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Semana 42: Día 292: El portero del prostíbulo, de Jorge Bucay

Hace poco hablaba de cómo ciertas situaciones que parecen catástrofes en nuestra vida, en realidad preparan el terreno para lo que se viene. Yo podría haber sido muchas cosas, pero lo que soy hoy se debe tanto a mis errores como mis aprendizajes, a carecer de cosas para apreciar lo que tengo. Un lector del blog (Dalmiro) me recomendó el cuento de Bucay “El portero del prostíbulo”, que es una especie de fábula sobre encontrar las oportunidades en las crisis. Me causó gracia que, hace muchos años, leí lo mismo en una historieta de Condorito (pero el cuento que comparto a continuación, no termina con un “¡PLOP!”):

El portero del prostíbulo

No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.

Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos. Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.
Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo:
– A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero…..
– Me encantaría satisfacerlo, señor -balbuceó- pero yo… yo no sé leer ni escribir.

– ¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto…
– Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo…

No lo dejó terminar.
– Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a su casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?

Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.

Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero recibido.
En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.

A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
– Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar… como
me quedé sin empleo…
– Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
– Está bien.
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
– Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
– No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
– Hagamos un trato -dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días… Aceptó. Volvió a montar su mula.
Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
– Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
– Sí…
Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.

El ex – portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
“…No todos disponemos de cuatro días para compras”, recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.
Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón.

Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.

Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no? Las tenazas… y las pinzas… y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos…..

Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región.

Tan poderoso era, que un año, para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría además de lectura y escritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
– Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.
– El honor sería para mí -dijo el hombre-. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.
– ¿Usted? -dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo- ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
– Yo se lo puedo contestar -respondió el hombre con calma-. Si yo hubiera sabido leer y escribir… sería el portero del prostíbulo!

Semana 2: Día 13: Solos en la Ciudad (fui al cine)

Me gusta el cine, eso es algo que ya he mencionado en este blog. Es una actividad bastante opuesta a correr: es estática, no requiere un gran desarrollo físico, y generalmente está acompañada de comer, comer y comer (no precisamente cosas sanas). Pero me da la impresión de que ambas precisan de un compromiso mental, y tanto el estar sentado mirando una película o estar corriendo pueden dejarnos alguna enseñanza.

Ayer por la noche fuimos con Vicky y mi grupete de amigos a la avant premier de Solos en la Ciudad, una película argentina, ópera prima del director Diego Corsini. Mi gran compañero de aventuras Matías Lértora se encargaba de hacer la prensa de este film (casi un sueño cumplido para él), así que era muy importante que vayamos a acompañarlo. Esta aclaración no es menor, yo soy bastante prejuicioso con el cine, y si no hay máquinas que viajen en el tiempo o un superhéroe multimillonario con crisis de consciencia que decida luchar contra el crimen, suelo tener un poco de desconfianza. Tratándose de una comedia romántica, no había mucho que me atrayese de la cinta, más allá de mi deber de amistad.

Posiblemente sentarse en el cine sin ninguna pretensión sea la forma más pura para disfruar de una película. Nos reímos mucho y nos emocionamos como tontos enamorados. Solos en la Ciudad cuenta la historia de una pareja, Santiago (Felipe Colombo) y Florencia (Sabrina Garciarena), que están viendo el amanecer en la Costanera, después de pasar la noche en la fiesta de un casamiento. Luego de una extensa charla (quizá demasiado, único punto flojo que le encontré al film) se pelean y se va cada uno por su lado. Como muchas separaciones, es ambigua, así que ninguno de los dos está del todo seguro si fue la definitiva o no.

Fiel al nombre del film, se pasan el día solos en la ciudad, cruzándose cada uno con distintos personajes que los ayudan a analizar su relación y a poder evaluar qué cosas son realmente importantes. Como si fuera poco, no les falta oportunidad para tantear cómo sería encarar una historia con otra persona (y ver, sutilmente, las enormes diferencias con su ¿pareja? actual). La edición es absolutamente BRILLANTE, sin abusar de recursos. Es una película muy dialogada, apoyada en caracterizaciones creíbles y en conclusiones profundas (se destacan Mario Pasik y Catherine Fulop, con personajes muy bien logrados).

Hasta aquí este post podría parecer absolutamente descolgado (o sea, se supone que este es un blog deportivo), pero hubo una escena que hizo estallar de risa casi exclusivamente a mis amigos, y no podía dejar de mencionarla. En su deambular por la ciudad, Santiago decide ser estafado en un carrito de la costanera, y se compra un choripán carísimo. Cuando da su primer bocado frente al Planetario, un desconocido atleta llamado Mauricio (Matías Scarvaci) se le aparece por detrás y lo obliga a escupir, haciendo que el chorizo caiga al piso. “¿Sabés lo que estabas por comer? ¡700 calorías!”, le dice. La fila 7, ocupada por nosotros, me empezaba a mirar de reojo.

Santiago solo puede pensar en su almuerzo arruinado. “Yo era como vos”, le dice Mauricio, y le adivina unos 6 kilos de más. “Ahora corro 5 kilómetros por día”. “¿Y ahora qué como?” pregunta el protagonista. “Allá a la vuelta te venden unas milanesas de soja buenísimas” (risas de la fila 7). “Yo soy lacto-ovo-vegetariano”, alega el atleta (carcajadas, ovación, dedos señalándome desde la oscuridad de la sala). Era como si la escena fuese un gag del que yo formaba parte. Para colmo, Mauricio le da a Santiago una tarjeta, por si quieren seguir charlando en otra oportunidad. “Ahí tenía la dirección de tu blog”, me dijeron después de la función.

Probablemente este personaje sea el más bizarro de la historia (más allá de las comparaciones conmigo, es el más gracioso de toda la cinta), pero creo que muchos me ven así, obsesionado y juicioso. Intentaré, en el futuro, no obligar a mis amigos a que escupan los cadáveres que se comen en los asados…

Lo de andar repartiendo tarjetitas a desconocidos con la dirección de mi blog no me parece una mala idea…

¡Apoyen al cine nacional!

Semana 2: Día 12: Empezar a pensar en ultramaratones

Bueno. Ya está. Hice la mejor maratón de mi vida. Cumplí mi sueño de 3 horas y media, que parecía muy lejano. Ya es tiempo de pasar a otra cosa.

Y me empiezo a meter de lleno en la ultramaratón. Como su nombre indica, son esas carreras que superan los 42 km con 195 metros. Cada año, el último viernes de septiembre se corre la Espartatlón, 246 kilómetros que unen Atenas con Esparta. El único trofeo en la meta es un cuenco con agua. Mi estructura mental me impide pensar cómo es una carrera de estas características. Dicen que es  muy común sufrir alucinaciones, desorientación, hinchazón  en los  pies  (que, literalmente, te obliga a cortarte las zapatillas con una tijera para poder sacártelas) y perder no una uña, sino muchas más. ¿Cómo encarar semejante odisea?

Si quiero correr la Spartathlon 2012 (para la cual faltan 351 días), lo primero que tengo que hacer es anotarme. La inscripción cierra el 31 de mayo, pero para que me acepten tengo que cumplir un requisito muy importante: en los últimos tres años tengo que haber finalizado una carrera de al menos 100 km en no más de 10 hs 30 min, o haber terminado una ultramaratón de 200 km (mínimo), sin límite de tiempo. Sé que hubo corredores que no cumplían con esto, pero tenían certificados varias competencias muy duras, y con eso convencieron a la organización para anotarse. El tema es que yo no tengo nada de esto, y antes del 31 de mayo tendría que asegurarme alguna de estas proezas.

Así que los próximos meses tendrán que ser de entrenamiento duro, cuidando de no romperme para poder llegar. De lo contrario, el objetivo de esta nueva temporada de Semana 52 se va a caer, ¡y correr de colado no me tienta para nada!

Investigando un poco sobre la experiencia de ser ultramaratonista, me encontré con unos consejos que da Félix Rojas, un venezolano amante de la montaña y de las pruebas de largo aliento que corre junto a su esposa, Maydelene Ceballos. Él daba algunos consejos para los que quieren meterse de lleno en una ultra, por primera vez. Creo que todo entrenamiento debería estar supervisado por un entrenador para los recién iniciados (como yo), pero es un buen punto de partida para preguntar “¿Profe? ¿Sirve esto?”.

Si tu meta es ganar un ultramaratón- carrera con una distancia superior a los 42 kilómetros- posiblemente éste no sea el plan más indicado para ti. Pero si sólo deseas culminar una prueba similar puedes ajustar a tus necesidades este plan y eso te puede ayudar a alcanzar tu meta. No hace falta ser un atleta extraordinario ni excesivamente rápido, pero la consistencia y la fuerza de voluntad – aspectos que dependen totalmente de ti- serán tus mejores aliados.

Se requerirán entre unos 4 a 6 meses de entrenamiento. Si ya tienes experiencia en eventos de largo aliento (maratones, triatlones de distancia iron, carreras de aventura, etc.) podrás ajustar el plan al rango inferior de tiempo. De lo contrario, requerirás 6 o más meses de preparación.

Este plan comprende 3 fases:

1.  Base (8-16 semanas): los objetivos principales serán mejorar el rendimiento aeróbico, aumentar la resistencia cardiovascular y acostumbrar el cuerpo a la carga del entrenamiento.
2.  Fortalecimiento (8-12 semanas): aumentar la intensidad, ganar fuerza muscular y elevar el umbral anaeróbico.
3.  Taper (3-4 semanas): Asimilar la carga del entrenamiento y llegar fresco y fuerte, mas no desentrenado, a la línea de partida.

Se recomienda trabajar en ciclos de tres semanas en los que el volumen de las sesiones largas aumente aproximadamente 10% por semana y reducir el volumen de tales largos durante la cuarta semana, para luego iniciar un nuevo ciclo.

Ejemplos:

Una semana típica durante el período BASE
Lunes: Descanso absoluto.
Martes: Series (ejemplo: 10 x 400 con 1:30 min. de recuperación)
Sesión de fortalecimiento (pesas).
Miércoles: 10-15 km a paso de maratón.
Jueves: Tempo (ejemplo: 10-20 min. calentamiento + 25 min. a ritmo de media maratón + 10 min. enfriamiento) / Sesión de fortalecimiento (pesas).
Viernes: Descanso o cross training.
Sábado: 20 km a paso cómodo.
Domingo: 25km a paso cómodo o su equivalente de tiempo en una ruta por la montaña.

Una semana típica durante la fase de FORTALECIMIENTO
Lunes: Descanso absoluto.
Martes: Series (ejemplo: 10 x 800 m con 400 m  de recuperación)
Sesión de fortalecimiento (pesas). Sesión de ejercicios pliométricos.
Miércoles: Subidas (ejemplo: 12 x 2 min. de subida con 2 min. de recuperación) o ruta por montaña con cambios de ritmo.
Jueves: Tempo (ejemplo: 10-20 min. calentamiento + 2 x 15 min. con 5 min. suave entre series a ritmo de media maratón  + 10 min. enfriamiento) / Sesión de fortalecimiento (pesas y pliométricos).
Viernes: Descanso o cross training suave.
Sábado: Sesión larga (no más de 60% de la distancia o tiempo estimado de la carrera prevista)
Domingo: Sesión larga en terreno con características similares a la de la carrera prevista.

Durante el TAPER, a unas 2 semanas de la carrera.
Lunes: Descanso absoluto.
Martes: 10 x 1 min. con 2 min. de recuperación.
Miércoles: 5-10 km a ritmo suave. Sesión de estiramientos.
Jueves:  3-5 x 1600 m a ritmo de media maratón.
Viernes: Descanso absoluto.
Sábado: 1:30-2:00 en terreno similar a la carrera.
Domingo: 1 hora de carrera continua con algunos cambios de ritmo a gusto.

El día de la prueba sal un poco más lento de lo que consideres necesario. Si te administraste bien, avanzada la prueba recuperarás ese tiempo con creces. Hidrátate cada 10-15 minutos y trata de consumir calorías aproximadamente cada hora. Asegúrate de haber probado todo tu material, además de lo que pienses ingerir en la prueba, durante los entrenamientos especialmente en los largos de los fines de semana.

Semana 2: Día 11: Me siento completo, excepto por mi uña

Cuando decidí cerrar el año de Semana 52 en Grecia, la idea era que todo fuese cíclico. Terminaba el desafío más importante de mi vida corriendo la carrera más difícil de mi vida: la maratón.

Cuando empecé con este plan nutricional y de ejercitación, devoré un libro maravilloso llamado “Autoentrenamiento para corredores”, de Allan Lawrence. Este entrenador de campeones olímpicos daba sus observaciones sobre el running, contaba algunas historias muy amenas, y daba su plan para prepararse para distintas competencias, dependiendo de la distancia y el tiempo deseado. Lo más jugoso, obviamente, era la sección dedicada a la maratón.

No leí todos sus planes (una serie de ejercicios de 8 semanas con cambios de ritmo, fondos, descanso), porque básicamente eran similares y porque yo ya tenía un entrenador, Germán, que me seguía (y lo sigue haciendo) en forma personalizada. Pero sí me devoré los consejos y anotaciones al margen de Mr. Lawrence. También comparé los resultados de los atletas que asesoraba, y cómo fueron respondiendo durante el entrenamiento y el día de la carrera. Lo que más me obsesionó fue el capítulo dedicado a realizar la maratón en 3 horas y media. Su aclaración era que los corredores que lograban este tiempo cruzaban la línea que dividía a los atletas amateurs de los profesionales. Poca cosa.

Habiendo leído con tanto entusiasmo este libro (dos veces mínimo, algunos capítulos más), me quedé con esa máxima deportiva y me propuse buscar este objetivo en Atenas. El 10 de octubre de 2010 corrí mi primera maratón en toda mi vida, llegando en 4 horas 6 minutos. 10 meses después, con Mr. Lawrence en mente, intenté bajar mi tiempo en Grecia y buscar las 3 horas y media. Suponía que estaba más entrenado y que me iba a ir mejor.

No estaba equivocado: llegué a la meta en la ciudad de Maratón habiendo corrido durante 3 horas y 44 minutos. El GPS me indicó que había hecho 41,5 km, pero asumí que siempre iba a haber un margen de error. Debo decir que en Grecia sufrí mucho más que en mi debut, el año anterior. En la ruta ateniense, sobre el kilómetro 30, había cuestas sutiles pero que destrozaban las piernas. Además estaba solo, sin aliento más que el propio, con el sonido de fondo de los autos que pasaban a mi lado, zumbando y tocando bocina.

Y creí que no estaba preparado para las 3 horas y media, que era un objetivo lejano y que iba a tener que esperar. Había puesto todo lo que tenía, pero no tuve en cuenta el factor de estar completamente solo, sin otros corredores de referencia o para apoyarme. Me di cuenta de que en las carreras hablo, aliento, tiro chistes (¡rara vez correspondidos!). El corredor es un especimen solitario, que va a su ritmo y realiza una carrera muy personal. Pero eso no quiere decir que la compañía no le ayude a superarse.

Otro factor  determinante en Grecia fueron esas cuestas en el km 30. Como hice el camino inverso al oficial, llegué a mi muro con una serie de subidas y bajadas imperceptibles para un automóvil, pero que queman mucha energía para un atleta. Y en la maratón oficial esta parte se atraviesa al principio, y no sobre el final. Supongo que estas cuestiones hicieron la diferencia, y un mes y días después (el domingo pasado), pude bajar mi tiempo y llegar a la meta, en mi propia ciudad, haciendo 3 horas 23 minuto (y esta vez el GPS indicó que la distancia habían sido 42,6 km).

Deseaba mejorar. Realmente era mi sueño. Pero sé que 40 días no hacen ninguna diferencia. No hubo entrenamiento extra, ni una dieta especial. Nada cambió entre la maratón de Atenas y la de Buenos Aires, más allá de los puntos que mencionaba: las cuestas en el km 30 y la soledad. Es cierto que el domingo pasado pude dormir más que en mi aventura europea, pero ¿tanta diferencia pueden hacer 2 horas de sueño extra?

El domingo me sentía eufórico. Tanto que quise dormir una super siesta, pero no pude. Superar esta cuenta pendiente renovó mi confianza en mí mismo y en el objetivo de Espartatlón, dentro de 50 semanas.

Hay secuelas, es lógico. En este momento me cuesta subir a los autos, bajar escaleras, y cuando me paro después de estar un rato largo sentado, siento que las piernas son un flan. Igual anoche corrí casi 6 km, porque soy un cabeza dura y no quiero desilusionar a mi amigo Hernán, que está convencido de que este mes voy a hacer un total de 208 km. Por él quise sumar para el cuentakilómetros. Y no me olvido de que quiero correr una carrera de 246 km el año que viene. Este cansancio no va a ser nada comparado con lo que voy a sentir entonces (llegue o no a la meta).

Aunque me siento completo, he tenido que despedirme de la uña del dedo chiquito de mi pie izquierdo. Esa ampolla monstruosa que nació y se reventó durante la maratón obligó a que mi uñita migre y se despida de mi cuerpo. Creo que el ser humano evolucionado debería carecer de estos inservibles apéndices. Las uñas de los pies no sirven para nada más que para juntar mugre y hacerle la vida imposible a los corredores. En las manos lo entiendo, uno las usa para rascarse la oreja, sacarle punta a los lápices, pelar las naranjas y hacerse una cruz en las picaduras de los mosquitos. Pero ¿qué función cumplen en los pies, más que para recordarnos de nuestro antepasado en común con los monos?

Actualmente soy un hombre con un total de 19 uñas. Estoy completo, sí, porque cumplí un objetivo muy trascendental en mi vida. Haber tenido que pagar con una uñita me parece un costo bastante bajo.

Semana 2: Día 10: La maratón en imágenes

Dicen que una imagen vale mil palabras. Ni hablar de varias.

Estoy en proceso de recuperación. Me duelen las piernas, perdí una uña, pero no pude evitar hacerle caso a mi capricho y entrenar hoy 5 km (muy light). Sé que mucha gente entra a este blog de casualidad, buscando fotos. Así que aprovechando que estoy de descanso, armé una galería de imágenes de los 42k de la Ciudad de Buenos Aires. La primera es autobombo: el matutino La Nación eligió ilustrar el recuadrito dedicado a la maratón, en su portada, con una foto de Marcelo y mía corriendo, con el Cabildo de fondo…

ACTUALIZACIÓN: Un amigo me consiguió la foto “en crudo” que salió publicada en La Nación. Adjunto también mi clasificación, según el sitio de Adidas.

Semana 2: Día 9: Los 42k de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires 2011

Llegó el día. Un día espantoso, para ser sinceros. Nublado, lluvioso. No parecía un buen augurio.

El despertador sonó a las 6 de la mañana. Desayuno, muchos hidratos, mucha agua. Me vestí con la ropa de la maratón, rompiendo una máxima, la de no estrenar ninguna prenda. Pero la remera oficial siempre es nueva (es un truco, porque se supone que la musculosa es “de recuerdo” y no para correr con ella). Además corrí con mis Puma nuevas, habiéndolas usado una sola vez. A veces hay que dar el ejemplo y que otras personas vean por qué no hay que hacer ciertas cosas… más sobre esto unos párrafos más abajo.

Quisimos tomar un colectivo con Vicky para que nos acerque a la largada. Nos cruzamos con corredores que, venciendo a un clima bastante gris, salían a la calle en musculosa y cortos. Nos pusimos nerviosos, así que optamos por un taxi. Una vez en ahí nos encontramos con Marcelo. Cumplimos las indicaciones de mi nutricionista, y nos pesamos. A mi me dio, vestido como iba a correr, 68,1 kg.

Nos acomodamos en nuestro sector del corralito. Como el clima estaba horrendo y había llovido, Vicky tuvo que bajarse de su rol de twitteadora. La idea era que nos acompañase en rollers, pero era demasiado riesgoso. Así que quedamos a nuestra suerte. El sector de largada era el de color violeta, que representaba a los corredores que corrían entre 4:45 y 5 minutos el kilómetro.

Hago un paréntesis para una aclaración importante: mi sueño siempre fue correr una maratón y llegar antes de las 3 horas y media. Según Allan Lawrence, entrenador de campeones olímpicos, es lo que separa a los corredores amateurs de los profesionales. Era como me hubiese gustado terminar Semana 52, como si fuese una especie de graduación con honores. En Grecia, el 30 de agosto, lo intenté, pero me quemé y llegué en 3 hs 44 min. Le puse todo. Esto fue hace un mes y 9 días, así que no pretendía lograr hoy ese objetivo. Me conformaba con hacer el mismo tiempo, o menos.

Para llegar en 3 horas y media hay que correr a un promedio de 5 minutos el kilómetro. Es un ritmo difícil de sostener durante 42k. En Grecia me resultó imposible (aunque había mejorado considerablemente mi tiempo respecto a la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires del año pasado, en la que terminé en 4:06, o sea que bajé 22 minutos).

Con Marcelo, mi compañero de Puma Runners, decidimos jugárnosla y nos acomodamos en ese sector de la largada. Como para arrancar fuerte, y que después nuestro cuerpo nos indicase el ritmo. Es una estrategia que no sé si es la correcta, pero hasta ahora me ha funcionado. Si empiezo rápido me separo del pelotón. Tengo la teoría de que más adelante me voy a cansar igual, y lo mejor (para mí) es avanzar todo lo posible y después solo dedicarme a llegar. Como sea.

El cielo estaba gris, totalmente cubierto, pero las calles eran una fiesta de música, color, aplausos y aliento. Lloviznó pocas veces (por suerte), y el piso mojado no nos hizo patinar en ningún momento. Los brasileros padecieron el frío, pero para nosotros el clima era ideal. Arrancamos a muy buen ritmo, el GPS me marcaba casi 4:30 el kilómetro. Cuánto íbamos a poder sostenerlo era la incógnita. La incertidumbre de qué va a pasar en semejante hazaña es… indescriptible. Quien haya hecho una carrera de fondo entiende, uno no sabe del todo con qué se va a encontrar durante el trayecto.

Comenzamos en Núñez, recorrimos Palermo, Retiro y el microcentro. Estaba repleto, LLENO de corredores extranjeros, contentísimos de estar participando de esta edición de la maratón. Su energía era muy contagiosa. Como Vicky no podía acompañarnos, a último momento cargué mi camel con Powerade, los geles, unas pasas de uva y una barrita de gomita que compré en Madrid. Decidimos que en el kilómetro 10 tomábamos el primer suplemento. En los 12k, Plaza de Mayo, estaba esperándome mi papá, que me esperaba con su cámara. Fue muy emocionante verlo. Como dábamos una vuelta y volvíamos a pasar al lado del Cabildo, me volvió a registrar con unas fotos.

Seguimos por Paseo Colón, intentando no cebarnos con nuestro ritmo. Pero no podíamos evitarlo. Qué distinto es correr acompañado y entre otros atletas. En Grecia no me sentí así ni por asomo. En los 18k empecé a sentir molestias estomacales. Nada demasiado relevante, pero me preocupé un poco porque quedaba por delante más de la mitad de la carrera. Cruzamos la cancha de Boca y yo twitteaba mientras corría. Marcelo era mis ojos. Y claro, en el bolsillo del camel el celular hizo lo que quizo, en Twitter se subieron palabras incongruentes, y el teclado se desconfiguró. De todos los idiomas en los que se podía cambiar, se puso en griego. Me fue imposible seguir escribiendo, y no hubo más tweets hasta la llegada.

El reloj indicaba que nuestro ritmo iba desacelerándose, algo que esperábamos. Todavía era una incertidumbre, solo sabíamos que la mitad de la maratón, en el kilómetro 21, lo habíamos hecho en 1 hora 39 minutos, una marca excelente para nosotros. A diferencia del año pasado llegué a disfrutar de las esponjas que suele haber en este tipo de carreras. Las entregan empapadas de agua helada, y es increíblemente refrescante. En 2010 llegábamos solo a verlas regadas por la calle, pisoteadas y negras (un espectáculo desalentador y deprimente). Avanzamos por Costanera Sur (sería lindo que alguna carrera fuese dentro de la reserva, ¿no?) y por primera vez en mi vida vi a una persona orinar mientras corría. Todo un campeón.

Empecé a notar que Marcelo iba más lento que yo. Me preocupaba porque no quería dejarlo solo, pero más me preocupaba estar yendo demasiado rápido para mi cuerpo. Sabía que por delante me esperaba el infame muro, y no quería volver a padecerlo. Se acercaba el km 27 y mi amigo estaba por romper su marca máxima histórica. Pero me insistía con que vaya a mi ritmo, que él estaba bien. Y entonces ocurrió algo inesperado: la liebre de los 4:45 nos pasó.

Para los que no conocen a estas personas, son corredores que mantienen un ritmo estable. Otros atletas lo siguen y forman pelotones, que más o menos pueden controlar su ritmo y saber cuánto van a tardar. De hecho este pointer salió un poco más adelante que nosotros, correspondía a nuestro sector en la salida, y verlo era una oportunidad que no podía desaprovechar. Aumenté la zancada, y me puse a su lado. No volvería a ver a Marcelo hasta la llegada (la cruzó 11 minutos después que yo).

Mi nuevo plan era aguantar todo lo posible, y ver qué tan cerca podía llegar de las 3 horas y media. La liebre estaba retrasada (según él), y tenía la esperanza de poder aguantar hasta los 35k y, a lo sumo, tratar de enganchar la de los 5 minutos el kilómetro. En Comodoro Py me volví a cruzar con mi papá, que me alentaba y me daba fuerza. Estaba en el límite del muro, donde uno empieza a acariciarlo y a sentirlo en las piernas. Pero por alguna razón la liebre seguía a mi lado.

En los 33k ya ni sabía en qué calle estaba. Solo quería llegar. Me adelanté al pelotón. Un kilómetro después, ya en Palermo, sentí un dolor que apareció de golpe, muy agudo, en el dedo chiquito del pie izquierdo. Fue rarísimo, como si de pronto se formara una ampolla, que un segundo antes no estaba. Mariconeé, grité de dolor, pero no bajé el ritmo. Llegué, ya solo y sin nadie con quien compartir la maratón, a la prueba más difícil: el paso bajo nivel. Bajarlo es una risa. Subirlo es cosa seria. Pero mi entrenamiento con cuestas y escaleras rindió sus frutos, y lo superé bien.

Los últimos kilómetros son por Libertador, con un desvío en los lagos de Palermo. Mi reloj me indicaba todavía un buen ritmo, y mis cálculos me indicaban que podía llegar a cumplir mi sueño. No quería ilusionarme. 40 días atrás no pude cumplirlo, ¿qué podía ser diferente ahora?

Salimos de esa vuelta, alentando a otros corredores y recibiendo el invaluable apoyo de vecinos y chicos de la organización. ¡Qué eterno resulta todo después del kilómetro 35! Y superando los 40k ni hablar…

Iba ensimismado (¿o es “enmimismado”?), intentando no aflojar, sabiendo que el objetivo estaba tan cerca… las piernas ardían, pero también las ganas de llegar. Ya estaba por Núñez, llegando a los 42k. Esto puede parecer el fin de la maratón, pero faltan los 195 metros extra, y son ETERNOS. Venía muy concentrado, tratando de abrir la zancada y darlo todo. Y entonces escucho que alguien me llama. No me lo esperaba, y era Vicky, dándome aliento. Corrió unos metros a mi lado, contenta y emocionada. Fue una sorpresa hermosa. Mi papá llegó a filmar ese instante. Me dio la fuerza que me faltaba.

Hice el sprint que me salió, poniéndole mucho corazón (ya que el cuerpo estaba en estado crítico, al límite). Nunca confié del todo en mi reloj (de hecho me marcó que la carrera fueron 42 km 660 mts), así que cuando vi el cronómetro de la meta sentí una alegría enorme. Crucé el arco de llegada a las 3 horas, 23 minutos, 15 segundos. Lo había hecho, había cumplido mi sueño de llegar en menos de 3 horas y media. No voy a intentar describir esa sensación de gloria. Es muy personal. Me sentí mejor que nunca. Podía seguir caminando, no me sentía desmoronándome.

El dedo chiquito del pie me latía y dolía. Ya en casa de mis padres, antes de almorzar, me enteré de qué había pasado: sí tenía una ampolla, pero el dolor que sentí fue cuando se reventó. Probablemente por usar calzado nuevo (¿ahora ven por qué no lo recomiendan?). Con Marcelo terminamos pesándonos. Me dio que al final de la carrera había perdido 800 gramos. Si tenemos en cuentra los tres geles, una barra de gomita y los 2 litros de agua/Powerade que tomé, esa diferencia es el líquido que perdí durante los 42 kilómetros.

Ya es de noche. Intenté dormir la siesta, pero tenía la adrenalina muy elevada. No entiendo por qué me siento tan bien, siendo que hace 40 días esta misma carrera, aunque en otro país, la padecí mucho más. Quizá la diferencia fue que descansé bien la noche anterior. Más allá de eso, no hice nada diferente. Bueno, mis Puma son muchímismo más livianas que mis Asics, eso pudo haber influenciado. Pero sin lugar a dudas el factor determinante fue correr junto a otras personas, en especial arrancar con Marcelo (que es un grosso) y después engancharme con la liebre. Me le aferré y a pesar de todo no aflojé.

El resultado final me ubicó en el puesto 591 de la general (aunque más de una hora después de los keniatas que hicieron podio). En mi categoría (Masculino de 30 a 34 años), llegué 116. Es un dato meramente estadístico, no me importa tanto si hice mejor tiempo que otra persona. Me interesa haberme vencido a mi mismo. Es más, puedo decir sin falsa modestia que es un sueño realizado haberme aplastado de esta manera. Entiendo un poco lo que vivió Marcelo: correr su primera maratón y llegar en 3:34 es un debut muy auspicioso. Espero que esté tan orgulloso de su desempeño como yo lo estoy de él.

Ya me siento un corredor profesional. Este es el impulso que necesitaba, la cuenta pendiente en mi vida. Ya no me queda nada que cumplir para encarar el próximo desafío: entrenarme para la Espartatlón.

Semana 2: Día 8: El descanso pre-maratón

Es así: la maratón se sufre. Es doloroso (literalmente), quienes no somos corredores de elite la sufrimos, y nos esforzamos realmente hasta el límite de nuestra capacidad física. La pasamos bastante mal, pero qué ganas de volver a correrla.

Cuando hice mis primeros 42 km el año pasado, no veía la hora de volver a correrla. No se me cruzó ninguna oportunidad, salvo la Maratón de Córdoba, organizada por la Fundación Ñandú (la misma que coordina la de Buenos Aires), pero justo el sábado anterior se casaba un gran amigo mío. Me tuve que organizar una yo mismo, en Grecia, para volver a vivir esta aventura.

Y ahora llega, nuevamente, la maratón de la Ciudad. Otra oportunidad de matarse, ir al límite, y sobrevivir. Una adrenalina muy especial… y lo peor es que los días previos hay que descansar. Eso no ayuda a bajar la ansiedad. Yo me sumergí en el trabajo, traduciendo a Wolverine y Spider-Man a nuestra lengua castellana; sentado en la compu, moviendo globitos de acá para allá. Y la carrera estaba ahí, en el fondo de mi cabeza. “¿No estás nervioso?” me preguntaba Vicky. “No, yo ocupo mi cabeza con un tema a la vez”.

Pero ya está, es la noche previa, estoy por comer mi última ración de hidratos de carbono antes del día de la maratón. Mañana me espera un buen desayuno con cereales, yogurt, pan, una banana y mucha agua. Luego, es intentar llegar en horario a la largada (aunque lo intento, no me caracterizo por mi puntualidad).

Vamos a largar con Marcelo desde el sector violeta, para los que mantengan un ritmo de entre 4:45 y 5:00 el kilómetro. Si lo podemos mantener voy a ser el hombre más feliz del mundo. Pero en realidad soy el hombre más realista del mundo, y me conformo con llegar haciendo un promedio por debajo de 6:00 minutos.

Ya tenemos la balanza preparada para pesarnos antes y después de la carrera, los geles comprados (dos comunes para los 7 y 14 km, y dos con cafeína extra para los 21 y los 30 km), la ropa separada, y hasta las monedas para el colectivo. Lo único que falta es descansar. Una buena noche de sueño y a correrse la vida.

Semana 2: Día 7: Preparándose para la maratón

Hoy hubo alguna extraña combinación de previsión y mal clima que hizo que pocas personas se acercasen al Centro Municipal de Exposiciones para retirar el kit de la maratón. Lo comparo con el año pasado, un sábado, donde había colas interminables, gente amontonada en los pasillos… mi amigo Marcelo, compañero en los Puma Runners, recordaba que para los 21k (que se corrieron hace un mes) la aglomeración de corredores era tal que había que dejar el auto a varias cuadras. Acá, estacionamos en la puerta. El que vaya mañana, sábado, a buscar su remera y su chip, que se atenga a las consecuencias…

Está bien que eran las 3:30 de la tarde, y que muchos seguramente están trabajando. Pero cuando uno es autónomo puede darse el lujo de ausentarse del trabajo un momento, sin dar muchas explicaciones. Nos vino bien que hubiese poca gente. Pudimos retirar nuestra remera al instante y estamparla (en mi caso le escribí “Martan”, que es como me suelen decir en el grupo). El mail donde nos explicaban cómo retirar nuestro kit decía que teníamos que llevar un alimento no perecedero. Pero cuando llegamos nadie entendía nada, y ahí estábamos con Marcelo, sacando a pasear un paquete de fideos que volvió sin pena ni gloria. No entiendo bien para qué piden eso y una vez allí nos dicen que no hacía falta.

El chip, acorde a estos tiempos de avance tecnológico que corren, es un cartoncito descartable. Dejamos nuestra pulsera para que la personalicen con nuestro tiempo (espero que sea menos de 3 hs 44 min), y mientras esperábamos unos minutos a que nos estamparan las musculosas, fui a una cinta para que me midieran la pisada. Obviamente era un artilugio para recomendarte zapatillas Adidas, pero me pareció interesante. El muchacho que controlaba el test me dijo que tenía pisada neutra, con una pequeña pronación en el pie derecho. Pero como es de menos de 7 grados, no es necesario un calzado especial.

Ya con la remera en nuestro poder, nos sacamos una foto haciendo un poco de demagogia con el nombre de Puma Runners, compramos geles con descuento, y nos volvimos a nuestros hogares, bajo una copiosa lluvia que espero se termine para el domingo.

Fue una tarde interesante, porque permite pasar un poco más rápido las horas que quedan para la maratón. Falta muy poco para volver a recorrer la Ciudad de punta a punta, y este año me siento más preparado que el pasado.

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