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Semana 7: Día 49: 20 beneficios de Pilates para corredores

Seguimos avanzando con Pilates, disciplina que descubrí gracias a Vicky y que tengo a dos cuadras de mi casa. Realmente ha sido todo un descubrimiento, porque tenían varios preconceptos y, aunque no dudaba de su eficacia, me imaginaba que era algo más relacionado con la relajación que con el fortalecimiento.

Voy a confesar una cosa que los que me conocen ya saben: soy muy chueco. Camino encorvado, levanto un brazo más arriba que el otro al correr, ando siempre torcido… es algo que el entrenamiento me ayuda a corregir. Pero las asimetrías de mi mecánica corporal deficiente hace que algunos músculos trabajen más que otros, lo que podría derivar en molestias y lesiones, así como accidentes y desgarros. Lo que hace a Pilates es crear un núcleo y una columna vertebral más fuertes y flexibles. Para cualquier corredor, la postura es clave, y debemos fortalecer los músculos para correr con arnmonía y estabilidad.

Cuando corremos, la columna lumbar recibe continuos impactos, que aunque son pequeños, repetidos una y otra vez y a largo plazo, llegan a causar fisuras en el cuerpo vertebral y daños en el anillo fibroso intervertebral (común en corredores de larga distancia). Los corredores deben trabajar especialmente la musculatura profunda de la zona abdominal. Quizá sea un poco pronto para que yo pueda er los beneficios de Pilates en mi desarrollo atlético, pero esto es lo que nos espera a quienes practicamos habitualmente estos ejercicios y que además nos gusta correr:

1. Se mejora la alineación general del cuerpo.
2. Mejora la estabilidad escapular.
3. Mejora del balance y equilibrio.
4. Provee mayor flexibilidad.
5. Fortalece los músculos
6. Fortalecimiento mental para mejorar la capacidad de concentración tan importante en el momento competitivo, ya que Pilates es un ejercicio de mente-cuerpo.
7. Desarrollo de ritmo y secuencia de movimientos, mejora en la coordinación y control en los movimientos.
8. Mejora en capacidad aeróbica.
9. Desarrolla la habilidad de jugar con la gravedad para no sobrecargar los músculos.
10. Conciencia en la respiración correcta y profunda.
11. Desarrolla conciencia corporal entendiendo esta como fuerza mental y física.
12. Potencia la musculatura de la espalda de manera uniforme.
13. Alargary alinea la columna vertebral, para una mejor estabilidad.
14. Amplía el diafragma, aumentando la oxigenación y la resistencia.
15. Aumenta la amplitud de movimiento en las caderas y los hombros.
16. Mejora la concentración a través de una respiración enfocada.
17. Proporciona una postura de carrera más vertical.
18. Ayuda a que los órganos se recuperen más rápido de las lesiones.
19. Permite correr de manera más eficiente en subidas, con una musculatura estabilizada, así como  en bajadas, con una región ciática más fuerte y equilibrada.
20. Evita la tensión en cuello, cabeza y hombros, lo que disminuye la fatiga y evita correr con dolor.

 

Semana 7: Día 47: Cuestas nocturnas

Hoy nos dedicamos a entrenar cuestas con Vicky. Generalmente es algo que hacemos de día y no de noche. Y lo hacemos sin peso extra, no cargando una mochila que debe tener unos 8 kg. Pero estamos preparándonos para La Misión, y ahí están puestas todas nuestras expectativas.

Uno imaginaría que correr es agotador, pero caminar también lo es. El 95% del tiempo que estemos en la montaña, seguramente estemos caminando, y hoy pusimos eso en práctica… ¡y cómo nos cansamos! Cuesta creer que mi cuerpo pesaba lo mismo que sumábamos ahora mi carga y yo. Ese peso de menos me hizo una gran diferencia en mi velocidad y mi resistencia. Ahora, sin grasa, puedo sufrir más el frío, pero sin dudas ser más ligero me ayudó mucho. No parece que antes podía cargar tranquilamente una estructura corporal de 78 kg.

El entreno de esta noche nos confirmó que necesitamos algún tipo de amortiguación en las correas de la mochila, porque cargar todo eso termina teniendo su impacto en los hombros. En el trayecto me empezó a agarrar mucha hambre, y por suerte tenía una ración de pasas de uva. Mientras las comía pensaba en todo lo que iba a tener que llevar durante el trayecto para estar bien alimentado. Otra cosa que estuve muy agradecido de haberme llevado fue la linterna frontal, porque aunque había luz de la calle que iluminaba bastante, ciertos sectores estaban en completa oscuridad. No queremos tropezarnos y rompernos a tan pocos días de La Misión.

Quizá no lo sepan todavía, pero esta carrera nos tiene muy emocionados.

Semana 7: Día 46: Mi abuela corredora

Hay ciertas imágenes que te van echando inevitablemente de la infancia. Cuando ves a un adulto llorar, el momento en que te encontrás con el primer desnudo del sexo femenino, o esa triste tarde en que tu perro se va al Cielo. Los adultos nos preparan para creer en el Ratón Pérez y en Papá Noel, nos protegen de las malas palabras y los programas violentos y nos siguen proveyendo de juguetes aunque nos duran un suspiro. Ellos intentan que la niñez se estire lo más posible, pero el mundo adulto se va colando en nuestra vida y eso nos hace cambiar de a poco.

Una de esas imágenes imborrables que me hizo replantear mi existencia fue una vez que mi abuela María nos llevó a la calesita. Ella vivía en el barrio de San Martín, e íbamos a visitarla desde Banfield todos los fines de semana. El viaje duraba una hora, pero para nosotros, que teníamos unos pocos años, nos parecía una eternidad. A veces nos dejaban al cuidado de ella, que nos regalaba caramelos Sugus y nos hacía el té con leche y galletitas. No voy a disimularlo, la adoraba. Era la mamá de mi papá, andaluza de nacimiento, casada con el policía retirado Casanova.

Como cualquier niño, la calesita nos emocionaba. No me gustaba particularmente dar vueltas, sino que lo que yo quería eran dos cosas: primero, subirme al caballo, que subía y bajaba. Eso sí me resultaba emocionante (y era lo más parecido a un parque de diversiones que me animaba a enfrentar). Lo segundo era la posibilidad de obtener la sortija, y ganarme otra vuelta. Esa tarde en que mi abuela nos llevó a mi hermano Santi y a mí a la plaza, estábamos particularmente ansiosos. Cuando estábamos a una cuadra, nos soltamos de la mano de la Abuelita María y empezamos a correr como locos (imaginen a dos hermanos mellizos corriendo desaforados, vestidos iguales, pero uno más alto que el otro).

Mientras corría, contentísimo porque la diversión estaba ahí adelante, noté que habíamos dejado a mi abuela atrás. Me di vuelta para llamarla, y la vi corriendo atrás nuestro, matándose de risa, mientras se levantaba un poco la pollera para poder correr mejor. Y me partió el alma darme cuenta de que mi hermano y yo éramos más veloces que ella. ¿Cómo podía ser, si yo la admiraba tanto? ¿En qué cabeza infantil cabía la posibilidad de que uno pudiese superar físicamente a un adulto? En nuestro inocente razonamiento, mientras más grande eras, más fuerte y rápido. Ahí empecé a entender que no era así.

Mi abuelita María siempre me contaba historias del pasado. En España eran tan pobres eran (y esto no es broma), que la bisabuela le metía el dedo en el culo a las gallinas durante la noche, para saber si a la mañana iban a tener huevos. Un día decidieron escaparse de la miseria, se tomaron un barco, y llegaron a la Argentina. Se establecieron en Mendoza, y si mal no recuerdo, de adolescente fue princesa de la vendimia (disculpen si no soy muy preciso con estos recuerdos que ya están cumpliendo tres décadas). Ella, de chica, solía jugarle carreras a otros niños. Corría en sandalias y, me confesó entre lágrimas, era muy veloz.

Cincuenta años después de estas competencias de su infancia, sus nietos salían disparados como locos hacia la calesita y ella intentaba alcanzarlos. Se reía mientras corría, seguramente porque se acordaba de cuando era una niña y, aunque corriese en chancletas, nadie podía vencerla.

Semana 7: Día 45: A un mes de La Misión

Cada día me prometo actualizar el blog más temprano, lo más lejos posioble de la medianoche. Cada vez fracaso estrepitosamente. Pero sigo intentando.

Qué va a ser La Misión, qué vamos a sentir, cómo lo vamos a vivir… es un misterio par nosotros. Imaginamos que va a ser algo parecido a Patagonia Run, quizá un poquito a Yabotí. Son nuestros únicos referentes de ultramaratones. Pero no creo que estemos muy lejos de lo que realmente va a ser. Yo tardé 9 horas en hacer 45 km en la Cordillera, así que supongo que en Villa La Angostura será lo mismo. Vicky le puso unas 11 horas a 57 km, así que no es descabellado calcular que podemos hacer 50 km en 10 horas, o sea en un día.

Mientras planeamos e ideamos nuestra estrategia, entremanos con la mochila. Tratamos de que tenga un peso “real”, con las verdaderas cosas que vamos a llevar. Se siente como un ensayo más que un entrenamiento, y el estreno va a ser el 12 de diciembre. Hay nervios, le tememos al pánico escénico, pero seguramente vamos a pasarla muy bien. Eso no quita que suframos, nos agotemos y hagamos el eterno juramento de “quién me trajo acá, no hago esta carrera nunca más”.

La mochila me resultó más liviana de lo que me esperaba. Es cierto que no tengo “todo” lo que tendría que llevar, pero supongo que la cargué con el 95% del equipo obligatorio (más algo de comida). La de Vicky es un poco más chica (25 litros contra los 35 míos) y eso le preocupa un poco porque cree que no le va a entrar todo lo que está obligada a cargar. Lo iremos viendo, aparentemente haberse puesto una bolsa hidratadora le haya quitado espacio y agregado peso. Unas caramañolas colgadas con una tira cruzada puede ser una buena alternativa.

Los entrenamientos de ultramaratones son verdaderos ejercicios mentales. Más que correr, uno camina, y la cabeza trabaja sin parar. Las piernas también se esfuerzan el doble, y no tengo del todo claro por qué. Mis cuádriceps duelen más de lo habitual, y eso que hoy no hicimos ninguna cuesta, solo trote y caminata.

No sé si puedo ser capaz de enfatizar lo soñada que es esta carrera para mí. Cuando empecé en el grupo de los Puma Runners, hace unos cuatro años y medio, veía con esa admiración de lo inalcanzable el poder correr La Misión. Sabía que había distancias intermedias, y cuando empecé el blog de Semana 52, mi primera meta fue, en un año, llegar a correr la Half, que son 80 km. Esa era mi meta lejana. Nunca la cumplí oficialmente, aunque superé esa distancia en otras ultramaratones. Pero en ese entonces (agosto de 2010) no se me cruzaba por la cabeza hacer 160 km. Eso era algo titánico, imposible para mí. Y estar preparándome para hacerlo, con la total confianza de que tengo la experiencia y el entrenamiento necesario para llegar a la meta, me hace sentir una emoción muy especial.

Pocas veces en mi vida pude reconocer que llegué lejos. Tachen eso. Jamás, en toda mi vida, me encontré reconociendo que había llegado lejos. Solo con el running. Me siento confiado y feliz, gracias a todo lo que pude aprender en estos últimos años. La Misión hubiese sido una buena excusa para colgar los botines y dedicarme a otra cosa… pero se me metió en la cabeza la maldita Espartatlón… y ahora no quiero parar hasta los 246 km. Sin embargo, nunca hice 160 km, y si los puedo conquistar en 30 días, va a ser un antes y un después para mí…

Semana 7: Día 44: No corres para que te entiendan

Si fuiste o sos corredor, habrás pensado que nadie te entiende. Bajás de peso, adelgazás, y en seguida te empiezan a etiquetar de anoréxico, y hasta hay quien se imagina que estás enfermo.

Si por esas casualidades decidís cuidarte con las comidas, eliminar las grasas, aumentar la cantidad de frutas y verduras, seguramente crean que te volviste obsesivo con la comida, que estás en la onda light y que te dejes de joder y te comas un asado (bueno, quizá se lo digan más usualmente a un vegetariano que a un deportista, pero quizá hayas pasado por algo parecido).

O puede que nunca te haya pasado esto porque todavía no estás corriendo o recién empezás, así que te adelanto que probablemente vas a pasar por alguna de estas situaciones. La verdad es que probablemente, una vez que te pique el bichito del running, tus allegados no te entiendan. “Yo no corro ni al colectivo” se va a convertir en una de las frases que más vas a escuchar. De a poco te vas a ir rodeando de otros atletas que sí te van a entender, y ellos sí sabrán lo que es sentirte en la gloria una vez que cruzás la meta, y lo valioso que es todo el esfuerzo que estás poniendo por vos mismo.

Pero no corrés para que los demás te entiendan. Si esas son tus intenciones, estás al horno. No me imagino que una persona empiece a correr porque busque aceptación. El esfuerzo que hay en el hecho de prepararte y salir a correr una, dos o tres veces por semana es algo que solo se sostiene con determinación. Si los objetivos y las motivaciones son claras, vas a descubrir que tus limitaciones físicas están más lejanas de lo que pensabas.

Probablemente corres o vas a hacerlo porque querés entenderte mejor a vos mismo. Seamos honestos, nunca llegás a conocer del todo a los demás, ni siquiera a tu pareja de toda la vida. Quien más te conoce sos vos, y ni siquiera vas a conocerte a fondo. En la acción de correr podés aprender más de tu persona, de hasta dónde llegás, qué cosas te hacen funcionar, qué te tira abajo. Es el momento en que la cabeza se relaja y deja que el cuerpo lleve la batuta, y eso te permite pensar más allá, poner las cosas en perspectiva y darle a los problemas la verdadera dimensión que tienen.

Yo aprendí a entenderme gracias al running. Entre las cosas que aprendí está lo de no esperar que otros me entiendan, y a darme cuenta de que a la larga todos buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo. Correr, esforzarme y disfrutar del aire libre ha sido la mejor actividad de autodescubrimiento que hice en toda mi vida. Quizá, si corrés, me entiendas. ¡No espero que lo hagas! Yo me entiendo (y me conozco), y eso me da mucha tranquilidad espiritual…

Semana 7: Día 43: Malos consejos

Soy una de esas personas a la que le atormentan un poco los errores. Las veces que me equivoqué me dan vueltas en la cabeza, cuando dije eso que no tenía que decir, o cuando defendí aquello que era bastante errado, pero que yo estaba convencido de que era lo correcto. Creo que lo que más me obsesiona son esas cosas que nunca sabré. Por ejemplo, podría identificar a todos los niños de la primaria que me hacían la vida imposible, que me molestaban o se reían de mí… y seguramente ellos ni siquiera lo saben. Ese desconocimiento, para mí, es terrible, porque existe una alta posibilidad de que haya otra persona en este mundo que recuerde su infancia y que tenga mi imagen como la de alguien que vivía molestándola (y yo sin saberlo).

En ese contexto (de hacerme problema por cosas que no sé si existen) está el de haber dado malos consejos. Me da escalosfríos el hecho de pensar en haber querido aconsejar a alguien y, en el proceso, haber empujado a alguien a una situación penosa. Todos opinamos y lo hacemos unas 24 horas por día. No importa si sabemos mucho de un tema, igual lo hacemos. Somos expertos en fútbol, en política, en metereología y en astrofísica. Y lo mismo sucede en cada ámbito de la vida, como es el running.

Cuando armé Semana 52 quise que este blog fuese un diario de mi experiencia en esto de entrenar con determinación. No pude evitar, apenas empezado, a dar consejos, y realmente no sé si fueron buenos o no, porque la terrible realidad es que lo que funciona para una persona, no necesariamente funciona para otra. Quizá yo aconseje dar el 110%, algo que a alguien le provoque una lesión. Yo mismo he escuchado cosas que no me han servido para nada, como subir una cuesta arqueado. La experiencia es la mejor consejera.

¿Puedo correr una carrera de aventura con zapatillas de calle?

¿Qué me conviene desayunar antes de una carrera?

¿Es preferible buscar mi ritmo o esforzarme por seguir a alguien de mi nivel?

Todos podríamos dar una opinión sobre estos y por cualquier otro tema. Y quizá, dependiendo de a quién le preguntásemos, tendríamos muchas respuestas distintas.

Si se me permitiera dar UN solo consejo, uno que me deje dormir tranquilo por las noches, sería el siguiente: Olvidate de todo lo que digan los demás, y hacé tu propia experiencia.

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