelva un tipo de gripe en el invierno y ese sea el nuevo pánico de cada día que nos den los medios, o por ahí aparezca una nueva clase de abejas africanas para que nos dé terror salir de casa. Hay fatalidades en cualquier ámbito de nuestras vidas. Imponer la idea de que hacer deporte es un riesgo me parece una idea bastante desafortunada…

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