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Semana 22: Día 153: El Museo del Holocausto

Hoy visité el Museo del Holocausto. Resulta que existe uno, y está en la calle Montevideo 919. Mi compañero (en realidad, yo lo acompañaba a él) sería impensado para mucha gente: era Gustavo Sala, el humorista que el 19 de enero se hizo tristemente conocido al publicar la historieta “Una aventura de David Gueto. El DJ de los campos de concentración en: FIESSTA”.

Ahí estábamos, como gesto hacia la colectividad. Nadie lo había obligado a estar ahí. De hecho se lo propuso un muchacho llamado Guido, quien en la fecha en la que salió la tira, se había convertido en su principal detractor. Pero hablando se entiende la gente, yo me convertí en una suerte de representante de Gustavo en esos días (principalmente borraba los insultos y comentarios xenófobos de su muro de Facebook) y con Guido entablamos un diálogo fluido. Él propuso que Sala visite el Museo del Holocausto, propuesta que fue aceptada, y ahí estábamos, mirando la puerta del lugar desde el café de la vereda de enfrente.

Toda esa visita fue muy discreta, y probablemente no alcancen a leer sobre esto en los medios de comunicación (como sí lo fue la salida de la historieta, que la cubrieron hasta en 678). La presión aflojó sobre Gustavo, lo suficiente como para dejar de recibir mails y mensajes bomba, pero no quiso dejar de visitar el Museo. Me pidieron que vaya, y fui.

Realmente nos recibieron con una amabilidad increíble, y se notaba la predisposición por incluir e informar. Agradecieron que Sala accediera participar de una visita guiada, y charlamos con la directora en privado sobre la historia del edificio, los límites del humor y la importancia del holocausto (shoá) para el pueblo judío.

No importa lo que creamos saber sobre la Segunda Guerra Mundial y la “Solución Final” de Hitler. Es poquísimo lo que sabemos del tema. Las películas que retratan estas historias generalmente son efectistas, buscan conmover, o priorizar acción por sobre la tensión social. Sabemos que los nazis son “malos”, pero no sabemos por qué. Creemos que no hay mucho para saber sobre los campos de concentración, que todo lo aprendimos en La Lista de Schindler. Pero, a mí al menos, me quedaba mucho por aprender.

Hollywood nos llevó a pensar que la Segunda Guerra empezó con el bombardeo a Pearl Harbor o con el desembarco en Normandía. Pero décadas antes, los judíos alemanes eran el chico expiatorio para explicar los males de una sociedad con problemas económicos. Y de a poco fueron eliminándoles derechos, hasta que solo quedó aniquilarlos.

Ahí, en el Museo, está toda la historia, cosas que no nos han enseñado, como que los judíos eran obligados a renombrarse como Israel (hombres) y Sara (mujeres), que se les prohibía tener aves (para no confundir a la gente con la imagen del águila, símbolo nazi). Algo que me impactó fueron las fotos de un multitudinario acto del nazismo en el Luna Park, el más importante fuera de Europa, a principios de la década del 30.

También aprendimos sobre los “Justos de Mundo”, personas no-judías que salvaron miles de vidas a cambio de nada. Uno entra a ese Museo creyendo saber todo, pero es imposible no aprender algo de nuestra historia y la del mundo.

Fue realmente una experiencia enriquecedora, que no será noticia (como lo fue la publicación de aquella infame tira). Nos fuimos entendiendo un poco más el dolor, y por qué sigue vigente. Muchos, tontamente, salieron a criticar a la comunidad judía diciendo “Supérenlo, pasaron 70 años”. Pero todavía, muchos sobrevivientes de los campos de exterminio siguen entre nosotros, con sus recuerdos grabados en su cabeza, y sus números de prisionero tatuados en la piel.

Recomiendo enérgicamente que visiten el Museo del Holocausto, para tener una visión más completa de la historia, y para conocer qué pasaba en nuestro país mientras tanto. Yo creo que tan importante como cultivar el cuerpo y mantenerlo sano, es ejercitar la cabeza e incorporar conocimiento. El cerebro es un músculo que hay que trabajar, en pos de eliminar la ignorancia.

Semana 22: Día 152: 290,93 km en un mes

El número asusta un poco. Más de 290 kilómetros en un mes. Y el entrenamiento promete seguir aumentando en volumen.

Les cuento que, el último día de cada mes, hago el recuento de cuánto corrí. No tengo un sistema, realmente hago todo a lo almacenero. Vuelvo a cada post donde tiré el dato, le voy restando al total con la calculadora, y ahí salta el número. Podría llevar un registro para no tener que estar entrando al post de cada vez que hago esto, pero soy un animal de costumbres (con énfasis en “animal”) y es la única forma que se me ocurrió.

Supuse que iba a aumentar la cantidad de kilómetros, pero no imaginé que tanto. Y ya estuve espiando lo que se viene para las próximas semanas, y son domingos con muchos fondos, al menos un par de 45 km, y el 18 de marzo corro la Merrell de Tandil… ya estuve inventándome excusas en mi cabeza, mientras corría hoy, por si no puedo romper la marca del 2011… me encantaría llegar en menos de 3 horas, pero con todo este nivel de exigencia en el entrenamiento, temo que las rodillas no me den… vamos a ver. Me gusta abrir el paraguas y justificarme de antemano.

Las piernas andan bien. Quizá sea sugestión, pero las siento más duras y fibrosas. Vicky me dijo que finalmente se me marcaban los gemelos al correr (¡al fin! Después de tanto tiempo…). Estoy sacrificando salidas nocturnas, sobre todo los sábados, ahora que tengo un fondo casi cada domingo. No puedo más que agradecer la infinita paciencia de mi novia…

En marzo creo que voy a arañar los 350 kilómetros. Lo veremos en un mes. Resulta que no llegué a los 300 en febrero porque tiene menos días, porque si no…

Semana 22: Día 151: Encontrar el momento para correr

Suponiendo que gozamos de una salud decente, hay dos factores que influyen a la hora de realizar un entrenamiento: las ganas y el tiempo.

Lamentablemente no conozco una fórmula universal para motivar a todo el mundo. Recuerdo hace unos años que quería inventar el piropo perfecto. Cansado de ver cómo los hombres se limitaban a chistarle a las mujeres como si llamasen a un perro, tocar bocina o llamarlas “mami”, tuve la absurda idea de crear alguna frase que halagase a cualquier señorita, de cualquier edad, en cualquier situación. Realmente lo pensé, le dediqué varias horas, y llegué a la conclusión de que era imposible. El contexto es importante, la persona también. Y como cada uno es un mundo, no existe tal fórmula universal.

Lo mismo me doy cuenta ahora de la motivación. No se puede forzar a nadie a tener ganas de entrenar. A algunos les funciona ver historias de vida de otros corredores, y sienten que se pueden identificar. Otros encuentran sentido a un objetivo concreto, y van tras él, cueste lo que cueste. Otros no entienden para qué salir a correr si existen los taxis y los colectivos. El día que encuentre el sistema para transmitirle entusiasmo por el deporte a otra persona será el día en que pueda finalmente dejar de trabajar.

Dejando de lado el factor “ganas”, lo otro que condiciona que salgamos al mundo exterior a correr y transmirar es el tiempo. Eso que Einstein decía que era relativo, lo que sumado al espacio forma el continuum. Aquello que le reclamamos al réferi, para que pite el final del partido. Las horas, minutos y segundos de cada día, que se escurren entre nuestros dedos.

Al igual que con el factor “ganas”, el del “tiempo” no es universal, ni afecta a todos por igual (por algo es “relativo”). Es realmente difícil dedicarse al atletismo con un horario comprometido. Pero no imposible, si no miren a Ricardo Abad, 500 maratones en 500 días consecutivos (y contando), trabajando en una fábrica con horarios rotativos. O sea, que algo sea complicado no necesariamente lo hace inalcanzable.

Los solteros seguramente encuentren mayor facilidad para el entrenamiento. Viéndolo fríamente es así, uno tiene tanto tiempo para dedicarse a sí mismo, que lo puede repartir entre el trabajo, el estudio y el ocio. Pero si estamos en pareja, empezamos a tener espacios compartidos. Nunca deberíamos dejar de dedicarnos algo a nosotros: es sano y saludable, física y mentalmente. Pero tendremos que poner en la balanza cuánto tiempo personal tenemos y cuánto de a dos.

Yo creo que la mañana es el momento ideal para entrenar. No solo por una cuestión fisiológica (las hormonas están elevadas, el metabolismo se acelera), sino que la noche es un espacio para compartir luego de la jornada laboral. Mismo el horario del almuerzo una buena excusa para visitar el gimnasio de la vuelta o ir a correr (sin dejar de comer, algo que se puede hacer discretamente frente a la compu).

Cuando pasé a correr 80 km semanales me costó encontrar esos espacios extra. El cansancio me pesó en el factor “ganas”, porque ya no pude ir al gimnasio. Es difícil dedicarse al aeróbico y la musculación con la misma intencidad. Pero claro, también sentí el factor tiempo. Todavía dependo del trabajo, así que hay que mantener el equilibrio, pero como soy diseñador freelance, puedo manejar mis horarios y escaparme en cualquier momento que esté solo hasta el gimnasio o la plaza.

A mis amigos ya les advertí que hasta la Espartatlón era probable que me viesen menos de noche, ya que parte del entrenamiento es descansar, y el nivel de ejercicio extra me obliga a estar en la cama antes de la 1 (caso contrario, termino desmayado encima del primer sillón que encuentre).

Uno conoce su rutina, y los huecos que uno puede llegar a encontrar. Hay que saber aprovecharlos. Pueden parecernos cortos o largos. Pero eso no tiene importancia. Porque, después de todo, el tiempo es relativo, ¿no?

Semana 22: Día 150: “Correr”, de Ana María Shua

Festejamos 150 posts ininterrumpidos de este blog espartatloniano dejándole un día de descanso a su responsable intelectual. Damos un paso al costado, y compartimos un cuento de Ana María Shua, titulado “Correr”:

“Mauricio Stock se levantó antes de que sonara el despertador. Ya nunca se despertaba tarde, no po­día. Caminó hacia el baño sintiendo las articulacio­nes de las caderas. No llegaba a ser dolor, pero esta­ban allí, presentes. Los tendones moviéndose en sus correderas, las superficies óseas, esas zonas internas de su cuerpo que antes no habían existido, porque un cuerpo joven es un cuerpo desconocido, una má­quina perfecta, misteriosa, que nunca ha sido nece­sario desarmar para estudiar su mecanismo.
Se frotó la cabeza con Minoxidil estudiando en el espejo los matorrales ralos que se obstinaban en crecer en ese páramo. Pero cuando todos sus folículos pilosos estaban vivos, sanos y productivos ¿hubiera podido levantarse una mañana de domingo cualquie­ra y hacer un fondito de dieciocho kilómetros? No hubiera podido. Se puso los lentes de contacto antes del desayuno. Prefería no dejarlo para último mo­mento por si aparecía alguna molestia imprevista.
Mientras hervía la pava prendió la tostadora. Esperó a que estuviera bien caliente antes de meter el pan. Se preparó un con dos cucharadas de miel y masticó despacio tres tostadas chicas con mermela­da de ciruela. Antes salía en ayunas. Ahora había aprendido la importancia de cargar carbohidratos, aunque se moderaba en la cantidad para no sentirse pesado. A la vuelta se comería un pote de cereales con leche y una banana para reponer el potasio, aun­que su médico le hubiera dicho que no era necesario preocuparse por eso, que el potasio está en todas par­tes y no se pierde con el sudor.
Muchos hábitos habían cambiado desde que empezó. Al principio había creído que lo ideal era usar ropa de algodón, porque absorbe la transpira­ción. Treinta años atrás, cuando jugaba al básquet, ésa era la regla de oro en el mundo del deporte. Pero el Máster le hizo notar que el algodón, en efecto, ab­sorbe la transpiración: y por lo tanto se empapa. Des­pués de los cinco kilómetros, ese peso se empieza a notar hasta convertirse en un lastre. Ahora se usaban materiales sintéticos que dejaban evaporar el sudor, el mismo tipo de fibra que mantenía seca la cola de los bebés en los pañales descartables. El señor Stock, sin embargo, seguía usando algodón cuando no le preocupaban demasiado los tiempos a cumplir.
Desde hacía unos meses recibía por correo elec­trónico los mensajes de la Sociedad de Corredores Muertos, un foro de discusión en el que participaba sobre todo gente de su edad. No había calculado que además de la actividad en sí iban a llegar a fascinarlo las palabras que la nombran. ¡Como cualquier adicción! Todos los días leía con interés los comenta­rios y experiencias de otros corredores en todas par­tes del mundo. Muchos se referían a las ventajas de la nueva fibra cool-fresh para la ropa deportiva. Uno de los participantes, un hombre de más de sesenta años, se quejaba de las angustias y retrasos a los que puede inducir una próstata rebelde. Gracias a este nuevo tejido sintético, escribió, había podido hacer­se pis encima en la última maratón, sin necesidad de detenerse para orinar, sin mojarse las medias y lle­gando a la meta perfectamente seco. Por suerte Mauricio todavía no estaba en condiciones de apre­ciar esos beneficios.
Antes de salir se puso las llaves en el bolsillo, no era tan maniático como para tratar de librarse tam­bién de ese peso, sobre todo cuando iba a hacer un trabajo individual. Siempre llevaba también algo de dinero y un documento. Puso a enfriar una botella de Gatorade con gusto a mango y sacó del freezer un envase gotero de solución salina (que usaba habitualmente para los ojos), lleno de agua congelada. En el bolsillo el hielo se derretía rápidamente: así podía lle­var encima unos traguitos de agua bien fría para to­mar en cualquier momento, con efecto probablemente más psicológico que físico sobre la sed, pero no por eso desdeñable.
Ponerse las zapatillas era lo último que hacía antes de salir y una parte del ritual que le producía especial satisfacción. Mientras se ataba los cordones, la expectativa le produjo una sensación de hormi­gueo en las piernas: el perro de Pavlov salivando delante de la figura geométrica que anticipaba la co­mida. Dio vuelta las medias y se las calzó al revés; estaba orgulloso de ese pequeño truco, tan simple, para evitar las ampollas y lastimaduras que provo­caban las costuras en los dedos de los pies. Las zapa­tillas eran casi nuevas. Hasta ahora había corrido siempre con Saucony y se preguntó si no había sido una forma de snobismo insistir en esa marca menos conocida en el país. Estaba cómodo con las adidas, que eran un poco más anchas adelante y le daban una sensación de mayor equilibrio. Una mala caída podía llegar a mantenerlo fuera de carrera por sema­nas y hasta meses enteros. (Su mente se resistía a con­siderar la posibilidad demasiado dolorosa de no vol­ver a correr.) Las nuevas zapatillas eran las más duras que hubiera usado nunca. Una gruesa nervadura de acrílico atravesaba la suela evitando torsiones hacia los costados.
En la muñeca izquierda llevaba el cronómetro. En la derecha se puso el reloj monitor, el Polar, y se calzó sobre el pecho la banda para controlar los la­tidos. No quería pasar de las 180 pulsaciones. Ha­bía empezado a correr cerca de los cincuenta años y, por mucho que progresara, su ritmo cardíaco sería siempre más alto que el de los corredores que prac­ticaban desde muy jóvenes. En cambio tenía sobre ellos una ventaja extraordinaria: su rendimiento to­davía mejoraba en lugar de retroceder. En ese mo­mento sonó el teléfono. Debía ser equivocado por­que se cortó antes de que alcanzara a responder. Pero en el reloj monitor pudo constatar cómo el brusco timbrazo había llevado sus pulsaciones de setenta a ochenta y cuatro por minuto. Ahora bajaban de a poco otra vez.
La calle estaba hermosa, vacía, ni siquiera se veía todavía a los porteros de los edificios manguereando las veredas. Unos dieciocho grados de temperatura y el sol de otoño. Caminó a paso rápido desde Cór­doba hasta Santa Fe, eligió Austria para bajar dere­cho hasta Figueroa Alcorta y empezó a correr con un trotecito suave, liviano, de precalentamiento, a unos seis minutos por kilómetro, sin mirar el reloj moni­tor, que no era necesario hasta después de los cinco minutos. Ya no necesitaba ningún instrumento para calcular exactamente su velocidad. Vio venir hacia él a un hombre de su edad paseando al perro. Camina­ban lentamente. El animal, increíblemente viejo, avan­zaba moviendo las patas de adelante, con las patas de atrás sostenidas por un carrito. Pavlov y su perro, pensó, riéndose con la alegría de quien se siente po­derosamente dueño de su cuerpo.
A esa hora, ninguno de los semáforos de Aus­tria era digno de consideración. Hasta Las Heras. Vio a un grupo de adolescentes que parecían haber sali­do de la discoteca, las chicas tenían la pintura corri­da debajo de los ojos y las pupilas dilatadas, pare­cían vampiros agonizantes, heridos por el sol de la mañana. El semáforo de Las Heras le detuvo el avan­ce pero no la carrera, dobló a la izquierda hasta mi­tad de cuadra y después volvió a la esquina a tiempo para cruzar en verde. Con el semáforo de Libertador tuvo más suerte, no fue necesario modificar el ritmo para llegar justo a tiempo. Sólo que el domingo nun­ca se podía estar seguro de que los autos respetaran las luces: cuando llegaba al otro lado de Libertador se sentía siempre como resucitado.
Corrió por la vereda de Figueroa Alcorta hasta Sarmiento y allí se pasó al pasto. Dios no hizo el cemento, decía el Máster y lo cierto es que los médi­cos recomendaban reducir el impacto corriendo so­bre superficies acolchadas. No le importó disminuir un poco la velocidad en bien de sus vértebras y sus rodillas. Entre Sarmiento y Dorrego tenía exactamente mil metros de pasto. Decidió hacer una estirada a fondo en los últimos doscientos metros y descansar los dos minutos del semáforo de Dorrego, un cruce para respetar.
Llegó hasta la mitad del cruce con buena máqui­na y se paró en el descanso. Hasta ahora no había levantado más de ciento sesenta pulsaciones. Mien­tras estaba parado respirando cómodo y en profun­didad, veía cambiar los números en la pantalla del Polar, el ritmo de los latidos bajaba rápidamente, se­ñal de que su corazón estaba tan bien entrenado como los músculos de sus piernas. Por Dorrego, costeando el paredón del Hipódromo, venía corriendo una gordita. Tuvo tiempo de verla mientras se acercaba len­tamente, a una velocidad absurda. Caminando a marcha forzada hubiera avanzado mucho más rápi­do que corriendo así. Era una mujer mayor, de pelo largo y demasiado negro, que a cada rato tenía que sacarse de los ojos. Tendría unos veinte kilos de sobrepeso, las piernas cortas, y corría con las rodillas juntas, las puntas de los pies un poco hacia adentro: una gordita supinadora, pensó Mauricio. En otra oportunidad no le hubiese prestado atención, pero en ese momento eran los únicos dos seres vivos en leguas a la redonda. Con una mezcla de compasión y desprecio, le calculó unos ocho minutos por kilómetro, ¡o diez! El paso era poco elástico, inarmónico y para colmo sacudía la cabeza.
Abrió el semáforo y Mauricio se largó otra vez por el pasto. Tranquilo, manteniendo una velocidad crucero. En ese momento escuchó los pasos desacompasados, inconfundibles, de la gordita, que había doblado por Figueroa Alcorta y venía ubicán­dose en la bicisenda que iba de sur a norte hacia la cancha de River. La mujer lo estaba corriendo. ¡Lo estaba corriendo! ¡A él! Con una enorme carcajada interior, decidió divertirse un poco y bajó delibera­damente la velocidad hasta que la sintió a unos cua­renta metros de distancia. El viento del sur le hacía llegar la respiración ruidosa, jadeante, de la pobre mujer, que parecía estar haciendo un esfuerzo supre­mo. De golpe el señor Stock metió la quinta y salió picando para adelante.
Era agradable sentirse corriendo así, sin esfuer­zo, a una linda velocidad como para mantener en un trecho de largo aliento. No era agradable darse cuenta de que no había perdido a la gordita, cuyos pasos seguían escuchándose más o menos a la misma dis­tancia, unos treinta o cuarenta metros, algo más acompasados. Mauricio estaba sorprendido. En un trecho corto se puede improvisar cierta velocidad, pero ya habían recorrido los ochocientos metros des­de Dorrego hasta la sede del Club Gimnasia y Esgri­ma y la gordita empezaba a acortar la distancia. Eso ya no era improvisación, sobre todo porque los rui­dosos jadeos con que había empezado la persecución se habían ido apaciguando hasta convertirse en un sonido casi inaudible, apenas sibilante en la expira­ción. La gordita estaba entrenada. Bien entrenada.
Preocupado, empezó a apurarse. Sentía un de­seo intenso de darse vuelta para ver a su perseguido­ra pero sabía que eso jamás se debe hacer. NUNCA, le decía el Máster, y se lo decía así, con mayúscula, NUNCA hay que darse vuelta para mirar al rival. Por razones prácticas, porque corta el ritmo, complica la visión y hace perder tiempo. Pero sobre todo por ra­zones psicológicas: el que se da vuelta está demos­trando miedo, preocupación, está demostrando que considera la posibilidad de la derrota.
Ahora la persecución había dejado de ser un jue­go y Mauricio bajó del pasto, odiándose a sí mismo por romper la rutina que se había propuesto. Había salido a hacer un trabajo tranquilo, personal, de in­tensidad mediana, con la idea de aumentar la exi­gencia al día siguiente. Y ahora se había enganchado (otra vez) en una competencia sin sentido. ¿Por qué mierda tenía que ganar o morir? Además, esta vez, su rival era a tal punto ridícula que la historia no ser­vía ni siquiera para jactarse. ¿Ganarle a quién? La alarma del monitor empezó a sonar para indicarle que había llegado a las ciento ochenta pulsaciones.
Pero el mecanismo que se había puesto en mar­cha en su cuerpo y en su mente estaba por completo fuera de su control. El señor Stock desactivó la alar­ma, dejó el pasto, que le complicaba la velocidad, y corrió también él por el cemento. Se mandó una le­vantada puteando contra los hijos de mala madre que habían hecho esa bosta de bicisenda y sintió que conseguía alejarse un poco de los pasos de la gordi­ta, ahora raramente armoniosos y separados unos de los otros, como si de golpe le hubieran crecido las piernas.
El caminito para bicicletas no tenía buen contrapiso, el cemento estaba ondulado. A esa velo­cidad el piso desparejo lo obligaba a mirar hacia aba­jo para no tropezar, en lugar de fijar la vista en el cénit para acompañar el esfuerzo de las piernas con la armonía de la postura y el espíritu, como insistía el Máster. Había subido a cuatro minutos por kilóme­tro, calculó, y corría como si las piernas no existie­ran. Miró el monitor y vio que estaba llegando a las doscientas pulsaciones por minuto. Ése es el máxi­mo, le había dicho el cardiólogo, pero ni una más. Si justamente para eso él usaba el monitor Polar, para no pasarse de las ciento ochenta.
Estaban llegando a Pampa, la persecución había durado ya dos kilómetros y, aunque la escuchaba un poco más lejos, supo que la gordita estaba apurando el paso. Trató de recordarla como la había visto cuan­do corría junto al paredón del Hipódromo, esa ima­gen ridícula tenía que ayudarlo, no era posible dejar­se vencer por una mujer obesa, con ropa inadecuada, con el pelo en la cara, que corría con las puntas de los pies hacia adentro. Pero ahora se iba acercando, muy rápido, ahora estaba realmente cerca, ahora le sentía el aliento en la nuca y aunque fuera absurdo le pare­ció que olía mal, que una larga vaharada de olor a podrido acompañaba el ruido de la respiración de la gordita y crecía hasta envolverlo.
La bicisenda se había terminado. Quedaban mil metros hasta Monroe y en esos mil metros tenía que hacerle morder el polvo, iba a poner la turbina, se arrancó de la muñeca el reloj monitor, al carajo las pulsaciones, el corazón le reventaba en el pecho cuan­do se largó a fondo en una levantada que ni él sabía que era capaz de hacer, mil metros a tres minutos quince, a tres minutos cinco segundos el kilómetro, si hasta ahora había corrido por su honor, ahora co­rría por su vida, volaba por la calle cuando llegando casi a Monroe escuchó una voz masculina que le de­cía ¿qué haces, hermano?, una voz conocida, tran­quilizadora, y se le puso al lado un hombre flaco, moreno, de paso elegante. Lindo trote, le dijo, a ver si todavía me hacés correr, y era la voz de la Liebre, era nada menos que Danilo Mantegazza, el campeón sudamericano, el mejor maratonista del país, que le hablaba con respeto, con una gran sonrisa admirada, a ese hombre quince años mayor que lo había obliga­do a esforzarse ferozmente para alcanzarlo.
Estoy haciendo un fondo de treinta kilómetros, tengo encima los Panamericanos, dijo la Liebre y el simple hecho de que le dirigiera la palabra ya era un privilegio para Mauricio, suerte hermano, yo me voy para adelante y le metió otra vez. Feliz, con el cora­zón salvaje, tratando de recuperar el aliento y el rit­mo de los latidos con un trotecito tranquilo, Mauricio Stock lo vio alejarse. Y entendió o creyó entender que la gordita se había desviado al principio de todo, nunca había llegado a perseguirlo, debía haber se­guido por el paredón del Hipódromo hasta la esquina, debía haber cruzado Alcorta y seguramente se había mandado por Dorrego siempre con su paso desparejo, lento y absurdo, mientras él se enredaba en un desafío enloquecido con un corredor de élite. ¡Con el más grande, con la Liebre Mantegazza! Pero su respiración no recobraba la normalidad y el cora­zón, exigido, no terminaba de calmarse, hipertrofiado de entrenamiento y orgullo dentro del pecho.
Entonces lo alcanzó su perseguidor, el otro, ese viejo clásico, el infarto de miocardio, y se le puso al lado y después se le puso adentro y Mauricio Stock sintió que le cortaban las piernas. Cayó con la sonri­sa feliz de un hombre que acaba de darle guerra a la Liebre Mantegazza: y así decía el Máster que había que llegar a la meta, siempre sonriendo, Mauricio, aunque estés reventado, aunque te duela como si te estuvieras rompiendo por dentro, aunque te estés mu­riendo, vos sonreí, que nadie se dé cuenta, que los otros no te noten el esfuerzo en la cara, vos sonreí, llegaste, hermano, llegaste a la meta, y ahora la cruzás y sos el más grande, vos sonreí, estás ahí, ganaste”.

Semana 22: Día 149: Un fondo de 35 km por la Ciudad

Hace cinco semanas empecé un nuevo entrenamiento, más intensivo, de cara a la Espartatlón. Pasé de unos 40 km semanales a 80, con la obvia consecuencia de una importante fatiga muscular. Dolor en los gemelos, cuádriceps y rodillas. Hubo que aprender a convivir con eso, usar desinflamatorios, y rogar por que el cuerpo se acostumbrase.

Y, quién lo hubiera dicho, me acostumbré. Los dolores fueron cediendo, aunque el Voltarén se convirtió en una rutina preventiva, en especial en cada rodilla (aunque la derecha es la que habitualmente se queja).

Hasta ahí, nada fuera de lo común. No sé por qué, aunque me imprimí el excel con las indicaciones para estas cinco semanas (todo muy detallado), no me molesté en leer lo que se venía. Tan solo miraba lo que tocaba ese día, a lo sumo al siguiente. Esto resultó un problema, porque había veces que tenía que hacer fondos que coincidían con algún compromiso que había asumido, así que varias veces tuve que hacer malabares con mi agenda. Pero más allá de una tarde en que diluvió y otra vez en que Vicky cayó enferma, nunca tuve que cancelar algún entrenamiento.

Cuando decidí empezar a mirar más abajo, me encontré con que un domingo me tocaba hacer un fondo de 35 km. ¿Qué? ¿Solo? ¡Eso es casi una maratón! Pero tengo prohibida la queja, según mi entrenador. Semana 52 no se puede quejar y tiene que hacer el máximo esfuerzo, nunca el mínimo.

Pero no me esperaba que el entrenamiento del sábado con los Puma Runners fuese TAN duro. Más allá de un fondo de unos 8 km hice media hora de la temida escalera de Martín y Omar: 70 escalones muy empinados, subiendo y bajando al trote. Las piernas, en llamas. Para colmo, el día siguiente (hoy) era el temido día de los 35 km. Gracias a que lo anticipé, me cuidé un poco con las comidas, consumí muchos hidratos y nada de fibras.

Me levanté temprano, agarré mi hidratador, y me encontré que estaba lleno de manchitas blancas por adentro de la manguera. Me imaginé estando en un capítulo de House, en el que los efectos especiales animan a pequeñas esporas que se despegan de ese moho y suben por la corriente del Powerade, hasta entrar en mi organismo (igual sabremos que “No es lupus”). Así que llené el tubo con lavandina pura (paso previo a tirarla y comprar una nueva) y tomé prestado el hidratador de Vicky. Me embadurné con Árnica (ungüento milagroso para los dolores musculares), un poco de Voltarén para las rodillas, y la mezcla de esas cremas medio mentoladas con la lavandina me dio una fragancia anticéptica en las manos que nada podría igualar.

Tomé todas las precauciones: llené el hidratador con Gatorade, me hunté con vaselina en todas las partes en donde pudiese haber roces (estoy hablando de ahí abajo), me guardé en el camel algo de comer (unas barras de arroz marca Egran, las recomiendo, y le sugiero a la empresa que me elija para auspiciarlos), el celular y mis nuevos auriculares que se enganchan a la oreja, para que no se caigan al correr.

Arranqué en la puerta de mi departamento, con el mismo dolor en las piernas que sentí cada vez que toqué el muro. No quedaba otra que resistir, y seguir. Llegué hasta Avenida del Libertador, que estaba muy poco transitada por ser domingo antes de las 9 de la mañana. Fui derecho por la bicisenda, que cruza varios kilómetros de la Ciudad, lo cual la hace ideal para un fondo largo. Mientras corría sintonizando FM Delta, un ciclista me pasó, se giró y me dijo algo. Estaba esperando un insulto por usurpar la ciclovía, pero no… soltó un “Aguante el blog, capo”. Me quedé mudo. ¿Cómo me reconoció de espaldas? No creo tener “una de esas caras”. Me puso muy contento ver a un desconocido que sigue Semana 52. Lo tuve que twittear mientras corría (a riesgo de pegarme un palo contra un poste; no hagan esto en sus casas).

Creo que Libertador es una de las avenidas más perfectas para correr. Si uno se aisla del tráfico (la sintonización de una radio es ideal) se disfruta mucho del paisaje, hay mucho verde, y las veredas están bastante enteras. Por esta calle llegué a Retiro, de ahí me fui hasta la terminal de Buquebus, y llegué a la Reserva Ecológica. Me sorprende que ese trayecto sea nada más que 12 km. Las distancias se acortan cuando uno corre habitualmente y llega a hacer distancias más largas. Hace pocos años, jamás me hubiese imaginado que ese trayecto se podía hacer a pie.

Dentro de la reserva (otro lugar de la Ciudad muy recomendable para entrenar) aproveché para ir al baño (demasiada hidratación) y para envaselinarme las tetillas (me fui de casa con la sensación de que me había olvidado de algo). Lo bueno de correr con mochila hidratadora es que uno puede guardar cosas como la vaselina para emergencias. Luego de ese breve parate, arranqué el circuito por sendero más largo, que da unos 8000 metros.

Promediando los 20 km me volví a encontrar con el ciclista que me había reconocido por Palermo. Se trataba de Germán, andinista e intento de runner. Me acompañó un poco más de 2 km, él encima de su bici, y yo corriendo a su lado. Charlamos de carreras, del blog, y me dio un verdadero impulso motivacional. La diferencia entre correr solo y acompañado es abismal.

Cuando completé el circuito, Google Maps me había dicho que tenía que volver sobre mis pasos, así que me despedí de Germán y volví por la vereda de la reserva, dándole sorbos al Powerade y tomándome mi segundo y útlimo gel del entrenamiento.

Realmente me sentí maravillosamente. Los cuádriceps me dolieron casi todo el tiempo. A veces lo olvidaba, otras no podía evitar recordarlo. Pero no era como para frenar, simplemente signos del agotamiento de las escaleras del sábado. Volví a confirmar cómo el cansancio es mental. A veces tengo que correr 12 km y siento que no llego más. Hoy tripliqué esa distancia sin problemas, pero porque sabía que la meta estaba más lejos. Sí, los últimos 3000 metros se hicieron de chicle, pero llegué.

Creo que Libertador va a ser un escenario que se va a repetir en mi entrenamiento de los meses venideros. Le encontré una cierta organización que me resultó bastante cómoda, y me permite desviarme si quiero hacia los Lagos de Palermo, Plaza Holanda, o llegar hasta la Reserva Ecológica.

Y al final me quedé pensando en que hoy hice las 2/5 partes de la Espartatlón. Me queda todavía un largo camino por transitar…

Semana 22: Día 148: Espectadores de una carrera

Excepto una vez cada cuatro años, no me gusta ver deportes por televisión. Es algo que me aburre bastante. Alguna vez me he enganchado con un partido de tenis, pero jamás completo. Como mucho un set. Pero como mucho.

A esto le sumo el fútbol, actividad que he intentado desmenuzar desde hace 34 años sin ningún éxito. Me sorprende cómo hay millones de expertos pero tan pocos jugadores habilidosos. Entiendo un poco más a los que les gusta jugarlo, pero después de mis malas experiencias (fracturas, osteocondritis), decidí dejar de fingir que me interesaba, y dedicarme a correr, sin tener una pelota adelante.

Entre todas estas cosas que no comprendo, la que más me desconcierta son las carreras. Más allá de que tengan claros ganadores, no me imagino a un espectador siguiendo todo el recorrido, desde la largada hasta la meta, viviendo minuto a minuto cómo avanzan los competidores, quiénes van a la cabeza, los que se ven obligados a abandonar… Quienes optan por quedarse mirando esta actividad solo se interesan por la largada, y por la llegada. Lo noto en las carreras, la multitud que alienta en los últimos 200 metros y que escasea o desaparece durante todo el trayecto.

Me puse a pensar por qué no existe un programa gubernamental de “Running para todos”, y probablemente tenga que ver con que la gente prefiere ver fútbol, TC 2000 o tener un LCD, que mirar en vivo y en directo la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. De hecho, como expectador, ver una carrera completa debe ser una de las cosas más monótonas y absurdas. La verdad es que correr es una actividad muy personal, que puede transmitir emoción para quienes aguardan en la llegada, pero a quienes electrifica y motiva es a quienes lo están realizando.

Más allá del papel picado, la murga y el gatorade que nos espera en la meta, el running es algo que se debe vivir. Resulta inexplicable, seamos aficionados o no. Me resulta imposible transmitirle todo lo que vivo a alguien que no corre. El otro puede imaginárselo, pero generalmente se da una fantasía donde el corredor es una especie de semi-dios, con un físico privilegiado y un temple único e inimitable. Todos concentrados en cómo arranca y cómo termina, cuando el esfuerzo está ahí, presente durante toda la carrera.

Correr no es glamoroso. Toma tiempo, es agotador, y a nadie le importa llegar primero (salvo a los 5 punteros). No me imagino a alguien viéndolo por televisión y viviéndolo. Quizá hasta es detestado por el corredor mismo, que piensa qué diablos hace ahí, y cuándo termina esa tortura. Sin embargo, siempre esperamos con ansias la próxima competencia, nos concentramos en no claudicar, e intentamos llegar con la cabeza antes que con el cuerpo. Cosas que un expectador jamás va a ver…

Semana 22: Día 147: Dormir o entrenar, he ahí el dilema

Todos reconocemos la importancia de dormir para reponer energías y regenerar los músculos. 10 horas de sueño es el ideal para un deportista de alto rendimiento, y una siesta de media hora es más que suficiente para despejar la cabeza y reponer el cuerpo.

El problema es, ¿de dónde saco todo ese tiempo para hacerlo?

Estoy en una etapa de trancisión, intentando acomodarme al entrenamiento extra. Cinco días a la semana de running, más musculación, más abdominales (lo cuento aparte por el tiempo que solía dedicarle), más comer, más trabajar, más tener una vida social. Queda poco para el sueño. ¿Qué sacrificar?

Hay una realidad, y es que podemos elegir cuántas horas le queremos dedicar a dormir, pero no podemos obligarnos a hacerlo. Siempre y cuando querramos hacerlo en forma natural, como es mi caso. Yo puedo irme a acostar temprano, pero mi promedio de sueño es de entre cinco y seis horas. Me despierto solo, como un reloj, a las 7 de la mañana. Y de ahí, ¡ping! Arriba. Como un resorte. No me siento cansado, de hecho estoy rindiendo mucho, alcanzando unos 80 km por semana. Pero es así, no puedo dormir más, por más que me esfuerce. De siesta ni hablar, ¡en algún momento tengo que trabajar!

A veces me pregunto si rendiría mucho más dedicándole horas extra al sueño. Pero para eso tendría que empastillarme, porque me voy a la cama y me levanto por la mañana solo, sin despertador ni nada. No me fuerzo a levantarme, simplemente… pasa. El tema es que a la noche me desmayo. Me desconecto. Es cuestión de cenar y, a la inversa del resorte que ¡ping!, se eleva temprano, me desarmo como una marioneta a la que le cortan los hilos. Primero me pongo bizco, e intento con todas mis fuerzas mantener los ojos abiertos y hacer de cuenta que estoy al tanto de todo lo que pasa a mi alrededor. Sea en una cena, reunión de amigos, o en el cine, lo más importante es disimular. Creo que engaño a todos, que nadie se da cuenta de mi batalla contra el cansancio. Pero seguramente pasé unos 15 minutos roncando, con la boca abierta y un hilito de baba cayéndome, y para mí solo estuve cabeceando discretamente.

Me tranquiliza ver que mi papá y alguno de mis hermanos son exactamente iguales. O sea, es genético. Es al ñudo luchar contra algo impreso en el ADN. Pero sigo queriendo llevar a mi cuerpo al límite, y no sé si estoy descansando lo que debo, porque aunque tengo ese mecanismo en el que mi cuerpo apaga todas sus funciones cognitivas, no logro aquellas ocho horas de sueño de mi infancia, cuando llegar a las 12 de la noche para ver “Noti-dormi” era, valga la redundancia, un sueño imposible de cumplir.

Ténganme paciencia, quienes crean que me duermo porque me aburro. No es así. Ténganme piedad, quienes aprovechan que me duermo para burlarse, sacarme fotos o tirarme con cosas cuando cierro los ojos. Ténganme miedo, quienes osen despertarme. Porque cuando me cortan el sueño, soy de los que se ponen de muy mal humor…

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