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Semana 10: Día 68: El Corredor y la Muerte

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Carlos era un tipo común y corriente. Hablaba alemán, pero le decían “El vasco”, tenía un pequeño negocio de electrónica en la avenida Cabildo, y era muy mentiroso en el Truco. Casi siempre sacaba una enorme diferencia respondiendo “Real Envido” con solo 20 para el tanto. Tenía un gato y, aunque no se lo planteaba muy seguido, pensaba que era feliz.

Durante todas las mañanas en que se tomaba el tren desde 3 de Febrero hasta Belgrano R, pasaba por una cancha de fútbol donde un grupo de jóvenes entrenaba. No jugaban a la pelota (lo cual hubiese sido lógico), sino que corrían en círculo. El instante en que los veía duraba muy poco, unos dos segundos, pero cuando tenía la suerte de conseguir asiento, se pegaba a la ventana y giraba la cabeza para verlos el mayor tiempo posible. Lo que más le intrigaba era saber si les divertía hacer eso, o si se sentían obligados. El tren pasaba rápido, las expresiones de las caras eran borrosas, y siempre se preguntaba eso. No pensaba en aquel grupo cuando estaba en su casa o en el local, lo hacía durante ese instante, como si fuese algo importante que volvía a su memoria súbitamente.

Carlos pensaba en otras cosas, como hacemos todos los seres humanos, pero detenernos en ellas solo haría a esta historia más confusa. Nos quedaremos con ese pensamiento, porque se volverá importante en un par de líneas.

Pasaban los días, luego las semanas y después los meses, y ese grupito seguía corriendo alrededor de la cancha sin ninguna pelota. Algunas veces no daban una vuelta, sino que corrían rápido de esquina a esquina. Era una rutina que tenía él, mirar para afuera, y a veces la usaba para medir qué tan cerca estaba de llegar a su destino. Pero un día, algo cambió. Podía parecer insignificante, pero cierta mañana de marzo: llovió. Cuando había mal tiempo, Carlos no miraba por la ventana, porque asumía que el grupo no estaría corriendo (la canchita, después de todo, no era techada). Pero ese día en particular se le ocurrió mirar, y aquello le sorprendió. Los jóvenes no estaban, eso no sorprende a nadie. Pero había uno, solo, dando vueltas, totalmente empapado. Le pareció una cosa increíble. Qué fuerza de voluntad. Correr así, sin que importase nada. No pudo verle la cara, como siempre, pero sintió que esa persona, en ese momento, tenía toda su voluntad puesta en ese acto, y eso sin dudas la hacía feliz.

Siguieron los viajes, la rutina diaria, y el tiempo loco que un día te morís de calor y después viene una tormenta y se inunda todo. Al revés que como le pasaba antes, cada vez que llovía Carlos miraba por la ventana con mucha más atención, buscando a ver si veía de nuevo al joven y si estaba solo o acompañado. Una mañana le agarró un no sé qué y se bajó en Colegiales. Llovía a cántaros y fue caminando hasta la canchita, con la esperanza de charlar con ese corredor que no lo detenía nada. Le daba un poco de vergüenza porque él era un hombre grande, muy fuera de estado, y qué pensaría un joven de un desconocido que se le acerca a hablar. Pero seguro tendría algo interesante para contar.

Cuando llegó a la canchita, protegido por su paraguas negro, estaba completamente vacía. Lo inundó no el agua, sino la desilusión. Abrir tarde el negocio por nada. Detrás suyo, se asomó la Muerte (sí, con M mayúscula).

– ¿Qué buscás acá?

Carlos pegó un salto y el paraguas se fue al piso. Una figura negra, flaca y encapuchada estaba parada donde un segundo atrás no había nada.

– Quería hablar con el pibe este que corre… – respondió Carlos, como si lo hubiesen atrapado haciendo una travesura y tuviese que justificarse.

– Ese pibe que corre sos vos hace 35 años. ¿Ya te olvidaste? – dijo la Muerte. Pero Carlos ya lo sabía. – ¿Qué te pasó? ¿Cómo pasaste de eso al hombre que sos ahora?

– No sé… la vida.

– ¡Jajajajajajajaja!

La muerte rió a carcajadas. Tanto que la capucha se deslizó hacia atrás y dejó ver una blanca calavera empapada. Carlos estaba más intrigado que asustado.

– Lo bueno de ser la Muerte es que no te culpan de nada. Siempre es “la vida”. Así y todo, me personifican a mí y a ella no.

Le tomó mucho coraje, pero finalmente hizo la pregunta:

– ¿Y a qué viniste vos?

– ¿A qué te parece? A correr… – respondió la Muerte, al tiempo que levantaba su manto negro y dejaba ver sus pies esqueleto enfundados en unas zapatillas último modelo, con talón con gel, puntera reforzada y suelas con grip. – ¿Qué pasa? – preguntó la Muerte. – No tengo buen agarre. Intentá correr sin carne ni tendones en los pies.

– Yo… hace tiempo que no corro. No podría… No corro ni al colectivo… Ni siquiera tengo zapatillas, hoy me puse botas de lluv…

Se interrumpió. Carlos se miró los pies, tenía las mismas zapatillas con las que corría de joven. Aunque seguían frente a la misma canchita y seguía lloviendo a cántaros, y el paraguas mojado estaba todavía en el piso, ahora vestía la musculosa de atletismo, el pantalón cortísimo (como se usaba en esa época), medias blancas y las zapas con las que quemaba la pista del Club. Se tanteó la frente y sintió la vincha que le mantenía la transpiración lejos de los ojos, y que ahora absorbía la copiosa lluvia.

– Y bueno… No sos la Muerte si no tenés un par de trucos – explicó la Parca. Se sacó la pesada tela empapada que la envolvía y por debajo asomó un esqueleto enfundado en una musculosa y pantaloncitos. – 3 kilómetros. Es todo lo que te pido. Ni siquiera tengo reglas complicadas: el que llega primero, gana.

Carlos atinó a elongar los cuádriceps, 30 segundos cada pierna. Había cultivado una importantísima panza en estos años, pero en ese momento, nada importaba. Era él contra la Muerte (con mayúscula).

– En sus marcas… listos… ¡fuera!

Empezaron a correr. Carlos sabía que la Muerte tenía una ventaja sobre él: poco peso, lo que equivalía a un mejor aprovechamiento de la energía. En seguida se dio cuenta de lo estúpido que sonaba eso. ¡Era un montón de huesos! No tenía músculos, ni tendones, ni sangre que bombeara glucógeno. Sin embargo… ¡cómo corría! En seguida le sacó una considerable ventaja.

Estaba aterrorizado, no sabía qué hacer. Tres kilómetros le hubiesen parecido tan poca de joven, pero era como si nunca hubiese hecho deporte. ¿Cómo le convenía correr? ¿Primero despacio hasta encontrar su segundo aire y ahí apretar? ¿Apurarse ahora y que sea lo que Dios quiera? Tenía más dudas que respuestas, pero no se dejó vencer. A medida que avanzaba empezó a sentir un dolor en el costado, que pudo controlar al respirar más pausadamente. Entonces, una sensación lo embargó… ¡Estaba corriendo! ¡Bajo la lluvia! Ahora recordaba lo que se sentía, qué cosa tan maravillosamente liberadora.

Pero estas sensaciones de júbilo son efímeras. La Muerte iba ganando, y no parecía que él pudiese hacer mucho para impedirlo. Apretó el paso, perdió el miedo y dejó de escuchar a los músculos y las articulaciones que se quejaban. Si era su última carrera, iba a dar todo de sí. Poco importaba si después quedaba dolorido, porque todo se iba a terminar ahí, en la línea de la meta. Lluvia en la cara y dolor de piernas, era todo lo que sentía. Fue apagando el resto, ignorando el tren que pasaba por el costado, las baldosas flojas que escupían agua. Solo importaba la carrera.

No pudo ni siquiera alcanzarla. A los 3 km, ya adentrados en el barrio de Palermo, la Muerte esperaba apoyada cómodamente contra un poste de luz. Lo miró llegar, con el corazón latiendo a mil, hasta donde estaba ella. Aunque había perdido por escándalo, estaba feliz de haber experimentado una carrera, una vez más. Caminó un poquito, respirando profundamente. Volvió al mismo poste donde estaba la Muerte y empezó a elongar los cuádriceps. 30 segundos cada pierna. Pasó a estirar gemelos, ayudado por el borde del cordón.

– Ganaste – admitió Carlos.

– Siempre gano – respondió la Muerte.

– Entonces supongo que me vas a llevar.

– No – contestó. – Para serte sincero, yo solo quería correr – dijo la Parca, y desapareció.

La lluvia bajaba por la cara de Carlos. Pensó en lo tarde que iba a abrir el local el día de hoy.

La Muerte volvió a aparecer.

– Ok, bueno, perdón. Quise hacer una salida dramática, me diste el pie y no lo quise dejar pasar. Pero bueno, volví porque me queda algo más por aclarar.

– Ya lo sé – se adelantó. – “Correr me salva la vida”.

La muerte negó con el cráneo.

– ¡No seas ingenuo! – respondió. – Ya te dije que nadie me puede ganar. Nadie.

– …¿Correr retrasa a la muerte?

– No lo sé. Quizás. Lo cierto es que la retrases o no, a la larga siempre llego. Nadie me gana, ¿te conté?

– Entonces… ¿para qué volviste?

– Para hacerte una pregunta. Contame… ¿qué sentiste?

– Bueno, pensé que no iba a llegar más, pero–

– No, no. Contame todo. Desde el principio. Qué sentiste.

– Em… al principio no sabía qué estaba haciendo. Estaba en blanco, a los tumbos. Tuve que improvisar. Después me vino todo, empecé a darme cuenta cómo tenía que correr, cómo respirar. Me dio miedo, no quería sufrir. Pero le di para adelante, me animé a exigirme. Dejé de hacerle caso al dolor, al miedo… y en ese momento empecé a disfrutarlo. Llegó un punto en que me di cuenta que se acercaba el fin, y que era inevitable. Pude haberme dejado vencer, pero quise seguir esforzándome. Pensé “voy a abandonar este mundo, lo mejor va a ser darlo todo ahora y así no arrepentirme de nada”. Y cuando estaba llegando a la meta sentí eso, paz. Que había intentado todo, que había dado lo mejor de mí. Me sentí completo.

La Muerte se lo quedó mirando con esos dos oscuros huecos en el cráneo, por un largo rato. Llovía menos, pero las gotas seguían cayendo del cielo.

– Correr es una linda metáfora de la vida, ¿no? – dijo la Muerte. Carlos ya lo sabía, de hecho armó su discurso para que tuviese esa ambigüedad. – En el mundo están los que desean y se arrepienten, y los que hacen y están en paz consigo mismos.

La Muerte sacó de la nada su pesada manta negra y comenzó a cubrirse, hasta calzarse la capucha sobre el cráneo.

– Te agradezco la carrera y la charla -continuó la Muerte, – pero se te hace tarde para abrir el negocio.

Le extendió su fría mano, dio media vuelta y se fue para el lado de Corrientes, silbando bajito.

Carlos, aprovechando el hermoso día de lluvia, decidió caminar hasta el local.

Semana 10: Día 67: Contando hidratos de carbono

Queda muy poquito para partir hacia Misiones y enfrentarnos al desafío de Yaboty. 100 kilómetros no son poca cosa, ni siquiera los 70 del primer día. La mejor forma de hacerlo es “cargando combustible” constantemente, y una forma de hacerlo es comiendo durante el trayecto. Si el cuerpo puede acumular hasta 2 mil calorías y en una maratón se consumen unas 3 mil, en una ultra tenemos por delante un tema a resolver…

El objetivo final de tooooodo este entrenamiento es correr la Espartatlón, 246 km, y para eso ya me adelantaron que voy a tener que consumir muchos alimentos calóricos, y hasta gaseosas para sobrecargar el cuerpo de glucosa. Este ultra-trail es un primer acercamiento, y con Vicky estamos intentando planificarlo de dla mejor manera. Se nos ocurrió llevar comida de marcha, pero hacer la cuenta de lo que vamos a necesitar. Y una buena fórmula que me acercó mi nutricionista es la de dividir el peso corporal por 100, y así se obtiene lo que el organismo necesita por hora. Si no lo ejemplifico, no se va a entender.

Yo peso 67 kg, dividido 100 nos da 67 gramos. Ese número es la cantidad de hidratos de carbono que mi cuerpo va a necesitar por hora. Qué comer depende de gustos personales, de qué toleramos o qué resulta más cómodo. Obviamente serán cosas que pesen poco, como frutas secas, geles deportivos o bebidas isotónicas. ¿Cuánta energía tiene un sándwich de pan lactal y dulce de batata? ¿Cuánto una bolsita de bolitas de cereal con chocolate? Si quiero hacer la carrera en 10 horas, necesito 670 gramos de carbohidratos. Eso nos obligó a leer etiquetas, agarrar una calculadora y hacer cuentas. No tengo problemas en consumir de más, pero para nada quisiera tener de menos.

Mañana, 19:30, parte nuestro micro rumbo a San Pedro. Ya estamos en nuestra dieta libre de fibra, con mucho pan, pastas, banana y arroz. Creo que esta vez sí, en medio de la selva, me va a ser imposible actualizar el blog. Y a mi lado va a estar Vicky, quien tampoco me va a poder ayudar como hizo cuando viajé a Machu Picchu. Pero estimo que, ante tamaño desafío, puedo tomarme estos días de licencia, ¿no?

Semana 10: Día 66: Un buen consejo para una primera carrera

Siempre que nos interesamos por algo y nos agarra esa sensación de temor/respeto/pánico, consultamos a quienes creemos más experimentados. Quizá vayamos a ver a nuestros padres y les pidamos consejo, o es probable que tengamos alguna figura referencial, como puede ser un entrenador, para preguntarle sobre una inminente carrera, y así ahuyentar los fantasmas.

El problema es que, en estos tiempos donde la información está a un click de distancia, podemos cometer el error de experimentar la fórmula de otro atleta el día de la carrera. Y puede resultar en algo desastroso.

Salvando las inmensas distancias, ejemplifico con una cita (de memoria) de un escritor llamado King, Stephen King. En su auto-biografía/manual para novelistas llamado “Mientras Escribo” (On writing), el escritor de Carrie, It y La Zona Muerta contaba cómo hacía para escribir sus best sellers. Con lujo de detalles mencionaba sus rutinas, anécdotas, cómo surgían las ideas, y qué hacía para inspirarse y para aprovechar al máximo el tiempo frente al teclado. Pero, cada tres o cuatro páginas, repetía lo mismo: “Lo que funciona para mí quizá no funcione para ti”. Algo parecido decía Allan Lawrence en “Autoentrenamiento para corredores”, excepto que el bloqueo de escritor no se compara con lesionarse por hacer un plan que no está pensado para nuestro físico o experiencia.

Existen tantas fórmulas que hasta revistas como Runners se contradice, y en el mismo número puede recomendar largar lento en una carrera mientras que otro redactor cuenta cómo empieza lo más rápido posible. Es genial cuando encontramos a un atleta de nuestro nivel con el que compartir técnicas y secretos, pero no existen dos personas iguales. Yo hay ciertos alimentos que no tolero, mientras que otros (como las pasas de uva) sí. Me ha pasado de correr después de haber desayunado, una hora antes, mientras que otras personas ni locas harían actividad física si no esperan dos horas.

Pero el desconocimiento, ante una carrera de una distancia nunca experimentada, obviamente nos dará intriga o curiosidad. Puede que busquemos consejo, googleemos a ver qué dice la blogosfera sobre el tema, y hagamos la prueba el día de la carrera. Eso nunca debería hacerse, porque no sabemos cómo vamos a reaccionar. Y durante la competencia no tenemos margen para equivocarnos (a menos que estemos dispuestos a abandonar y regresar… o esperar que nos rescaten). Los entrenamientos están para eso, para la prueba y error. ¿Te intriga saber qué se siente correr con un camelback?  No esperes al día de la carrera para averiguarlo. ¿Querés saber si tolerás los lácteos mientras corrés? ¿O si podés trotar y comer turrón a la vez? Probalo antes. Nada nos impide descubrir qué es lo que mejor funciona para nosotros mismos. Por eso escuchá a tu cuerpo, experimentá en situaciones que no sean de carrera, y si tenés experiencia y estás hablando con un atleta recién iniciado, aclarale todo el tiempo que tome tus consejos con pinzas…

Cuestioná todo y escuchate solo a vos mismo.

Semana 10: Día 65: Premio a la determinación

El día de ayer hicimos una fiesta íntima en nuestro nuevo depto. Nada ostentoso, panchos (los míos de soja), picada (yo solo comí un poco de queso, tres o cuatro maníes, un par de aceitunas y nada más) y bastante alcohol (para mí solo agua). A pesar de mi autocontrol con la comida y la bebida, me divertí, bailé y hasta fui a atender a dos amables policías que vinieron a pedirnos que bajemos la música.

Me tocó oficiar de co-conductor de la entrega de premios que hicimos en nuestro grupo, y mis pares me premiaron con el premio a la determinación. Por mis dotes de diseñador gráfico me encargué de hacer los diplomas, así que, entre que leía la justificación de los premios y que ya había visto la lista de ganadores, tuve que hacerme el sorprendido y fue el momento más lamentable de la jornada. Pero no dejé de estar agradecido por recibir un reconocimiento. Tuve la oportunidad de ver lo que otros corredores pensaban de mí, y que me tengan en estima es algo a lo que no estoy (ni estaré) acostumbrado. En definitiva hago lo que me divierte, con los sacrificios que eso conlleva. Nada es gratis en la vida, y las cosas buenas hay que “pagarlas” de algún modo, sea alejándose del bowl de nachos con queso o matando la sed con agua en lugar de cerveza.

Así y todo, consantemente me siento luchando contra ciertas tentaciones, como comer a la madrugada, pedir postre (cuando estoy lleno), o terminarme las barras Egran, aunque se supone que tengo que comer un cuarto o la mitad. Soy probablemente un duro crítico de mí mismo, y me cuestiono todo el tiempo cuando no cumplo mis propias reglas. Pero parece que igual mucha gente me considera ejemplo de determinación, y quizá esas pequeñas “libertades” que me doy de vez en cuando no afecten tanto el resultado. A veces pienso si me hubiese tomado más en serio el gimnasio hoy estaría levantando más peso, con un mejor volumen de músculo. Pero tampoco me entra en la cabeza hacer algo “obligado” durante un año. Creo que, aunque podría haber sido más estricto, fui organizándome de una forma en la que nunca nada me sonó a “trabajo”, y las cosas se acercaron más a algo relacionado con la diversión o la distensión.

Pero, casualmente, estoy a una semana de la Ultra trail, así que es tiempo de, ahora sí, ponerse estrictos, comer sin irse de la dieta, y prepararse de la mejor manera para optimizar la energía y darle para adelante los 100 km…

Semana 10: Día 64: Fiesta LionX

Hoy hay fiesta. Llega fin de año, tiempo para ponerse melancólico, mirar hacia atrás para ver los logros obtenidos, y sincerarse con los afectos. El alcohol, siempre presente, como el lubricante social.

Mi compromiso con Semana 52 (autoimpuesto) me mantiene alejado de la bebida (solo agua). Pero descubrí que no hace falta para divertirse. Soltarse cuesta un poquito más, pero tarde o temprano llega.

Hay una tradición en nuestro grupo de entrenamiento de hacer fiestas de fin de año, con un emotivo acto donde tomamos una o varias remeras y las regalamos a nuestros compañeros. Yo soy bastante nostálgico, y guardo estos recuerdos de carreras aunque nunca las vuelva a usar. Tengo la que representa mi primera carrera, la de la primera maratón, esa en la que rompí una marca personal… cada una tiene su historia. Y está bueno poder desprenderse de eso y pasarle la antorcha a un par, o a alguien que está empezando, como un empujoncito motivaciona.

Nuestro grupo se llamó LionX (así, con la “x” en mayúscula). Hace un par de años pasamos a ser Puma Runners, gracias al auspicio de esta marca deportiva. Los que estén en el tema sabrán que Puma auspicia a al menos cuatro entrenadores. Cuando los LionX se mudaron de Palermo a Acassuso (o sea, de 15 cuadras de mi casa a un viaje de 20 minutos en tren) decidí seguirlos, porque llega un punto en que el grupo se vuelve imprescindible. Yo no era el ejemplo de buen compañero (quizá todavía no lo sea), pero hay una química que cuando uno la encuentra no la tiene que soltar.

Aunque ahora somos Puma Runners, también somos LionX, y conservar ese nombre tiene que ver con sostener una historia y una filosofía de entrenamiento. Pero esta costumbre de regalarnos remeras y la votación para unos “premios” (mayor motivador, mayor determinación, el LionX de Oro 2011) elegidos por el voto popular se dejaron de hacer. No sé por qué. Hace tres años que estoy en este grupo y nunca viví esta tradición. Lo cual quiere decir que estamos en un gran momento, porque las nuevas generaciones crecimos, nos animamos a locuras como los 100 km de Yaboty, así que podemos rescatar esta costumbre y celebrar.

Mañana les cuento si me ligué algún premio, por ahora me tengo que ir a atender a los invitados… como si fuera poco, tuve el caradurismo de proponernos a Vicky y a mí de anfitriones, y aprovechar para hacer una inauguración con los LionX/Puma Runners de nuestro nuevo departamento. Ya está sonando la música, los invitados van llegando, así que la fiesta acaba de empezar…

Semana 10: Día 63: ¡Zapatillas nuevas!

He descubierto (hace tiempo, es verdad), la maravillosa sensación capitalista de ir de compras. Máxime siendo que hay una carrera en vista, y que cierto shopping decide hacer una astuta alianza de marketing con una tarjeta de un banco y ofrecer un 25% de descuento.

Yaboty, Yaboty, Yaboty… estoy hablando tanto de esta carrera que el corrector ortográfico del teléfono ni me lo corrige, y ya cuando poso mis dedos sobre la “Y” me autocompleta la palabra. Es cierto, estoy creando un monstruo (encima de una carrera que ya es, de por sí, muy complicada), pero todo lo que puedo hacer es prepararme lo mejor posible y analizarla todo lo que pueda. No estaba tranquilo con mis Puma para correr, modelo Faas, por más que demostraron andar muy bien en carreras de calle. Carecían de buena estabilidad en los tobillos, están más diseñadas para el asfalto y para lograr velocidad. Esta ultra trail precisaba de algo bien diferente.

Sinceramente estaba muy conforme con mis Asics, y grande fue mi sorpresa cuando me avisaron que las que tenía eran un número más chico que mi calzado normal. Eso fue por comprarlas afuera, via internet. Confié en mi habilidad para calcular el tamaño, pero vieron cómo son los norteamericanos, con sus onzas, millas, pies y pulgadas, en lugar de usar las mismas unidades de medición que el resto del mundo. Así fue que le erré y terminé con unas zapatillas un centímetro más pequeñas que las Puma que terminé comprando meses más tarde (y no podía entender cómo es que eran MUCHO más cómodas… bueno, ahí estaba parte de la explicación).

Me quedaba poco tiempo para correr en Yaboty, así que la posibilidad de volver a encargarme unas Asics de afuera estaba descartada. Comprarlas acá, al precio que salen, con los gastos de inscripción y viaje, las hacía un poco prohibitivas. Así que, promoción bancaria mediante, llegó la oportunidad de un descuentazo. Fui a la tienda de Puma a ver si había algo pensado en carreras de aventura, y terminé llevándome el único modelo que tienen para trekking, las Nightfox.

Al principio las noté mucho más duras. Estaba muy acostumbrado a las Faas, que son muy blandas y livianas. Puma está recién incursionando en el calzado de running (no sé por qué, siendo que hace décadas que hacen ropa deportiva), pero tengo entendido que las diseña gente que trabajaba en Asics. No tienen la misma terminación (se nota en ciertos detalles mínimos, como el encolado), pero se nota que están hechas para resistir. Tienen amortiguación con gel, unas suelas con un diseño para mejor agarre, y huecos para dejar escurrir si uno hunde los pies en el agua. Esto podría parecer peligroso porque se supone que las vamos a usar en terrenos al aire libre, entre piedras y ramas, pero además cuenta con una malla metálica para que uno no se pinche.

Desde que me las puse tenía 10 días para la carrera, así que las usé en todo momento. Voy a llevarlas por lo menos 10 horas el primer día, así que necesitaba ablandarlas. En el entrenamiento, con mis propias plantillas (esencial) anduvieron bien, y aunque me resultaron bastante duras, a los dos o tres días ya no las sentía tan diferentes. Falta la prueba de fuego, allá en la naturaleza, y veremos cómo se comportan. Pero por ahora se la bancan, y el color queda bien con la remera de los Puma Runners, así que eso terminó de cerrar el trato.

En este caso, pertenecer a este grupo de entrenamiento no me otorgó ningún descuento extra para comprarlas, y aunque me encantaría hacer un canje y estar constantemente probando calzado y accesorios a cambio de publicidad, todavía no estoy en la mira de los ejecutivos de marketing. Pero estas zapatillas son una suerte de experimento, porque llegué al local sin saber que existían y ahora tengo la intención de probarlas en una durísima carrera. Además de que las voy a castigar muy duro, me han dicho que por el tipo de tierra que hay en Misiones, cualquier zapatilla que lleve volverá completamente roja y jamás en mi vida voy a poder quitarle del todo esa tinta. Así que las compré sabiendo que quizá solo sirvan para esta carrera y nada más. Aunque salen la mitad que unas Asics, no me molestaría que sobrevivan y que pueda llevarlas a otra competencia. Pero, por ahora, tienen que sobrevivir a los 100 km del ultra trail…

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