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Semana 42: Día 294: Nuevas metas

Con el running aprendí (entre muchas otras cosas) a ponerme objetivos a corto plazo. En las carreras siempre busco el primer kilómetro y voy dividiendo el recorrido mentalmente, esperando el primer quinto, cuatro, medio, tres cuartos… Eso me ayuda a distraerme y a concentrarme no en lo que falta, sino en lo que ya hice.
Esto se puede trasladar a la vida diaria. Siempre hay tramos antes de un viaje, o se puede dividir un período de tiempo en otros más pequeños (como por ejemplo, un año en 52 semanas…).
Hoy tengo nuevas metas, y todas apuntan a un objetivo más lejano y global. La próxima semana vuelvo al gimnasio, después de un par de años lejos de los aparatos (no puedo creer que haya pasado tanto tiempo). En dos semanas voy a estar en Pinamar, para correr por sexta vez la Adventure Race. En un mes estaré en Yaboty, en una nueva ultramaratón (de 90 km). Y hay otros sueños que todavía necesitan tomar forma (carreras internacionales, más que nada). Todos pequeños pasos para obtener más experiencia y que entrenen mi cuerpo para la Espartatlón, el Moby Dick en mi vida.
A veces el todo abruma, y dividirlo en partes ayuda a disfrutar del camino mientras lo estamos recorriendo. Una más de las lecciones que me dio correr.

Semana 42: Día 293: Siguiendo tu progreso

seguimiento

Ayer, en el entrenamiento con los Puma Runners, nuevamente escuché algo que es demasiado habitual, y es esa especie de imagen de fanático del entrenamiento y la dieta que tienen de mí. Intenté, con torpeza y sin llegar a buen puerto, explicar que depende de con quién me compares puedo parecer un talibán de la nutrición, pero a mis ojos estoy lejísimos del extremismo. Pero bueno, no hubo caso.

Siempre pienso en las cosas que hice y cuáles funcionaron. Sé que ponerme seis comidas diarias (cuando hacía dos) fue clave. También lo fue tomar más agua y hacer un click mental de tener paciencia y constancia. Sabía que tenía que llegar al año, y eso me puso un objetivo, además de que me quitó presión. Los cambios más bruscos se dieron al principio, mucho antes de lo que esperaba.

Pero… si me encontrara con una persona que no me ve desde hace diez años, no lo podría creer. ¿Constancia, yo? Si abandoné los estudios de periodismo por el tedio que me causaba. Ni siquiera me destaqué en la secundaria, mucho menos en educación física. Tengo una colección de novelas que decidí escribir y que no pasé de la primera página. Empecé un diario íntimo y lo abandoné al segundo día. Montones de proyectos sin terminar (sin empezar algunos), pero ESTE funcionó… ¿por qué?

Pensándolo un poco, sospecho que fue el haber hecho un seguimiento diario. Al principio, cada dos semanas, me tomaba una foto de mi tren superior, para llevar un registro de mis cambios. No me enloquecía la idea, pero me parecía que de esa forma me obligaba a tener un compromiso. Estaba ahí, en la web. Como no soy todo lo constante que algunos creen, hubo muchas veces donde no actualicé la bendita foto, pero los cambios se veían, eran “palpables” (si cabe la palabra). Y escribía todos los días, lo hice durante dos años, religiosamente. Anotaba lo que me pasaba en el cuerpo e internamente. Sin proponérmelo, tengo anotadas las experiencias de todas mis carreras, de las ciudades que visité, de las lesiones que sufrí y de las comidas que me ayudaron (y las que no).

Debo volver a citar el libro que estoy leyendo actualmente, “Nutrición y peso óptimo”, de Matt Fitzgerald, ya que en un capítulo habla del Principio de Heisengberg. Se trata de un principio de incertidumbre, que establece que cuando se observa un fenómeno a nivel subatómico, este cambia. Algunos creen que el hecho de obervar algo genera un cambio sobre aquello que se está observando, entonces nos metemos en la trampa filosófica de si fuimos nosotros, con nuestra curiosidad, los que generamos ese cambio. Fitzgerald lo baja a algo más cotidiano, como “la olla que se mira nunca hierve”. Al observar las cosas, alteramos su curso en muchos otros dominios de la vida humana. “Lo que puede ser medido, puede ser controlado”, y esto se aplica a la salud y al propio cuerpo.

La mejor forma de ganar control sobre algo es monitorizarlo sistemáticamente. El esfuerzo grande que hemos de aplicar para poder hacerlo, explica Fitzgerald, lo convierte en una prioridad más elevada y ayuda a mejorar este aspecto (del cuerpo, por ejemplo), independientemente de otros esfuerzos. Yo tenía alarmas en el celular para recordarme cada una de esas seis comidas diarias. Empecé a investigar qué comía, tanto lo “nuevo” y más sano como aquella comida chatarra que estaba dejando atrás. Me hacía estudios periódicos con mi nutricionista, que me iba indicando cómo bajaban los niveles de grasa en mi cuerpo. Me hacía análisis de sangre unas dos veces al año. Iba al gimnasio y comparaba los cambios que sentía cuando iba cinco veces por semana y cuando iba solo dos. Y anotaba todo.

Hoy me relajé un poco, aunque para algunos siga siendo un fundamentalista. Hay cosas que las convertí en un hábito. Hubo un momento en que borré todas las alarmas del celular, porque ya el cuerpo me pedía comida a las horas indicadas (y lo sigue haciendo). Ya como fritos o gaseosas y me caen espantosamente mal. Con algo de experiencia previa, estoy por volver al gimnasio, y sé que me va a funcionar porque aprendí qué cosas sirven y cuáles no. Quizá no me observe tan rigurosamente como antes, pero evidentemente estar pendiente de los cambios y tener este blog me ayudó mucho. No esperaba que nadie lo leyera, mucho menos que me escribieran para opinar o compartir experiencias propias. Pero aprendí eso, que tomar nota sobre mis cambios hizo la diferencia en todo, y generó una sinergia que hizo crecer tanto al blog como a mí mismo. Y si lo pudo hacer alguien como yo, que comía todos los días un cuarto de pan con cantidades industriales de Mayoliva mientras empezaba la décima novela que nunca iba a terminar… ¿por qué no podría hacerlo cualquiera?

Semana 42: Día 292: ¿El peso óptimo?

La balanza es una obsesión para muchos. Algunos creo que optan por lo más inteligente y no miden su físico ideal por lo que pesan, sino por lo que ven: cómo les calza la ropa, por ejemplo. Pero los kilos de más o de menos le quitan el sueño a más de uno, deportistas o no.

Hay algo que no podemos dejar de aclarar, y es que estamos viviendo tiempos de cambio. Nuestras costumbres no son las del hombre primitivo, que no tenía Facebook y si quería comer no salía a buscar un Carrefour Express en el radio de 5 cuadras de su cueva. Ni siquiera nos parecemos a nuestros tatarabuelos. Si nos remontamos a un siglo atrás, las nociones de nutrición eran muy diferentes a las actuales. ¿Un cuarto de libra con queso, papas medianas y una Coca light? Productos de la modernidad, habituales en la dieta de muchos.

Hay como una tendencia a replantearse todo esto, y se evidencia por una suerte de “moda” con el running y la vida sana. Antes comer tofu era de hippie, y no se conseguía con facilidad. Como dije, tiempos de cambio.

Cualquiera sabe que la obesidad se convirtió en una pandemia, algunos visten sus kilos de más con una suerte de orgullo nacional, otros los esconden, pero las historias de nuestros bisabuelos que caminaban 10 kilómetros para ir a la escuela quedaron muy atrás. Nos movemos mucho menos que nuestros ancestros, comemos mucho peor, y con el bombardeo de información que recibimos de las enfermedades relacionadas con la mala nutrición (sumado a los estrictos cánones de belleza), hace que nos creamos expertos en nuestro peso óptimo. Todos tenemos un número en la cabeza que queremos alcanzar. El mío es estar por debajo de 65 kg. Es un número caprichoso, ni siquiera sé de dónde lo saqué.

Pero… ¿cómo sabemos cuánto deberíamos pesar? ¿Hay una fórmula matemática que resuelva todos nuestros problemas? La Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que sí. Para los desvelados que caminaban en círculos en su casa, mirándose la barriga y repitiendo el mantra “cuál es mi peso ideal, cuál es mi peso ideal, cuál es mi peso ideal” decidieron que había que tomar nuestros kilos y dividirlos por nuestra altura en metros al cuadrado (parece complicado, pero no lo es). Esto se llama Índice de Masa Corporal (IMC), creada por el estadístico belga L. A. J. Quetelet (también se conoce como índice de Quetelet). El valor obtenido no es constante, sino que varía con la edad y el sexo (véanse las figuras 1 y 2). También depende de otros factores, como las proporciones de tejidos muscular y adiposo. En el caso de los adultos se ha utilizado como uno de los recursos para evaluar su estado nutricional, de acuerdo con los valores propuestos por la OMS.

En mi caso da 20,99. Soy un tipo promedio, según esta tabla, que dice que un valor de menos de 16 es “infrapeso” o “delgadez severa”, de 16 a 17 es “delgadez moderada”, de 17 a 18,5 es “delgadez no muy pronunciada”, de 18,5 a 25 es “normal”, de 25 a 30 es “preobeso” y más de 30 directamente “obeso”. Ahora bien, ¿nos sirve de algo esta tabla? Es una guía, pero si usted no sabe si es delgado, normal u obeso, ¿realmente necesita esta fórmula matemática para dilucidarlo? Uno creería que a los atletas les sirve, pero un rango de 18,5 a 25 es muchísimo. En mi caso, que mido 1,80, podría pesar de 60 a 80 kg… o sea, ¡hay 20 kilos de diferencia! ¿Cómo puede ser que mi peso óptimo tenga una variación tan grande? Si lo que yo hago es correr, donde la optimización de la energía es fundamental, esta tabla es poco precisa… y quizás inexacta.

El peso ideal, convengamos, es más difícil de determinar de lo que uno cree. Porque si la balanza dice que peso 68 kg, no va a ser lo mismo si mi cuerpo está compuesto por 10 kg de grasa que por 30. No importa la suma total, sino cómo están compuestas las partes. Cuánto hay de masa adiposa y cuánto de masa muscular. No importa lo que diga una balanza, sino cómo nos sentimos cómodos, cómo rendimos. Tampoco hace falta hacer una medición antropométrica para saber si nos sobra grasa. La cintura y las caderas son donde más se empieza a notar un exceso, y cualquier atleta que haya perdido 5 kilos o más de masa adiposa puede dar fe de la diferencia que hace eso al correr. Según el libro “Nutrición y peso óptimo para conseguir el máximo rendimiento”, de Matt Fitzgerald, dice que un deportista que pese 75 kilos debe consumir alrededor de un 6,5% más de energía para correr que otro, al mismo ritmo, que pese 70 kilos.

Alguno creerá que entonces lo que hay que hacer es comer menos, para bajar de peso y rendir más. No, para nada. No se trata de reducir la ingesta sino de alimentarse mejor. Los deportistas no tenemos que llevarnos menos comida a la boca, diría que todo lo contrario. Es solo ser inteligente y mantener la constancia en la actividad física. Menos atención a la balanza y más a lo que nos acerca a nuestro rendimiento óptimo.

Semana 42: Día 290: ¡Mudado!

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Me tomé el fin de semana para mudarme y acomodar. Empecé el sábado; a las 9 estaba en el depósito, listo para recuperar mis cosas. Sacar todo eso, afortunadamente, tomó menos tiempo y esfuerzo que guardarlo un mes y medio atrás.
La siguiente parada fue en pleno Belgrano, para retirar un freezer bajo mesada que compré por Mercado Libre. Después a Palermo, a mi antiguo departamento (visto en la primera temporada de Semana 52) donde me esperaban mi viejo lavarropas, una heladera que no me entra y me quiero sacar de encima, una mesa y seis sillas de madera. La anteúltima parada fue en el falso Recoleta, en lo de mi prima Vero, donde levanté mi computadora y dos valijas con ropa y algunas cosas que fui recolectando en este tiempo (libros, regalos de Brasil, etc).
El destino final fue en mi nuevo departamento, un monoambiente en el microcentro que fue tomando color a medida que iba acomodando mi cama, escritorio, cajoneras… El freezer, como no podía ser de otra manera, no entraba debajo de la mesada por dos míseros centímetros, pero con los muchachos de la mudanza le encontramos un lugar en el sector de la cocina.
Cuando terminamos de acomodar (pero con 16 cajas grandes sin abrir) me tiré en el colchón y me puse a contemplar ese espacio que ahora era mío… y realmente sentí que me pertenecía.
Después de contemplar mi nueva morada y dormir una hermosa siesta, me puse a acomodar mi ropa, con tanto espacio que pude dedicarle un cajón a las medias, otro a los calzoncillos, otro a los buffs y otro a los gorros (anteriormente era uno solo para todo lo recién mencionado).
La mudanza liquida a cualquiera. Me tomé con calma el tema de abrir las cajas y hoy terminé. Aparecieron cosas que creía perdidas, como tazas, ciertos libros y el cargador del celular. Estuve tentado de tirar mucho de lo que iba apareciendo, pero al final encontré lugar para todo. Lo que sí me está faltando es un mueble para la comida y los platos y cubiertos. Por ahora es lo pendiente. La biblioteca está repleta, y le encontré espacio a muchos muñecos, como atestigua la foto que publiqué en esta misma entrada.
El domingo compré platos, vasos y cubiertos. Muy caro. Ahora entiendo por qué se hacen listas de casamiento: mudarte es todo  un presupuesto. Nunca lo había notado porque siempre me manejé en bazares donde había platos y utensilios baratos de plástico, pero estoy intentando dejar eso de lado por una cuestión de salud. También voy a resistir la tentación de conseguir un microondas. No estoy muy seguro de que estas tecnologías sean inocuas para los alimentos.
Aunque estoy muy contento con mi nuevo departamento, no pude encontrar verdulerías, o un supermercado donde vendan frutas y verduras. Además la zona en donde estoy, bien céntrica, está en obra, y pasear por sus calles es adentrarse en un laberinto de vallas y escombros del que no es fácil salir. Terminé recurriendo al Google Maps, que me tiró verdulerías, dietéticas y gimnasios. A ellos los que visitaré bien temprano, el día de mañana…

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