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Semana 6: Día 42: El 12/12/12

Nos gustan los números. Son abstractos, pero aunque no los podemos tocar, nos fascinan. Los usamos para medir distancias, velocidades, costos, y fechas. En 2010, exactamente el 10 de octubre, corrí mi primera maratón. Fue una fecha muy especial, no sé si planeada o lo quiso la casualidad, pero fue el 10/10/10. Un año y un mes después, se me ocurrió que era una buena idea hacer una carrera de 11 kilómetros, coincidiendo con el 11/11/11, a las 11:11 de la mañana. Mientras lo hacía, en un entreno absolutamente íntimo (y caluroso), me imaginé que la última vez que iba a poder repetir un evento tan cabalístico iba a ser el 12/12/12.

Pero no tuve en cuenta que en esa fecha voy a estar largando La Misión, un ultra trail al que le tengo ganas desde hace muchos años.

No inventé nada. Todos andaban obsesionados con esa simetría numérica que, en el fondo, no significa nada. A las 12:34:56 del 7/8/90 estaba en séptimo grado y se me pasó por completo. Pero a veces nos hacen falta estas excusas para dar un primer paso, dar un volantazo en nuestra vida, intentar algo diferente. Doce kilómetros, para quien está recién empezando, es una tarea titánica. Cuando hice mis primeros diez quedé absolutamente avatido, con dolor en los talones, ampollas… una gran sensación de orgullo, pero tuve que pagar un precio físico. Por eso reconozco que no sería algo para cualquiera.

Pero falta poquito más de un mes. No es una distancia inalcanzable, aunque difícilmente se pueda hacer en menos de una hora (al menos yo no puedo o andaría muy justito). O sea, es un desafío para cualquiera, incluso para los más experimentados. Así que es una idea que la tiro al aire y la regalo para el que quiera tomarla. No existe el 13/13/13 (exceptuando en Los Simpson, en el capítulo de Halloween), y para el 7/8/90 faltan más de 81 años. Esta puede ser la oportunidad de inventar tu propia anécdota, para postearlo en tu muro o para contársela a tus nietos. Si te pinta hacerlo, compartilo conmigo. Yo voy a estar subiendo la montaña, y acercándome lentamente al día de mi cumpleaños número 35. Es un número que me gusta…

Semana 6: Día 40: Caos en la ciudad

Hoy fue uno de esos días. Empezó con algunos rumores, ninguna certeza. Se empezó a correr la voz de que el tren que iba a Tigre estaba fuera de servicio. Es nuestra vía más rápida para llegar desde Belgrano a San Isidro. Hay otro tren, la línea que va a Bartolomé Mitre, que nos acerca, pero Vicky tenía el dato de que ya llevaba 45 minutos de demora. El ferrocarril dejaba de ser una opción. Así que salimos una hora y media antes y encaramos el colectivo.

Pero claro, tuvimos que atravesar las calles a las 6 y media de la tarde, hora pico. Arriba del 168 nos enteramos de que en algunos barrios no había luz. Y se comprobaba en la Avenida Cabildo, donde ningún semáforo funcionaba. Los negocios tenían todas sus luces apagadas. La basura seguía amontonada en las esquinas. Y hay casas que no tienen agua desde hace unos días. Un amigo dijo que esto parecía el huracán Sandy pero sin Sandy.

Igual, de tercos que somos, quisimos ir a entrenar. Superamos todo esto más el calor, y llegamos finalmente a nuestra parada, y alcanzamos el punto de partida del entrenamiento arañando las 8. Todavía había algo de luz, pero las lámparas de la calle estaban apagadas. Y así se mantuvieron toda la noche. Ya no era algo de Capital Federal, esto era sin lugar a dudas provincia de Buenos Aires.

Con pulseras de luces fluorescentes salimos, yendo con extremo cuidado. Los autos iluminaban unos segundos cuando pasaban, pero en general era oscuridad casi total. El Hipódromo tenía luces en todas sus cuadras excepto en Dardo Rocha, que es donde hacemos base. Fue por esto que armamos un circuito con forma de “C”, para ir siempre por las zonas iluminadas. Sin embargo, siempre tenemos que terminar en la base donde está nuestra agua y utensilios personales, así que teníamos que andar unos metros casi a tientas. Es una sensación muy extraña correr sin poder ver donde se pisa. La pulsera les advertía a los que venían de frente de que nos aproximábamos, y eso era todo. Después era esquivar uno o dos metros antes de la colisión segura, y tratar de dilucidar dónde estamos pisando para no tropezarnos y rompernos el cráneo. Y al miedo de sufrir un accidente le teníamos que sumar ese bendito calor que nos pega la remera al cuerpo, nos baja la presión y nos molesta para dormir.

Este fue uno de esos días. Todavía no sé qué pasó con los trenes ni por qué se cortó la luz (¿fueron los aires acondicionados? ¿Soy parcialmente responsable?). Al menos sé que hizo un calor sofocante porque estamos cada vez más cerca del verano…

Semana 6: Día 38: El Protegido

El título de este post debería ser “El Irrompible”, nombre que la El Señor que Traduce las Películas no le quiso poner a “Unbreakable” (2000), la segunda película que vi de M. Night Shyamalan. Descubrí a este director, como tantos otros, con Sexto Sentido, la del niño que ve gente muerta (all the time). Ambas, protagonizadas por Bruce Willis, tienen muchas similitudes (situación fantástica, relación entre adulto y niño, cameo pretensioso del director, giro sorpresivo al final), lo que hizo que “El Protegido” (somo se terminó llamando) me decepcionase un poco.

Pero… esta película tiene varias cosas que me gustaron. Quizá la más importante sea el homenaje al cómic. No a la “estética”, que es cuando intentan hacer que el film sea en blanco y negro, alto contraste, línas cinéticas, pantalla dividida en cuadritos (¿existe el “estilo cine”, por ejemplo?). En El Protegido aparece un coleccionista de cómics, Elijah Price (Samuel L. Jackson), que tiene una galería de arte y vende originales y primeras ediciones de historietas clásicas. También lo podemos ver entrando a una tienda, la cuestión más comercial y mundana de las viñetas. Pero aunque Shyamalan no leía cómics, hay análisis muy interesantes sobre la composición visual de un héroe y un villano, motivaciones, habilidades y debilidades. Daniel Dunn, el protagonista (Bruce Willis), tiene un guiño a la historieta clásica, en donde era común que los personajes tuviesen las mismas iniciales: Peter Parker, Matt Murdock, Reed Richards, Silver Surfer, Daredevil, Martian Manhunter, Bruce Wayne, Clark Kent (estos dos últimos al menos suenan parecido, lo que se llama “cacofonía”, y no se asuste si no le suena ninguno).

Elijah sufre de Osteogenesis imperfecta, una rara enfermedad que hace que sus huesos sean increíblemente frágiles. Basta tropezarse para romperse todos los huesos. Tiene una teoría que suena lógica: si él es muy frágil, tiene que existir lo opuesto, alguien muy fuerte. Así se pone a buscar en las noticias hasta que descubre a Daniel, un sobreviviente de un accidente de tren, del cual es el único sobreviviente y no sufre ni un solo rasguño. Elijah lo convence de que hay algo especial en él (a pesar de que tiene una vida tristísima y su mujer ya no lo quiere), y en el climax de la película sale a probar a ver si es cierto.

La película está bien, y creo que la habría disfrutado mucho más si no hubiese existido Sexto Sentido.

Ahora bien, mientras algunos sueñan con volar, ser muy rápidos o tener visión de rayos-X, a mí me encantaría ser Daniel Dunn. Tener esa dureza para salir “milagrosamente sin heridas” de un choque de trenes. Y en el fondo tengo la fantasía de que soy irrompible, y de que nada me puede suceder. Hasta que me resfrío, me da osteocondritis, o me corto con una hoja de papel. Estoy lejos de ser “El Protegido”… pero aceptaría gustoso poseer su fuerza y resistencia…

Semana 6: Día 37: ¿Cómo reemplazar los lácteos?

Soy el hombre que sufrió los dos males. Primero no consumía lácteos, y tuve que acostumbrarme. Después, tuve que buscar la forma de reemplazarlos.

Todos sabemos de la importancia de las proteínas, sobre todo por el aporte para nuestros músculos. Cuando empecé a ir a la nutricionista para aprender a alimentarme correctamente, me armó una dieta con un montón de yogurt, leche y queso crema. Le dije que casi no consumía lácteos, que no me gustaban, y me dijo que eran la mejor fuente de proteína de alto valor biológico. Con toda esa fuerza de voluntad y empuje que uno tiene cuando empieza un nuevo régimen, hice el esfuerzo y empecé a desayunar (cosa que no hacía). Me costó, pero lo incorporé y se volvió la comida más importante de mi día.

En estos dos años, me hice abonado al yogurt Ser de vainilla. Ya era automático, compraba el sachet y lo liquidaba en tres o cuatro días. También incorporé leche chocolatada como colación post gimnasio. Hasta ahí todo bien, aprendí a tener una rutina y a no descuidar mi nutrición. Algunos meses aumentaba la cantidad de músculo, otros bajaba un poquito, casi siempre se mantenía igual.

Luego mi nutricionista, la misma que me convenció de incorporar lácteos en mi dieta, me comentó de un libro que le habían pasado, The China Study, que le había hecho replantearse todas sus creencias. Se lo devoró en una semana. Me lo prestó, y a mí me tomó poco más de un mes atravesar por esas 400 páginas de datos, investigaciones y anécdotas. Esa reconciliación que yo tenía con la leche y sus derivados se desvaneció al instante.

Empecé a contemplar volverme vegano, sabiendo que mi principal dificultad iba a ser volver a ingerir la cantidad suficiente de proteína. El libro aseguraba que se obtienen los mismos resultados recurriendo a los vegetales. Quizá se tarde un poco más, pero se llega a lo mismo. Decidí averiguar si era cierto, y aquí estoy, veganeando con el apoyo de mi nutricionista y Germán, mi entrenador. Ambos, con las dificultades de ser padres, intentan a su manera pasarse a las proteínas vegetales.

¿Y qué hacer con mi desayuno? Tras dos años de perfecta armonía (yogurt+cereales), ¿cómo seguir?

Fui al Barrio Chino, donde hay muchas opciones para el vegano. Encontré una bebida de soja que venía en botellita. Era un poco más cara de la leche, y aclaraba en su etiqueta que no provenía de soja transgénica. No es algo que me quite el sueño, pero en las casas naturistas lo toman como un valor agregado. Tenía azúcar, cosa que también tengo ganas de eliminar, pero si conseguía reemplazar con esto el yogurt iba a ser más que feliz. El primer desayuno fue muy bien. No estaba mal, quizá era demasiado fluido para mi gusto, pero zafaba. El segundo día estuvo bien, el tercero bueno, era lo que había, y el cuarto ya no me gustaba tanto (por suerte, a medida que mi descontento con esta bebida crecía, el contenido se acababa). Volví a comprar, al principio me gustó, y siempre llegaba al cuarto día y me parecía un brebaje espantoso. Quizá tenga que ver con que se venza, o que se asienta demasiado la soja, o que el entusiasmo de la compra lo hace parecer más rico, pero lo cierto es que no me terminó de convencer.

Un día en el supermercado, de casualidad, en unas cajas amontonadas en la cabecera de una góndola, vi unos packs de Ades sabor natural. Le pregunté a un repositor si podía agarrar de ahí (casi parecía como si los fuesen a tirar), me dijo que sí, y me lo traje a casa para probarlo. El gusto estaba MUY bien, y se mantuvo bien con el correr de los días. Tenía azúcar, algo que parece inevitable en estos días. El gran problema fue que el Ades natural es algo así como el Santo Grial. No me da ponerle el que tiene gusto a naranja o ananá a los cereales, y esta versión sencilla y clásica escasea y no siempre hay. Las veces que la vi me compré 4 o 6 cajas (total, un cartón me dura menos de una semana). Asei me mantenía hasta que se acababa.

En la dietética intenté variantes, como la leche de coco, pero me resultó un espanto empalagoso. Así iba y venía, probando, hasta que alguien me recomendó la leche de almendras. Pero no me dijeron que la compre, sino que la haga.

Yo, que soy bastante inútil en la cocina (si no me creen, pregúntenle a Vicky), encontré que es muy sencillo hacerlo. La noche previa dejo unas almendras en romojo (unas treinta, aproximadamente). A la mañana tiro el agua, agarro la mini-pimer, le pongo agua mineral a una jarra y le tiro las almendras. Pica, procesa, troza, pica, procesa troza, hasta que se hacen trocitos diminutos. Filtro el líquido con un repasador, tomo la pasta, la vuelvo a echar en el envase, más agua, y de nuevo a procesar. Así unas cuatro veces. Parece trabajoso, pero si no queda un polvillo que pica la garganta. Esto me termina dando un litro y medio o dos de bebida. Le echo un poquito de esencia de vainilla, cinco sobres de Splenda (endulzante sin azúcar) ¡y listo! Desayuno de campeones.

Las almendras aportan muchas proteínas, y esta bebida es ideal para echarle a los cereales. No tiene contras, simplemente es genial, y me da la enorme satisfacción de hacer algo en la cocina y que quede RICO. Tómese bien frío.

Semana 6: Día 36: Potencia en las piernas

Hoy fue uno de esos días en el entreno de los Puma Runners donde trabajamos mucho las piernas. Parece algo obvio, corriendo entrenamos básicamente el tren inferior, pero en este caso combinamos mucha cuesta con progresiones.
El objetivo está puesto, desde hace meses, en La Misión. Vamos a estar caminando muchas horas, y en ascenso. Por eso dependemos de nuestras piernas, de que sostengan nuestro peso y el de la mochila. En la montaña hay poco (o ningún) margen de error.
Me siento bastante preparado, aunque el entrenamiento fue bastante agotador. La vi muy bien a Vicky, quien a pesar de que iba a su ritmo, con su música, estaba codo a codo conmigo. Se ve su progreso en su postura, en su resistencia, en la forma que tomaron sus piernas. ¿Se notará esto en mí? No tengo parámetro, no sé cómo me veo corriendo y si cambié algo en estos años…
Creo que vamos a hacer una muy buena carrera. El objetivo, más que nunca, es llegar, pero me da la impresión de que estamos bien preparados. Hay cosas imprevisibles (como el clima), pero superando entrenos como el de hoy, con bastante calor y muchas cuestas, siento que estamos en el camino correcto. ¡Qué ganas de que ya sea diciembre!

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