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Semana 23: Día 159: Leé este post si querés empezar a correr

Hay algo de lo que me siento orgulloso, y es que un año y medio después de empezar este blog, sé un poquito más de running que cuando empecé. No es ningún mérito, sería un gil si estoy todos los días escribiendo sobre esto y no retengo nada. A fuerza de correr más y prestarle atención a cómo eso me iba afectando, aprendí algunas cosas. Una de ellas es que no tiene sentido descubrir cosas y guardármelas. Solo tiene sentido si, además de servirme a mí, se lo puedo transmitir a otra persona.

Hoy me junté a almorzar con Pablo, un amigo al que no veía desde hacía casi 5 años. Los dos somos del ámbito del diseño, pero cuando nos juntamos la última vez, el running no formaba parte de mi vida. Para eso faltaba todavía unos meses, más algunos años para empezar con Semana 52 y dar un giro en mi vida.

La primera impresión que se llevó fue un cambio en mi aspecto: más delgado. Cuando fuimos a comer y le quemé la cabeza con el running, las maratones, espartatlones, y un atlético etcétera, notó que además estaba más equilibrado. De alguna forma le contagié la epidemia del running, y empecé a darle algunos consejos para poder empezar. Alguna vez ya hice esto, pero no solo el público se renueva, sino que en este trayecto aprendí más cosas que vale la pena mencionar.

Mi primer cosejo fue: Necesitás un tiempo para vos. Cuando uno es soltero, el 100% del día es para uno mismo. Si establecés una relación con otra persona, se reparte entre los momentos individuales y los de la pareja. Si llegan niños, los tiempos se vuelven a segmentar. Y lo que uno sacrifica primero es la individualidad. En este contexto es difícil hacerse un espacio para correr. Pero es sano y necesario, te permite estar en armonía y relacionarte mejor.

Segundo consejo: Consensualo con tu esposa. No todos tienen la inmensa suerte de que su pareja sufra de runningitis, pero eso no quita que pueda entendernos y apoyarnos. Hace falta dedicarnos tiempo para correr, y quizá eso sacrifique ciertos compromisos matutinos, como llevar a los chicos al colegio, o vespertinos, como ir a buscarlos. La ayuda va a ser muy valiosa.

Tercer consejo: Tené constancia. Es común, por estar en medio de un período de adaptación, desmotivarse, o excederse por inexperiencia, y ante dolores y molestias, retroceder y pensar “esto no es para mí”. No existen los resultados inmediatos, lo que funciona es elegir ciertos momentos en la semana, y respetarlos.

Cuarto consejo: Usá calzado adecuado. Tuvimos un integrante de nuestro grupo de running que fue a su primera clase con unas Topper de lona. Le advertimos los dolores que iba a sentir al día siguiente. No hace falta comprarse unas Asics a todo trapo, con hacerse de unas zapatillas con buena amortiguación se puede empezar. Hay que reducir el riesgo de una lesión al mínimo.

Quinto consejo: Intentá no aburrirte. Correr es algo divertido, y si empezamos en una cinta, o si solo damos vueltas a la manzana, la monotonía nos puede liquidar. Es mejor armar un itinerario donde el paisaje cambie constantemente. Es muy bueno sentir que se está constantemente avanzando.

Sexto consejo: Buscá un objetivo concreto. La mejor forma de tener constancia y motivación es tener un motivo para hacer esto. Puede ser algo relacionado con la salud, como el hecho de hacer un ejercicio aeróbico, o tomarlo como una terapia para la psiquis. También podemos elegir una carrera que esté un poquito por encima de lo que nos creemos capaces, y prepararnos para ella. Le va a dar má s sentido.

Séptimo consejo: Intentá inscribirte en un grupo de running. Es cierto que para correr solo hace falta calzarse un par de zapatilas, pero involucrarse con otras personas, y hasta pagar por las clases mensuales, hace que muchos se tomen esto con mucha más seiriedad.

Dar consejos es bastante sencillo. Aplicarlos no. El mérito es siempre personal. Los horarios, además, los maneja uno como puede (y como le sale). Hay que darse la oportunida y con tiempo y paciencia, notarán cambios muy en breve.

Semana 23: Día 158: Tandil 2012

Se viene, una vez más, la Merrell Adventure Race de Tandil 2012. Así como en algún momento se jugó la Copa Toyota Libertadores, esta carrera tiene un main sponsor justo encabezando el nombre. En mi caso, como seguramente le pasó a muchos corredores, no sabía de la existencia de esta marca. O sea que, como estrategia de marketing, funciona.

Si empiezo a analizar por qué cada año vamos en malón a este evento, podría suponer que no es por la geografía, ni su gente, ni los quesos ni los salamines. Quizás podrían hacer la Merrell Adventure Race en San Pedro, y también movilizarían a más de 2 mil corredores. Pero, al menos para nuestro grupo, esto es como un viaje de egresados, combinados con una exigente carrera. O sea, vamos un poco por la joda, otro poco por competir.

Da la casualidad de que va a coincidir con nuestro aniversario con Vicky. Así que nos vamos a escapar el viernes 16 hacia Tandil, veremos algunas rocas para mi chica geóloga, y yo me lamentaré constantemente de que no tengo buena señal 3G. Pero bueno, hace un año la invité a participar con nosotros en una posta, y no pudimos evitar enamorarnos inmediatamente. Nos la pasamos el viaje de ida (con escala en Mar del Plata), haciendo chistes de Los Simpson, Les Luthiers, y compitiendo a ver quién sabía más sobre Batman (debo decir que gané). Hoy lo recuerdo y tengo esa mezcla de que fue hace tan poco, y a la vez hace tanto…

Hoy Tandil tiene, además de esa connotación de viaje de fin de curso, el gusto especial que tiene esta relación. Será que los lugares representan distintas cosas para cada uno, independientemente de si tienen mar, bosque o sierras. Para Vicky y para mí, además, es un escalón antes de Patagonia Run (a la que todavía no le pusieron un sponsor en su título), donde ella va a competir en los 63 km y yo en los 100.

Algunos van a disfrutar del paisaje. Otros de la comida. Algunos van a competir. Nosotros vamos a todo eso. Y a disfrutar de otro año de running, aventura, joda y amor. ¿Se puede pedir más?

Semana 23: Día 157: El paraguas

Como todas las noches, hoy me senté frente a la compu (sería una tontería sentarme detrás de ella). En mi cabeza pasaban diversos temas sobre los cuales escribir, sugerencias que hacen amigos, familiares y novias. Y mientras me asomaba por la ventana y veía cómo llovían perros y gatos y otras mascotas, pensé en la poderosa metáfora que es el paraguas. Puede parecer una tontería (quizá lo sea), pero tiene mucho que ver con mi actual condición anímica y mental.

Como muchos sabrán, estoy preparándome para correr la Espartatlón, carrera de 246 km en menos de 36 horas, que se supone mató al pobre ateniense Filípides, a quien se le ocurrió morir tras hacer una actividad física intensa y así darle una excusa a los que dicen “yo no corro ni al colectivo”. Si el primero que la hizo se murió, ¿qué me espera a mí, que nací en la época de los trenes, subtes, colectivos, taxis, remises, bicicletas, aviones, etc? Hace 2500 años probablemente tener un caballo era un símbolo de estatus, como tener hoy un Audi TT Roadster.

Intento no darle muchas vueltas al asunto y no pensar (la televisión y el alcohol ayudan). Pero uno no tiene mejor idea que escribir un blog y contarle sus planes a todo el mundo al unísono. No faltan las reuniones familiares donde surge la típica charla:

-¿Cuándo es la carrera?
– 28 de septiembre.
– ¿Y qué distancia era? ¿100 kilómetros?
– No, 246 kilómetros.
– (se le ponen los ojos como platos) ¿Corriendo?
– No, haciendo la vuelta carnero.

El hecho de hacer público el entrenamiento es solo una forma de estar constantemente recordándome en qué situación me he metido. Y aunque intento no hacerme la cabeza pensando en ese día y medio donde voy a ampollarme rincones de mi cuerpo que no sabía que se ampoyaban, la fecha se acerca. Y el entrenamiento se vuelve más exigente, y se vienen carreras intermedias a las que llego exhausto (pero antes de correrlas), y entones saco mi paraguas metafórico.

Este utensilio no protege de la lluvia (ni siquiera la metafórica), sino que es un resguardo. Como cuando decía que no había estudiado para el examen de Geografía y terminaba sacándome un 8 (sin copiarme). En pocos días voy a participar de la Merrell de Tandil 2012, 27 kilómetros en las sierras. El año pasado hice mi mejor carrera, logrando cruzar la meta en 2 horas y 58 minutos. Esta vez, con algo más de cansancio acumulado, temo no poder mantener esa marca. Pero no me puedo echar atrás. La solución será, entonces, abrir el paraguas y jugar la carta de la humildad. Decir que sé que me va a ir peor, que con llegar me alcanza (aunque voy a maldecir si eso pasa). En el mejor de los casos, bajo ese tiempo, y me gano el respeto de las mujeres y la admiración de los hombres.

Pero para eso faltan todavía 12 días y 11 horas. La adrenalina de la largada, una dieta adecuada y algo de suerte (por ejemplo, si se les para el reloj durante unos 20 minutos) me pueden ayudar a alcanzar el sueño de gloria, que es vencer a ese pedante de Martín Casanova. Todo puede pasar. Conviene, en esta noche diluviosa, entretenerse en este tipo de cuestiones y no pensar en el 28 de septiembre. Porque es eso o ir a ver qué están dando en la tele…

Semana 23: Día 156: Corriendo en Zona Sur

Esto de entrenar los domingos, a veces, se complica. Si hay un almuerzo familiar, ni hablar.

Hoy tocaba un fondo de 20 km, además de una reunión con tíos, primos, sobrinos, hermanos y mis padres en Banfield. Mi plan original era correr por la mañana, bañarme y salir con Vicky. Pero lo fuimos retrasando, hasta que caimos en que si corría en ese momento, terminaría llegando a Zona Sur a cualquier hora. Decidimos entrenar allá.

Pero el sol estaba muy fuerte, la pileta para nosotros solos (gracias a que llegamos temprano), así que cometí el error de decir “Mejor salgo a la tarde”. Y no tuve en cuenta que la mejor hora para correr es a la mañana. Después de almorzar y merendar, todo se hace más pesado. Llega esa modorra siestera que impide que cualqiuera salga de su casa.

Logré vencer esas ganas de quedarme disfrutando de la familia y el agua, me calcé los pantalones, la remera, mis zapatillas y el camel. Me embadurné con un poco de vaselina, puse el GPS y partí.

Hago un alto para aclarar cómo destruí mi hidratador. Resultó que en algunas oportunidades no lo guardé en el freezer, como hago siempre. Después de alguna carrera, por desordenado, quedó en la mochila un par de días, situación que se repitió en varias oportunidades. El Gatorade que nos dieron en Yaboty la tiñó por dentro de un naranja que no salió con nada, aunque no sé si esto tuvo que ver con lo que pasó después. Un día aparecieron manchitas blancas dentro del tubo, como motitas de un sutil y silencioso veneno que iba a terminar por matarme. Un día se me ocurrió llenarlo con lavandina pura, y que mate todo. Pero no sé qué pasó, tengo escasos conocimientos en química, pero aunque las motitas desaparecieron, apareció una sustancia amarilla y pegajosa cubriendo absolutamente todo por dentro. Incluso en la bolsa donde se acumula el agua, a la que pude acceder metiendo el dedo (el cual quedó pegado, como si fuese un potente sticker). Comparto esta experiencia para que no cometan mis mismos errores.

Cierro este paréntesis, que abrí para que entiendan cómo en mi mochila había una botella de Powerade en lugar de un cómodo hidratador.

Me perdí en las calles que me vieron crecer, y no es una metáfora. Realmente me perdí. Buscaba la pista del Velódromo de Escalada, al que fui de más joven. Este lugar tenía una mística para mí, sobre todo desde que vi por la ventana del tren, en un día de lluvia torrencial, a un corredor entrenando. Aunque estaba solo, se me hacía una persona inmensamente feliz, a la que en ese instante no le importaba nada más que correr. Calculé cómo llegar, evitando la avenida Alsina o Maipú, y tomé la calle Roma, probablemente porque todos los caminos conducen a ella.

El velódromo y el paredón de Escalada (alias 29 de septiembre) no aparecían por ningún lado. Igual seguía corriendo y mantenía un buen ritmo. Aunque eran más de las 5 de la tarde, el calor se hacía sentir.

Correr sin rumbo en provincia, para un porteño, es similar a jugarse la vida. Claro, yo antes me reía de mis amigos de Capital, cuando sentían lo mismo al visitarme en Banfield. Pero termina pasando eso, nos creemos más seguros en una gran y ruidosa ciudad que en una tranquilo y callado barrio bonaerense. La calle Roma se terminó, y al hacer un giro hacia la izquierda, encontré el bendito paredón.

Bordeé el nuevo puente que están construyendo (cómo va cambiando todo cuando uno se muda) y llegué al velódromo. Me decepcionó muchísimo. Aunque corrí por esa pista hace una década, me la imaginaba más larga, como mínimo de 2 km. Pero tenía 1100 metros. Lo que antes me parecía una proeza, ahora me quedaba chico, porque recién tenía acumulados 5 km de los 20.

Le di un par de vueltas, lo que se me hace un poco tedioso cuando estoy haciendo un fondo, y encaré para la estación de Lanús. Me sorprendió hacer a pie una distancia que toda mi vida había hecho en colectivo o en remís. Qué vueltas debía dar, que tardé lo mismo corriendo que cuando tomaba el 299.

Me resigné a dar algunas vueltas, y cuando llegué a los 10 km, repetí todo lo que había hecho, volviendo. Era un ejercicio mental interesante, intentar volver sobre mis propios pasos cuando había hecho unos cuantos desvíos. De vez en cuando tomaba sorbos de mi botella, mientras sintonizaba FM Metro (porque FM Delta no llega a Zona Sur).

Mientras corría me sentía muy lento, aunque el reloj me marcaba un ritmo de 5 minutos el kilómetro. Me costaba creerle, me parecía que fallaba, porque no me sentía cómodo. Pero probé de medir la pista con el GPS y me daba bien. Chorreaba transpiración a mares, y buscaba el poco de sombra que había, aunque fueran las 6 de la tarde.

Volví a mi barrio sin muchas complicaciones, y menos cansado que cuando empecé. No deja de sorprenderme cómo el cansancio desaparece después de estar un buen tramo corriendo. La lógica indicaría que es al revés.

Estaba contento de haber cumplido con el entrenamiento, y aprendí la valiosa lección de comer con moderación antes de hacer un fondo largo. Aunque me la di de que no estaba tan cansado como creía, el viaje de vuelta me lo dormí casi todo, con la boca abierta y babeando. Es que había desmitificado una pista que era soñada para mí. Así que volví al mundo de los sueños, para compararla con lo que realmente había visto esa tarde.

Semana 23: Día 155: Remeras rotas

Había una época en que las remeras eran sagradas. Representaban cada carrera que había hecho. Las atesoraba, aunque tenían colores estridentes y estaban llenos de sponsors. Soy acumulador, de esos que guardan boletos de colectivo que, años más tarde, están borrados y apenas dejan ver la fecha en que fueron impresos. Estas remeras se amontonaban en los cajones, hechas un bollo y arrugadas. Cualquiera pensaría que no las cuidaba, pero mi orden era el desorden.

Pero lo material es finito, y no me refiero a que sea angosto, sino que no dura para siempre. Hoy mi gata se acostó encima de mi pecho mientras miraba Funny People en el cable, y las mascotas son tan torpes que se caen. Y mientras se deslizaba en mi remera blanca de la UCEMA 2011, clavó sus uñas, aferrada como si su vida estuviese en juego. Un hilo enrulado quedó colgando. Intenté estirar mi prenda, pero ya todo estaba perdido. Se deshilachó y se le hicieron dos agujeros de 2 cm (mañana serán de 3, pasado 5, y así hasta que me pase la cabeza por ahí).

Afortunadamente, el grupo de running al que pertenezco me fue inculcando el valor de lo inmaterial. ¿Cómo? Con el sencillo acto de regalar las remeras. Una tradición que va y viene, generalmente para incentivar a las nuevas generaciones. Lo único e irrepetible es el desempeño que tuvimos en la carrera. Los recuerdos materiales, como ropa, medallas o fotos (aunque sean digitales) solo sirven para darle forma a ese momento que vivimos y que ya pasó (pero que se queda dentro nuestro, grabado para siempre).

Tengo un cajón MUY grande lleno de todas las remeras que me dieron en las carreras. No soy un atleta de tanta experiencia, apenas puedo decir que acumulaba un poco más de 20. Pero con las de Puma que uso para entrenar más tres o cuatro me puedo arreglar. Y el tema de regalarle a alguien que recién empieza un pedacito de tu historia, es algo muy valioso. Lo hice el año pasado, cuando en lugar de elegir las remeras que no me gustaban o las más rotas, elegí 4 muy lindas (las de mis primeras carreras, o la negra de la Energizer Night Race que me gustaba mucho), y las cedí a mis nuevos compañeros. Ya había vivido la experiencia de recibir una prenda, y formé parte de esa cadena haciendo lo mismo.

Hoy, esa remera de la UCEMA quedó bastante inservible. No creo que tenga sentido guardarla, y me da pena que no haya sobrevivido hasta la próxima oportunidad de pasarle un pedacito de historia a alguien. Cumplió su cometido, y aunque antes me hubiese angustiado su pérdida, hoy me doy cuenta que es solo un pedazo de tela. La importancia y el poder que puede tener una prenda se la da uno.

Igual, por las dudas, a partir de hoy la gata tiene prohibido acostarse encima de mi pecho.

Semana 23: Día 154: El autoboicot

La profecía autocumplida: “No voy a poder”. La negación tiene muchas variantes, a veces no hace falta que estén la “N” y la “O”, pero uno se convence con muchísima más eficiencia de cuestiones negativas que por el pesado y tedioso optimismo.

Cuando uno se convence de algo, difícilmente cambie de opinión. El tema es que nos convencemos de que somos incapaces, antes de pensar que podemos lograr cualquier cosa que nos propongamos. Y podemos llegar a ser tan tercos que hasta transformamos lo positivo en negativo. Albert Espinosa, en su libro “El Mundo Amarillo”, habla sobre el hecho de que tuvo que ser amputado por un cáncer. Pero él elige decir que “tengo un muñón” en lugar de “perdí una pierna”. Es el optimismo llevado al extremo, lo reconozco, pero también es una postura ante la vida.

He visto muchas veces a personas quejarse de cuestiones personales, y cerrarse ante cualquier intento de consuelo, consejo, o palabras de aliento. Y es muy triste esa impotencia, se vuelve casi contagiosa. A veces nos creamos nuestras propias trampas que no nos dejan adelante. ¿Quién no estuvo ante un/a amigo/a que dijo “no paro de engordar”? La trampa está en que uno podría decirle “Tengo una dieta fantástica que le funcionó a mi tía”, o “Puedo compartir mi rutina de ejercicios con vos”, lo cual solo hundirá a esta persona en una depresión más profunda, porque le hemos confirmado lo que piensa de sí mismo. Nos convencemos tanto de una idea negativa, que todo lo que recibimos de nuestro entorno lo usamos para convencernos.

Hacer el click es muy difícil. Más que correr una maratón en chancletas. Pero no es imposible. El primer paso es entender que el obstáculo más grande para alcanzar nuestros deseos, somos nosotros. Reconocer esto es un alivio, porque podemos cometer el error de creer que: a) tenemos mala suerte, b) el mundo nos odia, o c) nos odiamos a nosotros mismos y nos queremos destruir inconscientemente (la opción más peligrosa de todas). El segundo paso sería aceptar nuestra propia humanidad. Podemos equivocarnos, ir por la senda incorrecta, y (acá viene lo bueno), ¡podemos intentar algo diferente!

Viví muchos años angustiado. Creo que no conocía otra sensación. Para mis adentros tenía un mundo de aspiraciones a las que nunca buscaba alcanzar. Me consideraba un verdadero inepto para los deportes, y detestaba mi físico. Me veía fofo, carecía de fuerza… y la angustia se transformaba en hambre. Y comía, comía y comía, y me daba mucha culpa, entonces comía un poco más. Pero poco hacía por cambiar lo que no me gustaba. De hecho, me las ingeniaba para quedarme ahí, en el molde. Nada de resaltar, nada de alterar el status quo.

Y un día hice ese click. No fue de un día para el otro. Tampoco podría decir exactamente cuándo fue. Pero tuvo que ver con dejar de repetir las mismas fórmulas, e intentar cosas nuevas. Con el tiempo descubrí la perseverancia, y me acordé de la cantidad de veces que abandoné por no ver resultados inmediatos. Cuando queremos dar un vuelco en nuestra vida, no estamos dispuestos a esperar, ni siquiera una semana. Pero es parte del autoboicot. Somos tan humanos, que nos cuesta reconocerlo.

Sonará paradógico, pero para cambiar, primero nos tenemos que aceptar como somos. Con nuestras falencias, nuestras inseguridades, y nuestras virtudes. Una vez que identifiquemos aquello que nos enorgullece y eso otro que nos estorba, podemos intentar mejorar. Pero no una vez, sino las veces que haga falta. Es cuestión de seguir intentando, y no caer en nuestra propia trampa de que hay que intentar una vez y ya. La vida es vivir aprendiendo y esforzándonos.

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