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Semana 48: Día 336: Instagram alimenticio

Avena, pasas de uva y manzana verde

Avena, pasas de uva y manzana verde

No me volví uno de esos aspirantes a fotógrafo que levantan cualquier cosa con un filtro. Pero me abrí una cuenta a Instagram porque quería twitear las cosas que voy cocinando, en especial ahora que me estoy haciendo dos jugos por día… pero por alguna extraña razón el celular no me adjuntaba las fotos. Así que, en un rapto de aburrimiento, me instalé el Instagram.

Probablemente no lo use para otra cosa, pero me pareció un divertido complemento a Semana 52, en especial ahora que estoy por cumplir un año de vegano (y terminar el tercer año del blog). Como lo tengo asociado con el tweeter y con mi cuenta personal de Facebook, todos se pueden enterar de qué pasa en mi cocina.

Evidentemente el gran cambio en mi dieta en este último mes ha sido el tema jugos. Todavía estoy experimentando, y ya puedo compartir algunas conclusiones:

  • Los jugos hechos solo con hojas verdes (lechuga, brócoli, espinaca) son un poco fuertes para el estómago. Kordich recomienda combinarlos con manzana o zanahorias, algo que corte un poco con el verdor. Por sí solos no son ricos, por más nutritivos que sean. Además la lechuga, aunque no sea muy colorida, termina largando un jugo muy pero muy verde (clorofila al extremo).
  • El kiwi vuelve ácido y muy espeso a cualquier combinación. Me hice un jugo de zanahoria y mandarina y le di un solo sorbo. Riquísimo. Pero no llené el vaso y me habían sobrado unos kiwis, así que los metí… y arruiné una bebida que me había encantado. A todo le quedó el mismo sabor amargo y una consistencia de sopa crema. Ojo, no era feo, pero estaba muy lejos de ser el elixir que originalmente había creado.
  • La práctica hace al maestro. Después de una semana de hacerme dos o tres jugos diarios, corto las frutas y verduras con mucha cancha, y el lavado de la juguera es más eficiente que nunca.
  • La zanahoria, por más que sea una verdura, da un jugo dulce.
  • Los jugos son muy llenadores, un vaso alcanza de colación para llegar sin hambre a la siguiente comida.

Pero aunque estoy muy contento con mis jugos, mi nutricionista ya me advirtió via mail que no son un reemplazo de comer frutas y verduras, porque me pierdo los aportes de fibra, semillas, etc. Yo creo que, como todo, es cuestión de equilibrar. Por ahora estoy en etapa experimental, pero como muchas personas creo que si no mastico no me estoy alimentando. De todos modos con los jugos sé que estoy consumiendo más frutas y verduras que antes. Eso también preocupa a la nutri, que teme por un exceso de azúcares (aunque sea de origen natural). Veremos.

Por ahora mi mayor descubrimiento, en el campo que no sea jugos, es combinar la avena con cuadrados de manzana y pasas de uva. A eso le sumo leche de soja y queda espectacular. Está ahí, en la galería, para su deleite. Desconozco si se puede acceder al Instagram sin una cuenta (supondría que no), así que acá resumo mi catálogo alimenticio, desde la mesada de mi cocina hasta su pantalla.

Semana 48: Día 335: Dolores fugaces

Esta escena, si no es conocida, desayúnensela.:

Venís corriendo, feliz de la vida. El sol te calienta el rostro, hay mucho verde a tu alrededor. Las zapatillas te calzan cómodas, la remera no te da calor. Estás haciendo buen tiempo, aunque no te importa. Te das cuenta que correr te conecta con tu interior, te hace sentir parte de la red de la vida.

Hasta que la rodilla te da una puntada.

Te preguntás, “¿debería parar?”, pero solo podés asegurarte de que fue un dolor si seguís adelante. De pronto, sin encontrarle todavía una causa, otra vez. Más fuerte. Frenás para elongar, hacés todos los ejercicios de estiramiento que conocés, y hasta inventás algunos más. Volvés a tu casa con mucha angustia. Hablás con alguien, le contás que te molesta la rodilla, que no sabés bien por qué. Te recomiendan ver a un médico, mejor no dejar pasar estas cosas, dale, no te cuesta nada.

Y nunca más volvés a sentir esa molestia.

Esta situación, con el correr de los años, se ha hecho frecuente para mí. Mi papá me decía que si sentía un dolor y se me iba corriendo, no me tenía que preocupar. Creo que citaba a Allan Lawrence, pero sé que lo aprendí de él. Hace poco posteé que me dolía la rodilla, y prácticamente exorcicé ese dolor con el blog. Cada tanto me preguntan cómo sigo, y me cuesta darme cuenta de qué me están hablando porque, realmente, la molestia desapareció tan súbitamente como vino.

Ayer, en el entrenamiento con los Puma Runners, me dolía un poco el costado externo del pie derecho. Hablamos con Germán, el entrenador, sobre qué podía ser. ¿Las zapatillas? ¿Pisar mal? No llegaba a ser algo molesto, pero se notaba su presencia. Troté sin mucho inconveniente, pero preocupado. Cenamos todos juntos, volví a mi casa tarde, y apenas entré me tiré en la cama (en un monoambiente eso equivale a cruzar la puerta de entrada y dar tres pasos).

A la mañana siguiente, o sea hoy, me desperté y empecé a preparar el desayuno. Ya el dolor del pie era más intenso. Me preparé las cosas para ir al gimnasio y empecé a calzarme. Tengo un dolor intenso en el dedo chiquito del pie derecho. Como si tuviese una ampolla, solo que no hay ampolla. El roce me molesta bastante. Va y viene, pero más que nada viene. Mientras me ponía las medias, el roce hizo que me doliese. Después me puse la zapatilla y caminé hasta la puerta. La molestia tanto del pie como del dedo era notoria. Salí a la calle a las 9 de la mañana y empecé a caminar. Temí no poder llegar al gimnasio, a 15 cuadras. Consideré no hacer mis 2 km de cinta que uso como entrada en calor. A la cuadra y media frené y atiné a pegar la vuelta. “Mejor me quedo en casa”, pensé. Pero realmente tenía ganas de entrenar, así que seguí. Troté para cruzar la 9 de Julio sin que me agarre ningún semáforo, y la molestia del costado del pie me hizo renguear un poco. Listo, nada de correr.

Pero como soy terco, cuando estaba en la parte de aeróbico en el gimnasio me fui a la cinta y empecé a trotar. Primero tranquilo, a 5:20 el kilómetro. Después a 5, luego a 4:50 y terminé en 4:30. ¿El dolor? Ni idea, desapareció por completo y mientras escribo estas líneas, rozando las 10 de la noche, jamás regresó.

¿Qué tendría que hacer? ¿Caer en la desesperación? ¿Ver a un médico sin sentir síntomas? ¿Cambiar de calzado? Quizá sean secuelas de Yaboty. Quizá sean los años acumulados de correr mal, que empiezan a pasar facturas. Quizá no sea absolutamente nada.

Ser corredor de fondo trae aparejado hacerse habitué de los dolores y aprender a convivir con ellos. Empecé a correr con regularidad a los 30 años y en forma metódica a los 32. No arrastro lesiones de quienes hicieron deporte toda su vida, así que todas estas cosas que voy sintiendo son muy nuevas para mí. Igual, de a poco, me voy acostumbrando…

Semana 48: Día 334: Memorias de un ultramaratonista inexperto

Ayer comentaba, al pasar, sobre mi agotador paso por la Patagonia Run 2012. Estaba participando de los 100 km y fui con muy poca idea de lo que era realmente esa experiencia. No lo entendí en ese momento, pero me cambió mucho mi forma de ver los ultratrails. Después de esta carrera, en poco más de un mes, intenté correr los 100 km de la Ultra Buenos Aires en menos de 10 horas y media. No sé si fue muy pronto y me quemé, creo que ahí tampoco tenía mucha experiencia.

Pero fui con mucho optimismo, con una cámara para filmar y sacar fotos de los paisajes, y se convirtió en un registro de lo que pasaba por mi cabeza. Verlo hoy, un año y medio después, resultó muy revelador. Primero, porque menciono cosas sobre mi vida que han cambiado mucho. Pero por otro lado, hay un cambio de actitud entre el durante y el después de la carrera. Además, al estar pensando en voz alta, me prometo cosas que nunca cumpliré, como no volver a correrla. De hecho, a pesar de todas mis penurias, estoy esperando con ansias la edición 2013 para inscribirme… y volver a ir a sufrir.

Subí los videos así como los filmé, sin editarlos (porque no sé hacerlo). Pero creo que los más jugosos son los del medio.

Semana 48: Día 333: ¿Qué hago acá?

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No hace falta ser corredor para que te hayas hecho esta pregunta, pero seguramente te asaltó esta duda existencial si estuviste en el medio de una carrera, enfrentado a la adversidad, cansado y con ganas de estar en tu casa, bañado y en la cama.

Es raro que yo no me haga la pregunta de “Qué hago acá”, y me pregunto si los superhombres como Scott Jurek, Dean Karnazes y Kilian Jornet también se la suelen hacer. Uno quizá piense que estas cosas le pasan solo a uno, que es aficionado e inexperto, y no a los profesionales. Nunca voy a olvidar esas interminables 18 horas de Patagonia Run, donde tenía el tobillo hinchado y no tenía nada de energía. Caminé gran parte del recorrido y vi pasarme a casi todos los participantes de los 100 km. Fui con mucha expectativa, pensando que iba a correr un montón (¡hasta llegué a pensar que podía estar cerca de las 10 horas!). Arranqué la carrera subiendo, y subiendo, y subiendo, y me di cuenta de que tenía muy poca experiencia en montaña. En mi cabeza me repetía todo el tiempo el estribillo “Estoy verde…” de Charly García (tengo videos con mis pensamientos en vivo, que subiré en breve).

¿Cuántas veces pensé qué hacía ahí? Probablemente una vez cada dos minutos, desde el momento en que me torcí el tobillo y pisar cualquier superficie que no fuera plana me dolía. Con una combinación de cambios de ritmo pasé a algunos corredores y terminé llegando muy cerca de gente a la que pensé que le iba a ir muy bien. Yo soy bastante tonto, así que se aplica en mí el concepto de “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Esta sensación de que no pertenecía, del “me quiero ir” la tuve tantas veces que ya perdí la cuenta. Lo viví en Grecia, corriendo solo al costado de la ruta, en ciertos tramos donde me quedaba sin agua y mi asistente, Gerjo, estaba imposibilitado de frenar para ayudarme. Yo maldecía (total, nadie me entendía) y tragaba saliva, mientras el sol del otoño ateniense salía y quemaba la piel. Gerjo quizá podía frenar en algún reparo cada 5 km, y en ciertas partes no me alcanzaba. Así que estaba solo, corriendo en subida, con calor y mucha sed, y me desesperé y sucumbí ante mi impaciencia.

Supongo que esos momentos donde sentimos que no pertenecemos tienen que ver con acariciar nuestro límite. A veces es mental, pero creo que el “Qué hago acá” surge cuando llegamos al extremo físico. En La Misión, por ejemplo, tenía un dolor terrible en los pies, los sentía helados pero al punto que me quemaban, y lo seguí sintiendo incluso cuando me puse medias y zapatillas secas. Ahí moría por una cama donde dormir 16 horas seguidas. Excepto en esa oportunidad y en la primera Ultra Buenos Aires (donde corté a los 77 km, vomitando) siempre me las arreglé para seguir y cruzar la meta. Nunca me respondí qué hacía ahí, pero si lo pienso dos minutos ahora, que estoy sentado en mi departamento, en mi cómoda silla, en patas, podría pensar que lo que hago ahí es justamente buscar mis límites. Es duro encontrarlos, y cuando lo hacemos no encontramos una satisfacción que nos permita conformarnos y dedicarnos a otra cosa. No, terminamos buscando otro desafío, otro viaje lejos de casa, donde exijamos a nuestro cuerpo al punto de querer escapar.

Y eso es lo que conviene hacer. Escapar. Pero hacia adelante, hacia la meta.

Semana 48: Día 332: Fobias de corredor

Anoche soñé que una tarántula me caminaba por la cara. Y me mordía la nariz.

No parece muy agradable, pero al menos me lo bancaba estoicamente. Esto me dejó pensando en las fobias, porque justamente a algunos corredores les preocupaba transitar por la selva y cruzarse con arañas o una buena víbora…

Al parecer los corredores tenemos muchas fobias, y quizá nuestro afán por correr tenga que ver con ese básico instinto de huir desesperadamente. Yo, por ejemplo, tengo un pánico primigenio a fracturarme una pierna. Ya me pasó, en una circunstancia muy bochornosa: jugando a la pelota, a las 5 de la mañana, en Plaza San Martín. Giré sobre mi pie para marcar a un rival y el ligamento me cortó el cóndilo. Fue doloroso y humillante, en especial porque nunca me gustó el fútbol.

Pero esto no fue mientras corría, y cuando participo en una carrera, sobre todo en las de aventura donde tengo que desdencer por un camino de piedras, pienso que me voy a caer y me voy a partir los huesos. Nunca me pasó, de hecho me he caído montones de veces sin más consecuencias que llenarme de tierra y provocarme algunos raspones. Ahí anda dando vueltas en mi cabeza ese miedo a tropezarme y no poderme levantar.

Algo que estoy viendo en las carreras es una especie de hidrofobia. A muchos les molesta mojarse, y yo creo que hay pocas cosas más divertidas y relajantes. En las ultramaratones los pies se hinchan, y nada mejor que meterlos en agua fría. Después se puede seguir corriendo, no es problema. Si está la preocupación de ampoyarse por correr con los pies húmedos, diría que en una ultra esa debería ser la menor de las preocupaciones. Las competencias tan exigentes siempre tienen consecuencias, como uñas negras, calambres, y una buena cuota de dolor. Estas cosas deberían ser la fobia de los que no se animan a correr, porque a los que nos gusta esto, o lo aceptamos o nos dedicamos a otra cosa.

Además del miedo a correr tengo, por supuesto, ese pánico secreto del que nunca hablo y es el de sufrir un accidente que me impida hacer deporte de por vida. Es lo que los norteamericanos llaman “worst case scenario”, o sea el peor caso posible. Por ejemplo iba de lo más tranquilo en el micro, rumbo a Misiones, y cuando uno está quieto y aburrido mucho tiempo, la imaginación se dispara. Y así, sin darme cuenta, llegué a imaginar un terrible accidente en el que yo salía disparado y me incrustaba en la máquina de café. Soy de los que cree que pensar en esa clase de tragedia espantosa, más que invocarla, sirve para alejarla. Si me imagino cosas maravillosas como que un relámpago, mezclado con un cóctel de químicos, me de los poderes de Flash… y no pasa… ¿por qué mis fantasías no pueden funcionar en el otro sentido y evitar que tampoco pase lo malo?

Estoy tan metido en mi rutina, tan feliz cuando todo encaja y puedo llevar las riendas de mi vida, que me estremece pensar en algo que me impida disfrutarlo. Tampoco tiene que ser algo espantoso como un choque. A veces pienso en si me vuelve a dar una osteocondritis, ese dolor espantoso en las costillas, que no me dejaba ni toser ni reírme. Por supuesto que correr estaba fuera de discusión, así como cualquier actividad en el gimnasio… porque, aunque no nos demos cuenta, cualquier ejercicio de musculación involucra el torso (ya sea haciendo fuerza o intentando dejar el cuerpo quieto). Y cuando parte de la rutina es ir al gimnasio 5 veces a la semana y correr tres días distintos, lo que lo altere no es bienvenido.

En resumen, podemos decir que la fobia del corredor es, justamente, cualquier cosa que impida correr. Mientras estemos en movimiento… está todo bien. Después, cualquier mariconada como mojarse los pies o que se te cruce una araña, se pilotean. Si, como yo, constantemente piensan en los “worst case scenarios”, cuando tengan que cruzar un arroyo con agua helada podrán pensar “Bueno, la verdad es que esto podría ser muchísimo peor…”.

Semana 48: Día 331: Los 79 km de la ultra trail de Yaboty

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Ok, este es el último post que hago de Yaboty 2013, lo prometo. Pero tenía la imperiosa necesidad de escribirlo. Primero, para dejar de hablar de 90 km y reconocer que fueron 79. Es una diferencia que alguno puede considerar mínima, otros muy grande. Nunca las carreras son exactas. Desconozco el sistema de medición, sé que se hace a pie porque además hay que marcarlo con cintas y, en algunos casos, marcas refractantes. Pero a mí ni siquiera la Maratón de la Ciudad me dio 42,195 km.

¿Por qué volver, justo hoy? Bueno, es domingo, hay poco que decir (suele ser el día más complicado para este blog), y se dio una situación que para mí fue medio graciosa (o sea, me hace quedar medio como un gil). Con el correr de los días la organización de Yaboty empezó a subir fotos. En las primeras yo no aparecía. Era como si me hubiese tragado la tierra. Los cortes en mis manos y piernas, la tierra colorada de las zapatillas y el dolor de cuádriceps era lo único que tenía para confirmarme que no había soñado todo eso. Eran galerías de adelanto, el material completo iba a aparecer recién el jueves pasado.

Como soy narcicista, cada vez que aparecía una foto mía, la guardaba en la compu. No soy fotogénico, cada vez que me veo me encuentro con cara de tarado, pero a veces ignoro esa falsa modestia y uso esas imágenes para transportarme de nuevo a esa maravillosa experiencia. Entonces, en el día de hoy, llegué a un álbum que tenía el momento de mi llegada. Ahí estaba, con una gran sonrisa, hombros caídos, la medalla colgando de mi cuello. Y entonces veo algo que me sorprendió: el cronómetro oficial marcaba 9 horas y 5 minutos. Pero… cuando hice mi crónica puse que había tardado 9 horas y media.

Tengo un reloj con cronómetro, en el que al principio desconfié, que dice que tardé 9 horas y 5 minutos. En el excel de la clasificación dice que tardé eso y que estuve 2 horas por detrás del ganador, que llegó en 7 horas y moneditas. Entonces, ¿por qué insistí y le dije a todo el mundo que tardé 9 horas y media? Quizá porque tenía metido en la cabeza que 12 horas era un buen tiempo. Quizá porque soy un tipo muy distraído, y me fijo en los tiempos pero a la vez me preocupa más llegar entero que rápido. Quizá porque me senté apenas crucé la meta y no me levanté hasta 25 minutos después, y es por eso que esa hora fue la que se me grabó en el cerebro.

Sin embargo, hoy vi esa foto que no deja ningún lugar a dudas de cuánto tardé, y no puedo evitar ponerme contento. O sea, ¡tardé menos de lo que había calculado, y menos de lo que le dije después a todo el mundo! Igualmente me preocupa esta falta de atención. ¿Estaré necesitando más espirulina en mi dieta?

Semana 48: Día 330: Próximos objetivos

Hoy sábado, seis días después de Yaboty, realmente volví a correr. El miércoles entrené, pero muy suave, casi 5 km. Hoy hicimos pasadas con progresiones, y alcancé los 13 km. No es una distancia imponente, pero fui al ritmo de los más veloces. Sobre el final sentí la fatiga de los cuádriceps que me indicaron que todavía no estoy del todo recuperado. ¡Pero qué bien se sintió!

Llegado ese momento en donde las limitaciones físicas van desapareciendo, vuelve la pregunta de… ¿cuál es el próximo objetivo?

Ya estoy inscripto en la Media Maratón de la Ciudad, que tendrá lugar en 15 días exactamente. Una rápida búsqueda me indica que Buenos Aires tiene la menor variación de altitud… ¡25 metros! Nada, comparado con los 4 km que sufrimos– digo “disfrutamos” en Yaboty. El recorrido no parece ser muy diferente a años anteriores (temo decir que es “igual” porque, francamente, no conservé un plano para compararlos). Tengo mucha expectativa con estos 21 km porque me resulta muy emocionante correr por estas calles, además de que sé que va a ser el punto de encuentro con muchos amigos, los Puma Runners que son los de siempre, algunos compañeros de la facultad que son los del pasado, y los nuevos, que hice en Yaboty y gracias a este blog. Pero sé que no me voy a recuperar del todo, así que me lo voy a tomar con mucha calma, como si fuese un entrenamiento para la siguiente carrera. Un fondo divertido y nada más. Si busco marca, me quemo.

Y ese siguiente desafío, en el que también estoy inscripto, es la Maratón de la Ciudad, el cual como usted bien supone, es el doble que la Media Maratón de la Ciudad. El recorrido es muy parecido, salvo que llega hasta la Boca y le agrega Puerto Madero. A esta quiero llegar bien, no buscar marca, pero estar lo más cerca posible de las 3 horas y media. Veremos cómo llego.

Y estoy a la expectativa de otras carreras para el resto del año. Sé que voy a hacer la San Silvestre el 31 de diciembre… pero, ¿qué más? Hay una que estuve investigando, nocturna, el 7 de diciembre, en Córdoba. Los 42 km de Las Luciérnagas Contraatacan (todo un nombre). Tiene la opción individual (además de otras distancias más cortas) y otra que es el modo “tribu”, con grupos de más de tres corredores mixtos. La sugerí a mi grupo y parece que interesó.

Tengo el hueco en noviembre, donde estoy considerando la posibilidad de hacer la ultramaratón de las 48 hs de Buenos Aires como entrenamiento y para reforzar el tema de inscripción a la Espartatlón 2014. Pero sinceramente no me decidí. En realidad mi objetivo, que no es competitivo, es volver a correr fondos largos con más frecuencia, aprovechando que tengo la Reserva Ecológica tan cerca… ¡y desde que me mudé nunca fui! También es cierto que estoy de carrera en carrera y tengo que tomarme las cosas con más calma…

Todo esto, más gimnasio y jugos hechos con mi juguera. Esos son mis próximos objetivos para lo que resta de 2013.

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