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Semana 27: Día 188: Correr a la velocidad de la luz

Como buen entusiasta de las historietas, siempre me interesó la “ciencia” que se crea alrededor de ellas. Por ejemplo, cómo es que alguien tiene superfuerza, lo suficiente como para doblar una barra de acero, pero a la vez no se lastima las manos al hacerlo. O cómo un personaje puede volar sin tener un diseño aerodinámico o métodos de propulsión. O cómo es posible que Superman pueda levantar un avión en medio del aire, sin atravesarlo al ejercer presión sobre un mismo punto. En fin, temas importantísimos.

Obviamente siento afinidad por Flash, ese personaje que corre a supervelocidad. A pocos les interesará saber que varios personajes vistieron la máscara del velocista escarlata, pero en cada encarnación se explicaba un poquito más de la ciencia de esos poderes. Si este héroe podía correr a la velocidad de la luz… ¿cómo veía al mundo? ¿Cómo funcionaba eso?

Existe una gran complicación (que conviene dejar de lado), acerca de moverse a 300 mil kilómetros por segundo. En la antigüedad intentaban medir la velocidad de la luz con un gotero, y esa limitación los llevó a creer que no se movía por el espacio, sino que se manifestaba instantáneamente en todos lados. Pero si alguien puede correr a semejante velocidad como para darle 40 vueltas a la Tierra en un latido, inevitablemente necesita pensar a la misma velocidad, o se dará contra una pared al menos 4 millones de veces antes de darle una vuelta al Ecuador. Si sus impulsos eléctricos son tan veloces, entonces debería razonar a un ritmo inigualable, permitiéndole crear en su cabeza infinidad de situaciones y posibles escenarios. Antes de que el villano desenfundase su arma de rayos congelantes, Flash debería haber analizado 8 mil posibles variantes para vencerlo. El problema entonces sería elegir una de todas esas variantes.

Una de las aplicaciones más creativas de estos poderes la dio Grant Morrison, un guionista escocés, que hizo correr a Flash a la velocidad de la luz antes de darle una piña a un omnipotente extraterrestre. Como ante estas velocidades la masa se expande hasta el infinito, ese golpe lanzó al villano fuera de órbita, directo al espacio. A estas explicaciones pseudo-científicas se las conoce como “Flash facts” (fact por “hecho”).

Sin embargo hay una limitación enorme para los que fantaseamos con correr a estas velocidades. Los colores son el resultado de la luz rebotando contra los objetos, reflejando diferentes espectros (y sus combinaciones). Si superamos la barrera de los 300 mil kilómetros por hora… ¿vemos todo en blanco y negro? ¿Se vuelve todo transparente? ¿Nos quedamos ciegos? Todo esto juega un papel fundamental en la vista. Es por eso que el hombre invisible, al no tener un globo ocular que reciba, refracte y rebote luz, debería ser ciego…

El desgaste por fricción (y ni hablar a nivel físico) de correr a esta velocidad implicaría que además la persona con este poder debería ser prácticamente indestructible, capaz de soportar temperaturas descomunales y ser invulnerable a cualquier tipo de daño. Y después está el tema de la energía necesaria. Flash necesitaría comer algo más que una tonelada de geles deportivos para soportar tamaño desgaste. Según la teoría de la relatividad de Einstein, la velocidad de la luz es la máxima a la que puede viajar un objeto que no tenga masa, tales como los fotones. Si un objeto tiene una masa, por muy pequeña que sea, necesita energía.

Otro problema es el “espacio vacío”. La atmósfera de la Tierra posee, en cada centímetro cúbico, unos 30 millones de billones de átomos. En el espacio, con algo de suerte, solo podemos encontrar un par de átomos de hidrógeno por cada centímetro cúbico. Pero esa ridícula cantidad de materia se convertiría en un haz de radiación lo suficientemente intenso como para matar cualquiera en pocos segundos.

Suponiendo que Flash es indestructible, tanto ante la fricción como ante las altas dosis radioactivas, y que come barras de uranio enriquecido o lo que haga falta para tener la energía suficiente… ¿Cuánto necesita descansar? ¿Se dañan sus tejidos y debe recomponerlos? Y si todo para él funciona a grandes velocidades, ¿le alcanza un sueño de un segundo, o necesita una siesta de 20 semanas?

Los dejo con estas dudas existenciales.

Semana 27: Día 187: Comida de marcha

Entre los preparativos previo a una ultra-maratón, lo que tenemos siempre en cuenta con Vicky es qué comida de marcha nos vamos a llevar. En estos desafíos no hay que dejar margen para el error. Una mala alimentación durante la carrera y nos jugamos la vida. Así de sencillo.

Entre las cosas que elegimos llevar, priorizamos dos cosas. Primero, que alimenten. O sea, hidratos, para tener la energía necesaria. Segundo, que sean livianas. No me refiero a light, sino al peso. En la mochila ya vamos bastante cargados con agua, linternas, botiquín, abrigo, y un interminable etcétera. Las sandías conviene dejarlas en casa.

La conclusión lógica son las pasas de uva y otras frutas secas y/o desecadas, que contienen muchas calorías. También están las barritas energéticas, especialmente pensadas para la actividad física intensa. Las bebidas isotónicas (como el Gatorade o el Powerade), que las asociamos con las sales y la hidratación, también contienen hidratos de carbono.

Otras opciones que fui descubriendo, en mi intento por que además sea un alimento bajo en grasas, fueron los cereales, o las barras de maíz o arroz inflado. No hace mucho descubrí la marca Egran, que vienen bien como colación o para llevar a una carrera. Antes me daba un poco de inseguridad llevarme algo para masticar: creía que tenía que reservar la energía solo para correr, pero cuando hay hambre todos masticamos. Igual hay algunas variantes de este producto que no me han gustado (pongo una de cal y una de arena, para el que fantasea que esto es publicidad encubierta). Las que tienen chocolate, miel, coco o maní me resultan muy pesadas y hasta algo empalagosas. Pero las de arroz y las de maíz inflado han sabido levantarme en un fondo largo.

También experimenté con cereales de chocolate. Después de estar en un trail de 8 horas o más, empiezan a habilitarse estos permitidos. Me dieron una recomendación muy interesante: llevate para comer algo que te guste mucho, y guardalo para el final. Es el incentivo para superar el último tramo, que siempre es el más difícil. Un amigo se guardaba un Mantecol (golosina grasosa si las hay). Yo, en Yaboty, me reservé un sándwich de queso y dulce (que no me comí, se lo regalé a un hambriento corredor que acababa de llegar). Mi nutricionista me recomendó comer Pringles, por los hidratos y porque al ser salados nos obligan a hidratarnos. Pero no me animé, y en Yaboty terminé hartándome de comer solo cosas dulces. Por eso encontramos una alternativa, con mucha menos grasa, que son los pretzels. Los vamos a probar con Vicky para Patagonia Run. Son salados y puro hidratos, con solo 4,6% de grasa cada 100 gr (y muy difíciles de conseguir, con las actuales trabas a las importaciones).

Además de esa “recompensa” que uno puede darse, la comida de marcha es algo que se ajusta a cada corredor. A mí no me gustan las gomitas (porque tienen gelatina, que está hecha con cartílago animal) y Vicky no le quiere dar una oportunidad a las barras Egran. Cada uno se va armando su propio menú. Intentamos disfrutarlo lo máximo posible, pero la función de este alimento no es satisfacer el paladar, sino darnos ese empujoncito extra que necesitamos para llegar enteros a la meta.

Semana 27: Día 186: Se vienen los 100 km de Patagonia Run

El nombre técnico es Patagonia Run Mountain Hardwear 2012, pero es un poco largo. La cita es el sábado 14 de abril, y mientras empiezo a escribir estas líneas, el corazón se me empieza a acelerar. Pienso en enfrentar estos 100 km y en el desafío que se me presenta. No, no es la distancia lo que me asusta… sino que ¡tengo que arrancar a las 2 de la mañana! Además del frío impresionante que seguro va a hacer, no voy a poder dormir… ¡eso me preocupa!

La logística de esta carrera es interesante. Hay varias categorías, de acuerdo a la distancia que uno quiera hacer: 10, 21, 42, 63, 84 y 100 km. Se trata de un “Trail Run”, sin parar (o sea, Non Stop, a diferencia de Yaboty donde fue un día de 70 y otro de 30). La organización promete “una combinación de senderos de montaña con pendiente, distintos grados de desnivel, planicies y valles de gran belleza, miradores, cruces de río, y áreas protegidas del bosque patagónico dentro del Parque Nacional Lanin”. Pero a mí ya me habían convencido cuando decidieron hacerla en San Martín de los Andes.

Vicky fue quien me insistió para anotarnos en esta aventura, ella en 63, yo en 100. A mí me interesaba por el handicap que necesito para la Espartatlón, y para empezar a experimentar ultramaratones largas y complicadas. Últimamente me entusiasma sufrir (estoy a un paso de darme latigazos y caminar sobre brasas encendidas). Si tengo que salir a las 2 de la mañana, mínimo tengo que estar en la línea de largada a la 1:15… o sea que no voy a poder dormir demasiado, sobre todo si le sumo los nervios de la salida.

Para nosotros esta movida empieza el miércoles 11, cuando viajemos en micro hasta San Martín de los Andes. Bah, empezó hace rato, con el entrenamiento y todos los preparativos previos: elegir qué vamos a llevar de comida de marcha, buscar todo el equipamiento obligatorio (y algo del optativo), pedir consejos, buscar el recorrido en mapas… mentalmente la venimos corriendo desde hace varias semanas, ahora nos falta trasladarlo a la realidad.

Tengo la sospecha de que esta va a ser una de esas carreras que se quedan para toda la vida. Por la diferencia en el paisaje, por la importancia de semejante logro… es una jodita un poco cara, pero creo que hay que darse un gusto en la vida. No me sentía cómodo trasladándome miles de kilómetros para correr en otras tierras, cuando en mi propio país se organizan eventos tan impresionantes, en un marco tan espectacular como es la pre-cordillera (igual la especialista en geología es Vicky, quizá ella lo disfrute un poco más que yo).

Bueno, creo que me falta conseguir un par de calzas, y estoy listo para partir. Pero esta ansiedad no me la quita nadie…

Semana 27: Día 185: Motivos válidos para no entrenar

Yo puedo hablar de vagancia, de buscar excusas para quedarse en casa y la mar en coche. Me siento con autoridad porque lo he hecho infinidad de veces. Antes de empezar con Semana 52 encontraba con mucha facilidad motivos para no entrenar. No siento que me haya convertido en un corredor de elite (nada más alejado que eso), pero el día que hice el “click”, empecé a ver las cosas con otra perspectiva. Un capítulo nuevo de Lost era motivo suficiente para encerrarme y no tener contacto con el mundo exterior. Como también lo eran los meses fríos del otoño y casi todo el invierno.

Hay ciertos motivos que para mí son válidos para no entrenar. Son esos hechos “fortuitos”, inmanejables. Por ejemplo, si Vicky se enferma, me quedo cuidándola. Creo que no hay nada más importante que cuidar a quienes te cuidan. También hay situaciones que uno no puede manejar, como una suspensión del entrenamiento con el grupo, porque está diluviando. Queda en uno si recupera al día siguiente, o en el gimnasio. A veces esto es impracticable, porque sabemos que el entreno que no se realiza, se perdió. Pero en ciertas oportunidades he sido un poco más flexible, y si me tomé un jueves y al día siguiente me tocaba descanso, siento que puedo recuperar el viernes.

Hoy, por ejemplo, es feriado. En Argentina se conmemoran 30 años de la guerra de Malvinas, el que quizá sea el conflicto armado más absurdo de nuestra historia. Como todo día no laboral, que encima forma un fin de semana largo, la ciudad está prácticamente vacía. Pasear al perro sin autos por la calle fue un verdadero placer. Y esto hace que los feriados sean ideales para entrenar, porque hay menos gente en plazas y veredas, y al disminuir considerablemente el tráfico, se hace todo más fácil (y menos peligroso). Por eso los feriados los pongo dentro de “motivos NO válidos” (a menos que uno esté disfrutando de un viaje relámpago en Punta del Este… pero nada más lindo que correr en la playa, ¿no?).

Otra causa por la que me parece más importante quedarse en casa es cuando uno está enfermo, o lesionado. Hay que saber escuchar al cuerpo cuando dice “basta”. Descansar es parte del entrenamiento, y ante un accidente o un sobre-entrenamiento, conviene parar para poder seguir.

En el apartado fantasioso, otros motivos válidos para no entrenar es en caso de que un meteorito se aproxime en ruta de colisión a la Tierra (como en diciembre de 2012), una invasión alienígena o un ataque de supervillanos. Ahí creo que conviene reunirse con los seres queridos y dejar el entrenamiento para otra ocasión.

Semana 27: Día 184: 45 km en la ciudad… de nuevo

Hoy me tocó correr 45 km como parte de mi entrenamiento. Debo confesar que, contrario a mi experiencia anterior, esta vez la pasé muy, pero muy mal. Pero claro, no todo es como parece. Bueno, no me quiero adelantar.

El sábado entrené normalmente con los Puma Runners, pero Germán, el entrenador, me hizo cortar a los 11 km, como para no agotarme por el fondo largo que me tocaba el domingo. Estaba para seguir, pero aprendí a respetar la opinión de un experimentado. Si algo me tiene que reconocer esta persona es que siempre, siempre le hice caso en todo. Me guardé para esos 45 km que, aunque intimidan, ya los había experimentado.

Anoche comí mi última cena (me refiero a cuestiones de mi dieta a base de hidratos, nada que ver con religión), le entré al dulce de batata como postre, y me fui a dormir. Me desperté y era de noche. No tenía idea de la hora, pero sabía que no me iba a volver a dormir, así que me levanté. Desayuné, y para dejar que la comida baje, me puse a trabajar un poco. Eran las 6 y media, así que iba a esperar una hora. Aproveché y me pesé en la balanza electrónica que agregamos al baño: 68,2 kg. Mi obsesión quiso que, mientras me preparaba para salir, me pusiese a coser una calza agujereada, y aunque soy obse también soy lento, por eso terminé saliendo 8:30 de la mañana, con un solazo espectacular.

Tenía todo preparado en mi mochila: dos litros de agua en el hidratador, una botella grande de Powerade, una barra Egran, Arnica, Voltaren, vaselina, tres geles, y lo más importante de todo: el iPod. Después de batallar como los monos de Odisea del Espacio, logré dominar este aparato, y tenía todo un extenso playlist de música electrónica. Puse el cronómetro, y salí.

Arranqué fuerte, a 4:30 el kilómetro. La ciudad estaba bastante vacía, lo que es una comodidad absoluta. Repetí bastante el trayecto del 11 de marzo, excepto que le di una vuelta a los lagos de Palermo y a la Plaza Holanda. Venía bien, siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. No sabía cuánto lo iba a sostener, pero me sentía cómodo. En el km 15 tomé el primer gel. Por mi experiencia previa, asumí que con dos iba a ser suficiente.

En Retiro, un tren de carga me obligó a hacer una parada obligatoria. Fueron 16 km sin que un semáforo o el tráfico me frenara. Aproveché unos matorrales y los ruidosos y enormes vagones que me cubrían, y evacué líquido, y cuando estuve libre, continué rumbo a la Reserva Ecológica. Era darle dos vueltas y volver para casa. Pero me empecé a sentir cansado. No eran las piernas, pero sentía que no daba más. Cuando llegué a los 23 km me hice a un costado, tomé un trozo de Egran de maíz inflado (son increíbles, las recomiendo como comida de marcha). Arranqué y fui tranquilo hasta que miré el reloj. Lo que pareció una eternidad eran solo 3 km más. Estaba demasiado cansado, y eso me sorprendía. ¿Sería la gripe, de la que casi casi había salido? Apreté los dientes, y seguí avanzando. El ritmo promedio por kilómetro iba subiendo. Ya estaba por los 5:30 el kilómetro.

Ahí decidí algo que creo que fue sensato: los entrenamientos no son una carrera. Me lo repetía constantemente. ¿Para qué matarme? Nadie me espera con una medalla al final. No hay fotos, ni gente alentando. Solo tenía que llegar a correr 45 km, nada más. Así que decidí tomármelo con calma. Cuando llegué a los 30 km tomé mi segundo y último gel, a un costado del camino. Me senté en un banco, me unté con Voltaren en las rodillas, gemelos y cuádriceps, y salí. El reloj marcaba un ritmo de 6 minutos por kilómetro. Debía ser el muro, porque no importaba cuánto me esforzara, era imposible aumentar la velocidad.

Después de darle dos vueltas a la Reserva, aproveché una canilla de agua fría e insípida (como debería ser en toda la Ciudad) y salí a la calle. Esa sensación de estar regresando pone un poco de pilas. Estaba agotado, y empecé a entender por qué. Aunque lo peor de la gripe ya pasó, sigo congestionado. Me la había pasado sonándome la nariz, escupiendo mocos, y era obvio que no estaba respirando al 100%. Las piernas quemaban un poco, nada fuera de lo normal. La raiz de mi cansancio era que no estaba recibiendo el suficiente oxígeno. ¡Claro! Las pulsaciones me daban bien, estaba todo en orden, excepto por la respiración.

Me prometí no frenar, aunque constantemente me inventaba excusas como tomarme un taxi, ir en tren. Fantasías que no iba a realizar. Antes hubiese ido caminando. Pensaba que en Patagonia Run me va a ser imposible correr todo el tiempo, así que, cuando estuviese cansado, iba a caminar hasta recuperarme. Lo puse en práctica, así que saqué el Powerade de la mochila, y tomé unos sorbos mientras caminaba e intentaba recuperar el aire. Habré hecho unos 200 metros hasta que volví a trotar (aunque lastimosamente).

Seguí concentrado en llegar, ya sin desesperarme si un semáforo me obligaba a frenar. Aprovechaba para elongar un poco. Confieso que me avergonzaba estar corriendo a ese ritmo, pero entonces miraba el reloj y veía que había corrido 39 kilómetros. ¿Cómo sentir vergüenza con semejante recorrido a cuestas? Todas estas cosas pasan por mi cabeza mientras corro: me cuestiono y busco reconocer mis méritos para no flaquear.

Terminé en 4 horas y 5 minutos, a dos cuadras de mi casa, así que aproveché la distancia para caminar y empezar a relajar las piernas. No me sentía TAN agotado como esperaba, pero bueno, tampoco estaba como para correr al colectivo. Llegué a casa, y antes de hacer nada fui al baño, me saqué la ropa y me pesé: 65 kg. El número me sorprendió. ¿¿¿¿Cómo pude perder 3,2 kilos???? Tomé dos litros de agua (se me acabó a 3 km de llegar), incluso aproveché la canilla de la Reserva para refrescarme. Me terminé una botella de 750 cc de Powerade. Me comí media barra Egran. ¿Cuánto tuve que haber perdido en transpiración entonces? ¿Seis litros? Sé que hice las cosas bien, pero no entiendo esto que pasó… generalmente pierdo 800 gramos… nunca 3 kilos. Misterios del deporte.

Y lo mejor fue que me tomé mi tiempo para relajarme, me recosté con mi perro, hice fiaca con Vicky, y cuando finalmente me senté a escribir esta crónica, me di cuenta de que en realidad llegué 6 minutos antes que la última vez que corrí 45 km. Así que no sé por qué me quejo tanto. Prometo no volver a hacerlo… esta semana…

Semana 27: Día 183: 230,27 km en un mes

El mes pasado aventuraba arañar los 350 kilómetros durante marzo. No me parecía tan descabellado. Tenía muchos fondos largos los domingos, más los entrenamientos, más la Mer– em, la Adventure Race de Tandil… no sonaba tan volado. Pero, ¡cómo pueden cambiar las cosas!

Por un lado, llovió a cántaros tres lunes por la tarde. Después, estuve en boxes por la gripe, y cuando finalmente la contagié a Vicky, me quedé a hacerle compañía y cuidarla, como ella hizo en su momento conmigo. Siete entrenamientos bajaron el promedio mucho más de lo que esperaba. Además, el sábado previo a Tandil, no hubo actividad, porque estábamos en esa ciudad haciendo “concentración”. Y bueno, 230 km no es un mal número, pero me hace dar cuenta de que es imposible planificar nada con tanta anticipación.

De todos modos, en el “ranking” de meses, es el segundo en el que más corrí. Hubiese sido el mayor, sin todas las excusas que enumeré en el párrafo anterior. Pero no me desanima, para nada. Si tantos faltazos me dieron igual un promedio de 57 km semanales, venimos bien. Creo que también contabilicé el fondo de mañana, 45 kilómetros, como si contase para marzo. Pero bueno, se lo sumo a abril. Como para dar cuenta de lo que cambia estar “sano”, esto me va a dar 80 km solo esta semana. No me quejo…

Vamos a ver si en abril supero la marca de los 300 km mensuales. Esa carrerita llamada Patagonia Run me va a sumar 100 en un solo día…

Semana 27: Día 182: A seis meses de Espartatlón

Hoy, EXACTAMENTE, estoy en la mitad de desafío de los 256 kilómetros que unen Atenas con Esparta. Justito la mitad del año en el que decidí entrenar para lograr esta, la máxima gesta atlética que puedo imaginar.

Ayer fui a ver a un clínico para hacerme un apto médico y presentarlo ante las autoridades de Patagonia Run. Es un requisito para participar en los 100 km. Y, como no podía ser de otra manera, llegué media hora tarde y la doctora no me quiso atender. Estaba a punto de armar un escándalo y se asomó un doctor. Vaya uno a saber por qué, se ofreció a atenderme. “Si puedo ayudar en algo…”, dijo. Renovó mi esperanza en los galenos.

La consulta fue breve, porque para su itinerario yo estaba en un entreturno. Le di mis análisis y me preguntó para qué necesitaba el apto. Le expliqué lo más rápido que pude que era fondista y que me iba a presentar en una carrera de 100 km. Me dijo que en lo concerniente a la medicina él no podía escribir que yo estaba habilitado para correr esa distancia, por la sencilla razón de que era una salvajada. Eso era algo muy específico, y no se quería jugar la licencia. Pero con gusto ponía que yo estaba apto físicamente para correr “maratones”. Acepté el trato, pero le aclaré que si 100 km le parecía un exceso, me estaba preparando para correr 246. Se rió y dijo “Eso directamente es una locura”.

Y bueno, estoy a medio camino de esa locura. Pero primero tengo que pasar por San Martín de los Andes, carrera cuya salida se adelantó y ahora empieza el sábado 14 de abril a las 2 de la mañana. La llegada sigue siendo a las 20:30.

En estos seis meses empecé a entrenar muy duro, sentí que mi cuerpo se adaptaba a la nueva exigencia, pero también vi mi tiempo bastante reducido. Mezcla de eso y de un poco de agotamiento, no pude volver a ir un solo día al gimnasio. Es duro, en febrero estuve en mi pico máximo a nivel muscular, y cuando vaya a la nutricionista en breve me van a dar los niveles para el traste. Pero es una elección que tuve que tomar. No se puede todo en la vida, y mientras antes lo acepte, mejor voy a poder organizar mis objetivos. Ahora sé cómo tengo que encarar las cosas el día que deje un poco de lado las zapatillas y decida tomar las pesas por las mancuernas.

También abandoné, por segunda vez, el reto de abdominales. Otra decisión dura, pero que tomé luego de saltearme varios días seguidos por falta de tiempo y energía. Sin embargo, esto me parece importantísimo para lo que es carrera de aventura, sobre todo en cuestas. Si bien siento que tengo mucha fuerza abdominal, necesito seguir trabajándolo. Así que esta es mi cuenta pendiente para los próximos seis meses.

En lo que queda del año voy a tener que buscar alguna otra ultramaratón, o inventarme alguna, porque dudo que llegar a los 246 km sea fácil. Pero no es imposible, me siento bien encaminado. En cuanto vuelva de San Martín de los Andes, ojalá con un triunfo sobre la montaña, llegará el turno de sacar el pasaje a Grecia. Y ahí sí, no va a haber vuelta atrás.

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