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Semana 13: Día 90: Los peligros de dejar para mañana lo que podrías haber hecho ayer

Hola, qué tal. Soy Martín Casanova. El del blog. Semana 52. ¿No? Bueno, no importa. Me gusta correr, y escribo, una entrada por día en ese blog. Yo fui uno de los que participó de la San Silvestre el año pasado. Sí, me morí de calor. Encima la corrí recién recuperado de una lesión en la costilla… Me acuerdo de que el agua que te daban por la mitad del circuito estaba caliente por el sol… Jaja, sí, terrible. Bueno, ya sé que son 8 kilómetros y no me quiero mandar la parte de que me parecen pocos y todo eso, pero realmente quería correrla. Cuando fui a buscar el kit de la maratón de Buenos Aires, en octubre, dije uy, me puedo anotar ahora, qué bueno. Y no sé por qué no me anoté. En 2010, onda a mitad de año, me inscribí, bajé, caminé una cuadra, pagué en un Pagofácil y listo el pollo, estaba anotado. Y ahora lo fui posponiendo, y posponiendo, y bueno, acá estoy, rogando por un cupo. Me colgué, ya sé. Me fui de vacaciones y volví el lunes como a las 11 de la noche, sin saber que ese día cerraban las inscripciones. Vicky me dijo que la corra igual, si tanto la quería hacer. Vicky. Mi novia. Bueno, la cuestión es que me colé una vez y prometí no volverlo a hacer. Tengo que dar el ejemplo. Porque tengo un blog. Semana 52. Entreno durante cincuenta y dos semanas, por eso el nombre. Me estoy preparando para la Espartatlón, que son 246 kilómetros, en septiembre de 2012. Sí, 8 kilómetros no me hacen la diferencia, pero me gustaba sentir que corría el 31 de diciembre a las 4 de la tarde, mientras en el resto del mundo también se hacía… y la verdad es que no me imaginé que me iba a quedar afuera. En fin, perdón si me extiendo mucho, venía a ver si había alguna posibilidad de que me anoten. De colado no la quiero correr, me va a dar culpa agarrar el agua, aunque esté caliente, y no me voy a animar a salir con todos en la largada. Yo prometo no dejar más estas cosas para último momento. Siempre dejando pasar el precio de la inscripción cuando está barato, siempre anotándome 5 minutos antes de la carrera. ¿Puede ser? ¿Está en su inmensa bondad darme un numerito, aunque sea el 4001, para que participe en la segunda edición de la San Silvestre de Buenos Aires? ¿Eh?

(NOTA: La organización de San Silvestre, vía e-mail, me sugirió que vaya a la entrega de kits del viernes, por la mañana, a ver si hay cupos. Para dejarme todavía más intranquilo, por Facebook me dijeron que vaya por la tarde. Yo, por las dudas, iré en ambos horarios a mendigar un lugarcito. Chicos, no hagan esto en sus casas. Yo soy un colgado profesional).

Semana 13: Día 89: Grandes engaños del deporte

Bruce Robinson, nunca podía cruzar la meta

 

Hoy es 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Además de ser el nombre de una extinta banda argentina que me gusta mucho, hoy se realizan bromas pesadas, y ante la credulidad de la gente uno grita “¡Que la inocencia te valga!”. El año pasado hice una jugada sucia, inventando un post en el que colgaba Semana 52 porque me ponía de novio con una oficial de tránsito, y a pesar de que escribí un montón de barbaridades sin sentido, muchos me creyeron. Para hacerlo más interesante, incluso inventé comentarios igual de absurdos.

Fue muy divertido, pero son esas cosas que solo se pueden hacer una vez. Me sorprendió que muchas personas que me conocían lo creyeran, y sé que no lo puedo volver a hacer. ¿Cómo superar ese engaño sin caer de nuevo en la renuncia, en una sorpresiva separación, en una enfermedad terminal, en que volví a comer carne? Nadie me creería. Así que aprovecho este día para darle otro enfoque a este día, y enumerar alguno de los más grandes engaños del mundo del deporte.

El primero que me viene a la mente, relacionado con el mundo del running, es el de Jim Robinson. Este atleta, oriundo de Newcastle, Inglaterra, se convirtió de la noche a la mañana en favorito de las competencias de alto rendimiento, a mediados de la década del ’80. No había registros de él durante su adolescencia (muchos campeones se destacan en sus años estudiantiles), y supongo que esto fue lo que despertó la desconfianza en alguno. Su fuerte eran las carreras combinadas, haciendo podio en dua, tria y pentatlones. Su estado físico era envidiable, por lo que si nos cruzamos con alguna foto de él, jamás levantará nuestra sospecha.

El primer indicio del engaño se notó en el triatlón de Lancaster, en 1987. Jim Robinson subió al podio a recibir su medalla de oro con el labio partido y sangrando. Alegó que se cayó con la bici en un tramo, pero la foto de él cruzando la meta lo muestra con su rostro inmaculado. Seguramente muchos ya se habrán dado cuenta de que Jim era más que un atleta: eran dos. En realidad su nombre era Jerry (Jerome) y tenía un hermano gemelo, Bruce. Se alternaban en las competencia, e incluso entrenaban en ciudades diferentes. Mientras uno desarrollaba resistencia y fuerza de piernas, el otro perfeccionaba su estilo de nado. El labio partido no era, como alegaba Jim/Jerry que había sido una caída, sino que ambos hermanos peleaban por quién iba a subir al podio. Bruce siempre quedaba relegado, rara vez cruzando la llegada. Ambos se consideraban imprescindibles para la identidad de este ficticio atleta. Curiosamente (y quizá por la humillación de tamaña estafa), los organizadores jamás les exigieron que devuelvan sus trofeos y medallas.

Otro caso resonante, pero en nuestro país, fue el de Matías Cassali, ganador de La Misión en 1999. Más que un embustero, se trató de un oportunista. Era el corredor número 66, y aunque no hizo un mal desempeño (completó los 180 km en 25 horas) estuvo lejos de la punta. El rosarino Marcelo Frusín, con el número 99, fue quien llegó primero, en 19 horas, pero por una distracción jamás le dijeron que había ganado (asumió que se había salteado un puesto y que había sido penalizado con horas extra). Su objetivo era llegar a la meta y ya, proeza que realizó en un tiempo envidiable. La organización confundió el 66 con un 99, y de pronto Cassali se alzó con el primer puesto, ganando de pronto 6 horas en su marca personal. Una semana más tarde, Frusín fue a buscarlo a la puerta de su casa y si no intervenía la policía lo molía a trompadas.

Hay muchas técnicas para fraguar un resultado, pero muchas más para obtener una mínima ventaja. Desde las autotransfusiones de sangre, luego de pasar un largo período en la altura (lo que explica el viaje relámpago del ciclista Max Vanderman a Cusco, una semana antes de participar del Tour de France del ’92) hasta las drogas de diseño (que le dieron la medalla de oro -brevemente- a Catalina Aguirre en las Olimpíadas de Atlanta ’94). Las más infames son las que, en lugar de darse a uno una ventaja injusta, buscan perjudicar a sus compañeros.

Fue el caso de Pedro Damico, un infame corredor, oriundo de La Plata, que despegaba suelas de zapatillas la noche antes de las competencias, ponía sustancias irritantes en la vaselina y quitaba las indicaciones de los caminos en las carreras de aventura. En una Merrell Nocturna lo agarraron intentando ponerle purgante a un bidón de Gatorade. Hoy está en la lista negra de todas las competencias profesionales. Alguna vez lo han visto corriendo en algunos eventos más modestos, siempre de colado. Dicen que desde que lo atraparon desapareció de la vida pública. Se dedicó a entrenar a conciencia y logró muy buenos resultados, pero si corre con su nombre muchos van a intentar alcanzarlo para darle de probar su vaselina irritante.

Lamentablemente, la trampa es algo que excede al mundo del deporte, y forma parte de nuestro día a día. Un triste ejemplo de energía malgastada en engañar, cuando se podría orientar a superarnos a nosotros mismos. Ellos, al igual que hoy nosotros, dirían “¡Que la inocencia te valga!”.

Semana 13: Día 88: Resoluciones para el 2012

Cambiamos de calendario, ¿no es una buena oportunidad para plantear cambios en nuestra vida?

Me tienen como el referente de la determinación, pero desde hace un tiempo siento que me desvié un poco del camino del extremismo deportivo, y realmente tengo ganas de reencauzarme. Entre las cosas que dejé de lado están las abdominales (pensar que hacía 500 por día) y una rectitud en mi dieta. Estoy dele taladrarle la cabeza a Vicky que “el 1 de Enero empezamos la dieta”.

Lo único que tendría que modificar es comer entre comidas, algo que hago realmente muy poco, pero que me aporta muy poco (se supone que no es tan grave picotear cosas que estén dentro de la dieta, como ser vainillas, un vaso de yogurt, etc). El tema es que empecé a priorizar el tiempo, por lo que termino comiendo cosas que no requieran mayor preparación. Generalmente caigo en pastas, o sándwiches de milanesas de soja: muchos hidratos, bastantes proteínas, y pocas verduras. Mi intención es, a partir del primero de enero, revertir ese esquema.

Lo otro que estoy intentando hacer, para no empezar de golpe en 2012, es ser constante con el gimnasio. Tengo mis complicaciones, pero estoy logrando el promedio de tres días por semana. Vamos a ver si logro llegar a cinco veces. Estoy bastante conforme con mi físico, así que no me siento tan presionado por hacer esto, pero sé que lo necesito y que me va a ayudar a adquirir resistencia y potencia de piernas.

Y lo último y lo que me quita el sueño es el tema de las abdominales. Es notable cómo se nota cuando uno abandona este músculo. A veces en el entrenamiento con los Puma Runners cerramos con una rutina intensiva, y lo que antes me resultaba muy fácil, hoy lo resuelvo pero con esfuerzo y esa quemazón muscular posterior. Quiero rescatar ese fallido desafío de abdominales, de 8 semanas, que una vez empecé y tuve que abandonar por mi osteocondritis. Ahora estoy hecho un avión, y es un buen momento para volver a priorizar esta zona que ayuda a levantar las piernas en las cuestas.

No son grandes esfuerzos para mí, me queda la tranquilidad de que alguna vez estas cosas las hice y me funcionaron. Se siente como volver sobre los propios pasos, sin la incertidumbre de lo desconocido. Pero no dejo de pensar que es una oportunidad perfecta para lograr cambios más profundos, para quitarse el miedo a lo “imposible”. Está la teoría de que los mayas no continuaron sus calendarios más allá del 2012 porque se les acabó el espacio, y quienes leen en esto la inequívoca señal del fin del mundo. Seguramente hemos dedicado mucho tiempo a los placeres de la gula y la pereza… si este fuese realmente nuestro último año en la tierra, ¿no convendría empezarlo conquistando un desafío?

Semana 13: Día 87: Corriendo descalzo en la arena

Las vacaciones han terminado. Era un viaje relámpago, sabíamos que antes de darnos cuenta, ya estaríamos en casa. Y, confirmando alguna Ley de Murphy, nuestro último día de playa fue el más espectacular, lo que hizo que el regreso fuese menos deseado.

Pero eso no quiere decir que no hayamos disfrutado del viaje. Y lo disfrutamos un montón. También fue una buena oportunidad de dejar las zapatillas de lado y experimentar esto de lo que hemos hablado alguna vez: correr descalzo. La arena pareciera ser el terreno ideal, ya que esta costumbre social de cubrir los pies hace que nuestras plantas queden sensibles, y que no sean un enorme callo como la naturaleza dispuso.

Nuestra primera carrera fue de 2,5 km. A pesar de que sentíamos que corríamos a mucha velocidad, nuestro ritmo era de 5:30 el kilómetro. No es despreciable, pero en una distancia corta, con menos esfuerzo podíamos bajar mucho nuestro tiempo. Probablemente haya algo de la absorción del impacto que obligue a bajar el rendimiento. Supongo que es algo a lo que hay que acostumbrarse. Además, con Vicky notamos dolores musculares, en gemelos y cuádriceps, como si hubiésemos recorrido mayor distancia.

Al día siguiente me mandé solo, otra vez ida y vuelta al muelle más cercano, que daba otros 2,5 km. En esta oportunidad noté un dolor en los talones y el metatarzo. Nada que me obligase a detenerme, pero evidentemente la carrera anterior tuvo sus secuelas. De nuevo, debe tener que ver con el acostumbramiento. Estamos demasiado acostumbrados a usar zapatillas y que estas absorban el impacto de la zancada. Terminé esta carrerita con un cierto entumecimiento de los gemelos. Me dio la impresión de que eran parecidos a esa sensación de los músculos cuando los trabajo en el gimnasio. Seguramente estaba ejercitándome de una forma muy diferente a la que estaba acostumbrado.

Como para comparar, me calcé mis zapatillas con las que hago velocidad (Faas 500, de Puma) y me hice una carrera al otro lado, al muelle más lejano, que me daba una distancia total de 9 km. Y debo decir que volé, con un ritmo promedio de 4:44 el km (de ida fui fantástico, a la vuelta tenía viento en contra y me hizo bajar el ritmo unos 5 segundos por kilómetro). Me sentí maravillosamente cómodo, no sé si era tanto por el calzado y las plantillas, sino porque (digámoslo de una vez) correr descalzo es bastante incómodo.

Empecé a fantasear con tomármelo como un objetivo a futuro, y acostumbrarme a desarrollar la planta de los pies, los músculos de las piernas, y convertirme en un corredor sin zapatillas. Algo así como el Abebe Bikila sudamericano. Pero le voy a dejar ese rol a otra persona. Fue interesante experimentar para darme cuenta de cuánto ganaba corriendo con calzado. Así que no puedo decir que recomiende correr descalzo. Sí puedo recomendar tomarse un descanso de vez en cuando, aunque para nosotros eso signifique trotar, transpirar y forzar nuestros músculos todo lo que podamos…

Semana 13: Día 86: Los excesos de las fiestas

Té de boldo. Digestivo hepático. Tirar del cuerito. Tres tratamientos alternativos para tratar un malestar estomacal. Tres tratamientos alternativos y consecutivos que probé para tratar mi malestar estomacal. Ya estoy bien, gracias por preocuparte. Pero tuvo que ver con que, a veces, no compro mi propio discurso.

Las fiestas son un momento en que nos dejamos llevar, priorizamos el deleite del paladar y nos olvidamos un poco de nuestro bienestar. Y es lógico irse a dormir con dolor de panza, o pesadez. En mi caso, desde que empecé con Semana 52, cambié mucho mi alimentación, con una consecuencia concreta: bajar de peso vino acompañado con una reducción de mi estómago. A menor tamaño, menos comida hacía falta para llenarme. Además, empecé a tolerar menos los alimentos grasosos, como el chocolate.

Ayer, en la cena de víspera de Navidad, intenté cuidarme, pero caí en la tentación de la garrapiñada y en el maní acaramelado cubierto de chocolate. Y como suele pasar en las fiestas, lo que sobró de la noche pasó a ser la comida del almuerzo.

Con pesadez y dolor de panza, boca abajo en la cama, comencé a pensar por qué solemos comer hasta reventar. Me acordé de algo que creo que viene a colación.

Hace un tiempo, cuando estaba en uno de mis primeros trabajos y cursaba el último año de la facultad, descubrí unos muñecos importados de la Liga de la Justicia. Medían unos 30 cm, y respetaban al detalle los diseños de Bruce Timm, creador de la serie. Los ansiaba y estaba seguro de que el camino a la felicidad pasaba por obtenerlos. No eran baratos, pero el nivel de detalle y terminación eran innegables. Ahorré y me compré el primero. Habrá sido Superman o Batman. Cuando estaba en mi poder, me di cuenta que tenía que tener al resto. O sea, una Liga requiere de más de un miembro. Cada tantos días salía del trabajo y, camino a la facultad, me compraba uno de esos poco discretos muñecos.

En clase de ética, cuando llegué con Linterna Verde, me puse a charlar con el profesor sobre cómo sentía la necesidad de tener todos los muñecos, y se me pasaba al comprarlos. Pero después de cada compra, necesitaba otro más. Nunca me quedaba satisfecho. “Es la base del consumismo”, me dijo. Salvando las distancias, comer opera en un nivel similar. Creemos que necesitamos algo, y pensamos que el placer pasa en satisfacernos. Pero nunca alcanza.

Tomé la determinación de volver a cuidarme como solía hacer, porque tengo que admitir que satisfacer esas ansias de comer algo rico no deviene en ningún beneficio perdurable. Sentirse bien es algo más importante. Recordé también una escena de la serie Nip/Tuck que seguramente ya he citado en el pasado. Cuando el Dr. Troy, coqueto cirujano plástico, se encuentra con otro doctor más joven y con un físico escultural, le pregunta cómo hacía para tener semejante musculatura. “Un cuerpo trabajado requiere ciertos sacrificios”. Y la verdad es esa, no hay muchas vueltas. Si es lo que uno busca, una contextura armoniosa y saludable precisa de dejar de lado los excesos y renunciar a lo que muchos considerarían placeres de la vida. Lo que queda por ver es si cada uno está dispuesto a pagar el precio…

Semana 13: Día 85: Estrenando polainas en la arena

Estamos en Costa Azul, disfrutando de la playa, no así del sol, que se esconde detrás de las nubes. O sea, hace frío para ser verano. Pero bueno, nos la bancamos.

El clima es agradable, unos 20 grados de máxima, lo que nos entusiasmó a salir a correr. Nos calzamos las zapas, anteojos de sol, el camel, y salimos a trotar por la arena. Era la oportunidad ideal para estrenar las polainas, porque la única carrera en vista donde las podriamos usar es en la Merrell de Pinamar… y para esa falta mucho.

Aprendimos que las polainas no son mágicas. La arena se filtra por la zapatilla en la punta. Seguro, entra mucho menos, pero hay que saber que este artilugio es bárbaro, pero no filtra 100%. También nos dimos cuenta que todavía no nos recuperamos del todo de los 100 km de Yaboty: yo aun tengo ese dolor en la parte de atras de la rodilla, y Vicky sigue contracturada en la planta del pie. Pero nos dimos el gusto de trotar aunque sea un poquito.

Esa pequeña carrera nos llevó desde Costa Azul hasta Mar de Ajó, pasando por el centro de San Bernardo. Fue un verdadero descubrimiento, porque vimos que a fines de diciembre la actividad comienza para la Costa. Vimos muchos locales que estaban cerrados y casi tapiados, mientras que otros parecían recién despertar, con empleados pintando la entrada, colocando techos de lona, o con carteles escritos a mano donde ofrecían trabajo. Muchas, muchas ofertas laborales.

Aprovechamos la vuelta para caminar. En musculosa me congelé, pero me la banqué. Hicimos compras navideñas, y elegí una remera con tanta onda para mi hermano que más tarde tuvimos que volver a comprarme una para mí.

Espero que mañana el clima acompañe y podamos disfrutar de un poco más de playa. Si no, seguiremos avanzando con la lectura de libros y, si el cuerpo da, entrenar un poquito más.

Muchas felicidades para todos.

Semana 13: Día 84: ¡Vacacioneeeeeeeeeeeeeeeeeesss!

En la vida de toda persona existe algún momento en que manda todo al demonio, se va a una playa o a la montaña o a una ciudad más grande/pintoresca que la de origen, y se dedica a descansar. Llamado “vacaciones”, deriva del latín vacans, participio del verbo vacare: estar libre, desocupado, vacante (como un puesto de trabajo, o la escuela). Vacuus: vacío, desocupado libre. Vacui dies: días de descanso Vacatio (-ionis): dispensa, exención. Si usted se queja de que no le dan suficientes días, sepa que en China no es obligatorio que le otorguen este derecho, pero tampoco lo es en Estados Unidos (o sea que lo pueden obligar a trabajar 365 días al año).

Hoy partimos con Vicky para Costa Azul, a pasar Nochebuena y Navidad con mis padres y mi hermano Matías (más cuñada y sobrina). Se supone que es un lugar lo suficientemente alejado como para que no esté invadido de turistas, pero cerca de otros centros “grandes” como es San Bernardo. O sea, podemos ir corriendo por la playa y entrenar un poco. La idea es desconectarse de la rutina, pero posiblemente yo fracase estrepitosamente.

Por eso quiero compartir mis intenciones y lo que realmente termine pasando, o la famosa “expectativa vs. realidad”.

Expectativa: Vamos a descansar y a olvidarnos del trabajo.
Realidad: Voy a volver más cansado que antes y todo el tiempo voy a estar chequeando el mail desde el celular.

Expectativa: Vamos a aprovechar la playa para salir a correr.
Realidad: Vamos a levantarnos demasiado cerca del almuerzo como para hacer algo, después va a hacer mucho calor, vamos a esperar que baje el sol, pero entonces vamos a haber almorzado y como la comida no nos bajó esperaremos hasta que se haga la hora de la cena y entonces nos va a dar sueño y nos iremos a dormir.

Expectativa: Vamos a aprovechar el shopping más cercano para hacer ahí las compras navideñas.
Realidad: El shopping más cercano va a estar a hora y media en auto. Terminaremos comprando barrenadores y patas de rana a una cuadra de la playa.

Expectativa: Vamos a disfrutar de la playa.
Realidad: Nos vamos a llenar las zapatillas de arena, la malla de arena, los anteojos de arena y los sanguchitos de arena. Prometeremos tomarnos vacaciones en la montaña para la próxima.

Expectativa: Vamos a divertirnos hasta la madrugada, recorriendo la playa a la luz de la luna.
Realidad: Organizaremos un mini-torneo de chinchón.

Expectativa: Vamos a entrar en contacto con la naturaleza.
Realidad: Voy a extrañar Cuevana.

Expectativa: Vamos a sentir que el tiempo no nos alcanza.
Realidad: ¡Vamos a sentir que el tiempo no nos alcanza!

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