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Semana 42: Día 291: No hay verdulerías en el centro

Eso. Ni una encontré. Y hay muchos, demasiados, Carrefours exprés. Y ninguno vende verduras.

Hoy me aventuré, previa búsqueda en Google Maps, para ver dietéticas donde comprar milanesas de soja, alguna comida ya preparada vegana, arroces… pero después de sortear las calles que parecen bombardeadas de la Capital Federal, solo me encontraba con negocios que venden cosas dulces “light”. Comida, lo que se dice comida… poco y nada.

Por ahí me malcrié de que en Colegiales tenía una dietética a la vuelta, que visitaba dos veces por semana. Y estaba relativamente cerca del Barrio Chino. Tendré que seguir explorando, o ponerme un local a la calle y llenarme de guita. ¿O los veganos/vegetarianos no somos todos los que yo pensaba?

Semana 41: Día 287: Adiós, Recoleta

No, no estuve el último mes en Recoleta, sino que estuve todo este tiempo en Palermo. El barrio de Recoleta en realidad se encuentra a una cuadra de donde estoy ahora. Me engañé a mí mismo cual colegiala, pero en vista de que me estoy yendo y voy a extrañar el barrio, para mí siempre será Recoleta… por más que Macri opine lo contrario.

Realmente venir al departamento de mi prima Vero fue una jugada del destino. Estaba un poco más cómodo que en Caballito con mi hermano… pero tampoco tanto. Era un poco más céntrico, pero todavía seguía sintiendo que invadía, algo que me molesta mucho. Sin embargo acá me quedé, sobre todo por la insistencia de Vero, que aunque éramos muchos (ella alquila habitaciones a turistas extranjeros) y yo dormía y trabajaba en el living, me decía que aproveche para ahorrar unos pesos y resista hasta el viaje a Brasil.

Y eso hice. En el camino apareció el departamento al que me estoy mudando mañana. Antes de ir a Río de Janeiro firmé el contrato y hoy me dieron la llave. Me espera mi nuevo hogar, quizá por los próximos dos años. No voy a tener internet, así que quizá el blog se tome un respiro hasta que la situación se normalice el lunes. Además tengo que afrontar la mudanza, que incluye una primera parada en el depósito de Núñez, luego Belgrano para retirar el freezer bajo mesada que compré, después Palermo a buscar mi antigua mesa, seis sillas, lavarropas y una heladera demasiado grande que me quiero sacar de encima, para luego volver al departamento del falso Recoleta a retirar mi compu, la ropa que llevo a cuestas y algunas cosas más. Destino final: el depto que ahora alquilo en Retiro (qué curioso, por 8 cuadras no es Recoleta).

Esta es una nueva etapa que me entusiasma mucho. Nunca me imaginé viviendo solo, supongo que creía que siempre iba a estar conviviendo con mi familia hasta que una eventual esposa me arrastrara fuera de la casa de mis padres. Tampoco me veía en el microcentro, pero ni mucho menos me imaginaba corriendo maratones.

Tengo mucho entusiasmo por este nuevo lugar. Quiero conocer los restaurantes vegetarianos, las dietéticas, armarme mis rutinas nuevas los días de entrenamiento, rastrear el gimnasio más cercano… Quiero empezar esta nueva etapa y sacarle el máximo provecho posible.

Semana 41: Día 285: La Maratón de Río de Janeiro en fotos

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Todavía retengo la sensación de estar corriendo sobre las calles de Río. Siento el calor del sol pegándome en la piel descubierta, la rigidez del asfalto en cada pisada, el sonido de mi respiración. Tengo frescos los dolores en las piernas, las ganas de cruzar la meta y la paz que sentía en medio de todo ese esfuerzo descomunal.

Hoy vi un video de 30 segundos de mi llegada. En mi cabeza fue un momento épico, a lo William Wallace o el rey Leónidas. Pero desde afuera parece otra cosa. Quizá le falte una cámara lenta, música incidental de John Williams, o un mejor actor. Pero siempre me gusta observar cómo se ve todo desde afuera. Los músculos tensándose, la pose del cuerpo, la espalda, la zancada. ¿Qué es más real, lo que pasa por mi cabeza o lo que se ve desde afuera? Probablemente la realidad sea sacar un promedio de ambas cosas.

Me siento muy orgulloso de esta carrera. A diferencia de una película que me hubiese gustado mucho, no puedo volver a verla. No se la puede volver a vivir. Está adentro, en los recuerdos. Podría volver a Río de Janeiro y hacer otros 42 km, pero está claro que jamás va a ser lo mismo. Estas imágenes, que no muestran lo que pasaba en mi cabeza sino lo que pasaba con mi cuerpo y mi entorno, son siempre una buena ayuda memoria para mí.

Semana 41: Día 284: De regreso en casa

Después de un largo viaje, estoy nuevamente en Argentina. Ha sido una larga travesía ayer incluyó taxi, colectivo, avión, tren… Por eso hoy no hay blog. Pero mañana retomaremos la programación habitual.

¡Hasta entonces!

Semana 41: Día 283: Los 42 km de la Maratón de Río de Janeiro

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Quizá no sea tan obvio, así que voy a aclarar esto: he corrido pocas maratones. Día veces la de la Ciudad de Buenos Aires y una vez la de Rosario. La de Atenas la hice por mi cuenta, así que no podría contarla.
He realizado entrenamientos de 45 km, y alguna vez he superado esa marca en calle. Tengo algo de experiencia, pero eso no quiere decir que no me ponga nervioso y no siga aprendiendo.
No tenía intenciones de correr la Maratón de Río de Janeiro. Iba a hacer la de Rosario y chau. Pero me separé y viajar a Brasil con mis amigos de Puma Runners cobró otro sentido. Como que me merecía un viaje así. Le regalé mi inscripción y mi pasaje a Rosario a una amiga y me sumé al desafío Carioca.
Es Brasil intenté hacer mi infalible sistema pre maratón. Muchos hidratos, poca fibra, hidratación a full. Pero las excursiones y paseos me complicaron el plan. Quizá participar de la carrera era una excusa para desconectarme de la rutina y reconectarme con mis compañeros de grupo. Igual, tenía muchas ganas de correr (y nada de ganas de sufrir).
La noche previa a la carrera dormimos 4 horas. Me levanté con los ojos pegados, cansado, pero feliz (en el fondo). Había preparado mis cosas antes de irme a dormir, así que solo me restaba vestirme, desayunar y salir.
Éramos 5: Germán (nuestro entrenador), Gloria (debutante en los 42k), Dora (hermana de Gloria y fotógrafa oficial), Leandro y yo. Sobornamos a un taxista para que nos lleve a todos y nos bajamos en Aterro do Flamengo, donde una serie de colectivos nos llevaban a la largada.
A diferencia de Buenos Aires o Rosario, el recorrido de Río no es circular, sino que iba casi en su totalidad por la costa, desde Praça do Pontal, en Recreio dos Bandeirantes hasta Aterro do Flamengo, atravesando muchos distritos como Barra da Tijuca, Leblon, Ipanema y Copacabana.
Nuestro micro salió 5:30 de la mañana y llegó una hora después, haciendo el recorrido inverso que nosotros íbamos a correr. Nos sacamos algunas fotos en la playa, me puse vaselina en mis partes pudendas y me comí un pan que tenía preparado.
Largamos puntual, a las 7:30, pasados quizás uno o dos minutos. Arranqué el GPS que me prestaron cuando pasé bajo el arco y empecé a correr.
Al principio dimos una vuelta de 3 km por un barrio residencial y volvimos a cruzar la llegada. Mi mejor pronóstico era terminar la maratón en 3 horas y 45 minutos. El poco sueño y el cansancio acumulado me daban bastante inseguridad de lograrlo. Pero estaba entusiasmado. Correr ene tanta gente estimula, así que empecé a pasar corredores y me coloqué en una velocidad cómoda de 4:42 el kilómetro. Si la podía mantener, tenía la carrera en el bolsillo… pero sabía que no iba a ser tan fácil.
La primera complicación fue el cinturón hidratador que me compré, que se subía todo el tiempo. Decidí sacarle la botella y llevarla en la mano. Después estaba en la duda de si ponerme o no la gorra. Hacía calor y no me la puse al principio, porque prefería ir fresco; pero el sol pegaba fuerte, así que terminé usándola.
Me sorprendía la energía que tenía, aunque no quería cantar victoria hasta no pasar el kilómetro 30. Brasil tiene un paisaje maravilloso para tener de fondo mientras uno hace deporte. Es un espectáculo en sí mismo. Corría mirando la playa, el mar, los cerros. Cuando escuchaba un acento argentino saludaba. Cada kilómetro estaba marcado, y había varios puestos de agua alternados cada tanto por Gatorade. Me llamó mucho la atención el sistema que usaban. El agua venía en vasitos de plástico con tapa como de yogur. La primera la abrí normalmente, a partir de la segunda las agujereaba con el dedo y tomaba por el hueco. El Gatorade venía en un sachet que había que abrir con los dientes.
Mantuve en ritmo estable toda la primera mitad de la carrera. En el km 21 había un batallón de baños químicos (¡y sin cola!), pero cono no tenía ganas de ir, lo dejé para más adelante.
Siempre mido las carreras por tramos, y pienso “ya pasé el primer cuarto… ya pasé la mitad…”, así que me entusiasmó estar en el kilómetro 21. Ahí nos alejamos un poco de la costa y subimos por una autopista.
La carrera seguía su curso, el calor era importante, pero me echaba agua en cada puesto, y tomaba siempre que podía… El tema es que siempre sentía sed. La boca pastosa, gusto raro… No puedo decir, de todos modos, que sucesor la hidratación.
En Leblon corrimos por una calle que bordeaba un acantilado, y hubiese disfrutado del paisaje si no me hubiese sentido a punto de morir. Habíamos pasado el kilómetro 30, unas marca importantísima en una maratón. Pero me dolía muchísimo la panza, y sentía que si no encontraba un baño literalmente iba a explotar. Pero… no había nada. En los puestos no entendían mis preguntas, o se encogían se hombros si preguntaba por un toilette. Hubo uno de la organización que se mató se risa y me dijo algo quite no entendí. Supuse que me ofrecía hacer donde quisiera y me lavara con mi agua. Hice que me reía y seguí.
El dolor era tan fuerte que dos veces tuve que parar. Era instantáneo: cuando me detenía, la molestia desaparecía. Hacía unos metros y sentía que me iba a desgraciar en cualquier instante. Quise meterme en unos arbustos y que sea lo que Dios quiera, pero si hacía eso me caía al precipicio. Hice lo mejor que se me ocurrió: apreté los dientes y seguí corriendo. Mágicamente, toda esa sensación espantosa desapareció.
Los últimos 10 km, bordeando las populosas playas de Ipanema y Copacabana, fueron eternos. Las piernas estaban a punto del calambre, y los dedos del pie izquierdo de me cerraban como una garra. No quise aflojar. El ritmo promedio había aumentado,y se había puesto en 4:56. Un poco más lento y me despedía de las 3 horas y media. Apreté y recé para resistir. No hablo mucho con Dios, excepto para pedirle favores. Lo sé.
Quería hacer buen tiempo, pero bajé mis expectativas a simplemente llegar. Faltando 5 km pensé “es una vuelta al hipódromo”. Uno suele medir con parámetros cercanos, y eso hacia parecer a esa distancia como menos inmensa.
Corrí con todas mis ganas, intentando racionar mi fuerza. Los calambres se asomaban y trataba de pisar lo mejor posible. Los dedos se agarrotaban, yo gritaba de dolor, y seguía. Mientras sufría, los relojes de la calle marcaban una temperatura de 30°.
Fui acortando kilómetros, hasta ver el 40. Ahí abrí la zancada, y me alimenté de los aplausos y el aliento de la gente. A más cerca de la meta, más público alentando.
Los retorcijones, los calambres y las inseguridades ya no estaban. Era solo cuestión de gastar todas las reservas en llegar. Los últimos metros metí un sprint furioso y crucé la meta con un grito demencial de “¡¡¡ESPARTAAAAAAAA!!!”. Paré el reloj en 3 horas 28 minutos.
Nada se compara a cruzar la línea llegada. Todo el sufrimiento y el dolor cobran sentido. De hecho, se olvidan. Me sentí tan feliz y tan emocionado, que cuando un corredor le propuso casamiento a su novia segundos después de cruzar la meta, se me llenaron los ojos de lágrimas.
No corrí esta maratón en mi mejor condición. Esa molestia estomacal la atribuyo a no haber seguido al por de la letra mi dieta maratonista y a no tener fortalecidas las abdominales. ¿Quién sabe cómo me hubiese ido de hacer descansado correctamente? Difícil saberlo, pero de la inmensa alegría de haber conquistado este triunfo inmenso, empiezo a pensar en todo lo que puedo aprender para mi próxima maratón…

Semana 41: Día 282: Perdidos en Río

Estoy tirado en un sillón, descansando las piernas y la planta de los pies, que me laten. Me duele la cabeza, y asumo que es una combinación de cansancio y de insolación. La maratón de Río me hizo sentir un pollo al espiedo.
Pero no puedo hablar de esta carrera sin detallar lo que fueron estos días en Brasil, en especial anoche.
Hice la dieta de la maratón, que consiste básicamente en tomar mucha agua, descansar, meter muchos hidratos de carbono y  eliminar el consumo de fibras. Lo hice a medias, porque en grupo y en otro país cuesta mucho. Hubo un poco de verduras en los días “prohibidos”, unos pochoclos después de caminar 12 km por la costa (para no desfallecer), y mucha playa.
Para complicarla, decidimos visitar el Decathlon de Río, ya que no podíamos dejar pasar la oportunidad. Lo que no sabíamos era que la tienda estaba muy lejos, que el colectivo que creíamos que nos llevaba nos dejó a 30 cuadras, que el chofer tenía el aire acondicionado en temperaturas bajo ver cuando afuera hayan 17° (y no se podían abrir las ventanillas)… Nos parecía que íbamos a tardar media hora y fue hora y media, hasta un shopping a 3 km del Decathlon.
Llegamos y nos envolvimos en un frenesí de compras. Yo pensé en la maratón y me hice de unos geles. También compré algunos regalos, y los chicos de los Puma Runners que visitaban la tienda por primera vez se equiparon por completo.
El tema se complicó al regresar, ya que no conseguíamos taxi. Un taxista que estaba con pasajeros aviso a la agencia por radio y nitra dijo que nos iba a mandar dos autos. Nunca vinieron. Terminamos llegando pasadas las once de la noche al departamento, con la cena pendiente y todas las cosas de la carrera sin ordenar. Por cómo estaba organizada la carrera, nos fuimos a dormir a las doce de la noche, sabiendo que nos teníamos que levantar a las 4:15 de la mañana.
En este contexto, me levanté molido. Emocionado pero molido. ¿Cómo podía encarar una maratón así? Mañana les cuento cómo lo hice… y cómo me fue.

Semana 41: Día 281: A madrugar para la maratón

Estoy tirado en la cama, a punto de dormir. Todas las cosas que dije que no hay que hacer antes de la carrera, las hice.
Nuestra desventura de esta noche merece un post aparte, titulado “Perdidos en Río”, y quizá mañana la cuente. Ahora a dormir, que tenemos que levantarnos a las 4:15. Hasta mañana.

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