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Semana 38: Día 262: Carpe Diem

Todos hemos visto esa escena de “La Sociedad de los Poetas Muertos” (y si no lo hicimos, deberíamos) en la que el personaje de Robin Williams les explicaba a sus alumnos el concepto de Carpe Diem: latín para “Aprovecha el día”. Casualmente era el lema del Westminster, institución que fuera mi escuela primaria (hasta que me expulsaron por mala conducta, aunque para los parámetros de hoy yo sería un santo).

Uno pensaría que por el hecho de tenerlo en el escudo, en la remera y en el boletín de comunicaciones, ese concepto lo teníamos muy presente. Pero nadie se molestó en explicármelo (excepto por vos, Robin Williams), así que no lo incorporé muy a fondo.

Es más, creo que en la secundaria también lo teníamos en el escudo… no lo recuerdo bien, pero lo comento para que vean la poca importancia que le daba al Carpe Diem…
¿Han cambiado las cosas para mí hoy? Supongo que sí. Ayer, domingo, fue el día del padre, pero tuve que meterme en una convención de ciencia ficción en el Once, encerrado mientras el público se quedaba en su casa porque llovía o querían pasar el día con su papá. Yo tuve que trabajar por necesidad (podría haber visto a mi viejo y pedirle plata, pero estoy intentando cortar el cordón umbilical con mis padres), así que invertí mi fin de semana en trabajo.

Esto no me parece una forma de Carpe Diem. Trabajar es una necesidad, es como lo que se supone que tengo que hacer.

Tenía poco margen, ni siquiera las suficientes horas de sueño. La voz en mi cabeza de “quedémonos en la cama un resto más” se había despertado antes que yo. Lloviznaba y estaba nublado. Hacía frío y tenía que estar a las once de la mañana con el stand armado y listo para atender a toda la gente que no fue a la convención. Había dormido 5 horas. ¿Pero por qué no iba, al menos, a correr un ratito?

A las 8:50 salí de la cama, me vestí y me fui a entrenar. Fui derecho por Figueroa Alcorta y Salguero hasta la Reserva Ecológica. Las llaves en un bolsillo, el celular haciendo de radio FM en el otro y una botella de Powerade en la mano.

Hice ida y vuelta para terminar 50 minutos después en el punto de partida. Tiempo suficiente para desayunar, bañarme, prepararme el almuerzo (que lo llevé en un tupper), ir a comprar fruta para kids colaciones y llegar 10:50 a la convención en el Once.

Me esperaba un día aburrido, lejos de la familia, pero al menos calcé esa horita para mí. Fue una linda forma de empezar el día y encararlo con pilas.

Arrancar la mañana contento… me parece el mejor modo de hacer un Carpe Diem.

Semana 37: Día 259: Correr es mi terapia

“Menos drama, más running”, me dijo un asiduo lector de este blog. Me justifiqué, pensando qué podía esperarse, si no tengo control sobre mi propia vida.

Bueno, quizá eso no sea del todo correcto. Por supuesto que tengo control, no estoy en mi posición actual por mala suerte o por un designio de los dioses. Cada uno hace su propia suerte. Pero puede pasar que uno esté inmerso en una situación en la que no se siente realizado. Y esa sensación de frustración empieza a tirar hacia abajo.

Fueron semanas difíciles, pero podrían haber sido peor. Tuve contención de mucha gente, pasé una primera estadía genial con mi hermano y su novio, y ahora estoy en el barrio top de Recoleta. Estos días me sirvieron para pensar, y mi prima me pidió que me relaje, que podía quedarme acá el tiempo que quisiera. La separación, el ir y venir, y unos niveles de energía emocional bastante bajos hicieron mella en mi trabajo. Me la pasaba mirando departamentos en la web, yendo a conocer a dueños e inmobiliarias que o no me cerraban o yo no les cerraba a ellos. Mientras tanto, corrí con mis amigos de Puma Runners, e hice algo que estando en pareja había dejado de lado: juntarme a cenar después del entrenamiento. Me anoté improvisadamente en carreras, e intenté afianzar vínculos con la gente a la que había visto poco en los últimos tiempos.

Con todas esas preocupaciones, correr era mi terapia, me daba balance, y me ayudaba a poner las cosas en perspectiva. Lo pongo en pasado, porque todo ese retraso por andar con más drama que running hizo que me atrasara mucho con el trabajo. Toda esta semana estuve trabajando en una revista infantil, un número uno, en jornadas maratónicas. Había días en que me acostaba a las 4 de la mañana y me levantaba a las 8 para seguir. También tenía que mechar con otros compromisos laborales, como los cómics de OVNI Press que edito, así que casi no veía el mundo exterior. La meta era terminar todo el lunes, después lo pasamos al miércoles y finalmente la entrega fue el jueves. Fue durísimo, tuve que sacrificar entrenamientos, aquello que me ayudaba emocionalmente. Pero entregamos la primera edición, el número 1 que iba a salir en julio. Y ese mismo día me enteré que esta revista no va a salir. Al menos el mes que viene, y quizá se retrase a febrero.

Fue un golpe tremendo. Tanto sacrificio para nada. Me quedé mirando la pantalla, mudo, si saber qué hacer. Ni siquiera el Candy Crush, que tenía abandonado desde hacía mucho tiempo, me servía para sacarme todo este tema de la cabeza. Correr… no era una opción. Estaba realmente rendido físicamente. Solo me dio para sentarme a escribir la reseña de la nueva película de Superman. Me fui a dormir a la medianoche… y me desperté ocho horas después. El sueño más largo que tuve el último mes.

Uno creería que me levanté, me puse las zapatillas y salí a la calle a entrenar. Pero no. Seguía muy cansado. Afuera parecía fresco, y todavía tenía trabajo atrasado. Consideré que lo mejor era seguir adelantando y esperar. El fin de semana tengo que trabajar en una convención de cómics, así que la mejor perspectiva era correr el lunes. Quizá algo bien temprano, si estaba descansado, el domingo.

Dudé mucho, y apliqué una técnica que aprendí durante estos años de blog. Mientras pensaba montones de motivos para quedarme entre estas cuatro paredes, empecé a vestirme con mi ropa deportiva. Las medias de running, el pantalón corto, la remera, el reloj con GPS. En mi cabeza se repetía la misma cantinela: “Mejor me quedo y aprovecho el tiempo trabajando”. Desayuné, fui al baño, y busqué en internet el destino a donde tenía que ir: la baulera, que tenía cosas que empezaba a necesitar.

No quería salir, me parecía que estaba todavía agotado de estas sesiones durísimas de trabajo y ese sueño que no alcanzaba. Pero ahí estaba, en la calle, buscando señal del GPS, con un fresco que no me esperaba. Así fue que empecé a correr. Tosía de vez en cuando, las piernas me pesaban más que nunca. Pero corría. Ya a la primera cuadra me había olvidado por completo todo ese drama que me impedía salir. Es más, me pregunté por qué había buscado retrasar esto. Poco importaba el agotamiento físico, había algo muy poderoso en ponerle el cuerpo al bajón.

La baulera estaba a poquito más de 6 kilómetros. Me anuncié así como había llegado, transpirado (pero relajado). Busqué mis cosas (ropa interior, remeras que no sean para correr, unos papeles que necesitaba, cous cous, vaselina sólida, levadura de cerveza) y volví al departamento de mi prima. Me dolieron muchas cosas, como la cadera del lado izquierdo, un poco la planta de los pies… y me pregunté qué pasaría si, corriendo la maratón en Río de Janeiro, sentía lo mismo. Pero no me preocupé. Sabía que no es tan difícil sobreponerse a las inseguridades. Basta con empezar. Salir a la calle, sin pensar demasiado, y poner un pie delante del otro.

Cuando llegué, después de casi 13 km, era otra persona. Ya sé que la próxima vez que salga a correr va a ser más fácil. Posiblemente me levante temprano el domingo y aproveche lo cerca que estoy de Avenida del Libertador para tirar algunos kilómetros. Cuesta arrancar, pero una vez que lo hacés, todo se hace cuesta abajo.

Semana 37: Día 258: El Hombre de Acero

Creo que hay por algún lugar de la casa en donde crecí, en Banfield, una foto en donde tengo en mis manos un muñeco de goma de Superman. Era de esos que tenía alambre adentro, y podías ponerlos en pose hasta que el alambre se partía y la figura pasaba a ser un triste amputado.

Pero así crecíamos los niños a finales de los 70s, principios de los 80s.

Cuando estaba a punto de cumplir un año de vida, en los Estados Unidos se estrenó “Superman”, que llevaría a Christopher Reeve al estrellato y lo identificaría para siempre como el Hombre de Acero. Su director, Richard Donner, tuvo la astucia de no hacer una película sobre un ridículo que vestía calzoncillos rojos por afuera del pantalón y que andaba en una capa. Su lema fue “Seamos creíbles”. Aún hoy, 35 años después, esta cinta sigue resistiendo el paso del tiempo. Es bastante naif, pero es poderosamente emotiva.

El problema cuando se pone el listón muy alto es qué pasa después. Y ya sin Richard Donner (y sin muchas ideas), el mito del Hombre de Acero en el cine fue perdiendo brillo, hasta llegar a Superman IV, en la que el héroe kryptoniano luchaba contra un clon rubio con uñas largas. Lo juro.

Siempre me gustaron los superhéroes y, de algún modo, marcaron bastante mi destino. Me hice fanático de los cómics cuando vi Batman (1989), de Tim Burton. Teníamos una expectativa con mis compañeros de la primaria que no aguantábamos más. Fuimos al estreno, hicimos una cola terrible, y nos sorprendimos con esa versión oscurísima. Años después, ya fuera del secundario y sin saber a qué dedicarme, me puse a dibujar “a ojo” el logo de Superman con el Paint Brush del Windows. Luego lo pasaba a negativo, lo rompía como si fuese de vidrio (con astillitas por todos lados). En fin, mi papá se olía que le podía sacar algo de provecho a estar jugando con la compu, y me preguntó si no me interesaría estudiar diseño gráfico. Jamás me lo había planteado antes, solo me interesaba jugar con la estética de los superhéroes. Y por suerte le hice caso. No solo el diseño gráfico se convirtió en mi vocación, sino que terminé trabajando en una editorial de cómics, traduciendo y readaptando las historietas de los personajes de Marvel Comics.

Pero no me quiero ir a esta editorial, que tuvo una década de exitosas incursiones en el cine. En ese camino entre el diseño gráfico y los cómics, fui brevemente editor de una revista de información llamada Comiqueando. Fue difícil hacerla, era mi primer trabajo editando, costaba mucho y me sentía en la sombra de quienes habían hecho esta publicación años antes. Pero para foguearme estuvo fantástico. En 2006 llegó Superman Returns al cine, un extraño experimento en el que eld irector Bryan Singer decidió hacer una secuela de Superman II… haciendo como si la III y la IV nunca hubiesen existido. Lo raro fue que a pesar de que seguía las puntas tiradas en las dos primeras entregas (¡estrenadas casi 30 años antes!), con la misma banda sonora, decidió darle un look completamente diferente al personaje, con un traje más oscuro y plástico. Se supone que le dio ganancias a la productora, pero en mis ojos fue una gran decepción.

Sin embargo, con Comiqueando hicimos un especial de Superman, con un repaso por toda su historia en el cine y la TV, y fue uno de los trabajos que más orgullo me dio. La portada estaba impresionante, las notas interesantísimas, y el diseño quedó muy cerrado. Un lujo, para una película que no cumplió mis expectativas.

A pesar de la importancia de Superman en el mito de los superhéroes, era de esperar que una nueva adaptación, donde reiniciaban la franquicia, no despertara demasiado interés de mi parte. El traje, nuevamente, era muy distinto al que estaba acostumbrado (sin calzoncillos rojos por fuera del pantalón), el tono iba a ser más sombrío (de esperarse cuando el productor es Christopher Nolan y el director es Zack Snyder), así que me preparé para otro fiasco. Pero las críticas de los primeros que pudieron verla adelantaban que era muy buena.

Me invitaron a una función de prensa y dije que sí, por supuesto, pero me agarró un ataque de tos que me obligó a quedarme en casa. Tuve que esperar al lunes pasado para verla. No acostumbro a ir solo al cine. Al igual que ir a bailar o a comer a un restaurante, me parecen actividades para hacer en patota. Como mínimo entre dos personas. Pero bueno, en el fondo sabía que era Superman, y en unos días de mucho estrés, necesitaba tomarme el descanso.

La película, sinceramente, me atrapó. El tono era oscuro, Superman (o quien se convertiría en el Hombre de Acero) era un tipo conflictuado, teniendo que reprimir todas esas increíbles habilidades. En el fondo quería involucrarse, pero no se sentía listo, y se tragaba muchas veces su propia frustración. ¿Cómo no identificarse con eso?

Confieso que en los últimos años me ablandé, y últimamente me emocionan las películas en que el héroe hace todo lo que está a su alcance para salvar al otro. Cuando en Iron Man 3 un avión que se cae deja a 13 pasajeros cayendo en picada desde el cielo, Tony Stark tiene que encontrar un modo de salvarlos a todos. No a uno o dos… TODOS. Y mientras lo iba resolviendo, no pude evitar dejar salir unas lágrimas. Puedo parecer un boludo por esto, pero sentí algo parecido a cuando vi Mi nombre es Sam, en el que el protagonista, un hombre con un tremendo retraso mental, tiene una hija de 8 años que es intelectualmente mayor que él. La niña fingía leer mal en voz alta, porque no quería hacerlo mejor que su papá. Esta entrega hacia el otro me provoca una congoja y lloro de un modo vergonzoso.

El Hombre de Acero tiene un par de escenas que me humedecieron los ojos. Fue difícil hacer que un tipo prácticamente indestructible se sienta débil y desprotegido. Pero lo lograron. Superman, interpretado por Henry Cavill, es un tipo que duda de su rol en el mundo, pero que no se detiene a la hora de ayudar. Sus motivaciones están bastante bien explicadas en la película, y el hallazgo del guión es haberle encontrado la vuelta al triángulo amoroso Clark Kent – Lois Lane – Superman. Ahora SÍ funciona, es interesante y promete mucho. Hay bastante que no se puede contar porque le arruinaría más de una sorpresa a los espectadores, y eso es algo que habla muy bien de este proyecto. Esto no es Transformers, donde hay trompadas entre malos y buenos, y sabemos al final quién gana. Acá hay un semidios con capa que un día aparece en la Tierra, pero de dónde viene y hacia dónde va es algo que se revela de a poco, con varios giros inesperados.

Hasta ahora solo hablé con fans de los cómics, que en su gran mayoría están fascinados con esta película. Yo puedo decir que mientras menos expectativas nos genere algo, más lo podemos disfrutar. Pero hasta el que esperaba que El Hombre de Acero fuera El Padrino con superpoderes salieron muy contentos del cine. Me parece que un personaje como Superman se merecía algo así.

Semana 37: Día 255: Los 21 km de la Mizuno Half Marathon

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Como comentaba en posts previos, en un arranque de improvisación decidí inscribirme en la media maratón que se corría en Vicente López. Uno generalmente se prepara para este tipo de carreras, averigua quién la organiza, o cuál va a ser el recorrido. Yo me anoté porque la corrían dos amigos míos de los Puma Runners. Nada más que por eso.

Al momento de la inscripción estaba viviendo en Caballito, en el departamento de mi hermano y Seba, su pareja. Me trataban muy bien, me daban comida vegana, y no me obligaban a pasear al perro (tamaño caballo). No me podía quejar. Pero bueno, un poco me quejaba. No está bueno instalarse indefinidamente en el hogar de una pareja, porque por más que te prometen que no molestás, uno siente que está todo el tiempo en el medio. Tampoco tenía un lugar fijo para trabajar, y le buscábamos la vuelta para que yo estuviese cómodo y mi hermano pudiese atender a sus pacientes. Mi prima Vero me insistió en que me instale por unos días en su departamento de Recoleta, y con la media maratón encima, me pareció que era más prudente salir desde este barrio que desde Caballito.

La largada era a las 7 y media de la mañana. Si salía desde lo de mi hermano iba a tener que levantarme a las 4. Mudado e instalado en lo de mi prima, terminé yéndome a dormir a la 1:30. Con todo el dolor del mundo madrugué, me cambié y salí a encontrarme con Pablo, un amigo que corría y me alcanzaba a la meta. Lloviznaba, lo que parecía un mal pronóstico para la carrera.

Como decía antes, me mandé sin saber absolutamente nada. Solo que el organizador era TMX, lo cual para mí es una buena referencia. Sin embargo hubo un detalle que me pareció poco feliz, y fue que el chip se entregaba de 6 a 7 AM, previo a la salida (que, recordemos, era 7:30). Desconozco si hubo algún problema, pero yo estaba como cortando clavos, porque no sabía si íbamos a hacer a tiempo. A la hora de la salida todavía era de noche, pero por suerte la llovizna desapareció como por arte de magia.

Largamos 7:40, un brevísimo retraso que quizá tuvo la colaboración de esta extraña logística de los chips. Salimos Pablo, Lean, Germán y yo, cada uno a su ritmo. Yo estaba con poco sueño e improvisando, y sinceramente no tenía ganas de hacer marca. Fui a estar con mis amigos, impulsado por su presencia. Tenía ganas de acompañarlos, estar ahí como apoyo moral o para dar consejos. Quería disfrutar del paisaje y no estar todo el recorrido tensionado, sufriendo el esfuerzo físico desmedido. Es algo que también quise hacer en las Fiestas Mayas. Creo que no tengo que demostrarme nada. No quiero ser el más rápido, y la meta espera a todos, desde el primero al último. Como un buen libro que lo dosificamos porque no lo queremos terminar, yo también quería disfrutar un poco más de cada carrera.

Me apegué a Lean, un Puma Runner de la nueva generación, quien tiene un muy buen ritmo pero vive siempre relegándose para acompañar a alguien. Esta vez decidí que iba a ser él quien estuviese acompañado. Salimos desde el costado del río, y dimos una larga vuelta que nos hizo cruzar por el costado de la largada. No lo sabíamos en ese entonces (yo, al menos, que caí de paracaidista), pero esto de hacer círculos y pasar por el mismo punto más de una vez fue la característica de esta media maratón, y el punto que yo más le critico. 21 kilómetros es una distancia suficiente para unir Provincia con Capital. Permite hacer a pie cosas tan raras como salir desde la cancha de Boca y llegar a la de River, o hacer un ida y vuelta desde Colegiales hasta Olivos. Pero lo que fue una ventaja para los fotógrafos que no tuvieron que salir a perseguirnos porque les pasamos por al lado cuatro veces, para los corredores se volvió un poco tedioso.

A ver, la organización fue un reloj. Todo funcionó perfecto, la hidratación, las indicaciones, el puesto de frutas. Todo bárbaro. Pero el recorrido era muy monótono. Pasamos por calles de asfalto, estacionamientos… y repetíamos tramos, que hacíamos de ida y después de vuelta. En ciertos puntos, sobre todo cerca del final, parecía que girábamos en cada esquina, zigzagueando constantemente. Al principio pensé que era yo el quisquilloso que se quejaba, pero me fui dando cuenta de que no era el único.

La carrera no tuvo sobresaltos. En un momento lloviznó, lo cual prometía hacerlo más interesante, pero enseguida paró. Mientras corríamos no se sentía el frío (todo lo contrario), así que agradecí haber tenido el instinto de dejar las calzas en la mochila. Después de cruzar la mitad del circuito en una hora exacto, le dije a Lean que nuestro objetivo podía ser que la segunda mitad fuese más rápida. Aventuré “1:58:00” como meta. También le prometí que no lo iba a presionar, cosa que no pude cumplir.

El entusiasmo hacía que caltando pocos kilómetros, instintivamente aceleráramos. Íbamos cómodos, tratando de banar de 5 minutos el kilómetro. Sobre el final, y faltando a mi promesa, empecé a presionar a Lean para que acelerara. Le pedí una progresión. El pobre, con la lengua afuera, ponía su mejor cara y con mucha enteresa y caballerosidad me ignoraba por completo. Por reflejo, estando a pocos metros de la meta empecé a acelerar, pero vi que Lean mantenía un ritmo constante. No quise cruzar solo, así que me resistí al sprint final y cruzamos codo a codo. El reloj nos indicaba que habíamos cruzado en 1:55:19, mucho mejor de lo que esperaba.

Por supuesto, al frenar y enfriarme, empecé a temblar como una hoja al viento y a sufrir el espantoso clima. Tuvimos una tregua y en todo el recorrido el tiempo estuvo bastante benévolo, pero cuando la gran mayoría habíamos terminado, empezó a llover con insistencia. Por suerte estábamos desayunando, refugiados en una estación de servicio, compartiendo anécdotas de la carrera que todos acabábamos de terminar.

Dejo algunas instantáneas de carrera, pero esta vez desde afuera: suelo sacar yo las fotos, pero ahora temí por la lluvia y dejé la cámara bien guardada…

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